Como todavía no pude averiguar qué fue lo que pasó, le pedí a Martín que se venga a quedar unos días acá en casa por si alguien se le ocurre caer de sorpresa a verificar que mi marido efectivamente vive acá.
Por un lado, creo que fue una buena idea. Por otro, no sé como le va a hacer esta semi-convivencia a nuestra semi-relación. Lo máximo que hemos pasado juntos seguido fue un día o dos, y el hecho de que venga hoy a la noche y se quede hasta el fin de semana que viene puede ser mucha presión. En fin, tampoco es que hubiera otra opción. Es claro que algo pasó y mientras no sepa bien qué fue o quién abrió la boca voy a tener que tener mucho cuidado de que no se descubra todo.
Martín está por venir, con su bolso. De la misma manera que vino Fabián hace un mes o dos. Es parecido, y a la vez tan diferente. Con Fabián ya estaba acostumbrada a convivir, sabía lo que me deparaba cuando le dije que se podía quedar. Pero ahora no tengo ni idea, nos puede ir genial, o todo lo contrario. No sé.
Voy a tratar de escribir cuando él esté en el trabajo o en la facultad. Va a ser difícil porque tengo horarios parecidos a los suyos. En todo caso, algo voy a inventar. Aprovecharé cuando se bañe para mantenerlos al tanto de todo o algo por el estilo.
Los quiero.
sábado, 28 de noviembre de 2009
viernes, 27 de noviembre de 2009
Día 186 - Y vos qué decís?
Hipótesis uno.
Valentina habló.
Hipótesis dos.
Mi tío Maurició habló.
Hipótesis tres.
Mi tío Gabriel estaba al pedo y no se le ocurrió nada mejor que venir a romperme las pelotas.
Votá por tu favorita!
Valentina habló.
Hipótesis dos.
Mi tío Maurició habló.
Hipótesis tres.
Mi tío Gabriel estaba al pedo y no se le ocurrió nada mejor que venir a romperme las pelotas.
Votá por tu favorita!
jueves, 26 de noviembre de 2009
Día 185 - WTF???
Hace un rato sonó el portero eléctrico. Levanté el tubo y pregunté quien era, y escuché del otro lado la voz de mi tío Gabriel. Me pareció rarísimo, ya que no tenemos confianza como para que venga a mi casa sin avisar. Como percibí que había algo extraño, mientras subía aproveché para sacar las fotos con Martín de la caja y ponerlas sobre mi mesa de luz y en el comedor.
En seguida tocó timbre. Le abrí.
- ¿Qué hacés acá, tío? - pregunté, en un tono que no fue precisamente amigable.
- Eh...nada. Venía a visitarte nada más.
- ¿A visitarme?
- Sí - dijo, mientras miraba alrededor. - ¿Martín?
- En el trabajo.
- Pero ya son casi las nueve de la noche.
- ¿Y? Siempre demora, y aparte trabaja lejos de acá.
- Ah - dijo, no muy convencido. - ¿Así que ya viene, entonces? Bueno, me quedo a esperar a que venga así lo saludo.
Me pareció obvio que estaba sospechando algo, así que le dije que iba al baño para pensar que hacía. Agarré el celular y le escribí un mensaje a Martín preguntándole si podía venir, que después le explicaba bien por qué pero que necesitaba que viniera. Me contestó que estaba en la casa del abuela, en medio de una cena familiar, pero que si era muy importante venía igual. Me dio pena y le dije que no se preocupara.
Salí del baño y volví al comedor, en donde Gabriel se encontraba revisándome la heladera.
- ¿Qué estás haciendo, tío?
- Buscando algo para tomar, tengo un poco de sed. Pero no tenés nada.
- Hay agua nada más.
- Pensé que ibas a tener coca light. Bueno, en fin. ¿Cómo van tus cosas?
- Bien, bien. Escuchá, tío. No te lo tomes a mal, pero estoy atrasadísima con el estudio y tengo que seguir en lo que estaba.
