Quedé en encontrarme con Martín y su familia abajo de la casa de mi abuela, una noche de marzo de este año. Como estaban mis padres adelante, no me pude disculpar de nuevo por haberlos hecho parte de semejante situación. Iban a tener que bancarse una cena que iba a ser bastante peculiar, por decirlo de alguna manera.
En el instante que abrimos la puerta, ya me quise morir de vergüenza. Se escuchaba a mi tío Daniel, desde el sillón, contando otra de sus historias.
-...entonces agarré una medialuna del buffet, la corté al medio, le puse jamón y queso y la envolví para llevar. Cuando levanté la vista el guardia de seguridad me hizo señas de que no me la podía guardar, pero a mí nadie me dice lo que hacer, eh. Entonces, lo miré y me fui corriendo. El tema es que es culpa de ellos, no tuya, viste. Tenés toda la comida ahí, podés agarrar todo lo que quieras, ¿cómo no te vas a llevar algo para después?
- Te dejan servirte todas las veces que quieras porque asumen que no te vas a robar comida, tío - dije desde la puerta.
- No, pero todos lo deben hacer - contestó.
- No, no todos lo hacen. Hay gente que va con poquísima plata y aún así no se roba comida del hotel. Si lo hacés, es de amarrete - dije, y lo fulminé con la mirada. - En fin, les presento a todos a mi futuro marido, a mis futuros suegros y a mis futuras cuñadas.
Todos se saludaron, hubo un poco de small talk entre ambas familias, y luego apareció mi abuela diciendo que pasáramos todos a la mesa.
- ¿De qué hablaban recién? Me pareció que dijiste algunas cosas que no eran propias de una princesa, Agustinita - dijo mi abuela. Si hubiera tenido una pistola, le hubiera pegado un tiro ahí mismo, por estúpida. Odio que me diga "Agustinita" con todo mi ser, pero aborrezco todavía más cuando me dice que tengo que ser una princesa.
- Dije la verdad. Una medialuna no vale nada. Si te la robás del desayuno del hotel es porque sos tacaño. Punto.
- Ay, querida, no digas pavadas. Cuando vos estabas en Nueva York ibas dos veces por día a Starbucks como si fueras millonaria. La gente "sabia" no hace eso. Yo ya te había explicado todo lo que tenías que hacer para ahorrar unos dolarcitos.
- Sí, desgraciadamente, me acuerdo de todos esos consejos.
- ¡Eran buenos consejos! Vos no los usaste de terca que sos. ¿Saben lo que le dije? - preguntó mirando a todos.
Todos los familiares de Martín, y él mismo, negaron con la cabeza.
- Yo le dije a Agustina que en Starbucks un muffin sale casi dos dólares. Pero, si ella iba a un supermercado grande, podía comprar un paquete de seis, por más o menos cinco dólares. Quiere decir que se podía haber ahorrado más de un dólar por cada muffin si me hubiera escuchado.
- Prefiero gastar ese dólar - contesté firmemente.
- ¿Es que sabés cuál es el tema? Que de entrada si vas a un lugar en el que el capuccino sale tres dólares ya está mal. Pero bueno, si querés podés tomarte el capuccino de ahí, y llevarte un muffin del paquete de seis en la cartera. Pagás el café caro, pero ahorrás en el muffin, entonces no es tan grave.
- Claro, eso no es tan grave, pero no es la situación ideal. ¿Saben cuál es? - pregunté, mirando a todos, en un tono por demás irónico.
Todos volvieron a negar con la cabeza.
- El ideal es ahorrar en el capuccino, y también en el muffin. Entonces, lo que tenía que hacer según mi abuela, era llevarme los sobrecitos esos de café que hay acá, que no valen nada, porque según ella "ponés el sobrecito en el agua caliente y listo, ya tenés un café". Y quedarme en el cuarto de hotel, tomando ese café y comiendo el muffin del paquete de seis. Porque total, es el mismo café, y total, es el mismo muffin pero en Starbucks te roban. Entonces, para qué voy a ir hasta ahí, si total, es lo mismo.
- Claro, ¡es lo mismo! Fijate que no tiene sentido gastar en esas cosas. ¿No era lindo quedarte en el hotel tomando el café? Seguro que sí. Y sino, ¡seguro era más barato!
- Claro, sí, mucho más barato. ¿Y sabés que hubiera sido todavía más barato?
- A ver, decime. Capaz que algo aprendiste de mí a fin de cuentas.
- Lo más barato...¡hubiera sido no comer durante todo el mes! Mirá que bien, no pagaba ni el café, ni el muffin. Y además de todo, también cubrimos otro tema que a vos te preocupa tanto, el de mi supuesta gordura. Fijate que si no comía durante todo el mes, ¡seguro que no engordaba! Genial, ¿no?
Mostrando entradas con la etiqueta Tío Daniel (hermano de mi abuela). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tío Daniel (hermano de mi abuela). Mostrar todas las entradas
martes, 8 de septiembre de 2009
martes, 30 de junio de 2009
Día 51 - Un trío infame. Parte tres.
De los tres temas con los que mi familia (principalmente mi abuela) no me dejó en paz por 21 años, ya hablé sobre la comida y los modales y me queda el tercero: la elección de carrera.
