Disculpen que esté demorando en escribir, pero decidimos con Martín irnos de luna de miel. Después de casarnos, como no era en serio, dijimos que no nos íbamos a ir porque no podíamos coincidir en una fecha en la que pudiéramos cada uno faltar tanto a la facultad como al trabajo.
Pero hace unos días, mi abuelo me llamó para que lo vaya a ver, me dio plata y me dijo que aprovechara este momento para viajar con Martín, ahora que todavía somos solo dos. Y bueno, estamos en el medio de muchos preparativos, pero parece que nos vamos el lunes quince a San Andrés. Para mí va a ser genial estar en un hotel con todo incluido, para darle rienda a suelta a mis antojos, y comer muchas cosas ricas. También para descansar, que tanto me hace falta después de un año muy agitado.
Igual voy a tratar de terminarles de contar del casamiento antes, pero por las dudas no prometo nada.
Les mando un beso enorme!
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sábado, 6 de febrero de 2010
lunes, 25 de enero de 2010
Día 201 - Flashback: El casamiento (II)
Ustedes ya saben que soy muy mentirosa. Y no es algo de lo que esté particularmente orgullosa, pero hasta ese momento nunca me había pesado.
El casamiento estaba planeado detalle por detalle. Todo: desde la forma en que lo íbamos a contar a nuestras familias, hasta que momento en que lo anuláramos. Todo había sido cuidadosamente calculado, y si no lo escribí tipo listita fue sólo por miedo a que lo encuentre mi madre. Para mi era como una ecuación que tenía que resolver para la facultad: Agustina+Martín+Casamiento-Madre-Abuela+Departamento+Anulación = Felicidad Absoluta.
Lo que no había entrado en mi ecuación era tener que mentirle a mi abuelo. O sí, pero hasta el momento había sido fácil. El casamiento civil pasó sin pena ni gloria, y fue poco más que un trámite. Pero la ceremonia religiosa fue otro asunto.
Unos minutos antes de que empiece yo estaba sola y mi abuelo entró a verme.
-Tu madre me prohibió que venga porque dice que falta muy poco, pero quería verte antes de que camines al altar. Qué linda estás, chiquita...
-Gracias, abuelo --dije, dándole las manos.
-Me emociona verte así. Me acuerdo el día que naciste, y ahora te estás casando. Estás radiante...el amor te sienta bien.
Primer golpe. No, abuelo. El amor no me sienta bien: lo que me sienta bien es irme de casa. Perdoname. Perdoname.
-Gracias. Es que Martín es divino.
-Es un buen muchacho. Y se nota que te hace feliz. Yo sé que esto puede ser difícil para vos, yo escuché a muchos de la familia diciendo que sos muy joven, que no sabés lo que hacés. Sé que te lo dijeron. Pero vos no les hagas caso, no saben lo que dicen. Lo que importa es que te estás casando con el amor de tu vida.
Segundo golpe. Si supieras, abuelito, si supieras. Ahí me dieron muchas ganas de llorar. Muchas veces había hablado del casamiento con mi abuelo, pero nunca me había hablado de esa forma, nunca habíamos estado hablado de eso tan íntimamente. Me dio muchísima culpa tener que mentirle a la persona a la que más quiero en el mundo, a la última persona del mundo que quisiera lastimar. Pero ya estaba ahí. ¿Qué iba a hacer?
-Gracias abuelo. Sos el mejor. --Y le di un abrazo. --Te quiero muchísimo, no sé qué haría sin vos.
-Yo tampoco, Agus. Entre nosotros, sos mi nieta preferida. Me hacés acordar mucho a mí en muchas cosas. Te felicito por tu coraje y espero que seas la más feliz del mundo en tu vida de casada.
Tercer golpe. No aguanté más y solté unas lágrimas. Mi abuelo pensó que eran de emoción y me las secó.
-No llores, que estás preciosa. No te retraso más, ¡suerte!
Y se fue a sentar a su lugar, al lado de mi papá. Miré por la ventana y vi cómo mi mamá se inclinaba por sobre mi papá y lo retaba, nerviosa y con el dedo levantado, seguramente por “retrasarme”. Y ahí empezó la música y vi entrar a Martín.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Día 198 - La noticia
Toqué timbre en casa vieja ayer a eso de las ocho de la noche para anunciar el embarazo, sola. Pensé que iba a ser mejor ir sin Martín, en el caso de que a mi madre se le ocurriera empezar a decir pavadas.
Me abrió mi padre.
- ¡Princesa!
- Hola, papi. ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y vos? - preguntó mientras me abrazaba.
- Bien, bien. Tengo algo para contarles. ¿Están mamá y Fabián?
- Sí, ya los llamo.
Se metió por el pasillo, fue a buscar a mi madre que leía el diario en su cuarto, y a Fabián que jugaba al playstation en el suyo. Mi hermano me abrazó al grito de "gorda cerda" y mi madre se limitó a emitir un "si no hubieras aparecido daba para pensar que te había tragado la tierra". Ni siquiera le contesté.
- Siéntense los tres por favor - dije. - Tengo algo que contarles.
- Yo ya sé lo que nos vas a decir. La veo venir.
- A ver, mamá. Iluminame con tu sabiduría. ¿Qué pensás que voy a decir?
- Que te divorciás, es obvio. Si te casaste para que te regalaran el departamento. Ahora que ya lo tenés, chau Martín.
- Te equivocás. ¿Querés intentar de nuevo con alguna otra idea de telenovela o ya está?
- Ya está. Si no es eso no sé que es. Te escucho.
- Bueno, prepárense -dije, y respiré hondo. - Estoy embarazada.
Mi padre sonrió, mi hermano abrió la boca en un gesto de sorpresa total y mi madre se quedó mirándome sin saber lo que decir. Mi padre se levantó y me abrazó. "No sabés lo feliz que me pone saber que voy a ser abuelo". Mi hermano me preguntó al oído si era deseado o no, y le contesté que de alguna extraña manera creía que era lo que los dos queríamos. Mi madre seguía mirándome desde el sillón, sin emitir sonido.
- ¿Qué pasa, mamá? ¿En tu telenovela venezolana no hay lugar para un embarazo?
- Es que yo pensé que...
- Pensaste mal. Pensaste pavadas. Hacete la idea de que Martín y yo estamos juntos de verdad, y eso no tiene nada que ver con el departamento. Y bueno, queríamos ser papás y se nos presentó la oportunidad. ¿No podés alegrarte por mí?
- Sí, puedo - dijo, atónita. - Es que no puedo creer...
- ¿Lo qué no podés creer?
- ¡Que lo de ustedes es de verdad! No cierra por ningún lado. Se casaron tan jóvenes, y a vos el abuelo te había prometido el departamento. Después nos enteramos lo que había hecho tu tío Mauricio y en seguida cerró lo tuyo con Martín. Habían hecho lo mismo que Mauricio y Fernanda, era clarísimo. Y un día voy a tu casa, y tenés la mitad de la cama hecha, y Martín justo no está.
- Bueno, mamá. Te pensás que ataste cabos como una detective y lo único que hiciste fue pensar que yo había hecho lo mismo que Mauricio, sin ningún tipo de prueba. Ahora, date cuenta de que estabas equivocada. Afrontá que lo que dijiste no es verdad, y que si Martín y yo estamos esperando un bebé es porque estamos juntos y porque tenemos planeado seguir juntos.
- Bueno, lo acepto - dijo, derrotada. - Supongo que te tengo que felicitar, entonces.
- Yo creo que corresponde -dije.
Se acercó, y esbozó un intento de abrazo. Me palmeó la espalda dos o tres veces y se separó de mí, despacio.
- Que te quede claro que no me va a decir abuela -dijo, agarrándome del brazo. - Que me diga Jaqueline, así no parezco vieja.
Ni siquiera le contesté, no tenía ganas. Fui hasta la cocina y le conté a María. Se alegró muchísimo. Después me despedí de los cuatro y partí hacia lo de mi abuelo.
Creo que nunca lo ví tan feliz como cuando le conté. No podía creer que iba a ser bisabuelo a los 87 años, sobre todo cuando tuvo cuatro hijos y sólo tres nietos.
- Vas a tener que mudarte a un departamento más grande.
- Más adelante, abuelo. Por ahora estamos bien.
- No, en serio. Dejame regalártelo. En el tuyo no tenés ni siquiera un cuarto extra para el bebé.
- Vemos más adelante, abuelo. En serio, no te preocupes.
- No, Agus. Es lindo que durante el embarazo vayan armando el cuarto del bebé, y que cuando llegue ya tengan todo listo. Tengo un departamento nuevo de tres dormitorios, noventa metros cuadrados, precioso. Sería un placer para mí dártelo.
Sonreí.
- Entonces supongo que corresponde que lo acepte.
No se vayan todavía. Me di cuenta de que nunca les conté del casamiento.
Me abrió mi padre.
- ¡Princesa!
- Hola, papi. ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y vos? - preguntó mientras me abrazaba.
- Bien, bien. Tengo algo para contarles. ¿Están mamá y Fabián?
- Sí, ya los llamo.
Se metió por el pasillo, fue a buscar a mi madre que leía el diario en su cuarto, y a Fabián que jugaba al playstation en el suyo. Mi hermano me abrazó al grito de "gorda cerda" y mi madre se limitó a emitir un "si no hubieras aparecido daba para pensar que te había tragado la tierra". Ni siquiera le contesté.
- Siéntense los tres por favor - dije. - Tengo algo que contarles.
- Yo ya sé lo que nos vas a decir. La veo venir.
- A ver, mamá. Iluminame con tu sabiduría. ¿Qué pensás que voy a decir?
- Que te divorciás, es obvio. Si te casaste para que te regalaran el departamento. Ahora que ya lo tenés, chau Martín.
- Te equivocás. ¿Querés intentar de nuevo con alguna otra idea de telenovela o ya está?
- Ya está. Si no es eso no sé que es. Te escucho.
- Bueno, prepárense -dije, y respiré hondo. - Estoy embarazada.
Mi padre sonrió, mi hermano abrió la boca en un gesto de sorpresa total y mi madre se quedó mirándome sin saber lo que decir. Mi padre se levantó y me abrazó. "No sabés lo feliz que me pone saber que voy a ser abuelo". Mi hermano me preguntó al oído si era deseado o no, y le contesté que de alguna extraña manera creía que era lo que los dos queríamos. Mi madre seguía mirándome desde el sillón, sin emitir sonido.
- ¿Qué pasa, mamá? ¿En tu telenovela venezolana no hay lugar para un embarazo?
- Es que yo pensé que...
- Pensaste mal. Pensaste pavadas. Hacete la idea de que Martín y yo estamos juntos de verdad, y eso no tiene nada que ver con el departamento. Y bueno, queríamos ser papás y se nos presentó la oportunidad. ¿No podés alegrarte por mí?
- Sí, puedo - dijo, atónita. - Es que no puedo creer...
- ¿Lo qué no podés creer?
- ¡Que lo de ustedes es de verdad! No cierra por ningún lado. Se casaron tan jóvenes, y a vos el abuelo te había prometido el departamento. Después nos enteramos lo que había hecho tu tío Mauricio y en seguida cerró lo tuyo con Martín. Habían hecho lo mismo que Mauricio y Fernanda, era clarísimo. Y un día voy a tu casa, y tenés la mitad de la cama hecha, y Martín justo no está.
- Bueno, mamá. Te pensás que ataste cabos como una detective y lo único que hiciste fue pensar que yo había hecho lo mismo que Mauricio, sin ningún tipo de prueba. Ahora, date cuenta de que estabas equivocada. Afrontá que lo que dijiste no es verdad, y que si Martín y yo estamos esperando un bebé es porque estamos juntos y porque tenemos planeado seguir juntos.
- Bueno, lo acepto - dijo, derrotada. - Supongo que te tengo que felicitar, entonces.
- Yo creo que corresponde -dije.
Se acercó, y esbozó un intento de abrazo. Me palmeó la espalda dos o tres veces y se separó de mí, despacio.
- Que te quede claro que no me va a decir abuela -dijo, agarrándome del brazo. - Que me diga Jaqueline, así no parezco vieja.
Ni siquiera le contesté, no tenía ganas. Fui hasta la cocina y le conté a María. Se alegró muchísimo. Después me despedí de los cuatro y partí hacia lo de mi abuelo.
Creo que nunca lo ví tan feliz como cuando le conté. No podía creer que iba a ser bisabuelo a los 87 años, sobre todo cuando tuvo cuatro hijos y sólo tres nietos.
- Vas a tener que mudarte a un departamento más grande.
- Más adelante, abuelo. Por ahora estamos bien.
- No, en serio. Dejame regalártelo. En el tuyo no tenés ni siquiera un cuarto extra para el bebé.
- Vemos más adelante, abuelo. En serio, no te preocupes.
- No, Agus. Es lindo que durante el embarazo vayan armando el cuarto del bebé, y que cuando llegue ya tengan todo listo. Tengo un departamento nuevo de tres dormitorios, noventa metros cuadrados, precioso. Sería un placer para mí dártelo.
Sonreí.
- Entonces supongo que corresponde que lo acepte.
No se vayan todavía. Me di cuenta de que nunca les conté del casamiento.
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sábado, 19 de diciembre de 2009
Día 197 - Las buenas nuevas
Entre hoy y mañana le voy a contar del embarazo a mi abuelo y a mis padres.
Todavía no me despido de ustedes, adorados.
Todavía no me despido de ustedes, adorados.
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Mi padre
martes, 3 de noviembre de 2009
Día 168 - Flashback: Los preparativos
- ¿Y del salón qué pensaste? - preguntó mi madre mientras yo miraba por la ventana.
- No tengo ni idea. No conozco salones.
- ¡Pero vos no tenés idea de nada! ¿Qué te pasa? ¿No te importa el casamiento?
La verdad era que no, no me importaba el casamiento. Para mí era un medio para llegar a un fin. Pero por supuesto que esto no se podía notar.
