Mi abuela y mi madre saben exactamente cuando aparecer para arruinarme los mejores momentos de mi vida. Ya conté de cuando, aunque dolorida, estaba contenta con mi operación de nariz hasta que mi abuela apareció para preguntarle a mi mejor amiga por qué no me estaba dando en la boca helado light en vez del común. Y ya están al tanto también de las mil peleas que tuve con mi madre mientras duraban los preparativos del casamiento. Me escondió comida, me dijo gorda, y hasta me hizo pasar vergüenza en frente de la modista al hablar de mi cuerpo como si fuera una atrocidad a la que ningún vestido posible le quedaría bien.
Y esta vez no iba a ser la excepción. Le grité a mi abuela que se fuera con la excusa de que se me habían desprendido unos botones del vestido y "una amiga" me estaba ayudando. Pero me dijo que esperaba a que saliera. Con Martín nos miramos sin saber que hacer. Si ella lo veía salir del baño de mujeres, iba a ser completamente obvio lo que acababa de pasar, y yo me iba a tener que bancar una charla incómoda. Y además se iba a dar cuenta de que adentro no había ninguna mujer ayudándome con el vestido.
Todavía no sé por qué, pero Martín tenía en su bolsillo el celular. No se me ocurrió a quien llamar, así que disqué el número de mi hermano que siempre sabe lo que hacer. Le expliqué la situación y me dijo que él se iba a encargar de sacarla de la puerta del baño así podíamos salir. Unos minutos después nos mandó un mensaje de texto que decía "misión cumplida". Abrí la puerta despacio, salí primero, y después le hice señas a Martín para que me siguiera.
La gente empezaba a llegar y yo sólo quería que la fiesta terminara para que se fueran de una vez. La idea de tener que bailar canciones judías y posteriormente música brasilera me daba náuseas. Tener que sonreír toda la noche y charlar con familiares que no soporto, tampoco me agradaba mucho. Yo sólo podía pensar en despertarme al otro día en el departamento nuevo. Podía imaginarme la tranquilidad de desayunar sola, la posibilidad de que Martín se quedara a dormir y la paz mental que me brindarían esos cuarenta y ocho metros cuadrados.
Diez minutos después me encontré con mi hermano y mi abuela. Aparentemente Fabián había tenido la brillante idea de pedirle que le contara como había sido su casamiento con mi abuelo para sacarla del baño. Lo amé.
El resto de la fiesta transcurrió sin mayores problemas. En un momento tratamos de meternos en el cuarto donde estaban los abrigos para continuar lo que habíamos empezado pero justo unos primos lejanos se estaban yendo y nos vieron. Una hora después, estábamos entrando juntos a mi departamento nuevo para tener nuestra noche de bodas.
Y al día siguiente, empecé el blog. Acá.
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viernes, 12 de marzo de 2010
sábado, 6 de marzo de 2010
Día 204 - Flashback: El casamiento (V)
El instante en el que Martín dijo "acepto" constituyó uno de los mayores alivios de mi vida, sólo comparable con el momento en el que comprobé el día antes del casamiento que el vestido de novia me quedaba perfecto, aún habiendo comido como un cerdo durante todos los meses previos.
Una vez que la sensación de alivio pasó, caí en la cuenta de que mi vida había cambiado para siempre. Que todo lo que había deseado, aquello que parecía tan lejano, se había convertido en realidad. Que una vez que terminara la fiesta, me iría a dormir a mi nuevo hogar. Que la casa de mis padres, en la que pasé momentos tan amargos, ya no sería mi destino diario.
No tenía muchas cosas en el departamento nuevo, pero no me importaba. Una heladera y un colchón me bastaban para ser feliz. En esencia, la libertad que iba a tener es lo que me hacía feliz. El simple hecho de pensar que no iba a tener que interactuar con mi madre todos los días me dibujó una sonrisa en la cara.
El rabino nos declaró marido y mujer, nos besamos, y nos fuimos juntos al salón donde hacíamos la fiesta. Durante el trayecto nos reímos de la ridiculez que implicaba estar casados, de como logramos engañar a toda mi familia sin que nadie sospechara y de lo largo que fue el discurso del rabino sobre las partes de la Torah que hablan del matrimonio.
Fuimos los primeros en llegar al salón, lo cual nos dio la oportunidad de divertirnos un rato antes de que llegaran los invitados. Todavía no recuerdo exactamente como hizo Martín para lograr abrir los mil botones del vestido, pero la realidad es que diez minutos después me encontré en ropa interior trancando la puerta del baño de mujeres con una silla. Un minuto después, cumplimos con el objetivo de consumar nuestro amor ahí mismo.
Me acuerdo de ese momento como si hubiera sido ayer. Todavía puedo sentir las manos de Martín pasando por mi pelo, con la suave música de fondo que sonaba a lo lejos. Till there was you, de Los Beatles, más precisamente. Siempre amé esa canción. Y debo decir que fue la banda sonora perfecta para ese momento.
La canción perfecta, el momento perfecto, y la persona perfecta. Lástima que lo bueno dura poco.
Unos minutos después, escuchamos golpes en la puerta. Como no podía ser de otra manera, alguien que nos tenía que arruinar el momento. Era mi abuela, mi adorada abuela, una abuela con el peor sentido de la oportunidad posible.
Una vez que la sensación de alivio pasó, caí en la cuenta de que mi vida había cambiado para siempre. Que todo lo que había deseado, aquello que parecía tan lejano, se había convertido en realidad. Que una vez que terminara la fiesta, me iría a dormir a mi nuevo hogar. Que la casa de mis padres, en la que pasé momentos tan amargos, ya no sería mi destino diario.
No tenía muchas cosas en el departamento nuevo, pero no me importaba. Una heladera y un colchón me bastaban para ser feliz. En esencia, la libertad que iba a tener es lo que me hacía feliz. El simple hecho de pensar que no iba a tener que interactuar con mi madre todos los días me dibujó una sonrisa en la cara.
El rabino nos declaró marido y mujer, nos besamos, y nos fuimos juntos al salón donde hacíamos la fiesta. Durante el trayecto nos reímos de la ridiculez que implicaba estar casados, de como logramos engañar a toda mi familia sin que nadie sospechara y de lo largo que fue el discurso del rabino sobre las partes de la Torah que hablan del matrimonio.
Fuimos los primeros en llegar al salón, lo cual nos dio la oportunidad de divertirnos un rato antes de que llegaran los invitados. Todavía no recuerdo exactamente como hizo Martín para lograr abrir los mil botones del vestido, pero la realidad es que diez minutos después me encontré en ropa interior trancando la puerta del baño de mujeres con una silla. Un minuto después, cumplimos con el objetivo de consumar nuestro amor ahí mismo.
Me acuerdo de ese momento como si hubiera sido ayer. Todavía puedo sentir las manos de Martín pasando por mi pelo, con la suave música de fondo que sonaba a lo lejos. Till there was you, de Los Beatles, más precisamente. Siempre amé esa canción. Y debo decir que fue la banda sonora perfecta para ese momento.
La canción perfecta, el momento perfecto, y la persona perfecta. Lástima que lo bueno dura poco.
Unos minutos después, escuchamos golpes en la puerta. Como no podía ser de otra manera, alguien que nos tenía que arruinar el momento. Era mi abuela, mi adorada abuela, una abuela con el peor sentido de la oportunidad posible.
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Martín (mi "algo"),
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lunes, 25 de enero de 2010
Día 201 - Flashback: El casamiento (II)
Ustedes ya saben que soy muy mentirosa. Y no es algo de lo que esté particularmente orgullosa, pero hasta ese momento nunca me había pesado.
El casamiento estaba planeado detalle por detalle. Todo: desde la forma en que lo íbamos a contar a nuestras familias, hasta que momento en que lo anuláramos. Todo había sido cuidadosamente calculado, y si no lo escribí tipo listita fue sólo por miedo a que lo encuentre mi madre. Para mi era como una ecuación que tenía que resolver para la facultad: Agustina+Martín+Casamiento-Madre-Abuela+Departamento+Anulación = Felicidad Absoluta.
