- Rabino, a ver. En primer lugar, nadie está teniendo problemas. En segundo lugar, me disculpo por la pérdida de tiempo que va a ser para usted haber venido hasta acá. Mi madre está...un poco...como digo esto...mal de la cabeza y piensa que mi marido y yo estamos mal. Así que le agradezco que haya venido, pero su ayuda no va a ser necesaria.
- Mire que para mí no es problema. Podemos sentarnos a hablar tranquilamente y ver que soluciones puede haber. A veces las personas no quieren admitir que tienen problemas con su pareja.
- Es que no tenemos ningún problema - mentí.
- Bueno, pero podríamos tener una charla igual. A fin de cuentas, ustedes asumieron un compromiso para toda la vida y van a estar juntos por muchísimo tiempo. Les puedo dar algunos consejos...
- Gracias - dije, interrumpiéndolo. - Pero no va a ser necesario.
Me di vuelta y miré a Martín, quien se veía que estaba conteniendo la risa hace rato. Lo abracé para reforzar la imagen de parejita feliz y volví donde estaba mi abuelo.
- Vení, chiquita, quiero hablar con vos.
- Bueno, abuelito.
Intentó pararse sólo y no pudo. Le agarré fuerte el brazo derecho y lo ayudé a levantarse. Fuimos caminando hasta una especie de escritorio que hay en su casa.
- Sentate - me dijo. Lo hice.
- Contame, ¿cómo anda todo?
- Bien, abuelito. Estoy muy contenta en el departamento, con mi marido. Todo bien.
- ¿Segura?
- Sí, sí. ¿Por qué?
- Porque tu madre anduvo diciendo que Martín y vos estaban peleados y que él había vuelto a lo de sus padres.
- Ay, abuelito, sabés como es mi mamá.
- Sí, me imaginé que era una de sus cosas. Decime, ¿precisás plata?
- No - mentí. La verdad es que no me hubiera venido nada mal.
- Dejame hacerte un regalito.
- Jajaja, no, abuelito. Es tu cumpleaños.
- No importa. Decime la verdad. ¿Precisás?
- En serio que no.
- Te creo. Bueno, era eso. Ver como estabas y si precisabas algo.
- Gracias por preocuparte. Te quiero mucho.
- Yo también, chiquita.
Salimos del escritorio, y en el camino me crucé con mi tío Gabriel, el hermano menor de mi papá. Me preguntó si mi abuelo me había regalado plata y le dije que no.
- Porque, no sé si sabías, nadie está autorizado a recibir plata de papá.
- ¿Qué quiere decir eso? - pregunté extrañada.
- Que últimamente anda regalando mucha plata a las enfermeras, le regaló a tu primo también. Y bueno, con tu tío Mauricio decidimos que es mejor que toda la plata que él da sea devuelta.
- ¿Ahora no puede decidir a quién le da plata y a quién no? La ganó él. Si considera que una enfermera se merece algo extra, se lo puede dar.
- Ya no puede decidir él. La responsabilidad sobre su plata la tenemos los cuatro hijos ahora.
- ¿Y eso?
- Es así, Agustina. Decime, ¿te dio plata o no?
- ¡No!
- Bueno. Si te da algo durante el almuerzo me lo devolvés.
Sin entender mucho me acerqué hasta donde estaba Cristina, la enfermera de la mañana.
- Cris, una pregunta. ¿Qué es eso de que mi abuelo ya no maneja su plata?
- Vino su psiquiatra el otro día y dijo que debe ser declarado incapaz. Ya no está habilitado para firmar nada, y mucho menos manejar plata. Así que tus tíos están a cargo ahora.
- ¿Incapaz? ¿Cómo llegó a eso?
- Está muy desequilibrado, Agus. Sobre todo con la plata. La esconde a veces abajo de la almohada o entre la ropa. O a veces directamente la pierde. Y bueno, tu tío Gabriel no sabés como está.
- Me imagino. Siempre fue un muerto con la plata.
- Exacto. Y, te digo algo, entre nosotras. El otro día escuché a tu tío Mauricio hablando con él, y estaban diciendo que ellos dos se iban a encargar de todas las cuentas.