- Ah, no te molesto. Me prendo la tele acá.
- No, no prendas nada. Necesito silencio para estudiar - dije, metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué el celular. - Y además Martín me acaba de mandar un mensaje diciendo que tiene partido con los amigos así que no tiene sentido que lo esperes.
- ¿Partido?
- Sí, tío. Partido. De fútbol. Juega al fútbol mi marido.
- Ah, mirá vos. No sabía.
- ¿No? Debes ser el único de la familia que no lo sabía.
- Bueno, capaz que soy el único. Pero igual que raro, ¿no? Que te avise tan sobre la hora que no viene.
- Es que los partidos son lunes y miércoles, y ayer no jugaron - mentí. - Era probable que lo cambiaran para hoy.
- Ah, sí, claro. Bueno, pero igual, vos pensabas que él venía del trabajo para acá.
- ¿Y? ¿No me puede avisar que cambió de planes?
- Sí, puede...
- ¿Y entonces?
- Nada. Que es raro, digo.
- Raro sos vos que venís así de la nada y empezás a hacer preguntas y a decir boludeces.
- Bueno, bueno.
- Bueno nada. Tengo que estudiar así que te pido que te retires.
- Bueno - dijo incorporándose. - Me voy, entonces.
- Bárbaro - dije, mientras lo acompañaba hacia la puerta. - Chau.
- Chau, Agus. Saludos a Martín.
- Quedate tranquilo que se los mando - dije, con una sonrisa muy falsa.
Cerré la puerta, todavía con una sensación rarísima. Y me sigo preguntando, ¿acá qué carajo pasa?
En seguida tocó timbre. Le abrí.
- ¿Qué hacés acá, tío? - pregunté, en un tono que no fue precisamente amigable.
- Eh...nada. Venía a visitarte nada más.
- ¿A visitarme?
- Sí - dijo, mientras miraba alrededor. - ¿Martín?
- En el trabajo.
- Pero ya son casi las nueve de la noche.
- ¿Y? Siempre demora, y aparte trabaja lejos de acá.
- Ah - dijo, no muy convencido. - ¿Así que ya viene, entonces? Bueno, me quedo a esperar a que venga así lo saludo.
Me pareció obvio que estaba sospechando algo, así que le dije que iba al baño para pensar que hacía. Agarré el celular y le escribí un mensaje a Martín preguntándole si podía venir, que después le explicaba bien por qué pero que necesitaba que viniera. Me contestó que estaba en la casa del abuela, en medio de una cena familiar, pero que si era muy importante venía igual. Me dio pena y le dije que no se preocupara.
Salí del baño y volví al comedor, en donde Gabriel se encontraba revisándome la heladera.
- ¿Qué estás haciendo, tío?
- Buscando algo para tomar, tengo un poco de sed. Pero no tenés nada.
- Hay agua nada más.
- Pensé que ibas a tener coca light. Bueno, en fin. ¿Cómo van tus cosas?
- Bien, bien. Escuchá, tío. No te lo tomes a mal, pero estoy atrasadísima con el estudio y tengo que seguir en lo que estaba.
- Ah, no te molesto. Me prendo la tele acá.
- No, no prendas nada. Necesito silencio para estudiar - dije, metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué el celular. - Y además Martín me acaba de mandar un mensaje diciendo que tiene partido con los amigos así que no tiene sentido que lo esperes.
- ¿Partido?
- Sí, tío. Partido. De fútbol. Juega al fútbol mi marido.
- Ah, mirá vos. No sabía.
- ¿No? Debes ser el único de la familia que no lo sabía.
- Bueno, capaz que soy el único. Pero igual que raro, ¿no? Que te avise tan sobre la hora que no viene.
- Es que los partidos son lunes y miércoles, y ayer no jugaron - mentí. - Era probable que lo cambiaran para hoy.
