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lunes, 14 de diciembre de 2009

Día 195 - Tíos en acción

Hablé con mi tío Mauricio. Parece que al principio se estaban disputando la fortuna de mi abuelo entre él y su hermano Gabriel, pero que en un momento Gabriel se descontroló y quiso sacarle a Mauricio todo lo que tenía para tener más él. Para esto, fue a contarle a mi abuelo que Mauri se había casado por el departamento y ahora mi abuelo se lo va a sacar.

Aparentemente, el hecho de que yo me haya casado tan joven despertó sospechas en el muerto de hambre de Gabriel y ahora está a la espera de la manera de descubrirme ante mi abuelo. Mi tío Mauricio no me quería decir nada porque supuestamente le daba vergüenza la actitud que había tenido al principio de querer sacarle todo a mi padre y a mi otro tío, Julio. Obviamente esto es mentira, ya que de haber podido quedarse con todo lo hubiera hecho sin ningún problema.

La realidad es que es muy probable que haya sido él mismo el que abrió la boca. A ver si al sacarme el departamento, se queda con la cuarta parte. Como en las películas de acción que todos los personajes pasan del papel de buenos al de malos en cuestión de segundos, parece que mi tío Mauricio no es la excepción.

Cuando mirás ese tipo de películas llega un punto en el que ya no confiás en nadie. Y desgraciadamente, en las familias en donde hay mucha plata de por medio, la historia no es muy distinta. Sabés que todos te van a tratar de hundir por donde puedan, y tenés que tener claro que para defenderte estás vos sólo. Los demás están cada uno con su arma cargada, esperando la oportunidad de disparar. Y vos tenés que pensar una estrategia. Ver si es verdad que la mejor defensa es un buen ataque, o por el contrario, si te conviene esconderte hasta que el tiroteo termine y salir cuando sepas que estás a salvo.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Día 186 - Y vos qué decís?

Hipótesis uno.
Valentina habló.

Hipótesis dos.
Mi tío Maurició habló.

Hipótesis tres.
Mi tío Gabriel estaba al pedo y no se le ocurrió nada mejor que venir a romperme las pelotas.

Votá por tu favorita!

martes, 27 de octubre de 2009

Día 161 - Iom Uledet Sameaj (III)

Volvimos a mi casa Martín y yo solos porque dejamos a mi hermano en la casa de un amigo. Durante el trayecto y hasta que entramos al departamento yo estuve muy callada. Tenía muchas cosas en la cabeza. Por supuesto que Martín se percató de esto y en seguida me preguntó que había pasado. Yo fui hasta mi cama y me tiré. Él me siguió.

- Yo siempre fui una princesa - dije, mirando el techo.
- ¿Qué? - preguntó sin entender.
- Que yo siempre fui una princesa. A los cinco años conocí Santiago de Chile, a los seis Orlando, a los siete Cancún, a los ocho Las Vegas, a los nueve Miami, a los diez Santo Domingo y así hasta que recorrí Europa a los diecinueve y Nueva York a los veinte. Fui la única de mis amigas que recibió un auto a los dieciocho y un departamento a los veintiuno. Soy una princesa.
- Es verdad.
- Cuando eramos chicos, mi abuelo nos llevaba a Fabián y a mí a la juguetería y nos decía que eligiéramos lo que quisiéramos. Sin ningún tipo de límite. Me podía llevar todas las Barbies que había en el local si quería.
- Sí...
- Y cuando era el cumpleaños de Fabián, mi tío Marcelo me regalaba a mí la mitad de la plata que le regalaba a él. Lo llamaba "premio consuelo", y nos lo daba para que ningún hermano se sintiera mal en el cumpleaños del otro porque no recíbía regalos.
- Me contaste.
- Es como te digo, siempre tuve todo. Pero por supuesto que todo tiene su parte buena y su parte mala. Tener plata, obviamente, no es la excepción.
- Yo sé.