- ¿Y mi padre y mi tío Julio?
- Están enfermos, según ellos dos, y tampoco son capaces de manejar plata.
- Y bueno, no es del todo mentira. Papá es bipolar y Julio es esquizofrénico.
- Sí, es verdad, pero en este caso es una excusa. Te digo lo que me parece. Están buscando la manera de repartirse todo entre ellos dos.
- Siempre lo quisieron hacer. Se ve que ahora tienen su oportunidad.
- Claro. Les vino como anillo al dedo lo de tu abuelo. Decime, ¿vos tenés alguna cuenta a tu nombre o algo? ¿Alguna propiedad?
- Sí. Mi departamento, y una cuenta que nos abrió a cada uno de los nietos.
- Bueno, te aconsejo que tengas cuidado con esas cosas porque si no tienen problema en sacarle todo a sus hermanos, mucho menos van a tener con respecto a sus sobrinos.
- Pero si está todo a mi nombre no hay nada que puedan hacer. ¿O sí?
- Supongo que no, pero yo que vos me cuidaría.
- Es que no sé que podría hacer. Igual debería averiguar. Gracias, Cris.
- De nada. Me pareció que debía advertirte.
Con todo eso en la cabeza volví a donde estaban todos. El resto del almuerzo transcurrió sin mayores problemas, pero no me pude concentrar en ninguna conversación. Miraba a mis tíos Gabriel y Mauricio por un lado, y a mi papá y mi tío Julio por otro. En la cabecera, mi abuelo. Festejando su cumpleaños y sin saber, que dos de sus hijos se estaban disputando su patrimonio a costa de otros dos. A fin de cuentas, repartiéndose la herencia con mi abuelo en vida, y no precisamente de una manera justa.
Encima todavía me quedaba la charla con Martín.
lunes, 26 de octubre de 2009
domingo, 25 de octubre de 2009
Día 159 - Iom Uledet Sameaj * (I)
Teníamos que estar a la una en lo de mi abuelo, y para llegar desde mi casa hasta la suya es más o menos media hora. Como Martín llegó muy cerca de las doce y media, tuvimos que dejar la charla sobre nosotros para después.
En el trayecto hasta la casa de mi abuelito, mi marido se me trató de acercar y yo estuve distante. En varios momentos me tocó el pelo, en otros la pierna y en algunos hasta se acercó para darme un beso. En más de una ocasión, sucumbí.
Cuando estábamos a punto de llegar, me mandó un mensaje mi hermano diciéndome que lo esperáramos que ya venía. En principio había decidido no ir para no ver a mis padres, pero se ve que a último momento se arrepintió. Supongo que lo que lo hizo cambiar de opinión fue el hecho de priorizar el cumpleaños de mi abuelo ya que su condición no es la mejor.
Diez minutos después del llamado, llegó. Se había quedado a dormir en lo de un amigo que vivía cerca y por suerte no hubo que esperarlo mucho. Nos subimos los tres al ascensor, y yo apreté el cuatro. Cuando tocamos timbre, nos abrió mi padre, quien abrazó fuerte a Fabián y le dijo que se alegraba de verlo bien. Mi hermano le palmeó la espalda y se separó despacio de él. Atrás suyo se encontraba mi madre quien muy falsamente gritó "Fabiancito, mi amor" a la vez que estiró los brazos como si quisiera abrazarlo, lo cual mi hermano ignoró olimpícamente. Sin si quiera mirarla, se dirigió hacia donde estaba mi abuelo. Atrás suyo, Martín y yo fuimos en la misma dirección, abrazados como si fuéramos una pareja de verdad.
- ¡Chiquita! - gritó mi abuelo cuando me vio.
Me acerqué a él y lo abracé muy fuerte.
- ¡Feliz cumple, abuelito!
- Gracias, viejita. ¡Cada día más linda!
- Eso lo decís porque sos mi abuelo.
- No, no es verdad. Siempre sos la chica más linda de todo el lugar. ¿Verdad que es la más linda? - preguntó dirigiéndose a Martín.