- Ah, sí, claro. Bueno, pero igual, vos pensabas que él venía del trabajo para acá.
- ¿Y? ¿No me puede avisar que cambió de planes?
- Sí, puede...
- ¿Y entonces?
- Nada. Que es raro, digo.
- Raro sos vos que venís así de la nada y empezás a hacer preguntas y a decir boludeces.
- Bueno, bueno.
- Bueno nada. Tengo que estudiar así que te pido que te retires.
- Bueno - dijo incorporándose. - Me voy, entonces.
- Bárbaro - dije, mientras lo acompañaba hacia la puerta. - Chau.
- Chau, Agus. Saludos a Martín.
- Quedate tranquilo que se los mando - dije, con una sonrisa muy falsa.
Cerré la puerta, todavía con una sensación rarísima. Y me sigo preguntando, ¿acá qué carajo pasa?
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Día 184 - Oh, L' amour!
Por mucho tiempo creí que amar y estar enamorado era lo mismo. Veía a Martín, cuando teníamos dieciséis años y pensaba que me pasaban las dos cosas con él. Sentía que lo amaba con cada fibra de mi ser y a la vez, lo veía como una persona con la que quería estar siempre y eso para mí constituía el enamoramiento.
Sin embargo, con el tiempo, me di cuenta de que eran dos cosas separables. Entendí, que uno puede amar a una persona sólo por que lo siente, sin mayor explicación. En cambio, estar enamorado de alguien, requiere mucho más.
Entender el concepto de amar es mucho fácil que el de estar enamorado. Todos amamos a alguien. Ya sea a un familiar, a un amigo o a una pareja. Estar enamorado de alguien, sin embargo, es otra cosa. Para mí, es ver algo más en el otro, algo más allá de lo que ve cualquier otra persona.
Es verlo y admirarlo. Saber que tiene algo especial, algo que lo hace diferente de los demás, algo que lo hace único. El enamoramiento no tiene nada que ver con maximizar las virtudes y minimizar los defectos, al menos para mí. Creo que es, precisamente, todo lo contrario. Conocer al otro en su totalidad y sí, admirar las cosas buenas que tenga pero saber que aún con todas las fallas que pueda tener, lo seguís eligiendo.
Siempre creí amar a Martín. Pero nunca supe por qué. Supongo que siempre lo amé por ser una persona tan importante en mi vida, a quien quiero muchísimo y por la que siento algo muy fuerte. Pero nunca supe qué era lo que él tenía que me hacía amarlo, y creo que es precisamente por eso que nunca estuve enamorada de él.
Sin embargo, ayer pasó algo que me hizo pensar. Durante las semanas que estuvo Fabián viviendo conmigo, mi departamento se volvió un lugar increíblemente desordenado. En mi ropero había ropa de los dos mezclada, zapatos suyos tirados encima de los míos, y boxers entreverados con mi ropa interior. Cuando juntó su ropa para irse, dejó todo incluso más desordenado de lo que estaba antes y tiró todo para cualquier lado. En la pileta, quedaron una infinidad de platos sin lavar. En el baño, algunas cremas mías en el suelo que tiró Fabián en el apuro mientras sacaba sus cosas de afeitar.
Mi idea era arreglarlo todo ayer cuando llegara del trabajo, pero no pude. Cuando abrí la puerta me encontré con que todo estaba impecable. En la pileta no había nada, mi ropero estaba ordenado y mi cuarto y mi baño estaban relucientes. En la cocina, se encontraba un Martín sonriente con delantal.
- ¿Vos hiciste todo esto? - pregunté mientras recorría la casa.
- Sí.
- ¿Y por qué?
- Porque sé que no te gusta tener la casa desordenada, pero también sabía que hoy ibas a volver cansada del trabajo y probablemente no ibas a tener ganas de ordenar, entonces lo hice yo. Y sabía, también, que cuando llegaras cansada no ibas a querer ponerte a preparar nada para comer. Pero también sabía que estás preocupada por la plata que estás gastando en delivery y que probablemente terminaras comiendo galletitas. Entonces decidí cocinar yo. O intentar hacerlo, porque no sé como me va a quedar.
