En mi casa anterior había una fuerza sobrenatural que ponía todo en su lugar. Yo me levantaba, revolvía todo para buscar qué ponerme, y dejaba la ropa tirada en la cama. Cuando volvía, la cama estaba hecha y la ropa doblada, adentro del ropero. La ropa sucia que quedaba en el baño después de una ducha, unos días después estaba limpia, plachada y con olor rico en su cajón correspondiente.
La heladera estaba siempre llena. La mayoría del tiempo con cosas feas, pero lo que nunca faltó es lo único vital para mí, que es la leche para mi cafecito. En la alacena, siempre había latas de atún, arvejas, choclo y paquetes de puré instantáneo por si un día faltaba María. En el freezer, hamburguesas congeladas y panchos.
Los platos que dejaba con restos en el escritorio, y la taza de I love NY, aparecían veinte minutos después limpios y secos en la alacena. El tacho de basura se vaciaba por arte de magia, y en el baño había siempre tres o cuatro paquetes de papel higiénico para que nunca faltara.
A las ocho de la noche en punto, me encontraba con comida pronta en la mesa del comedor. En la niñez, siempre eran cosas feas. Verdes, como acelga y espinaca. O simplemente, cosas que Claudia (una María anterior) cocinaba una vez por semana y después iban recalentando a medida que pasaban los días. Después que María empezó a trabajar, todo cambió, y los platos eran una delicia atrás de la otra.
En casa nueva, estas cosas no pasan. La heladera está vacía (salvo por la leche), en la alacena me queda un paquete de fideos y otro de arroz, y la ropa sucia se acumula. Ayer me compré un juego de sábanas nuevo porque los tres que tengo están sucios y no sé como lavarlos. No sé si se meten en el lavarropas o si necesitan alguna especie de cuidado especial.
El papel higiénico ya no se regenera (menos mal igual que tengo uno de esos cositos donde ponés dos rollos de repuesto), y tampoco lo hacen la crema de enjuague y el shampoo. Esto lo descubrí ayer.
Hace días que cuando me bañaba me daba cuenta de que ya quedaba poquita crema de enjuague, porque siempre está desproporcionada con respecto al shampoo, ya que gasto mucho más de acondicionador. Pero, se ve que en mi cabeza seguía con la idea de que iba a aparecer mágicamente en el baño, así que nunca me ocupé de comprar.
Después de ponerme shampoo, quise ponerme acondicionador y vi que no quedaban más que tres gotitas de mierda. Pensé en diluirlas, pero ni siquiera alcanzaba para un cuarto de mi cabeza. Salí de la ducha, mojando todo el baño, y busqué en el roperito a ver si había algo que me pudiera socorrer. No sé qué me imaginé. ¿Que mi casa era un hotel e iban a aparecer muestras de shampoo y crema? ¿Que alguien había comprado otra crema para mí? ¿Que si pensaba mucho mucho en que iba a haber crema un genio me iba a conceder el deseo?
Por supuesto que no había nada, y tuve que salir de la ducha de mal humor y con el pelo hecho un asco. Me lo até, y me puse un gorro de lana encima, pero se notaba a una legua que algo andaba mal. Me vestí y fui hasta el super a comprar un repuesto. Terminé llevando dos más por las dudas.
Encima, mientras hacía la cola, vi a mi tía Déborah, la hermana de mi madre, quien siempre está impecable. Por supuesto que lo está, como no trabaja sólo se dedica a ir al gimnasio, ir a la peluquería y almorzar con amigas. Y ahí estaba yo, con campera negra, botas grises, gorro chocolate y el pelo horrible.
Menos mal que no se habla con mi madre hace diez años, porque una cosa es vivir esta pequeña derrota en silencio, y otra muy distinta es que mi madre se entere de que en algún sentido había cosas que eran más fáciles y cómodas para mí cuando vivía con ella.
Porque si se diera cuenta de que la mayoría del tiempo en casa nueva no hay magia, esa sería para mí, la peor de las derrotas.
miércoles, 5 de agosto de 2009
martes, 4 de agosto de 2009
Día 86 - Flashback: el tamaño SÍ importa
- Agustinita, ¿cuándo vamos a hablar con la wedding planner? - preguntó mamá mientras yo tomaba mi café con leche a la tarde siguiente de la propuesta de casamiento de Martín.