Cuando tenía doce años mi abuela me preguntó qué pensaba hacer en el futuro. Sólo para molestarla le dije que me iba a dedicar a la peluquería, que siempre había sido mi gran pasión. Me contestó que era una mala idea porque iba a tener que estar todo el día parada.
Más adelante, como a los catorce, me volvió a insistir con el tema. Le dije que quería ser abogada o escribana.
- Agustinita, querida. Para hacer eso tendrías que tener muchos contactos, pero ser sociable no es lo tuyo.
- ¿Y eso qué quiere decir? ¿Qué tendría que ser como el tío Daniel, y rodearme sólo de gente que tiene plata?
- ¡Exacto! Por fin nos entendemos.
- Claro, sí. Tengo que conocer gente que me sirva, y los demás se pueden ir a la mierda.
- ¡No hables así!
- Si es la verdad. Ser abogado según vos y él es dedicarte a hacer contactos jugando al tenis y cosas por el estilo. Si en el medio ves que alguien que conocés no te va a traer negocios, deja de servirte, y se convierte en alguien descartable. Para el tío Daniel la gente se divide en los que le pueden dar algún beneficio y los que no. A unos los trata bien, y los otros para él dejan de existir.
- Y bueno, Agustina. ¿Qué tiene de malo eso?
Con el tiempo fui cambiando de idea, como siempre pasa y decidí que lo mío iba a ser la psicología.
- No, no. Psicología no - dijo muy abuela muy seriamente.
- A ver, decime. ¿Qué problema hay?
- Que si vos sos psicóloga y te tomás una semana de vacaciones, nadie te las paga. Tenés que trabajar de algo que te permita cobrar si te vas de viaje.
- ¿Me estás diciendo que por no ganar plata una semana al año cuando trabaje tengo que descartar esa carrera?
- Sí. Tiene muy poco sentido.
- A ver, como ninguna de las cosas que se me ocurren te parece bien, decime qué tendría que estudiar según tu opinión.
- Algo corto. Mirá, tu prima Laura en Israel trabaja en un hospital haciendo ultrasonidos. Y estudió poco, dos años.
- ¿Ultrasonidos? ¿En qué consiste su trabajo?
- Esta ahí en el hospital y hace ultrasonidos.
- ¿Todo el día? ¿Un ultrasonido atrás de otro? ¡Qué trabajo genial!
- Por lo menos no requiere de pensar mucho. Podría ser perfecto para vos.
Después, con el correr de los años, me fui interesando en la economía. Vengo de una familia donde se habla de negocios todo el tiempo, mi abuelo (el que ya conocen) es constructor, mi otro abuelo era contador, y mis tíos y mi padre son todos comerciantes.
- ¿Economía? - chilló. - ¡Es una carrera larguísima!
- Por favor, dura lo mismo que cualquier otra.
- No, no es así. ¿Estuviste pensando en alguna otra opción? Secretariado, o algo por el estilo.
- Claro, como la tía. Estudió eso, trabajó un sólo día en su vida y decidió que era demasiado para ella.
- Y bueno, ¿qué tiene de malo no trabajar? Lo ideal es hacerlo unas horitas para comprar ropa y zapatos, pero si no hay que hacerlo mejor.
- Qué pensamiento mediocre. Claro que la solución más fácil es lo que hizo tu hija, conseguirse un tipo con plata que la mantuviera y fin del asunto.
- Yo a eso no lo veo mal...
- ¡¿No lo ves mal?! Estamos hablando de una persona que cada vez que iba a salir con alguien se asomaba al balcón a ver su auto y si no le parecía lo suficientemente bueno no bajaba. Contame, ¿a cuántos tipos dejó plantados?
- A muchos, pero qué importa. Mirala ahora. Se dedica a ir al gimnasio, a la peluquería y a cuidar a los nenes.
- ¿Cuidarlos? ¡Tienen 18 y 22 años!
- Bueno, pero por lo menos no se mató estudiando, y perdió cuatro años de su vida como vos querés hacer. Podrías considerarlo. Te conseguís a alguien con plata y asunto terminado.
- ¿Y después si las cosas no funcionen no lo puedo dejar porque todo es de él? Ni loca.
- Ay, Agustina, ¿por qué te empeñás en ir en contra de todo? Seguí los ejemplos que ves en tu familia.
- El único ejemplo que me podría interesar seguir es el de mi abuelo, que se vino de Polonia sin un peso y se las arreglaba para mantener una familia de nueve personas él sólo cuando tenía doce años. Y con el tiempo, a través de la construcción se hizo rico. Eso es admirable, no tirarte a mirar la tele todo el día y leer la revista Vanidades.
- Bueno, hacé lo que quieras. El día que no puedas comprarte un vestido nuevo porque tenés que usar la plata para pagar las cuentas, ni se te ocurra venir a pedirme.
- Creeme que lo último que haría en mi vida sería pedirte algo a vos. Bajo ninguna circunstancia te daría esa satisfacción.