- Durante toda mi vida vi tantas peleas por plata que no terminaría nunca de contártelas. Tuve que ver a mis cuatro tíos peleándose entre sí por una cuenta que les abrió mi abuelo, de la cual se apropiaron injustamente mis tíos Gabriel y Mauricio. Vi como le decían a mi padre que él estaba enfermo y que era mejor que ellos dos se encargaran de los temas económicos. Ví, también, a mi abuelo decir que a sus hijos sólo le interesaba su plata y que le iba a dejar todo a sus nietos. Para qué lo dijo. A los dos días mi tío Gabriel se apareció en mi casa diciendo que mi abuelo estaba senil y que él iba a empezar a manejar unas cuentas de Estados Unidos.
- ¿Y qué pasó?
- Mi abuelo se enteró y dijo que nadie podía tocar sus cosas. Que la plata era suya y que él decidía que hacer. Al final terminó poniendo unos departamentos a nombre mío y de Fabián para que tuviéramos algo cuando él ya no estuviera. Pero ahora que mi abuelo está mal seguro que los venden para quedarse con la plata ellos. Igual eso no es lo que más me preocupa, pero no sé que pueda pasar con mis cuarenta y ocho metros cuadrados.
- Nada, este departamento está a tu nombre. Nadie puede hacer nada.
- No creo que sea tan así. Ellos dos son capaces de hacer cualquier cosa. En fin, vamos a ver que pasa. De última vuelvo a lo de mis padres, qué sé yo.
- No vas a tener que volver. ¿Pero qué fue lo que pasó hoy de noche? Estuviste callada todo el elmuerzo.

Le conté la historia, y se acostó al lado mío.
- ¿Sabés lo que fue para mí escuchar que mi abuelo fue declarado incapaz? Hasta hace dos meses estaba al frente de la empresa. Con trescientos empleados a su cargo, manejando, haciendo todo solo.
- ¿Y ahora?
- Ahora vive con enfermeras que hacen cada una turnos de ocho horas, para no dejarlo solo nunca. Ya no trabaja, ni siquiera sale a la calle. Apenas se puede levantar de un sillón sin ayuda.
- Y bueno, mi amor, tiene ochenta y siete años. Tenés que alegrarte por como estaba hasta hace un tiempo, lo normal es que la gente de su edad esté como está el ahora. ¿Entendés?
- Sí - dije, a la vez que me caía una lágrima.
- Vos pensá que lo disfrutaste muchísimo tiempo - dijo, mientras me abrazaba.
- Ya sé, pero eso no quita que se esté muriendo.
- No hay nada que puedas hacer más que estar con él.
- Yo sé. ¿Sería mucho pedir dejar nuestra charla para otro día? Te prometo que pronto, pero hoy no. Por favor.
- No te preocupes. ¿Querés que me quede un rato?
- Sí. Quedate.
- Bueno, chiquita, me quedo con vos.

lunes, 26 de octubre de 2009

Día 160 - Iom Uledet Sameaj (II)

- Rabino, a ver. En primer lugar, nadie está teniendo problemas. En segundo lugar, me disculpo por la pérdida de tiempo que va a ser para usted haber venido hasta acá. Mi madre está...un poco...como digo esto...mal de la cabeza y piensa que mi marido y yo estamos mal. Así que le agradezco que haya venido, pero su ayuda no va a ser necesaria.
- Mire que para mí no es problema. Podemos sentarnos a hablar tranquilamente y ver que soluciones puede haber. A veces las personas no quieren admitir que tienen problemas con su pareja.
- Es que no tenemos ningún problema - mentí.
- Bueno, pero podríamos tener una charla igual. A fin de cuentas, ustedes asumieron un compromiso para toda la vida y van a estar juntos por muchísimo tiempo. Les puedo dar algunos consejos...
- Gracias - dije, interrumpiéndolo. - Pero no va a ser necesario.

Me di vuelta y miré a Martín, quien se veía que estaba conteniendo la risa hace rato. Lo abracé para reforzar la imagen de parejita feliz y volví donde estaba mi abuelo.
- Vení, chiquita, quiero hablar con vos.
- Bueno, abuelito.