Lo que no había entrado en mi ecuación era tener que mentirle a mi abuelo. O sí, pero hasta el momento había sido fácil. El casamiento civil pasó sin pena ni gloria, y fue poco más que un trámite. Pero la ceremonia religiosa fue otro asunto.
Unos minutos antes de que empiece yo estaba sola y mi abuelo entró a verme.
-Tu madre me prohibió que venga porque dice que falta muy poco, pero quería verte antes de que camines al altar. Qué linda estás, chiquita...
-Gracias, abuelo --dije, dándole las manos.
-Me emociona verte así. Me acuerdo el día que naciste, y ahora te estás casando. Estás radiante...el amor te sienta bien.
Primer golpe. No, abuelo. El amor no me sienta bien: lo que me sienta bien es irme de casa. Perdoname. Perdoname.
-Gracias. Es que Martín es divino.
-Es un buen muchacho. Y se nota que te hace feliz. Yo sé que esto puede ser difícil para vos, yo escuché a muchos de la familia diciendo que sos muy joven, que no sabés lo que hacés. Sé que te lo dijeron. Pero vos no les hagas caso, no saben lo que dicen. Lo que importa es que te estás casando con el amor de tu vida.
Segundo golpe. Si supieras, abuelito, si supieras. Ahí me dieron muchas ganas de llorar. Muchas veces había hablado del casamiento con mi abuelo, pero nunca me había hablado de esa forma, nunca habíamos estado hablado de eso tan íntimamente. Me dio muchísima culpa tener que mentirle a la persona a la que más quiero en el mundo, a la última persona del mundo que quisiera lastimar. Pero ya estaba ahí. ¿Qué iba a hacer?
-Gracias abuelo. Sos el mejor. --Y le di un abrazo. --Te quiero muchísimo, no sé qué haría sin vos.
-Yo tampoco, Agus. Entre nosotros, sos mi nieta preferida. Me hacés acordar mucho a mí en muchas cosas. Te felicito por tu coraje y espero que seas la más feliz del mundo en tu vida de casada.
Tercer golpe. No aguanté más y solté unas lágrimas. Mi abuelo pensó que eran de emoción y me las secó.
-No llores, que estás preciosa. No te retraso más, ¡suerte!
Y se fue a sentar a su lugar, al lado de mi papá. Miré por la ventana y vi cómo mi mamá se inclinaba por sobre mi papá y lo retaba, nerviosa y con el dedo levantado, seguramente por “retrasarme”. Y ahí empezó la música y vi entrar a Martín.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Día 172 - Domingos en familia
Cuando yo era chica, almorzábamos en familia todos los domingos en un restaurante que se llamaba "El viejo turismo". A todos nos encantaba porque tenía algo para cada uno. Mi hermano, mis primos y yo comíamos milanesa con papas fritas. A los adultos les encantaba la pasta del lugar, o la parrilla que también era muy buena.
En esa época, todavía estaba el papá de mi madre, a quien yo adoraba. Todo era diferente en ese entonces. Él imponía un cierto respeto que llevaba a que entre todos se mantuviera una buena relación. Mi madre y mi tía Déborah, aunque sin hablarse, se saludaban y compartían la mesa. Mi abuela se llevaba bien con sus hijos y también con sus nietos. En la familia reinaba una cierta armonía.
Almorzamos en El viejo turismo todos los domingos exceptuando los de verano hasta que mi abuelo falleció en noviembre del año 2002. A partir de ese momento, ninguno quiso volver. Todos pensaron que hubiera sido un golpe fuerte ir a ese mismo restaurante para ver la cabecera de la mesa vacía. Así fue que empezaron a buscar otros lugares para ir, pero siempre encontraban algún problema. Donde había cosas que a los chicos nos gustaran, los adultos se quejaban de que para ellos no había nada. En otros lugares, para nosotros no había ninguna opción. Nunca nos poníamos de acuerdo.
Al poco tiempo, mi madre y mi tía dejaron definitivamente de hablarse. Ya no estaba la figura de mi abuelo como núcleo, entonces ya no sentían que tenían que mantener ningún tipo de relación. Mi tía decidió que ya no iba a ir a los almuerzos a los que fuera mi madre, por lo que mi hermano y yo perdimos contacto con mis primos. Mi abuela, sin saber que hacer después de que falleciera el hombre con el que había pasado cuarenta y ocho años de su vida y con una familia que se estaba desmoronando, decidió empezar a viajar. En febrero del año 2003 se fue a China con un grupo de viaje por un mes, y después a Japón, en donde agarró otro grupo. No estuvo para mi cumpleaños, pero traté de entender. Cuando volvió, estuvo una semana acá, y después partió Europa con las amigas por un mes y medio. Cuando retornó, estuvo diez días y después se fue a Miami con su hermano por tres semanas. Y así estuvo todo el año. Cuando volvió de Turquía, en diciembre, quiso vernos a mi hermano y a mí en los cinco días que tenía antes de irse a Los Ángeles, pero en una relación que no es buena un año entero de distancia termina por hacer estragos. Para mí, fue como perder a mis dos abuelos a la misma vez.
Durante los años siguientes, la frecuencia de sus viajes disminuyó un poco, y aumentaron los días que se quedaba en el país. Y así fue que quiso volver al ritual dominguero de almorzar en familia. En esa época, ya había empezado a decirme que estaba gorda y que tenía que cuidar mis modales si pretendía ser una princesita. Uno o dos años después, empezó con que yo tenía que dedicarme a ser telefonista porque no servía para otra cosa. Intentó convencerme de que mi misión en la vida tenía que ser conseguirme un hombre que tuviera mucha plata, con quien tener un hijo y una hija y criarlos "como buenos judíos". Y, el momento que aprovechaba para decir todas estas cosas era, precisamente, el almuerzo del domingo.
Así fue que empecé a odiar el almuerzo familiar. Sabía que iba a escuchar las mismas idioteces domingo tras domingo. Que no iba a poder con economía porque "no me daba la cabeza", que tampoco tenía sentido que hiciera esa carrera porque era muy larga, y que una opción como secretariado era "más para mí".
Llegó un punto en el que no quise ir más, pero mi madre me obligaba, lo cual hacía que yo todavía fuera al almuerzo con menos ganas. Con el tiempo, empecé a odiar el día domingo porque ya lo asociaba con la sarta de pavadas que tenía que escuchar y de la cual no podía escaparme porque o me dejaban sin plata para toda la semana o invitaban a mi abuela a comer entre semana sin avisarnos a mi hermano y a mí para que no nos pudiéramos escapar.
Sin embargo, todo esto tuvo un fin para mí el día que me mudé a este departamento. Ya no había amenaza posible que me hiciera ir a comer con mi abuela. Ni siquiera la culpa que me trataba de hacer sentir mi madre al decirme que yo no lo veía, pero que mi abuela quería lo mejor para mí. Que si ella pensaba que yo estaba gorda, me lo tenía que decir "por mi propio bien". Que, a fin de cuentas, sólo le interesaba mi bienestar.
Ahora, para mí, los domingos están muy lejos de ser un martirio. Ya no me tengo que levantar temprano para ir a comer con familiares que no quiero ver, ni tengo que soportar escuchar cosas que me desvalorizan. Ahora me levanto a la hora que quiero, desayuno en silencio, y no me sacó el camisón en todo el día. Me pido algo para almorzar y lo como tranquila, sin que nadie me moleste. Los domingos, para mí, ahora representan la paz que no pude tener en estos últimos años.