Cuando tenía doce años mi abuela me preguntó qué pensaba hacer en el futuro. Sólo para molestarla le dije que me iba a dedicar a la peluquería, que siempre había sido mi gran pasión. Me contestó que era una mala idea porque iba a tener que estar todo el día parada.
Más adelante, como a los catorce, me volvió a insistir con el tema. Le dije que quería ser abogada o escribana.
- Agustinita, querida. Para hacer eso tendrías que tener muchos contactos, pero ser sociable no es lo tuyo.
- ¿Y eso qué quiere decir? ¿Qué tendría que ser como el tío Daniel, y rodearme sólo de gente que tiene plata?
- ¡Exacto! Por fin nos entendemos.
- Claro, sí. Tengo que conocer gente que me sirva, y los demás se pueden ir a la mierda.
- ¡No hables así!
- Si es la verdad. Ser abogado según vos y él es dedicarte a hacer contactos jugando al tenis y cosas por el estilo. Si en el medio ves que alguien que conocés no te va a traer negocios, deja de servirte, y se convierte en alguien descartable. Para el tío Daniel la gente se divide en los que le pueden dar algún beneficio y los que no. A unos los trata bien, y los otros para él dejan de existir.
- Y bueno, Agustina. ¿Qué tiene de malo eso?
Con el tiempo fui cambiando de idea, como siempre pasa y decidí que lo mío iba a ser la psicología.
- No, no. Psicología no - dijo muy abuela muy seriamente.
- A ver, decime. ¿Qué problema hay?
- Que si vos sos psicóloga y te tomás una semana de vacaciones, nadie te las paga. Tenés que trabajar de algo que te permita cobrar si te vas de viaje.
- ¿Me estás diciendo que por no ganar plata una semana al año cuando trabaje tengo que descartar esa carrera?
- Sí. Tiene muy poco sentido.
- A ver, como ninguna de las cosas que se me ocurren te parece bien, decime qué tendría que estudiar según tu opinión.
- Algo corto. Mirá, tu prima Laura en Israel trabaja en un hospital haciendo ultrasonidos. Y estudió poco, dos años.
- ¿Ultrasonidos? ¿En qué consiste su trabajo?
- Esta ahí en el hospital y hace ultrasonidos.
- ¿Todo el día? ¿Un ultrasonido atrás de otro? ¡Qué trabajo genial!
- Por lo menos no requiere de pensar mucho. Podría ser perfecto para vos.
Después, con el correr de los años, me fui interesando en la economía. Vengo de una familia donde se habla de negocios todo el tiempo, mi abuelo (el que ya conocen) es constructor, mi otro abuelo era contador, y mis tíos y mi padre son todos comerciantes.
- ¿Economía? - chilló. - ¡Es una carrera larguísima!
- Por favor, dura lo mismo que cualquier otra.
- No, no es así. ¿Estuviste pensando en alguna otra opción? Secretariado, o algo por el estilo.
- Claro, como la tía. Estudió eso, trabajó un sólo día en su vida y decidió que era demasiado para ella.
- Y bueno, ¿qué tiene de malo no trabajar? Lo ideal es hacerlo unas horitas para comprar ropa y zapatos, pero si no hay que hacerlo mejor.
- Qué pensamiento mediocre. Claro que la solución más fácil es lo que hizo tu hija, conseguirse un tipo con plata que la mantuviera y fin del asunto.
- Yo a eso no lo veo mal...
- ¡¿No lo ves mal?! Estamos hablando de una persona que cada vez que iba a salir con alguien se asomaba al balcón a ver su auto y si no le parecía lo suficientemente bueno no bajaba. Contame, ¿a cuántos tipos dejó plantados?
- A muchos, pero qué importa. Mirala ahora. Se dedica a ir al gimnasio, a la peluquería y a cuidar a los nenes.
- ¿Cuidarlos? ¡Tienen 18 y 22 años!
- Bueno, pero por lo menos no se mató estudiando, y perdió cuatro años de su vida como vos querés hacer. Podrías considerarlo. Te conseguís a alguien con plata y asunto terminado.
- ¿Y después si las cosas no funcionen no lo puedo dejar porque todo es de él? Ni loca.
- Ay, Agustina, ¿por qué te empeñás en ir en contra de todo? Seguí los ejemplos que ves en tu familia.
- El único ejemplo que me podría interesar seguir es el de mi abuelo, que se vino de Polonia sin un peso y se las arreglaba para mantener una familia de nueve personas él sólo cuando tenía doce años. Y con el tiempo, a través de la construcción se hizo rico. Eso es admirable, no tirarte a mirar la tele todo el día y leer la revista Vanidades.
- Bueno, hacé lo que quieras. El día que no puedas comprarte un vestido nuevo porque tenés que usar la plata para pagar las cuentas, ni se te ocurra venir a pedirme.
- Creeme que lo último que haría en mi vida sería pedirte algo a vos. Bajo ninguna circunstancia te daría esa satisfacción.
viernes, 5 de junio de 2009
Día 26 - La cena está servida (II)
-Rebecca, disculpá que me meta porque es un tema entre ustedes, pero hay algo que no entiendo. ¿No te debería alegrar que tu nieta quiera ser independiente? - dijo Simón, ante la mirada atónita de todos los presentes que no podían creer que alguien estuviera cuestionando a mi abuela.
