lunes, 25 de mayo de 2009

Día 15- Un trío infame

A primera vista, mi actitud de ayer puede parecer un poco extrema. Pero creanme, no lo es. Mi familia tiene tres temas principales con los cuales me aturdió durante toda mi vida: el peso, los modales y la elección de carrera. Hoy expandiré sobre el primero.
Cuando tenía ocho años, en el medio de un almuerzo familiar, estiré la mano para agarrar un pan.
- No, no. Pan no - dijo mi abuela, muy seria.
- ¿Por qué no? - pregunté.
- Porque las mujeres de la familia tenemos tendencia a engordar y te va a crecer la cola.
- No me importa, quiero pan - dije, firme.
- Bueno, pero no podés. Ni pan, ni grisines, ni manteca.
Me acuerdo de mirar a mi madre, buscando apoyo, pero lo único que recibí fue un "la abuela tiene razón, no podés".

Al principio de la adolescencia, es la época en la que las chicas judías festejan sus doce años y los chicos sus trece. Lo cual significa, que durante un año y medio hay que asistir una o dos fiestas por fin de semana. Un completo martirio. Especialmente porque yo iba a un colegio de nenes ricos en el cual todos valían en función de la cuenta bancaria de sus padres. Una de las maneras de ostentar era, precisamente, la ropa con la que iban a las fiestas. Además de que muchas ya tenían curvas y yo no, así que siempre me sentí el patito feo, nunca tenía nada lindo para ponerme. Hasta que un día mi abuela vino a comer a mi casa y me dijo que tenía algo para mí. Vino a mi cuarto y me mostró un vestido azul hermoso.
- Me encanta, muchas gracias. ¿Me lo pruebo?
- No, porque para que te lo dé tenemos que hacer un trato. Tenés que bajar cinco kilos.

Lo triste es que hay mil episodios más como estos, incluso este año. Era verano y estábamos todos en la pileta de la casa de mi abuela. Después de charlar un rato con mi padre, decidí salir para buscar algo para comer. Pero mi abuela me interceptó en el camino.
- A ver, vení. Dejame verte la cola - dijo como si fuera algo racional.
- ¿Qué?
- Sí, sí. Quiero ver si está más grande o más chica que el año pasado.
- Dejame tranquila, por dios! - dije mientras agarraba una toalla y me tapaba.
- Dale, mostrame. Quiero ver si la dieta te hizo efecto.

Ayer, después de cortar el teléfono, me sentí enormemente aliviada. Supe que de ahora en más ya no habrían episodios similares. Que todo eso había terminado para siempre. Que ya nadie tendría derecho a opinar sobre mi vida o, por lo menos, que ya no tenía obligación de escucharlos.
Y eso, creanme, no tiene precio.

10 comentarios:

  1. No me imagino lo mucho que significa tu vida nueva, entonces!!
    Si algun dia tenes hijos y nietos...asegurate de no ser ni la mitad de lo que fueron ellas.
    Que tengas un lindo feriado.
    Beso grande.

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  2. Siempre pienso en eso, en que voy a hacer todo posible para no repetir sus errores.
    Y sí, ahora me siento muy bien, en mi nuevo hogar. Estoy tranquila.
    Beso grande para vos también!

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  3. Que reventada la sra, con respeto lo digo, porque no dejarte comer pan con lo rico que es!

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  4. Y a los 8 años encima! Pobre de mí.

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  5. Hija de puta. Una reverenda hija de puta, no se justifica de ninguna manera ese horror y ese hostigamiento.

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  6. Llamado a la solidaridad (la de ellas)

    http://pastillasoduelo.blogspot.com

    Un nuevo blog de una chica neurótica y lastimada que necesita contención femenina.

    Gracias

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  7. Decile a tu abuela que si te crece el culo por comer, es porque heredaste sus genes de mierda!

    Mi mamá decía que la miga del pan era "veneno".
    Lo que yo no entendía era por qué ella se la sacaba toda al pan y nos hacía sandwiches con la corteza, mientras mi viejo se armaba una bola de miga y jamón crudo. Siempre esperaba a que se muriera súbitamente. Pero nunca ocurrió... lo mismo, le agradezco el haberme inculcado el hábito!

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  8. Agus: todos pasamos por la ilusion de que vivendo sola se arregla todo. Lástima que no es así. Esas escenitas van a seguir ahí. Lo bueno es que ahora podés irte...

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