Y un domingo cada tanto mi mente decide remontarse a otros tiempos. Y hoy, por ejemplo, pienso en que me gustaría volver a tener ocho años, cuando todavía mi abuela no me había dicho que tenía prohibido el pan y la manteca porque sino iba a ser gorda y ningún hombre me iba a querer. Hoy, quiero volver a esa época en la cual mis primos todavía existían en mi vida y los domingos eran el día en el que nos veíamos. Y hoy, sobre todo, quiero volver a ser la nena que se sienta en la falda del abuelo, y escucha no sólo que es preciosa, sino tan inteligente y brillante que en la vida va a poder hacer cualquier cosa que se proponga.
En esa época, todavía estaba el papá de mi madre, a quien yo adoraba. Todo era diferente en ese entonces. Él imponía un cierto respeto que llevaba a que entre todos se mantuviera una buena relación. Mi madre y mi tía Déborah, aunque sin hablarse, se saludaban y compartían la mesa. Mi abuela se llevaba bien con sus hijos y también con sus nietos. En la familia reinaba una cierta armonía.
Almorzamos en El viejo turismo todos los domingos exceptuando los de verano hasta que mi abuelo falleció en noviembre del año 2002. A partir de ese momento, ninguno quiso volver. Todos pensaron que hubiera sido un golpe fuerte ir a ese mismo restaurante para ver la cabecera de la mesa vacía. Así fue que empezaron a buscar otros lugares para ir, pero siempre encontraban algún problema. Donde había cosas que a los chicos nos gustaran, los adultos se quejaban de que para ellos no había nada. En otros lugares, para nosotros no había ninguna opción. Nunca nos poníamos de acuerdo.
Al poco tiempo, mi madre y mi tía dejaron definitivamente de hablarse. Ya no estaba la figura de mi abuelo como núcleo, entonces ya no sentían que tenían que mantener ningún tipo de relación. Mi tía decidió que ya no iba a ir a los almuerzos a los que fuera mi madre, por lo que mi hermano y yo perdimos contacto con mis primos. Mi abuela, sin saber que hacer después de que falleciera el hombre con el que había pasado cuarenta y ocho años de su vida y con una familia que se estaba desmoronando, decidió empezar a viajar. En febrero del año 2003 se fue a China con un grupo de viaje por un mes, y después a Japón, en donde agarró otro grupo. No estuvo para mi cumpleaños, pero traté de entender. Cuando volvió, estuvo una semana acá, y después partió Europa con las amigas por un mes y medio. Cuando retornó, estuvo diez días y después se fue a Miami con su hermano por tres semanas. Y así estuvo todo el año. Cuando volvió de Turquía, en diciembre, quiso vernos a mi hermano y a mí en los cinco días que tenía antes de irse a Los Ángeles, pero en una relación que no es buena un año entero de distancia termina por hacer estragos. Para mí, fue como perder a mis dos abuelos a la misma vez.
Durante los años siguientes, la frecuencia de sus viajes disminuyó un poco, y aumentaron los días que se quedaba en el país. Y así fue que quiso volver al ritual dominguero de almorzar en familia. En esa época, ya había empezado a decirme que estaba gorda y que tenía que cuidar mis modales si pretendía ser una princesita. Uno o dos años después, empezó con que yo tenía que dedicarme a ser telefonista porque no servía para otra cosa. Intentó convencerme de que mi misión en la vida tenía que ser conseguirme un hombre que tuviera mucha plata, con quien tener un hijo y una hija y criarlos "como buenos judíos". Y, el momento que aprovechaba para decir todas estas cosas era, precisamente, el almuerzo del domingo.
Así fue que empecé a odiar el almuerzo familiar. Sabía que iba a escuchar las mismas idioteces domingo tras domingo. Que no iba a poder con economía porque "no me daba la cabeza", que tampoco tenía sentido que hiciera esa carrera porque era muy larga, y que una opción como secretariado era "más para mí".
Llegó un punto en el que no quise ir más, pero mi madre me obligaba, lo cual hacía que yo todavía fuera al almuerzo con menos ganas. Con el tiempo, empecé a odiar el día domingo porque ya lo asociaba con la sarta de pavadas que tenía que escuchar y de la cual no podía escaparme porque o me dejaban sin plata para toda la semana o invitaban a mi abuela a comer entre semana sin avisarnos a mi hermano y a mí para que no nos pudiéramos escapar.
Sin embargo, todo esto tuvo un fin para mí el día que me mudé a este departamento. Ya no había amenaza posible que me hiciera ir a comer con mi abuela. Ni siquiera la culpa que me trataba de hacer sentir mi madre al decirme que yo no lo veía, pero que mi abuela quería lo mejor para mí. Que si ella pensaba que yo estaba gorda, me lo tenía que decir "por mi propio bien". Que, a fin de cuentas, sólo le interesaba mi bienestar.
Ahora, para mí, los domingos están muy lejos de ser un martirio. Ya no me tengo que levantar temprano para ir a comer con familiares que no quiero ver, ni tengo que soportar escuchar cosas que me desvalorizan. Ahora me levanto a la hora que quiero, desayuno en silencio, y no me sacó el camisón en todo el día. Me pido algo para almorzar y lo como tranquila, sin que nadie me moleste. Los domingos, para mí, ahora representan la paz que no pude tener en estos últimos años.
Y un domingo cada tanto mi mente decide remontarse a otros tiempos. Y hoy, por ejemplo, pienso en que me gustaría volver a tener ocho años, cuando todavía mi abuela no me había dicho que tenía prohibido el pan y la manteca porque sino iba a ser gorda y ningún hombre me iba a querer. Hoy, quiero volver a esa época en la cual mis primos todavía existían en mi vida y los domingos eran el día en el que nos veíamos. Y hoy, sobre todo, quiero volver a ser la nena que se sienta en la falda del abuelo, y escucha no sólo que es preciosa, sino tan inteligente y brillante que en la vida va a poder hacer cualquier cosa que se proponga.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Día 128 - Huésped
No pude escribir porque en estos últimos días pasaron muchas cosas. Tantas, que ahora hay un hombre en mi ducha, que no es ni Martín ni Sebastián.
Vamos por partes.
El sábado de noche, a las ocho y diez tocó timbre Martín. Nos saludamos, como la última vez, con un beso en el cachete. Teníamos que hablar, de verdad que yo quería tener una charla con él, porque me pareció que teníamos muchas cosas que aclarar. Sin embargo, fui poseída por alguna fuerza extraña que me impidió pensar correctamente cuando Martín me dio un beso en la boca.
Después del beso, empezaron las caricias. Primero arriba de la ropa, después por adentro de la misma. Le doy besos en el cuello y, despacito, le saco la remera. Me saca la mía. Sé que está mal, está muy muy mal lo que estoy haciendo pero no puedo parar. Siento su perfume y ahí sí, sé que ya está todo perdido.
Sin sacarnos las manos de encima nos vamos para mi cuarto. Caemos en el colchón. Estoy tirada y Martín me da besos en la panza, después sube hasta llegar al cuello y se queda ahí por un largo rato. Esos besos me dan ganas de sacarle todo, por lo cual le abro el botón del jean y le bajo el cierre como señal de que se lo saque. Lo hace y luego dice "Igualdad de condiciones, mi amor. Sacátelo vos también". Le hago caso. El pantalón sale volando y queda tirado en alguna parte de mi cuarto.
Pienso en Sebastián, en que tenemos poco tiempo porque tenemos que ir a la cena, pero no puedo evitar seguir. Lo veo a Martín que viene subiendo por mis piernas hasta llegar al encaje de la bombacha y ya pierdo todo rastro de cordura.
Me siento y lo tiro a él, despacito, en el colchón. Cuando está acostado le doy besos en la panza, subo hasta el cuello y después a la oreja. "Me matás", me dice, a la vez que me desprende el corpiño.
Y ahí estamos, yo sólo con bombacha y él sólo con boxer. Esas simples piezas de tela nos separan de lo incorrecto, de lo que no debemos hacer pero ya no podemos controlar. Lo miro, me mira y me pregunta si quiero parar. Le digo que no.