-Ay, Simón, por favor. El hombre tiene que ser el proveedor, lo que pasa es que hay ciertas cosas que las mujeres queremos...
-Sí, sí, entendí la idea. A lo que voy es, ¿por qué?
- Por la simple razón de que siempre fue así. Las mujeres crían a los hijos y se encargan de las tareas del hogar, y los hombres son los que trabajan para mantener a la familia. El tema es que Agustinita, pobre, no sabe ni cocinar una tarta de jamón y queso. Entonces piensa que compensa su ineptitud trabajando.
Dejé el tenedor y el cuchillo en el plato, me limpié con la servilleta y la dejé sobre la mesa. Moví la silla para atrás con el objetivo de pararme e irme, pero Simón me frenó.
- Agustina, quedate - dijo, muy serio. - La que está mal acá no sos vos.
- Claro, claro, la que está mal acá soy yo - contestó mi abuela sarcásticamente. - Tengo una nieta que trabaja y encima estudia una carrera "de hombres", y la que está mal soy yo. Así está el mundo!
- A ver, Rebecca - dijo el macho muy tranquilamente. -¿Qué tendría que hacer ella entonces? ¿Dejar la carrera y el trabajo?
- Bueno, en principio la carrera. A mí cuando me preguntan qué estudia mi nieta y tengo que decir "economía" me da no sé qué. Yo le dije que tenía que estudiar secretariado, pero no me hizo caso. Igual, el trabajo no me molesta tanto, porque es de profesora de inglés. Y eso sí es "de mujer".
- Claro, además algo tiene que hacer para comprarse los zapatos - dijo Simón en un tono irónico. -Lo que vos decís entonces es que está mal que ella no espere que la mantengan.
- Exacto! Al fin nos entendemos.
-O sea que entonces lo que vos esperás de un hombre es, precisamente, que te mantenga.
- Y sí! ¿Tan difícil es de entender?
- Y...un poco. Sobre todo porque el otro no tiene la obligación de hacerlo.
- ¿Cómo que no? - preguntó mi abuela escandalizada.
- No - dijo Simón. - Yo, por ejemplo, no tengo ninguna obligación de mantenerte a vos. Y, ciertamente, no lo pienso hacer.
Durante toda la conversación, todos los presentes habíamos estado alternando la vista entre mi abuela y el macho. Como en los partidos de tennis, que vas girando la cabeza hacia un lado y hacia el otro, siempre mirando al que tiene la pelota. Sin embargo, cuando Simón hizo el último comentario, todas las miradas se dirgieron hacia mi abuela, quien estaba completamente roja.
Se quedó unos minutos ahí sentada, sin saber que hacer, hasta que se sacó la servilleta de la falda y la tiró sobre la mesa. Se paró, me miró y me gritó que yo siempre encontraba la manera de arruinar todo.
Y en ese momento tuve una revelación. Más allá de que Simón me había defendido por intereses propios, igual fue el único que se animó a decirle a mi abuela que estaba fuera de lugar. Mis padres nunca abrieron la boca, en todos estos años. Y ahí tuve otra revelación. Ya no tenía ningún compromiso con ninguno de ellos, a fin de cuentas había ido por mi hermano, pero ya no tenía obligaciones para con todos los demás. Y me dí cuenta de que podía, por primera vez, decirles todo lo que pensaba. Y me saqué las ganas de decir todo lo que tenía guardado hace años.
Empecé por mi abuela:
- ¿Yo arruino las cosas? ¿No te das cuenta de que sos vos? Lo único que sabés hacer es criticar a todo el mundo! Pero, ¿sabés qué? Ya no me interesa lo que tengas para decir. Metete tus opiniones sobre mi carrera y mi trabajo en donde quieras, pero a mí no me interesan. ¿Que estudio una carrera de hombres? ¿No te das cuenta de que tenemos una presidenta mujer? Ya no existe esa división! ¿Y trabajar para comprar un par de zapatos? Por favor. Voy a tener cientos de pares cuando sea millonaria.
Después, giré hacia la otra punta de la mesa y seguí con mi tío Daniel, que en realidad no me importaba mucho, pero tenía ganas de seguir gritando y así causar una escena aún mayor:
- Escuchame una cosa, tacaño. Si alguien te dice que traigas dos postres a una cena no podés traer ensalada de frutas y gelatina, ¿entendés? Ninguno de los dos es un postre decente. ¿Dónde está el chocolate? Tiene que haber mínimo un postre que contenga chocolate!
Me quedaban los últimos dos: mamá y papá.
- A ver, ustedes dos, escuchenme una cosa. ¿En todos estos años no pudieron abrir la boca una vez para callar a esta vieja loca? No van a cambiar nunca. Menos mal que ya no vivo con ustedes. Mudarme fue lo mejor que me pasó!
Y hubiera seguido, pero me pareció que era el momento perfecto para dar la conversación por terminada para lograr el mayor dramatismo posible. A esta altura ya estaba parada, así que simplemente moví la silla para poder salir, agarré mi cartera y mi saco del sillón y me fui.