- Ay, mamá, no digas pavadas. ¿Cómo no me va a importar? Del vestido ya me estoy ocupando, pero del salón no tengo ni idea. El único salón que conozco es en el que hicimos mi bat mitzvah y la de Fabián, pero es demasiado grande.
- Invitamos ciento cincuenta personas para esas fiestas, tampoco es tan grande el lugar.
- Bueno, pero ahora van a haber, como mucho, cincuenta. Así que hay que buscar otro.
- Igual puedo averiguar si está libre, aunque no creo. ¿Por qué se les ocurrió casarse tan rápido? Yo no entiendo.
- Porque sí, mamá. No queremos hacer una fiesta enorme y tirar plata a la basura. Queremos hacer algo chico, tranquilo, y después irnos a nuestro departamento soñado. Para lo que queremos no es necesario esperar. Algún salón vamos a conseguir.
- Bueno, pero igual, armar una fiesta en un mes es una locura.
- A ver si te queda claro algo, mamá. Nadie te pidió ayuda ni opinión. Si querés buscar salón vos porque sabés del tema, genial, pero no opines sobre la fecha ni nada porque eso ya elegimos. Si te parece que un mes es muy poco tiempo para encontrar un lugar lindo, dejámelo a mí.
- No, no, yo busco. Andá a saber que se te ocurre a vos sino...
- ¿Qué dijiste?
- Nada. Que yo me ocupo.
- Genial.
La verdad es que yo no tenía idea de por donde empezar, pero no me molestaba mucho tampoco. Cada vez que mi madre se acercaba con propuestas, mi mente abandonaba ese lugar. En vez de su cara, pasaba a ver ese departamento que me había encantado.
- Es muy chico - dijo mi abuelo cuando me lo llevó a mostrar. - Igual para ustedes dos no está mal. Si algún día deciden tener hijos les regalo uno más grande.
- Gracias, abuelo, pero no va a ser necesario. Me gusta este.
- ¿No te parece muy chico?
- No, abuelito. Es perfecto.
Y para mí lo era. Era la perfección absoluta, la felicidad total. Ya me podía imaginar mi vida en esos cuarenta y ocho metros cuadrados. Sería un departamento mío, sólo mío. Viviría tranquila y en paz y no tendría que darle explicaciones a nadie.
Sin embargo, sabía que tampoco iba a ser tán fácil. El estilo de vida que había tenido hasta ese momento llegaría a su fin. El turno semanal con la masajista quedaría en la historia, al igual que hacerme las manos y los pies. Ya no podría comprarme ropa y zapatos seguido, ni llamar a mis amigas a Israel día por medio. Tendría que preocuparme por cosas en las que nunca en mi vida me había tenido que fijar. Tendría que aprender a organizarme para pagar cada una de las cuentas antes del vencimiento. La comida ya no estaría todos los días esperándome en la mesa, sino que la tendría que preparar yo. Con la ropa pasaría algo parecido, y con el orden del hogar también.
Sabía que iba a ser difícil vivir sola, pero no me importaba. Sabía, también, que para lograrlo iba a tener que pasarme un mes a dieta, buscando salones, eligiendo la comida, probándome vestidos, eligiendo colores de servilletas y centros de mesa, probándome zapatos, viendo a maquilladores y peluqueros, y visitando joyerías. Sabía que iba a tener que hacer todas estas cosas, pero tenía clarísimo que nada era tan grave como seguir viviendo en mi casa. Y eso era, para mí, lo único que importaba.
- No tengo ni idea. No conozco salones.
- ¡Pero vos no tenés idea de nada! ¿Qué te pasa? ¿No te importa el casamiento?
La verdad era que no, no me importaba el casamiento. Para mí era un medio para llegar a un fin. Pero por supuesto que esto no se podía notar.
- Ay, mamá, no digas pavadas. ¿Cómo no me va a importar? Del vestido ya me estoy ocupando, pero del salón no tengo ni idea. El único salón que conozco es en el que hicimos mi bat mitzvah y la de Fabián, pero es demasiado grande.
- Invitamos ciento cincuenta personas para esas fiestas, tampoco es tan grande el lugar.
- Bueno, pero ahora van a haber, como mucho, cincuenta. Así que hay que buscar otro.
- Igual puedo averiguar si está libre, aunque no creo. ¿Por qué se les ocurrió casarse tan rápido? Yo no entiendo.
- Porque sí, mamá. No queremos hacer una fiesta enorme y tirar plata a la basura. Queremos hacer algo chico, tranquilo, y después irnos a nuestro departamento soñado. Para lo que queremos no es necesario esperar. Algún salón vamos a conseguir.
- Bueno, pero igual, armar una fiesta en un mes es una locura.
- A ver si te queda claro algo, mamá. Nadie te pidió ayuda ni opinión. Si querés buscar salón vos porque sabés del tema, genial, pero no opines sobre la fecha ni nada porque eso ya elegimos. Si te parece que un mes es muy poco tiempo para encontrar un lugar lindo, dejámelo a mí.
- No, no, yo busco. Andá a saber que se te ocurre a vos sino...
- ¿Qué dijiste?
- Nada. Que yo me ocupo.
- Genial.
La verdad es que yo no tenía idea de por donde empezar, pero no me molestaba mucho tampoco. Cada vez que mi madre se acercaba con propuestas, mi mente abandonaba ese lugar. En vez de su cara, pasaba a ver ese departamento que me había encantado.
- Es muy chico - dijo mi abuelo cuando me lo llevó a mostrar. - Igual para ustedes dos no está mal. Si algún día deciden tener hijos les regalo uno más grande.
- Gracias, abuelo, pero no va a ser necesario. Me gusta este.
- ¿No te parece muy chico?
- No, abuelito. Es perfecto.
Y para mí lo era. Era la perfección absoluta, la felicidad total. Ya me podía imaginar mi vida en esos cuarenta y ocho metros cuadrados. Sería un departamento mío, sólo mío. Viviría tranquila y en paz y no tendría que darle explicaciones a nadie.
Sin embargo, sabía que tampoco iba a ser tán fácil. El estilo de vida que había tenido hasta ese momento llegaría a su fin. El turno semanal con la masajista quedaría en la historia, al igual que hacerme las manos y los pies. Ya no podría comprarme ropa y zapatos seguido, ni llamar a mis amigas a Israel día por medio. Tendría que preocuparme por cosas en las que nunca en mi vida me había tenido que fijar. Tendría que aprender a organizarme para pagar cada una de las cuentas antes del vencimiento. La comida ya no estaría todos los días esperándome en la mesa, sino que la tendría que preparar yo. Con la ropa pasaría algo parecido, y con el orden del hogar también.
Sabía que iba a ser difícil vivir sola, pero no me importaba. Sabía, también, que para lograrlo iba a tener que pasarme un mes a dieta, buscando salones, eligiendo la comida, probándome vestidos, eligiendo colores de servilletas y centros de mesa, probándome zapatos, viendo a maquilladores y peluqueros, y visitando joyerías. Sabía que iba a tener que hacer todas estas cosas, pero tenía clarísimo que nada era tan grave como seguir viviendo en mi casa. Y eso era, para mí, lo único que importaba.
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lunes, 26 de octubre de 2009
Día 160 - Iom Uledet Sameaj (II)
- Rabino, a ver. En primer lugar, nadie está teniendo problemas. En segundo lugar, me disculpo por la pérdida de tiempo que va a ser para usted haber venido hasta acá. Mi madre está...un poco...como digo esto...mal de la cabeza y piensa que mi marido y yo estamos mal. Así que le agradezco que haya venido, pero su ayuda no va a ser necesaria.
- Mire que para mí no es problema. Podemos sentarnos a hablar tranquilamente y ver que soluciones puede haber. A veces las personas no quieren admitir que tienen problemas con su pareja.
- Es que no tenemos ningún problema - mentí.
- Bueno, pero podríamos tener una charla igual. A fin de cuentas, ustedes asumieron un compromiso para toda la vida y van a estar juntos por muchísimo tiempo. Les puedo dar algunos consejos...
- Gracias - dije, interrumpiéndolo. - Pero no va a ser necesario.
Me di vuelta y miré a Martín, quien se veía que estaba conteniendo la risa hace rato. Lo abracé para reforzar la imagen de parejita feliz y volví donde estaba mi abuelo.
- Vení, chiquita, quiero hablar con vos.
- Bueno, abuelito.
Intentó pararse sólo y no pudo. Le agarré fuerte el brazo derecho y lo ayudé a levantarse. Fuimos caminando hasta una especie de escritorio que hay en su casa.
- Sentate - me dijo. Lo hice.
- Contame, ¿cómo anda todo?
- Bien, abuelito. Estoy muy contenta en el departamento, con mi marido. Todo bien.
- ¿Segura?
- Sí, sí. ¿Por qué?
- Porque tu madre anduvo diciendo que Martín y vos estaban peleados y que él había vuelto a lo de sus padres.
- Ay, abuelito, sabés como es mi mamá.
- Sí, me imaginé que era una de sus cosas. Decime, ¿precisás plata?
- No - mentí. La verdad es que no me hubiera venido nada mal.
- Dejame hacerte un regalito.
- Jajaja, no, abuelito. Es tu cumpleaños.
- No importa. Decime la verdad. ¿Precisás?
- En serio que no.
- Te creo. Bueno, era eso. Ver como estabas y si precisabas algo.
- Gracias por preocuparte. Te quiero mucho.
- Yo también, chiquita.
Salimos del escritorio, y en el camino me crucé con mi tío Gabriel, el hermano menor de mi papá. Me preguntó si mi abuelo me había regalado plata y le dije que no.
- Porque, no sé si sabías, nadie está autorizado a recibir plata de papá.
- ¿Qué quiere decir eso? - pregunté extrañada.
- Que últimamente anda regalando mucha plata a las enfermeras, le regaló a tu primo también. Y bueno, con tu tío Mauricio decidimos que es mejor que toda la plata que él da sea devuelta.
- ¿Ahora no puede decidir a quién le da plata y a quién no? La ganó él. Si considera que una enfermera se merece algo extra, se lo puede dar.
- Ya no puede decidir él. La responsabilidad sobre su plata la tenemos los cuatro hijos ahora.
- ¿Y eso?
- Es así, Agustina. Decime, ¿te dio plata o no?
- ¡No!
- Bueno. Si te da algo durante el almuerzo me lo devolvés.
Sin entender mucho me acerqué hasta donde estaba Cristina, la enfermera de la mañana.
- Cris, una pregunta. ¿Qué es eso de que mi abuelo ya no maneja su plata?
- Vino su psiquiatra el otro día y dijo que debe ser declarado incapaz. Ya no está habilitado para firmar nada, y mucho menos manejar plata. Así que tus tíos están a cargo ahora.
- ¿Incapaz? ¿Cómo llegó a eso?
- Está muy desequilibrado, Agus. Sobre todo con la plata. La esconde a veces abajo de la almohada o entre la ropa. O a veces directamente la pierde. Y bueno, tu tío Gabriel no sabés como está.
- Me imagino. Siempre fue un muerto con la plata.
- Exacto. Y, te digo algo, entre nosotras. El otro día escuché a tu tío Mauricio hablando con él, y estaban diciendo que ellos dos se iban a encargar de todas las cuentas.
- ¿Y mi padre y mi tío Julio?
- Están enfermos, según ellos dos, y tampoco son capaces de manejar plata.
- Y bueno, no es del todo mentira. Papá es bipolar y Julio es esquizofrénico.
- Sí, es verdad, pero en este caso es una excusa. Te digo lo que me parece. Están buscando la manera de repartirse todo entre ellos dos.
- Siempre lo quisieron hacer. Se ve que ahora tienen su oportunidad.
- Claro. Les vino como anillo al dedo lo de tu abuelo. Decime, ¿vos tenés alguna cuenta a tu nombre o algo? ¿Alguna propiedad?
- Sí. Mi departamento, y una cuenta que nos abrió a cada uno de los nietos.
- Bueno, te aconsejo que tengas cuidado con esas cosas porque si no tienen problema en sacarle todo a sus hermanos, mucho menos van a tener con respecto a sus sobrinos.
- Pero si está todo a mi nombre no hay nada que puedan hacer. ¿O sí?
- Supongo que no, pero yo que vos me cuidaría.
- Es que no sé que podría hacer. Igual debería averiguar. Gracias, Cris.
- De nada. Me pareció que debía advertirte.
Con todo eso en la cabeza volví a donde estaban todos. El resto del almuerzo transcurrió sin mayores problemas, pero no me pude concentrar en ninguna conversación. Miraba a mis tíos Gabriel y Mauricio por un lado, y a mi papá y mi tío Julio por otro. En la cabecera, mi abuelo. Festejando su cumpleaños y sin saber, que dos de sus hijos se estaban disputando su patrimonio a costa de otros dos. A fin de cuentas, repartiéndose la herencia con mi abuelo en vida, y no precisamente de una manera justa.
Encima todavía me quedaba la charla con Martín.
- Mire que para mí no es problema. Podemos sentarnos a hablar tranquilamente y ver que soluciones puede haber. A veces las personas no quieren admitir que tienen problemas con su pareja.
- Es que no tenemos ningún problema - mentí.
- Bueno, pero podríamos tener una charla igual. A fin de cuentas, ustedes asumieron un compromiso para toda la vida y van a estar juntos por muchísimo tiempo. Les puedo dar algunos consejos...
- Gracias - dije, interrumpiéndolo. - Pero no va a ser necesario.
Me di vuelta y miré a Martín, quien se veía que estaba conteniendo la risa hace rato. Lo abracé para reforzar la imagen de parejita feliz y volví donde estaba mi abuelo.
- Vení, chiquita, quiero hablar con vos.
- Bueno, abuelito.
Intentó pararse sólo y no pudo. Le agarré fuerte el brazo derecho y lo ayudé a levantarse. Fuimos caminando hasta una especie de escritorio que hay en su casa.
- Sentate - me dijo. Lo hice.
- Contame, ¿cómo anda todo?