Me acuesta, y empieza a subir por mis piernas de nuevo. Despacito, agarra el borde de la bombacha y lo va deslizando hacia abajo. Luego, agarra el otro borde y suavamente me la va sacando.
Estoy completamente desnuda y quiero que Martín lo esté también. En ese instante. Me acerco al elástico del boxer y le doy besos por ahí. Siento que su respiración se empieza a agitar cada vez más. Se lo saco.
Lo hacemos. Es de nuestros mejores polvos, cabeza a cabeza con uno que tuvimos hace unos meses en casa vieja, mientras mis padres estaban en Punta del Este, y mi hermano y María durmiendo a pocos metros de nosotros.
Nos quedamos un rato tirados en la cama, abrazados. Sé que tenemos que levantarnos, sé que tenemos que ir a lo de mi abuela y, sobre todo, sé que tenemos que hablar de lo que pasó. Pero no quiero hacer nada de eso. Quiero quedarme tirada ahí, con él, en silencio.
Pasan unos minutos y suena el celular. Saco el brazo de Martín de encima de mi hombro, me pongo la bombacha y voy hasta la cocina. Es un mensaje de Fabián, en el cual pregunta si va con mis padres o si lo paso a buscar. Le contesto que vaya con mis padres, para tener un tiempo más con Martín antes de ir. Miro la hora, y son nueve menos cinco. Tampoco voy a tener tiempo con mi marido, le aviso que se vaya vistiendo.
Voy corriendo hasta el cuarto y me empiezo a vestir. Pienso en lo aburrido que es vestirse y en lo divertido que es desvestirse. Veo a mi marido con ropa puesta y pienso que es mejor al natural. Me dan ganas de decirle que se vuelva a sacar todo, que podemos quedarnos ahí toda la noche, comiendo cosas ricas y cometiendo actos impuros. Pero no, sé que Fabián ya está en camino y me va a matar si no voy a la cena.
Bajamos en el ascensor, y mientras caminamos por el estacionamiento me agarra la mano. No entiendo nada porque nunca fue cariñoso, pero no quiero pensar más. Quiero sacarme de encima esa cena de mierda y después sí, hablar de nosotros.
Llegamos tarde, medio despeinados. Cuando saludo a mi hermano me pregunta si acabamos de coger, le digo que sí y me río. Mi madre debe haber escuchado (o se lo debe haber imaginado), por lo que me miró con cara de orto. Se ve que después del casamiento tampoco está bien tener sexo para ella. O capaz que la cara de culo es porque llegué tarde. O capaz que no es por nada en especial, la tuvo siempre.
Empiezo a saludar a todos, y cuando llego a mi abuela me dice en secreto "más te vale que no arruines la cena con tus escenitas dramáticas". Pretendo no escucharla y sigo saludando a todos.
Como siempre, mi tío Daniel está monopolizando la conversación. Le cuenta a todos de la vez que en un museo en Londres, dijo que sus hijos tenían 11 y 13 años para pagar el precio de menores de catorce. En esa época, mis primos tendrían 19 y 21, o algo así. Dice que los mandó a que se escondieran mientras sacaba los tickets para que nadie los viera. Pienso en que cada vez que tengo cenas familiares siento más vergüenza ajena hacia mis parientes. Y me asombro, también, porque pensé que ya había escuchado todas las historias de mi tío Daniel. Pero no, él siempre va a haber inventado una excusa más para ahorrar un poco de plata.
Seguimos todas las tradiciones. Comemos jalá (una especie de pan) gulá (redonda), para tener un año redondo. Comemos manzana con miel para tener un año dulce. Mi tío Marcelo hace las bendiciones correspondientes, la del vino y la de la jalá. Por joder, le agarro el culo a Martín. Se ríe. Todos nos miran con cara de orto. Ni me importa.
Nos sentamos en la mesa, y empiezan a surgir los mismos temas de conversación de siempre. Mi abuela dice que Lital, la hija de no sé quien, se casó con el hijo de un tal Gustavo. Mi madre aporta detalles, como que ella antes salía con Nicolás, el hijo de Silvita. Mi abuela acota que Silvita es de esas mujeres que "no se arreglan", sólo porque no va a la peluquería todas las semanas como ellas dos. Las miro juntas y me doy cuenta de que son lo mismo, son los mismos comentarios, los mismos intereses superficiales, y las mismas maneras de hablar despectivamente con respecto a todo el mundo. Me alegro enormemente de no ser como ellas.
En un momento, no sé como, la atención se desvía hacia mi hermano. Empiezan los reclamos de parte de mi abuela por faltar la noche anterior. Fabián dice que fue a lo de su mejor amigo e hizo la cena con ellos. Mi abuela le dice que es un irrespetuoso y que es por la culpa de gente como él que muchos judíos se están asimilando. Es tan ridículo lo que dice que siento que voy a empezar a reír en cualquier momento. Pero siento que si abro la boca, aunque sea por un segundo, le voy a decir tantas cosas que no voy a tener más remedio que pararme e irme y pienso que la comida está demasiado rica como para dejarla en el plato. Además, todavía no comí postre, y pienso en que debería aguantar un rato más.
Mi abuela le sigue diciendo a Fabián que estuvo mal. Que como puede ser que le haya importado tan poco la cena del día anterior. En ese momento, mi madre hace una aparición estelar.
- Es culpa de Agustina eso, estoy segura.
- Basta, mamá -dijo Fabián. -Ella no tiene nada que ver.
- Ni te gastes, gordo. Que piense lo que quiera - agregué.
- ¡Pero claro que pienso lo que quiera! Pienso que vos le dijiste que no viniera a ver que pasaba. A ver si era en serio que no le íbamos a dar plata por un mes.
- Suficiente, mamá - dije. -Yo no le tengo que decir qué es lo que tiene que hacer. Tiene casi veinte años, por favor.
En ese momento, miré a Fabián y vi que se estaba levantando de su silla. Se sacó la servilleta de la falda y la tiró sobre la mesa. Debo decir que, una vez abrió la boca, pensé en que nunca en la vida lo había visto tan parecido a mí.
- Me tienen harto. Todos ustedes me tienen podrido con las obligaciones, las costumbres y las cosas que hay que hacer. Son insoportables todos. In-so-por-tables, ¿entienden? No pueden aceptar por un segundo que capaz que alguien no tiene ganas de venir a comer, o que las personas no tienen por qué escuchar chusmerío barato de la gente de la colectividad. ¿Entienden que puede ser que a nadie le interesa que Pepito se casó con Pepita? ¿O que a nadie le importe si te ahorraste dos dólares, tío?
Hizo una pausa, y continuó.
- Me pudrieron. Todos ustedes. Mamá, papá, no los aguanto más a ustedes tampoco con sus amenazas de no darme plata si no hago lo que ustedes quieren - dijo, y me miró. - Gorda, Martín, nos vamos.
Lo miré estupefacta, orgullosa de él por lo que había hecho pero sin saber que iba a pasar después. Fabián me pidió que lo dejara en casa vieja y que después hablábamos bien. "Tengo mucho en que pensar", me dijo.
Como todavía no habíamos tenido oportunidad de hablar con Martín de lo que había pasado, le dije que se viniera conmigo para el departamento. Sin embargo, la charla nuevamente se vio desplazada cuando sonó el timbre.
Cuando abrí la puerta, me encontré con Fabián. En una mano tenía un bolso, y en la otra, un sobre de dormir.
Vamos por partes.
El sábado de noche, a las ocho y diez tocó timbre Martín. Nos saludamos, como la última vez, con un beso en el cachete. Teníamos que hablar, de verdad que yo quería tener una charla con él, porque me pareció que teníamos muchas cosas que aclarar. Sin embargo, fui poseída por alguna fuerza extraña que me impidió pensar correctamente cuando Martín me dio un beso en la boca.