Lo bueno de todo esto es que al menos por un tiempo, me voy a poder dejar de preocupar de que mi familia descubra lo del casamiento. Por la simple razón de que dudo que en el futuro cercano alguno me vuelva a hablar.
-Ay, Simón, por favor. El hombre tiene que ser el proveedor, lo que pasa es que hay ciertas cosas que las mujeres queremos...
-Sí, sí, entendí la idea. A lo que voy es, ¿por qué?
- Por la simple razón de que siempre fue así. Las mujeres crían a los hijos y se encargan de las tareas del hogar, y los hombres son los que trabajan para mantener a la familia. El tema es que Agustinita, pobre, no sabe ni cocinar una tarta de jamón y queso. Entonces piensa que compensa su ineptitud trabajando.
Dejé el tenedor y el cuchillo en el plato, me limpié con la servilleta y la dejé sobre la mesa. Moví la silla para atrás con el objetivo de pararme e irme, pero Simón me frenó.
- Agustina, quedate - dijo, muy serio. - La que está mal acá no sos vos.
- Claro, claro, la que está mal acá soy yo - contestó mi abuela sarcásticamente. - Tengo una nieta que trabaja y encima estudia una carrera "de hombres", y la que está mal soy yo. Así está el mundo!
- A ver, Rebecca - dijo el macho muy tranquilamente. -¿Qué tendría que hacer ella entonces? ¿Dejar la carrera y el trabajo?
- Bueno, en principio la carrera. A mí cuando me preguntan qué estudia mi nieta y tengo que decir "economía" me da no sé qué. Yo le dije que tenía que estudiar secretariado, pero no me hizo caso. Igual, el trabajo no me molesta tanto, porque es de profesora de inglés. Y eso sí es "de mujer".
- Claro, además algo tiene que hacer para comprarse los zapatos - dijo Simón en un tono irónico. -Lo que vos decís entonces es que está mal que ella no espere que la mantengan.
- Exacto! Al fin nos entendemos.
-O sea que entonces lo que vos esperás de un hombre es, precisamente, que te mantenga.
- Y sí! ¿Tan difícil es de entender?
- Y...un poco. Sobre todo porque el otro no tiene la obligación de hacerlo.
- ¿Cómo que no? - preguntó mi abuela escandalizada.
- No - dijo Simón. - Yo, por ejemplo, no tengo ninguna obligación de mantenerte a vos. Y, ciertamente, no lo pienso hacer.
Durante toda la conversación, todos los presentes habíamos estado alternando la vista entre mi abuela y el macho. Como en los partidos de tennis, que vas girando la cabeza hacia un lado y hacia el otro, siempre mirando al que tiene la pelota. Sin embargo, cuando Simón hizo el último comentario, todas las miradas se dirgieron hacia mi abuela, quien estaba completamente roja.
Se quedó unos minutos ahí sentada, sin saber que hacer, hasta que se sacó la servilleta de la falda y la tiró sobre la mesa. Se paró, me miró y me gritó que yo siempre encontraba la manera de arruinar todo.
Y en ese momento tuve una revelación. Más allá de que Simón me había defendido por intereses propios, igual fue el único que se animó a decirle a mi abuela que estaba fuera de lugar. Mis padres nunca abrieron la boca, en todos estos años. Y ahí tuve otra revelación. Ya no tenía ningún compromiso con ninguno de ellos, a fin de cuentas había ido por mi hermano, pero ya no tenía obligaciones para con todos los demás. Y me dí cuenta de que podía, por primera vez, decirles todo lo que pensaba. Y me saqué las ganas de decir todo lo que tenía guardado hace años.
Empecé por mi abuela:
- ¿Yo arruino las cosas? ¿No te das cuenta de que sos vos? Lo único que sabés hacer es criticar a todo el mundo! Pero, ¿sabés qué? Ya no me interesa lo que tengas para decir. Metete tus opiniones sobre mi carrera y mi trabajo en donde quieras, pero a mí no me interesan. ¿Que estudio una carrera de hombres? ¿No te das cuenta de que tenemos una presidenta mujer? Ya no existe esa división! ¿Y trabajar para comprar un par de zapatos? Por favor. Voy a tener cientos de pares cuando sea millonaria.
Después, giré hacia la otra punta de la mesa y seguí con mi tío Daniel, que en realidad no me importaba mucho, pero tenía ganas de seguir gritando y así causar una escena aún mayor:
- Escuchame una cosa, tacaño. Si alguien te dice que traigas dos postres a una cena no podés traer ensalada de frutas y gelatina, ¿entendés? Ninguno de los dos es un postre decente. ¿Dónde está el chocolate? Tiene que haber mínimo un postre que contenga chocolate!
Me quedaban los últimos dos: mamá y papá.
- A ver, ustedes dos, escuchenme una cosa. ¿En todos estos años no pudieron abrir la boca una vez para callar a esta vieja loca? No van a cambiar nunca. Menos mal que ya no vivo con ustedes. Mudarme fue lo mejor que me pasó!
Y hubiera seguido, pero me pareció que era el momento perfecto para dar la conversación por terminada para lograr el mayor dramatismo posible. A esta altura ya estaba parada, así que simplemente moví la silla para poder salir, agarré mi cartera y mi saco del sillón y me fui.