- Bien, abuelito. Estoy muy contenta en el departamento, con mi marido. Todo bien.
- ¿Segura?
- Sí, sí. ¿Por qué?
- Porque tu madre anduvo diciendo que Martín y vos estaban peleados y que él había vuelto a lo de sus padres.
- Ay, abuelito, sabés como es mi mamá.
- Sí, me imaginé que era una de sus cosas. Decime, ¿precisás plata?
- No - mentí. La verdad es que no me hubiera venido nada mal.
- Dejame hacerte un regalito.
- Jajaja, no, abuelito. Es tu cumpleaños.
- No importa. Decime la verdad. ¿Precisás?
- En serio que no.
- Te creo. Bueno, era eso. Ver como estabas y si precisabas algo.
- Gracias por preocuparte. Te quiero mucho.
- Yo también, chiquita.
Salimos del escritorio, y en el camino me crucé con mi tío Gabriel, el hermano menor de mi papá. Me preguntó si mi abuelo me había regalado plata y le dije que no.
- Porque, no sé si sabías, nadie está autorizado a recibir plata de papá.
- ¿Qué quiere decir eso? - pregunté extrañada.
- Que últimamente anda regalando mucha plata a las enfermeras, le regaló a tu primo también. Y bueno, con tu tío Mauricio decidimos que es mejor que toda la plata que él da sea devuelta.
- ¿Ahora no puede decidir a quién le da plata y a quién no? La ganó él. Si considera que una enfermera se merece algo extra, se lo puede dar.
- Ya no puede decidir él. La responsabilidad sobre su plata la tenemos los cuatro hijos ahora.
- ¿Y eso?
- Es así, Agustina. Decime, ¿te dio plata o no?
- ¡No!
- Bueno. Si te da algo durante el almuerzo me lo devolvés.
Sin entender mucho me acerqué hasta donde estaba Cristina, la enfermera de la mañana.
- Cris, una pregunta. ¿Qué es eso de que mi abuelo ya no maneja su plata?
- Vino su psiquiatra el otro día y dijo que debe ser declarado incapaz. Ya no está habilitado para firmar nada, y mucho menos manejar plata. Así que tus tíos están a cargo ahora.
- ¿Incapaz? ¿Cómo llegó a eso?
- Está muy desequilibrado, Agus. Sobre todo con la plata. La esconde a veces abajo de la almohada o entre la ropa. O a veces directamente la pierde. Y bueno, tu tío Gabriel no sabés como está.
- Me imagino. Siempre fue un muerto con la plata.
- Exacto. Y, te digo algo, entre nosotras. El otro día escuché a tu tío Mauricio hablando con él, y estaban diciendo que ellos dos se iban a encargar de todas las cuentas.
- ¿Y mi padre y mi tío Julio?
- Están enfermos, según ellos dos, y tampoco son capaces de manejar plata.
- Y bueno, no es del todo mentira. Papá es bipolar y Julio es esquizofrénico.
- Sí, es verdad, pero en este caso es una excusa. Te digo lo que me parece. Están buscando la manera de repartirse todo entre ellos dos.
- Siempre lo quisieron hacer. Se ve que ahora tienen su oportunidad.
- Claro. Les vino como anillo al dedo lo de tu abuelo. Decime, ¿vos tenés alguna cuenta a tu nombre o algo? ¿Alguna propiedad?
- Sí. Mi departamento, y una cuenta que nos abrió a cada uno de los nietos.
- Bueno, te aconsejo que tengas cuidado con esas cosas porque si no tienen problema en sacarle todo a sus hermanos, mucho menos van a tener con respecto a sus sobrinos.
- Pero si está todo a mi nombre no hay nada que puedan hacer. ¿O sí?
- Supongo que no, pero yo que vos me cuidaría.
- Es que no sé que podría hacer. Igual debería averiguar. Gracias, Cris.
- De nada. Me pareció que debía advertirte.
Con todo eso en la cabeza volví a donde estaban todos. El resto del almuerzo transcurrió sin mayores problemas, pero no me pude concentrar en ninguna conversación. Miraba a mis tíos Gabriel y Mauricio por un lado, y a mi papá y mi tío Julio por otro. En la cabecera, mi abuelo. Festejando su cumpleaños y sin saber, que dos de sus hijos se estaban disputando su patrimonio a costa de otros dos. A fin de cuentas, repartiéndose la herencia con mi abuelo en vida, y no precisamente de una manera justa.
Encima todavía me quedaba la charla con Martín.
jueves, 3 de septiembre de 2009
Día 112 - Elige tu propia aventura
Para este cumpleaños de mi tío, tenía varias posibilidades. Una de ellas era hablar con Martín y pedirle que viniera. Otra era ir sola e inventar una excusa por la cual mi marido no había ido al festejo. Otra posibilidad consistía en directamente no ir, dentro de la cual habían dos opciones: una, avisar desde el principio, y dos, avisar a último momento. Cada una de ellas, por supuesto, tiene pros y contras.
La idea de pedirle a Martín que venga es, a primera vista, la más lógica. Consiste en llamarlo, pedirle que me haga este favor y, en teoría, pretender en frente de todos que somos una parejita perfecta y nada más. Pero todos sabemos que, en la realidad, no se reduce a eso. Yo a Martín lo extraño a veces, y en este momento en particular porque las cosas con Sebastián no están bien. Todavía no supe nada de mi vecinito, lo cual me da la pauta de que probablemente no lo vaya a hacer.
Y en el medio de la tormenta con Sebastián aparecería Martín, quien no sólo entiende todo lo de mi plan y el por qué de mi decisión, sino que fue una de las piezas principales para lograrlo. Sin su ayuda, nunca lo podría haber llevado a cabo. Y sí, en teoría yo entiendo por qué terminamos y sí, se supone que acepto que nunca vamos a llegar a buen puerto juntos, pero si estoy dudando tanto sobre si llamarlo o no es porque verlo no me sería indiferente.
Otra de las opciones era ir sola, pero no me termina de cerrar tampoco. Es extraño que mi marido no sólo no haya estado conmigo cuando mi abuelo estuvo mal, sino que tampoco venga a un cumpleaños familiar. Creo que su ausencia empezaría a despertar sospechas, y en este momento lo que menos quiero es soportar interrogatorios y deditos acusadores.
Por otro lado, con la situación de mi abuelo sería medio raro que yo no fuera a su casa a cenar, considerando que lo estoy visitando todos los días. Y justo, el día del cumpleaños de uno de mis tíos, no ir sería bastante sospechoso. Además, porque es una hora a la cual no trabajo ni tengo facultad, encontrar una buena excusa sería difícil. Hasta para mí, la reina de las mentiras. O sea que no ir a comer, más allá de qué pase con la variable "avisar sobre mi ausencia", también me parece que podría dar lugar a sospechas.
Cuando yo era chica, leía la saga de Elige tu propia aventura. Ante determinada situación, el libro te daba varias opciones, y te marcaba a qué página tenías que ir de acuerdo a tu elección. Me acuerdo que, debido a mi ya conocida incapacidad para tomar decisiones, nunca me podía quedar con sólo uno de los posibles finales, y leía todos y cada uno de ellos para ver cuál hubiera sido el indicado.
Desgraciadamente, en la vida real esto no se puede hacer. Hacemos elecciones y tenemos que aceptar el resultado que impliquen, sea bueno o malo, porque no hay vuelta atrás. Cualquiera de las posibilidades para hoy de noche tenía sus pros y sus contras, como todo, pero no tuve más remedio que quedarme con una sola de ellas. Elegí mi propia aventura. Elegí llamar a Martín.
La idea de pedirle a Martín que venga es, a primera vista, la más lógica. Consiste en llamarlo, pedirle que me haga este favor y, en teoría, pretender en frente de todos que somos una parejita perfecta y nada más. Pero todos sabemos que, en la realidad, no se reduce a eso. Yo a Martín lo extraño a veces, y en este momento en particular porque las cosas con Sebastián no están bien. Todavía no supe nada de mi vecinito, lo cual me da la pauta de que probablemente no lo vaya a hacer.
Y en el medio de la tormenta con Sebastián aparecería Martín, quien no sólo entiende todo lo de mi plan y el por qué de mi decisión, sino que fue una de las piezas principales para lograrlo. Sin su ayuda, nunca lo podría haber llevado a cabo. Y sí, en teoría yo entiendo por qué terminamos y sí, se supone que acepto que nunca vamos a llegar a buen puerto juntos, pero si estoy dudando tanto sobre si llamarlo o no es porque verlo no me sería indiferente.
Otra de las opciones era ir sola, pero no me termina de cerrar tampoco. Es extraño que mi marido no sólo no haya estado conmigo cuando mi abuelo estuvo mal, sino que tampoco venga a un cumpleaños familiar. Creo que su ausencia empezaría a despertar sospechas, y en este momento lo que menos quiero es soportar interrogatorios y deditos acusadores.
Por otro lado, con la situación de mi abuelo sería medio raro que yo no fuera a su casa a cenar, considerando que lo estoy visitando todos los días. Y justo, el día del cumpleaños de uno de mis tíos, no ir sería bastante sospechoso. Además, porque es una hora a la cual no trabajo ni tengo facultad, encontrar una buena excusa sería difícil. Hasta para mí, la reina de las mentiras. O sea que no ir a comer, más allá de qué pase con la variable "avisar sobre mi ausencia", también me parece que podría dar lugar a sospechas.
Cuando yo era chica, leía la saga de Elige tu propia aventura. Ante determinada situación, el libro te daba varias opciones, y te marcaba a qué página tenías que ir de acuerdo a tu elección. Me acuerdo que, debido a mi ya conocida incapacidad para tomar decisiones, nunca me podía quedar con sólo uno de los posibles finales, y leía todos y cada uno de ellos para ver cuál hubiera sido el indicado.
Desgraciadamente, en la vida real esto no se puede hacer. Hacemos elecciones y tenemos que aceptar el resultado que impliquen, sea bueno o malo, porque no hay vuelta atrás. Cualquiera de las posibilidades para hoy de noche tenía sus pros y sus contras, como todo, pero no tuve más remedio que quedarme con una sola de ellas. Elegí mi propia aventura. Elegí llamar a Martín.
Etiquetas:
Martín (mi "algo"),
Mi abuelo (papá de mi papá),
Mi vecinito
martes, 1 de septiembre de 2009
Día 111 - Complicated
Estos días fueron bastante complicados. No sólo porque mi abuelo estuvo mal, sino que a la misma vez que enfrentaba todo lo que estaba pasando, me tenía que preocupar por encontrar excusas para poner con el objetivo de tapar el hecho de que mi marido no estaba al lado mío cuando existía la posibilidad de que mi abuelito tuviera cáncer. Después de unas veces de encontrarme con mis padres y recurrir a "está trabajando", "tenía algo importante en la facultad" e inventos similares, directamente llamaba a mi hermano antes de pasar por el hospital a ver si estaba sólo. Y, cuando no lo estaba, hacía tiempo en cualquier lado hasta que me llegara una mensaje que dijera que finalmente se habían ido mis viejos. Así que estos días los pasé entre los distintos trabajos, la facultad y cualquier lugar que estuviera en el medio y que sirviera como base antes de salir hacia el hospital.
De lo de mi abuelo no quiero hablar porque todavía no se sabe bien qué es lo que tiene, y además porque no puedo aceptar la posibilidad de que ...bueno, ya saben. Me cuesta mucho pensar que no va a estar siempre y además, no quiero angustiarme antes de realmente tener que hacerlo. Por ahora igual parece que cáncer no es, y ya hoy se fue para su casa. Va a tener enfermeros todo el tiempo, pero en cualquier caso es mejor que que esté en el hospital. Ya está consciente, aunque muy dopado.
Ayer de noche, me quedé un rato largo con él charlando y deseé que pudiera salir de el estado en el que está para que puedan haber mil conversaciones más como esa. Porque si hay algo que mi abuelo tiene, es que mantiene su ingenio e inteligencia esté como esté, entonces por momentos me olvidaba de que las cosas no estaban del todo bien. O, por lo menos, quería olvidarme.
El primer choque con la realidad lo tuve cuando mi hermano volvió del baño y mi abuelo le dijo "vení, muchacho, sentate acá al lado mío que tenemos que hablar de hombre a hombre". Mi hermano y yo lo miramos extrañadísimos, porque nunca le dice "muchacho". A los dos minutos, cuando le preguntó si nos estaba alcanzando bien la plata para vivir, entendí todo. Confundió a mi hermano con mi marido, lo cual fue bastante feo porque no sólo que no tienen nada que ver físicamente (Fabián es rubio de ojos celestes y Martín castaño de ojos marrones), sino porque me dio la pauta de que hay algo que no anda bien. Igual, un rato después le pregunté a una enfermera por qué podía haber pasado eso y me dijo que era normal porque había recibido muchísima medicación en las últimas horas.
Mi abuelo y "mi marido" estuvieron hablando un rato largo, en el cual mi abuelo le preguntó si me estaba tratando bien, cómo nos estábamos llevando y si necesitábamos algo. Mi hermano le contestó que no se preocupara, que todo iba a estar bien. Mi abuelo le contestó que más le valía que me estuviera tratando bien, porque sino le iba a mandar a su nieto (mi hermano) a que lo cagara a piñas. Fabián y yo hacíamos todo lo posible para no reírnos cuando decía esas cosas porque sería medio complicado que mi hermano cagara a piñas a mi supuesto marido, quien en verdad es mi hermano. Es decir, se tendría que pegar a sí mismo, lo cual es un poco difícil de llevar a cabo.
Entre toda esta locura, se me pasó que se acerca el cumpleaños de uno mis tíos. El jueves es el cumple de mi tío Mauricio (el que hizo lo mismo que yo para conseguir el departamento), y me dijo mi hermano que la idea es hacer una cena en lo de mi abuelo para estar toda la familia junta en este momento difícil.
