martes, 2 de marzo de 2010

Día 203 - Flashback: El casamiento (IV)

El siguiente momento en el que me sentí un fraude total fue cuando nos encontramos los dos enfrente al rabino. Si bien yo nunca fui apegada al judaísmo, tampoco me pareció correcto estar en frente suyo pretendiendo ser algo que en la realidad no era más que una actuación para conseguir un objetivo.

Mientras el rabino hablaba de la importancia del matrimonio como institución sagrada e inviolable, crucé miradas con Martín y en sus ojos un espejo de lo que yo sentía. En ellos vi esa misma sensación de estar haciendo algo incorrecto. Pero ya no había vuelta atrás. Sólo quedaba sonreír y pretender estar en el momento más feliz de mi vida.

Cuando llegó a la parte de preguntarle a cada uno si aceptaba, tuve miedo por un instante de que Martín dijera que no. De que se arrepintiera a último momento y decidiera que no quería vivir una mentira. Que si bien quería que yo estuviera bien y pudiera cumplir mi cometido, casarse conmigo era demasiado para él. Y me imaginé como sería.

Martín diría que no. Me pediría que lo perdonara y exclamaría que no podía seguir adelante con el casamiento. Se iría corriendo y yo me quedaría en el altar, sola. Todos sentirían lástima por mí y sería para siempre "la que abandonaron en el altar". Mi madre se reiría por dentro, pensando en que ella siempre lo supo. Tendría la certeza de que ella ganó. De que a mí nadie podría quererme de esa manera. Y debería volver a vivir con ella. Derrotada.

Sería todo como ella siempre me dijo. Que yo soy todo lo contrario a lo que una princesita debería ser. Y que a los hombres "las chicas como yo" no les gustan. Que nadie se quiere casar con una mujer que no sepa cocinar ni hacer las tareas del hogar. Y que todos prefieren, precisamente, lo opuesto. Una chica tímida y recatada, que nunca levante la voz ni diga lo que piensa. Que tenga un "trabajito" como dice mi abuela, para comprar ropa y zapatos, pero no para mantenerse porque para eso está el hombre.

Y si Martín aceptaba casarse conmigo sería todo lo opuesto. Por fin podría demostrarle a mi madre que aún siendo neurótica y desequilibrada encontré alguien que estuviera dispuesto a quererme. Aunque no fuera real. Ella nunca lo sabría. Yo me mudaría al departamento nuevo y ya no estaría obligada a escuchar esas pavadas día tras día. Ya no tendría que estar expuesta a sus críticas constantes. Ya no habría más enumeraciones de lo que soy, no soy o debería ser. En cambio, sería libre.

Y todo se reducía a una palabra. Una sola palabra que Martín tenía que decir para convertirme en su supuesta mujer. Una sola palabra, que para mí, sería definidora del curso de mi vida para siempre.

9 comentarios:

  1. Menos mal que ya sabemos lo que respondió. Si no, nunca te perdonaríamos que postees tan poco.
    ¿Qué tal la luna de miel? :-)

    Besos

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  2. cómmo anda la panza? Nos tenías abandonados!!!

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  3. Agus.. volviste, que bueno. Espero que la hallas pasado excelente en esta especie de Luna de miel con bebé a bordo.

    Y respecto a la entrada: lo bueno es que al final Martín si es esa persona que soñaste, que te quiere, (así como sos) contrariamente a lo que podría pensar tu madre.

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  4. Y ahora se lo podés demostrar a tu madre de verdad.
    Contanos cómo estás!!! La pancita, Martín, el matrimonio, todoooo!!!!!

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  5. Volviste! más allá de la culpa y la sensación de saber que estás haciendo algo que no está bien, la paz que debes haber sentido cuando Martín dijo si, de que todo está hecho! muchos saludos.

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  6. Es cierto, menos mal que ya sabemos lo que dijo porque si no no estaría bueno quedarse con este suspenso...
    me imagino que ese momento debe haber sido difícil pero si lo pensás ahora, en realidad a la larga terminó saliendo bien.

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  7. No te das una idea lo que amo tu blog. Desde ya que quede claro lo feliz que me puse al ver que habías actualizado.
    Te cuento que me lo leí en varios días y que me encantó.
    Sentí amargurita cuando lo terminé, pero ya pasó. Subí seguido, por favor! Besos Agus, aguante los que no sabemos hacer nada !

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