Intentó pararse sólo y no pudo. Le agarré fuerte el brazo derecho y lo ayudé a levantarse. Fuimos caminando hasta una especie de escritorio que hay en su casa.
- Sentate - me dijo. Lo hice.
- Contame, ¿cómo anda todo?
- Bien, abuelito. Estoy muy contenta en el departamento, con mi marido. Todo bien.
- ¿Segura?
- Sí, sí. ¿Por qué?
- Porque tu madre anduvo diciendo que Martín y vos estaban peleados y que él había vuelto a lo de sus padres.
- Ay, abuelito, sabés como es mi mamá.
- Sí, me imaginé que era una de sus cosas. Decime, ¿precisás plata?
- No - mentí. La verdad es que no me hubiera venido nada mal.
- Dejame hacerte un regalito.
- Jajaja, no, abuelito. Es tu cumpleaños.
- No importa. Decime la verdad. ¿Precisás?
- En serio que no.
- Te creo. Bueno, era eso. Ver como estabas y si precisabas algo.
- Gracias por preocuparte. Te quiero mucho.
- Yo también, chiquita.

Salimos del escritorio, y en el camino me crucé con mi tío Gabriel, el hermano menor de mi papá. Me preguntó si mi abuelo me había regalado plata y le dije que no.
- Porque, no sé si sabías, nadie está autorizado a recibir plata de papá.
- ¿Qué quiere decir eso? - pregunté extrañada.
- Que últimamente anda regalando mucha plata a las enfermeras, le regaló a tu primo también. Y bueno, con tu tío Mauricio decidimos que es mejor que toda la plata que él da sea devuelta.
- ¿Ahora no puede decidir a quién le da plata y a quién no? La ganó él. Si considera que una enfermera se merece algo extra, se lo puede dar.
- Ya no puede decidir él. La responsabilidad sobre su plata la tenemos los cuatro hijos ahora.
- ¿Y eso?
- Es así, Agustina. Decime, ¿te dio plata o no?
- ¡No!
- Bueno. Si te da algo durante el almuerzo me lo devolvés.

Sin entender mucho me acerqué hasta donde estaba Cristina, la enfermera de la mañana.
- Cris, una pregunta. ¿Qué es eso de que mi abuelo ya no maneja su plata?
- Vino su psiquiatra el otro día y dijo que debe ser declarado incapaz. Ya no está habilitado para firmar nada, y mucho menos manejar plata. Así que tus tíos están a cargo ahora.
- ¿Incapaz? ¿Cómo llegó a eso?
- Está muy desequilibrado, Agus. Sobre todo con la plata. La esconde a veces abajo de la almohada o entre la ropa. O a veces directamente la pierde. Y bueno, tu tío Gabriel no sabés como está.
- Me imagino. Siempre fue un muerto con la plata.
- Exacto. Y, te digo algo, entre nosotras. El otro día escuché a tu tío Mauricio hablando con él, y estaban diciendo que ellos dos se iban a encargar de todas las cuentas.
- ¿Y mi padre y mi tío Julio?
- Están enfermos, según ellos dos, y tampoco son capaces de manejar plata.
- Y bueno, no es del todo mentira. Papá es bipolar y Julio es esquizofrénico.
- Sí, es verdad, pero en este caso es una excusa. Te digo lo que me parece. Están buscando la manera de repartirse todo entre ellos dos.
- Siempre lo quisieron hacer. Se ve que ahora tienen su oportunidad.
- Claro. Les vino como anillo al dedo lo de tu abuelo. Decime, ¿vos tenés alguna cuenta a tu nombre o algo? ¿Alguna propiedad?
- Sí. Mi departamento, y una cuenta que nos abrió a cada uno de los nietos.
- Bueno, te aconsejo que tengas cuidado con esas cosas porque si no tienen problema en sacarle todo a sus hermanos, mucho menos van a tener con respecto a sus sobrinos.
- Pero si está todo a mi nombre no hay nada que puedan hacer. ¿O sí?
- Supongo que no, pero yo que vos me cuidaría.
- Es que no sé que podría hacer. Igual debería averiguar. Gracias, Cris.
- De nada. Me pareció que debía advertirte.

Con todo eso en la cabeza volví a donde estaban todos. El resto del almuerzo transcurrió sin mayores problemas, pero no me pude concentrar en ninguna conversación. Miraba a mis tíos Gabriel y Mauricio por un lado, y a mi papá y mi tío Julio por otro. En la cabecera, mi abuelo. Festejando su cumpleaños y sin saber, que dos de sus hijos se estaban disputando su patrimonio a costa de otros dos. A fin de cuentas, repartiéndose la herencia con mi abuelo en vida, y no precisamente de una manera justa.