- Por supuesto - contestó mi marido. - Muy feliz cumpleaños.
- Gracias, gracias - dijo mi abuelo.
Fui caminando hacia el fondo del living, en donde estaba mi tío Mauricio con su esposa ficticia, Fernanda. Los saludé a ambos y después Martín hizo lo mismo. Para mi sorpresa, al lado de ambos, se encontraba un rabino.
- Buenas tardes, señor - dije, sin saber mucho que hacer.
- Shalom - dijo, y nos miró a Martín y a mí. - Asumo que ustedes dos son la parejita que anda teniendo problemas.
* Feliz cumpleaños en hebreo.
En el trayecto hasta la casa de mi abuelito, mi marido se me trató de acercar y yo estuve distante. En varios momentos me tocó el pelo, en otros la pierna y en algunos hasta se acercó para darme un beso. En más de una ocasión, sucumbí.
Cuando estábamos a punto de llegar, me mandó un mensaje mi hermano diciéndome que lo esperáramos que ya venía. En principio había decidido no ir para no ver a mis padres, pero se ve que a último momento se arrepintió. Supongo que lo que lo hizo cambiar de opinión fue el hecho de priorizar el cumpleaños de mi abuelo ya que su condición no es la mejor.
Diez minutos después del llamado, llegó. Se había quedado a dormir en lo de un amigo que vivía cerca y por suerte no hubo que esperarlo mucho. Nos subimos los tres al ascensor, y yo apreté el cuatro. Cuando tocamos timbre, nos abrió mi padre, quien abrazó fuerte a Fabián y le dijo que se alegraba de verlo bien. Mi hermano le palmeó la espalda y se separó despacio de él. Atrás suyo se encontraba mi madre quien muy falsamente gritó "Fabiancito, mi amor" a la vez que estiró los brazos como si quisiera abrazarlo, lo cual mi hermano ignoró olimpícamente. Sin si quiera mirarla, se dirigió hacia donde estaba mi abuelo. Atrás suyo, Martín y yo fuimos en la misma dirección, abrazados como si fuéramos una pareja de verdad.
- ¡Chiquita! - gritó mi abuelo cuando me vio.
Me acerqué a él y lo abracé muy fuerte.
- ¡Feliz cumple, abuelito!
- Gracias, viejita. ¡Cada día más linda!
- Eso lo decís porque sos mi abuelo.
- No, no es verdad. Siempre sos la chica más linda de todo el lugar. ¿Verdad que es la más linda? - preguntó dirigiéndose a Martín.
- Por supuesto - contestó mi marido. - Muy feliz cumpleaños.
- Gracias, gracias - dijo mi abuelo.
Fui caminando hacia el fondo del living, en donde estaba mi tío Mauricio con su esposa ficticia, Fernanda. Los saludé a ambos y después Martín hizo lo mismo. Para mi sorpresa, al lado de ambos, se encontraba un rabino.
- Buenas tardes, señor - dije, sin saber mucho que hacer.
- Shalom - dijo, y nos miró a Martín y a mí. - Asumo que ustedes dos son la parejita que anda teniendo problemas.
* Feliz cumpleaños en hebreo.
sábado, 24 de octubre de 2009
Día 158 - Figurita repetida
Le toqué timbre a Sebastián a las diez, y cuando abrió la puerta me saludó muy afectuosamente. Me abrazó y me dio un beso en el cachete bien fuerte.
Pasé y me senté en la mesa del comedor. Sobre la misma, había dos platos con un volcán de chocolate cada uno.
- No me aguanté y te preparé un postre - dijo.
- Gracias - dije, un poco confundida.
- Si no querés no lo comas.
Se sentó al lado mío, y agarró su tenedor. Me daba cosa no comer el postre, y además me moría de ganas porque no había cenado. Lo probé y le dije que estaba riquísimo.
- Me alegro que te haya gustado. Te quería preparar la cena pero me dijiste que no.
- Es que no le veía sentido. Decime, ¿de qué querías hablar?
- De nosotros.
- Ya no hay un "nosotros", Seba.
- Por eso mismo.
Tomó aire y empezó a hablar.
