Otro tema complicado es el de la alianza. Uno de los primeros días desde que me mudé al departamento, bajé hasta el super y me encontré a Mónica, la mejor amiga de mi madre, que vive a muy pocas cuadras de acá. Recién me había levantado, y no se me ocurrió ponérmela. Logré pilotearla, pero no sé si se creyó del todo lo que le dije. Igual, mi madre nunca me dijo nada así que asumo que no hablaron del tema.
En el día a día, el tema de la alianza es todavía más complicado. En la facultad soy soltera, porque quise evitar contarle la historia a mis compañeras para que se enterara la menor cantidad de gente posible de mi plan. En el trabajo, en cambio, soy casada porque es mi estado civil y así figura en los contratos. Es decir, que tengo que estar siempre muy pendiente de la alianza.
Ayer de tarde, pasó el vecinito a saludarme. No sé que tema había habido en su oficina, que los dejaron irse antes a todos. Primero me alegré, pero al rato maldije su venida. Como yo había llegado recién del trabajo, ni tuve tiempo de sacarme la alianza. Estaba tranquilísima tomando un café cuando sonó el timbre y ni siquiera reparé en el hecho de que según mi mano, yo era una mujer casada.
Lo invité a sentarse y le ofrecí un café. Me aceptó, por lo que me puse a preparárselo. Cuando terminé, me senté al lado suyo y me dispuse a terminar el mío. No pasaron ni dos minutos entre que apoyé el culo en la silla y que Sebastián lanzó la tan temida pregunta.
- ¡¿Tenés una alianza?!

