sábado, 31 de octubre de 2009

Día 165 - Quickie

Timbre. Es Martín. Para hablar.

Mañana les cuento.

viernes, 30 de octubre de 2009

Día 164 - Flashback: Here comes the bride, all dressed in white

- Hablé con una modista - dijo mi madre. - Vamos mañana a las tres.
- ¿Una modista? ¿No te parece un poco exagerado?
- ¿Exagerado? ¡Es tu vestido de novia!
- Sí, ya sé. Pero como va a ser algo chico, no me pareció necesario mandar a hacer el vestido.
- Bueno, a ver. Yo sé que se te ocurrió eso de hacer una fiesta chica, pero ya vas a recapacitar. Mientras, nos encargamos del vestido.
- No se discute el tamaño de la fiesta. Ya lo hablamos.
- Bueno, bueno, Agustinita. Veamos el tema del vestido.
- Bueno. Yo tenía ganas de ir a Las Oreiro a ver que hay.
- Muy tranquilo lo tuyo. Vas a ir "a ver que hay". ¡¿No te das cuenta de que te casás en un mes?!
- Ay, mamá. Tranquizate. Hay tiempo. Voy a ir a Las Oreiro a ver que encuentro y si no hay nada, vamos a lo de la modista.
- ¿A Las Oreiro? ¿Vos estás loca?
- Sí, a Las Oreiro. Tienen vestidos hermosos.
- Sí, mi amor, pero no son para vos.

- ¿Y eso qué quiere decir? - pregunté enojada.
- Que son para chicas flaquitas. Y bueno, vos sabés que no estás en tu mejor momento y...
- ¿Estás diciendo que no me van a entrar? - pregunté interrumpiéndola.
- No, no. Capaz que sí. Tampoco es que estás tan gorda. Rellenita, diría yo.
- No estoy rellenita, estoy bien. Y tengo ganas de ir a ver que onda. Le pido a Valentina que me acompañe para tener una segunda opinión.
- Pero, chiquita, como se ve que no entendés nada. ¿Cómo vas a ir a comprarte tu vestido de novia con una amiga? ¡Siempre te va a decir que te queda bien! Tenés que ir conmigo, ya sabés que te voy a ser honesta.
- Vale me va a decir la verdad. Tampoco va a querer que pase vergüenza - dije.
- A ver, Agustinita, razonemos. Vos viste como son los vestidos de Las Oreiro. Marcan mucho "las curvas".

- ¿Las curvas? - pregunté, sabiendo perfectamente cual era la respuesta.
- Sí, bueno, la cola. La tuya que ya es grande con uno de esos vestidos se va a ver enorme. Y tu amiguita no te lo va a decir, ¿entendés?
- Contigo no se puede hablar. Voy a ir hasta ahí a probarme y veo. Si hay alguno en particular que me llame la atención, después vas vos y me lo pruebo de nuevo. Estuve mirando en la página web y tienen vestidos preciosos. Hay uno blanco con un detalle negro...
- Negro es de luto - me interrumpió. - Sólo blanco puede ser.
- Ay, mamá. Eso es viejísimo. Me coparía que el vestido fuera de otro color. O por lo menos que tuviera algún detalle en otro color.
- Puedo tolerar que te compres un vestido en vez de que te lo mandes a hacer. Pero ya habíamos acordado que ibas a caminar por el altar, con tu vestido blanco. No me vas a sacar el placer de ver a mi nena caminar con su vestidito precioso y blanquito.
- Puede ser un vestido precioso pero que no sea blanco.
- ¡Qué ganas de romper las tradiciones!
- Sí, soy una revolucionaria.

- ¡Pero sí! ¿Qué más se te va a ocurrir ahora? Fiesta chica, vestido que no sea blanco, yo ya no sé. Es todo al revés con vos.
- Ay, mamá. Basta.
- Basta vos. Te vas a casar de blanco, como símbolo de pureza. Como todas las chicas vírgenes.
- Sí, claro - dije, y agregué bajito. - Lástima que hace mucho que no soy...
- ¿Qué dijiste?
- Nada, mamá. Nada.

jueves, 29 de octubre de 2009

Dia 163 - Hermanos, en lo bueno...