- Mirá, cuando te dije de no vernos más fue porque me había caído todo de golpe. Lo de tu casamiento, lo que habías hecho, todo. Pero después con los días me puse a pensar en que capaz no era tan grave. Y ahora pienso que lo puedo tolerar.
- Entiendo lo que decís, pero a vos en el momento te pareció algo gravísimo. No entiendo como pasas de eso a "poderlo tolerar".
- Porque te extraño.
Esta frase me suena conocida.
- ¿Y? Eso no cambia lo que hice.
- Obvio que no. Pero me puse a pensar en todo lo que tuvimos y me di cuenta de que capaz que pesa más eso que lo otro. Me sigue pareciendo mal, pero ya lo digerí.
- Lo que tuviste conmigo lo podés tener con otra, que no esté casada.
- No, te juro que no. Con nadie me divierto tanto como con vos. Ya probé de salir con otras minas y ninguna me pareció nada especial.
- Bueno, seguí buscando y seguro que alguna va aparecer.
- No, Agus, te juro que no. Yo quiero estar con vos. Quiero lo que teníamos antes.
- Mirá, Seba. A mí me gustó mucho lo que tuvimos, pero en otro momento para vos pesó más lo que yo había hecho y me dejaste por eso. Yo entiendo que me hayas extrañado y ahora decidas que ya no te parece tan grave, pero a fin de cuentas me tuviste que perder para darte cuenta de que querías estar conmigo.
- Sí, ya sé, soy un boludo.
- No, no quise decir eso. Pero a mí me parece que ya está. Desde el día en el que me dijiste que ya no querías que no vieramos más por lo que yo había hecho, para mí la historia se cerró.
- ¿De verdad fue tan así? ¿Nunca más pensaste en mí?
- Sí, obvio que pensé. Pero el hecho de que dejaras hizo que me acordara de las mil veces que me dejaron antes. Y por más que pude entender por qué lo hiciste, me dolió porque pensé que ibas a poder mirar un poco más allá y aceptarlo. Tratar de ver mi lado también, y entender que para mí hice lo que tenía que hacer. Yo sé que es difícil la situación de estar saliendo con una mina que está casada con otro, y sé que tampoco es fácil aceptar que le mentí a todos. Pero a vos en el momento ni se te pasó la cabeza considerar que estaba todo esto por un lado, y la relación que tuvimos por otro. Ni siquiera te importó que habíamos estado bien juntos, no te gustó lo que hice y chau. ¿Entendés a lo que voy? - pregunté.
- Sí.
- Y bueno, a medida que pasa el tiempo uno se empieza a acordar de los buenos momentos de la relación, y supongo que eso es lo que te pasó a vos este tiempo. Y es por eso que querés volver, porque recién ahora te das cuenta de que también la pasamos bien, ¿entendés?
- Sí. ¿Entonces?
- Entonces nada. Yo ya me hice la idea de que lo nuestro ya estaba terminado.
- Bueno, por lo menos sé que te dije lo que pensaba y eso me deja tranquilo.
- Está perfecto.
- Sí, qué sé yo. ¿Ya está lo nuestro, entonces? - preguntó.
- Sí, Seba. Perdoname, pero para mí es así.
- Bueno. No sé, entonces.
- Me voy, ¿dale?
- Bueno.
Me paré para irme, y me agarró fuerte. Me quedé un rato abrazada a él y cuando me separé despacio, me miró a los ojos y me dio un beso.
Pasé y me senté en la mesa del comedor. Sobre la misma, había dos platos con un volcán de chocolate cada uno.
- No me aguanté y te preparé un postre - dijo.
- Gracias - dije, un poco confundida.
- Si no querés no lo comas.
Se sentó al lado mío, y agarró su tenedor. Me daba cosa no comer el postre, y además me moría de ganas porque no había cenado. Lo probé y le dije que estaba riquísimo.
- Me alegro que te haya gustado. Te quería preparar la cena pero me dijiste que no.
- Es que no le veía sentido. Decime, ¿de qué querías hablar?
- De nosotros.
- Ya no hay un "nosotros", Seba.