Encima todavía me quedaba la charla con Martín.

domingo, 25 de octubre de 2009

Día 159 - Iom Uledet Sameaj * (I)

Teníamos que estar a la una en lo de mi abuelo, y para llegar desde mi casa hasta la suya es más o menos media hora. Como Martín llegó muy cerca de las doce y media, tuvimos que dejar la charla sobre nosotros para después.

En el trayecto hasta la casa de mi abuelito, mi marido se me trató de acercar y yo estuve distante. En varios momentos me tocó el pelo, en otros la pierna y en algunos hasta se acercó para darme un beso. En más de una ocasión, sucumbí.

Cuando estábamos a punto de llegar, me mandó un mensaje mi hermano diciéndome que lo esperáramos que ya venía. En principio había decidido no ir para no ver a mis padres, pero se ve que a último momento se arrepintió. Supongo que lo que lo hizo cambiar de opinión fue el hecho de priorizar el cumpleaños de mi abuelo ya que su condición no es la mejor.

Diez minutos después del llamado, llegó. Se había quedado a dormir en lo de un amigo que vivía cerca y por suerte no hubo que esperarlo mucho. Nos subimos los tres al ascensor, y yo apreté el cuatro. Cuando tocamos timbre, nos abrió mi padre, quien abrazó fuerte a Fabián y le dijo que se alegraba de verlo bien. Mi hermano le palmeó la espalda y se separó despacio de él. Atrás suyo se encontraba mi madre quien muy falsamente gritó "Fabiancito, mi amor" a la vez que estiró los brazos como si quisiera abrazarlo, lo cual mi hermano ignoró olimpícamente. Sin si quiera mirarla, se dirigió hacia donde estaba mi abuelo. Atrás suyo, Martín y yo fuimos en la misma dirección, abrazados como si fuéramos una pareja de verdad.

- ¡Chiquita! - gritó mi abuelo cuando me vio.
Me acerqué a él y lo abracé muy fuerte.
- ¡Feliz cumple, abuelito!
- Gracias, viejita. ¡Cada día más linda!
- Eso lo decís porque sos mi abuelo.
- No, no es verdad. Siempre sos la chica más linda de todo el lugar. ¿Verdad que es la más linda? - preguntó dirigiéndose a Martín.
- Por supuesto - contestó mi marido. - Muy feliz cumpleaños.
- Gracias, gracias - dijo mi abuelo.

Fui caminando hacia el fondo del living, en donde estaba mi tío Mauricio con su esposa ficticia, Fernanda. Los saludé a ambos y después Martín hizo lo mismo. Para mi sorpresa, al lado de ambos, se encontraba un rabino.
- Buenas tardes, señor - dije, sin saber mucho que hacer.
- Shalom - dijo, y nos miró a Martín y a mí. - Asumo que ustedes dos son la parejita que anda teniendo problemas.


* Feliz cumpleaños en hebreo.

sábado, 10 de octubre de 2009

Día 145 - Niveles

A nivel exterior:
La casa sola, cortesía de Fabián, que se fue a dormir a lo de un amigo. Puesto, un vestido que me acaba de traer mi tío Mauricio de viaje. Abajo de él, un conjunto de ropa interior dispuesto a ser estrenado. Las piernas depiladas, humectadas y exfoliadas. Las uñas de los pies y las manos recién hechas. En el cuello, el perfume que a mi marido más le gusta.

A nivel interior:
Nervios, ansiedad y angustia ante la incertidumbre de lo que va a pasar. Ganas, muchas, de que salga todo bien, con su posterior festejo adentro de las sábanas. Miedo por pensar en que puede ser el final. Y sin embargo, una voz interior que me dice que pase lo pase, eventualmente voy a estar bien.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Día 115 - Abrazus interruptus (II)

Deslicé suavemente el celular hacia afuera del bolsillo para tratar de ver qué decía sin que Martín lo hiciera. El mensaje era breve y conciso: "Te toqué timbre y no estabas, pero me parece que tenemos que hablar. Te extraño. Besos".