Y, de nuevo, me veo obligada a poner a la cabeza a funcionar a toda máquina. Me quedan pocos días para pensar si hablo con Martín y le pido que venga como un favor especial por toda la situación, o si mejor busco una excusa para no ir a la cena. La otra posibilidad es decir que voy, y a último momento llamar y decir que no voy.
Las cosas se complican cada vez más. Sebastián sigue sin hablarme, lo del casamiento se me está yendo de las manos, lo cual me hace preguntarme si a fin de cuentas tomé una buena decisión. En fin, como le dije a mi vecino, lo hecho, hecho está. Ahora, sólo queda pensar en qué voy a hacer el jueves.
(Prometo retomar mis actividades en otros blogs lo antes que pueda. Mientras tanto, quería darles el update para que supieran más o menos qué es lo que pasa. Sus consejos sobre lo que debería hacer, como siempre, son bienvenidos)
De lo de mi abuelo no quiero hablar porque todavía no se sabe bien qué es lo que tiene, y además porque no puedo aceptar la posibilidad de que ...bueno, ya saben. Me cuesta mucho pensar que no va a estar siempre y además, no quiero angustiarme antes de realmente tener que hacerlo. Por ahora igual parece que cáncer no es, y ya hoy se fue para su casa. Va a tener enfermeros todo el tiempo, pero en cualquier caso es mejor que que esté en el hospital. Ya está consciente, aunque muy dopado.
Ayer de noche, me quedé un rato largo con él charlando y deseé que pudiera salir de el estado en el que está para que puedan haber mil conversaciones más como esa. Porque si hay algo que mi abuelo tiene, es que mantiene su ingenio e inteligencia esté como esté, entonces por momentos me olvidaba de que las cosas no estaban del todo bien. O, por lo menos, quería olvidarme.
El primer choque con la realidad lo tuve cuando mi hermano volvió del baño y mi abuelo le dijo "vení, muchacho, sentate acá al lado mío que tenemos que hablar de hombre a hombre". Mi hermano y yo lo miramos extrañadísimos, porque nunca le dice "muchacho". A los dos minutos, cuando le preguntó si nos estaba alcanzando bien la plata para vivir, entendí todo. Confundió a mi hermano con mi marido, lo cual fue bastante feo porque no sólo que no tienen nada que ver físicamente (Fabián es rubio de ojos celestes y Martín castaño de ojos marrones), sino porque me dio la pauta de que hay algo que no anda bien. Igual, un rato después le pregunté a una enfermera por qué podía haber pasado eso y me dijo que era normal porque había recibido muchísima medicación en las últimas horas.
Mi abuelo y "mi marido" estuvieron hablando un rato largo, en el cual mi abuelo le preguntó si me estaba tratando bien, cómo nos estábamos llevando y si necesitábamos algo. Mi hermano le contestó que no se preocupara, que todo iba a estar bien. Mi abuelo le contestó que más le valía que me estuviera tratando bien, porque sino le iba a mandar a su nieto (mi hermano) a que lo cagara a piñas. Fabián y yo hacíamos todo lo posible para no reírnos cuando decía esas cosas porque sería medio complicado que mi hermano cagara a piñas a mi supuesto marido, quien en verdad es mi hermano. Es decir, se tendría que pegar a sí mismo, lo cual es un poco difícil de llevar a cabo.
Entre toda esta locura, se me pasó que se acerca el cumpleaños de uno mis tíos. El jueves es el cumple de mi tío Mauricio (el que hizo lo mismo que yo para conseguir el departamento), y me dijo mi hermano que la idea es hacer una cena en lo de mi abuelo para estar toda la familia junta en este momento difícil.
Y, de nuevo, me veo obligada a poner a la cabeza a funcionar a toda máquina. Me quedan pocos días para pensar si hablo con Martín y le pido que venga como un favor especial por toda la situación, o si mejor busco una excusa para no ir a la cena. La otra posibilidad es decir que voy, y a último momento llamar y decir que no voy.
Las cosas se complican cada vez más. Sebastián sigue sin hablarme, lo del casamiento se me está yendo de las manos, lo cual me hace preguntarme si a fin de cuentas tomé una buena decisión. En fin, como le dije a mi vecino, lo hecho, hecho está. Ahora, sólo queda pensar en qué voy a hacer el jueves.
(Prometo retomar mis actividades en otros blogs lo antes que pueda. Mientras tanto, quería darles el update para que supieran más o menos qué es lo que pasa. Sus consejos sobre lo que debería hacer, como siempre, son bienvenidos)
martes, 11 de agosto de 2009
Día 93 - Flashback: Desperate times...
- Vos estás mal de la cabeza, Agustina - dijo Valentina, después de que yo le contara mi brillante plan.
- Es eso o pegarme un tiro. Decime vos - contesté.
- No, pero más allá de que no tengas otra opción. Estás loca.
- No estoy loca, estoy desesperada. Es diferente. Y como dicen, desperate times, desperate measures.
- Igual, es algo totalmente descabellado. ¡No puedo entender como Martín aceptó!
- Y porque no es tan grave, después de unos meses todo va a haber terminado. Aparte le regalé un pasaje para que se vaya a ver a Nacho.
- ¡¿Qué?!
- Sí, algo le tenía que dar.
- Ya veo. Como la plata no la ganaste vos...
- No voy a discutir temas de plata. Hice lo que tenía que hacer.
- Ok, le regalaste el pasaje, él aceptó casarse con vos. ¿Y qué pasa si alguien de tu familia se entera de lo que hiciste?
- No hay manera de que se enteren. Vamos a pretender que está todo bien, y después de un año supongo que ya no voy a ver a nadie de mi familia. Y ya no voy a tener nada que esconder.
- No seas tonta. ¿Pensás que no los vas a ver más?
- Por supuesto. Una vez cada tanto, puede ser. Pero mi relación actual con ellos no se va a mantener por mucho tiempo. Después que me mude, cuando ya no me obliguen más a comer con mi abuela, ni la voy a ver.
- A ella, pero a tus padres me imagino que sí.
- No sé, la verdad. Supongo que en los cumpleaños, o algún domingo cada tanto. Pero cuanto más lejos tenga a mi madre, mejor.
- ¿Y cuando los veas que vas a hacer?
- Y...el primer tiempo Martín va a venir como si estuviéramos bárbaro. Pero va a vivir con sus padres, por supuesto. Y yo, en mi departamento nuevo. Voy a ser tan feliz.
- No te creas, eh. Vas a tener que hacer todo vos, y no sos exactamente una ama de casa...
- No, pero todo se aprende.
- Pero sos un desastre cocinando.
- Todos lo sabemos. Qué sé yo, bajaré recetas de internet o algo.
- ¿Y el resto?
- No importa el resto. Me voy a arreglar como pueda. De cualquier manera voy a estar cien veces mejor que en mi casa.
- Bueno, ponele que te arreglás. Pero imaginate que te descubren, ¿qué hacés?
- ¡No tienen manera de descubrirme!
- Tienen, sí. Tu plan hace agua por todos lados.
- A ver, contame como es eso.
- Imaginate que van un día de sorpresa y Martín no está.
- Digo que salió y lo llamo para que venga.
- ¿Y si te piden que lo lleves a una cena?
- Va a ir, Valentina, ya está hablado. El plan es genial. Y cierra por todos lados.
- Igual, aunque cierre, está mal. Lo que vas a hacer está muy mal. Mentirle así a todo el mundo. ¡Mentirle a tu abuelo!
- Y bueno, todo tiene su costo. Igual él sabe que me llevo mal con mi madre y que voy a estar mejor en otro lado, ya me lo dijo.
- Sí, pero piensa que te conseguiste un "buen muchacho", como dice él y no es verdad.
- No, no lo es. O sí. Martín va a estar cerca, en el sentido de que no voy a estar sola. Eso es lo que le preocupa a él, que esté sola. Y no lo voy a estar.
- Sí, vas a estar sola todos los días menos el sábado de noche cuando vaya a coger. Si es lo único que quiere con vos...
- Te pido que no te metas en nuestra relación. Me está haciendo un favor enorme y eso es todo lo que importa.
- Bueno, pero sigo pensando que sos una mentirosa.
- Pensá lo que quieras.
- Y vas a ver que no te va a salir todo tan bien como vos pensás.
- Eso está por verse.
- Es eso o pegarme un tiro. Decime vos - contesté.
- No, pero más allá de que no tengas otra opción. Estás loca.
- No estoy loca, estoy desesperada. Es diferente. Y como dicen, desperate times, desperate measures.
- Igual, es algo totalmente descabellado. ¡No puedo entender como Martín aceptó!
- Y porque no es tan grave, después de unos meses todo va a haber terminado. Aparte le regalé un pasaje para que se vaya a ver a Nacho.
- ¡¿Qué?!
- Sí, algo le tenía que dar.
- Ya veo. Como la plata no la ganaste vos...
- No voy a discutir temas de plata. Hice lo que tenía que hacer.
- Ok, le regalaste el pasaje, él aceptó casarse con vos. ¿Y qué pasa si alguien de tu familia se entera de lo que hiciste?
- No hay manera de que se enteren. Vamos a pretender que está todo bien, y después de un año supongo que ya no voy a ver a nadie de mi familia. Y ya no voy a tener nada que esconder.
- No seas tonta. ¿Pensás que no los vas a ver más?
- Por supuesto. Una vez cada tanto, puede ser. Pero mi relación actual con ellos no se va a mantener por mucho tiempo. Después que me mude, cuando ya no me obliguen más a comer con mi abuela, ni la voy a ver.
- A ella, pero a tus padres me imagino que sí.
- No sé, la verdad. Supongo que en los cumpleaños, o algún domingo cada tanto. Pero cuanto más lejos tenga a mi madre, mejor.
- ¿Y cuando los veas que vas a hacer?
- Y...el primer tiempo Martín va a venir como si estuviéramos bárbaro. Pero va a vivir con sus padres, por supuesto. Y yo, en mi departamento nuevo. Voy a ser tan feliz.
- No te creas, eh. Vas a tener que hacer todo vos, y no sos exactamente una ama de casa...
- No, pero todo se aprende.
- Pero sos un desastre cocinando.
- Todos lo sabemos. Qué sé yo, bajaré recetas de internet o algo.
- ¿Y el resto?
- No importa el resto. Me voy a arreglar como pueda. De cualquier manera voy a estar cien veces mejor que en mi casa.
- Bueno, ponele que te arreglás. Pero imaginate que te descubren, ¿qué hacés?
- ¡No tienen manera de descubrirme!
- Tienen, sí. Tu plan hace agua por todos lados.
- A ver, contame como es eso.
- Imaginate que van un día de sorpresa y Martín no está.
- Digo que salió y lo llamo para que venga.
- ¿Y si te piden que lo lleves a una cena?
- Va a ir, Valentina, ya está hablado. El plan es genial. Y cierra por todos lados.
- Igual, aunque cierre, está mal. Lo que vas a hacer está muy mal. Mentirle así a todo el mundo. ¡Mentirle a tu abuelo!
- Y bueno, todo tiene su costo. Igual él sabe que me llevo mal con mi madre y que voy a estar mejor en otro lado, ya me lo dijo.
- Sí, pero piensa que te conseguiste un "buen muchacho", como dice él y no es verdad.
- No, no lo es. O sí. Martín va a estar cerca, en el sentido de que no voy a estar sola. Eso es lo que le preocupa a él, que esté sola. Y no lo voy a estar.
- Sí, vas a estar sola todos los días menos el sábado de noche cuando vaya a coger. Si es lo único que quiere con vos...
- Te pido que no te metas en nuestra relación. Me está haciendo un favor enorme y eso es todo lo que importa.
- Bueno, pero sigo pensando que sos una mentirosa.
- Pensá lo que quieras.
- Y vas a ver que no te va a salir todo tan bien como vos pensás.
- Eso está por verse.
lunes, 10 de agosto de 2009
Día 92 - Familia de machos (continuación)
Por suerte, mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando volvió Seba, quien me llevó de vuelta con sus amigos hombres. Respiré aliviada.
El hecho de que me lleve tan bien con los hombres radica en que la mayor parte de mi familia está compuesta por entes del sexo masculino. A mi abuela paterna prácticamente no la conocí, porque tenía algún tema psiquiátrico, del cual nunca me hablaron. Solo sé que estuvo muchísimo tiempo internada, pero mi papá nunca me contó que era lo que tenía y tampoco quise preguntar. Supongo que debe ser doloroso para él hablar de eso.
Mi padre tiene tres hermanos: Julio, Mauricio y Gabriel. Julio es el único de los tres que tuvo un hijo. Hace 18 años, nació mi primo David. Al poco tiempo, se separó de su esposa, Alicia, a quien mi abuelo odia porque dejó de trabajar el día que se casó con mi tío.
Hay una foto, en la casa de mi abuelo de Punta del Este, en la que estamos mi abuelo y yo sentados en la mesa del patio. A nuestra derecha, está mi primo David y a nuestra izquierda, mi hermano. Parados atrás nuestro están mis tres tíos y mi papá. La única mujer en la foto es, por lo tanto, su humilde servidora.
Del otro lado de la familia, están mi tío Marcelo y mi tía Déborah. Con Marce me llevo bien, pero como les conté, mi madre y mi tía no se hablan hace más de diez años, por lo cual es como si no existiera para mí porque nunca la veo. A las cenas familiares que va una, falta la otra. No se pueden ni se quieren ver. Y, como consecuencia, yo tampoco la veo.
Como ven, mis parientes son, en su gran mayoría, hombres. Y las mujeres que hay -mi madre y mi abuela- no son exactamente mis personas preferidas. "Familia de machos" dijo una vez mi hermano, mirando la foto que mencioné antes.
En el taxi de la vuelta, Seba me dijo que le había caído bien a sus amigos. Prueba superada, pensé. Y agradecí, por primera vez en mi vida, ser parte de una familia tan peculiar.
