El siguiente momento en el que me sentí un fraude total fue cuando nos encontramos los dos enfrente al rabino. Si bien yo nunca fui apegada al judaísmo, tampoco me pareció correcto estar en frente suyo pretendiendo ser algo que en la realidad no era más que una actuación para conseguir un objetivo.
Mientras el rabino hablaba de la importancia del matrimonio como institución sagrada e inviolable, crucé miradas con Martín y ví en sus ojos un espejo de lo que yo sentía. En ellos vi esa misma sensación de estar haciendo algo incorrecto. Pero ya no había vuelta atrás. Sólo quedaba sonreír y pretender estar en el momento más feliz de mi vida.
Cuando llegó a la parte de preguntarle a cada uno si aceptaba, tuve miedo por un instante de que Martín dijera que no. De que se arrepintiera a último momento y decidiera que no quería vivir una mentira. Que si bien quería que yo estuviera bien y pudiera cumplir mi cometido, casarse conmigo era demasiado para él. Y me imaginé como sería.
Martín diría que no. Me pediría que lo perdonara y exclamaría que no podía seguir adelante con el casamiento. Se iría corriendo y yo me quedaría en el altar, sola. Todos sentirían lástima por mí y sería para siempre "la que abandonaron en el altar". Mi madre se reiría por dentro, pensando en que ella siempre lo supo. Tendría la certeza de que ella ganó. De que a mí nadie podría quererme de esa manera. Y debería volver a vivir con ella. Derrotada.
Sería todo como ella siempre me dijo. Que yo soy todo lo contrario a lo que una princesita debería ser. Y que a los hombres "las chicas como yo" no les gustan. Que nadie se quiere casar con una mujer que no sepa cocinar ni hacer las tareas del hogar. Y que todos prefieren, precisamente, lo opuesto. Una chica tímida y recatada, que nunca levante la voz ni diga lo que piensa. Que tenga un "trabajito" como dice mi abuela, para comprar ropa y zapatos, pero no para mantenerse porque para eso está el hombre.
Y si Martín aceptaba casarse conmigo sería todo lo opuesto. Por fin podría demostrarle a mi madre que aún siendo neurótica y desequilibrada encontré alguien que estuviera dispuesto a quererme. Aunque no fuera real. Ella nunca lo sabría. Yo me mudaría al departamento nuevo y ya no estaría obligada a escuchar esas pavadas día tras día. Ya no tendría que estar expuesta a sus críticas constantes. Ya no habría más enumeraciones de lo que soy, no soy o debería ser. En cambio, sería libre.
Y todo se reducía a una palabra. Una sola palabra que Martín tenía que decir para convertirme en su supuesta mujer. Una sola palabra, que para mí, sería definidora del curso de mi vida para siempre.
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martes, 2 de marzo de 2010
lunes, 25 de enero de 2010
Día 201 - Flashback: El casamiento (II)
Ustedes ya saben que soy muy mentirosa. Y no es algo de lo que esté particularmente orgullosa, pero hasta ese momento nunca me había pesado.
El casamiento estaba planeado detalle por detalle. Todo: desde la forma en que lo íbamos a contar a nuestras familias, hasta que momento en que lo anuláramos. Todo había sido cuidadosamente calculado, y si no lo escribí tipo listita fue sólo por miedo a que lo encuentre mi madre. Para mi era como una ecuación que tenía que resolver para la facultad: Agustina+Martín+Casamiento-Madre-Abuela+Departamento+Anulación = Felicidad Absoluta.
Lo que no había entrado en mi ecuación era tener que mentirle a mi abuelo. O sí, pero hasta el momento había sido fácil. El casamiento civil pasó sin pena ni gloria, y fue poco más que un trámite. Pero la ceremonia religiosa fue otro asunto.
Unos minutos antes de que empiece yo estaba sola y mi abuelo entró a verme.
-Tu madre me prohibió que venga porque dice que falta muy poco, pero quería verte antes de que camines al altar. Qué linda estás, chiquita...
-Gracias, abuelo --dije, dándole las manos.
-Me emociona verte así. Me acuerdo el día que naciste, y ahora te estás casando. Estás radiante...el amor te sienta bien.
Primer golpe. No, abuelo. El amor no me sienta bien: lo que me sienta bien es irme de casa. Perdoname. Perdoname.
-Gracias. Es que Martín es divino.
-Es un buen muchacho. Y se nota que te hace feliz. Yo sé que esto puede ser difícil para vos, yo escuché a muchos de la familia diciendo que sos muy joven, que no sabés lo que hacés. Sé que te lo dijeron. Pero vos no les hagas caso, no saben lo que dicen. Lo que importa es que te estás casando con el amor de tu vida.
Segundo golpe. Si supieras, abuelito, si supieras. Ahí me dieron muchas ganas de llorar. Muchas veces había hablado del casamiento con mi abuelo, pero nunca me había hablado de esa forma, nunca habíamos estado hablado de eso tan íntimamente. Me dio muchísima culpa tener que mentirle a la persona a la que más quiero en el mundo, a la última persona del mundo que quisiera lastimar. Pero ya estaba ahí. ¿Qué iba a hacer?
-Gracias abuelo. Sos el mejor. --Y le di un abrazo. --Te quiero muchísimo, no sé qué haría sin vos.
-Yo tampoco, Agus. Entre nosotros, sos mi nieta preferida. Me hacés acordar mucho a mí en muchas cosas. Te felicito por tu coraje y espero que seas la más feliz del mundo en tu vida de casada.
Tercer golpe. No aguanté más y solté unas lágrimas. Mi abuelo pensó que eran de emoción y me las secó.
-No llores, que estás preciosa. No te retraso más, ¡suerte!
Y se fue a sentar a su lugar, al lado de mi papá. Miré por la ventana y vi cómo mi mamá se inclinaba por sobre mi papá y lo retaba, nerviosa y con el dedo levantado, seguramente por “retrasarme”. Y ahí empezó la música y vi entrar a Martín.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Día 198 - La noticia
Toqué timbre en casa vieja ayer a eso de las ocho de la noche para anunciar el embarazo, sola. Pensé que iba a ser mejor ir sin Martín, en el caso de que a mi madre se le ocurriera empezar a decir pavadas.
Me abrió mi padre.
- ¡Princesa!
- Hola, papi. ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y vos? - preguntó mientras me abrazaba.
- Bien, bien. Tengo algo para contarles. ¿Están mamá y Fabián?
- Sí, ya los llamo.
Se metió por el pasillo, fue a buscar a mi madre que leía el diario en su cuarto, y a Fabián que jugaba al playstation en el suyo. Mi hermano me abrazó al grito de "gorda cerda" y mi madre se limitó a emitir un "si no hubieras aparecido daba para pensar que te había tragado la tierra". Ni siquiera le contesté.
- Siéntense los tres por favor - dije. - Tengo algo que contarles.
- Yo ya sé lo que nos vas a decir. La veo venir.
- A ver, mamá. Iluminame con tu sabiduría. ¿Qué pensás que voy a decir?
- Que te divorciás, es obvio. Si te casaste para que te regalaran el departamento. Ahora que ya lo tenés, chau Martín.
- Te equivocás. ¿Querés intentar de nuevo con alguna otra idea de telenovela o ya está?
- Ya está. Si no es eso no sé que es. Te escucho.
- Bueno, prepárense -dije, y respiré hondo. - Estoy embarazada.
Mi padre sonrió, mi hermano abrió la boca en un gesto de sorpresa total y mi madre se quedó mirándome sin saber lo que decir. Mi padre se levantó y me abrazó. "No sabés lo feliz que me pone saber que voy a ser abuelo". Mi hermano me preguntó al oído si era deseado o no, y le contesté que de alguna extraña manera creía que era lo que los dos queríamos. Mi madre seguía mirándome desde el sillón, sin emitir sonido.
- ¿Qué pasa, mamá? ¿En tu telenovela venezolana no hay lugar para un embarazo?
- Es que yo pensé que...
- Pensaste mal. Pensaste pavadas. Hacete la idea de que Martín y yo estamos juntos de verdad, y eso no tiene nada que ver con el departamento. Y bueno, queríamos ser papás y se nos presentó la oportunidad. ¿No podés alegrarte por mí?
- Sí, puedo - dijo, atónita. - Es que no puedo creer...
- ¿Lo qué no podés creer?
- ¡Que lo de ustedes es de verdad! No cierra por ningún lado. Se casaron tan jóvenes, y a vos el abuelo te había prometido el departamento. Después nos enteramos lo que había hecho tu tío Mauricio y en seguida cerró lo tuyo con Martín. Habían hecho lo mismo que Mauricio y Fernanda, era clarísimo. Y un día voy a tu casa, y tenés la mitad de la cama hecha, y Martín justo no está.
- Bueno, mamá. Te pensás que ataste cabos como una detective y lo único que hiciste fue pensar que yo había hecho lo mismo que Mauricio, sin ningún tipo de prueba. Ahora, date cuenta de que estabas equivocada. Afrontá que lo que dijiste no es verdad, y que si Martín y yo estamos esperando un bebé es porque estamos juntos y porque tenemos planeado seguir juntos.
- Bueno, lo acepto - dijo, derrotada. - Supongo que te tengo que felicitar, entonces.
- Yo creo que corresponde -dije.
Se acercó, y esbozó un intento de abrazo. Me palmeó la espalda dos o tres veces y se separó de mí, despacio.
- Que te quede claro que no me va a decir abuela -dijo, agarrándome del brazo. - Que me diga Jaqueline, así no parezco vieja.
Ni siquiera le contesté, no tenía ganas. Fui hasta la cocina y le conté a María. Se alegró muchísimo. Después me despedí de los cuatro y partí hacia lo de mi abuelo.
Creo que nunca lo ví tan feliz como cuando le conté. No podía creer que iba a ser bisabuelo a los 87 años, sobre todo cuando tuvo cuatro hijos y sólo tres nietos.
- Vas a tener que mudarte a un departamento más grande.
- Más adelante, abuelo. Por ahora estamos bien.
- No, en serio. Dejame regalártelo. En el tuyo no tenés ni siquiera un cuarto extra para el bebé.
- Vemos más adelante, abuelo. En serio, no te preocupes.
- No, Agus. Es lindo que durante el embarazo vayan armando el cuarto del bebé, y que cuando llegue ya tengan todo listo. Tengo un departamento nuevo de tres dormitorios, noventa metros cuadrados, precioso. Sería un placer para mí dártelo.
Sonreí.
- Entonces supongo que corresponde que lo acepte.
No se vayan todavía. Me di cuenta de que nunca les conté del casamiento.
Me abrió mi padre.
- ¡Princesa!
- Hola, papi. ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y vos? - preguntó mientras me abrazaba.
- Bien, bien. Tengo algo para contarles. ¿Están mamá y Fabián?
- Sí, ya los llamo.
Se metió por el pasillo, fue a buscar a mi madre que leía el diario en su cuarto, y a Fabián que jugaba al playstation en el suyo. Mi hermano me abrazó al grito de "gorda cerda" y mi madre se limitó a emitir un "si no hubieras aparecido daba para pensar que te había tragado la tierra". Ni siquiera le contesté.
- Siéntense los tres por favor - dije. - Tengo algo que contarles.
- Yo ya sé lo que nos vas a decir. La veo venir.
- A ver, mamá. Iluminame con tu sabiduría. ¿Qué pensás que voy a decir?
- Que te divorciás, es obvio. Si te casaste para que te regalaran el departamento. Ahora que ya lo tenés, chau Martín.
- Te equivocás. ¿Querés intentar de nuevo con alguna otra idea de telenovela o ya está?
- Ya está. Si no es eso no sé que es. Te escucho.
- Bueno, prepárense -dije, y respiré hondo. - Estoy embarazada.
Mi padre sonrió, mi hermano abrió la boca en un gesto de sorpresa total y mi madre se quedó mirándome sin saber lo que decir. Mi padre se levantó y me abrazó. "No sabés lo feliz que me pone saber que voy a ser abuelo". Mi hermano me preguntó al oído si era deseado o no, y le contesté que de alguna extraña manera creía que era lo que los dos queríamos. Mi madre seguía mirándome desde el sillón, sin emitir sonido.
- ¿Qué pasa, mamá? ¿En tu telenovela venezolana no hay lugar para un embarazo?
- Es que yo pensé que...
- Pensaste mal. Pensaste pavadas. Hacete la idea de que Martín y yo estamos juntos de verdad, y eso no tiene nada que ver con el departamento. Y bueno, queríamos ser papás y se nos presentó la oportunidad. ¿No podés alegrarte por mí?
- Sí, puedo - dijo, atónita. - Es que no puedo creer...
- ¿Lo qué no podés creer?
- ¡Que lo de ustedes es de verdad! No cierra por ningún lado. Se casaron tan jóvenes, y a vos el abuelo te había prometido el departamento. Después nos enteramos lo que había hecho tu tío Mauricio y en seguida cerró lo tuyo con Martín. Habían hecho lo mismo que Mauricio y Fernanda, era clarísimo. Y un día voy a tu casa, y tenés la mitad de la cama hecha, y Martín justo no está.
- Bueno, mamá. Te pensás que ataste cabos como una detective y lo único que hiciste fue pensar que yo había hecho lo mismo que Mauricio, sin ningún tipo de prueba. Ahora, date cuenta de que estabas equivocada. Afrontá que lo que dijiste no es verdad, y que si Martín y yo estamos esperando un bebé es porque estamos juntos y porque tenemos planeado seguir juntos.
- Bueno, lo acepto - dijo, derrotada. - Supongo que te tengo que felicitar, entonces.
- Yo creo que corresponde -dije.
Se acercó, y esbozó un intento de abrazo. Me palmeó la espalda dos o tres veces y se separó de mí, despacio.
- Que te quede claro que no me va a decir abuela -dijo, agarrándome del brazo. - Que me diga Jaqueline, así no parezco vieja.
Ni siquiera le contesté, no tenía ganas. Fui hasta la cocina y le conté a María. Se alegró muchísimo. Después me despedí de los cuatro y partí hacia lo de mi abuelo.
Creo que nunca lo ví tan feliz como cuando le conté. No podía creer que iba a ser bisabuelo a los 87 años, sobre todo cuando tuvo cuatro hijos y sólo tres nietos.
- Vas a tener que mudarte a un departamento más grande.
- Más adelante, abuelo. Por ahora estamos bien.
- No, en serio. Dejame regalártelo. En el tuyo no tenés ni siquiera un cuarto extra para el bebé.
- Vemos más adelante, abuelo. En serio, no te preocupes.
- No, Agus. Es lindo que durante el embarazo vayan armando el cuarto del bebé, y que cuando llegue ya tengan todo listo. Tengo un departamento nuevo de tres dormitorios, noventa metros cuadrados, precioso. Sería un placer para mí dártelo.
Sonreí.
- Entonces supongo que corresponde que lo acepte.
No se vayan todavía. Me di cuenta de que nunca les conté del casamiento.
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Mi padre
sábado, 19 de diciembre de 2009
Día 197 - Las buenas nuevas
Entre hoy y mañana le voy a contar del embarazo a mi abuelo y a mis padres.
Todavía no me despido de ustedes, adorados.
Todavía no me despido de ustedes, adorados.
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Mi padre
viernes, 11 de diciembre de 2009
Día 194 - Sweet child o'mine
Ayer me rompieron el vidrio del auto y me robaron la radio y todos los cds de los Beatles que tenía en la guantera. Cuando lo abrí estaba todo el asiento lleno de pedazos de vidrio y el piso también. Tuve que sacarlos con una franela que tenía en la guantera mientras contenía las lágrimas. También me robaron los papeles del auto y me lo rayaron todo. Cuando lo arranqué y empecé a manejar me empezaron a caer las lágrimas. En un momento pensé en el bebé y decidí que me tenía que calmar, pero eso fue casi cuando estaba llegando a casa. La mayoría del tiempo me olvido de que hay un pequeño ser adentro mío.
No caigo con que estoy embarazada. Hasta ahora lo único que sé es que no me vino el mes pasado. No sé como explicarlo. Estoy contenta, pero a la vez es como si le estuviera pasando a otra persona.
Con Martín estuvimos hablando mucho del tema y haciendo planes a futuro, pero me sentí como cuando teníamos dieciséis y jodíamos con eso. No puedo creer que él y yo finalmente estemos bien y que además vayamos a tener un hijo. Parece un sueño, lo siento como algo completamente irreal.
No tengo idea, por ejemplo, de qué es lo que se supone que tenemos que hacer ahora. Ir a ver algún obstetra, presumo. Y empezar a comprar cosas, aunque no sé donde vamos a tener lugar para el bebé, ya que mi amado departamento es sólo de un dormitorio. No sé qué va a pasar con la facultad el año que viene, si voy a poder seguir cursando o no. Y lo mismo le pasa a mi marido. Es rarísimo, porque si bien estoy contenta, a la vez me cuesta imaginarme que en unos meses voy a tener un bebé.
El embarazo se supone que sea un momento de conexión con tu propia madre, ya que ella pasó por todo y te puede ayudar. Pero en mi caso no sé, no tengo ganas de hacer cosas con ella. No quiero que me acompañe a los doctores ni me diga qué es lo que tengo que hacer. Me gusta la idea de decirle a mi padre que va a tener un nieto, porque se va a alegrar muchísimo. Y también decirle a mi abuelo que a los 86 años va a ser bisabuelo. Pero es como que la idea de que mi madre esté cerca mío en la dulce espera no me atrae para nada. Pienso que se va a meter en todo, que va a opinar sobre todos los temas, y que me va a criticar mis decisiones con la excusa de que ella ya pasó por esto y entiende más que yo.
Este, es otro de los mil momentos en mi vida en los que pienso que me hubiera gustado tener una madre completamente distinta. Y pienso hacer todo lo que esté a mi alcance para que a mi hijo o hija nunca le llegue a pasar eso conmigo. Voy a hacer todo lo posible por ser la madre que a mí me hubiera gustado tener. Una madre que fuera precisamente todo lo opuesto a la que me tocó.
*De lo otro no tuve novedades todavía. Fabián dice que no sabe nada, que a él nadie le habló nada del tema. Y llamé a mi tío Mauricio varias veces entre ayer y hoy pero no me atiende. Asumo que hay una razón.
No caigo con que estoy embarazada. Hasta ahora lo único que sé es que no me vino el mes pasado. No sé como explicarlo. Estoy contenta, pero a la vez es como si le estuviera pasando a otra persona.
Con Martín estuvimos hablando mucho del tema y haciendo planes a futuro, pero me sentí como cuando teníamos dieciséis y jodíamos con eso. No puedo creer que él y yo finalmente estemos bien y que además vayamos a tener un hijo. Parece un sueño, lo siento como algo completamente irreal.