Me quedé muda. Sin decir nada, me acerqué hasta él, lo abracé y le di un beso. Le agradecí por todo y me dijo que no me preocupara. Fui hasta mi cuarto a dejar mis cosas, y abrí el ropero para sacar un vestido para ponerme. En seguida divisé, en el fondo del mismo, la caja con nuestras fotos juntos. Y cuando ví una de las fotos del casamiento tuve una especie de revelación.
Casarse conmigo fue un acto de amor. Al igual que ordenar la casa y preparar la cena porque yo estaba cansada. Y esas cosas, fueron precisamente lo que yo necesitaba. Y entendí, que para mí, es eso lo que hace a Martín una persona especial. El hecho de saber qué es lo que yo necesito y estar dispuesto a hacer algo al respecto.
Y hoy, mientras nos despedíamos, me puse a pensar en todas estas cuestiones. Y cuando escuché que se cerraba la puerta del ascensor, apoyé mi espalda en la puerta y dije "te amo". Después, me deslicé hasta quedar sentada en el suelo y agregué "y estoy enamorada de vos".
Sin embargo, con el tiempo, me di cuenta de que eran dos cosas separables. Entendí, que uno puede amar a una persona sólo por que lo siente, sin mayor explicación. En cambio, estar enamorado de alguien, requiere mucho más.
Entender el concepto de amar es mucho fácil que el de estar enamorado. Todos amamos a alguien. Ya sea a un familiar, a un amigo o a una pareja. Estar enamorado de alguien, sin embargo, es otra cosa. Para mí, es ver algo más en el otro, algo más allá de lo que ve cualquier otra persona.
Es verlo y admirarlo. Saber que tiene algo especial, algo que lo hace diferente de los demás, algo que lo hace único. El enamoramiento no tiene nada que ver con maximizar las virtudes y minimizar los defectos, al menos para mí. Creo que es, precisamente, todo lo contrario. Conocer al otro en su totalidad y sí, admirar las cosas buenas que tenga pero saber que aún con todas las fallas que pueda tener, lo seguís eligiendo.
Siempre creí amar a Martín. Pero nunca supe por qué. Supongo que siempre lo amé por ser una persona tan importante en mi vida, a quien quiero muchísimo y por la que siento algo muy fuerte. Pero nunca supe qué era lo que él tenía que me hacía amarlo, y creo que es precisamente por eso que nunca estuve enamorada de él.
Sin embargo, ayer pasó algo que me hizo pensar. Durante las semanas que estuvo Fabián viviendo conmigo, mi departamento se volvió un lugar increíblemente desordenado. En mi ropero había ropa de los dos mezclada, zapatos suyos tirados encima de los míos, y boxers entreverados con mi ropa interior. Cuando juntó su ropa para irse, dejó todo incluso más desordenado de lo que estaba antes y tiró todo para cualquier lado. En la pileta, quedaron una infinidad de platos sin lavar. En el baño, algunas cremas mías en el suelo que tiró Fabián en el apuro mientras sacaba sus cosas de afeitar.
Mi idea era arreglarlo todo ayer cuando llegara del trabajo, pero no pude. Cuando abrí la puerta me encontré con que todo estaba impecable. En la pileta no había nada, mi ropero estaba ordenado y mi cuarto y mi baño estaban relucientes. En la cocina, se encontraba un Martín sonriente con delantal.
- ¿Vos hiciste todo esto? - pregunté mientras recorría la casa.
- Sí.
- ¿Y por qué?