- Eh...nunca. No quiero hacer una fiesta grande - contesté.
- ¡¿Qué decís?! - chilló.
- Que no voy a hacer fiesta, mamá. Me parece un gasto innecesario y además no tengo ganas.
- ¿Qué quiere decir que no tenés ganas?
- Que están mis amigas lejos, y así no hay nada que festejar. El mejor amigo de Martín está en Panamá, mis mejores amigas en Israel. Ya hablamos que queremos hacer algo chico - mentí. Obvio que no habíamos hablado sobre esto. Pero yo ya sabía que mi madre me iba a salir con el tema y me pareció una buena excusa.
- ¿Algo chico? A ver, Agustina, razoná un poco. ¿Qué pensás que va a decir la gente?
- Nada, mamá. Basta con esa paranoia. Me chupa un huevo lo que piense la gente.
- Ay, no hables así, que pareces un hombre. Y a mí sí me importa lo que piense la gente. Vos viste lo que fue la fiesta de la hija de los Cohen, nosotros no podemos quedarnos atrás. Lo que menos quiero es que el comentario general en la cole (comunidad judía) sea que nos estamos quedando pobres.
- Mamá, escuchame una cosa. Ya se sabe quien tiene plata y quien no. Que yo haga algo chico no va a hacer que nadie piense nada diferente.
- ¡Pero que terca que estás!
- ¿Terca? ¿Vos pensás que tiene sentido gastar tanto en algo que dura sólo una noche, sólo para que Silvita vea que podés hacer una fiesta mejor que la que ella le hizo a su hija? Por favor.
- Silvita y todo mi grupo de amigas. ¡Yo pensaba invitar a doscientas personas y vos me salís con que querés algo chico!
- ¿Doscientas personas? ¿Y vos de dónde te pensás que la familia de Martín tiene plata para pagar todo eso?
- Agustina, no te hagas la boba, ya sabés que la fiesta la vamos a terminar pagando nosotros. Eso pasa por elegir a un chico pobre.
- ¿Pobre? Dejate de pavadas. Yo ya hablé con el abuelo, y me dijo que él paga la fiesta, y que puedo hacer lo que yo quiera. Vos y papá no pagan nada, así que tampoco tienen derecho a decidir.
- Bueno, bueno, vamos a calmarnos un poco. Si te digo que le pagamos el pasaje a Fabi y a Romi para que vengan, y también traemos al amigo de Martín, ¿accedés a una fiesta con todas las letras? - preguntó, con un brillo en los ojos como si con esta idea ganara la batalla. Debo decir que por un segundo lo pensé. Mis amigas se habían ido hacía dos meses y ya las extrañaba, pero no podía hacer una fiesta grande. Se me iba a terminar yendo todo de las manos. Iba a tener que invitar a compañeros de facultad, compañeras de trabajo, lo cual implicaría más gente después con la cual aparentar estar casada. Y, además, no tenía manera de hacer que Martín invitara a mucha gente. Él ya me había dicho que no pensaba decirle a muchos de sus amigos. Sólo a Nacho y a algunos más para pedirles como favor que vinieran, pero nada más. Y, por último, me imaginé teniendo que pasar meses decidiendo cosas sobre la comida, los manteles, los centros de mesa y otras estupideces y me quise morir.
- No, mamá, en esos planes no los dejan salir del país por una cosa así - contesté. Algo de verdad tenía mi respuesta. Tampoco es fácil que los dejen salir de Israel, sobretodo cuando se está en planes de estudio que duran un año. Pero igual, si no hubiera sido por todas las otras cosas que dificultaban mantener la mentira lo más chica posible, capaz que se podría haber arreglado que vinieran.
- Yo tengo algún contacto...
- Mamá, no. Está decidido. Hacemos una reunión, con los familiares cercanos, algunas de tus amigas, algunas amigas mías, y unos amigos de Martín. No quiero ni primos ni tíos segundos, ni a los hijos de tus amigos, ni a la tía de la abuela de la prima de nadie.
- ¿No hay nada nada nada que te pueda hacer cambiar de opinión?
- No, lo decidimos ayer. Además, queremos que sea pronto para mudarnos ya. Y hacer una fiesta grande implica un montón de preparativos, que no sólo no tengo ganas de hacer, sino que llevan muchísimo tiempo.