Lo bueno de todo esto es que al menos por un tiempo, me voy a poder dejar de preocupar de que mi familia descubra lo del casamiento. Por la simple razón de que dudo que en el futuro cercano alguno me vuelva a hablar.
jueves, 4 de junio de 2009
Día 25 - La cena está servida (I)
Llegué a lo de mi abuela a las 8.45 y esperé en el auto hasta que mi hermano y mis padres llegaran para subir con ellos. Nos abrió la puerta Rebecca, con un traje rojo horrible, el pelo con un volumen considerable (posiblemente recién salido de la peluquería) y una cantidad inconmensurable de maquillaje. Después de verla así, pensé que si me llegaba a decir algo la iba a poner en ridículo delante de todos, por el simple hecho de que nadie que parezca un payaso tiene derecho a opinar sobre los demás.
Cuando entramos, estaban sentados alrededor de una mesa mi tío abuelo Daniel y sus tres hijos charlando con quien asumí que sería el macho. Calculo que tendría un poco más de ochenta años, aunque caminaba sin bastón y tenía bastante pelo. En fin, nunca fui buena calculando edades, podría tener sesenta y para mí hubiera sido lo mismo.
Mi abuela le hizo señas para que se parara y viniera. Lo presentó como Simón y los cuatro lo saludamos. La primera impresión que me causó no fue ni buena ni mala, apenas lo escuché decir "mucho gusto", así que no tenía ninguna razón para odiarlo.
Diez minutos después llegó mi tío Marcelo, que era el único que faltaba, así que pasamos a la mesa.
Quiero que sepan que sentí que estaba tocando el cielo con las manos cuando ví que había carne al horno con papas rosti para comer. Desde que me mudé que no comía carne sin ser en hamburguesas congeladas, ni papas que no estuvieran convertidas en puré instantáneo. Así que por un momento tuve la esperanza de que la cena no estuviera tan mal como yo había pensado. Por supuesto, a los diez minutos ya era obvio lo errada que estaba.
Los temas de conversación en las cenas familiares son siempre los mismos. Mi tío Daniel trata de ser el centro de atención, hablando de alguna artimaña que hizo para ahorrar plata. Él se piensa que es gracioso, pero a mí sus historias me da vergüenza ajena. Es un tipo con una cuenta bancaria abultadísima y aun así hace cualquier cosa con tal de pagar siempre lo mínimo posible. Una vez contó que de viaje en París esperaba a que la gente pusiera el pase del subte, y se metía rapidísimo atrás de ellos para no pagar el ticket de un euro. Otra vez contó que en Israel, para viajar en colectivo había que marcar en una máquina si eras estudiante, jubilado, menor de edad o si pagabas el precio establecido. Como el más barato era el de menor, esperó a que nadie lo mirara y sacó ese. De más está decir que es un tipo de cerca de sesenta años. Además, es un tacaño sin remedio. Una vez se ofreció para encargarse de la cena de fin de año (que en general hace mi abuela) y después dijo que no compraba carne ni pollo, porque el primero de enero ibamos todos a almorzar a lo de una tía que hace asado. Sirvió empanadas, y de postre una torta chiquita para treinta personas.
Después está mi abuela, que le hace competencia pero no para ser el centro, sino para dirigir la conversación hacia otras personas. Y esta vez, como no podía ser de otra manera, me tocó a mí.
- Decime, Agustinita, ¿y Martín?
Menos mal que me preparé de antemano.
- Bien, por suerte. No vino porque los lunes y miércoles juega al fútbol con los amigos.
- Ah, mirá vos. ¿Juega al fútbol en vez de trabajar? Yo te dije que no te casaras con alguien que no te pudiera mantener...
Empezó la guerra.
- Sale de trabajar a las cinco. Puede perfectamente distraerse un rato de ocho a diez.
-Bueno, pero igual. Tampoco está bien que esté con los amigos a la hora de la cena.
¿Cómo fue que me dejé convencer de venir?
- Está perfecto. No tenemos que estar todo el tiempo juntos.
-¿Cómo que no? Es el primer año de casados!
Fabián, te voy a matar.
- Sí, ¿y? Los dos estudiamos y trabajamos. Vamos a facultades diferentes, y trabajamos en lugares diferentes.
- Sí, es verdad que vos trabajás. Ya sabés lo que yo pienso sobre eso. Estaría bien si fueran unas horitas, para tener un poco de plata tuya. ¿Sabés por qué? Porque si vos tenés diez pares de zapatos y querés uno más, los hombres no lo entienden. Te dicen que ya tenés muchos, que para qué querés uno más. Para eso tenés que trabajar, para el par de zapatos. Pero no para mantenerte, eso le corresponde al hombre.
Y cuando estaba a punto de decirle que era una imbécil y que se callara la boca de una vez, Simón habló por primera vez en toda la cena. Y, para mi sorpresa, no era ningún idiota.
Cuando entramos, estaban sentados alrededor de una mesa mi tío abuelo Daniel y sus tres hijos charlando con quien asumí que sería el macho. Calculo que tendría un poco más de ochenta años, aunque caminaba sin bastón y tenía bastante pelo. En fin, nunca fui buena calculando edades, podría tener sesenta y para mí hubiera sido lo mismo.