- Por eso mismo.
Tomó aire y empezó a hablar.
- Mirá, cuando te dije de no vernos más fue porque me había caído todo de golpe. Lo de tu casamiento, lo que habías hecho, todo. Pero después con los días me puse a pensar en que capaz no era tan grave. Y ahora pienso que lo puedo tolerar.
- Entiendo lo que decís, pero a vos en el momento te pareció algo gravísimo. No entiendo como pasas de eso a "poderlo tolerar".
- Porque te extraño.
Esta frase me suena conocida.
- ¿Y? Eso no cambia lo que hice.
- Obvio que no. Pero me puse a pensar en todo lo que tuvimos y me di cuenta de que capaz que pesa más eso que lo otro. Me sigue pareciendo mal, pero ya lo digerí.
- Lo que tuviste conmigo lo podés tener con otra, que no esté casada.
- No, te juro que no. Con nadie me divierto tanto como con vos. Ya probé de salir con otras minas y ninguna me pareció nada especial.
- Bueno, seguí buscando y seguro que alguna va aparecer.
- No, Agus, te juro que no. Yo quiero estar con vos. Quiero lo que teníamos antes.
- Mirá, Seba. A mí me gustó mucho lo que tuvimos, pero en otro momento para vos pesó más lo que yo había hecho y me dejaste por eso. Yo entiendo que me hayas extrañado y ahora decidas que ya no te parece tan grave, pero a fin de cuentas me tuviste que perder para darte cuenta de que querías estar conmigo.
- Sí, ya sé, soy un boludo.
- No, no quise decir eso. Pero a mí me parece que ya está. Desde el día en el que me dijiste que ya no querías que no vieramos más por lo que yo había hecho, para mí la historia se cerró.
- ¿De verdad fue tan así? ¿Nunca más pensaste en mí?
- Sí, obvio que pensé. Pero el hecho de que dejaras hizo que me acordara de las mil veces que me dejaron antes. Y por más que pude entender por qué lo hiciste, me dolió porque pensé que ibas a poder mirar un poco más allá y aceptarlo. Tratar de ver mi lado también, y entender que para mí hice lo que tenía que hacer. Yo sé que es difícil la situación de estar saliendo con una mina que está casada con otro, y sé que tampoco es fácil aceptar que le mentí a todos. Pero a vos en el momento ni se te pasó la cabeza considerar que estaba todo esto por un lado, y la relación que tuvimos por otro. Ni siquiera te importó que habíamos estado bien juntos, no te gustó lo que hice y chau. ¿Entendés a lo que voy? - pregunté.
- Sí.
- Y bueno, a medida que pasa el tiempo uno se empieza a acordar de los buenos momentos de la relación, y supongo que eso es lo que te pasó a vos este tiempo. Y es por eso que querés volver, porque recién ahora te das cuenta de que también la pasamos bien, ¿entendés?
- Sí. ¿Entonces?
- Entonces nada. Yo ya me hice la idea de que lo nuestro ya estaba terminado.
- Bueno, por lo menos sé que te dije lo que pensaba y eso me deja tranquilo.
- Está perfecto.
- Sí, qué sé yo. ¿Ya está lo nuestro, entonces? - preguntó.
- Sí, Seba. Perdoname, pero para mí es así.
- Bueno. No sé, entonces.
- Me voy, ¿dale?
- Bueno.
Me paré para irme, y me agarró fuerte. Me quedé un rato abrazada a él y cuando me separé despacio, me miró a los ojos y me dio un beso.
viernes, 23 de octubre de 2009
Día 157 - Temporary insanity
- ¿Hola?
- Querido, soy yo.
- Agus, ¿cómo estás? - preguntó Martín.
- Bien, ¿y vos?
- Bien, bien. ¿Qué se cuenta?
- Mirá, el domingo es el cumple de mi abuelo. Yo sé que nosotros terminamos y que vos ya no tenés ninguna obligación de seguir actuando como mi marido, así que te digo que si vinieras me harías un gran favor. Pero si no querés, no podés o lo que sea yo invento algo.
- No, dejá. Voy con vos.