- ¿Cuán pronto estamos hablando?
- Un mes o algo así. Registro civil, después una reunión con poca gente y chau.
- ¿Y el shil? (templo)
- Eso lo vemos en otro momento - dije. Ahí sí que me agarró desprevenida. Casarnos en frente de un rabino ficticiamente ya me parecía un poco retorcido. En verdad toda la idea del casamiento es y fue retorcida, pero no sé, pensé que si podíamos evitar la parte religiosa mejor.
- Bueno, pero hay una cosa que no te voy a negociar.
- ¿Qué?
- El vestido blanco. Te quiero ver con el vestido, como una princesita, caminando con papá por el altar.
- Bueno. Vestido blanco entonces.
- Genial. Yo me encargo de conseguir a alguien que te haga un vestido hermoso en un mes.
- Ok, buscá.
- Bueno. Yo busco, y vos ponete a dieta, porque así no te podés casar.
- Eh...nunca. No quiero hacer una fiesta grande - contesté.
- ¡¿Qué decís?! - chilló.
- Que no voy a hacer fiesta, mamá. Me parece un gasto innecesario y además no tengo ganas.
- ¿Qué quiere decir que no tenés ganas?
- Que están mis amigas lejos, y así no hay nada que festejar. El mejor amigo de Martín está en Panamá, mis mejores amigas en Israel. Ya hablamos que queremos hacer algo chico - mentí. Obvio que no habíamos hablado sobre esto. Pero yo ya sabía que mi madre me iba a salir con el tema y me pareció una buena excusa.
- ¿Algo chico? A ver, Agustina, razoná un poco. ¿Qué pensás que va a decir la gente?
- Nada, mamá. Basta con esa paranoia. Me chupa un huevo lo que piense la gente.
- Ay, no hables así, que pareces un hombre. Y a mí sí me importa lo que piense la gente. Vos viste lo que fue la fiesta de la hija de los Cohen, nosotros no podemos quedarnos atrás. Lo que menos quiero es que el comentario general en la cole (comunidad judía) sea que nos estamos quedando pobres.
- Mamá, escuchame una cosa. Ya se sabe quien tiene plata y quien no. Que yo haga algo chico no va a hacer que nadie piense nada diferente.
- ¡Pero que terca que estás!
- ¿Terca? ¿Vos pensás que tiene sentido gastar tanto en algo que dura sólo una noche, sólo para que Silvita vea que podés hacer una fiesta mejor que la que ella le hizo a su hija? Por favor.
- Silvita y todo mi grupo de amigas. ¡Yo pensaba invitar a doscientas personas y vos me salís con que querés algo chico!
- ¿Doscientas personas? ¿Y vos de dónde te pensás que la familia de Martín tiene plata para pagar todo eso?
- Agustina, no te hagas la boba, ya sabés que la fiesta la vamos a terminar pagando nosotros. Eso pasa por elegir a un chico pobre.
- ¿Pobre? Dejate de pavadas. Yo ya hablé con el abuelo, y me dijo que él paga la fiesta, y que puedo hacer lo que yo quiera. Vos y papá no pagan nada, así que tampoco tienen derecho a decidir.
- Bueno, bueno, vamos a calmarnos un poco. Si te digo que le pagamos el pasaje a Fabi y a Romi para que vengan, y también traemos al amigo de Martín, ¿accedés a una fiesta con todas las letras? - preguntó, con un brillo en los ojos como si con esta idea ganara la batalla. Debo decir que por un segundo lo pensé. Mis amigas se habían ido hacía dos meses y ya las extrañaba, pero no podía hacer una fiesta grande. Se me iba a terminar yendo todo de las manos. Iba a tener que invitar a compañeros de facultad, compañeras de trabajo, lo cual implicaría más gente después con la cual aparentar estar casada. Y, además, no tenía manera de hacer que Martín invitara a mucha gente. Él ya me había dicho que no pensaba decirle a muchos de sus amigos. Sólo a Nacho y a algunos más para pedirles como favor que vinieran, pero nada más. Y, por último, me imaginé teniendo que pasar meses decidiendo cosas sobre la comida, los manteles, los centros de mesa y otras estupideces y me quise morir.