- Porque sé que no te gusta tener la casa desordenada, pero también sabía que hoy ibas a volver cansada del trabajo y probablemente no ibas a tener ganas de ordenar, entonces lo hice yo. Y sabía, también, que cuando llegaras cansada no ibas a querer ponerte a preparar nada para comer. Pero también sabía que estás preocupada por la plata que estás gastando en delivery y que probablemente terminaras comiendo galletitas. Entonces decidí cocinar yo. O intentar hacerlo, porque no sé como me va a quedar.
Me quedé muda. Sin decir nada, me acerqué hasta él, lo abracé y le di un beso. Le agradecí por todo y me dijo que no me preocupara. Fui hasta mi cuarto a dejar mis cosas, y abrí el ropero para sacar un vestido para ponerme. En seguida divisé, en el fondo del mismo, la caja con nuestras fotos juntos. Y cuando ví una de las fotos del casamiento tuve una especie de revelación.
Casarse conmigo fue un acto de amor. Al igual que ordenar la casa y preparar la cena porque yo estaba cansada. Y esas cosas, fueron precisamente lo que yo necesitaba. Y entendí, que para mí, es eso lo que hace a Martín una persona especial. El hecho de saber qué es lo que yo necesito y estar dispuesto a hacer algo al respecto.
Y hoy, mientras nos despedíamos, me puse a pensar en todas estas cuestiones. Y cuando escuché que se cerraba la puerta del ascensor, apoyé mi espalda en la puerta y dije "te amo". Después, me deslicé hasta quedar sentada en el suelo y agregué "y estoy enamorada de vos".
lunes, 23 de noviembre de 2009
Día 183 - So long, farewell
Ayer decidí volver a mi casa para hablar con mi hermano como dos personas adultas.
- Escuchame, gordo cerdo. Nunca en la vida vamos a hablar de lo que pasó. ¿Me entendés?
- Sí.
- Pero nunca, eh. Never ever. Vamos a pretender que nunca sucedió lo del otro día.
- Bueno.
- Porque si empiezo a hablar, morís. ¡En mi sillón tenía que ser!
- Dijiste que no ibamos a hablar de eso.
- Sí, ya sé. Bueno, en fin. Igual tenemos que hablar de otra cosa.
- ¿No me puedo seguir quedando acá, no?
- No. Mirá, gordo, yo sé que es difícil vivir en casa vieja. Creeme que lo sé. Pero que vivas acá no es la solución.
- Ya sé que no.
- Fijate que además desde que estás acá, ya pasaron bastantes cosas. Vos y tu amigo me vieron en bombacha, yo te vi a vos...
- Entendí - dijo, tajante.
- Bueno, eso. Además, es una situación de mierda para vos también. Estás durmiendo en una bolsa de dormir en el living, no tenés un mango, estás en una casa que no es tuya.
- Sí, yo sé todo eso y también sé que voy a tener que volver a lo de papá y mamá. Siempre lo supe. Lo que pasa es que quería estirar el momento de irme.
- Sí, ya lo sé. Pero me parece que ya llegó. ¿Estás de acuerdo?
- Sí. ¿Armo el bolso? - preguntó.
- Como vos quieras. No tiene por qué ser ya. Podés irte en el correr de la semana si querés.
- No, prefiero irme ahora y enfrentar a mamá y papá de una vez.
- ¿Seguro? - pregunté.
- Sí, ya me quedé bastante tiempo acá. Es hora de que vuelva.
- Si, puede ser. Capaz es lo mejor.
- Sí. Después veo como hago para irme - dijo mi hermano.
- Algo se te va a ocurrir.
- Sí. Lástima que no tengo una versión femenina de tu Martín.
- ¿No? ¿Y esa chica?
- Es linda, pero nada más. No da para otra cosa.
- No tiene por qué dar. Le podés explicar la situación.
- No, Agus. No es tan fácil que alguien haga lo que Martín hizo por vos.
- No, tenés razón. Sólo él.
- Tal cual. Sólo él.
- Y además justo ahora estamos re bien con él entonces te tengo que estar echando de acá todo el tiempo y eso también es una mierda para vos.