- ¿Quién es? - preguntó Martín.
- Valentina - mentí.
- ¿Qué quiere?
- Hablar. Después le contesto - dije y miré la hora. Eran casi las nueve y media. - Nene, tenemos que subir ya, es tardísimo!
- Ay, pero estábamos tan bien acá...
- Sí - contesté, y tuve ganas de quedarme con él en el auto para siempre. A la misma vez, pensé en Sebastián y en el hecho de que probablemente el "te extraño" significara que teníamos que hablar para arreglar lo nuestro. Y decidí que más tarde pensaría sobre todo, sobre como siempre todo pasa en los peores momentos porque justo reapareció Martín cuando Sebastián y yo estábamos mal. Y justo Sebastián aparece para decirme que quiere volver cuando Martín y yo estamos teniendo un lindo momento juntos en el que me planteé si no habían posibilidades de que volviéramos. Tenía demasiadas cosas en la cabeza y me pareció que iba a tener que pensar después. - Estamos bien acá, pero son más de nueve y media y tenemos que subir.
- Bueno. Un último beso y subimos.

Ese "último" beso se convirtió en mil, que fueron repartidos entre el estacionamiento, el ascensor y la puerta de lo de mi abuelo. Después nos abrió mi papá, y tomamos distancia. En la cena, sentí escalofríos cada vez que me tocó. La primera vez que sentí su piel nuevamente contra la mía fue cuando me abrazó. Sin saber mucho que hacer, y sabiendo que todos me estaban mirando, apoyé mi cabeza contra su hombro. Después del postre, en un momento estábamos sentados en la mesa, y me agarró la mano que yo tenía apoyada sobre mi falda. Me miré la mano y lo miré, sin entender mucho, porque obviamente nadie lo estaba viendo así que no era para aparentar.

La sensación que me da cada vez que me toca es muy fuerte. Siento algo en la panza, algo que no sabría como explicar. Es como si todo mi cuerpo estuviera en alerta, algo así como si todo el resto del mundo desapareciera y en lo único que me pudiera enfocar sería su mano. Sin embargo, esta vez no sólo veía su mano sino que me venían imágenes del día que dejamos. Me veía a mí misma en camisón, comiendo chocolates y llorando desconsoladamente. También pensaba en Sebastián y en que capaz había ido a mi casa a decirme de volver, lo cual significaría que está dispuesto a pasar por alto todo lo que hice. O, al menos, a tratar de entenderlo.

Estuve ida durante toda la cena, en la cual por suerte no hubo muchas preguntas sobre nuestro "matrimonio". Algunas de las típicas preguntas sobre la convivencia y etcétera, pero por suerte la atención recayó sobre mi tío porque acaba de cumplir cuarenta y tres y no tiene hijos. Mi abuelo le dijo que quiere tener más nietos, y él dijo que en un futuro puede ser, pero que por ahora no, que estaban bien así. Cuando dijo eso, mi hermano, mi marido y yo nos miramos, porque sabemos que él y Fernanda en realidad no están juntos, sino que son como Martín y yo. Mi tío Mauricio fue el pionero en el plan me-caso-por-el-departamento.

El resto de la cena siguió sin sobresaltos. Mi abuelo se encontraba bien y estaba alegre. Mi madre me miraba con cara de orto, asumo que es porque ya ni siquiera la llamo, o capaz que sigue enojada por lo que pasó en lo de mi abuela aquella vez. En fin, no me importaba porque mi cabeza no estaba ahí. Estaba, como siempre, entre el que en el fondo quiero aunque no haya ninguna explicación y el que debería querer porque tiene todo para ser perfecto para mí. Entre Martín y Sebastián. O, simplemente, entre el corazón y la razón.

martes, 1 de septiembre de 2009

Día 111 - Complicated

Estos días fueron bastante complicados. No sólo porque mi abuelo estuvo mal, sino que a la misma vez que enfrentaba todo lo que estaba pasando, me tenía que preocupar por encontrar excusas para poner con el objetivo de tapar el hecho de que mi marido no estaba al lado mío cuando existía la posibilidad de que mi abuelito tuviera cáncer. Después de unas veces de encontrarme con mis padres y recurrir a "está trabajando", "tenía algo importante en la facultad" e inventos similares, directamente llamaba a mi hermano antes de pasar por el hospital a ver si estaba sólo. Y, cuando no lo estaba, hacía tiempo en cualquier lado hasta que me llegara una mensaje que dijera que finalmente se habían ido mis viejos. Así que estos días los pasé entre los distintos trabajos, la facultad y cualquier lugar que estuviera en el medio y que sirviera como base antes de salir hacia el hospital.