- No, mamá, en esos planes no los dejan salir del país por una cosa así - contesté. Algo de verdad tenía mi respuesta. Tampoco es fácil que los dejen salir de Israel, sobretodo cuando se está en planes de estudio que duran un año. Pero igual, si no hubiera sido por todas las otras cosas que dificultaban mantener la mentira lo más chica posible, capaz que se podría haber arreglado que vinieran.
- Yo tengo algún contacto...
- Mamá, no. Está decidido. Hacemos una reunión, con los familiares cercanos, algunas de tus amigas, algunas amigas mías, y unos amigos de Martín. No quiero ni primos ni tíos segundos, ni a los hijos de tus amigos, ni a la tía de la abuela de la prima de nadie.
- ¿No hay nada nada nada que te pueda hacer cambiar de opinión?
- No, lo decidimos ayer. Además, queremos que sea pronto para mudarnos ya. Y hacer una fiesta grande implica un montón de preparativos, que no sólo no tengo ganas de hacer, sino que llevan muchísimo tiempo.
- ¿Cuán pronto estamos hablando?
- Un mes o algo así. Registro civil, después una reunión con poca gente y chau.
- ¿Y el shil? (templo)
- Eso lo vemos en otro momento - dije. Ahí sí que me agarró desprevenida. Casarnos en frente de un rabino ficticiamente ya me parecía un poco retorcido. En verdad toda la idea del casamiento es y fue retorcida, pero no sé, pensé que si podíamos evitar la parte religiosa mejor.
- Bueno, pero hay una cosa que no te voy a negociar.
- ¿Qué?
- El vestido blanco. Te quiero ver con el vestido, como una princesita, caminando con papá por el altar.
- Bueno. Vestido blanco entonces.
- Genial. Yo me encargo de conseguir a alguien que te haga un vestido hermoso en un mes.
- Ok, buscá.
- Bueno. Yo busco, y vos ponete a dieta, porque así no te podés casar.
Etiquetas:
Martín (mi "algo"),
Mi abuelo (papá de mi papá),
Mi madre,
Mi padre
lunes, 3 de agosto de 2009
Día 85 - The Beatles and The Rolling Stones
From: martin@noseloquequiero.com
To: Agustina R.
Sent: Sunday, August 2, 2009 10:23 PM
Subject: Te quiero
Agus:
Estuve pensando estos días y no sé si hicimos bien. Capaz que sí te tendría que haber dado una oportunidad. ¿Qué pensás?
Te quiero,
Martín.
From: Agustina R.
To: martin@noseloquequiero.com
Sent: Sunday, August 2, 2009 10:31 PM
Subject: Re: Te quiero
Martín:
No puede ser que nunca sepas qué es lo que querés. Además, ¿que te hizo cambiar de opinión?
From: martin@noseloquequiero.com
To: Agustina R.
Sent: Sunday, August 2, 2009 10:38 PM
Subject: Re: Te quiero
No sé, muchas cosas. Te extrañé el fin de semana. Además, me puse a escuchar la playlist de los Beatles, la que sonaba cuando tuvimos nuestra primera vez, te acordás? Y de repente, cuando llegó a We can work it out me puse mal, y pensé que capaz que se puede. Maybe we can work it out. Te pregunto, can we?
From: Agustina R.
To: martin@noseloquequiero.com
Sent: Sunday, August 2, 2009 10:49 PM
Subject: Re: Te quiero
No sé, Martín. En el medio de la conversación te pedí una oportunidad como tres veces, llorando, y me dijiste que no. Yo también escuché la canción, y también pensé en eso. Y me acordé de todo. De esa vez y las mil más en que escuchamos esas canciones juntos. Pero ya no quiero pensar más en todo eso, porque si no me diste una oportunidad en ese momento por algo fue.
Vos sabés que amo a los Beatles con todo mi ser, pero en este momento en mi cabeza suenan los Rolling Stones. Precisamente la parte de Angie que dice "ain't it time we said goodbye?".
Yo también te quiero, pero no puedo seguir así. Creo que es momento de que cada uno siga con su vida. Esta vez, I don't think we can work it out.
Nunca me voy a olvidar de vos y de todo lo que vivimos juntos.
Te quiero muchísimo,
Agus.
From: martin@noseloquequiero.com
To: Agustina R.
Sent: Sunday, August 2, 2009 10:54 PM
Subject: Te quiero
Puede ser que tengas razón. Maybe it is time we said goodbye.
