miércoles, 30 de diciembre de 2009

Día 200 - I'll be back

Volvieron Fabi y Romi de Israel y me invitaron a pasar unos días con ellas a Punta del Este. Salimos hoy para allá. A la vuelta les sigo contando del casamiento.

¡Feliz año para todos!

lunes, 28 de diciembre de 2009

Día 199- Flashback: El casamiento (I)

Al contrario de muchas compañeras de escuela, yo nunca soñé con el vestido blanco. En los recreos, muchas veces ellas hacían juegos para ver a qué edad te ibas a casar. Cuando ibas a la casa de alguna a jugar, de a ratos con un tul construían un vestido imaginario y caminaban por un altar inexistente. Otra variante era mirarte el nacimiento de la mano, en donde supuestamente al presionar aparecen una especie de globitos que indican la cantidad de hijos que vas a tener. Por supuesto, con tu marido.

A mí esos jueguitos no me interesaban para nada. De la misma manera que nunca le encontré la gracia a jugar con el hornito y el microondas. Eso se lo pueden imaginar. Sin embargo, la primera vez que me probé el vestido terminado, me invadió una sensación rara.

Me miré al espejo y me vi linda. Tenía puesto un vestido que me quedaba precioso. Era un vestido hermoso, mandado a hacer para que fuera precisamente todo lo que yo quería. Y ahí estaba el resultado final: perfecto. Y sin embargo, con ese vestido yo iba a caminar por el altar, para aceptar casarme con alguien con quien en realidad nunca vi un futuro. Iba a decir que aceptaba a Martín hasta que la muerte nos separara, en frente de un rabino y cientos de personas, cuando en realidad creía que mi relación con él no iba a durar ni siquiera un mes.

Iba a aceptar, también, estar con él en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad. ¿Y a quién engañaba? A mí misma, por supuesto que no. Lo mío con Martín nunca había tenido cimientos fuertes, nunca habíamos hablado de qué era lo que iba a pasar con nosotros a largo plazo, ni tampoco creíamos en nuestra pareja. Al menos yo no. Y al menos ese momento.

Había cariño entre nosotros, sí. Mucho, muchísimo. Y probablemente amor también. Pero yo nunca creí en pasar toda la vida con la misma persona. Las relaciones se desgastan, el amor se va yendo y me costaba pensar que Martín iba a estar siempre al lado mío. Y además, no sé si quería que me pasara.

Siempre me había visto a mí misma conociendo a alguien uno o dos años antes de cumplir treinta, con quien tendría una relación, pero sin convivencia. Nunca me gustó la idea de vivir con otra persona. Como ya lo conté en un post, me parecía asfixiante. Me creía capaz de encontrar a alguien, pero no necesariamente que fuera para toda la vida.

Ese alguien podría llegar a ser Martín. Tal vez la vida nos iba a volver a unir, como lo hizo tantas otras veces, y ahí finalmente podríamos estar bien juntos. Pero no en ese momento, no a los veintiuno, no con lo que era nuestra relación.

Y fue que sabiendo todo esto, en el instante en el que me miré al espejo con el vestido puesto y me imagine a mí misma diciendo "acepto", me sentí un fraude total. Aunque nunca hubiera soñado con el momento, aunque nunca fui una Susanita, en ese segundo supe que estaba mancillando lo que a otros le parecía tan sagrado. Y deseé que todo fuera real. Deseé creer tan ciegamente en el amor como para pensar que iba a estar siempre con Martín. Deseé decir "acepto" pensando de verdad en querer a mi futuro marido en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Día 198 - La noticia

Toqué timbre en casa vieja ayer a eso de las ocho de la noche para anunciar el embarazo, sola. Pensé que iba a ser mejor ir sin Martín, en el caso de que a mi madre se le ocurriera empezar a decir pavadas.