No tengo idea, por ejemplo, de qué es lo que se supone que tenemos que hacer ahora. Ir a ver algún obstetra, presumo. Y empezar a comprar cosas, aunque no sé donde vamos a tener lugar para el bebé, ya que mi amado departamento es sólo de un dormitorio. No sé qué va a pasar con la facultad el año que viene, si voy a poder seguir cursando o no. Y lo mismo le pasa a mi marido. Es rarísimo, porque si bien estoy contenta, a la vez me cuesta imaginarme que en unos meses voy a tener un bebé.
El embarazo se supone que sea un momento de conexión con tu propia madre, ya que ella pasó por todo y te puede ayudar. Pero en mi caso no sé, no tengo ganas de hacer cosas con ella. No quiero que me acompañe a los doctores ni me diga qué es lo que tengo que hacer. Me gusta la idea de decirle a mi padre que va a tener un nieto, porque se va a alegrar muchísimo. Y también decirle a mi abuelo que a los 86 años va a ser bisabuelo. Pero es como que la idea de que mi madre esté cerca mío en la dulce espera no me atrae para nada. Pienso que se va a meter en todo, que va a opinar sobre todos los temas, y que me va a criticar mis decisiones con la excusa de que ella ya pasó por esto y entiende más que yo.
Este, es otro de los mil momentos en mi vida en los que pienso que me hubiera gustado tener una madre completamente distinta. Y pienso hacer todo lo que esté a mi alcance para que a mi hijo o hija nunca le llegue a pasar eso conmigo. Voy a hacer todo lo posible por ser la madre que a mí me hubiera gustado tener. Una madre que fuera precisamente todo lo opuesto a la que me tocó.
*De lo otro no tuve novedades todavía. Fabián dice que no sabe nada, que a él nadie le habló nada del tema. Y llamé a mi tío Mauricio varias veces entre ayer y hoy pero no me atiende. Asumo que hay una razón.
lunes, 7 de diciembre de 2009
Día 192 - Patas cortas
Ayer a eso de las siete de la tarde, yo estaba muy tranquila haciéndome un café con leche mientras Martín leía en el cuarto. En eso, sonó el timbre. Atendí sin hablar para ver quien era, pero nadie contestó. Un minuto después escuché la voz de mi madre diciéndole al portero "debe estar bañándose, gracias."
Respiré hondo cuando sonó el timbre, y con mi peor cara de culo, le abrí.
- ¿Qué querés? - pregunté.
- Ya vas a ver lo que quiero - dijo, mientras entraba al departamento. - ¡Sé todo, Agustina. Todo!
- ¿De qué carajo hablás?
- ¡Sabés muy bien de que hablo!
- No, mamá, no lo sé. Calmate un poco, haceme el favor.
- ¡No me calmo nada! ¿Vos sabés lo que fue para mí enterarme de que mi hija es una mentirosa? ¡¿Eh?!
- Ay, mamá, callate la boca y hablá como una persona normal. ¿Qué problema tenés?
- ¡Que me mentiste! ¡Le mentiste a todos!
- ¿A quién le mentí, a ver? - pregunté haciéndome la tonta, mientras trataba de pensar cómo podía ser que se hubiera enterado.
- Agustinita, el papel de actriz no te sale. Sabés muy bien de que te hablo, así que confesalo de una vez. Dale, decílo. Te casaste con Martín para que te regalaran el departamento. ¡Él ni siquiera vive acá! Yo ya lo sospeché el día que tenías la mitad de la cama hecha, pero no tenía pruebas. ¡Quiero escucharte decirlo!
- No tenés idea de la cantidad de pavadas que estás diciendo. Mi amor - grité hacia mi cuarto. - ¿podés venir?
Un Martín en jogging y con cara de no saber que hacer se acercó hasta el comedor.
- Hola, Jaqueline.
- ¿Y éste qué hace acá? - preguntó mi madre.
- ¿Qué va a hacer, mamá? ¡Vive acá!
- ¡Mentira! Le debés haber dicho que venga sólo porque yo iba a venir.
- ¿Y cómo mierda iba a saber yo que se te iba a ocurrir venir?
- No sé. Pero tu secreto está afuera y yo ya sé que el matrimonio de ustedes no vale. Y es cuestión de tiempo para que toda la familia lo sepa.
- Basta de telenovelas, mamá. ¿Vos ves lo que estás diciendo? ¿Que me casé por el departamento? Te volviste loca. Completamente loca.
Cuando dije eso se paró de la silla y fue hasta mi cuarto. Miró las fotos de nuestro casamiento encima de la mesa de luz y ropa de Martín tirada en el suelo. Después la vi ir hasta el baño, donde debe haber visto las cosas de afeitar de mi marido. Derrotada, volvió a la cocina.
- No sé como hiciste para que todo parezca real, pero ya te voy a agarrar. Esto no terminó acá, ¿me entendiste? ¡No terminó acá!
- ¡Andate de mi casa! Y dejá de mirar telenovelas, haceme el favor. Te están haciendo mal.
- No te hagas la inocente. Ya te voy a agarrar, vas a ver - dijo, mientras abría la puerta. - ¡Ya te voy a agarrar!
Respiré hondo cuando sonó el timbre, y con mi peor cara de culo, le abrí.
- ¿Qué querés? - pregunté.
- Ya vas a ver lo que quiero - dijo, mientras entraba al departamento. - ¡Sé todo, Agustina. Todo!
- ¿De qué carajo hablás?
- ¡Sabés muy bien de que hablo!
- No, mamá, no lo sé. Calmate un poco, haceme el favor.
- ¡No me calmo nada! ¿Vos sabés lo que fue para mí enterarme de que mi hija es una mentirosa? ¡¿Eh?!
- Ay, mamá, callate la boca y hablá como una persona normal. ¿Qué problema tenés?
- ¡Que me mentiste! ¡Le mentiste a todos!
- ¿A quién le mentí, a ver? - pregunté haciéndome la tonta, mientras trataba de pensar cómo podía ser que se hubiera enterado.
- Agustinita, el papel de actriz no te sale. Sabés muy bien de que te hablo, así que confesalo de una vez. Dale, decílo. Te casaste con Martín para que te regalaran el departamento. ¡Él ni siquiera vive acá! Yo ya lo sospeché el día que tenías la mitad de la cama hecha, pero no tenía pruebas. ¡Quiero escucharte decirlo!
- No tenés idea de la cantidad de pavadas que estás diciendo. Mi amor - grité hacia mi cuarto. - ¿podés venir?
Un Martín en jogging y con cara de no saber que hacer se acercó hasta el comedor.
- Hola, Jaqueline.
- ¿Y éste qué hace acá? - preguntó mi madre.
- ¿Qué va a hacer, mamá? ¡Vive acá!
- ¡Mentira! Le debés haber dicho que venga sólo porque yo iba a venir.
- ¿Y cómo mierda iba a saber yo que se te iba a ocurrir venir?
- No sé. Pero tu secreto está afuera y yo ya sé que el matrimonio de ustedes no vale. Y es cuestión de tiempo para que toda la familia lo sepa.
- Basta de telenovelas, mamá. ¿Vos ves lo que estás diciendo? ¿Que me casé por el departamento? Te volviste loca. Completamente loca.
Cuando dije eso se paró de la silla y fue hasta mi cuarto. Miró las fotos de nuestro casamiento encima de la mesa de luz y ropa de Martín tirada en el suelo. Después la vi ir hasta el baño, donde debe haber visto las cosas de afeitar de mi marido. Derrotada, volvió a la cocina.
- No sé como hiciste para que todo parezca real, pero ya te voy a agarrar. Esto no terminó acá, ¿me entendiste? ¡No terminó acá!
- ¡Andate de mi casa! Y dejá de mirar telenovelas, haceme el favor. Te están haciendo mal.
- No te hagas la inocente. Ya te voy a agarrar, vas a ver - dijo, mientras abría la puerta. - ¡Ya te voy a agarrar!
lunes, 23 de noviembre de 2009
Día 183 - So long, farewell
Ayer decidí volver a mi casa para hablar con mi hermano como dos personas adultas.
- Escuchame, gordo cerdo. Nunca en la vida vamos a hablar de lo que pasó. ¿Me entendés?
- Sí.
- Pero nunca, eh. Never ever. Vamos a pretender que nunca sucedió lo del otro día.
- Bueno.
- Porque si empiezo a hablar, morís. ¡En mi sillón tenía que ser!
- Dijiste que no ibamos a hablar de eso.
- Sí, ya sé. Bueno, en fin. Igual tenemos que hablar de otra cosa.
- ¿No me puedo seguir quedando acá, no?
- No. Mirá, gordo, yo sé que es difícil vivir en casa vieja. Creeme que lo sé. Pero que vivas acá no es la solución.
- Ya sé que no.
- Fijate que además desde que estás acá, ya pasaron bastantes cosas. Vos y tu amigo me vieron en bombacha, yo te vi a vos...
- Entendí - dijo, tajante.
- Bueno, eso. Además, es una situación de mierda para vos también. Estás durmiendo en una bolsa de dormir en el living, no tenés un mango, estás en una casa que no es tuya.
- Sí, yo sé todo eso y también sé que voy a tener que volver a lo de papá y mamá. Siempre lo supe. Lo que pasa es que quería estirar el momento de irme.
- Sí, ya lo sé. Pero me parece que ya llegó. ¿Estás de acuerdo?
- Sí. ¿Armo el bolso? - preguntó.
- Como vos quieras. No tiene por qué ser ya. Podés irte en el correr de la semana si querés.
- No, prefiero irme ahora y enfrentar a mamá y papá de una vez.
- ¿Seguro? - pregunté.
- Sí, ya me quedé bastante tiempo acá. Es hora de que vuelva.
- Si, puede ser. Capaz es lo mejor.
- Sí. Después veo como hago para irme - dijo mi hermano.
- Algo se te va a ocurrir.
- Sí. Lástima que no tengo una versión femenina de tu Martín.
- ¿No? ¿Y esa chica?
- Es linda, pero nada más. No da para otra cosa.
- No tiene por qué dar. Le podés explicar la situación.
- No, Agus. No es tan fácil que alguien haga lo que Martín hizo por vos.
- No, tenés razón. Sólo él.
- Tal cual. Sólo él.
- Y además justo ahora estamos re bien con él entonces te tengo que estar echando de acá todo el tiempo y eso también es una mierda para vos.
- Sí, por eso. Ya es hora de que me vaya. ¿Me ayudás a juntar mis cosas?
- Sí, hermanito. Te ayudo.
Como no llegó a traer muchas cosas, juntarlas demoró muy poco. Alrededor de media hora, nada más. Eran algunas cosas del baño, algo de ropa, y su bolsa de dormir. Bajamos juntos, guardamos el bolso en el baúl, y lo llevé hasta casa vieja.
Me dio mucha pena. No sólo tenía que volver derrotado, sino también le quedaba bancarse los gritos de mis padres por haber desaparecido por tanto tiempo. Y todavía peor, volver a un lugar que más que una casa es un manicomio.
En este preciso momento mi madre debe estar llegando a casa. Pobre Fabián. Que dios lo ayude.
- Escuchame, gordo cerdo. Nunca en la vida vamos a hablar de lo que pasó. ¿Me entendés?
- Sí.
- Pero nunca, eh. Never ever. Vamos a pretender que nunca sucedió lo del otro día.
- Bueno.
- Porque si empiezo a hablar, morís. ¡En mi sillón tenía que ser!
- Dijiste que no ibamos a hablar de eso.
- Sí, ya sé. Bueno, en fin. Igual tenemos que hablar de otra cosa.
- ¿No me puedo seguir quedando acá, no?
- No. Mirá, gordo, yo sé que es difícil vivir en casa vieja. Creeme que lo sé. Pero que vivas acá no es la solución.
- Ya sé que no.
- Fijate que además desde que estás acá, ya pasaron bastantes cosas. Vos y tu amigo me vieron en bombacha, yo te vi a vos...
- Entendí - dijo, tajante.
- Bueno, eso. Además, es una situación de mierda para vos también. Estás durmiendo en una bolsa de dormir en el living, no tenés un mango, estás en una casa que no es tuya.
- Sí, yo sé todo eso y también sé que voy a tener que volver a lo de papá y mamá. Siempre lo supe. Lo que pasa es que quería estirar el momento de irme.
- Sí, ya lo sé. Pero me parece que ya llegó. ¿Estás de acuerdo?
- Sí. ¿Armo el bolso? - preguntó.
- Como vos quieras. No tiene por qué ser ya. Podés irte en el correr de la semana si querés.
- No, prefiero irme ahora y enfrentar a mamá y papá de una vez.
- ¿Seguro? - pregunté.
- Sí, ya me quedé bastante tiempo acá. Es hora de que vuelva.
- Si, puede ser. Capaz es lo mejor.
- Sí. Después veo como hago para irme - dijo mi hermano.
- Algo se te va a ocurrir.
- Sí. Lástima que no tengo una versión femenina de tu Martín.
- ¿No? ¿Y esa chica?
- Es linda, pero nada más. No da para otra cosa.
- No tiene por qué dar. Le podés explicar la situación.
- No, Agus. No es tan fácil que alguien haga lo que Martín hizo por vos.
- No, tenés razón. Sólo él.
- Tal cual. Sólo él.
- Y además justo ahora estamos re bien con él entonces te tengo que estar echando de acá todo el tiempo y eso también es una mierda para vos.
- Sí, por eso. Ya es hora de que me vaya. ¿Me ayudás a juntar mis cosas?
- Sí, hermanito. Te ayudo.
Como no llegó a traer muchas cosas, juntarlas demoró muy poco. Alrededor de media hora, nada más. Eran algunas cosas del baño, algo de ropa, y su bolsa de dormir. Bajamos juntos, guardamos el bolso en el baúl, y lo llevé hasta casa vieja.
Me dio mucha pena. No sólo tenía que volver derrotado, sino también le quedaba bancarse los gritos de mis padres por haber desaparecido por tanto tiempo. Y todavía peor, volver a un lugar que más que una casa es un manicomio.
En este preciso momento mi madre debe estar llegando a casa. Pobre Fabián. Que dios lo ayude.
martes, 17 de noviembre de 2009
Día 179 - Flashback: Lo único que faltaba
- Bueno - dijo la modista. - 88 - 62 - 93.
- Mirá que bien - dije. - No estoy tan lejos del 90 - 60 -90.
- Bueno, pero es todo gracias a mí - acotó mi madre. - Si no fuera porque te estoy ayudando a cuidarte con las comidas tu cola mediría mucho más que 93. Muchísimo más.
- Siempre tenés algo que decir vos.
- ¡Y a vos nada te viene bien! ¡Reconocé que es por mi ayuda, tampoco te pido tanto!
- Basta, mamá.
- ¿Basta me decís? Hubieras venido hace unos meses a hacerte el vestido y te ibas a llevar una sorpresa muy fea cuando te tomaran las medidas.
- Peso lo mismo hace dos años y tengo más o menos el mismo cuerpo. No digas pavadas, por favor.
La modista nos miraba sin emitir sonido.
- A ver, Elena. Vos que podés ser objetiva acá. ¿Estoy gorda?
- No, para nada.
- ¿Tengo la cola enorme?
- No.
- ¿Ves? - pregunté dirigiéndome a mi madre. - Está todo en tu cabeza.
- Y bueno, Agustinita. ¿Qué te va a decir ella? Si te dice que estás gorda se queda sin trabajo.
- ¡Me tenés harta! No sé ni para que viniste. Todo es un problema con vos.
- Tengo que venir porque vos tenés un gusto horrible - contestó mi madre. - Si te dejo sola no sé que clase de vestido podés llegar a inventar.
- Me hartaste. Andate y yo hablo con Elena. Vos no tenés voz ni voto acá. Es mi vestido de novia. Mío, ¿entendés?
- Elena, yo después la llamo. Usted me tiene que responder a mí, ¿entiende? Yo soy la que paga acá.
- Andate de una vez. No necesito tu plata para el vestido.
- ¿Ah, no?
- No. El abuelo me va a dar para cubrir todos los gastos. Así que te podés ir yendo.
Caminó hasta la puerta pisando fuerte, y salió dando un sonoro portazo.
- Es todo un caso mi madre. Me tiene harta, te juro.
- Todas las madres tienen una relación complicada con las hijas.
- ¿Pero tan así? ¿Vos ves otras chicas a las que la madre les diga tantas cosas?
- No, tantas cosas no. Pero bueno, entendela, vos sos chica también. ¿Qué tenés, veinte años?
- Veintiuno.
- Y bueno, piensa que tiene que ayudarte a decidir. Qué sé yo.
- Es más que eso, pero bueno. Vayamos a lo nuestro.
- Contame. ¿Qué idea tenés?
- Quiero un vestido strapless. Pero que sea dura la parte de arriba, no sé como explicarte.
- Sí - dijo mientras hacía un bosquejo. - Entendí.
- Y la pollera quiero que sea grande, pero no tanto.
- Ajá.
- Y bueno, no sé bien como explicarte la idea que tengo.
- A ver si esto se le parece - dijo, mientras me mostraba su boceto. - A grandes rasgos, al menos.
- A ver - dije, mirando el dibujo. Eran solo unas líneas, pero había entendido lo que yo quería. - Perfecto.
- Genial. ¿Te gusta que sea bordada la parte de arriba?
- Mmm, puede ser. ¿Tenés alguna revista?
- Sí - dijo, y me mostró una. - ¿Así te gusta?
- Sí, me encanta.
- Bueno. Es una primera idea.
- ¿Decís que sea adecuada para mi tipo de cuerpo?
- Sí, va a quedar lindo. Tenés cintura chiquita y parte de arriba chiquita en general. El contraste con la parte de abajo amplia va a quedar bueno. Y tu madre no se va a poder quejar de tu cola porque no va a quedar para nada grande.
- Ah, genial. Bueno, yo ahora me tengo que ir a la facultad, pero después te llamo y me decís qué cosas tengo que comprar. Acordate que me caso en un mes, no tenemos mucho tiempo.
- No hay problema. Estamos bien encaminadas.
- Barbaro, Elena, gracias por todo. - dije, mientras la saludaba. -Te llamo más tarde entonces.
Al otro día de este episodio, fui a lo de Teresa.
- ¿Cómo estás, Agus?
- Más o menos, qué sé yo. Con los preparativos del casamiento.
- Sí, tenés muchas cosas que hacer. Escuchame, te tengo que hablar de algo.
- ¿De qué? - pregunté extrañada.
- Bueno. Me llamó la terapeuta de tu madre.
- ¡¿Qué?!
- Sí, dice que tu madre está muy deprimida por como está la situación entre ustedes. Dice que cuando fueron a lo de la modista la trataste muy mal. Y parece que con tu hermano también se está llevando mal.
- ¡Pero si es insoportable! Aparte siempre se llevó mal con Fabián.
- Sí, ya sé, pero parece que además está estresada por tu casamiento y la mar en coche.