Después del beso, empezaron las caricias. Primero arriba de la ropa, después por adentro de la misma. Le doy besos en el cuello y, despacito, le saco la remera. Me saca la mía. Sé que está mal, está muy muy mal lo que estoy haciendo pero no puedo parar. Siento su perfume y ahí sí, sé que ya está todo perdido.
Sin sacarnos las manos de encima nos vamos para mi cuarto. Caemos en el colchón. Estoy tirada y Martín me da besos en la panza, después sube hasta llegar al cuello y se queda ahí por un largo rato. Esos besos me dan ganas de sacarle todo, por lo cual le abro el botón del jean y le bajo el cierre como señal de que se lo saque. Lo hace y luego dice "Igualdad de condiciones, mi amor. Sacátelo vos también". Le hago caso. El pantalón sale volando y queda tirado en alguna parte de mi cuarto.
Pienso en Sebastián, en que tenemos poco tiempo porque tenemos que ir a la cena, pero no puedo evitar seguir. Lo veo a Martín que viene subiendo por mis piernas hasta llegar al encaje de la bombacha y ya pierdo todo rastro de cordura.
Me siento y lo tiro a él, despacito, en el colchón. Cuando está acostado le doy besos en la panza, subo hasta el cuello y después a la oreja. "Me matás", me dice, a la vez que me desprende el corpiño.
Y ahí estamos, yo sólo con bombacha y él sólo con boxer. Esas simples piezas de tela nos separan de lo incorrecto, de lo que no debemos hacer pero ya no podemos controlar. Lo miro, me mira y me pregunta si quiero parar. Le digo que no.
Me acuesta, y empieza a subir por mis piernas de nuevo. Despacito, agarra el borde de la bombacha y lo va deslizando hacia abajo. Luego, agarra el otro borde y suavamente me la va sacando.
Estoy completamente desnuda y quiero que Martín lo esté también. En ese instante. Me acerco al elástico del boxer y le doy besos por ahí. Siento que su respiración se empieza a agitar cada vez más. Se lo saco.
Lo hacemos. Es de nuestros mejores polvos, cabeza a cabeza con uno que tuvimos hace unos meses en casa vieja, mientras mis padres estaban en Punta del Este, y mi hermano y María durmiendo a pocos metros de nosotros.
Nos quedamos un rato tirados en la cama, abrazados. Sé que tenemos que levantarnos, sé que tenemos que ir a lo de mi abuela y, sobre todo, sé que tenemos que hablar de lo que pasó. Pero no quiero hacer nada de eso. Quiero quedarme tirada ahí, con él, en silencio.
Pasan unos minutos y suena el celular. Saco el brazo de Martín de encima de mi hombro, me pongo la bombacha y voy hasta la cocina. Es un mensaje de Fabián, en el cual pregunta si va con mis padres o si lo paso a buscar. Le contesto que vaya con mis padres, para tener un tiempo más con Martín antes de ir. Miro la hora, y son nueve menos cinco. Tampoco voy a tener tiempo con mi marido, le aviso que se vaya vistiendo.
Voy corriendo hasta el cuarto y me empiezo a vestir. Pienso en lo aburrido que es vestirse y en lo divertido que es desvestirse. Veo a mi marido con ropa puesta y pienso que es mejor al natural. Me dan ganas de decirle que se vuelva a sacar todo, que podemos quedarnos ahí toda la noche, comiendo cosas ricas y cometiendo actos impuros. Pero no, sé que Fabián ya está en camino y me va a matar si no voy a la cena.
Bajamos en el ascensor, y mientras caminamos por el estacionamiento me agarra la mano. No entiendo nada porque nunca fue cariñoso, pero no quiero pensar más. Quiero sacarme de encima esa cena de mierda y después sí, hablar de nosotros.
Llegamos tarde, medio despeinados. Cuando saludo a mi hermano me pregunta si acabamos de coger, le digo que sí y me río. Mi madre debe haber escuchado (o se lo debe haber imaginado), por lo que me miró con cara de orto. Se ve que después del casamiento tampoco está bien tener sexo para ella. O capaz que la cara de culo es porque llegué tarde. O capaz que no es por nada en especial, la tuvo siempre.
Empiezo a saludar a todos, y cuando llego a mi abuela me dice en secreto "más te vale que no arruines la cena con tus escenitas dramáticas". Pretendo no escucharla y sigo saludando a todos.
Como siempre, mi tío Daniel está monopolizando la conversación. Le cuenta a todos de la vez que en un museo en Londres, dijo que sus hijos tenían 11 y 13 años para pagar el precio de menores de catorce. En esa época, mis primos tendrían 19 y 21, o algo así. Dice que los mandó a que se escondieran mientras sacaba los tickets para que nadie los viera. Pienso en que cada vez que tengo cenas familiares siento más vergüenza ajena hacia mis parientes. Y me asombro, también, porque pensé que ya había escuchado todas las historias de mi tío Daniel. Pero no, él siempre va a haber inventado una excusa más para ahorrar un poco de plata.
Seguimos todas las tradiciones. Comemos jalá (una especie de pan) gulá (redonda), para tener un año redondo. Comemos manzana con miel para tener un año dulce. Mi tío Marcelo hace las bendiciones correspondientes, la del vino y la de la jalá. Por joder, le agarro el culo a Martín. Se ríe. Todos nos miran con cara de orto. Ni me importa.
Nos sentamos en la mesa, y empiezan a surgir los mismos temas de conversación de siempre. Mi abuela dice que Lital, la hija de no sé quien, se casó con el hijo de un tal Gustavo. Mi madre aporta detalles, como que ella antes salía con Nicolás, el hijo de Silvita. Mi abuela acota que Silvita es de esas mujeres que "no se arreglan", sólo porque no va a la peluquería todas las semanas como ellas dos. Las miro juntas y me doy cuenta de que son lo mismo, son los mismos comentarios, los mismos intereses superficiales, y las mismas maneras de hablar despectivamente con respecto a todo el mundo. Me alegro enormemente de no ser como ellas.
En un momento, no sé como, la atención se desvía hacia mi hermano. Empiezan los reclamos de parte de mi abuela por faltar la noche anterior. Fabián dice que fue a lo de su mejor amigo e hizo la cena con ellos. Mi abuela le dice que es un irrespetuoso y que es por la culpa de gente como él que muchos judíos se están asimilando. Es tan ridículo lo que dice que siento que voy a empezar a reír en cualquier momento. Pero siento que si abro la boca, aunque sea por un segundo, le voy a decir tantas cosas que no voy a tener más remedio que pararme e irme y pienso que la comida está demasiado rica como para dejarla en el plato. Además, todavía no comí postre, y pienso en que debería aguantar un rato más.
Mi abuela le sigue diciendo a Fabián que estuvo mal. Que como puede ser que le haya importado tan poco la cena del día anterior. En ese momento, mi madre hace una aparición estelar.
- Es culpa de Agustina eso, estoy segura.
- Basta, mamá -dijo Fabián. -Ella no tiene nada que ver.
- Ni te gastes, gordo. Que piense lo que quiera - agregué.
- ¡Pero claro que pienso lo que quiera! Pienso que vos le dijiste que no viniera a ver que pasaba. A ver si era en serio que no le íbamos a dar plata por un mes.
- Suficiente, mamá - dije. -Yo no le tengo que decir qué es lo que tiene que hacer. Tiene casi veinte años, por favor.
En ese momento, miré a Fabián y vi que se estaba levantando de su silla. Se sacó la servilleta de la falda y la tiró sobre la mesa. Debo decir que, una vez abrió la boca, pensé en que nunca en la vida lo había visto tan parecido a mí.