Me abrió mi padre.
- ¡Princesa!
- Hola, papi. ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y vos? - preguntó mientras me abrazaba.
- Bien, bien. Tengo algo para contarles. ¿Están mamá y Fabián?
- Sí, ya los llamo.

Se metió por el pasillo, fue a buscar a mi madre que leía el diario en su cuarto, y a Fabián que jugaba al playstation en el suyo. Mi hermano me abrazó al grito de "gorda cerda" y mi madre se limitó a emitir un "si no hubieras aparecido daba para pensar que te había tragado la tierra". Ni siquiera le contesté.

- Siéntense los tres por favor - dije. - Tengo algo que contarles.
- Yo ya sé lo que nos vas a decir. La veo venir.
- A ver, mamá. Iluminame con tu sabiduría. ¿Qué pensás que voy a decir?
- Que te divorciás, es obvio. Si te casaste para que te regalaran el departamento. Ahora que ya lo tenés, chau Martín.
- Te equivocás. ¿Querés intentar de nuevo con alguna otra idea de telenovela o ya está?
- Ya está. Si no es eso no sé que es. Te escucho.
- Bueno, prepárense -dije, y respiré hondo. - Estoy embarazada.

Mi padre sonrió, mi hermano abrió la boca en un gesto de sorpresa total y mi madre se quedó mirándome sin saber lo que decir. Mi padre se levantó y me abrazó. "No sabés lo feliz que me pone saber que voy a ser abuelo". Mi hermano me preguntó al oído si era deseado o no, y le contesté que de alguna extraña manera creía que era lo que los dos queríamos. Mi madre seguía mirándome desde el sillón, sin emitir sonido.

- ¿Qué pasa, mamá? ¿En tu telenovela venezolana no hay lugar para un embarazo?
- Es que yo pensé que...
- Pensaste mal. Pensaste pavadas. Hacete la idea de que Martín y yo estamos juntos de verdad, y eso no tiene nada que ver con el departamento. Y bueno, queríamos ser papás y se nos presentó la oportunidad. ¿No podés alegrarte por mí?
- Sí, puedo - dijo, atónita. - Es que no puedo creer...
- ¿Lo qué no podés creer?
- ¡Que lo de ustedes es de verdad! No cierra por ningún lado. Se casaron tan jóvenes, y a vos el abuelo te había prometido el departamento. Después nos enteramos lo que había hecho tu tío Mauricio y en seguida cerró lo tuyo con Martín. Habían hecho lo mismo que Mauricio y Fernanda, era clarísimo. Y un día voy a tu casa, y tenés la mitad de la cama hecha, y Martín justo no está.
- Bueno, mamá. Te pensás que ataste cabos como una detective y lo único que hiciste fue pensar que yo había hecho lo mismo que Mauricio, sin ningún tipo de prueba. Ahora, date cuenta de que estabas equivocada. Afrontá que lo que dijiste no es verdad, y que si Martín y yo estamos esperando un bebé es porque estamos juntos y porque tenemos planeado seguir juntos.
- Bueno, lo acepto - dijo, derrotada. - Supongo que te tengo que felicitar, entonces.
- Yo creo que corresponde -dije.

Se acercó, y esbozó un intento de abrazo. Me palmeó la espalda dos o tres veces y se separó de mí, despacio.
- Que te quede claro que no me va a decir abuela -dijo, agarrándome del brazo. - Que me diga Jaqueline, así no parezco vieja.

Ni siquiera le contesté, no tenía ganas. Fui hasta la cocina y le conté a María. Se alegró muchísimo. Después me despedí de los cuatro y partí hacia lo de mi abuelo.