- Estamos todos igual. Pero no entiendo para que te llamó la terapeuta.
- Ella dice que es obvio que ustedes tienen grandes diferencias...
- Chocolate por la noticia.
- Y bueno, planteó que vayan a terapia familiar.
- ¡¿Me estás jodiendo?! Ay, dios. Lo único que me faltaba.
- Yo te diría que lo pensaras. Por lo menos para irte de tu casa en buenos términos.
- Es cualquiera, Teresa. Por favor.
- Sólo te pido que lo pienses.
- Ok, lo voy a pensar. Pero no te prometo nada.
- Vos pensalo.
- Sólo porque me lo pedís vos, que te quede claro.
- Por mí, entonces. Pero pensalo.
- Mirá que bien - dije. - No estoy tan lejos del 90 - 60 -90.
- Bueno, pero es todo gracias a mí - acotó mi madre. - Si no fuera porque te estoy ayudando a cuidarte con las comidas tu cola mediría mucho más que 93. Muchísimo más.
- Siempre tenés algo que decir vos.
- ¡Y a vos nada te viene bien! ¡Reconocé que es por mi ayuda, tampoco te pido tanto!
- Basta, mamá.
- ¿Basta me decís? Hubieras venido hace unos meses a hacerte el vestido y te ibas a llevar una sorpresa muy fea cuando te tomaran las medidas.
- Peso lo mismo hace dos años y tengo más o menos el mismo cuerpo. No digas pavadas, por favor.
La modista nos miraba sin emitir sonido.
- A ver, Elena. Vos que podés ser objetiva acá. ¿Estoy gorda?
- No, para nada.
- ¿Tengo la cola enorme?
- No.
- ¿Ves? - pregunté dirigiéndome a mi madre. - Está todo en tu cabeza.
- Y bueno, Agustinita. ¿Qué te va a decir ella? Si te dice que estás gorda se queda sin trabajo.
- ¡Me tenés harta! No sé ni para que viniste. Todo es un problema con vos.
- Tengo que venir porque vos tenés un gusto horrible - contestó mi madre. - Si te dejo sola no sé que clase de vestido podés llegar a inventar.
- Me hartaste. Andate y yo hablo con Elena. Vos no tenés voz ni voto acá. Es mi vestido de novia. Mío, ¿entendés?
- Elena, yo después la llamo. Usted me tiene que responder a mí, ¿entiende? Yo soy la que paga acá.
- Andate de una vez. No necesito tu plata para el vestido.
- ¿Ah, no?
- No. El abuelo me va a dar para cubrir todos los gastos. Así que te podés ir yendo.
Caminó hasta la puerta pisando fuerte, y salió dando un sonoro portazo.
- Es todo un caso mi madre. Me tiene harta, te juro.
- Todas las madres tienen una relación complicada con las hijas.
- ¿Pero tan así? ¿Vos ves otras chicas a las que la madre les diga tantas cosas?
- No, tantas cosas no. Pero bueno, entendela, vos sos chica también. ¿Qué tenés, veinte años?
- Veintiuno.
- Y bueno, piensa que tiene que ayudarte a decidir. Qué sé yo.
- Es más que eso, pero bueno. Vayamos a lo nuestro.
- Contame. ¿Qué idea tenés?
- Quiero un vestido strapless. Pero que sea dura la parte de arriba, no sé como explicarte.
- Sí - dijo mientras hacía un bosquejo. - Entendí.
- Y la pollera quiero que sea grande, pero no tanto.
- Ajá.
- Y bueno, no sé bien como explicarte la idea que tengo.
- A ver si esto se le parece - dijo, mientras me mostraba su boceto. - A grandes rasgos, al menos.
- A ver - dije, mirando el dibujo. Eran solo unas líneas, pero había entendido lo que yo quería. - Perfecto.
- Genial. ¿Te gusta que sea bordada la parte de arriba?
- Mmm, puede ser. ¿Tenés alguna revista?
- Sí - dijo, y me mostró una. - ¿Así te gusta?
- Sí, me encanta.
- Bueno. Es una primera idea.
- ¿Decís que sea adecuada para mi tipo de cuerpo?
- Sí, va a quedar lindo. Tenés cintura chiquita y parte de arriba chiquita en general. El contraste con la parte de abajo amplia va a quedar bueno. Y tu madre no se va a poder quejar de tu cola porque no va a quedar para nada grande.
- Ah, genial. Bueno, yo ahora me tengo que ir a la facultad, pero después te llamo y me decís qué cosas tengo que comprar. Acordate que me caso en un mes, no tenemos mucho tiempo.
- No hay problema. Estamos bien encaminadas.
- Barbaro, Elena, gracias por todo. - dije, mientras la saludaba. -Te llamo más tarde entonces.
Al otro día de este episodio, fui a lo de Teresa.
- ¿Cómo estás, Agus?
- Más o menos, qué sé yo. Con los preparativos del casamiento.
- Sí, tenés muchas cosas que hacer. Escuchame, te tengo que hablar de algo.
- ¿De qué? - pregunté extrañada.
- Bueno. Me llamó la terapeuta de tu madre.
- ¡¿Qué?!
- Sí, dice que tu madre está muy deprimida por como está la situación entre ustedes. Dice que cuando fueron a lo de la modista la trataste muy mal. Y parece que con tu hermano también se está llevando mal.
- ¡Pero si es insoportable! Aparte siempre se llevó mal con Fabián.
- Sí, ya sé, pero parece que además está estresada por tu casamiento y la mar en coche.
- Estamos todos igual. Pero no entiendo para que te llamó la terapeuta.
- Ella dice que es obvio que ustedes tienen grandes diferencias...
- Chocolate por la noticia.
- Y bueno, planteó que vayan a terapia familiar.
- ¡¿Me estás jodiendo?! Ay, dios. Lo único que me faltaba.
- Yo te diría que lo pensaras. Por lo menos para irte de tu casa en buenos términos.
- Es cualquiera, Teresa. Por favor.
- Sólo te pido que lo pienses.
- Ok, lo voy a pensar. Pero no te prometo nada.
- Vos pensalo.
- Sólo porque me lo pedís vos, que te quede claro.
- Por mí, entonces. Pero pensalo.
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Fabián (mi hermano),
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Teresa (mi terapeuta)
lunes, 9 de noviembre de 2009
Día 173 - Flashback: Help!
Previsiblemente, mi idea de hacer una fiesta chica duró tanto como lo hace un paquete de galletitas en mis manos. Cuando mi madre empezó a anotar en una lista toda la gente que según ella era imprescindible, nos acercamos a los cien invitados.
- Achicá la lista. Yo no voy a pagar todo para cien invitados. Ya te había aclarado desde el principio que la fiesta iba a ser chica. Yo calculaba veinte o veinticinco personas de la familia, algunas amigas mías y nada más.
- Bueno, pero lo tuyo de "fiesta chica" era una exageración. Yo tengo que invitar a mis amigas, a mis compañeras de trabajo.
- Invitá algunas, no a veinte parejas de amigos y veinte más de gente del laburo.
- ¿Qué te cambia? A mis invitados los pago yo.
- ¡Que no estás respetando lo que yo quiero! Va a ser mi fiesta de casamiento, y la quiero pasar con mi familia cercana - dije. Ya no sabía que más inventar.
- Ay, pero quedo mal con todos si no los invito.
- ¡No quedás mal con nadie! Le explicás a la gente que tu hija tiene la idea de hacer algo íntimo. Si no lo entienden, problema suyo.
- Ay, Agustina, no te pongas así. Te digo que yo pago por mis invitados.
- Bueno, hacé lo que quieras. Pero mirá que yo no pongo un peso y el abuelo tampoco. Él me dijo que me daba la plata necesaria para la fiesta, pero no estaba en mis planes que invitaras a la hija de la tía de la hermana de la prima de Pepita.
Sin embargo, la realidad es que no era tan fácil. Si del lado de mi familia invitaban a poca gente, era coherente que del lado de Martín hubiera sólo unos pocos familiares y amigos. En cambio, si a mi madre se le ocurría invitar a un batallón, Martín debería hacer lo mismo.
Después de ver que mi madre no pensaba ceder con ese tema, tuve que llamar a Martín. Hasta ese momento, él pensaba invitar a sus padres y hermanas, dos amigos que sabían toda la historia y algún tío o primo para disimular.
- No importa a quien. Vos decile a conocidos tuyos que los invitás a una fiesta de casamiento en la que se van a poder tomar hasta el agua de los floreros y comer muchas cosas ricas. No les expliques mucho.
- ¿Que no les explique que soy yo el que se casa?
- Jajaja, no, eso se los podés decir. Pero con respecto al por qué del casamiento. Inventá algo, no sé. El tema es que mi madre está pesadísima con lo de invitar mucha gente y ya no sé que hacer. Intenté por todos los lados posibles pero no está dispuesta a ceder.
- Y bueno, veo que puedo inventar. Le digo a mis compañeros de facultad, a los de fútbol, qué sé yo.
- Sí, a cualquiera, no importa.
- Dale. Yo entre mañana y pasado les digo a todos, y cuando sepa bien quienes vienen te llamo y te paso la lista. ¿Las tarjetas ya sabés como son?
- No, ni idea. Le dije a mi madre que íbamos a pensar juntos sobre las tarjetas, pero la verdad es que no tengo idea de nada. No sé que mierda tiene que tener o no tener una tarjeta de casamiento.
- Yo menos, jaja. Mirá que esto se está complicando, chiquita.
- Sí, ya sé. No pensé que iba a haber tantas cosas sobre las que decidir. Y para peor es muy poco creíble casarnos en un mes, porque nadie puede hacer todos los preparativos en tan poco tiempo. Pero no me importa nada, me tengo que ir de casa ya.
- Sí. Vos seguí repitiendo el mismo verso. Que queremos vivir juntos y que como tu idea era hacer algo chico pensaste que no iba a ser necesario mucho tiempo - dijo mi actual marido.
- Sí, eso es lo que dije, pero tan chico no va a ser.
- Sí, igual con eso sabías que no tenías muchas probabilidades de que te fuera a hacer caso.
- Sí, pero es como que se me está yendo todo de las manos - dije, preocupada.
- ¿Por qué no hablás con una wedding planner? Al principio te pareció una mala idea, pero es una opción. Ella te va a guiar, y vos le seguís la corriente. Ahí no se va a notar que no tenés idea de nada. Vos le decís todo que sí, y listo.
- Sí, tenés razón. Es una buena idea, porque ellas ya tienen todo medio armado. Ay, querido. ¿Qué haría sin vos?
- No sé. La verdad es que no sé que harías sin mí. No sé como cualquier persona podría vivir sin mí, no entiendo. El mundo se caería abajo.
- Jajaja. Cómo te la creés, eh.
- Me la re re re creo.
- Te la reeeeeeeeeee creés. Y con razón. Bueno, chiquito, te dejo. Le voy a comunicar a mi madre mi decisión. Te quiero.
- Yo también.
- Mucho.
- Mucho.
- Achicá la lista. Yo no voy a pagar todo para cien invitados. Ya te había aclarado desde el principio que la fiesta iba a ser chica. Yo calculaba veinte o veinticinco personas de la familia, algunas amigas mías y nada más.
- Bueno, pero lo tuyo de "fiesta chica" era una exageración. Yo tengo que invitar a mis amigas, a mis compañeras de trabajo.
- Invitá algunas, no a veinte parejas de amigos y veinte más de gente del laburo.
- ¿Qué te cambia? A mis invitados los pago yo.
- ¡Que no estás respetando lo que yo quiero! Va a ser mi fiesta de casamiento, y la quiero pasar con mi familia cercana - dije. Ya no sabía que más inventar.
- Ay, pero quedo mal con todos si no los invito.
- ¡No quedás mal con nadie! Le explicás a la gente que tu hija tiene la idea de hacer algo íntimo. Si no lo entienden, problema suyo.
- Ay, Agustina, no te pongas así. Te digo que yo pago por mis invitados.
- Bueno, hacé lo que quieras. Pero mirá que yo no pongo un peso y el abuelo tampoco. Él me dijo que me daba la plata necesaria para la fiesta, pero no estaba en mis planes que invitaras a la hija de la tía de la hermana de la prima de Pepita.
Sin embargo, la realidad es que no era tan fácil. Si del lado de mi familia invitaban a poca gente, era coherente que del lado de Martín hubiera sólo unos pocos familiares y amigos. En cambio, si a mi madre se le ocurría invitar a un batallón, Martín debería hacer lo mismo.
Después de ver que mi madre no pensaba ceder con ese tema, tuve que llamar a Martín. Hasta ese momento, él pensaba invitar a sus padres y hermanas, dos amigos que sabían toda la historia y algún tío o primo para disimular.
- No importa a quien. Vos decile a conocidos tuyos que los invitás a una fiesta de casamiento en la que se van a poder tomar hasta el agua de los floreros y comer muchas cosas ricas. No les expliques mucho.
- ¿Que no les explique que soy yo el que se casa?
- Jajaja, no, eso se los podés decir. Pero con respecto al por qué del casamiento. Inventá algo, no sé. El tema es que mi madre está pesadísima con lo de invitar mucha gente y ya no sé que hacer. Intenté por todos los lados posibles pero no está dispuesta a ceder.
- Y bueno, veo que puedo inventar. Le digo a mis compañeros de facultad, a los de fútbol, qué sé yo.
- Sí, a cualquiera, no importa.
- Dale. Yo entre mañana y pasado les digo a todos, y cuando sepa bien quienes vienen te llamo y te paso la lista. ¿Las tarjetas ya sabés como son?
- No, ni idea. Le dije a mi madre que íbamos a pensar juntos sobre las tarjetas, pero la verdad es que no tengo idea de nada. No sé que mierda tiene que tener o no tener una tarjeta de casamiento.
- Yo menos, jaja. Mirá que esto se está complicando, chiquita.
- Sí, ya sé. No pensé que iba a haber tantas cosas sobre las que decidir. Y para peor es muy poco creíble casarnos en un mes, porque nadie puede hacer todos los preparativos en tan poco tiempo. Pero no me importa nada, me tengo que ir de casa ya.
- Sí. Vos seguí repitiendo el mismo verso. Que queremos vivir juntos y que como tu idea era hacer algo chico pensaste que no iba a ser necesario mucho tiempo - dijo mi actual marido.
- Sí, eso es lo que dije, pero tan chico no va a ser.
- Sí, igual con eso sabías que no tenías muchas probabilidades de que te fuera a hacer caso.
- Sí, pero es como que se me está yendo todo de las manos - dije, preocupada.
- ¿Por qué no hablás con una wedding planner? Al principio te pareció una mala idea, pero es una opción. Ella te va a guiar, y vos le seguís la corriente. Ahí no se va a notar que no tenés idea de nada. Vos le decís todo que sí, y listo.
- Sí, tenés razón. Es una buena idea, porque ellas ya tienen todo medio armado. Ay, querido. ¿Qué haría sin vos?
- No sé. La verdad es que no sé que harías sin mí. No sé como cualquier persona podría vivir sin mí, no entiendo. El mundo se caería abajo.
- Jajaja. Cómo te la creés, eh.
- Me la re re re creo.
- Te la reeeeeeeeeee creés. Y con razón. Bueno, chiquito, te dejo. Le voy a comunicar a mi madre mi decisión. Te quiero.
- Yo también.
- Mucho.
- Mucho.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Día 172 - Domingos en familia
Cuando yo era chica, almorzábamos en familia todos los domingos en un restaurante que se llamaba "El viejo turismo". A todos nos encantaba porque tenía algo para cada uno. Mi hermano, mis primos y yo comíamos milanesa con papas fritas. A los adultos les encantaba la pasta del lugar, o la parrilla que también era muy buena.
En esa época, todavía estaba el papá de mi madre, a quien yo adoraba. Todo era diferente en ese entonces. Él imponía un cierto respeto que llevaba a que entre todos se mantuviera una buena relación. Mi madre y mi tía Déborah, aunque sin hablarse, se saludaban y compartían la mesa. Mi abuela se llevaba bien con sus hijos y también con sus nietos. En la familia reinaba una cierta armonía.
Almorzamos en El viejo turismo todos los domingos exceptuando los de verano hasta que mi abuelo falleció en noviembre del año 2002. A partir de ese momento, ninguno quiso volver. Todos pensaron que hubiera sido un golpe fuerte ir a ese mismo restaurante para ver la cabecera de la mesa vacía. Así fue que empezaron a buscar otros lugares para ir, pero siempre encontraban algún problema. Donde había cosas que a los chicos nos gustaran, los adultos se quejaban de que para ellos no había nada. En otros lugares, para nosotros no había ninguna opción. Nunca nos poníamos de acuerdo.
Al poco tiempo, mi madre y mi tía dejaron definitivamente de hablarse. Ya no estaba la figura de mi abuelo como núcleo, entonces ya no sentían que tenían que mantener ningún tipo de relación. Mi tía decidió que ya no iba a ir a los almuerzos a los que fuera mi madre, por lo que mi hermano y yo perdimos contacto con mis primos. Mi abuela, sin saber que hacer después de que falleciera el hombre con el que había pasado cuarenta y ocho años de su vida y con una familia que se estaba desmoronando, decidió empezar a viajar. En febrero del año 2003 se fue a China con un grupo de viaje por un mes, y después a Japón, en donde agarró otro grupo. No estuvo para mi cumpleaños, pero traté de entender. Cuando volvió, estuvo una semana acá, y después partió Europa con las amigas por un mes y medio. Cuando retornó, estuvo diez días y después se fue a Miami con su hermano por tres semanas. Y así estuvo todo el año. Cuando volvió de Turquía, en diciembre, quiso vernos a mi hermano y a mí en los cinco días que tenía antes de irse a Los Ángeles, pero en una relación que no es buena un año entero de distancia termina por hacer estragos. Para mí, fue como perder a mis dos abuelos a la misma vez.
Durante los años siguientes, la frecuencia de sus viajes disminuyó un poco, y aumentaron los días que se quedaba en el país. Y así fue que quiso volver al ritual dominguero de almorzar en familia. En esa época, ya había empezado a decirme que estaba gorda y que tenía que cuidar mis modales si pretendía ser una princesita. Uno o dos años después, empezó con que yo tenía que dedicarme a ser telefonista porque no servía para otra cosa. Intentó convencerme de que mi misión en la vida tenía que ser conseguirme un hombre que tuviera mucha plata, con quien tener un hijo y una hija y criarlos "como buenos judíos". Y, el momento que aprovechaba para decir todas estas cosas era, precisamente, el almuerzo del domingo.
Así fue que empecé a odiar el almuerzo familiar. Sabía que iba a escuchar las mismas idioteces domingo tras domingo. Que no iba a poder con economía porque "no me daba la cabeza", que tampoco tenía sentido que hiciera esa carrera porque era muy larga, y que una opción como secretariado era "más para mí".