- ¿Seguro?
- Sí. Te quiero ver. Te extraño.
Cuando dijo eso me quedé muda. Sentí tantas cosas a la vez que no pude verbalizarlas. No sabía si decirle que yo también, o contestarle que no me hablara nunca más porque estaba harta de vivir en esa incertidumbre que caracteriza a nuestra historia.
- ¿Para qué me decís esas cosas? - pregunté finalmente.
- No sé por qué. Porque es la realidad, supongo. Te extraño. Pienso en vos todo el tiempo. En lo que pasó y en lo que podría haber pasado si yo te contestaba que sí estaba dispuesto a cambiar.
- Esto no es algo para hablar por teléfono - dije, sin saber qué más decir.
- No. Voy el domingo temprano a tu casa y hablamos antes de ir al almuerzo. ¿Te parece? - preguntó.
- Bueno.
- Bueno, mi amor, nos vemos el domingo entonces.
- No me digas "mi amor". Ya no soy tu amor.
- Siempre lo vas a ser.
-...
- Sabés que sí. Te mando un beso y nos vemos.
- Dale, otro.
Cuando corté, hace quince minutos, me senté en la cama sin saber qué pensar. ¿Qué había significado este llamado? ¿Era la puerta para volver a intentar algo? ¿O era simplemente uno de los tantos ataques de Martín de querer recuperarme cuando me pierde para luego no saber que hacer?
Y no sé que fue lo que me pasó después. Si me encegueció el enojo por la actitud de mi marido de sólo quererme cuando ya no me tiene, o el hecho de que tenía que ir a ver a Sebastián para escuchar lo que presumo sería algo parecido, que terminé metiendo a todos los hombres en la misma bolsa. Y en un ataque de locura temporal, llamé a Fran y le dije que me disculpara pero que necesitaba un tiempo sin hombres en mi vida.
- Querido, soy yo.
- Agus, ¿cómo estás? - preguntó Martín.
- Bien, ¿y vos?
- Bien, bien. ¿Qué se cuenta?
- Mirá, el domingo es el cumple de mi abuelo. Yo sé que nosotros terminamos y que vos ya no tenés ninguna obligación de seguir actuando como mi marido, así que te digo que si vinieras me harías un gran favor. Pero si no querés, no podés o lo que sea yo invento algo.
- No, dejá. Voy con vos.
- ¿Seguro?
- Sí. Te quiero ver. Te extraño.
Cuando dijo eso me quedé muda. Sentí tantas cosas a la vez que no pude verbalizarlas. No sabía si decirle que yo también, o contestarle que no me hablara nunca más porque estaba harta de vivir en esa incertidumbre que caracteriza a nuestra historia.
- ¿Para qué me decís esas cosas? - pregunté finalmente.
- No sé por qué. Porque es la realidad, supongo. Te extraño. Pienso en vos todo el tiempo. En lo que pasó y en lo que podría haber pasado si yo te contestaba que sí estaba dispuesto a cambiar.
- Esto no es algo para hablar por teléfono - dije, sin saber qué más decir.
- No. Voy el domingo temprano a tu casa y hablamos antes de ir al almuerzo. ¿Te parece? - preguntó.
- Bueno.
- Bueno, mi amor, nos vemos el domingo entonces.
- No me digas "mi amor". Ya no soy tu amor.
- Siempre lo vas a ser.
-...
- Sabés que sí. Te mando un beso y nos vemos.
- Dale, otro.
Cuando corté, hace quince minutos, me senté en la cama sin saber qué pensar. ¿Qué había significado este llamado? ¿Era la puerta para volver a intentar algo? ¿O era simplemente uno de los tantos ataques de Martín de querer recuperarme cuando me pierde para luego no saber que hacer?
Y no sé que fue lo que me pasó después. Si me encegueció el enojo por la actitud de mi marido de sólo quererme cuando ya no me tiene, o el hecho de que tenía que ir a ver a Sebastián para escuchar lo que presumo sería algo parecido, que terminé metiendo a todos los hombres en la misma bolsa. Y en un ataque de locura temporal, llamé a Fran y le dije que me disculpara pero que necesitaba un tiempo sin hombres en mi vida.