- Me tienen harto. Todos ustedes me tienen podrido con las obligaciones, las costumbres y las cosas que hay que hacer. Son insoportables todos. In-so-por-tables, ¿entienden? No pueden aceptar por un segundo que capaz que alguien no tiene ganas de venir a comer, o que las personas no tienen por qué escuchar chusmerío barato de la gente de la colectividad. ¿Entienden que puede ser que a nadie le interesa que Pepito se casó con Pepita? ¿O que a nadie le importe si te ahorraste dos dólares, tío?
Hizo una pausa, y continuó.
- Me pudrieron. Todos ustedes. Mamá, papá, no los aguanto más a ustedes tampoco con sus amenazas de no darme plata si no hago lo que ustedes quieren - dijo, y me miró. - Gorda, Martín, nos vamos.
Lo miré estupefacta, orgullosa de él por lo que había hecho pero sin saber que iba a pasar después. Fabián me pidió que lo dejara en casa vieja y que después hablábamos bien. "Tengo mucho en que pensar", me dijo.
Como todavía no habíamos tenido oportunidad de hablar con Martín de lo que había pasado, le dije que se viniera conmigo para el departamento. Sin embargo, la charla nuevamente se vio desplazada cuando sonó el timbre.
Cuando abrí la puerta, me encontré con Fabián. En una mano tenía un bolso, y en la otra, un sobre de dormir.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Día 119 - La presentación de Martín a toda la familia (III)
- Rosanna, Jorge, ¿ustedes son algo de Sara e Isaac? Por el apellido, digo.
- No, Rebecca. La verdad es que no sé quienes son - contestó Rosanna, la mamá de Martín.
- Ah, porque son de los principales donantes de la sinagoga XXX. A él siempre lo hacen pasar al frente a sostener la Torah - replicó mi abuela. (La Torah es el libro sagrado, y supuestamente es un honor poderla tocar).
- No, no sé quienes son - dijo Jorge.
- Qué raro, porque son muy conocidos dentro de la colectividad - dijo el diablo.
- Ah, capaz que no lo conocemos porque nosotros no somos precisamente muy "cercanos" a la comunidad - acotó Rosanna.
- ¿Cómo que no? ¿Cada cuanto van al templo?
- Y...en Rosh Hashaná y Iom Kipur - dijo Jorge. (Rosh Hashaná es año nuevo, y Iom Kipur el día del perdón. Son las fechas más sagradas del año).
- ¡¿Qué?! ¿Y los viernes?
- No, no vamos todos los viernes - contestó Yael, la hermana mayor de Martín.
- Y yo tampoco, abuela, así que no sigas -dije. El "abuela" fue por gusto, porque ella no me deja decirle así. Tengo que decirle Rebecca, porque supuestamente ella no parece mi abuela, entonces para qué voy a hacer que todo el mundo se entere. Si ella es tan juvenil, que en una época le decía a todos que era mi hermana. Qué loser, por dios.
- Bueno, yo sé que vos no sos como a mí me gustaría que fueras, pero pensé que si te casabas con un chico judío tenías esperanza.
- ¿"Tenías esperanza"? - pregunté incrédula.
- ¡Claro! Yo pensé que ibas a empezar a hacer actividades con otros chicos judíos, ir a lugares para jóvenes, estar en la comunidad. Todas esas cosas que están bien vistas.
- Nunca fui de hacer esas cosas y menos voy a empezar ahora. Y, para que te quede claro, ¡me chupa un huevo qué está bien visto y que no!
- Bueno, pero a mí no. ¡¿Qué van a decir mis amigas si saben que te casaste con un goy?! - chilló. (Goy = palabra muy despectiva para designar a la gente no judía. Típica de mi abuela, mi tío Daniel y mi madre).
- ¡Callate la boca! - grité.
- Agustina, ¡no le hables así a tu abuela! - intervino mi madre.
- Le hablo como quiero, especialmente cuando dice idioteces. ¡Y te tendría que hablar peor a vos que escuchás toda esta sarta de pavadas y te quedás callada!
- ¡Qué barbaridad! - chilló mi madre.
- ¿Qué barbaridad? ¡Qué barbaridad ustedes dos! Ustedes dos y toda la familia. Tengo los huevos al plato de escucharlos hablar así, con ese tonito despectivo de mierda para los no judíos. Odio la palabra goy. La odio. ¡Y encima Martín es judío, así que no entiendo que problema hay!
- El problema es que la familia de tu futuro marido no supo explicarle a él lo importante que era seguir la religión. Miralos, apenas van a la sinagoga dos veces por año, pobrecitos. Se ve que no entienden nada - dijo mi abuela, y tomó un sorbo de coca, como si nada.
- Decís una sola palabra más y no te vuelvo a hablar - dije.
- Tengo mucho más que una palabra para decir. ¡Mucho! ¿Qué diría tu abuelo si supiera que te vas a casar con alguien así?
- Te lo advertí, abuela. Rosanna, Jorge, Martíncito, Yael y Ronit, nos vamos.
- ¡Ay, pero qué melodramática!
- ¡Callate de una vez! - dije mientras agarraba mis cosas.
- Agustina, ni se te ocurra irte así- intervino mi madre. - Dejá de hacerte la actriz, y volvé. Haceme el favor.
- ¡Callate vos también! - contesté.
Mi madre se tapó la boca, como diciendo ¡Qué horror!, y yo me sentí genial porque, por primera vez en mi vida, me había enfrentado a ella. Con audiencia y todo. Mientras caminaba con mi supuesta familia política hacia la puerta se escuchaban los gritos de mi abuela.
- ¡Seguro que encima van a uno de esos templos en los que dejan que hagan la Bar Mitzvah chicos que no nacieron de madre judía! Y ahora nuestra familia se va a mezclar con la de ellos. ¡Que desgracia! Por favor, que alguien me traiga un vaso de agua que estoy a punto de desmayarme.
- No, Rebecca. La verdad es que no sé quienes son - contestó Rosanna, la mamá de Martín.
- Ah, porque son de los principales donantes de la sinagoga XXX. A él siempre lo hacen pasar al frente a sostener la Torah - replicó mi abuela. (La Torah es el libro sagrado, y supuestamente es un honor poderla tocar).
- No, no sé quienes son - dijo Jorge.
- Qué raro, porque son muy conocidos dentro de la colectividad - dijo el diablo.
- Ah, capaz que no lo conocemos porque nosotros no somos precisamente muy "cercanos" a la comunidad - acotó Rosanna.
- ¿Cómo que no? ¿Cada cuanto van al templo?
- Y...en Rosh Hashaná y Iom Kipur - dijo Jorge. (Rosh Hashaná es año nuevo, y Iom Kipur el día del perdón. Son las fechas más sagradas del año).
- ¡¿Qué?! ¿Y los viernes?
- No, no vamos todos los viernes - contestó Yael, la hermana mayor de Martín.
- Y yo tampoco, abuela, así que no sigas -dije. El "abuela" fue por gusto, porque ella no me deja decirle así. Tengo que decirle Rebecca, porque supuestamente ella no parece mi abuela, entonces para qué voy a hacer que todo el mundo se entere. Si ella es tan juvenil, que en una época le decía a todos que era mi hermana. Qué loser, por dios.
- Bueno, yo sé que vos no sos como a mí me gustaría que fueras, pero pensé que si te casabas con un chico judío tenías esperanza.
- ¿"Tenías esperanza"? - pregunté incrédula.
- ¡Claro! Yo pensé que ibas a empezar a hacer actividades con otros chicos judíos, ir a lugares para jóvenes, estar en la comunidad. Todas esas cosas que están bien vistas.
- Nunca fui de hacer esas cosas y menos voy a empezar ahora. Y, para que te quede claro, ¡me chupa un huevo qué está bien visto y que no!
- Bueno, pero a mí no. ¡¿Qué van a decir mis amigas si saben que te casaste con un goy?! - chilló. (Goy = palabra muy despectiva para designar a la gente no judía. Típica de mi abuela, mi tío Daniel y mi madre).
- ¡Callate la boca! - grité.
- Agustina, ¡no le hables así a tu abuela! - intervino mi madre.