Llegó un punto en el que no quise ir más, pero mi madre me obligaba, lo cual hacía que yo todavía fuera al almuerzo con menos ganas. Con el tiempo, empecé a odiar el día domingo porque ya lo asociaba con la sarta de pavadas que tenía que escuchar y de la cual no podía escaparme porque o me dejaban sin plata para toda la semana o invitaban a mi abuela a comer entre semana sin avisarnos a mi hermano y a mí para que no nos pudiéramos escapar.
Sin embargo, todo esto tuvo un fin para mí el día que me mudé a este departamento. Ya no había amenaza posible que me hiciera ir a comer con mi abuela. Ni siquiera la culpa que me trataba de hacer sentir mi madre al decirme que yo no lo veía, pero que mi abuela quería lo mejor para mí. Que si ella pensaba que yo estaba gorda, me lo tenía que decir "por mi propio bien". Que, a fin de cuentas, sólo le interesaba mi bienestar.
Ahora, para mí, los domingos están muy lejos de ser un martirio. Ya no me tengo que levantar temprano para ir a comer con familiares que no quiero ver, ni tengo que soportar escuchar cosas que me desvalorizan. Ahora me levanto a la hora que quiero, desayuno en silencio, y no me sacó el camisón en todo el día. Me pido algo para almorzar y lo como tranquila, sin que nadie me moleste. Los domingos, para mí, ahora representan la paz que no pude tener en estos últimos años.
Y un domingo cada tanto mi mente decide remontarse a otros tiempos. Y hoy, por ejemplo, pienso en que me gustaría volver a tener ocho años, cuando todavía mi abuela no me había dicho que tenía prohibido el pan y la manteca porque sino iba a ser gorda y ningún hombre me iba a querer. Hoy, quiero volver a esa época en la cual mis primos todavía existían en mi vida y los domingos eran el día en el que nos veíamos. Y hoy, sobre todo, quiero volver a ser la nena que se sienta en la falda del abuelo, y escucha no sólo que es preciosa, sino tan inteligente y brillante que en la vida va a poder hacer cualquier cosa que se proponga.
En esa época, todavía estaba el papá de mi madre, a quien yo adoraba. Todo era diferente en ese entonces. Él imponía un cierto respeto que llevaba a que entre todos se mantuviera una buena relación. Mi madre y mi tía Déborah, aunque sin hablarse, se saludaban y compartían la mesa. Mi abuela se llevaba bien con sus hijos y también con sus nietos. En la familia reinaba una cierta armonía.
Almorzamos en El viejo turismo todos los domingos exceptuando los de verano hasta que mi abuelo falleció en noviembre del año 2002. A partir de ese momento, ninguno quiso volver. Todos pensaron que hubiera sido un golpe fuerte ir a ese mismo restaurante para ver la cabecera de la mesa vacía. Así fue que empezaron a buscar otros lugares para ir, pero siempre encontraban algún problema. Donde había cosas que a los chicos nos gustaran, los adultos se quejaban de que para ellos no había nada. En otros lugares, para nosotros no había ninguna opción. Nunca nos poníamos de acuerdo.
Al poco tiempo, mi madre y mi tía dejaron definitivamente de hablarse. Ya no estaba la figura de mi abuelo como núcleo, entonces ya no sentían que tenían que mantener ningún tipo de relación. Mi tía decidió que ya no iba a ir a los almuerzos a los que fuera mi madre, por lo que mi hermano y yo perdimos contacto con mis primos. Mi abuela, sin saber que hacer después de que falleciera el hombre con el que había pasado cuarenta y ocho años de su vida y con una familia que se estaba desmoronando, decidió empezar a viajar. En febrero del año 2003 se fue a China con un grupo de viaje por un mes, y después a Japón, en donde agarró otro grupo. No estuvo para mi cumpleaños, pero traté de entender. Cuando volvió, estuvo una semana acá, y después partió Europa con las amigas por un mes y medio. Cuando retornó, estuvo diez días y después se fue a Miami con su hermano por tres semanas. Y así estuvo todo el año. Cuando volvió de Turquía, en diciembre, quiso vernos a mi hermano y a mí en los cinco días que tenía antes de irse a Los Ángeles, pero en una relación que no es buena un año entero de distancia termina por hacer estragos. Para mí, fue como perder a mis dos abuelos a la misma vez.
Durante los años siguientes, la frecuencia de sus viajes disminuyó un poco, y aumentaron los días que se quedaba en el país. Y así fue que quiso volver al ritual dominguero de almorzar en familia. En esa época, ya había empezado a decirme que estaba gorda y que tenía que cuidar mis modales si pretendía ser una princesita. Uno o dos años después, empezó con que yo tenía que dedicarme a ser telefonista porque no servía para otra cosa. Intentó convencerme de que mi misión en la vida tenía que ser conseguirme un hombre que tuviera mucha plata, con quien tener un hijo y una hija y criarlos "como buenos judíos". Y, el momento que aprovechaba para decir todas estas cosas era, precisamente, el almuerzo del domingo.
Así fue que empecé a odiar el almuerzo familiar. Sabía que iba a escuchar las mismas idioteces domingo tras domingo. Que no iba a poder con economía porque "no me daba la cabeza", que tampoco tenía sentido que hiciera esa carrera porque era muy larga, y que una opción como secretariado era "más para mí".
Llegó un punto en el que no quise ir más, pero mi madre me obligaba, lo cual hacía que yo todavía fuera al almuerzo con menos ganas. Con el tiempo, empecé a odiar el día domingo porque ya lo asociaba con la sarta de pavadas que tenía que escuchar y de la cual no podía escaparme porque o me dejaban sin plata para toda la semana o invitaban a mi abuela a comer entre semana sin avisarnos a mi hermano y a mí para que no nos pudiéramos escapar.
Sin embargo, todo esto tuvo un fin para mí el día que me mudé a este departamento. Ya no había amenaza posible que me hiciera ir a comer con mi abuela. Ni siquiera la culpa que me trataba de hacer sentir mi madre al decirme que yo no lo veía, pero que mi abuela quería lo mejor para mí. Que si ella pensaba que yo estaba gorda, me lo tenía que decir "por mi propio bien". Que, a fin de cuentas, sólo le interesaba mi bienestar.
Ahora, para mí, los domingos están muy lejos de ser un martirio. Ya no me tengo que levantar temprano para ir a comer con familiares que no quiero ver, ni tengo que soportar escuchar cosas que me desvalorizan. Ahora me levanto a la hora que quiero, desayuno en silencio, y no me sacó el camisón en todo el día. Me pido algo para almorzar y lo como tranquila, sin que nadie me moleste. Los domingos, para mí, ahora representan la paz que no pude tener en estos últimos años.
Y un domingo cada tanto mi mente decide remontarse a otros tiempos. Y hoy, por ejemplo, pienso en que me gustaría volver a tener ocho años, cuando todavía mi abuela no me había dicho que tenía prohibido el pan y la manteca porque sino iba a ser gorda y ningún hombre me iba a querer. Hoy, quiero volver a esa época en la cual mis primos todavía existían en mi vida y los domingos eran el día en el que nos veíamos. Y hoy, sobre todo, quiero volver a ser la nena que se sienta en la falda del abuelo, y escucha no sólo que es preciosa, sino tan inteligente y brillante que en la vida va a poder hacer cualquier cosa que se proponga.
martes, 3 de noviembre de 2009
Día 168 - Flashback: Los preparativos
- ¿Y del salón qué pensaste? - preguntó mi madre mientras yo miraba por la ventana.
- No tengo ni idea. No conozco salones.
- ¡Pero vos no tenés idea de nada! ¿Qué te pasa? ¿No te importa el casamiento?
La verdad era que no, no me importaba el casamiento. Para mí era un medio para llegar a un fin. Pero por supuesto que esto no se podía notar.
- Ay, mamá, no digas pavadas. ¿Cómo no me va a importar? Del vestido ya me estoy ocupando, pero del salón no tengo ni idea. El único salón que conozco es en el que hicimos mi bat mitzvah y la de Fabián, pero es demasiado grande.
- Invitamos ciento cincuenta personas para esas fiestas, tampoco es tan grande el lugar.
- Bueno, pero ahora van a haber, como mucho, cincuenta. Así que hay que buscar otro.
- Igual puedo averiguar si está libre, aunque no creo. ¿Por qué se les ocurrió casarse tan rápido? Yo no entiendo.
- Porque sí, mamá. No queremos hacer una fiesta enorme y tirar plata a la basura. Queremos hacer algo chico, tranquilo, y después irnos a nuestro departamento soñado. Para lo que queremos no es necesario esperar. Algún salón vamos a conseguir.
- Bueno, pero igual, armar una fiesta en un mes es una locura.
- A ver si te queda claro algo, mamá. Nadie te pidió ayuda ni opinión. Si querés buscar salón vos porque sabés del tema, genial, pero no opines sobre la fecha ni nada porque eso ya elegimos. Si te parece que un mes es muy poco tiempo para encontrar un lugar lindo, dejámelo a mí.
- No, no, yo busco. Andá a saber que se te ocurre a vos sino...
- ¿Qué dijiste?
- Nada. Que yo me ocupo.
- Genial.
La verdad es que yo no tenía idea de por donde empezar, pero no me molestaba mucho tampoco. Cada vez que mi madre se acercaba con propuestas, mi mente abandonaba ese lugar. En vez de su cara, pasaba a ver ese departamento que me había encantado.
- Es muy chico - dijo mi abuelo cuando me lo llevó a mostrar. - Igual para ustedes dos no está mal. Si algún día deciden tener hijos les regalo uno más grande.
- Gracias, abuelo, pero no va a ser necesario. Me gusta este.
- ¿No te parece muy chico?
- No, abuelito. Es perfecto.
Y para mí lo era. Era la perfección absoluta, la felicidad total. Ya me podía imaginar mi vida en esos cuarenta y ocho metros cuadrados. Sería un departamento mío, sólo mío. Viviría tranquila y en paz y no tendría que darle explicaciones a nadie.
Sin embargo, sabía que tampoco iba a ser tán fácil. El estilo de vida que había tenido hasta ese momento llegaría a su fin. El turno semanal con la masajista quedaría en la historia, al igual que hacerme las manos y los pies. Ya no podría comprarme ropa y zapatos seguido, ni llamar a mis amigas a Israel día por medio. Tendría que preocuparme por cosas en las que nunca en mi vida me había tenido que fijar. Tendría que aprender a organizarme para pagar cada una de las cuentas antes del vencimiento. La comida ya no estaría todos los días esperándome en la mesa, sino que la tendría que preparar yo. Con la ropa pasaría algo parecido, y con el orden del hogar también.
Sabía que iba a ser difícil vivir sola, pero no me importaba. Sabía, también, que para lograrlo iba a tener que pasarme un mes a dieta, buscando salones, eligiendo la comida, probándome vestidos, eligiendo colores de servilletas y centros de mesa, probándome zapatos, viendo a maquilladores y peluqueros, y visitando joyerías. Sabía que iba a tener que hacer todas estas cosas, pero tenía clarísimo que nada era tan grave como seguir viviendo en mi casa. Y eso era, para mí, lo único que importaba.
- No tengo ni idea. No conozco salones.
- ¡Pero vos no tenés idea de nada! ¿Qué te pasa? ¿No te importa el casamiento?
La verdad era que no, no me importaba el casamiento. Para mí era un medio para llegar a un fin. Pero por supuesto que esto no se podía notar.
- Ay, mamá, no digas pavadas. ¿Cómo no me va a importar? Del vestido ya me estoy ocupando, pero del salón no tengo ni idea. El único salón que conozco es en el que hicimos mi bat mitzvah y la de Fabián, pero es demasiado grande.
- Invitamos ciento cincuenta personas para esas fiestas, tampoco es tan grande el lugar.
- Bueno, pero ahora van a haber, como mucho, cincuenta. Así que hay que buscar otro.
- Igual puedo averiguar si está libre, aunque no creo. ¿Por qué se les ocurrió casarse tan rápido? Yo no entiendo.
- Porque sí, mamá. No queremos hacer una fiesta enorme y tirar plata a la basura. Queremos hacer algo chico, tranquilo, y después irnos a nuestro departamento soñado. Para lo que queremos no es necesario esperar. Algún salón vamos a conseguir.
- Bueno, pero igual, armar una fiesta en un mes es una locura.
- A ver si te queda claro algo, mamá. Nadie te pidió ayuda ni opinión. Si querés buscar salón vos porque sabés del tema, genial, pero no opines sobre la fecha ni nada porque eso ya elegimos. Si te parece que un mes es muy poco tiempo para encontrar un lugar lindo, dejámelo a mí.
- No, no, yo busco. Andá a saber que se te ocurre a vos sino...
- ¿Qué dijiste?
- Nada. Que yo me ocupo.
- Genial.
La verdad es que yo no tenía idea de por donde empezar, pero no me molestaba mucho tampoco. Cada vez que mi madre se acercaba con propuestas, mi mente abandonaba ese lugar. En vez de su cara, pasaba a ver ese departamento que me había encantado.
- Es muy chico - dijo mi abuelo cuando me lo llevó a mostrar. - Igual para ustedes dos no está mal. Si algún día deciden tener hijos les regalo uno más grande.
- Gracias, abuelo, pero no va a ser necesario. Me gusta este.
- ¿No te parece muy chico?
- No, abuelito. Es perfecto.
Y para mí lo era. Era la perfección absoluta, la felicidad total. Ya me podía imaginar mi vida en esos cuarenta y ocho metros cuadrados. Sería un departamento mío, sólo mío. Viviría tranquila y en paz y no tendría que darle explicaciones a nadie.
Sin embargo, sabía que tampoco iba a ser tán fácil. El estilo de vida que había tenido hasta ese momento llegaría a su fin. El turno semanal con la masajista quedaría en la historia, al igual que hacerme las manos y los pies. Ya no podría comprarme ropa y zapatos seguido, ni llamar a mis amigas a Israel día por medio. Tendría que preocuparme por cosas en las que nunca en mi vida me había tenido que fijar. Tendría que aprender a organizarme para pagar cada una de las cuentas antes del vencimiento. La comida ya no estaría todos los días esperándome en la mesa, sino que la tendría que preparar yo. Con la ropa pasaría algo parecido, y con el orden del hogar también.
Sabía que iba a ser difícil vivir sola, pero no me importaba. Sabía, también, que para lograrlo iba a tener que pasarme un mes a dieta, buscando salones, eligiendo la comida, probándome vestidos, eligiendo colores de servilletas y centros de mesa, probándome zapatos, viendo a maquilladores y peluqueros, y visitando joyerías. Sabía que iba a tener que hacer todas estas cosas, pero tenía clarísimo que nada era tan grave como seguir viviendo en mi casa. Y eso era, para mí, lo único que importaba.
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viernes, 30 de octubre de 2009
Día 164 - Flashback: Here comes the bride, all dressed in white
- Hablé con una modista - dijo mi madre. - Vamos mañana a las tres.
- ¿Una modista? ¿No te parece un poco exagerado?
- ¿Exagerado? ¡Es tu vestido de novia!
- Sí, ya sé. Pero como va a ser algo chico, no me pareció necesario mandar a hacer el vestido.
- Bueno, a ver. Yo sé que se te ocurrió eso de hacer una fiesta chica, pero ya vas a recapacitar. Mientras, nos encargamos del vestido.
- No se discute el tamaño de la fiesta. Ya lo hablamos.
- Bueno, bueno, Agustinita. Veamos el tema del vestido.
- Bueno. Yo tenía ganas de ir a Las Oreiro a ver que hay.
- Muy tranquilo lo tuyo. Vas a ir "a ver que hay". ¡¿No te das cuenta de que te casás en un mes?!
- Ay, mamá. Tranquizate. Hay tiempo. Voy a ir a Las Oreiro a ver que encuentro y si no hay nada, vamos a lo de la modista.
- ¿A Las Oreiro? ¿Vos estás loca?
- Sí, a Las Oreiro. Tienen vestidos hermosos.
- Sí, mi amor, pero no son para vos.
- ¿Y eso qué quiere decir? - pregunté enojada.
- Que son para chicas flaquitas. Y bueno, vos sabés que no estás en tu mejor momento y...
- ¿Estás diciendo que no me van a entrar? - pregunté interrumpiéndola.
- No, no. Capaz que sí. Tampoco es que estás tan gorda. Rellenita, diría yo.
- No estoy rellenita, estoy bien. Y tengo ganas de ir a ver que onda. Le pido a Valentina que me acompañe para tener una segunda opinión.
- Pero, chiquita, como se ve que no entendés nada. ¿Cómo vas a ir a comprarte tu vestido de novia con una amiga? ¡Siempre te va a decir que te queda bien! Tenés que ir conmigo, ya sabés que te voy a ser honesta.
- Vale me va a decir la verdad. Tampoco va a querer que pase vergüenza - dije.
- A ver, Agustinita, razonemos. Vos viste como son los vestidos de Las Oreiro. Marcan mucho "las curvas".
- ¿Las curvas? - pregunté, sabiendo perfectamente cual era la respuesta.
- Sí, bueno, la cola. La tuya que ya es grande con uno de esos vestidos se va a ver enorme. Y tu amiguita no te lo va a decir, ¿entendés?
- Contigo no se puede hablar. Voy a ir hasta ahí a probarme y veo. Si hay alguno en particular que me llame la atención, después vas vos y me lo pruebo de nuevo. Estuve mirando en la página web y tienen vestidos preciosos. Hay uno blanco con un detalle negro...
- Negro es de luto - me interrumpió. - Sólo blanco puede ser.
- Ay, mamá. Eso es viejísimo. Me coparía que el vestido fuera de otro color. O por lo menos que tuviera algún detalle en otro color.
- Puedo tolerar que te compres un vestido en vez de que te lo mandes a hacer. Pero ya habíamos acordado que ibas a caminar por el altar, con tu vestido blanco. No me vas a sacar el placer de ver a mi nena caminar con su vestidito precioso y blanquito.
- Puede ser un vestido precioso pero que no sea blanco.
- ¡Qué ganas de romper las tradiciones!
- Sí, soy una revolucionaria.
- ¡Pero sí! ¿Qué más se te va a ocurrir ahora? Fiesta chica, vestido que no sea blanco, yo ya no sé. Es todo al revés con vos.
- Ay, mamá. Basta.
- Basta vos. Te vas a casar de blanco, como símbolo de pureza. Como todas las chicas vírgenes.
- Sí, claro - dije, y agregué bajito. - Lástima que hace mucho que no soy...
- ¿Qué dijiste?
- Nada, mamá. Nada.
- ¿Una modista? ¿No te parece un poco exagerado?
- ¿Exagerado? ¡Es tu vestido de novia!