De lo de mi abuelo no quiero hablar porque todavía no se sabe bien qué es lo que tiene, y además porque no puedo aceptar la posibilidad de que ...bueno, ya saben. Me cuesta mucho pensar que no va a estar siempre y además, no quiero angustiarme antes de realmente tener que hacerlo. Por ahora igual parece que cáncer no es, y ya hoy se fue para su casa. Va a tener enfermeros todo el tiempo, pero en cualquier caso es mejor que que esté en el hospital. Ya está consciente, aunque muy dopado.

Ayer de noche, me quedé un rato largo con él charlando y deseé que pudiera salir de el estado en el que está para que puedan haber mil conversaciones más como esa. Porque si hay algo que mi abuelo tiene, es que mantiene su ingenio e inteligencia esté como esté, entonces por momentos me olvidaba de que las cosas no estaban del todo bien. O, por lo menos, quería olvidarme.

El primer choque con la realidad lo tuve cuando mi hermano volvió del baño y mi abuelo le dijo "vení, muchacho, sentate acá al lado mío que tenemos que hablar de hombre a hombre". Mi hermano y yo lo miramos extrañadísimos, porque nunca le dice "muchacho". A los dos minutos, cuando le preguntó si nos estaba alcanzando bien la plata para vivir, entendí todo. Confundió a mi hermano con mi marido, lo cual fue bastante feo porque no sólo que no tienen nada que ver físicamente (Fabián es rubio de ojos celestes y Martín castaño de ojos marrones), sino porque me dio la pauta de que hay algo que no anda bien. Igual, un rato después le pregunté a una enfermera por qué podía haber pasado eso y me dijo que era normal porque había recibido muchísima medicación en las últimas horas.

Mi abuelo y "mi marido" estuvieron hablando un rato largo, en el cual mi abuelo le preguntó si me estaba tratando bien, cómo nos estábamos llevando y si necesitábamos algo. Mi hermano le contestó que no se preocupara, que todo iba a estar bien. Mi abuelo le contestó que más le valía que me estuviera tratando bien, porque sino le iba a mandar a su nieto (mi hermano) a que lo cagara a piñas. Fabián y yo hacíamos todo lo posible para no reírnos cuando decía esas cosas porque sería medio complicado que mi hermano cagara a piñas a mi supuesto marido, quien en verdad es mi hermano. Es decir, se tendría que pegar a sí mismo, lo cual es un poco difícil de llevar a cabo.

Entre toda esta locura, se me pasó que se acerca el cumpleaños de uno mis tíos. El jueves es el cumple de mi tío Mauricio (el que hizo lo mismo que yo para conseguir el departamento), y me dijo mi hermano que la idea es hacer una cena en lo de mi abuelo para estar toda la familia junta en este momento difícil.
Y, de nuevo, me veo obligada a poner a la cabeza a funcionar a toda máquina. Me quedan pocos días para pensar si hablo con Martín y le pido que venga como un favor especial por toda la situación, o si mejor busco una excusa para no ir a la cena. La otra posibilidad es decir que voy, y a último momento llamar y decir que no voy.

Las cosas se complican cada vez más. Sebastián sigue sin hablarme, lo del casamiento se me está yendo de las manos, lo cual me hace preguntarme si a fin de cuentas tomé una buena decisión. En fin, como le dije a mi vecino, lo hecho, hecho está. Ahora, sólo queda pensar en qué voy a hacer el jueves.


(Prometo retomar mis actividades en otros blogs lo antes que pueda. Mientras tanto, quería darles el update para que supieran más o menos qué es lo que pasa. Sus consejos sobre lo que debería hacer, como siempre, son bienvenidos)

lunes, 10 de agosto de 2009

Día 92 - Familia de machos (continuación)

Por suerte, mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando volvió Seba, quien me llevó de vuelta con sus amigos hombres. Respiré aliviada.

El hecho de que me lleve tan bien con los hombres radica en que la mayor parte de mi familia está compuesta por entes del sexo masculino. A mi abuela paterna prácticamente no la conocí, porque tenía algún tema psiquiátrico, del cual nunca me hablaron. Solo sé que estuvo muchísimo tiempo internada, pero mi papá nunca me contó que era lo que tenía y tampoco quise preguntar. Supongo que debe ser doloroso para él hablar de eso.