El hecho de que me lleve tan bien con los hombres radica en que la mayor parte de mi familia está compuesta por entes del sexo masculino. A mi abuela paterna prácticamente no la conocí, porque tenía algún tema psiquiátrico, del cual nunca me hablaron. Solo sé que estuvo muchísimo tiempo internada, pero mi papá nunca me contó que era lo que tenía y tampoco quise preguntar. Supongo que debe ser doloroso para él hablar de eso.
Mi padre tiene tres hermanos: Julio, Mauricio y Gabriel. Julio es el único de los tres que tuvo un hijo. Hace 18 años, nació mi primo David. Al poco tiempo, se separó de su esposa, Alicia, a quien mi abuelo odia porque dejó de trabajar el día que se casó con mi tío.
Hay una foto, en la casa de mi abuelo de Punta del Este, en la que estamos mi abuelo y yo sentados en la mesa del patio. A nuestra derecha, está mi primo David y a nuestra izquierda, mi hermano. Parados atrás nuestro están mis tres tíos y mi papá. La única mujer en la foto es, por lo tanto, su humilde servidora.
Del otro lado de la familia, están mi tío Marcelo y mi tía Déborah. Con Marce me llevo bien, pero como les conté, mi madre y mi tía no se hablan hace más de diez años, por lo cual es como si no existiera para mí porque nunca la veo. A las cenas familiares que va una, falta la otra. No se pueden ni se quieren ver. Y, como consecuencia, yo tampoco la veo.
Como ven, mis parientes son, en su gran mayoría, hombres. Y las mujeres que hay -mi madre y mi abuela- no son exactamente mis personas preferidas. "Familia de machos" dijo una vez mi hermano, mirando la foto que mencioné antes.
En el taxi de la vuelta, Seba me dijo que le había caído bien a sus amigos. Prueba superada, pensé. Y agradecí, por primera vez en mi vida, ser parte de una familia tan peculiar.
martes, 4 de agosto de 2009
Día 86 - Flashback: el tamaño SÍ importa
- Agustinita, ¿cuándo vamos a hablar con la wedding planner? - preguntó mamá mientras yo tomaba mi café con leche a la tarde siguiente de la propuesta de casamiento de Martín.
- Eh...nunca. No quiero hacer una fiesta grande - contesté.
- ¡¿Qué decís?! - chilló.
- Que no voy a hacer fiesta, mamá. Me parece un gasto innecesario y además no tengo ganas.
- ¿Qué quiere decir que no tenés ganas?
- Que están mis amigas lejos, y así no hay nada que festejar. El mejor amigo de Martín está en Panamá, mis mejores amigas en Israel. Ya hablamos que queremos hacer algo chico - mentí. Obvio que no habíamos hablado sobre esto. Pero yo ya sabía que mi madre me iba a salir con el tema y me pareció una buena excusa.
- ¿Algo chico? A ver, Agustina, razoná un poco. ¿Qué pensás que va a decir la gente?
- Nada, mamá. Basta con esa paranoia. Me chupa un huevo lo que piense la gente.
- Ay, no hables así, que pareces un hombre. Y a mí sí me importa lo que piense la gente. Vos viste lo que fue la fiesta de la hija de los Cohen, nosotros no podemos quedarnos atrás. Lo que menos quiero es que el comentario general en la cole (comunidad judía) sea que nos estamos quedando pobres.
- Mamá, escuchame una cosa. Ya se sabe quien tiene plata y quien no. Que yo haga algo chico no va a hacer que nadie piense nada diferente.
- ¡Pero que terca que estás!
- ¿Terca? ¿Vos pensás que tiene sentido gastar tanto en algo que dura sólo una noche, sólo para que Silvita vea que podés hacer una fiesta mejor que la que ella le hizo a su hija? Por favor.
- Silvita y todo mi grupo de amigas. ¡Yo pensaba invitar a doscientas personas y vos me salís con que querés algo chico!
- ¿Doscientas personas? ¿Y vos de dónde te pensás que la familia de Martín tiene plata para pagar todo eso?
- Agustina, no te hagas la boba, ya sabés que la fiesta la vamos a terminar pagando nosotros. Eso pasa por elegir a un chico pobre.
- ¿Pobre? Dejate de pavadas. Yo ya hablé con el abuelo, y me dijo que él paga la fiesta, y que puedo hacer lo que yo quiera. Vos y papá no pagan nada, así que tampoco tienen derecho a decidir.
- Bueno, bueno, vamos a calmarnos un poco. Si te digo que le pagamos el pasaje a Fabi y a Romi para que vengan, y también traemos al amigo de Martín, ¿accedés a una fiesta con todas las letras? - preguntó, con un brillo en los ojos como si con esta idea ganara la batalla. Debo decir que por un segundo lo pensé. Mis amigas se habían ido hacía dos meses y ya las extrañaba, pero no podía hacer una fiesta grande. Se me iba a terminar yendo todo de las manos. Iba a tener que invitar a compañeros de facultad, compañeras de trabajo, lo cual implicaría más gente después con la cual aparentar estar casada. Y, además, no tenía manera de hacer que Martín invitara a mucha gente. Él ya me había dicho que no pensaba decirle a muchos de sus amigos. Sólo a Nacho y a algunos más para pedirles como favor que vinieran, pero nada más. Y, por último, me imaginé teniendo que pasar meses decidiendo cosas sobre la comida, los manteles, los centros de mesa y otras estupideces y me quise morir.
- No, mamá, en esos planes no los dejan salir del país por una cosa así - contesté. Algo de verdad tenía mi respuesta. Tampoco es fácil que los dejen salir de Israel, sobretodo cuando se está en planes de estudio que duran un año. Pero igual, si no hubiera sido por todas las otras cosas que dificultaban mantener la mentira lo más chica posible, capaz que se podría haber arreglado que vinieran.
- Yo tengo algún contacto...
- Mamá, no. Está decidido. Hacemos una reunión, con los familiares cercanos, algunas de tus amigas, algunas amigas mías, y unos amigos de Martín. No quiero ni primos ni tíos segundos, ni a los hijos de tus amigos, ni a la tía de la abuela de la prima de nadie.
- ¿No hay nada nada nada que te pueda hacer cambiar de opinión?
- No, lo decidimos ayer. Además, queremos que sea pronto para mudarnos ya. Y hacer una fiesta grande implica un montón de preparativos, que no sólo no tengo ganas de hacer, sino que llevan muchísimo tiempo.
- ¿Cuán pronto estamos hablando?
- Un mes o algo así. Registro civil, después una reunión con poca gente y chau.
- ¿Y el shil? (templo)
- Eso lo vemos en otro momento - dije. Ahí sí que me agarró desprevenida. Casarnos en frente de un rabino ficticiamente ya me parecía un poco retorcido. En verdad toda la idea del casamiento es y fue retorcida, pero no sé, pensé que si podíamos evitar la parte religiosa mejor.
- Bueno, pero hay una cosa que no te voy a negociar.
- ¿Qué?
- El vestido blanco. Te quiero ver con el vestido, como una princesita, caminando con papá por el altar.
- Bueno. Vestido blanco entonces.
- Genial. Yo me encargo de conseguir a alguien que te haga un vestido hermoso en un mes.
- Ok, buscá.
- Bueno. Yo busco, y vos ponete a dieta, porque así no te podés casar.
- Eh...nunca. No quiero hacer una fiesta grande - contesté.
- ¡¿Qué decís?! - chilló.
- Que no voy a hacer fiesta, mamá. Me parece un gasto innecesario y además no tengo ganas.
- ¿Qué quiere decir que no tenés ganas?
- Que están mis amigas lejos, y así no hay nada que festejar. El mejor amigo de Martín está en Panamá, mis mejores amigas en Israel. Ya hablamos que queremos hacer algo chico - mentí. Obvio que no habíamos hablado sobre esto. Pero yo ya sabía que mi madre me iba a salir con el tema y me pareció una buena excusa.
- ¿Algo chico? A ver, Agustina, razoná un poco. ¿Qué pensás que va a decir la gente?
- Nada, mamá. Basta con esa paranoia. Me chupa un huevo lo que piense la gente.
- Ay, no hables así, que pareces un hombre. Y a mí sí me importa lo que piense la gente. Vos viste lo que fue la fiesta de la hija de los Cohen, nosotros no podemos quedarnos atrás. Lo que menos quiero es que el comentario general en la cole (comunidad judía) sea que nos estamos quedando pobres.
- Mamá, escuchame una cosa. Ya se sabe quien tiene plata y quien no. Que yo haga algo chico no va a hacer que nadie piense nada diferente.
- ¡Pero que terca que estás!
- ¿Terca? ¿Vos pensás que tiene sentido gastar tanto en algo que dura sólo una noche, sólo para que Silvita vea que podés hacer una fiesta mejor que la que ella le hizo a su hija? Por favor.
- Silvita y todo mi grupo de amigas. ¡Yo pensaba invitar a doscientas personas y vos me salís con que querés algo chico!
- ¿Doscientas personas? ¿Y vos de dónde te pensás que la familia de Martín tiene plata para pagar todo eso?
- Agustina, no te hagas la boba, ya sabés que la fiesta la vamos a terminar pagando nosotros. Eso pasa por elegir a un chico pobre.
- ¿Pobre? Dejate de pavadas. Yo ya hablé con el abuelo, y me dijo que él paga la fiesta, y que puedo hacer lo que yo quiera. Vos y papá no pagan nada, así que tampoco tienen derecho a decidir.
- Bueno, bueno, vamos a calmarnos un poco. Si te digo que le pagamos el pasaje a Fabi y a Romi para que vengan, y también traemos al amigo de Martín, ¿accedés a una fiesta con todas las letras? - preguntó, con un brillo en los ojos como si con esta idea ganara la batalla. Debo decir que por un segundo lo pensé. Mis amigas se habían ido hacía dos meses y ya las extrañaba, pero no podía hacer una fiesta grande. Se me iba a terminar yendo todo de las manos. Iba a tener que invitar a compañeros de facultad, compañeras de trabajo, lo cual implicaría más gente después con la cual aparentar estar casada. Y, además, no tenía manera de hacer que Martín invitara a mucha gente. Él ya me había dicho que no pensaba decirle a muchos de sus amigos. Sólo a Nacho y a algunos más para pedirles como favor que vinieran, pero nada más. Y, por último, me imaginé teniendo que pasar meses decidiendo cosas sobre la comida, los manteles, los centros de mesa y otras estupideces y me quise morir.
- No, mamá, en esos planes no los dejan salir del país por una cosa así - contesté. Algo de verdad tenía mi respuesta. Tampoco es fácil que los dejen salir de Israel, sobretodo cuando se está en planes de estudio que duran un año. Pero igual, si no hubiera sido por todas las otras cosas que dificultaban mantener la mentira lo más chica posible, capaz que se podría haber arreglado que vinieran.
- Yo tengo algún contacto...
- Mamá, no. Está decidido. Hacemos una reunión, con los familiares cercanos, algunas de tus amigas, algunas amigas mías, y unos amigos de Martín. No quiero ni primos ni tíos segundos, ni a los hijos de tus amigos, ni a la tía de la abuela de la prima de nadie.
- ¿No hay nada nada nada que te pueda hacer cambiar de opinión?
- No, lo decidimos ayer. Además, queremos que sea pronto para mudarnos ya. Y hacer una fiesta grande implica un montón de preparativos, que no sólo no tengo ganas de hacer, sino que llevan muchísimo tiempo.
- ¿Cuán pronto estamos hablando?
- Un mes o algo así. Registro civil, después una reunión con poca gente y chau.
- ¿Y el shil? (templo)
- Eso lo vemos en otro momento - dije. Ahí sí que me agarró desprevenida. Casarnos en frente de un rabino ficticiamente ya me parecía un poco retorcido. En verdad toda la idea del casamiento es y fue retorcida, pero no sé, pensé que si podíamos evitar la parte religiosa mejor.
- Bueno, pero hay una cosa que no te voy a negociar.
- ¿Qué?
- El vestido blanco. Te quiero ver con el vestido, como una princesita, caminando con papá por el altar.
- Bueno. Vestido blanco entonces.
- Genial. Yo me encargo de conseguir a alguien que te haga un vestido hermoso en un mes.
- Ok, buscá.
- Bueno. Yo busco, y vos ponete a dieta, porque así no te podés casar.
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Mi madre,
Mi padre
miércoles, 22 de julio de 2009
Día 73 - Flashback: delivering the good news
Como ya se habrán dado cuenta, soy una persona muy mentirosa. Tengo una habilidad extraordinaria para mentir, para inventar situaciones y describirlas con lujo de detalles como si hubieran pasado. También sé actuar muy bien, sobre todo cuando la situación lo requiere.
Cuando tenía dieciséis años y empecé mi historia con Martín, cometí el grave error de decírselo a mi madre, quien prácticamente me prohibió verlo. Me ponía un montón de reglas estúpidas y sin sentido, como que si él venía a mi casa nos teníamos que quedar en el living para que ella pudiera pasar cada tanto a "controlar" lo que estuviéramos haciendo. A mi cuarto ni siquiera nos podíamos acercar. Después de que vino una vez, en la que estábamos tirados en el sillón mirando una película y vi pasar a mi madre pretendiendo que iba a buscar un vaso de agua, pero en realidad con la intención de asegurase de que no hubiera contacto entre Martín y yo, decidí que así no podía vivir. Porque además, si yo quería salir con mi actual marido no podía. No me dejaba verlo en situaciones que estuviéramos solos. Mucho menos ir a su casa. Dios, no.
Además de todo eso, me repetía constantemente que tener sexo antes de casarte era de puta, y que yo ni siquiera lo considerara. Que seguro Martín me quería sólo para eso, entonces yo no tenía que ceder. Que diciéndole que no lo iba a mantener agarrado.
Y no sólo eso, también me llegó a decir que tenía que traerlo a comer si pretendía seguir saliendo con él. En ese momento, supe que la situación con Martín no daba para pedirle que viniera a mi casa a conocer a mis padres. Además, no correspondía, nos estábamos viendo hace un mes cuando mi madre me amenazó con no dejarme verlo más. Y aparte de todo, no me parecía hacerlo pasar por una cena con mis padres, donde lo iban a aturdir toda la noche preguntándole cosas idiotas de estilo de qué intenciones tenía conmigo.