Mi abuela le hizo señas para que se parara y viniera. Lo presentó como Simón y los cuatro lo saludamos. La primera impresión que me causó no fue ni buena ni mala, apenas lo escuché decir "mucho gusto", así que no tenía ninguna razón para odiarlo.
Diez minutos después llegó mi tío Marcelo, que era el único que faltaba, así que pasamos a la mesa.
Quiero que sepan que sentí que estaba tocando el cielo con las manos cuando ví que había carne al horno con papas rosti para comer. Desde que me mudé que no comía carne sin ser en hamburguesas congeladas, ni papas que no estuvieran convertidas en puré instantáneo. Así que por un momento tuve la esperanza de que la cena no estuviera tan mal como yo había pensado. Por supuesto, a los diez minutos ya era obvio lo errada que estaba.
Los temas de conversación en las cenas familiares son siempre los mismos. Mi tío Daniel trata de ser el centro de atención, hablando de alguna artimaña que hizo para ahorrar plata. Él se piensa que es gracioso, pero a mí sus historias me da vergüenza ajena. Es un tipo con una cuenta bancaria abultadísima y aun así hace cualquier cosa con tal de pagar siempre lo mínimo posible. Una vez contó que de viaje en París esperaba a que la gente pusiera el pase del subte, y se metía rapidísimo atrás de ellos para no pagar el ticket de un euro. Otra vez contó que en Israel, para viajar en colectivo había que marcar en una máquina si eras estudiante, jubilado, menor de edad o si pagabas el precio establecido. Como el más barato era el de menor, esperó a que nadie lo mirara y sacó ese. De más está decir que es un tipo de cerca de sesenta años. Además, es un tacaño sin remedio. Una vez se ofreció para encargarse de la cena de fin de año (que en general hace mi abuela) y después dijo que no compraba carne ni pollo, porque el primero de enero ibamos todos a almorzar a lo de una tía que hace asado. Sirvió empanadas, y de postre una torta chiquita para treinta personas.
Después está mi abuela, que le hace competencia pero no para ser el centro, sino para dirigir la conversación hacia otras personas. Y esta vez, como no podía ser de otra manera, me tocó a mí.
- Decime, Agustinita, ¿y Martín?
Menos mal que me preparé de antemano.
- Bien, por suerte. No vino porque los lunes y miércoles juega al fútbol con los amigos.
- Ah, mirá vos. ¿Juega al fútbol en vez de trabajar? Yo te dije que no te casaras con alguien que no te pudiera mantener...
Empezó la guerra.
- Sale de trabajar a las cinco. Puede perfectamente distraerse un rato de ocho a diez.
-Bueno, pero igual. Tampoco está bien que esté con los amigos a la hora de la cena.
¿Cómo fue que me dejé convencer de venir?
- Está perfecto. No tenemos que estar todo el tiempo juntos.
-¿Cómo que no? Es el primer año de casados!
Fabián, te voy a matar.
- Sí, ¿y? Los dos estudiamos y trabajamos. Vamos a facultades diferentes, y trabajamos en lugares diferentes.
- Sí, es verdad que vos trabajás. Ya sabés lo que yo pienso sobre eso. Estaría bien si fueran unas horitas, para tener un poco de plata tuya. ¿Sabés por qué? Porque si vos tenés diez pares de zapatos y querés uno más, los hombres no lo entienden. Te dicen que ya tenés muchos, que para qué querés uno más. Para eso tenés que trabajar, para el par de zapatos. Pero no para mantenerte, eso le corresponde al hombre.
Y cuando estaba a punto de decirle que era una imbécil y que se callara la boca de una vez, Simón habló por primera vez en toda la cena. Y, para mi sorpresa, no era ningún idiota.
martes, 2 de junio de 2009
Día 23 - El macho de Rebecca
Ayer sonó el teléfono. Miré el identificador de llamadas y decía "casa vieja".
- ¿Hola? - dije, con miedo.
- Gorda! – reconocí la voz de mi hermano y al fin pude respirar.
- Cerdo, ¿Qué hacés?
- Estoy estudiando un poco antes de ir al gimnasio. ¿Vos?
- En la misma, salvo por la parte del gimnasio, jajaja.
- Típico. Y como te conozco puedo asegurar que desde que te mudaste no prendiste el horno.
- Por supuesto que no. ¿Cómo anda todo por allá?
- Bien, pero te llamé por algo en particular.
- Ay, no. Mónica habló con mamá, ¿no? - pregunté con miedo.
- ¿Mónica?- se extrañó.
- Sí, me la encontré una vez en el super sin la alianza puesta y pensé que le había dicho a mamá. ¿No era eso?
- No, pero sos una imbécil. No te podés arriesgar así!
- Fabián, por favor. ¿Cuáles eran las probabilidades de encontrármela?
- Vos y tus probabilidades...
- Jajaja. Ahora estoy armando un modelo para calcular las chances de encontrarme de nuevo con un vecino que me gusta. Otro día te cuento la historia. ¿Qué me ibas a decir?