- Sí, ya sé. Pero como va a ser algo chico, no me pareció necesario mandar a hacer el vestido.
- Bueno, a ver. Yo sé que se te ocurrió eso de hacer una fiesta chica, pero ya vas a recapacitar. Mientras, nos encargamos del vestido.
- No se discute el tamaño de la fiesta. Ya lo hablamos.
- Bueno, bueno, Agustinita. Veamos el tema del vestido.
- Bueno. Yo tenía ganas de ir a Las Oreiro a ver que hay.
- Muy tranquilo lo tuyo. Vas a ir "a ver que hay". ¡¿No te das cuenta de que te casás en un mes?!
- Ay, mamá. Tranquizate. Hay tiempo. Voy a ir a Las Oreiro a ver que encuentro y si no hay nada, vamos a lo de la modista.
- ¿A Las Oreiro? ¿Vos estás loca?
- Sí, a Las Oreiro. Tienen vestidos hermosos.
- Sí, mi amor, pero no son para vos.
- ¿Y eso qué quiere decir? - pregunté enojada.
- Que son para chicas flaquitas. Y bueno, vos sabés que no estás en tu mejor momento y...
- ¿Estás diciendo que no me van a entrar? - pregunté interrumpiéndola.
- No, no. Capaz que sí. Tampoco es que estás tan gorda. Rellenita, diría yo.
- No estoy rellenita, estoy bien. Y tengo ganas de ir a ver que onda. Le pido a Valentina que me acompañe para tener una segunda opinión.
- Pero, chiquita, como se ve que no entendés nada. ¿Cómo vas a ir a comprarte tu vestido de novia con una amiga? ¡Siempre te va a decir que te queda bien! Tenés que ir conmigo, ya sabés que te voy a ser honesta.
- Vale me va a decir la verdad. Tampoco va a querer que pase vergüenza - dije.
- A ver, Agustinita, razonemos. Vos viste como son los vestidos de Las Oreiro. Marcan mucho "las curvas".
- ¿Las curvas? - pregunté, sabiendo perfectamente cual era la respuesta.
- Sí, bueno, la cola. La tuya que ya es grande con uno de esos vestidos se va a ver enorme. Y tu amiguita no te lo va a decir, ¿entendés?
- Contigo no se puede hablar. Voy a ir hasta ahí a probarme y veo. Si hay alguno en particular que me llame la atención, después vas vos y me lo pruebo de nuevo. Estuve mirando en la página web y tienen vestidos preciosos. Hay uno blanco con un detalle negro...
- Negro es de luto - me interrumpió. - Sólo blanco puede ser.
- Ay, mamá. Eso es viejísimo. Me coparía que el vestido fuera de otro color. O por lo menos que tuviera algún detalle en otro color.
- Puedo tolerar que te compres un vestido en vez de que te lo mandes a hacer. Pero ya habíamos acordado que ibas a caminar por el altar, con tu vestido blanco. No me vas a sacar el placer de ver a mi nena caminar con su vestidito precioso y blanquito.
- Puede ser un vestido precioso pero que no sea blanco.
- ¡Qué ganas de romper las tradiciones!
- Sí, soy una revolucionaria.
- ¡Pero sí! ¿Qué más se te va a ocurrir ahora? Fiesta chica, vestido que no sea blanco, yo ya no sé. Es todo al revés con vos.
- Ay, mamá. Basta.
- Basta vos. Te vas a casar de blanco, como símbolo de pureza. Como todas las chicas vírgenes.
- Sí, claro - dije, y agregué bajito. - Lástima que hace mucho que no soy...
- ¿Qué dijiste?
- Nada, mamá. Nada.
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domingo, 25 de octubre de 2009
Día 159 - Iom Uledet Sameaj * (I)
Teníamos que estar a la una en lo de mi abuelo, y para llegar desde mi casa hasta la suya es más o menos media hora. Como Martín llegó muy cerca de las doce y media, tuvimos que dejar la charla sobre nosotros para después.
En el trayecto hasta la casa de mi abuelito, mi marido se me trató de acercar y yo estuve distante. En varios momentos me tocó el pelo, en otros la pierna y en algunos hasta se acercó para darme un beso. En más de una ocasión, sucumbí.
Cuando estábamos a punto de llegar, me mandó un mensaje mi hermano diciéndome que lo esperáramos que ya venía. En principio había decidido no ir para no ver a mis padres, pero se ve que a último momento se arrepintió. Supongo que lo que lo hizo cambiar de opinión fue el hecho de priorizar el cumpleaños de mi abuelo ya que su condición no es la mejor.
Diez minutos después del llamado, llegó. Se había quedado a dormir en lo de un amigo que vivía cerca y por suerte no hubo que esperarlo mucho. Nos subimos los tres al ascensor, y yo apreté el cuatro. Cuando tocamos timbre, nos abrió mi padre, quien abrazó fuerte a Fabián y le dijo que se alegraba de verlo bien. Mi hermano le palmeó la espalda y se separó despacio de él. Atrás suyo se encontraba mi madre quien muy falsamente gritó "Fabiancito, mi amor" a la vez que estiró los brazos como si quisiera abrazarlo, lo cual mi hermano ignoró olimpícamente. Sin si quiera mirarla, se dirigió hacia donde estaba mi abuelo. Atrás suyo, Martín y yo fuimos en la misma dirección, abrazados como si fuéramos una pareja de verdad.
- ¡Chiquita! - gritó mi abuelo cuando me vio.
Me acerqué a él y lo abracé muy fuerte.
- ¡Feliz cumple, abuelito!
- Gracias, viejita. ¡Cada día más linda!
- Eso lo decís porque sos mi abuelo.
- No, no es verdad. Siempre sos la chica más linda de todo el lugar. ¿Verdad que es la más linda? - preguntó dirigiéndose a Martín.
- Por supuesto - contestó mi marido. - Muy feliz cumpleaños.
- Gracias, gracias - dijo mi abuelo.
Fui caminando hacia el fondo del living, en donde estaba mi tío Mauricio con su esposa ficticia, Fernanda. Los saludé a ambos y después Martín hizo lo mismo. Para mi sorpresa, al lado de ambos, se encontraba un rabino.
- Buenas tardes, señor - dije, sin saber mucho que hacer.
- Shalom - dijo, y nos miró a Martín y a mí. - Asumo que ustedes dos son la parejita que anda teniendo problemas.
* Feliz cumpleaños en hebreo.
En el trayecto hasta la casa de mi abuelito, mi marido se me trató de acercar y yo estuve distante. En varios momentos me tocó el pelo, en otros la pierna y en algunos hasta se acercó para darme un beso. En más de una ocasión, sucumbí.
Cuando estábamos a punto de llegar, me mandó un mensaje mi hermano diciéndome que lo esperáramos que ya venía. En principio había decidido no ir para no ver a mis padres, pero se ve que a último momento se arrepintió. Supongo que lo que lo hizo cambiar de opinión fue el hecho de priorizar el cumpleaños de mi abuelo ya que su condición no es la mejor.
Diez minutos después del llamado, llegó. Se había quedado a dormir en lo de un amigo que vivía cerca y por suerte no hubo que esperarlo mucho. Nos subimos los tres al ascensor, y yo apreté el cuatro. Cuando tocamos timbre, nos abrió mi padre, quien abrazó fuerte a Fabián y le dijo que se alegraba de verlo bien. Mi hermano le palmeó la espalda y se separó despacio de él. Atrás suyo se encontraba mi madre quien muy falsamente gritó "Fabiancito, mi amor" a la vez que estiró los brazos como si quisiera abrazarlo, lo cual mi hermano ignoró olimpícamente. Sin si quiera mirarla, se dirigió hacia donde estaba mi abuelo. Atrás suyo, Martín y yo fuimos en la misma dirección, abrazados como si fuéramos una pareja de verdad.
- ¡Chiquita! - gritó mi abuelo cuando me vio.
Me acerqué a él y lo abracé muy fuerte.
- ¡Feliz cumple, abuelito!
- Gracias, viejita. ¡Cada día más linda!
- Eso lo decís porque sos mi abuelo.
- No, no es verdad. Siempre sos la chica más linda de todo el lugar. ¿Verdad que es la más linda? - preguntó dirigiéndose a Martín.
- Por supuesto - contestó mi marido. - Muy feliz cumpleaños.
- Gracias, gracias - dijo mi abuelo.
Fui caminando hacia el fondo del living, en donde estaba mi tío Mauricio con su esposa ficticia, Fernanda. Los saludé a ambos y después Martín hizo lo mismo. Para mi sorpresa, al lado de ambos, se encontraba un rabino.
- Buenas tardes, señor - dije, sin saber mucho que hacer.
- Shalom - dijo, y nos miró a Martín y a mí. - Asumo que ustedes dos son la parejita que anda teniendo problemas.
* Feliz cumpleaños en hebreo.
jueves, 22 de octubre de 2009
Día 156 - Flashback: Buscadores de tesoros
Al otro día de que le dejé el cartel a mi madre implicando que la que tenía que adelgazar era ella, en seguida noté que el clima en mi casa se estaba poniendo cada vez más pesado.
Cuando me levanté vi a María cocinando una tarta de jamón y queso. Normalmente, lo que dejaba los sábados cuando se iba eran empanadas, pero me comentó que mi madre le había dicho que las empanadas tenían mucha masa y que hasta el día de mi casamiento estaban prohibidas. Ya arranqué mal el día.
A eso de las ocho de la noche, volví de tomar un café con una amiga y abrí la heladera para servirme un vaso de coca. Para mi sorpresa, la coca de un litro y medio que había visto de mañana había desaparecido sin dejar rastro. Fui hasta el cuarto de Fabián y le pregunté si se la había tomado él y me dijo que no. Que había ido después de almorzar a servirse un vaso y que no la había encontrado. Entre los dos pensamos que era imposible que mis padres se hubieran tomado la botella entera, por lo cual decidimos preguntarle a María que había pasado con la coca. Le mandamos un mensaje de texto preguntándole por el paradero de la famosa botella y nos contestó que ella no se quería meter.
- Gorda cerda, ¿qué quiere decir con que no se quiere meter?
- Que acá mamá hizo algo. Seguro que escondió la coca para que yo no me hinche o alguna pelotudez del estilo.
- ¿Decís que volvió a esconder las cosas como cuando eramos chicos? - preguntó Fabián.
- Para mí que sí.
Fuimos a la cocina y empezamos a buscarla. Abrimos los roperos, revisamos todos los rincones de la heladera y hasta nos fijamos atrás de ella. Nada. Decidimos ir al escritorio de mi madre, que es un cuarto de casa vieja enteramente dedicado a guardar porquerías suyas. Revolvimos absolutamente todo, nos fijamos adentro de cada cajón, en los roperos y atrás de unas cajas. La coca seguía sin aparecer. El siguiente lugar de búsqueda fue el cuarto nuestros padres, en donde tampoco obtuvimos ningún resultado. Ya vencidos, fuimos al living. Encontrar esta coca era más difícil que encontrar oro.
Nos fijamos abajo de una mesa, en los sillones, adentro de un ropero y de la coca ni rastros. En un momento, mi hermano se sentó en la silla de computadora y vio una bolsa de Levi's en el piso. Sorprendentemente, la coca estaba ahí adentro, tapada con dos remeras. En mi vida me hubiera imaginado que una coca que originalmente pertenecía a la heladera se encontraba en el piso del living al lado de la impresora. Para peor, estaba caliente y tuvimos que esperar a que se enfriara para poder tomarla. Mientras, nos sentamos en las sillas del comedor.
- Tengo hambre, gorda - dijo Fabián.
- Hay tarta de jamón y queso.
- ¿Dónde? - preguntó mientras iba hacia la cocina.
- ¿No está arriba de la mesada?
- No.
Me acerqué a donde estaba él y vi que en el lugar en el cual María siempre nos dejaba lo que había preparado estaba vacío.
- Lo único que falta es que tengamos que hacer otra búsqueda del tesoro para encontrar la tarta - dije, previsiblemente molesta.
- Si escondió la coca, escondió la tarta también.
Ya bastante enojados, empezamos a buscarla. Descartamos, en principio, todos los lugares de la casa en donde habíamos estado buscando la coca. Nuestro territorio de búsqueda se redujo, por lo tanto, a la cocina. En la heladera no estaba, tampoco en el microondas ni adentro del horno. Nos fijamos arriba de la heladera, en el cajón de los cubiertos y en los roperos. Nada. Lo único que nos quedaba era el cuarto de María.
- ¿Decís que entremos? - pregunté. - No da.
- Entramos un segundo y si no vemos nada, nos vamos.
Entramos al cuarto, y a primera vista no encontramos nada. No sé por qué, a Fabián se le dio por abrir el primer cajón de la cómoda. Y ahí estaba. El premio. El tesoro. La tarta de jamón y queso.
Cuando me levanté vi a María cocinando una tarta de jamón y queso. Normalmente, lo que dejaba los sábados cuando se iba eran empanadas, pero me comentó que mi madre le había dicho que las empanadas tenían mucha masa y que hasta el día de mi casamiento estaban prohibidas. Ya arranqué mal el día.
A eso de las ocho de la noche, volví de tomar un café con una amiga y abrí la heladera para servirme un vaso de coca. Para mi sorpresa, la coca de un litro y medio que había visto de mañana había desaparecido sin dejar rastro. Fui hasta el cuarto de Fabián y le pregunté si se la había tomado él y me dijo que no. Que había ido después de almorzar a servirse un vaso y que no la había encontrado. Entre los dos pensamos que era imposible que mis padres se hubieran tomado la botella entera, por lo cual decidimos preguntarle a María que había pasado con la coca. Le mandamos un mensaje de texto preguntándole por el paradero de la famosa botella y nos contestó que ella no se quería meter.
- Gorda cerda, ¿qué quiere decir con que no se quiere meter?
- Que acá mamá hizo algo. Seguro que escondió la coca para que yo no me hinche o alguna pelotudez del estilo.
- ¿Decís que volvió a esconder las cosas como cuando eramos chicos? - preguntó Fabián.
- Para mí que sí.
Fuimos a la cocina y empezamos a buscarla. Abrimos los roperos, revisamos todos los rincones de la heladera y hasta nos fijamos atrás de ella. Nada. Decidimos ir al escritorio de mi madre, que es un cuarto de casa vieja enteramente dedicado a guardar porquerías suyas. Revolvimos absolutamente todo, nos fijamos adentro de cada cajón, en los roperos y atrás de unas cajas. La coca seguía sin aparecer. El siguiente lugar de búsqueda fue el cuarto nuestros padres, en donde tampoco obtuvimos ningún resultado. Ya vencidos, fuimos al living. Encontrar esta coca era más difícil que encontrar oro.
Nos fijamos abajo de una mesa, en los sillones, adentro de un ropero y de la coca ni rastros. En un momento, mi hermano se sentó en la silla de computadora y vio una bolsa de Levi's en el piso. Sorprendentemente, la coca estaba ahí adentro, tapada con dos remeras. En mi vida me hubiera imaginado que una coca que originalmente pertenecía a la heladera se encontraba en el piso del living al lado de la impresora. Para peor, estaba caliente y tuvimos que esperar a que se enfriara para poder tomarla. Mientras, nos sentamos en las sillas del comedor.
- Tengo hambre, gorda - dijo Fabián.
- Hay tarta de jamón y queso.
- ¿Dónde? - preguntó mientras iba hacia la cocina.
- ¿No está arriba de la mesada?
- No.
Me acerqué a donde estaba él y vi que en el lugar en el cual María siempre nos dejaba lo que había preparado estaba vacío.
- Lo único que falta es que tengamos que hacer otra búsqueda del tesoro para encontrar la tarta - dije, previsiblemente molesta.
- Si escondió la coca, escondió la tarta también.
Ya bastante enojados, empezamos a buscarla. Descartamos, en principio, todos los lugares de la casa en donde habíamos estado buscando la coca. Nuestro territorio de búsqueda se redujo, por lo tanto, a la cocina. En la heladera no estaba, tampoco en el microondas ni adentro del horno. Nos fijamos arriba de la heladera, en el cajón de los cubiertos y en los roperos. Nada. Lo único que nos quedaba era el cuarto de María.
- ¿Decís que entremos? - pregunté. - No da.
- Entramos un segundo y si no vemos nada, nos vamos.
Entramos al cuarto, y a primera vista no encontramos nada. No sé por qué, a Fabián se le dio por abrir el primer cajón de la cómoda. Y ahí estaba. El premio. El tesoro. La tarta de jamón y queso.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Día 149 - El regreso de los muertos vivos (II)
Me miró desafiante.
- Mirá que la llamo, eh.
- Dale, llamá - dije. Ella empezó a buscar el número de mi madre.
- ¡Borraste el número!
- ¡Obvio que lo borré! ¡Hija de puta! No puedo creer que ibas a llamar.
- Obvio que iba a llamar. Pero bueno, no importa, voy hasta tu casa y le digo todo.
- Dale, andá y decile todo. Sacate las ganas de delatarme. Hacelo de yegua que sos, porque sabés que no ganas nada. De cínica de mierda, sólo por verme mal a mí.
- Mirá que voy.
- No me cabe ninguna duda que sos capaz de ir. ¡Si sos una hija de puta! Sabés que mi hermano está durmiendo en el piso de mi living hace como dos semanas sólo para no volver a mi otra casa y aún así querés ir a decirle a mi madre. ¿Qué ganás con eso? ¡Nada! Sólo joderlo a él y joderme a mí.
-...
- No te quiero ver más. Andate. Y esta vez no vuelvas.
- Sabés qué, me voy. Y ya vas a oír de mi. Bah, de tu mamá.
Y se fue dando un portazo. ¿Quién le abrió abajo? Ni idea. Me quedé muy nerviosa por la situación y vine a la computadora. Traté de distraerme pero no pude. ¿Y si le decía? A las dos horas llamó mi mamá, pero no la atendí, estaba muerta de miedo. Siguió llamando insistentemente pero apagué el celular. Pero como siempre, se salió con la suya y me agarró desprevenida: llamó a casa y, distraida, atendí.
-¿Hola?
-¡Agustina! ¡Al fin!
-¿Qué pasa?
-¿Por qué no me atendías?
-Estaba ocupada.
-Hablé con Valentina.
Me quedé callada. Me morí de miedo. La voz de mi mamá temblaba de furia y yo me sentí otra vez como cuando a los dieciséis encontró un chocolate de medio kilo escondido bajo mi almohada, todo comido y medio derretido.
-¡Agustina, hablá!
-¿Qué querés que te diga?
-Nada. Me contó todo.
-¿Todo qué?
-¡Que fue a visitarte y la echaste de tu casa! Se siente muy mal. Esto es porque estás mal con Martín. Tienen que hacer terapia de pareja.
-Dejame en paz, mamá.