Martín fue el primer tipo con el que daba para algo más que manosearse en un boliche y eso era algo que yo quería vivir. Quería enamorarme, porque yo a esa edad todavía creía en los cuentos de hadas y pensaba que si a mí me gustaba él y a él le gustaba yo, iba a estar todo bien e ibamos a ser felices por siempre. Capaz que no tan así, pero definitivamente no era la persona cínica y fría que soy hoy en día. Quería estar con Martín y no iba a dejar que mi madre me lo impidiera. Y ahí fue cuando me convertí en una persona mentirosa.
Le dije a mi madre que Martín y yo habíamos terminado para que me dejara de joder. Le decía que iba a salir con amigas y en realidad me iba a la casa de él. Hubo veces en las que llegué a inventar que había ido al cine y después leí la crítica para opinar cuando me preguntara.
Sin embargo, aunque mentirle a mi madre me salía (y sale) con tal facilidad, hay otra persona a la que me cuesta. Y no por un tema de inventar cosas porque me sale perfecto, sino porque no me gusta porque lo quiero demasiado. Y esa persona es mi abuelo.
De cualquier manera, lo tuve que hacer. Él me había ofrecido el departamento si me casaba y yo ya había puesto el plan en marcha. Y, por más que me costó, lo hice. Porque la idea de seguir viviendo en mi casa me hacía querer morirme.
Así que después de la cena con Martín (la de la propuesta de casamiento), decidí que tenía que hablar con mi abuelo para contarle la noticia en persona. Pasé por Burger King, me compré algo para comer, y fui a su casa a almorzar.
- Abuelito, tengo algo que decirte.
- Contame, chiquita.
- Bueno, te cuento. ¡Me voy a casar!
- ¡Felicitaciones! ¿Quién es el muchacho?
- Uno que iba al colegio conmigo. Nos volvimos a ver, y bueno, estamos juntos.
- ¿Y este muchacho es idishe? (judío)
- Sí, abuelito.
- Como tiene que ser. ¿Te parece que estás eligiendo bien? Porque mirá que vos valés mucho, y no quiero que te conformes. Quiero que seas feliz.
- Lo voy a ser, abuelito. Creeme - dije, aunque no fuera por casarme sino por el departamento.
- Bueno, entonces voy a cumplir lo que te dije y te voy a regalar el departamento. Y como te dije, también te voy a dar plata para que vivan bien aunque sea el primer año.
- Eso no es necesario, abuelito.
- Sí, lo es. Te merecés lo mejor, y yo te lo puedo dar.
- Bueno, gracias.
- Por vos cualquier cosa, chiquita. ¿Qué departamento querés? ¿Uno con tres dormitorios está bien?
- No, no. Quiero algo chiquito, sencillo.
- No, dejame regalarte un buen departamento, además que sea grande por si quieren tener hijos.
- Jajaja, por ahora no vamos a tener.
- Bueno, pero igual tendrías que tener algo lindo y grande.
- No, no necesito. Cuesta mucho mantenerlo, prefiero algo chiquito.
- Bueno, hacemos así. Cuando quieras hacemos un recorrido por algunos de mis edificios y elegís el departamento que te guste. ¿Te parece?
- Sí, me encanta la idea.
- Bueno, regio. Ahora, decime. ¿Cuál es la situación económica del muchacho?
- No muy buena, la verdad.
- No importa. Yo les pago la fiesta.
- Pero mirá que no voy a hacer una fiesta grande con doscientas personas. Tengo pensado hacer algo más íntimo. Me parece que no es necesario, y además que es plata tirada a la basura.
- Vos hacé lo que vos quieras. Pensá en lo que querés y organizalo. Yo lo pago.
- Bueno, abuelito, muchas gracias.
- De nada. Lo que te haga feliz para mí está bien.
- Irme de mi casa me va a hacer feliz.
- Sí, no vivir con tu madre va a ser bueno para vos. No vas a tener que escuchar todos los días que estás gorda ni esas idioteces que te dice.
- Jajaja, sí. Te juro abuelito que ese departamento va a ser el mejor regalo que me hicieron en mi vida. ¿Viste cuando algo es exactamente lo que necesitás?
- Lo sé perfectamente y es por eso que te lo regalo. Quería que te consiguieras un muchacho para que cuando te mudaras no estuvieras sola. Porque un día te sentís mal o algo y si no tenés nadie cerca es muy feo.
- No te preocupes por eso. Conseguí a un muchacho que va a estar siempre conmigo, en la salud y en la enfermedad, como dicen - mentí.
- Bueno, me alegro que hayas encontrado a alguien que te haga feliz.
- Yo también.
PD: Aclaro, porque ahora me doy cuenta que es relevante, que mi abuelo es millonario. Para él regalarme un depto de 48 m2 no es nada, porque aparte lo construyó él. Les aseguro que no afecta su patrimonio en lo más mínimo.
Cuando tenía dieciséis años y empecé mi historia con Martín, cometí el grave error de decírselo a mi madre, quien prácticamente me prohibió verlo. Me ponía un montón de reglas estúpidas y sin sentido, como que si él venía a mi casa nos teníamos que quedar en el living para que ella pudiera pasar cada tanto a "controlar" lo que estuviéramos haciendo. A mi cuarto ni siquiera nos podíamos acercar. Después de que vino una vez, en la que estábamos tirados en el sillón mirando una película y vi pasar a mi madre pretendiendo que iba a buscar un vaso de agua, pero en realidad con la intención de asegurase de que no hubiera contacto entre Martín y yo, decidí que así no podía vivir. Porque además, si yo quería salir con mi actual marido no podía. No me dejaba verlo en situaciones que estuviéramos solos. Mucho menos ir a su casa. Dios, no.
Además de todo eso, me repetía constantemente que tener sexo antes de casarte era de puta, y que yo ni siquiera lo considerara. Que seguro Martín me quería sólo para eso, entonces yo no tenía que ceder. Que diciéndole que no lo iba a mantener agarrado.
Y no sólo eso, también me llegó a decir que tenía que traerlo a comer si pretendía seguir saliendo con él. En ese momento, supe que la situación con Martín no daba para pedirle que viniera a mi casa a conocer a mis padres. Además, no correspondía, nos estábamos viendo hace un mes cuando mi madre me amenazó con no dejarme verlo más. Y aparte de todo, no me parecía hacerlo pasar por una cena con mis padres, donde lo iban a aturdir toda la noche preguntándole cosas idiotas de estilo de qué intenciones tenía conmigo.
Martín fue el primer tipo con el que daba para algo más que manosearse en un boliche y eso era algo que yo quería vivir. Quería enamorarme, porque yo a esa edad todavía creía en los cuentos de hadas y pensaba que si a mí me gustaba él y a él le gustaba yo, iba a estar todo bien e ibamos a ser felices por siempre. Capaz que no tan así, pero definitivamente no era la persona cínica y fría que soy hoy en día. Quería estar con Martín y no iba a dejar que mi madre me lo impidiera. Y ahí fue cuando me convertí en una persona mentirosa.
Le dije a mi madre que Martín y yo habíamos terminado para que me dejara de joder. Le decía que iba a salir con amigas y en realidad me iba a la casa de él. Hubo veces en las que llegué a inventar que había ido al cine y después leí la crítica para opinar cuando me preguntara.
Sin embargo, aunque mentirle a mi madre me salía (y sale) con tal facilidad, hay otra persona a la que me cuesta. Y no por un tema de inventar cosas porque me sale perfecto, sino porque no me gusta porque lo quiero demasiado. Y esa persona es mi abuelo.
De cualquier manera, lo tuve que hacer. Él me había ofrecido el departamento si me casaba y yo ya había puesto el plan en marcha. Y, por más que me costó, lo hice. Porque la idea de seguir viviendo en mi casa me hacía querer morirme.
Así que después de la cena con Martín (la de la propuesta de casamiento), decidí que tenía que hablar con mi abuelo para contarle la noticia en persona. Pasé por Burger King, me compré algo para comer, y fui a su casa a almorzar.
- Abuelito, tengo algo que decirte.
- Contame, chiquita.
- Bueno, te cuento. ¡Me voy a casar!
- ¡Felicitaciones! ¿Quién es el muchacho?
- Uno que iba al colegio conmigo. Nos volvimos a ver, y bueno, estamos juntos.
- ¿Y este muchacho es idishe? (judío)
- Sí, abuelito.
- Como tiene que ser. ¿Te parece que estás eligiendo bien? Porque mirá que vos valés mucho, y no quiero que te conformes. Quiero que seas feliz.
- Lo voy a ser, abuelito. Creeme - dije, aunque no fuera por casarme sino por el departamento.
- Bueno, entonces voy a cumplir lo que te dije y te voy a regalar el departamento. Y como te dije, también te voy a dar plata para que vivan bien aunque sea el primer año.
- Eso no es necesario, abuelito.
- Sí, lo es. Te merecés lo mejor, y yo te lo puedo dar.
- Bueno, gracias.
- Por vos cualquier cosa, chiquita. ¿Qué departamento querés? ¿Uno con tres dormitorios está bien?
- No, no. Quiero algo chiquito, sencillo.
- No, dejame regalarte un buen departamento, además que sea grande por si quieren tener hijos.
- Jajaja, por ahora no vamos a tener.
- Bueno, pero igual tendrías que tener algo lindo y grande.
- No, no necesito. Cuesta mucho mantenerlo, prefiero algo chiquito.
- Bueno, hacemos así. Cuando quieras hacemos un recorrido por algunos de mis edificios y elegís el departamento que te guste. ¿Te parece?
- Sí, me encanta la idea.
- Bueno, regio. Ahora, decime. ¿Cuál es la situación económica del muchacho?
- No muy buena, la verdad.
- No importa. Yo les pago la fiesta.
- Pero mirá que no voy a hacer una fiesta grande con doscientas personas. Tengo pensado hacer algo más íntimo. Me parece que no es necesario, y además que es plata tirada a la basura.
- Vos hacé lo que vos quieras. Pensá en lo que querés y organizalo. Yo lo pago.
- Bueno, abuelito, muchas gracias.
- De nada. Lo que te haga feliz para mí está bien.
- Irme de mi casa me va a hacer feliz.
- Sí, no vivir con tu madre va a ser bueno para vos. No vas a tener que escuchar todos los días que estás gorda ni esas idioteces que te dice.
- Jajaja, sí. Te juro abuelito que ese departamento va a ser el mejor regalo que me hicieron en mi vida. ¿Viste cuando algo es exactamente lo que necesitás?
- Lo sé perfectamente y es por eso que te lo regalo. Quería que te consiguieras un muchacho para que cuando te mudaras no estuvieras sola. Porque un día te sentís mal o algo y si no tenés nadie cerca es muy feo.
- No te preocupes por eso. Conseguí a un muchacho que va a estar siempre conmigo, en la salud y en la enfermedad, como dicen - mentí.
- Bueno, me alegro que hayas encontrado a alguien que te haga feliz.
- Yo también.
PD: Aclaro, porque ahora me doy cuenta que es relevante, que mi abuelo es millonario. Para él regalarme un depto de 48 m2 no es nada, porque aparte lo construyó él. Les aseguro que no afecta su patrimonio en lo más mínimo.
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Martín (mi "algo"),
Mi abuelo (papá de mi papá)
martes, 30 de junio de 2009
Día 51 - Un trío infame. Parte tres.
De los tres temas con los que mi familia (principalmente mi abuela) no me dejó en paz por 21 años, ya hablé sobre la comida y los modales y me queda el tercero: la elección de carrera.
Cuando tenía doce años mi abuela me preguntó qué pensaba hacer en el futuro. Sólo para molestarla le dije que me iba a dedicar a la peluquería, que siempre había sido mi gran pasión. Me contestó que era una mala idea porque iba a tener que estar todo el día parada.
Más adelante, como a los catorce, me volvió a insistir con el tema. Le dije que quería ser abogada o escribana.
- Agustinita, querida. Para hacer eso tendrías que tener muchos contactos, pero ser sociable no es lo tuyo.
- ¿Y eso qué quiere decir? ¿Qué tendría que ser como el tío Daniel, y rodearme sólo de gente que tiene plata?
- ¡Exacto! Por fin nos entendemos.
- Claro, sí. Tengo que conocer gente que me sirva, y los demás se pueden ir a la mierda.
- ¡No hables así!
- Si es la verdad. Ser abogado según vos y él es dedicarte a hacer contactos jugando al tenis y cosas por el estilo. Si en el medio ves que alguien que conocés no te va a traer negocios, deja de servirte, y se convierte en alguien descartable. Para el tío Daniel la gente se divide en los que le pueden dar algún beneficio y los que no. A unos los trata bien, y los otros para él dejan de existir.
- Y bueno, Agustina. ¿Qué tiene de malo eso?
Con el tiempo fui cambiando de idea, como siempre pasa y decidí que lo mío iba a ser la psicología.
- No, no. Psicología no - dijo muy abuela muy seriamente.
- A ver, decime. ¿Qué problema hay?
- Que si vos sos psicóloga y te tomás una semana de vacaciones, nadie te las paga. Tenés que trabajar de algo que te permita cobrar si te vas de viaje.
- ¿Me estás diciendo que por no ganar plata una semana al año cuando trabaje tengo que descartar esa carrera?
- Sí. Tiene muy poco sentido.
- A ver, como ninguna de las cosas que se me ocurren te parece bien, decime qué tendría que estudiar según tu opinión.
- Algo corto. Mirá, tu prima Laura en Israel trabaja en un hospital haciendo ultrasonidos. Y estudió poco, dos años.
- ¿Ultrasonidos? ¿En qué consiste su trabajo?
- Esta ahí en el hospital y hace ultrasonidos.