Etiquetas:
Fran (el fotógrafo),
Martín (mi "algo"),
Mi vecinito
jueves, 22 de octubre de 2009
Día 156 - Flashback: Buscadores de tesoros
Al otro día de que le dejé el cartel a mi madre implicando que la que tenía que adelgazar era ella, en seguida noté que el clima en mi casa se estaba poniendo cada vez más pesado.
Cuando me levanté vi a María cocinando una tarta de jamón y queso. Normalmente, lo que dejaba los sábados cuando se iba eran empanadas, pero me comentó que mi madre le había dicho que las empanadas tenían mucha masa y que hasta el día de mi casamiento estaban prohibidas. Ya arranqué mal el día.
A eso de las ocho de la noche, volví de tomar un café con una amiga y abrí la heladera para servirme un vaso de coca. Para mi sorpresa, la coca de un litro y medio que había visto de mañana había desaparecido sin dejar rastro. Fui hasta el cuarto de Fabián y le pregunté si se la había tomado él y me dijo que no. Que había ido después de almorzar a servirse un vaso y que no la había encontrado. Entre los dos pensamos que era imposible que mis padres se hubieran tomado la botella entera, por lo cual decidimos preguntarle a María que había pasado con la coca. Le mandamos un mensaje de texto preguntándole por el paradero de la famosa botella y nos contestó que ella no se quería meter.
- Gorda cerda, ¿qué quiere decir con que no se quiere meter?
- Que acá mamá hizo algo. Seguro que escondió la coca para que yo no me hinche o alguna pelotudez del estilo.
- ¿Decís que volvió a esconder las cosas como cuando eramos chicos? - preguntó Fabián.
- Para mí que sí.
Fuimos a la cocina y empezamos a buscarla. Abrimos los roperos, revisamos todos los rincones de la heladera y hasta nos fijamos atrás de ella. Nada. Decidimos ir al escritorio de mi madre, que es un cuarto de casa vieja enteramente dedicado a guardar porquerías suyas. Revolvimos absolutamente todo, nos fijamos adentro de cada cajón, en los roperos y atrás de unas cajas. La coca seguía sin aparecer. El siguiente lugar de búsqueda fue el cuarto nuestros padres, en donde tampoco obtuvimos ningún resultado. Ya vencidos, fuimos al living. Encontrar esta coca era más difícil que encontrar oro.
Nos fijamos abajo de una mesa, en los sillones, adentro de un ropero y de la coca ni rastros. En un momento, mi hermano se sentó en la silla de computadora y vio una bolsa de Levi's en el piso. Sorprendentemente, la coca estaba ahí adentro, tapada con dos remeras. En mi vida me hubiera imaginado que una coca que originalmente pertenecía a la heladera se encontraba en el piso del living al lado de la impresora. Para peor, estaba caliente y tuvimos que esperar a que se enfriara para poder tomarla. Mientras, nos sentamos en las sillas del comedor.
- Tengo hambre, gorda - dijo Fabián.
- Hay tarta de jamón y queso.
- ¿Dónde? - preguntó mientras iba hacia la cocina.
- ¿No está arriba de la mesada?
- No.
Me acerqué a donde estaba él y vi que en el lugar en el cual María siempre nos dejaba lo que había preparado estaba vacío.
- Lo único que falta es que tengamos que hacer otra búsqueda del tesoro para encontrar la tarta - dije, previsiblemente molesta.
- Si escondió la coca, escondió la tarta también.
Ya bastante enojados, empezamos a buscarla. Descartamos, en principio, todos los lugares de la casa en donde habíamos estado buscando la coca. Nuestro territorio de búsqueda se redujo, por lo tanto, a la cocina. En la heladera no estaba, tampoco en el microondas ni adentro del horno. Nos fijamos arriba de la heladera, en el cajón de los cubiertos y en los roperos. Nada. Lo único que nos quedaba era el cuarto de María.
- ¿Decís que entremos? - pregunté. - No da.
- Entramos un segundo y si no vemos nada, nos vamos.