-No, los espero a comer éste domingo al mediodía. Voy a invitar a comer al rabino xxxxx para que los aconseje. Sin excusas - dijo, y cortó.
Lo único que me faltaba. Que esta pelotuda fuera a decirle a mi madre que la había echado de mi casa. Me la imaginaba diciendo con voz de estúpida "Jaqueline, tu hija me echó de su casa. A mí, que soy su amiga del alma". En cualquier caso es mejor que le haya dicho esa pavada a que se le hubiera ocurrido decir toda la verdad. No sé ni por qué no lo dijo, se ve que a último momento le vino un toque de compasión o lo que fuera.
Y después, mi madre. También, una pavada atrás de la otra. Que eché a Valentina de mi casa porque estoy mal con Martín. Bien. Y que ella considera que tenemos que hacer terapia de pareja. Bárbaro. Igual, sin duda lo peor fue lo último. El hecho de que piense que si Martín y yo estamos mal, lo podemos solucionar con los consejos de un rabino. Eso es simplemente genial.
- Mirá que la llamo, eh.
- Dale, llamá - dije. Ella empezó a buscar el número de mi madre.
- ¡Borraste el número!
- ¡Obvio que lo borré! ¡Hija de puta! No puedo creer que ibas a llamar.
- Obvio que iba a llamar. Pero bueno, no importa, voy hasta tu casa y le digo todo.
- Dale, andá y decile todo. Sacate las ganas de delatarme. Hacelo de yegua que sos, porque sabés que no ganas nada. De cínica de mierda, sólo por verme mal a mí.
- Mirá que voy.
- No me cabe ninguna duda que sos capaz de ir. ¡Si sos una hija de puta! Sabés que mi hermano está durmiendo en el piso de mi living hace como dos semanas sólo para no volver a mi otra casa y aún así querés ir a decirle a mi madre. ¿Qué ganás con eso? ¡Nada! Sólo joderlo a él y joderme a mí.
-...
- No te quiero ver más. Andate. Y esta vez no vuelvas.
- Sabés qué, me voy. Y ya vas a oír de mi. Bah, de tu mamá.
Y se fue dando un portazo. ¿Quién le abrió abajo? Ni idea. Me quedé muy nerviosa por la situación y vine a la computadora. Traté de distraerme pero no pude. ¿Y si le decía? A las dos horas llamó mi mamá, pero no la atendí, estaba muerta de miedo. Siguió llamando insistentemente pero apagué el celular. Pero como siempre, se salió con la suya y me agarró desprevenida: llamó a casa y, distraida, atendí.
-¿Hola?
-¡Agustina! ¡Al fin!
-¿Qué pasa?
-¿Por qué no me atendías?
-Estaba ocupada.
-Hablé con Valentina.
Me quedé callada. Me morí de miedo. La voz de mi mamá temblaba de furia y yo me sentí otra vez como cuando a los dieciséis encontró un chocolate de medio kilo escondido bajo mi almohada, todo comido y medio derretido.
-¡Agustina, hablá!
-¿Qué querés que te diga?
-Nada. Me contó todo.
-¿Todo qué?
-¡Que fue a visitarte y la echaste de tu casa! Se siente muy mal. Esto es porque estás mal con Martín. Tienen que hacer terapia de pareja.
-Dejame en paz, mamá.
-No, los espero a comer éste domingo al mediodía. Voy a invitar a comer al rabino xxxxx para que los aconseje. Sin excusas - dijo, y cortó.
Lo único que me faltaba. Que esta pelotuda fuera a decirle a mi madre que la había echado de mi casa. Me la imaginaba diciendo con voz de estúpida "Jaqueline, tu hija me echó de su casa. A mí, que soy su amiga del alma". En cualquier caso es mejor que le haya dicho esa pavada a que se le hubiera ocurrido decir toda la verdad. No sé ni por qué no lo dijo, se ve que a último momento le vino un toque de compasión o lo que fuera.
Y después, mi madre. También, una pavada atrás de la otra. Que eché a Valentina de mi casa porque estoy mal con Martín. Bien. Y que ella considera que tenemos que hacer terapia de pareja. Bárbaro. Igual, sin duda lo peor fue lo último. El hecho de que piense que si Martín y yo estamos mal, lo podemos solucionar con los consejos de un rabino. Eso es simplemente genial.
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jueves, 8 de octubre de 2009
Día 144 - Monarca a domicilio (II)
- No tengo nada que explicarte - dije, mientras pensaba en una excusa.
- ¿Cómo que no?
- No. Martín prefiere tener su parte de la cama hecha y a mí no me cambia. Nunca la hago.
- Mentira. Si hace una parte ya hace la otra también. Este chico no está durmiendo acá.
- No digas pavadas.
- Siempre arruinando todo, vos. ¿Qué le hiciste, pobrecito?
- Nada, mamá. Está todo bien.
- ¿A dónde lo mandaste? ¿A la casa de sus padres?
- Mamá, no empieces con disparates. Sigue viviendo acá. Él es ordenado y yo no. A él le gusta llegar y ver la cama hecha y a mí no me interesa. Prefiero no hacerla.
- Ay, Agustina, ¿te pensás que soy boba? Este chico no duerme contigo. Cinco meses y ya se pelearon. ¿Qué va a decir la gente?
- ¿Te podés ir? Estoy llegando tarde a lo de Lucía.
- Van a decir que lo espantaste con tu mal carácter. Mis amigas me van a preguntar qué pasó y les voy a tener que decir que vos sos una chica difícil y que tu marido no te aguantó. Me muero de la vergüenza. Se casaron en abril y a principios de octubre ya están separados.
- Dejá de decir disparates. Y además viniste a hablar de Fabián y ya hablamos.
- Todavía no me dijiste donde está.
- Y no te lo voy a decir. ¿Te vas de una vez?
- Ahora entiendo porque se fue Martín. ¿Quién te podría soportar? Yo no entendí cuando dijo que se quería casar con vos tan jovencito. Se ve que recapacitó y se dio cuenta de que con vos no se puede convivir.
- ¡Andate!
- Ay, bueno, bueno. Nunca te gustó escuchar tus defectos. Ese fue tu error. Si me hubieras escuchado y hubieras cambiado algunas cosas ahora tu marido seguiría acá.
- ¡Te vas!
Revoleó los ojos como diciendo "no tenés remedio" y enfiló hacia la puerta. En ese instante, sonó el portero.
- ¿Quién es? - me preguntó.
- No sé. Se habrán equivocado.
Levanté el tubo y era el chico de delivery. No sabía que hacer. ¿Me estaba yendo a lo de Lucía y había pedido comida? No tenía mucho sentido.
- ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? - pregunté. Del otro lado el chico me hablaba y yo pretendía no escucharlo.
- Esta mierda anda mal - dije. - Ahora cuando baje me fijo quien es.
Tuve que bajar con ella en el ascensor, para tratar de que se fuera de una vez y yo pudiera agarrar mi comida y volver a subir. Cuando nos acercamos a la puerta, se dirigió al chico y le preguntó a qué piso iba. Él contestó "quinto A".
- Andate, mamá, que yo le explico al chico que se equivocó.
- ¿Me equivoqué? - preguntó él.
- Eh...mamá, andate de una vez - dije. Mi madre me miró con cara de culo, y se fue.
- En verdad no te equivocaste, era para mí. Es...complicado. Tengo que esperar a que se vaya para agarrar el paquete y subir a mi casa. ¿Te jode bancarme un minuto?
- No, para nada. ¿No le gusta que pidas comida?
- No, es una estúpida. Lo único que me faltaba era una lección sobre como me va a crecer el culo.
- Jajajaja. Ahí se fue.
- Ay, gracias por esperar. Tomá, quedate con el cambio.
- Gracias - me dijo. - Y decile de mi parte que tener la cola grande no es malo.
- Jajaja, le digo. Chau.
- Chau.
Cuando abrí la puerta del departamento, Fabián estaba buscando algo.
- ¿Mi bolsa de dormir? - preguntó.
- No te rías, pero está en la heladera. No sabía donde meterla.
- Jajajaja. ¿Y cómo se supone que duerma en eso?
- Lo sacamos ahora, comemos, y después le pasamos un poco de secador por arriba. Hasta te va a quedar calentita.
- Sos buena resolviendo cosas, gorda. Yo escuchaba todo desde el placard y no podía creer. Cuando te dijo lo de Martín no sé como hiciste para zafar, yo me hubiera quedado callado.
- Igual para mí que sospechaba o algo. Salió del baño y en seguida se percató de eso.
- Bueno, siempre fue detallista. Sobre todo cuando se trata de hacerte sentir mal a vos. Seguro que estaba buscando la oportunidad de decirte algo, y ahí la encontró - dijo Fabián.
- Sí, puede ser. En fin, que se vaya a la mierda.
- Sí, tal cual. Me muero de hambre.
- Yo también. Pero primero sacamos la bolsa para que se vaya "calentando".
- Dale.
Fue hasta la heladera, y la abrió.
- Esta es la imagen más ridícula que ví en mi vida - dijo, y se empezó a reír.
- La iba a meter adentro del horno, pero no entró.
- Jajajaja, no sé que era peor. ¡No sé ni como se te ocurren estas cosas!
- Yo tampoco, chiquito. ¡Pero bien que a la bolsa no la vio!
- ¿Cómo que no?
- No. Martín prefiere tener su parte de la cama hecha y a mí no me cambia. Nunca la hago.
- Mentira. Si hace una parte ya hace la otra también. Este chico no está durmiendo acá.
- No digas pavadas.
- Siempre arruinando todo, vos. ¿Qué le hiciste, pobrecito?
- Nada, mamá. Está todo bien.
- ¿A dónde lo mandaste? ¿A la casa de sus padres?
- Mamá, no empieces con disparates. Sigue viviendo acá. Él es ordenado y yo no. A él le gusta llegar y ver la cama hecha y a mí no me interesa. Prefiero no hacerla.
- Ay, Agustina, ¿te pensás que soy boba? Este chico no duerme contigo. Cinco meses y ya se pelearon. ¿Qué va a decir la gente?
- ¿Te podés ir? Estoy llegando tarde a lo de Lucía.
- Van a decir que lo espantaste con tu mal carácter. Mis amigas me van a preguntar qué pasó y les voy a tener que decir que vos sos una chica difícil y que tu marido no te aguantó. Me muero de la vergüenza. Se casaron en abril y a principios de octubre ya están separados.
- Dejá de decir disparates. Y además viniste a hablar de Fabián y ya hablamos.
- Todavía no me dijiste donde está.
- Y no te lo voy a decir. ¿Te vas de una vez?
- Ahora entiendo porque se fue Martín. ¿Quién te podría soportar? Yo no entendí cuando dijo que se quería casar con vos tan jovencito. Se ve que recapacitó y se dio cuenta de que con vos no se puede convivir.
- ¡Andate!
- Ay, bueno, bueno. Nunca te gustó escuchar tus defectos. Ese fue tu error. Si me hubieras escuchado y hubieras cambiado algunas cosas ahora tu marido seguiría acá.
- ¡Te vas!
Revoleó los ojos como diciendo "no tenés remedio" y enfiló hacia la puerta. En ese instante, sonó el portero.
- ¿Quién es? - me preguntó.
- No sé. Se habrán equivocado.
Levanté el tubo y era el chico de delivery. No sabía que hacer. ¿Me estaba yendo a lo de Lucía y había pedido comida? No tenía mucho sentido.
- ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? - pregunté. Del otro lado el chico me hablaba y yo pretendía no escucharlo.
- Esta mierda anda mal - dije. - Ahora cuando baje me fijo quien es.
Tuve que bajar con ella en el ascensor, para tratar de que se fuera de una vez y yo pudiera agarrar mi comida y volver a subir. Cuando nos acercamos a la puerta, se dirigió al chico y le preguntó a qué piso iba. Él contestó "quinto A".
- Andate, mamá, que yo le explico al chico que se equivocó.
- ¿Me equivoqué? - preguntó él.
- Eh...mamá, andate de una vez - dije. Mi madre me miró con cara de culo, y se fue.
- En verdad no te equivocaste, era para mí. Es...complicado. Tengo que esperar a que se vaya para agarrar el paquete y subir a mi casa. ¿Te jode bancarme un minuto?
- No, para nada. ¿No le gusta que pidas comida?
- No, es una estúpida. Lo único que me faltaba era una lección sobre como me va a crecer el culo.
- Jajajaja. Ahí se fue.
- Ay, gracias por esperar. Tomá, quedate con el cambio.
- Gracias - me dijo. - Y decile de mi parte que tener la cola grande no es malo.
- Jajaja, le digo. Chau.
- Chau.
Cuando abrí la puerta del departamento, Fabián estaba buscando algo.
- ¿Mi bolsa de dormir? - preguntó.
- No te rías, pero está en la heladera. No sabía donde meterla.
- Jajajaja. ¿Y cómo se supone que duerma en eso?
- Lo sacamos ahora, comemos, y después le pasamos un poco de secador por arriba. Hasta te va a quedar calentita.
- Sos buena resolviendo cosas, gorda. Yo escuchaba todo desde el placard y no podía creer. Cuando te dijo lo de Martín no sé como hiciste para zafar, yo me hubiera quedado callado.
- Igual para mí que sospechaba o algo. Salió del baño y en seguida se percató de eso.
- Bueno, siempre fue detallista. Sobre todo cuando se trata de hacerte sentir mal a vos. Seguro que estaba buscando la oportunidad de decirte algo, y ahí la encontró - dijo Fabián.
- Sí, puede ser. En fin, que se vaya a la mierda.
- Sí, tal cual. Me muero de hambre.
- Yo también. Pero primero sacamos la bolsa para que se vaya "calentando".
- Dale.
Fue hasta la heladera, y la abrió.
- Esta es la imagen más ridícula que ví en mi vida - dijo, y se empezó a reír.
- La iba a meter adentro del horno, pero no entró.
- Jajajaja, no sé que era peor. ¡No sé ni como se te ocurren estas cosas!
- Yo tampoco, chiquito. ¡Pero bien que a la bolsa no la vio!
miércoles, 7 de octubre de 2009
Día 143 - Monarca a domicilio (I)
Ayer de noche, después de revisar la alacena y sólo encontrar un paquete de arroz, decidimos con Fabián pedir delivery. Optamos por milanesas con papas fritas. Las encargamos a eso de las ocho, y cerca de ocho y media sonó el portero.
- ¿Hola?
- Agustina, es mamá.
Mi reacción instinitiva fue cortar. A los dos segundos sonó de nuevo. Levanté el tubo sin emitir palabra, con la esperanza de que pensara que el portero estaba roto y yo no la escuchaba.
- Agustina, ¿me abrís de una vez?
- ...
- Ay, dejá. Justo entra alguien. ¡Subo!
- Fabián, la re puta madre, es mamá. Voy a tratar de que no entre, pero por las dudas escondete.
- ¡¿Qué?!
- Sí, escondete ya adentro del placard y si no entrás, adentro de la ducha. ¡Corré!
Fabián salió corriendo hacia mi cuarto y yo cerré la puerta que separa mi cuarto y mi baño del comedor para que pudiera esconderse tranquilo. Por las dudas de que entrara agarré la bolsa de dormir de Fabián para guardarla en algún lado. Un segundo después, sonó el timbre. En la desesperación, busqué un escondite cercano. Abrí el horno, pero no entraba, y la terminé metiendo en la heladera. Miré por el agujerito de la puerta y ya vi su tan conocida cara de orto. Pensé en hacer como que estaba dormida o en la ducha para no abrirle, pero ya había escuchado cuando la atendí, entonces no era creíble. La mejor opción, entonces, me pareció que era decirle que me estaba yendo y tratar de que no entrara bajo ninguna circunstancia. Grité "ahí voy", busqué mi bolso y me lo colgué. Fui hasta la puerta y abrí.
- Hola - dijo, y se trató de meter.
- No pases porque me estoy yendo.
- ¿A dónde? - preguntó.
- A lo de una compañera de facultad a buscar unas cosas.
- ¿Y Martín?
- Me avisó que viene tarde, así que aprovecho para ir a buscar los apuntes.
- No, esperá cinco minutos que tenemos que hablar.
- No espero nada, le dije que ocho y media estaba ahí y ya son.
- Dos minutos, Agustina.
- Bueno. ¿Qué querés? - pregunté, todavía sin dejarla pasar.
- Quiero hablar sobre Fabián. Dejame entrar, por favor.
- ¡Pero si ya me voy!
- Un minuto.
Para no levantar sospechas de por qué no la hacía pasar, abrí despacio la puerta y le hice señas para que se sentara en la mesa del comedor.
- Tenés un minuto - dije, muy seriamente.
- Bueno. Tu hermano obviamente está en un ataque de rebeldía. Quiso pararse de la mesa haciendo una escena para copiarte a vos, pero se le fue todo de las manos. Debe querer volver a casa y no lo hace por un tema de orgullo.
- No quiere volver.
- ¿Cómo no va a querer volver?
- No quiere. En cualquier lugar va a estar mejor que viviendo contigo.
- Ay, Agustina, no digas pavadas. Tiene todo en casa. Es al revés, en ningún lugar va a estar mejor que conmigo. Yo estoy segura de que está testeando a ver que hacemos tu padre y yo.
- No está testeando nada. Se fue y punto.
- ¿Se fue? ¿O sea que según vos no piensa volver?
- No, qué sé yo. No sé que piensa hacer, pero obviamente no es para ver como reaccionan ustedes. Se quería ir y punto.
- Ay, pero que locura.
- ¿Qué locura? ¡Si es lo que siempre buscaste!
- ¿Qué decís? - preguntó haciéndose la extrañada.
- Ay, mamá, somos grandes. Toda la vida quisiste que Fabián y yo nos fuéramos de ahí.
- ¡Si siempre les dimos todo!
- A nivel económico, capaz. O ni siquiera. Usabas la plata como medio para lograr que hiciéramos cosas.
- Agustinita, no nos pongamos melodramáticas. Tu hermano y vos tuvieron siempre todo. Decime donde está Fabián así terminamos con esta charla.
- En lo de un amigo.
- ¿Cuál? Ya llamé a lo de Nicolás y a lo de Guillermo y no está.
- Bueno, dejalo tranquilo. Y disfrutá de lo que siempre quisiste. Una casa que esté siempre ordenada, donde nadie escuche música ni invite amigos.
- ¿Qué pavadas decís?
- Que para vos esto es el paraíso. Siempre te quejabas de que había que hacer compras para cuatro personas, que todos los días había que pensar que hacer para cenar y que Fabián y yo molestábamos mucho. Ahora nos fuimos los dos.
- Pero...
- Pero nada. Admití algo por primer vez en tu vida. Te vino bárbaro esto.
- Tengo que ir al baño - dijo, para evitar contestar.
Tragué saliva. Si Fabián estaba en la ducha era probable que lo viera.
- No, vas en tu casa. Lucía me está esperando.