- ¿Todo el día? ¿Un ultrasonido atrás de otro? ¡Qué trabajo genial!
- Por lo menos no requiere de pensar mucho. Podría ser perfecto para vos.
Después, con el correr de los años, me fui interesando en la economía. Vengo de una familia donde se habla de negocios todo el tiempo, mi abuelo (el que ya conocen) es constructor, mi otro abuelo era contador, y mis tíos y mi padre son todos comerciantes.
- ¿Economía? - chilló. - ¡Es una carrera larguísima!
- Por favor, dura lo mismo que cualquier otra.
- No, no es así. ¿Estuviste pensando en alguna otra opción? Secretariado, o algo por el estilo.
- Claro, como la tía. Estudió eso, trabajó un sólo día en su vida y decidió que era demasiado para ella.
- Y bueno, ¿qué tiene de malo no trabajar? Lo ideal es hacerlo unas horitas para comprar ropa y zapatos, pero si no hay que hacerlo mejor.
- Qué pensamiento mediocre. Claro que la solución más fácil es lo que hizo tu hija, conseguirse un tipo con plata que la mantuviera y fin del asunto.
- Yo a eso no lo veo mal...
- ¡¿No lo ves mal?! Estamos hablando de una persona que cada vez que iba a salir con alguien se asomaba al balcón a ver su auto y si no le parecía lo suficientemente bueno no bajaba. Contame, ¿a cuántos tipos dejó plantados?
- A muchos, pero qué importa. Mirala ahora. Se dedica a ir al gimnasio, a la peluquería y a cuidar a los nenes.
- ¿Cuidarlos? ¡Tienen 18 y 22 años!
- Bueno, pero por lo menos no se mató estudiando, y perdió cuatro años de su vida como vos querés hacer. Podrías considerarlo. Te conseguís a alguien con plata y asunto terminado.
- ¿Y después si las cosas no funcionen no lo puedo dejar porque todo es de él? Ni loca.
- Ay, Agustina, ¿por qué te empeñás en ir en contra de todo? Seguí los ejemplos que ves en tu familia.
- El único ejemplo que me podría interesar seguir es el de mi abuelo, que se vino de Polonia sin un peso y se las arreglaba para mantener una familia de nueve personas él sólo cuando tenía doce años. Y con el tiempo, a través de la construcción se hizo rico. Eso es admirable, no tirarte a mirar la tele todo el día y leer la revista Vanidades.
- Bueno, hacé lo que quieras. El día que no puedas comprarte un vestido nuevo porque tenés que usar la plata para pagar las cuentas, ni se te ocurra venir a pedirme.
- Creeme que lo último que haría en mi vida sería pedirte algo a vos. Bajo ninguna circunstancia te daría esa satisfacción.
Cuando tenía doce años mi abuela me preguntó qué pensaba hacer en el futuro. Sólo para molestarla le dije que me iba a dedicar a la peluquería, que siempre había sido mi gran pasión. Me contestó que era una mala idea porque iba a tener que estar todo el día parada.
Más adelante, como a los catorce, me volvió a insistir con el tema. Le dije que quería ser abogada o escribana.
- Agustinita, querida. Para hacer eso tendrías que tener muchos contactos, pero ser sociable no es lo tuyo.
- ¿Y eso qué quiere decir? ¿Qué tendría que ser como el tío Daniel, y rodearme sólo de gente que tiene plata?
- ¡Exacto! Por fin nos entendemos.
- Claro, sí. Tengo que conocer gente que me sirva, y los demás se pueden ir a la mierda.
- ¡No hables así!
- Si es la verdad. Ser abogado según vos y él es dedicarte a hacer contactos jugando al tenis y cosas por el estilo. Si en el medio ves que alguien que conocés no te va a traer negocios, deja de servirte, y se convierte en alguien descartable. Para el tío Daniel la gente se divide en los que le pueden dar algún beneficio y los que no. A unos los trata bien, y los otros para él dejan de existir.
- Y bueno, Agustina. ¿Qué tiene de malo eso?
Con el tiempo fui cambiando de idea, como siempre pasa y decidí que lo mío iba a ser la psicología.
- No, no. Psicología no - dijo muy abuela muy seriamente.
- A ver, decime. ¿Qué problema hay?
- Que si vos sos psicóloga y te tomás una semana de vacaciones, nadie te las paga. Tenés que trabajar de algo que te permita cobrar si te vas de viaje.
- ¿Me estás diciendo que por no ganar plata una semana al año cuando trabaje tengo que descartar esa carrera?
- Sí. Tiene muy poco sentido.
- A ver, como ninguna de las cosas que se me ocurren te parece bien, decime qué tendría que estudiar según tu opinión.
- Algo corto. Mirá, tu prima Laura en Israel trabaja en un hospital haciendo ultrasonidos. Y estudió poco, dos años.
- ¿Ultrasonidos? ¿En qué consiste su trabajo?
- Esta ahí en el hospital y hace ultrasonidos.
- ¿Todo el día? ¿Un ultrasonido atrás de otro? ¡Qué trabajo genial!
- Por lo menos no requiere de pensar mucho. Podría ser perfecto para vos.
Después, con el correr de los años, me fui interesando en la economía. Vengo de una familia donde se habla de negocios todo el tiempo, mi abuelo (el que ya conocen) es constructor, mi otro abuelo era contador, y mis tíos y mi padre son todos comerciantes.
- ¿Economía? - chilló. - ¡Es una carrera larguísima!
- Por favor, dura lo mismo que cualquier otra.
- No, no es así. ¿Estuviste pensando en alguna otra opción? Secretariado, o algo por el estilo.
- Claro, como la tía. Estudió eso, trabajó un sólo día en su vida y decidió que era demasiado para ella.
- Y bueno, ¿qué tiene de malo no trabajar? Lo ideal es hacerlo unas horitas para comprar ropa y zapatos, pero si no hay que hacerlo mejor.
- Qué pensamiento mediocre. Claro que la solución más fácil es lo que hizo tu hija, conseguirse un tipo con plata que la mantuviera y fin del asunto.
- Yo a eso no lo veo mal...
- ¡¿No lo ves mal?! Estamos hablando de una persona que cada vez que iba a salir con alguien se asomaba al balcón a ver su auto y si no le parecía lo suficientemente bueno no bajaba. Contame, ¿a cuántos tipos dejó plantados?
- A muchos, pero qué importa. Mirala ahora. Se dedica a ir al gimnasio, a la peluquería y a cuidar a los nenes.
- ¿Cuidarlos? ¡Tienen 18 y 22 años!
- Bueno, pero por lo menos no se mató estudiando, y perdió cuatro años de su vida como vos querés hacer. Podrías considerarlo. Te conseguís a alguien con plata y asunto terminado.
- ¿Y después si las cosas no funcionen no lo puedo dejar porque todo es de él? Ni loca.
- Ay, Agustina, ¿por qué te empeñás en ir en contra de todo? Seguí los ejemplos que ves en tu familia.
- El único ejemplo que me podría interesar seguir es el de mi abuelo, que se vino de Polonia sin un peso y se las arreglaba para mantener una familia de nueve personas él sólo cuando tenía doce años. Y con el tiempo, a través de la construcción se hizo rico. Eso es admirable, no tirarte a mirar la tele todo el día y leer la revista Vanidades.
- Bueno, hacé lo que quieras. El día que no puedas comprarte un vestido nuevo porque tenés que usar la plata para pagar las cuentas, ni se te ocurra venir a pedirme.
- Creeme que lo último que haría en mi vida sería pedirte algo a vos. Bajo ninguna circunstancia te daría esa satisfacción.
martes, 23 de junio de 2009
Día 44 - Feliz día para papá, día de mierda para mí.
El domingo llamé a mi padre para saludarlo y me pidió si podíamos ir a comer todos juntos. Terminé cediendo, porque yo a mi papá lo adoro, y a fin de cuentas era el día del padre. Inventé que Martín había quedado para almorzar con su familia y que por eso no venía conmigo.
Acá quiero hacer un paréntesis para aclarar algo sobre mi familia, y es que las cosas no se hablan. Lo que pasó en la casa de mi abuela va a quedar enterrado y nunca se lo va a volver a mencionar. En vez que afrontar los problemas, siempre es más fácil meterlos abajo de la alfombra y pretender que nunca existieron.
Fuimos a comer mi abuelo, mi padre, mi madre, mi hermano y yo.
- ¿Dónde está el muchacho? - preguntó mi abuelo.
- Come con su familia - respondí.
- No importa, chiquita. Yo te quería ver a vos. Estás cada día más linda.
- Gracias, abuelito.
- Es la verdad - dijo.
Mi madre me saludó medianamente bien, y mi padre me agradeció que haya ido. Con mi hermano todo espectacular, como siempre. Nos sentamos y empezamos a mirar la carta.
- Agustina, ¿qué vas a pedir? - preguntó mi madre.
- No sé, todavía no decidí - dije, sabiendo a donde iba con la pregunta.
- Ah, porque deberías pedirte una ensalada. Estás más rellenita que la última vez que te vi.
- No quiero ensalada. Milanesa con papas fritas me gusta más - dije para molestarla.
- Sí, hay que comer bien - acotó mi abuelo. - Estás flaca.
- Gracias, abuelito. Al contrario de otras personas, siempre sabés lo que decir.
Mi madre puso cara de odio, y siguió mirando la carta.
- ¿Y, mi amor? ¿Cómo anda todo? - preguntó papá.
- Bien, por suerte. Me gusta mucho vivir con Martín- mentí.
- Me alegro, aunque en casa se te extraña mucho. Ya no tengo con quien desayunar.
- Yo también extraño verte de mañana, pero ahora soy una mujer casada.
- ¿Ya aprendiste a cocinar? - intervino mi madre.
- Algunas cosas - contesté.
- Tenés que aprender urgente, para cocinarle a Martín.
- Mamá, por favor. Vos no sabés ni hacer puré de papa que no sea instantáneo. Sin María no podrías subsistir.
- Bueno, pero para algo está. Y además no es que no sepa cocinar, es que no me da el tiempo - dijo.
- ¿Qué? Una vez hiciste fideos y se te quemaron.
- Bueno, como vos dijiste, una vez.
- Sí, pero a nadie se le queman los fideos. Ni siquiera a mí. Y aparte yo tampoco tengo mucho tiempo para ponerme a preparar cosas muy elaboradas.
- Tendrías que buscar el tiempo. Es el primer año de casados y a los hombres se les gusta una mujer que sepa manejarse en la cocina.
- Ya te dije que algunas cosas sé preparar.
- ¿Cómo qué? - insistió.
- Estuve aprendiendo a hacer empanadas, tarta de jamón y queso, hamburguesas, milanesas, papas y boniatos al horno - mentí. Los inventos me salían uno atrás del otro. Siempre fui buena mintiendo, es una de mis mayores virtudes.
- Nos tendrías que invitar un día a tu casa y nos preparás algo, para demostrarnos tus nuevas habilidades - dijo mi madre en un tono irónico.
Tragué saliva.
- Justo esta semana ando complicada, pero capaz que la otra...
- Dale, Agustina. Es preparar alguna pavada, tampoco te va a llevar tanto tiempo. Además, todavía no conocimos tu casa - insistió.
- Es que estaba esperando a que estuviera todo en su lugar para invitarlos. Todavía ni me trajeron la cama.
- Agus, yo te extraño mucho - dijo papá. - Si querés llevamos nosotros la comida, pero no me gusta verte tan poco.
- Bueno, vengan el jueves, pero yo cocino - dije, para no admitir mi derrota. Ya se me ocurriría algo. - Si quieren traigan algo para el postre.
- El jueves, entonces. No puedo esperar - dijo mi madre, sarcásticamente.
- Yo tampoco, creanme.
Acá quiero hacer un paréntesis para aclarar algo sobre mi familia, y es que las cosas no se hablan. Lo que pasó en la casa de mi abuela va a quedar enterrado y nunca se lo va a volver a mencionar. En vez que afrontar los problemas, siempre es más fácil meterlos abajo de la alfombra y pretender que nunca existieron.
Fuimos a comer mi abuelo, mi padre, mi madre, mi hermano y yo.
- ¿Dónde está el muchacho? - preguntó mi abuelo.
- Come con su familia - respondí.
- No importa, chiquita. Yo te quería ver a vos. Estás cada día más linda.
- Gracias, abuelito.
- Es la verdad - dijo.
Mi madre me saludó medianamente bien, y mi padre me agradeció que haya ido. Con mi hermano todo espectacular, como siempre. Nos sentamos y empezamos a mirar la carta.
- Agustina, ¿qué vas a pedir? - preguntó mi madre.
- No sé, todavía no decidí - dije, sabiendo a donde iba con la pregunta.
- Ah, porque deberías pedirte una ensalada. Estás más rellenita que la última vez que te vi.
- No quiero ensalada. Milanesa con papas fritas me gusta más - dije para molestarla.
- Sí, hay que comer bien - acotó mi abuelo. - Estás flaca.
- Gracias, abuelito. Al contrario de otras personas, siempre sabés lo que decir.
Mi madre puso cara de odio, y siguió mirando la carta.
- ¿Y, mi amor? ¿Cómo anda todo? - preguntó papá.
- Bien, por suerte. Me gusta mucho vivir con Martín- mentí.
- Me alegro, aunque en casa se te extraña mucho. Ya no tengo con quien desayunar.
- Yo también extraño verte de mañana, pero ahora soy una mujer casada.
- ¿Ya aprendiste a cocinar? - intervino mi madre.
- Algunas cosas - contesté.
- Tenés que aprender urgente, para cocinarle a Martín.
- Mamá, por favor. Vos no sabés ni hacer puré de papa que no sea instantáneo. Sin María no podrías subsistir.
- Bueno, pero para algo está. Y además no es que no sepa cocinar, es que no me da el tiempo - dijo.
- ¿Qué? Una vez hiciste fideos y se te quemaron.
- Bueno, como vos dijiste, una vez.