- Sí, por eso. Ya es hora de que me vaya. ¿Me ayudás a juntar mis cosas?
- Sí, hermanito. Te ayudo.
Como no llegó a traer muchas cosas, juntarlas demoró muy poco. Alrededor de media hora, nada más. Eran algunas cosas del baño, algo de ropa, y su bolsa de dormir. Bajamos juntos, guardamos el bolso en el baúl, y lo llevé hasta casa vieja.
Me dio mucha pena. No sólo tenía que volver derrotado, sino también le quedaba bancarse los gritos de mis padres por haber desaparecido por tanto tiempo. Y todavía peor, volver a un lugar que más que una casa es un manicomio.
En este preciso momento mi madre debe estar llegando a casa. Pobre Fabián. Que dios lo ayude.
- Escuchame, gordo cerdo. Nunca en la vida vamos a hablar de lo que pasó. ¿Me entendés?
- Sí.
- Pero nunca, eh. Never ever. Vamos a pretender que nunca sucedió lo del otro día.
- Bueno.
- Porque si empiezo a hablar, morís. ¡En mi sillón tenía que ser!
- Dijiste que no ibamos a hablar de eso.
- Sí, ya sé. Bueno, en fin. Igual tenemos que hablar de otra cosa.
- ¿No me puedo seguir quedando acá, no?
- No. Mirá, gordo, yo sé que es difícil vivir en casa vieja. Creeme que lo sé. Pero que vivas acá no es la solución.
- Ya sé que no.
- Fijate que además desde que estás acá, ya pasaron bastantes cosas. Vos y tu amigo me vieron en bombacha, yo te vi a vos...
- Entendí - dijo, tajante.
- Bueno, eso. Además, es una situación de mierda para vos también. Estás durmiendo en una bolsa de dormir en el living, no tenés un mango, estás en una casa que no es tuya.
- Sí, yo sé todo eso y también sé que voy a tener que volver a lo de papá y mamá. Siempre lo supe. Lo que pasa es que quería estirar el momento de irme.
- Sí, ya lo sé. Pero me parece que ya llegó. ¿Estás de acuerdo?
- Sí. ¿Armo el bolso? - preguntó.
- Como vos quieras. No tiene por qué ser ya. Podés irte en el correr de la semana si querés.
- No, prefiero irme ahora y enfrentar a mamá y papá de una vez.
- ¿Seguro? - pregunté.
- Sí, ya me quedé bastante tiempo acá. Es hora de que vuelva.
- Si, puede ser. Capaz es lo mejor.
- Sí. Después veo como hago para irme - dijo mi hermano.
- Algo se te va a ocurrir.
- Sí. Lástima que no tengo una versión femenina de tu Martín.
- ¿No? ¿Y esa chica?
- Es linda, pero nada más. No da para otra cosa.
- No tiene por qué dar. Le podés explicar la situación.
- No, Agus. No es tan fácil que alguien haga lo que Martín hizo por vos.
- No, tenés razón. Sólo él.
- Tal cual. Sólo él.
- Y además justo ahora estamos re bien con él entonces te tengo que estar echando de acá todo el tiempo y eso también es una mierda para vos.
- Sí, por eso. Ya es hora de que me vaya. ¿Me ayudás a juntar mis cosas?
- Sí, hermanito. Te ayudo.
Como no llegó a traer muchas cosas, juntarlas demoró muy poco. Alrededor de media hora, nada más. Eran algunas cosas del baño, algo de ropa, y su bolsa de dormir. Bajamos juntos, guardamos el bolso en el baúl, y lo llevé hasta casa vieja.
Me dio mucha pena. No sólo tenía que volver derrotado, sino también le quedaba bancarse los gritos de mis padres por haber desaparecido por tanto tiempo. Y todavía peor, volver a un lugar que más que una casa es un manicomio.
En este preciso momento mi madre debe estar llegando a casa. Pobre Fabián. Que dios lo ayude.
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