- No, dejame entrar. Es un segundo - dijo mientras se paraba.
- Mamá, no - dije, agarrándole el brazo. - ¿No entendés que me tengo que ir?
- ¡Es un segundo! - gritó, y salió corriendo hacia el baño.
Tan rápido como pude corrí atrás de ella. Abrí el placard, vi a Fabián ahí, y respiré. Saqué la caja con las fotos del casamiento, agarré dos y me tiré en la cama. Puse una en cada mesa de luz. Me paré rápido y volví hacia el comedor. Un minuto después, tiró la cadena, se lavó las manos y salió del baño. Yo la miraba desde el comedor, y veía que tenía la vista clavada en algo que parecía no entender.
- Agustina - dijo. - ¿Me podés explicar por qué la cama está hecha del lado de Martín?
- ¿Hola?
- Agustina, es mamá.
Mi reacción instinitiva fue cortar. A los dos segundos sonó de nuevo. Levanté el tubo sin emitir palabra, con la esperanza de que pensara que el portero estaba roto y yo no la escuchaba.
- Agustina, ¿me abrís de una vez?
- ...
- Ay, dejá. Justo entra alguien. ¡Subo!
- Fabián, la re puta madre, es mamá. Voy a tratar de que no entre, pero por las dudas escondete.
- ¡¿Qué?!
- Sí, escondete ya adentro del placard y si no entrás, adentro de la ducha. ¡Corré!
Fabián salió corriendo hacia mi cuarto y yo cerré la puerta que separa mi cuarto y mi baño del comedor para que pudiera esconderse tranquilo. Por las dudas de que entrara agarré la bolsa de dormir de Fabián para guardarla en algún lado. Un segundo después, sonó el timbre. En la desesperación, busqué un escondite cercano. Abrí el horno, pero no entraba, y la terminé metiendo en la heladera. Miré por el agujerito de la puerta y ya vi su tan conocida cara de orto. Pensé en hacer como que estaba dormida o en la ducha para no abrirle, pero ya había escuchado cuando la atendí, entonces no era creíble. La mejor opción, entonces, me pareció que era decirle que me estaba yendo y tratar de que no entrara bajo ninguna circunstancia. Grité "ahí voy", busqué mi bolso y me lo colgué. Fui hasta la puerta y abrí.
- Hola - dijo, y se trató de meter.
- No pases porque me estoy yendo.
- ¿A dónde? - preguntó.
- A lo de una compañera de facultad a buscar unas cosas.
- ¿Y Martín?
- Me avisó que viene tarde, así que aprovecho para ir a buscar los apuntes.
- No, esperá cinco minutos que tenemos que hablar.
- No espero nada, le dije que ocho y media estaba ahí y ya son.
- Dos minutos, Agustina.
- Bueno. ¿Qué querés? - pregunté, todavía sin dejarla pasar.
- Quiero hablar sobre Fabián. Dejame entrar, por favor.
- ¡Pero si ya me voy!
- Un minuto.
Para no levantar sospechas de por qué no la hacía pasar, abrí despacio la puerta y le hice señas para que se sentara en la mesa del comedor.
- Tenés un minuto - dije, muy seriamente.
- Bueno. Tu hermano obviamente está en un ataque de rebeldía. Quiso pararse de la mesa haciendo una escena para copiarte a vos, pero se le fue todo de las manos. Debe querer volver a casa y no lo hace por un tema de orgullo.
- No quiere volver.
- ¿Cómo no va a querer volver?
- No quiere. En cualquier lugar va a estar mejor que viviendo contigo.
- Ay, Agustina, no digas pavadas. Tiene todo en casa. Es al revés, en ningún lugar va a estar mejor que conmigo. Yo estoy segura de que está testeando a ver que hacemos tu padre y yo.
- No está testeando nada. Se fue y punto.
- ¿Se fue? ¿O sea que según vos no piensa volver?
- No, qué sé yo. No sé que piensa hacer, pero obviamente no es para ver como reaccionan ustedes. Se quería ir y punto.
- Ay, pero que locura.
- ¿Qué locura? ¡Si es lo que siempre buscaste!
- ¿Qué decís? - preguntó haciéndose la extrañada.
- Ay, mamá, somos grandes. Toda la vida quisiste que Fabián y yo nos fuéramos de ahí.
- ¡Si siempre les dimos todo!
- A nivel económico, capaz. O ni siquiera. Usabas la plata como medio para lograr que hiciéramos cosas.
- Agustinita, no nos pongamos melodramáticas. Tu hermano y vos tuvieron siempre todo. Decime donde está Fabián así terminamos con esta charla.
- En lo de un amigo.
- ¿Cuál? Ya llamé a lo de Nicolás y a lo de Guillermo y no está.
- Bueno, dejalo tranquilo. Y disfrutá de lo que siempre quisiste. Una casa que esté siempre ordenada, donde nadie escuche música ni invite amigos.
- ¿Qué pavadas decís?
- Que para vos esto es el paraíso. Siempre te quejabas de que había que hacer compras para cuatro personas, que todos los días había que pensar que hacer para cenar y que Fabián y yo molestábamos mucho. Ahora nos fuimos los dos.
- Pero...
- Pero nada. Admití algo por primer vez en tu vida. Te vino bárbaro esto.
- Tengo que ir al baño - dijo, para evitar contestar.
Tragué saliva. Si Fabián estaba en la ducha era probable que lo viera.
- No, vas en tu casa. Lucía me está esperando.
- No, dejame entrar. Es un segundo - dijo mientras se paraba.
- Mamá, no - dije, agarrándole el brazo. - ¿No entendés que me tengo que ir?
- ¡Es un segundo! - gritó, y salió corriendo hacia el baño.
Tan rápido como pude corrí atrás de ella. Abrí el placard, vi a Fabián ahí, y respiré. Saqué la caja con las fotos del casamiento, agarré dos y me tiré en la cama. Puse una en cada mesa de luz. Me paré rápido y volví hacia el comedor. Un minuto después, tiró la cadena, se lavó las manos y salió del baño. Yo la miraba desde el comedor, y veía que tenía la vista clavada en algo que parecía no entender.
- Agustina - dijo. - ¿Me podés explicar por qué la cama está hecha del lado de Martín?
martes, 6 de octubre de 2009
Día 142 - Todo pasa
Nunca me caractericé por ser una persona que se queda sentada, mirando a su alrededor, sin saber que hacer cuando tiene un problema. Siempre fui de actuar, de resolver.
A los quince años, yo tenía la autoestima por el piso. Me consideraba gorda, fea y tenía muchísimos complejos. Cuando me miraba al espejo veía a una chica fea, insegura y sentía que nunca le iba a atraer a nadie. Sin embargo, una vez que obligada por mi madre fui a la nutricionista y ésta me dijo -para la sorpresa de mi progenitora - que yo estaba en el peso ideal para mi altura, me empecé a dar cuenta de que algo andaba mal en mi percepción. Que si en general mi entorno no me veía fea, tal vez la que tenía una percepción errada sobre mí misma era yo. Y no entendía por qué me pasaba esto, pero lo quería averiguar. Y así fue como empecé a ver a Teresa.
A los diecisiete, después de ser molestada con mi nariz en el colegio por años, decidí que era hora de hacer algo con respecto a eso. No sólo por como me veían los demás, sino porque yo a esa altura ya había empezado a sentirme mal. Cada vez que hablaba con alguien pensaba en que el otro seguramente se estuviera riendo de mí, tratando de inventar chistes al respecto o simplemente pensando en lo mal que me quedaba. Un mes antes de cumplir dieciocho, decidí que quería terminar con eso de una vez por todas. El lunes siguiente tuve una reunión con un cirujano plástico, y tres días después pasé por el quirófano.
A los veintiún años, puedo decir que el progreso que hice fue enorme. Pasé de sentirme un patito feo a verme linda algunos días, cosa que nunca pensé que iba a ser capaz de alcanzar. Con mi cuerpo sigo teniendo algunos complejos, pero ya no es como antes. Ahora puedo sacarme la ropa enfrente de alguien sin estar pensando en que se va a percatar de mi más mínimo defecto.
Durante toda mi adolescencia, además de sentirme mal conmigo, tuve que lidiar con una madre que no sólo no ayudaba, sino que hacía que cada vez me sintiera peor. En esa época, lo único que hacía cuando ella me decía cosas, era encerrarme en mi cuarto a llorar. A medida que pasaba el tiempo, la empecé a cuestionar. Cuando ponía reglas que no tenían sentido, yo le preguntaba qué era lo que pretendía lograr haciéndome volver de un cumpleaños a las dos de la mañana en vez de a las tres. Y ella sólo atinaba a decir "mi casa, mis reglas". Yo me iba a mi cuarto dando un portazo, consciente de que mi madre estaba equivocada pero sintiendo que hablaba con una pared. Ella nunca venía, y nunca pedía disculpas después, aunque supiera que yo tenía razón.
Durante mucho tiempo traté de hablar con ella. De explicarle, que si María no tenía mi cuarto hecho un sábado a las nueve de la mañana nadie se iba a morir. Que el mundo no se iba a acabar porque un día Fabián y yo durmiéramos hasta tarde, pero ella no escuchaba y decía disparates del grado de "yo hace veinticinco años que llevo una casa, a mí no me vas a venir a decir lo que hacer". Y entonces me dí cuenta de que no había nada que yo pudiera hacer, y de que mientras viviera con ella siempre me iba a decir que eran "sus reglas". Y ahí supe que si en algún momento quería seguir manteniendo mi cordura, la que se iba a tener que ir era yo.
Fue por ese entonces que tuve una charla con mi abuelo, a partir de la cual elaboré el plan por el cual me fui de mi casa. Y acá me ven, en mis cuarenta y ocho metros cuadrados, en paz. Estoy pasando por un mal momento, sí, pero estoy en paz conmigo misma desde todo punto de vista. Ya no me exijo ser la mejor en todo porque sino nadie me va a querer (como me decía mi madre), ni pienso que no soy lo suficientemente flaca, ni linda.
Y en esta misma línea, decidí devolverle el llamado a Martín porque sé que tengo que enfentar el tema y no gano nada con postergarlo. Y llamarlo, en este caso, es todo lo que puedo hacer. No puedo controlar lo que va a pasar, pero sí hacer mi parte.
Quedó que viene para acá el sábado a la noche. Y ya hoy, veo las cosas un poco diferente que como las veía ayer, y pienso que sí, que puede ser que si me dice ya no me quiere me termine de romper. Pero también sé, que voy a salir adelante, como lo hice tantas otras veces.
Como dicen, para bien o para mal, todo pasa.
A los quince años, yo tenía la autoestima por el piso. Me consideraba gorda, fea y tenía muchísimos complejos. Cuando me miraba al espejo veía a una chica fea, insegura y sentía que nunca le iba a atraer a nadie. Sin embargo, una vez que obligada por mi madre fui a la nutricionista y ésta me dijo -para la sorpresa de mi progenitora - que yo estaba en el peso ideal para mi altura, me empecé a dar cuenta de que algo andaba mal en mi percepción. Que si en general mi entorno no me veía fea, tal vez la que tenía una percepción errada sobre mí misma era yo. Y no entendía por qué me pasaba esto, pero lo quería averiguar. Y así fue como empecé a ver a Teresa.
A los diecisiete, después de ser molestada con mi nariz en el colegio por años, decidí que era hora de hacer algo con respecto a eso. No sólo por como me veían los demás, sino porque yo a esa altura ya había empezado a sentirme mal. Cada vez que hablaba con alguien pensaba en que el otro seguramente se estuviera riendo de mí, tratando de inventar chistes al respecto o simplemente pensando en lo mal que me quedaba. Un mes antes de cumplir dieciocho, decidí que quería terminar con eso de una vez por todas. El lunes siguiente tuve una reunión con un cirujano plástico, y tres días después pasé por el quirófano.
A los veintiún años, puedo decir que el progreso que hice fue enorme. Pasé de sentirme un patito feo a verme linda algunos días, cosa que nunca pensé que iba a ser capaz de alcanzar. Con mi cuerpo sigo teniendo algunos complejos, pero ya no es como antes. Ahora puedo sacarme la ropa enfrente de alguien sin estar pensando en que se va a percatar de mi más mínimo defecto.
Durante toda mi adolescencia, además de sentirme mal conmigo, tuve que lidiar con una madre que no sólo no ayudaba, sino que hacía que cada vez me sintiera peor. En esa época, lo único que hacía cuando ella me decía cosas, era encerrarme en mi cuarto a llorar. A medida que pasaba el tiempo, la empecé a cuestionar. Cuando ponía reglas que no tenían sentido, yo le preguntaba qué era lo que pretendía lograr haciéndome volver de un cumpleaños a las dos de la mañana en vez de a las tres. Y ella sólo atinaba a decir "mi casa, mis reglas". Yo me iba a mi cuarto dando un portazo, consciente de que mi madre estaba equivocada pero sintiendo que hablaba con una pared. Ella nunca venía, y nunca pedía disculpas después, aunque supiera que yo tenía razón.
Durante mucho tiempo traté de hablar con ella. De explicarle, que si María no tenía mi cuarto hecho un sábado a las nueve de la mañana nadie se iba a morir. Que el mundo no se iba a acabar porque un día Fabián y yo durmiéramos hasta tarde, pero ella no escuchaba y decía disparates del grado de "yo hace veinticinco años que llevo una casa, a mí no me vas a venir a decir lo que hacer". Y entonces me dí cuenta de que no había nada que yo pudiera hacer, y de que mientras viviera con ella siempre me iba a decir que eran "sus reglas". Y ahí supe que si en algún momento quería seguir manteniendo mi cordura, la que se iba a tener que ir era yo.
Fue por ese entonces que tuve una charla con mi abuelo, a partir de la cual elaboré el plan por el cual me fui de mi casa. Y acá me ven, en mis cuarenta y ocho metros cuadrados, en paz. Estoy pasando por un mal momento, sí, pero estoy en paz conmigo misma desde todo punto de vista. Ya no me exijo ser la mejor en todo porque sino nadie me va a querer (como me decía mi madre), ni pienso que no soy lo suficientemente flaca, ni linda.
Y en esta misma línea, decidí devolverle el llamado a Martín porque sé que tengo que enfentar el tema y no gano nada con postergarlo. Y llamarlo, en este caso, es todo lo que puedo hacer. No puedo controlar lo que va a pasar, pero sí hacer mi parte.
Quedó que viene para acá el sábado a la noche. Y ya hoy, veo las cosas un poco diferente que como las veía ayer, y pienso que sí, que puede ser que si me dice ya no me quiere me termine de romper. Pero también sé, que voy a salir adelante, como lo hice tantas otras veces.
Como dicen, para bien o para mal, todo pasa.
Etiquetas:
Fabián (mi hermano),
Martín (mi "algo"),
Mi madre
lunes, 5 de octubre de 2009
Día 141 - Bad day
No sé que me pasa últimamente, pero estoy mal. Me doy cuenta en como me veo, en como me siento y en como escribo. No sé exactamente por qué es. Supongo que por muchas cosas. Por tantas que no sé cual es la que más me duele.
No sé si es porque mis amigas están lejos y cada día que pasa siento que no puedo más, que un año separada de ellas es muchísimo tiempo. Y siento que quiero hablar con alguien porque tengo tantas cosas en la cabeza que necesito exteriorizarlas para poderlas entender.
O capaz que no es eso, y el tema que me tiene mal es que no me gusta ni mi trabajo ni mi carrera. Que cada vez que me siento a estudiar me pesa. Y voy a la cocina, abro la heladera, me hago un café y vuelvo a sentarme. Pero el material sigue ahí, sin interesarme y me voy de nuevo. Me siento en la computadora y leo. O escribo. Y es lo único que me gusta hacer. Y pienso en que estoy harta de hacer cosas que no me gustan y que capaz que ahora que ya no tengo la presión de mis padres de terminar la carrera la puedo dejar. Finalmente, y a poco tiempo de recibirme. Porque ellos me empujaron hacia Economía, diciéndome que era una buena carrera y que me iba a ir bien. Que a mí me gusta "tener un cierto estilo de vida" y que para eso se necesita una carrera redituable.
Y también está el tema de Sebastián, porque a fin de cuentas un poco me afectó. Porque fue otro en la lista, otro que por una razón u otra me dejó. Y ya estoy cansada de que la historia se repita, de que las cosas en ese terreno nunca me salgan bien. Y en el medio está Fran, que me llama y yo no sé que hacer con él, porque me da miedo que también salga corriendo.
Y estoy mal porque además está Fabián acá, y lo veo y tengo recuerdos que preferiría no tener. Y salen a flote cosas que tenía reprimidas y no tengo más remedio que enfrentarlas. Pienso en que como podría quererme a mí misma con una madre que siempre me dijo que yo no valía nada y que no era lo suficientemente buena en ningún aspecto de mi vida.
Y mientras escribo esto suena el teléfono y cuando me acerco veo "Martín", y no quiero atender. Me siento en el piso y espero a que piense que no estoy y deje un mensaje. Y cuando escucho su voz me cae la primera lágrima y me doy cuenta de por qué estoy tan mal. Mi marido me dice "mi amor", me dice de hablar y yo no quiero porque no sé si puedo soportar esa charla. Me da miedo verlo, sentarnos a hablar y comprobar que efectivamente nada cambió. Pero sé que tengo que hacerlo, sé que tenemos que sentarnos a hablar de nuestra relación porque ya pasó un tiempo desde que nos separamos y a esta altura él ya tiene que saber qué es lo que siente. Ya sabe si me extrañó o no, y si está dispuesto a intentar algo más por primera vez en cinco años.
Y sé que tengo que devolverle el llamado. Sé que sí. Pero me cuesta pensar en concretar esa charla porque creo que si me dice que ya no me quiere me termino de romper.
No sé si es porque mis amigas están lejos y cada día que pasa siento que no puedo más, que un año separada de ellas es muchísimo tiempo. Y siento que quiero hablar con alguien porque tengo tantas cosas en la cabeza que necesito exteriorizarlas para poderlas entender.
O capaz que no es eso, y el tema que me tiene mal es que no me gusta ni mi trabajo ni mi carrera. Que cada vez que me siento a estudiar me pesa. Y voy a la cocina, abro la heladera, me hago un café y vuelvo a sentarme. Pero el material sigue ahí, sin interesarme y me voy de nuevo. Me siento en la computadora y leo. O escribo. Y es lo único que me gusta hacer. Y pienso en que estoy harta de hacer cosas que no me gustan y que capaz que ahora que ya no tengo la presión de mis padres de terminar la carrera la puedo dejar. Finalmente, y a poco tiempo de recibirme. Porque ellos me empujaron hacia Economía, diciéndome que era una buena carrera y que me iba a ir bien. Que a mí me gusta "tener un cierto estilo de vida" y que para eso se necesita una carrera redituable.