- Sí, pero a nadie se le queman los fideos. Ni siquiera a mí. Y aparte yo tampoco tengo mucho tiempo para ponerme a preparar cosas muy elaboradas.
- Tendrías que buscar el tiempo. Es el primer año de casados y a los hombres se les gusta una mujer que sepa manejarse en la cocina.
- Ya te dije que algunas cosas sé preparar.
- ¿Cómo qué? - insistió.
- Estuve aprendiendo a hacer empanadas, tarta de jamón y queso, hamburguesas, milanesas, papas y boniatos al horno - mentí. Los inventos me salían uno atrás del otro. Siempre fui buena mintiendo, es una de mis mayores virtudes.
- Nos tendrías que invitar un día a tu casa y nos preparás algo, para demostrarnos tus nuevas habilidades - dijo mi madre en un tono irónico.
Tragué saliva.
- Justo esta semana ando complicada, pero capaz que la otra...
- Dale, Agustina. Es preparar alguna pavada, tampoco te va a llevar tanto tiempo. Además, todavía no conocimos tu casa - insistió.
- Es que estaba esperando a que estuviera todo en su lugar para invitarlos. Todavía ni me trajeron la cama.
- Agus, yo te extraño mucho - dijo papá. - Si querés llevamos nosotros la comida, pero no me gusta verte tan poco.
- Bueno, vengan el jueves, pero yo cocino - dije, para no admitir mi derrota. Ya se me ocurriría algo. - Si quieren traigan algo para el postre.
- El jueves, entonces. No puedo esperar - dijo mi madre, sarcásticamente.
- Yo tampoco, creanme.
jueves, 28 de mayo de 2009
Día 18 - Flashback: Indemnización
-Tengo algo para vos - le dije a Martín mientras me acostaba al lado de él.
- A ver...
- Bueno, en verdad es simbólico porque el regalo en sí no lo tengo.
- Ay, decime!
- Bueno, bueno. Te quiero regalar un pasaje para que vayas a ver a Ignacio.
- No, no. Estás loca.
- Mirá, así como vos sabés cuanto necesito irme de mi casa, yo sé cuanto necesitás ver a Nacho.
- Sí, pero es carísimo!
- No te pienses, estuve mirando y encontré muy buenas ofertas. Los pasajes a Panamá están muy baratos.
- Bueno, pero igual, no lo podría aceptar.
- No te lo ofrecería si no pudiera. Estuve hablando con mi abuelo esta semana y me dijo que además del departamento me va a dar un poco de plata para que nos arreglemos el primer año. En verdad, bastante plata - sonreí.
- Piensa en todo! De cualquier manera, es un regalo para vos.
- No, es para los dos. En teoría, para que vivamos bien. Además, me vas a hacer un favor enorme y te quiero dar aunque sea algo a cambio.
- No sé, no sé...
- Admitilo, sería espectacular para vos poder irte a verlo. Yo sé cuanto lo extrañás.
- Y... es mi mejor amigo.
- Por eso. Decime si no es exactamente lo que necesitás.
- Sí, es. Pero me parece que no tenés por qué.
- Y vos tampoco tenés por qué casarte conmigo, y sin embargo lo vas a hacer.
- Pero eso no implica que me tengas que dar algo a cambio.
- Por supuesto que no. Pero podría venir a ser una indemnizacion por daños y perjucios.
- Jajaja, ¿y eso por qué?
- Ay, mi amor, no sabés en lo que te metiste. Y, ciertamente, no sabés lo que te espera.
- A ver...
- Bueno, en verdad es simbólico porque el regalo en sí no lo tengo.
- Ay, decime!
- Bueno, bueno. Te quiero regalar un pasaje para que vayas a ver a Ignacio.
- No, no. Estás loca.
- Mirá, así como vos sabés cuanto necesito irme de mi casa, yo sé cuanto necesitás ver a Nacho.
- Sí, pero es carísimo!
- No te pienses, estuve mirando y encontré muy buenas ofertas. Los pasajes a Panamá están muy baratos.
- Bueno, pero igual, no lo podría aceptar.
- No te lo ofrecería si no pudiera. Estuve hablando con mi abuelo esta semana y me dijo que además del departamento me va a dar un poco de plata para que nos arreglemos el primer año. En verdad, bastante plata - sonreí.
- Piensa en todo! De cualquier manera, es un regalo para vos.
- No, es para los dos. En teoría, para que vivamos bien. Además, me vas a hacer un favor enorme y te quiero dar aunque sea algo a cambio.
- No sé, no sé...
- Admitilo, sería espectacular para vos poder irte a verlo. Yo sé cuanto lo extrañás.
- Y... es mi mejor amigo.
- Por eso. Decime si no es exactamente lo que necesitás.
- Sí, es. Pero me parece que no tenés por qué.
- Y vos tampoco tenés por qué casarte conmigo, y sin embargo lo vas a hacer.
- Pero eso no implica que me tengas que dar algo a cambio.
- Por supuesto que no. Pero podría venir a ser una indemnizacion por daños y perjucios.
- Jajaja, ¿y eso por qué?
- Ay, mi amor, no sabés en lo que te metiste. Y, ciertamente, no sabés lo que te espera.
Etiquetas:
Flashback,
Martín (mi "algo"),
Mi abuelo (papá de mi papá)
miércoles, 20 de mayo de 2009
Día 10 - Flashback: Decime que sí
- Bueno, te escucho - dijo Martín mientras cerraba la puerta de su cuarto.
- Te cuento, entonces. Me junté con mi tío Mauri, a él mi abuelo le dijo lo mismo que a mí hace como dos años.
- ¿Y qué hizo? - preguntó mientras se acostaba al lado mío.
- Se casó con su ex novia. Ella viene a los cumpleaños y a las fiestas, como si estuvieran juntos. Los únicos que sabemos la verdad somos mi hermano y yo.
-¿Y qué piensan hacer?¿Divorciarse?
- No, lo van a anular. Ya me explicó como.
- Y, asumo que tenés la misma idea.
- Asumís bien - me reí.
- Ay, mi amor, no sé. Nos estamos metiendo en un lío...
- ¿Por qué? Una vez que esté anulado es como si no hubiera pasado nada - dije, tratando de convencerlo.
- Pero, ¿qué se supone que les diga a mis padres?
- A ellos les vas a tener que decir la verdad, porque sino no tendría sentido que siguieras viviendo con ellos, mientras estás casado conmigo. En cambio, delante de mi familia, tenemos que actuar como la pareja perfecta.
- ¿Y te parece creíble que nos casemos? Podríamos estar juntos y nada más.
- Mirá, mis padres saben de la propuesta de mi abuelo. Pueden darse cuenta de que algo de interés de mi parte hay, pero no me importa.
-¿Y qué pasaría con los temas legales? Pensión, etcétera.
- No, nada, no te preocupes. Al anularlo es como si nunca nos hubieramos casado.
- O sea, que en unos meses termina todo, sin consecuencias para ninguno de los dos - corroboró.
- Exacto. Sólo que yo gano un departamento - dije, y sonreí.
- Sí, no está nada mal. Y yo sé cuan importante es para vos mudarte...
- No sé si te llegás a imaginar cuanto lo necesito. Esta semana, después de pelearme con mis padres por enésima vez en un ataque de histeria le dije a mi hermano que iba a vender el auto para irme.
- Pero vos amás a tu bebé!
- Sí, pero estoy desesperada. Igual, me dijo que no era la mejor solución porque la plata se acaba. Así que ahí entrás vos.
- Lo puedo llegar a considerar. Últimamente te veo tan triste por como están las cosas en tu casa...
- Me tiene muy mal el tema, de verdad.
- Yo sé. Y te quiero ayudar...
Bajé de la cama, apoyé una rodilla en el piso e hice un gesto como si tuviera la cajita con la alianza en la mano.
-Mi amor, ¿me harías el favor de casarte conmigo?
- Te cuento, entonces. Me junté con mi tío Mauri, a él mi abuelo le dijo lo mismo que a mí hace como dos años.
- ¿Y qué hizo? - preguntó mientras se acostaba al lado mío.
- Se casó con su ex novia. Ella viene a los cumpleaños y a las fiestas, como si estuvieran juntos. Los únicos que sabemos la verdad somos mi hermano y yo.
-¿Y qué piensan hacer?¿Divorciarse?
- No, lo van a anular. Ya me explicó como.
- Y, asumo que tenés la misma idea.
- Asumís bien - me reí.
- Ay, mi amor, no sé. Nos estamos metiendo en un lío...
- ¿Por qué? Una vez que esté anulado es como si no hubiera pasado nada - dije, tratando de convencerlo.
- Pero, ¿qué se supone que les diga a mis padres?
- A ellos les vas a tener que decir la verdad, porque sino no tendría sentido que siguieras viviendo con ellos, mientras estás casado conmigo. En cambio, delante de mi familia, tenemos que actuar como la pareja perfecta.
- ¿Y te parece creíble que nos casemos? Podríamos estar juntos y nada más.
- Mirá, mis padres saben de la propuesta de mi abuelo. Pueden darse cuenta de que algo de interés de mi parte hay, pero no me importa.
-¿Y qué pasaría con los temas legales? Pensión, etcétera.
- No, nada, no te preocupes. Al anularlo es como si nunca nos hubieramos casado.
- O sea, que en unos meses termina todo, sin consecuencias para ninguno de los dos - corroboró.
- Exacto. Sólo que yo gano un departamento - dije, y sonreí.
- Sí, no está nada mal. Y yo sé cuan importante es para vos mudarte...
- No sé si te llegás a imaginar cuanto lo necesito. Esta semana, después de pelearme con mis padres por enésima vez en un ataque de histeria le dije a mi hermano que iba a vender el auto para irme.
- Pero vos amás a tu bebé!
- Sí, pero estoy desesperada. Igual, me dijo que no era la mejor solución porque la plata se acaba. Así que ahí entrás vos.
- Lo puedo llegar a considerar. Últimamente te veo tan triste por como están las cosas en tu casa...
- Me tiene muy mal el tema, de verdad.
- Yo sé. Y te quiero ayudar...
Bajé de la cama, apoyé una rodilla en el piso e hice un gesto como si tuviera la cajita con la alianza en la mano.
-Mi amor, ¿me harías el favor de casarte conmigo?
miércoles, 13 de mayo de 2009
Día 3 - Análisis costo-beneficio
Mientras me preparo el café, disfruto de la tranquilidad de mi nuevo hogar. Me doy cuenta de cuanto me gusta este departamento. No sólo el lugar, sino el silencio, la soledad, la libertad.
Por otro lado, debo decir que tener mis 48 metros cuadrados tuvo su precio. Uno bastante caro, y no exactamente en términos monetarios.
Desde los trece años mi abuelo me decía en cada cumpleaños: para el de los dieciocho te regalo el auto. Yo cumplí la mayoría de edad, y el cumplió su parte. Mientras estábamos almorzando en mi casa vieja me dijo "tengo una sorpresa para vos". Bajé y ahí estaba -mi bebé- un Corsa sedán gris, envuelto con una enorme moña roja.
-Es el mejor regalo que recibí en mi vida.
- Yo sé que es lo que querías, chiquita. Más adelante vamos a hablar de un departamento.
- ¿En serio? ¿¿¿Cuándo???
- No te adelantes. Sabés que lo que yo digo lo cumplo, pero todavía no es el momento.
"El momento" llegó hace más o menos cuatro meses, pero con una condición:
-Cuando te cases te regalo el departamento. Quiero que encuentres un "buen muchacho"- dijo. Apoyé la hamburguesa que estaba comiendo y lo quedé mirando fijamente.
-No tengo novio - le dije sin entender como pretendía que me casara.
-Ya vas a encontrar. Una chica como vos consigue cuando se lo propone.
Podría haberle contestado un millón de cosas. Que tengo sólo 21 años, que no sabía si alguna vez me iba a querer casar , que tenía planes de viajar por el mundo y no estar atada a nadie, que no me veía conviviendo con otra persona.
Pero en vez de eso, hice un análisis costo-beneficio, tan común en mi carrera. Pensé en las ganas de vivir sola, de no soportar más a mi madre todos los días, de no tener la obligación de ir a los cumpleaños familiares ni seguir las tradiciones judías.
Y me casé con Martín, mi "amigo con derechos".
Por otro lado, debo decir que tener mis 48 metros cuadrados tuvo su precio. Uno bastante caro, y no exactamente en términos monetarios.
Desde los trece años mi abuelo me decía en cada cumpleaños: para el de los dieciocho te regalo el auto. Yo cumplí la mayoría de edad, y el cumplió su parte. Mientras estábamos almorzando en mi casa vieja me dijo "tengo una sorpresa para vos". Bajé y ahí estaba -mi bebé- un Corsa sedán gris, envuelto con una enorme moña roja.
-Es el mejor regalo que recibí en mi vida.
- Yo sé que es lo que querías, chiquita. Más adelante vamos a hablar de un departamento.
- ¿En serio? ¿¿¿Cuándo???
- No te adelantes. Sabés que lo que yo digo lo cumplo, pero todavía no es el momento.
"El momento" llegó hace más o menos cuatro meses, pero con una condición:
-Cuando te cases te regalo el departamento. Quiero que encuentres un "buen muchacho"- dijo. Apoyé la hamburguesa que estaba comiendo y lo quedé mirando fijamente.
-No tengo novio - le dije sin entender como pretendía que me casara.
-Ya vas a encontrar. Una chica como vos consigue cuando se lo propone.
Podría haberle contestado un millón de cosas. Que tengo sólo 21 años, que no sabía si alguna vez me iba a querer casar , que tenía planes de viajar por el mundo y no estar atada a nadie, que no me veía conviviendo con otra persona.
Pero en vez de eso, hice un análisis costo-beneficio, tan común en mi carrera. Pensé en las ganas de vivir sola, de no soportar más a mi madre todos los días, de no tener la obligación de ir a los cumpleaños familiares ni seguir las tradiciones judías.
Y me casé con Martín, mi "amigo con derechos".
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