- Le hablo como quiero, especialmente cuando dice idioteces. ¡Y te tendría que hablar peor a vos que escuchás toda esta sarta de pavadas y te quedás callada!
- ¡Qué barbaridad! - chilló mi madre.
- ¿Qué barbaridad? ¡Qué barbaridad ustedes dos! Ustedes dos y toda la familia. Tengo los huevos al plato de escucharlos hablar así, con ese tonito despectivo de mierda para los no judíos. Odio la palabra goy. La odio. ¡Y encima Martín es judío, así que no entiendo que problema hay!
- El problema es que la familia de tu futuro marido no supo explicarle a él lo importante que era seguir la religión. Miralos, apenas van a la sinagoga dos veces por año, pobrecitos. Se ve que no entienden nada - dijo mi abuela, y tomó un sorbo de coca, como si nada.
- Decís una sola palabra más y no te vuelvo a hablar - dije.
- Tengo mucho más que una palabra para decir. ¡Mucho! ¿Qué diría tu abuelo si supiera que te vas a casar con alguien así?
- Te lo advertí, abuela. Rosanna, Jorge, Martíncito, Yael y Ronit, nos vamos.
- ¡Ay, pero qué melodramática!
- ¡Callate de una vez! - dije mientras agarraba mis cosas.
- Agustina, ni se te ocurra irte así- intervino mi madre. - Dejá de hacerte la actriz, y volvé. Haceme el favor.
- ¡Callate vos también! - contesté.
Mi madre se tapó la boca, como diciendo ¡Qué horror!, y yo me sentí genial porque, por primera vez en mi vida, me había enfrentado a ella. Con audiencia y todo. Mientras caminaba con mi supuesta familia política hacia la puerta se escuchaban los gritos de mi abuela.
- ¡Seguro que encima van a uno de esos templos en los que dejan que hagan la Bar Mitzvah chicos que no nacieron de madre judía! Y ahora nuestra familia se va a mezclar con la de ellos. ¡Que desgracia! Por favor, que alguien me traiga un vaso de agua que estoy a punto de desmayarme.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Día 118 - La presentación de Martín a toda la familia (II)
- La verdad es que sí es genial. No te vendría para nada mal bajar unos kilos - contestó Rebecca, mi abuela, la peor abuela de la historia.
- Por supuesto que sí. Ya estaba esperando tu comentario sobre eso. Al fin llegó.
- Y bueno, si ni siquiera te preocupás en ahorrar en comida por lo menos podrías hacer ejercicio después para bajar todo.
- ¡Y dale con ahorrar! Te acabás de hacer un viaje de mínimo diez mil dólares. Te pido por favor.
- Bueno, pero te aseguro que cada vez que pude ahorré, porque no hubo un sólo día en que no me haya robado una medialuna del desayuno.
Durante todo ese tiempo, había estado tan enfrascada en la conversación y tan molesta por lo idiota que era mi abuela, que ni me acordé que Martín estaba ahí con su familia. Cuando levanté la vista, los vi a todos callados, comiendo en silencio y tratando de disimular su incomodidad.
- Bueno, abuela, te felicito por los veinticinco dólares que te ahorraste. ¿Podemos cambiar de tema? Hasta donde sé, esta es una cena de presentación de mi marido y no una comida para debatir como lograr ahorrar centavos de dólar cuando estás de viaje - dije, en un tono muy poco amigable.
- Ay, bueno, chiquita. ¡Qué histerica que estás! Incluso más que siempre. Yo no sé como encontraste un tipo que este dispuesto a soportarte con ese carácter.
- Bueno, pero para sorpresa de todos, encontré a alguien. Con mi supuesto sobrepeso, y mi carácter de mierda.
- Ay, te voy a tener que lavar la boca con jabón si seguís hablando así - dijo mi abuela, notoriamente incómoda. - En fin, Martín, contame. ¿A qué te dedicás?
- Estudio Administración de Empresas, y trabajo con mi padre en la suya - contestó.
- Ah...estudiás y trabajás, qué bien. Los dos estudian y trabajan. Yo no sé que van a hacer cuando tengan hijos.
Miré a Martín, que me miró como diciendo "contestá vos".
- Por ahora no vamos a tener hijos, cuando sea el momento, veremos.
- Bueno, pero ya tendrían que ir pensando en el futuro. Viste que las mujeres tenemos que dedicarnos a...
- Sí, ya sé lo que pensás - dije para interrumpirla. Lo que menos quería era una charla sobre el rol de la mujer en la sociedad y bla bla bla. - Pero bueno, para cuando tengamos hijos ya nos vamos a haber recibido los dos, así que sólo vamos a trabajar.
- Bueno, pero igual, no me parece. Alguno va a tener que dejar de trabajar.
- Abuela - dije cortante. - Ya veremos en otro momento.
Los padres de Martín y sus hermanas, masticaban su comida sin emitir palabra. Desgraciadamente, mi abuela se percató de esto y les empezó a hablar. Y acá vino lo peor, porque una cosa es que me diga pavadas a mí, y otra muy distinta es que vayan dirigidas a los padres de Martín, que en realidad no estaban ahí porque iban a ser mis suegros, sino a modo de favor.
Y, definitivamente, no se merecían todo lo que se vino después.
- Por supuesto que sí. Ya estaba esperando tu comentario sobre eso. Al fin llegó.
- Y bueno, si ni siquiera te preocupás en ahorrar en comida por lo menos podrías hacer ejercicio después para bajar todo.
- ¡Y dale con ahorrar! Te acabás de hacer un viaje de mínimo diez mil dólares. Te pido por favor.
- Bueno, pero te aseguro que cada vez que pude ahorré, porque no hubo un sólo día en que no me haya robado una medialuna del desayuno.
Durante todo ese tiempo, había estado tan enfrascada en la conversación y tan molesta por lo idiota que era mi abuela, que ni me acordé que Martín estaba ahí con su familia. Cuando levanté la vista, los vi a todos callados, comiendo en silencio y tratando de disimular su incomodidad.
- Bueno, abuela, te felicito por los veinticinco dólares que te ahorraste. ¿Podemos cambiar de tema? Hasta donde sé, esta es una cena de presentación de mi marido y no una comida para debatir como lograr ahorrar centavos de dólar cuando estás de viaje - dije, en un tono muy poco amigable.
- Ay, bueno, chiquita. ¡Qué histerica que estás! Incluso más que siempre. Yo no sé como encontraste un tipo que este dispuesto a soportarte con ese carácter.
- Bueno, pero para sorpresa de todos, encontré a alguien. Con mi supuesto sobrepeso, y mi carácter de mierda.
- Ay, te voy a tener que lavar la boca con jabón si seguís hablando así - dijo mi abuela, notoriamente incómoda. - En fin, Martín, contame. ¿A qué te dedicás?
- Estudio Administración de Empresas, y trabajo con mi padre en la suya - contestó.
- Ah...estudiás y trabajás, qué bien. Los dos estudian y trabajan. Yo no sé que van a hacer cuando tengan hijos.
Miré a Martín, que me miró como diciendo "contestá vos".
- Por ahora no vamos a tener hijos, cuando sea el momento, veremos.
- Bueno, pero ya tendrían que ir pensando en el futuro. Viste que las mujeres tenemos que dedicarnos a...
- Sí, ya sé lo que pensás - dije para interrumpirla. Lo que menos quería era una charla sobre el rol de la mujer en la sociedad y bla bla bla. - Pero bueno, para cuando tengamos hijos ya nos vamos a haber recibido los dos, así que sólo vamos a trabajar.
- Bueno, pero igual, no me parece. Alguno va a tener que dejar de trabajar.
- Abuela - dije cortante. - Ya veremos en otro momento.