Creo que nunca lo ví tan feliz como cuando le conté. No podía creer que iba a ser bisabuelo a los 87 años, sobre todo cuando tuvo cuatro hijos y sólo tres nietos.
- Vas a tener que mudarte a un departamento más grande.
- Más adelante, abuelo. Por ahora estamos bien.
- No, en serio. Dejame regalártelo. En el tuyo no tenés ni siquiera un cuarto extra para el bebé.
- Vemos más adelante, abuelo. En serio, no te preocupes.
- No, Agus. Es lindo que durante el embarazo vayan armando el cuarto del bebé, y que cuando llegue ya tengan todo listo. Tengo un departamento nuevo de tres dormitorios, noventa metros cuadrados, precioso. Sería un placer para mí dártelo.
Sonreí.
- Entonces supongo que corresponde que lo acepte.



No se vayan todavía. Me di cuenta de que nunca les conté del casamiento.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Día 197 - Las buenas nuevas

Entre hoy y mañana le voy a contar del embarazo a mi abuelo y a mis padres.

Todavía no me despido de ustedes, adorados.

martes, 15 de diciembre de 2009

Día 196 - Happy ¿ending?

Hoy fuimos con Martín a darle la noticia a sus padres. Al principio se sorprendieron un poco, pero después les gustó la idea de tener un nieto. Supongo que ya fueron viendo que estamos en algo bastante serio dado que ya prácticamente vive conmigo y entonces de alguna manera nuestro casamiento ya no tiene tanto de ficticio como antes.
- Lo gracioso es que al final terminaron siendo de verdad marido y mujer - dijo Rosanna, la mamá.

Yo no creo que sea tan así, pero es verdad que algo de real hay en lo que dijo. Estamos casados legalmente, estamos viviendo juntos y tenemos un bebé en camino. Si esto fuera una película, probablemente nos estaríamos acercando a un final feliz. Y como todos sabemos que esas cosas en la realidad no existen, a veces pienso que el blog debería terminar por acá. Quiero que ustedes se queden con esta imagen, creo que la historia que tenía para contarles se viene acercando a un final.

Cuando me mudé a este departamento, en mayo, empezó la historia de la nena que se mudaba de la casa de papá y mamá a un departamento de cuarenta y ocho metros cuadrados completamente sola. Y hoy, si bien hay mucho de ella en mí todavía, lo que me espera de ahora en adelante tiene poco que ver con no saber cocinar ni limpiar. Y en esta nueva etapa, ya no voy a estar sola sino que es bastante probable que Martín se termine mudando.

Yo fui cínica durante mucho tiempo y hasta me llegué a burlar del final feliz. Pero creo que en el fondo todos queremos seguir creyendo en él. No sólo en que existe, sino en que nos puede pasar a nosotros. Y creo firmemente en que todos sabemos que si la película continuara después del abrazo de los protagonistas, en algún momento esa imagen cambiaría y todo cobraría un tinte más realista. Él encontraría a otra mujer, o ella se aburriría de la rutina, porque así son las relaciones en el mundo real. Lo que vemos en la película es felicidad absoluta porque termina ahí, porque la simple razón de que no le damos la chance de que se opaque.

Y, aún así, todos nos alegramos cuando el protagonista llega justo a tiempo al aeropuerto a decirle que la ama. No sabemos bien por qué si tenemos claro que eso en la realidad no existe. Lo que creo yo es que, en el fondo, todos queremos que haya alguien o algo que nos haga volver a creer en él.

Y creo que ustedes, después de leerme por tanto tiempo, se merecen que mi historia tenga un final feliz. Que yo deje de escribir antes de que empiecen los problemas entre Martín y yo, antes de que explote mi mentira en mi familia y nos salpique a todos, antes de que yo me dé cuenta de que la dulce espera de dulce no tiene mucho.

Yo, como lector o lectora, querría que la historia terminara acá. Porque en este punto estaríamos precisamente en el final feliz. Y todos sabemos que ese punto es un máximo. Después de él, sólo se puede bajar. Y a mí, si estuviera en el lugar de ustedes, no me gustaría verlo. Preferiría ser yo quien le diera la continuación a este momento, ser yo quien se imaginara lo que pasa después.

Precisamente para tener el poder darle el final que yo quisiera.