Mi padre tiene tres hermanos: Julio, Mauricio y Gabriel. Julio es el único de los tres que tuvo un hijo. Hace 18 años, nació mi primo David. Al poco tiempo, se separó de su esposa, Alicia, a quien mi abuelo odia porque dejó de trabajar el día que se casó con mi tío.

Hay una foto, en la casa de mi abuelo de Punta del Este, en la que estamos mi abuelo y yo sentados en la mesa del patio. A nuestra derecha, está mi primo David y a nuestra izquierda, mi hermano. Parados atrás nuestro están mis tres tíos y mi papá. La única mujer en la foto es, por lo tanto, su humilde servidora.

Del otro lado de la familia, están mi tío Marcelo y mi tía Déborah. Con Marce me llevo bien, pero como les conté, mi madre y mi tía no se hablan hace más de diez años, por lo cual es como si no existiera para mí porque nunca la veo. A las cenas familiares que va una, falta la otra. No se pueden ni se quieren ver. Y, como consecuencia, yo tampoco la veo.

Como ven, mis parientes son, en su gran mayoría, hombres. Y las mujeres que hay -mi madre y mi abuela- no son exactamente mis personas preferidas. "Familia de machos" dijo una vez mi hermano, mirando la foto que mencioné antes.

En el taxi de la vuelta, Seba me dijo que le había caído bien a sus amigos. Prueba superada, pensé. Y agradecí, por primera vez en mi vida, ser parte de una familia tan peculiar.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Día 10 - Flashback: Decime que sí

- Bueno, te escucho - dijo Martín mientras cerraba la puerta de su cuarto.
- Te cuento, entonces. Me junté con mi tío Mauri, a él mi abuelo le dijo lo mismo que a mí hace como dos años.
- ¿Y qué hizo? - preguntó mientras se acostaba al lado mío.
- Se casó con su ex novia. Ella viene a los cumpleaños y a las fiestas, como si estuvieran juntos. Los únicos que sabemos la verdad somos mi hermano y yo.
-¿Y qué piensan hacer?¿Divorciarse?
- No, lo van a anular. Ya me explicó como.
- Y, asumo que tenés la misma idea.
- Asumís bien - me reí.
- Ay, mi amor, no sé. Nos estamos metiendo en un lío...
- ¿Por qué? Una vez que esté anulado es como si no hubiera pasado nada - dije, tratando de convencerlo.
- Pero, ¿qué se supone que les diga a mis padres?
- A ellos les vas a tener que decir la verdad, porque sino no tendría sentido que siguieras viviendo con ellos, mientras estás casado conmigo. En cambio, delante de mi familia, tenemos que actuar como la pareja perfecta.
- ¿Y te parece creíble que nos casemos? Podríamos estar juntos y nada más.
- Mirá, mis padres saben de la propuesta de mi abuelo. Pueden darse cuenta de que algo de interés de mi parte hay, pero no me importa.
-¿Y qué pasaría con los temas legales? Pensión, etcétera.
- No, nada, no te preocupes. Al anularlo es como si nunca nos hubieramos casado.
- O sea, que en unos meses termina todo, sin consecuencias para ninguno de los dos - corroboró.
- Exacto. Sólo que yo gano un departamento - dije, y sonreí.
- Sí, no está nada mal. Y yo sé cuan importante es para vos mudarte...
- No sé si te llegás a imaginar cuanto lo necesito. Esta semana, después de pelearme con mis padres por enésima vez en un ataque de histeria le dije a mi hermano que iba a vender el auto para irme.
- Pero vos amás a tu bebé!
- Sí, pero estoy desesperada. Igual, me dijo que no era la mejor solución porque la plata se acaba. Así que ahí entrás vos.
- Lo puedo llegar a considerar. Últimamente te veo tan triste por como están las cosas en tu casa...
- Me tiene muy mal el tema, de verdad.
- Yo sé. Y te quiero ayudar...

Bajé de la cama, apoyé una rodilla en el piso e hice un gesto como si tuviera la cajita con la alianza en la mano.
-Mi amor, ¿me harías el favor de casarte conmigo?