Entramos al cuarto, y a primera vista no encontramos nada. No sé por qué, a Fabián se le dio por abrir el primer cajón de la cómoda. Y ahí estaba. El premio. El tesoro. La tarta de jamón y queso.
Cuando me levanté vi a María cocinando una tarta de jamón y queso. Normalmente, lo que dejaba los sábados cuando se iba eran empanadas, pero me comentó que mi madre le había dicho que las empanadas tenían mucha masa y que hasta el día de mi casamiento estaban prohibidas. Ya arranqué mal el día.
A eso de las ocho de la noche, volví de tomar un café con una amiga y abrí la heladera para servirme un vaso de coca. Para mi sorpresa, la coca de un litro y medio que había visto de mañana había desaparecido sin dejar rastro. Fui hasta el cuarto de Fabián y le pregunté si se la había tomado él y me dijo que no. Que había ido después de almorzar a servirse un vaso y que no la había encontrado. Entre los dos pensamos que era imposible que mis padres se hubieran tomado la botella entera, por lo cual decidimos preguntarle a María que había pasado con la coca. Le mandamos un mensaje de texto preguntándole por el paradero de la famosa botella y nos contestó que ella no se quería meter.
- Gorda cerda, ¿qué quiere decir con que no se quiere meter?
- Que acá mamá hizo algo. Seguro que escondió la coca para que yo no me hinche o alguna pelotudez del estilo.
- ¿Decís que volvió a esconder las cosas como cuando eramos chicos? - preguntó Fabián.
- Para mí que sí.
Fuimos a la cocina y empezamos a buscarla. Abrimos los roperos, revisamos todos los rincones de la heladera y hasta nos fijamos atrás de ella. Nada. Decidimos ir al escritorio de mi madre, que es un cuarto de casa vieja enteramente dedicado a guardar porquerías suyas. Revolvimos absolutamente todo, nos fijamos adentro de cada cajón, en los roperos y atrás de unas cajas. La coca seguía sin aparecer. El siguiente lugar de búsqueda fue el cuarto nuestros padres, en donde tampoco obtuvimos ningún resultado. Ya vencidos, fuimos al living. Encontrar esta coca era más difícil que encontrar oro.
Nos fijamos abajo de una mesa, en los sillones, adentro de un ropero y de la coca ni rastros. En un momento, mi hermano se sentó en la silla de computadora y vio una bolsa de Levi's en el piso. Sorprendentemente, la coca estaba ahí adentro, tapada con dos remeras. En mi vida me hubiera imaginado que una coca que originalmente pertenecía a la heladera se encontraba en el piso del living al lado de la impresora. Para peor, estaba caliente y tuvimos que esperar a que se enfriara para poder tomarla. Mientras, nos sentamos en las sillas del comedor.
- Tengo hambre, gorda - dijo Fabián.
- Hay tarta de jamón y queso.
- ¿Dónde? - preguntó mientras iba hacia la cocina.
- ¿No está arriba de la mesada?
- No.
Me acerqué a donde estaba él y vi que en el lugar en el cual María siempre nos dejaba lo que había preparado estaba vacío.
- Lo único que falta es que tengamos que hacer otra búsqueda del tesoro para encontrar la tarta - dije, previsiblemente molesta.
- Si escondió la coca, escondió la tarta también.
Ya bastante enojados, empezamos a buscarla. Descartamos, en principio, todos los lugares de la casa en donde habíamos estado buscando la coca. Nuestro territorio de búsqueda se redujo, por lo tanto, a la cocina. En la heladera no estaba, tampoco en el microondas ni adentro del horno. Nos fijamos arriba de la heladera, en el cajón de los cubiertos y en los roperos. Nada. Lo único que nos quedaba era el cuarto de María.
- ¿Decís que entremos? - pregunté. - No da.
- Entramos un segundo y si no vemos nada, nos vamos.
Entramos al cuarto, y a primera vista no encontramos nada. No sé por qué, a Fabián se le dio por abrir el primer cajón de la cómoda. Y ahí estaba. El premio. El tesoro. La tarta de jamón y queso.
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