Yo tampoco me voy a olvidar de vos, y también te quiero muchísimo. Y espero que seas feliz, con el vecino tuyo o con quien sea. De verdad.
Beso grande,
Martín.
domingo, 2 de agosto de 2009
Día 84 - Hay una sola, por suerte.
Hoy de mañana me levanté, me preparé el desayuno (serví leche en la taza, metí la taza en el microondas, y después agregué café y edulcorante), y me fui a bañar. Cuando salí vi que había un mensaje en el contestador. Inmediatamente pensé que era de Martín y se me hizo un nudo enorme en el estómago. Pero, no sé si por suerte o desgracia, no era de él, sino de cierto personaje de este blog odiado por la mayoría de los lectores.
"Agustinita, me enteré que te rechazaron la tarjeta en la estación de servicio, así que ahora que sabés que te estás quedando sin plata me parece que deberías reconsiderar la oferta que te hice. Pensalo. Nosotros ganamos un nietito y vos una linda suma de dinero en tu cuenta bancaria, con la que podrías mejorar un poco tu nivel de vida. Cambiar el auto o, todavía mejor, hacer un viaje. Si te interesa hablar de números, llamame y lo arreglamos. Besos. Mamá."
"Agustinita, me enteré que te rechazaron la tarjeta en la estación de servicio, así que ahora que sabés que te estás quedando sin plata me parece que deberías reconsiderar la oferta que te hice. Pensalo. Nosotros ganamos un nietito y vos una linda suma de dinero en tu cuenta bancaria, con la que podrías mejorar un poco tu nivel de vida. Cambiar el auto o, todavía mejor, hacer un viaje. Si te interesa hablar de números, llamame y lo arreglamos. Besos. Mamá."
Etiquetas:
Mi madre,
Ni yo puedo creer que esto haya pasado
sábado, 1 de agosto de 2009
Día 83 - Mucho, poquito, nada
La date con el vecino estuvo muy linda. Me cocinó carne al horno con papas a la suiza, y de postre hizo de nuevo la torta de chocolate con chocolate caliente adentro que había hecho una vez. La comida exquisita y él divino, as always.
Comimos, nos reímos, hablamos de todo. Un rato después estábamos tirados en su cama, desnudos y abrazados. Yo estaba tranquila, disfrutando del momento, en ese estado en el que quedás después de pasarla tan bien. Tenía bastante sueño y estaba dispuesta a dormirme, pero Seba no me dejó. De la nada, mientras me acariciaba el pelo, abrió la boca y dijo lo que yo menos esperaba.
- Te quiero, ¿sabés?
Mis ojos, que estaban cerrados, se abrieron de golpe y me quedé ahí sin saber que hacer. Primero pensé en hacerme la dormida, pero habíamos terminado hacía dos minutos y era poco creíble que ya hubiera caído en los brazos de Morfeo. Después me puse a pensar en si yo lo quería a él. Es decir, ¿lo quiero? La verdad es que no sé. No lo supe en ese momento y tampoco lo sé ahora.
Entre todos esos pensamientos, de repente me vino a la mente el hecho de que mi relación con él estaba colgando de un hilo, y no era momento de planteos. Así que, sin estar convencida, pero intentando parecerlo, esbocé un "yo también".
Comimos, nos reímos, hablamos de todo. Un rato después estábamos tirados en su cama, desnudos y abrazados. Yo estaba tranquila, disfrutando del momento, en ese estado en el que quedás después de pasarla tan bien. Tenía bastante sueño y estaba dispuesta a dormirme, pero Seba no me dejó. De la nada, mientras me acariciaba el pelo, abrió la boca y dijo lo que yo menos esperaba.
- Te quiero, ¿sabés?
Mis ojos, que estaban cerrados, se abrieron de golpe y me quedé ahí sin saber que hacer. Primero pensé en hacerme la dormida, pero habíamos terminado hacía dos minutos y era poco creíble que ya hubiera caído en los brazos de Morfeo. Después me puse a pensar en si yo lo quería a él. Es decir, ¿lo quiero? La verdad es que no sé. No lo supe en ese momento y tampoco lo sé ahora.
Entre todos esos pensamientos, de repente me vino a la mente el hecho de que mi relación con él estaba colgando de un hilo, y no era momento de planteos. Así que, sin estar convencida, pero intentando parecerlo, esbocé un "yo también".
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