Y también está el tema de Sebastián, porque a fin de cuentas un poco me afectó. Porque fue otro en la lista, otro que por una razón u otra me dejó. Y ya estoy cansada de que la historia se repita, de que las cosas en ese terreno nunca me salgan bien. Y en el medio está Fran, que me llama y yo no sé que hacer con él, porque me da miedo que también salga corriendo.
Y estoy mal porque además está Fabián acá, y lo veo y tengo recuerdos que preferiría no tener. Y salen a flote cosas que tenía reprimidas y no tengo más remedio que enfrentarlas. Pienso en que como podría quererme a mí misma con una madre que siempre me dijo que yo no valía nada y que no era lo suficientemente buena en ningún aspecto de mi vida.
Y mientras escribo esto suena el teléfono y cuando me acerco veo "Martín", y no quiero atender. Me siento en el piso y espero a que piense que no estoy y deje un mensaje. Y cuando escucho su voz me cae la primera lágrima y me doy cuenta de por qué estoy tan mal. Mi marido me dice "mi amor", me dice de hablar y yo no quiero porque no sé si puedo soportar esa charla. Me da miedo verlo, sentarnos a hablar y comprobar que efectivamente nada cambió. Pero sé que tengo que hacerlo, sé que tenemos que sentarnos a hablar de nuestra relación porque ya pasó un tiempo desde que nos separamos y a esta altura él ya tiene que saber qué es lo que siente. Ya sabe si me extrañó o no, y si está dispuesto a intentar algo más por primera vez en cinco años.
Y sé que tengo que devolverle el llamado. Sé que sí. Pero me cuesta pensar en concretar esa charla porque creo que si me dice que ya no me quiere me termino de romper.
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jueves, 1 de octubre de 2009
Día 138 - Flashback: El detonante de la guerra
Después de la cena de presentación de Martín a toda la familia en la cual me levanté y me fui con los padres y hermanas de mi marido, empezó en casa vieja un período bastante particular.
Cuando se habla del período antes de la Primera Guerra Mundial, se habla de "paz armada". Este término se usa porque si bien en teoría había paz porque no había enfrentamientos directos, los bloques estaban a la espera del momento de atacar, por lo cual siempre estaban armados.
En mi casa, a pequeña escala, pasaba algo parecido. Los bloques eramos yo, y mi madre, cada uno con sus respectivos aliados. El mío era Fabián y el de ella, mi padre. En el medio, y cumpliendo un rol neutral, se encontraba María. Durante el tiempo que duró la guerra, que fue desde el día de la cena hasta el de mi casamiento con Martín, no hubo ningún altercado. Todo se desarrollaba en silencio. Una guerra silenciosa.
Mi madre y yo no nos hablábamos, salvo por algún detalle en particular del casamiento que realmente requiriera de que nos dirigiéramos la palabra. Sino, nos cruzábamos en los pasillos sin mirarnos, como si fueramos dos inquilinas que no se conocen pero que alquilan cuarto en la misma pensión.
Durante los primeros días no hubo ningún contacto entre nosotras. Yo trataba de estar el menor tiempo posible en mi casa, por lo que me iba a estudiar a Mc.Donald's y volvía justo para la hora de la cena. Después de comer, me encerraba en mi cuarto y ella en el suyo. Hasta ahí, la idea que tenía yo era de seguir así y contar los días para irme a mi departamento como los presos cuentan los días para salir de la cárcel. Sin embargo, mi madre cruzó el límite. Jugó sucio y trató de llevar a María para su bando.
Un día, cuando salí de bañarme, me acerqué despacio hasta la cocina para preguntarle algo a María. Creo que era para saber que había para comer, ni me acuerdo. En fin, el tema fue que a medida que me acercaba a la cocina, escuchaba la voz de mi madre que le hablaba a ella.
- María, escuchame una cosa. ¿Viste que para el casamiento de Agustina falta sólo un mes?
- Sí, señora.
- Bueno. ¿Y viste que ella está gordita?
- No, señora, no le quiero llevar la contra pero está igual que siempre.
- Te digo que está gorda, María. Y tiene que hacer dieta para que el vestido le quede bien.
- Ah.
- Sí. Ella no te dijo nada, ¿no?
- No.
- Bueno, entonces yo te lo digo. Va a haber que empezar a cambiar algunos hábitos por acá. Pero esto lo dejamos entre nosotras, sí?
- Ay, señora Jaqueline, no me meta en el medio.
- Nadie te metió en el medio. Vos sólo tenés que hacer lo que yo te diga. Simplemente vamos a prestarle más atención a lo que come, como para llevar una cuenta y ver que cosas se pueden cambiar para que adelgace.
- Pero señora, yo no quiero tener líos con ella.
- Nadie va a tener líos con nadie. Vos sólo tenés que controlar lo que come. Mañana de noche mi esposo y yo vamos a salir a comer con unos amigos, así que no voy a estar acá para controlarlo yo. Te dejo a cargo.
Mientras escuchaba eso pensaba que, por alguna extraña razón, no estaba sorprendida. Mi madre era totalmente capaz de hacer algo así, y además yo sabía que la situación de paz no iba a durar mucho tiempo. Sin embargo, que usara a María me parecía que era jugar sucio. No sólo porque la estaba metiendo en el medio, sino porque la quería tener a su servicio bajo la excusa de que ella era la patrona.
Al día siguiente, yo estaba en mi cuarto con Fabián, cuando María tocó la puerta. Mi madre no estaba. María nos dijo que no volvía hasta la noche y que había encargado hacer milanesas con ensalada para la noche.
- ¿No pueden ser con puré? - preguntó mi hermano.
- No, tu madre dijo que tenían que ser sí o sí con ensalada.
- Bueno, pero mi madre no va a estar - dijo Fabián.
- Ay, chicos, no me pongan entre la espada y la pared.
Yo no quise decir nada porque no quería seguir metiendo a María en el medio, pero tampoco me parecía justo tener que bancarme todos los mandatos de mi madre.
- María, sólo por hoy comemos milanesas con puré. Nadie dice nada después. Si ella te pregunta, comimos milanesas con ensalada. Punto.
- No, pero se va a dar cuenta. Sabe cuantas papas hay.
- ¿Y si hacés del otro puré? - preguntó Fabián.
- Es lo mismo. Estuvo haciendo una lista con las cosas que hay en la alacena. Y sabe que quedan dos paquetes de puré instantáneo.
- Bueno, compramos un paquete nosotros - dije.
- Y algo rico para comer de postre - agregó Fabián.
- ¿Compran algo para el postre o quieren que les haga algo? - preguntó María.
- Ay, ¿nos hacés? - prgunté ilusionada.
- Bueno, pero tienen que traer los ingredientes ustedes. Y comerse todo después. Que no sobre nada. ¿Qué quieren?
- ¡Panqueques con dulce de leche! - chillé.
- Uh, genial - dijo mi hermano.
- Bueno, ahora les anoto lo que tienen que traer. Pero esto nunca sale de acá, chicos. Nunca.
- Te lo prometemos - dije.
- Sí, lo prometemos - agregó Fabián.
- Bueno, voy a hacer la lista de los ingredientes y se las traigo.
Ese día comimos bien, muy bien. No sólo porque la comida estaba riquísima sino porque podíamos estar tranquilos. Sin que nos controlaran las porciones y sin tener que atragantarnos con la comida para irnos lo más rápido posible de la mesa porque comer los cuatro en absoluto silencio se había vuelto insoportable.
Al otro día, vi que mi madre enfilaba desde el living hacia la cocina. Presumí que era para averiguar detalles sobre la cena del día anterior, por lo que me acerqué en puntas de pie, hasta la puerta que da al comedor para escuchar.
- ¿Cómo estuvo la cena de ayer? - preguntó mi madre.
- Bien, bien - contestó María. Y yo me imaginaba su expresión, haciéndose la distraída para evitar que siguieran las preguntas.
- ¿Qué comieron los chicos?
- Milanesas con ensalada como usted me dijo, señora.
- Ah, muy bien. ¿Y cuántas se comió cada uno?
- ...
- María, decime el número nada más.
- Es que no me fijé muy bien.
- María...
- Bueno, se comieron tres cada uno.
- ¡¿Tres?! ¿Dejaste que Agustina se comiera tres milanesas? ¡Sólo puede comer el tamaño de su mano en carne! ¿Cómo se te ocurrió hacer tanto? ¿No escuchaste lo que te dije ayer?
- Sí, pero siempre comen eso. ¡Me iban a matar si hacía menos!
- Eso no te tiene que preocupar a vos. Las instrucciones que tenés que seguir son las mías. Si yo te digo que tienen que comer poco, hacés poca comida. No hay más vueltas.
- Bueno, señora.
- ¿Y de postre? ¿Comieron ensalada de fruta? - preguntó mientras abría la heladera.
- Sí, comieron ensalada los dos - mintió María.
- Ah, porque la fuente está casi igual que ayer. Les tendrías que haber dado más fruta, a ver si con eso compensan un poco todo lo que comen.
- Bueno, señora.
- ¿Algo más que me quieras decir, María?
- No, no. Nada más - dijo. Sonreí desde la puerta y me fui despacio hasta mi cuarto.
Al rato escuché que mi madre se iba dando un portazo y agradecí por tener un rato de tranquilidad. Me comí un paquete de galletitas que tenía escondido en la mochila y me tomé un café con leche. Sin embargo, la tranquilidad en una casa compartida con mi madre no dura. No puede durar. No hay forma de que dure.
Cuando abrí la puerta de mi cuarto para ir a bañarme vi algo que me enfureció. Tuve ganas de agarrar el paquete y tirárselo a mi madre por la cabeza. Lo que había traído, con mucho amor, por supuesto, era una balanza. Mi madre no me hablaba y yo tampoco a ella, pero el mensaje era tan claro que las palabras eran innecesarias.
En un ataque de histeria, entré a mi cuarto y agarré un pedazo de papel. Escribí algo, lo pegué arriba de la balanza con cinta adhesiva y se lo dejé afuera del suyo. Después volví al mío, como si nada. El papelito decía "Creo que te equivocaste de cuarto, porque acá la que necesita controlar su peso sos vos. No me enojo igual, cualquiera se puede equivocar".
A partir de ese momento, todo se puso peor. Yo no pensé que era posible vivir en peores condiciones que las que habían dominado el clima de mi casa esos días, pero a partir de ese momento aprendí que con mi madre, las cosas siempre pueden estar peor.
Cuando se habla del período antes de la Primera Guerra Mundial, se habla de "paz armada". Este término se usa porque si bien en teoría había paz porque no había enfrentamientos directos, los bloques estaban a la espera del momento de atacar, por lo cual siempre estaban armados.
En mi casa, a pequeña escala, pasaba algo parecido. Los bloques eramos yo, y mi madre, cada uno con sus respectivos aliados. El mío era Fabián y el de ella, mi padre. En el medio, y cumpliendo un rol neutral, se encontraba María. Durante el tiempo que duró la guerra, que fue desde el día de la cena hasta el de mi casamiento con Martín, no hubo ningún altercado. Todo se desarrollaba en silencio. Una guerra silenciosa.
Mi madre y yo no nos hablábamos, salvo por algún detalle en particular del casamiento que realmente requiriera de que nos dirigiéramos la palabra. Sino, nos cruzábamos en los pasillos sin mirarnos, como si fueramos dos inquilinas que no se conocen pero que alquilan cuarto en la misma pensión.
Durante los primeros días no hubo ningún contacto entre nosotras. Yo trataba de estar el menor tiempo posible en mi casa, por lo que me iba a estudiar a Mc.Donald's y volvía justo para la hora de la cena. Después de comer, me encerraba en mi cuarto y ella en el suyo. Hasta ahí, la idea que tenía yo era de seguir así y contar los días para irme a mi departamento como los presos cuentan los días para salir de la cárcel. Sin embargo, mi madre cruzó el límite. Jugó sucio y trató de llevar a María para su bando.
Un día, cuando salí de bañarme, me acerqué despacio hasta la cocina para preguntarle algo a María. Creo que era para saber que había para comer, ni me acuerdo. En fin, el tema fue que a medida que me acercaba a la cocina, escuchaba la voz de mi madre que le hablaba a ella.
- María, escuchame una cosa. ¿Viste que para el casamiento de Agustina falta sólo un mes?
- Sí, señora.
- Bueno. ¿Y viste que ella está gordita?
- No, señora, no le quiero llevar la contra pero está igual que siempre.
- Te digo que está gorda, María. Y tiene que hacer dieta para que el vestido le quede bien.
- Ah.
- Sí. Ella no te dijo nada, ¿no?
- No.
- Bueno, entonces yo te lo digo. Va a haber que empezar a cambiar algunos hábitos por acá. Pero esto lo dejamos entre nosotras, sí?
- Ay, señora Jaqueline, no me meta en el medio.
- Nadie te metió en el medio. Vos sólo tenés que hacer lo que yo te diga. Simplemente vamos a prestarle más atención a lo que come, como para llevar una cuenta y ver que cosas se pueden cambiar para que adelgace.
- Pero señora, yo no quiero tener líos con ella.
- Nadie va a tener líos con nadie. Vos sólo tenés que controlar lo que come. Mañana de noche mi esposo y yo vamos a salir a comer con unos amigos, así que no voy a estar acá para controlarlo yo. Te dejo a cargo.
Mientras escuchaba eso pensaba que, por alguna extraña razón, no estaba sorprendida. Mi madre era totalmente capaz de hacer algo así, y además yo sabía que la situación de paz no iba a durar mucho tiempo. Sin embargo, que usara a María me parecía que era jugar sucio. No sólo porque la estaba metiendo en el medio, sino porque la quería tener a su servicio bajo la excusa de que ella era la patrona.
Al día siguiente, yo estaba en mi cuarto con Fabián, cuando María tocó la puerta. Mi madre no estaba. María nos dijo que no volvía hasta la noche y que había encargado hacer milanesas con ensalada para la noche.
- ¿No pueden ser con puré? - preguntó mi hermano.
- No, tu madre dijo que tenían que ser sí o sí con ensalada.
- Bueno, pero mi madre no va a estar - dijo Fabián.
- Ay, chicos, no me pongan entre la espada y la pared.
Yo no quise decir nada porque no quería seguir metiendo a María en el medio, pero tampoco me parecía justo tener que bancarme todos los mandatos de mi madre.
- María, sólo por hoy comemos milanesas con puré. Nadie dice nada después. Si ella te pregunta, comimos milanesas con ensalada. Punto.
- No, pero se va a dar cuenta. Sabe cuantas papas hay.
- ¿Y si hacés del otro puré? - preguntó Fabián.
- Es lo mismo. Estuvo haciendo una lista con las cosas que hay en la alacena. Y sabe que quedan dos paquetes de puré instantáneo.
- Bueno, compramos un paquete nosotros - dije.
- Y algo rico para comer de postre - agregó Fabián.
- ¿Compran algo para el postre o quieren que les haga algo? - preguntó María.
- Ay, ¿nos hacés? - prgunté ilusionada.
- Bueno, pero tienen que traer los ingredientes ustedes. Y comerse todo después. Que no sobre nada. ¿Qué quieren?
- ¡Panqueques con dulce de leche! - chillé.
- Uh, genial - dijo mi hermano.
- Bueno, ahora les anoto lo que tienen que traer. Pero esto nunca sale de acá, chicos. Nunca.
- Te lo prometemos - dije.
- Sí, lo prometemos - agregó Fabián.
- Bueno, voy a hacer la lista de los ingredientes y se las traigo.
Ese día comimos bien, muy bien. No sólo porque la comida estaba riquísima sino porque podíamos estar tranquilos. Sin que nos controlaran las porciones y sin tener que atragantarnos con la comida para irnos lo más rápido posible de la mesa porque comer los cuatro en absoluto silencio se había vuelto insoportable.
Al otro día, vi que mi madre enfilaba desde el living hacia la cocina. Presumí que era para averiguar detalles sobre la cena del día anterior, por lo que me acerqué en puntas de pie, hasta la puerta que da al comedor para escuchar.
- ¿Cómo estuvo la cena de ayer? - preguntó mi madre.
- Bien, bien - contestó María. Y yo me imaginaba su expresión, haciéndose la distraída para evitar que siguieran las preguntas.
- ¿Qué comieron los chicos?
- Milanesas con ensalada como usted me dijo, señora.
- Ah, muy bien. ¿Y cuántas se comió cada uno?
- ...
- María, decime el número nada más.
- Es que no me fijé muy bien.
- María...
- Bueno, se comieron tres cada uno.
- ¡¿Tres?! ¿Dejaste que Agustina se comiera tres milanesas? ¡Sólo puede comer el tamaño de su mano en carne! ¿Cómo se te ocurrió hacer tanto? ¿No escuchaste lo que te dije ayer?
- Sí, pero siempre comen eso. ¡Me iban a matar si hacía menos!
- Eso no te tiene que preocupar a vos. Las instrucciones que tenés que seguir son las mías. Si yo te digo que tienen que comer poco, hacés poca comida. No hay más vueltas.
- Bueno, señora.
- ¿Y de postre? ¿Comieron ensalada de fruta? - preguntó mientras abría la heladera.
- Sí, comieron ensalada los dos - mintió María.
- Ah, porque la fuente está casi igual que ayer. Les tendrías que haber dado más fruta, a ver si con eso compensan un poco todo lo que comen.
- Bueno, señora.
- ¿Algo más que me quieras decir, María?
- No, no. Nada más - dijo. Sonreí desde la puerta y me fui despacio hasta mi cuarto.
Al rato escuché que mi madre se iba dando un portazo y agradecí por tener un rato de tranquilidad. Me comí un paquete de galletitas que tenía escondido en la mochila y me tomé un café con leche. Sin embargo, la tranquilidad en una casa compartida con mi madre no dura. No puede durar. No hay forma de que dure.
Cuando abrí la puerta de mi cuarto para ir a bañarme vi algo que me enfureció. Tuve ganas de agarrar el paquete y tirárselo a mi madre por la cabeza. Lo que había traído, con mucho amor, por supuesto, era una balanza. Mi madre no me hablaba y yo tampoco a ella, pero el mensaje era tan claro que las palabras eran innecesarias.
En un ataque de histeria, entré a mi cuarto y agarré un pedazo de papel. Escribí algo, lo pegué arriba de la balanza con cinta adhesiva y se lo dejé afuera del suyo. Después volví al mío, como si nada. El papelito decía "Creo que te equivocaste de cuarto, porque acá la que necesita controlar su peso sos vos. No me enojo igual, cualquiera se puede equivocar".
A partir de ese momento, todo se puso peor. Yo no pensé que era posible vivir en peores condiciones que las que habían dominado el clima de mi casa esos días, pero a partir de ese momento aprendí que con mi madre, las cosas siempre pueden estar peor.
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