Mi primer impulso fue tirar el frasco de café al piso y taparme las tetas con las manos. El tarro se rompió en mil pedacitos a la vez que yo le gritaba a mi hermano "pendejo de mierda" mientras su amigo se reía.
- ¡La concha de tu madre Fabián! ¿Qué carajo hacés acá? ¡Pendejo de mierda!
- ¡Me olvidé de la notebook, histérica!
- ¡Encima que me dejás todo el baño cagado ahora entrás así!
- Jajajaja, te arruiné el baño.
- Sí, no voy a poder entrar por un mes.
- Sorry.
- Ya fue. ¿Y vos qué mirás, Guillermo? ¡Date vuelta de una vez!
- Bueno, bueno. Perdón - dijo avergonzado el mejor amigo de mi hermano.
- Agarrá al computadora y andate, por favor.

Fabián entró corriendo a agarrar la notebook y se fue. Guillermo, desde la puerta se dio vuelta para mirarme por última vez.
- ¡Date vuelta! - chillé.
- Es que me gusta tu bombacha de Kitty - dijo, riéndose.
- No la mires más que te cago a palos - le dijo Fabián.
- Perdón - contestó.

Cuando se fueron tuve que barrer. Lo hice maldiciendo a Fabián. De repente, ya no me pareció tan divertido que estuviera viviendo en mi casa.

Sin embargo, dos horas después, cuando volvió a casa con bolsas de Burger King se me pasó el enojo. A fin de cuentas, la pelotuda que no cerró la puerta fui yo. Intentamos reírnos de lo que pasó y dejar todo atrás. Fabián propuso contarle la historia a nuestros nietos alguna vez y me reí.

Más allá de que lo del otro día fue algo puntual, tener a Fabián en casa ya no me resulta tan divertido. Es muy desordenado. Más que yo, y eso ya es mucho. Deja absolutamente todo tirado. He llegado a encontrar boxers en cualquier lado de la casa. Y además, arrasa con absolutamente todo lo que hay en la heladera. Yo sé que no es mucho, pero lo que hay se lo come. Y después, en vez de tirar el papel en la basura, lo deja adentro. Por ejemplo, se comió todo el pan y dejó el envoltorio adentro de la heladera como si todavía quedara. Ya se lo dije más de una vez, pero no hace caso.

Además de que cada vez que quiero hablar con Martín le tengo que pedir a mi hermano que se vaya a dormir a lo de un amigo. Ya no tengo la libertad que tenía cuando él no estaba. No puedo dormir desnuda porque para ir al baño tiene que pasar por mi cuarto, no puedo poner música fuerte hasta cualquier hora porque ahora hay otra persona que vive conmigo y también tengo que ser yo la que compra todo porque Fabián no tiene un peso.

Y sé que para el la situación tampoco es la ideal. Está durmiendo en una bolsa de dormir en el piso de un living que no es suyo, tampoco tiene libertad y me tiene que pedir plata todo el tiempo.

De cualquier manera, él no quiere volver a lo de mis padres y yo tampoco quiero hacerlo pasar por eso. Así que, por ahora, así estamos. Para bien o para mal.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Día 162 - Cause we all just wanna be big rockstars...

Mi hermano ayer de tarde se fue a estudiar a lo de un amigo y yo aproveché para hacer lo que siempre hago cuando tengo muchas cosas en la cabeza y necesito liberar tensiones. Bailar.

No quería pensar más en los problemas familiares, ni en la situación de mi abuelo ni en lo que podía llegar a pasar con Martín, así que decidí poner la música bien fuerte y empezar a correr por toda la casa al ritmo de Aerosmith, Nickelback y los Beatles.

Aprovechando que estaba sola por primera vez en mucho tiempo decidí hacer otra cosa que también me ayuda a liberar tensiones y es tirar la ropa para cualquier lado. Me saqué los zapatos, el pantalón, la camisa y el corpiño. La ropa para mí representa las obligaciones, vestirme para el trabajo, para ir a la facultad, para salir al mundo exterior. En mi casa, precisamente, quiero todo lo opuesto. Quiero libertad.

Así como estaba, y cantando fui a la cocina y me preparé un café. Bailé mientras la leche se calentaba en el microondas y canté Rockstar a todo volumen, precisamente queriendo ser una estrella de rock.

Sin embargo, parece que mi hermano se había olvidado la notebook y yo de trancar la puerta. La conjugación de ambas cosas derivó en que Fabián y un amigo suyo se encontraran con un lindo espectáculo. Me vieron a mí, con nada puesto más que mi bombacha de Hello Kitty, cantando con el tarro de café a modo de micrófono.

martes, 27 de octubre de 2009

Día 161 - Iom Uledet Sameaj (III)

Volvimos a mi casa Martín y yo solos porque dejamos a mi hermano en la casa de un amigo. Durante el trayecto y hasta que entramos al departamento yo estuve muy callada. Tenía muchas cosas en la cabeza. Por supuesto que Martín se percató de esto y en seguida me preguntó que había pasado. Yo fui hasta mi cama y me tiré. Él me siguió.