- Bueno, sentate. ¿Preparada?
- Dale, Fabián. Decime de una vez!
- Escuchá bien. La abuela tiene novio.
- ¿¿¿Qué???
- Si, y quiere hacer una cena el miércoles en la casa para presentarlo.
- ¿¿¿Qué??? ¿Vas a ir?
- Sí, no tengo más remedio. Pero...
- No, chiquito. Ni lo pienses - dije, leyéndole el pensamiento.
- Dale, vení conmigo. No puedo sobrevivir una comida así sin vos. ¿Con quién me voy a burlar de las idioteces que dice el tío Daniel?
- Me llamás después y nos burlamos juntos.
- No, dale, vení. Además me debés un favor.
- ¿Eh?
- Sí. ¿Te acordás de una vez que María no estaba y había un plato todo sucio como con aceite y huevo y lo lavé yo? En el momento establecimos que me debías una.
- Bueno, pero igual. Ese plato de mierda no es equivalente a una cena familiar. Además, me estarían preguntando toda la noche sobre el departamento y la vida de casada.
- No, justo ese día no. El centro de atención va a ser el macho de Rebecca.
- El macho! Jajajaja.
- En serio, Agus. Podrías aprovechar para comer algo decente. ¿Hace cuánto que no comes algo que no sea fideos?
- Hace mucho, pero no importa. ¿Aparte con Martín que haría? No lo puedo hacer pasar por otra cena. Todavía me sigue recriminando lo que fue su presentación a la familia.
-Nada, decís que los miércoles juega al fútbol con los amigos. Pero gorda, decime si no te da un poquito de curiosidad saber cómo es el tipo. O sea, ¿qué clase de persona quiere pasar tiempo con la abuela voluntariamente?
- Jajaja. No sé si lo tenés claro, pero nos vamos directo al infierno.
-Me importa muy poco. Bueno, ¿venís?
- Con una condición. Se cancela el favor del plato, y además me pasás a deber uno vos.
- Me sirve. Un placer hacer negocios con usted.
- ¿Hola? - dije, con miedo.
- Gorda! – reconocí la voz de mi hermano y al fin pude respirar.
- Cerdo, ¿Qué hacés?
- Estoy estudiando un poco antes de ir al gimnasio. ¿Vos?
- En la misma, salvo por la parte del gimnasio, jajaja.
- Típico. Y como te conozco puedo asegurar que desde que te mudaste no prendiste el horno.
- Por supuesto que no. ¿Cómo anda todo por allá?
- Bien, pero te llamé por algo en particular.
- Ay, no. Mónica habló con mamá, ¿no? - pregunté con miedo.
- ¿Mónica?- se extrañó.
- Sí, me la encontré una vez en el super sin la alianza puesta y pensé que le había dicho a mamá. ¿No era eso?
- No, pero sos una imbécil. No te podés arriesgar así!
- Fabián, por favor. ¿Cuáles eran las probabilidades de encontrármela?
- Vos y tus probabilidades...
- Jajaja. Ahora estoy armando un modelo para calcular las chances de encontrarme de nuevo con un vecino que me gusta. Otro día te cuento la historia. ¿Qué me ibas a decir?
- Bueno, sentate. ¿Preparada?
- Dale, Fabián. Decime de una vez!
- Escuchá bien. La abuela tiene novio.
- ¿¿¿Qué???
- Si, y quiere hacer una cena el miércoles en la casa para presentarlo.
- ¿¿¿Qué??? ¿Vas a ir?
- Sí, no tengo más remedio. Pero...
- No, chiquito. Ni lo pienses - dije, leyéndole el pensamiento.
- Dale, vení conmigo. No puedo sobrevivir una comida así sin vos. ¿Con quién me voy a burlar de las idioteces que dice el tío Daniel?
- Me llamás después y nos burlamos juntos.
- No, dale, vení. Además me debés un favor.
- ¿Eh?
- Sí. ¿Te acordás de una vez que María no estaba y había un plato todo sucio como con aceite y huevo y lo lavé yo? En el momento establecimos que me debías una.
- Bueno, pero igual. Ese plato de mierda no es equivalente a una cena familiar. Además, me estarían preguntando toda la noche sobre el departamento y la vida de casada.
- No, justo ese día no. El centro de atención va a ser el macho de Rebecca.
- El macho! Jajajaja.
- En serio, Agus. Podrías aprovechar para comer algo decente. ¿Hace cuánto que no comes algo que no sea fideos?
- Hace mucho, pero no importa. ¿Aparte con Martín que haría? No lo puedo hacer pasar por otra cena. Todavía me sigue recriminando lo que fue su presentación a la familia.
-Nada, decís que los miércoles juega al fútbol con los amigos. Pero gorda, decime si no te da un poquito de curiosidad saber cómo es el tipo. O sea, ¿qué clase de persona quiere pasar tiempo con la abuela voluntariamente?
- Jajaja. No sé si lo tenés claro, pero nos vamos directo al infierno.
-Me importa muy poco. Bueno, ¿venís?
- Con una condición. Se cancela el favor del plato, y además me pasás a deber uno vos.
- Me sirve. Un placer hacer negocios con usted.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