- Yo siempre fui una princesa - dije, mirando el techo.
- ¿Qué? - preguntó sin entender.
- Que yo siempre fui una princesa. A los cinco años conocí Santiago de Chile, a los seis Orlando, a los siete Cancún, a los ocho Las Vegas, a los nueve Miami, a los diez Santo Domingo y así hasta que recorrí Europa a los diecinueve y Nueva York a los veinte. Fui la única de mis amigas que recibió un auto a los dieciocho y un departamento a los veintiuno. Soy una princesa.
- Es verdad.
- Cuando eramos chicos, mi abuelo nos llevaba a Fabián y a mí a la juguetería y nos decía que eligiéramos lo que quisiéramos. Sin ningún tipo de límite. Me podía llevar todas las Barbies que había en el local si quería.
- Sí...
- Y cuando era el cumpleaños de Fabián, mi tío Marcelo me regalaba a mí la mitad de la plata que le regalaba a él. Lo llamaba "premio consuelo", y nos lo daba para que ningún hermano se sintiera mal en el cumpleaños del otro porque no recíbía regalos.
- Me contaste.
- Es como te digo, siempre tuve todo. Pero por supuesto que todo tiene su parte buena y su parte mala. Tener plata, obviamente, no es la excepción.
- Yo sé.

- Durante toda mi vida vi tantas peleas por plata que no terminaría nunca de contártelas. Tuve que ver a mis cuatro tíos peleándose entre sí por una cuenta que les abrió mi abuelo, de la cual se apropiaron injustamente mis tíos Gabriel y Mauricio. Vi como le decían a mi padre que él estaba enfermo y que era mejor que ellos dos se encargaran de los temas económicos. Ví, también, a mi abuelo decir que a sus hijos sólo le interesaba su plata y que le iba a dejar todo a sus nietos. Para qué lo dijo. A los dos días mi tío Gabriel se apareció en mi casa diciendo que mi abuelo estaba senil y que él iba a empezar a manejar unas cuentas de Estados Unidos.
- ¿Y qué pasó?
- Mi abuelo se enteró y dijo que nadie podía tocar sus cosas. Que la plata era suya y que él decidía que hacer. Al final terminó poniendo unos departamentos a nombre mío y de Fabián para que tuviéramos algo cuando él ya no estuviera. Pero ahora que mi abuelo está mal seguro que los venden para quedarse con la plata ellos. Igual eso no es lo que más me preocupa, pero no sé que pueda pasar con mis cuarenta y ocho metros cuadrados.
- Nada, este departamento está a tu nombre. Nadie puede hacer nada.
- No creo que sea tan así. Ellos dos son capaces de hacer cualquier cosa. En fin, vamos a ver que pasa. De última vuelvo a lo de mis padres, qué sé yo.
- No vas a tener que volver. ¿Pero qué fue lo que pasó hoy de noche? Estuviste callada todo el elmuerzo.

Le conté la historia, y se acostó al lado mío.
- ¿Sabés lo que fue para mí escuchar que mi abuelo fue declarado incapaz? Hasta hace dos meses estaba al frente de la empresa. Con trescientos empleados a su cargo, manejando, haciendo todo solo.
- ¿Y ahora?
- Ahora vive con enfermeras que hacen cada una turnos de ocho horas, para no dejarlo solo nunca. Ya no trabaja, ni siquiera sale a la calle. Apenas se puede levantar de un sillón sin ayuda.
- Y bueno, mi amor, tiene ochenta y siete años. Tenés que alegrarte por como estaba hasta hace un tiempo, lo normal es que la gente de su edad esté como está el ahora. ¿Entendés?
- Sí - dije, a la vez que me caía una lágrima.
- Vos pensá que lo disfrutaste muchísimo tiempo - dijo, mientras me abrazaba.
- Ya sé, pero eso no quita que se esté muriendo.
- No hay nada que puedas hacer más que estar con él.
- Yo sé. ¿Sería mucho pedir dejar nuestra charla para otro día? Te prometo que pronto, pero hoy no. Por favor.
- No te preocupes. ¿Querés que me quede un rato?
- Sí. Quedate.
- Bueno, chiquita, me quedo con vos.