Los padres de Martín y sus hermanas, masticaban su comida sin emitir palabra. Desgraciadamente, mi abuela se percató de esto y les empezó a hablar. Y acá vino lo peor, porque una cosa es que me diga pavadas a mí, y otra muy distinta es que vayan dirigidas a los padres de Martín, que en realidad no estaban ahí porque iban a ser mis suegros, sino a modo de favor.
Y, definitivamente, no se merecían todo lo que se vino después.
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Flashback,
Martín (mi "algo"),
Mi abuela (mamá de mi mamá)
martes, 8 de septiembre de 2009
Día 117 - Flashback: la presentación de Martín (I)
Quedé en encontrarme con Martín y su familia abajo de la casa de mi abuela, una noche de marzo de este año. Como estaban mis padres adelante, no me pude disculpar de nuevo por haberlos hecho parte de semejante situación. Iban a tener que bancarse una cena que iba a ser bastante peculiar, por decirlo de alguna manera.
En el instante que abrimos la puerta, ya me quise morir de vergüenza. Se escuchaba a mi tío Daniel, desde el sillón, contando otra de sus historias.
-...entonces agarré una medialuna del buffet, la corté al medio, le puse jamón y queso y la envolví para llevar. Cuando levanté la vista el guardia de seguridad me hizo señas de que no me la podía guardar, pero a mí nadie me dice lo que hacer, eh. Entonces, lo miré y me fui corriendo. El tema es que es culpa de ellos, no tuya, viste. Tenés toda la comida ahí, podés agarrar todo lo que quieras, ¿cómo no te vas a llevar algo para después?
- Te dejan servirte todas las veces que quieras porque asumen que no te vas a robar comida, tío - dije desde la puerta.
- No, pero todos lo deben hacer - contestó.
- No, no todos lo hacen. Hay gente que va con poquísima plata y aún así no se roba comida del hotel. Si lo hacés, es de amarrete - dije, y lo fulminé con la mirada. - En fin, les presento a todos a mi futuro marido, a mis futuros suegros y a mis futuras cuñadas.
Todos se saludaron, hubo un poco de small talk entre ambas familias, y luego apareció mi abuela diciendo que pasáramos todos a la mesa.
- ¿De qué hablaban recién? Me pareció que dijiste algunas cosas que no eran propias de una princesa, Agustinita - dijo mi abuela. Si hubiera tenido una pistola, le hubiera pegado un tiro ahí mismo, por estúpida. Odio que me diga "Agustinita" con todo mi ser, pero aborrezco todavía más cuando me dice que tengo que ser una princesa.
- Dije la verdad. Una medialuna no vale nada. Si te la robás del desayuno del hotel es porque sos tacaño. Punto.
- Ay, querida, no digas pavadas. Cuando vos estabas en Nueva York ibas dos veces por día a Starbucks como si fueras millonaria. La gente "sabia" no hace eso. Yo ya te había explicado todo lo que tenías que hacer para ahorrar unos dolarcitos.
- Sí, desgraciadamente, me acuerdo de todos esos consejos.
- ¡Eran buenos consejos! Vos no los usaste de terca que sos. ¿Saben lo que le dije? - preguntó mirando a todos.
Todos los familiares de Martín, y él mismo, negaron con la cabeza.
- Yo le dije a Agustina que en Starbucks un muffin sale casi dos dólares. Pero, si ella iba a un supermercado grande, podía comprar un paquete de seis, por más o menos cinco dólares. Quiere decir que se podía haber ahorrado más de un dólar por cada muffin si me hubiera escuchado.
- Prefiero gastar ese dólar - contesté firmemente.
- ¿Es que sabés cuál es el tema? Que de entrada si vas a un lugar en el que el capuccino sale tres dólares ya está mal. Pero bueno, si querés podés tomarte el capuccino de ahí, y llevarte un muffin del paquete de seis en la cartera. Pagás el café caro, pero ahorrás en el muffin, entonces no es tan grave.
- Claro, eso no es tan grave, pero no es la situación ideal. ¿Saben cuál es? - pregunté, mirando a todos, en un tono por demás irónico.
Todos volvieron a negar con la cabeza.
- El ideal es ahorrar en el capuccino, y también en el muffin. Entonces, lo que tenía que hacer según mi abuela, era llevarme los sobrecitos esos de café que hay acá, que no valen nada, porque según ella "ponés el sobrecito en el agua caliente y listo, ya tenés un café". Y quedarme en el cuarto de hotel, tomando ese café y comiendo el muffin del paquete de seis. Porque total, es el mismo café, y total, es el mismo muffin pero en Starbucks te roban. Entonces, para qué voy a ir hasta ahí, si total, es lo mismo.
- Claro, ¡es lo mismo! Fijate que no tiene sentido gastar en esas cosas. ¿No era lindo quedarte en el hotel tomando el café? Seguro que sí. Y sino, ¡seguro era más barato!
- Claro, sí, mucho más barato. ¿Y sabés que hubiera sido todavía más barato?
- A ver, decime. Capaz que algo aprendiste de mí a fin de cuentas.
- Lo más barato...¡hubiera sido no comer durante todo el mes! Mirá que bien, no pagaba ni el café, ni el muffin. Y además de todo, también cubrimos otro tema que a vos te preocupa tanto, el de mi supuesta gordura. Fijate que si no comía durante todo el mes, ¡seguro que no engordaba! Genial, ¿no?
En el instante que abrimos la puerta, ya me quise morir de vergüenza. Se escuchaba a mi tío Daniel, desde el sillón, contando otra de sus historias.
-...entonces agarré una medialuna del buffet, la corté al medio, le puse jamón y queso y la envolví para llevar. Cuando levanté la vista el guardia de seguridad me hizo señas de que no me la podía guardar, pero a mí nadie me dice lo que hacer, eh. Entonces, lo miré y me fui corriendo. El tema es que es culpa de ellos, no tuya, viste. Tenés toda la comida ahí, podés agarrar todo lo que quieras, ¿cómo no te vas a llevar algo para después?
- Te dejan servirte todas las veces que quieras porque asumen que no te vas a robar comida, tío - dije desde la puerta.
- No, pero todos lo deben hacer - contestó.
- No, no todos lo hacen. Hay gente que va con poquísima plata y aún así no se roba comida del hotel. Si lo hacés, es de amarrete - dije, y lo fulminé con la mirada. - En fin, les presento a todos a mi futuro marido, a mis futuros suegros y a mis futuras cuñadas.
Todos se saludaron, hubo un poco de small talk entre ambas familias, y luego apareció mi abuela diciendo que pasáramos todos a la mesa.
- ¿De qué hablaban recién? Me pareció que dijiste algunas cosas que no eran propias de una princesa, Agustinita - dijo mi abuela. Si hubiera tenido una pistola, le hubiera pegado un tiro ahí mismo, por estúpida. Odio que me diga "Agustinita" con todo mi ser, pero aborrezco todavía más cuando me dice que tengo que ser una princesa.
- Dije la verdad. Una medialuna no vale nada. Si te la robás del desayuno del hotel es porque sos tacaño. Punto.
- Ay, querida, no digas pavadas. Cuando vos estabas en Nueva York ibas dos veces por día a Starbucks como si fueras millonaria. La gente "sabia" no hace eso. Yo ya te había explicado todo lo que tenías que hacer para ahorrar unos dolarcitos.
- Sí, desgraciadamente, me acuerdo de todos esos consejos.
- ¡Eran buenos consejos! Vos no los usaste de terca que sos. ¿Saben lo que le dije? - preguntó mirando a todos.
Todos los familiares de Martín, y él mismo, negaron con la cabeza.
- Yo le dije a Agustina que en Starbucks un muffin sale casi dos dólares. Pero, si ella iba a un supermercado grande, podía comprar un paquete de seis, por más o menos cinco dólares. Quiere decir que se podía haber ahorrado más de un dólar por cada muffin si me hubiera escuchado.
- Prefiero gastar ese dólar - contesté firmemente.
- ¿Es que sabés cuál es el tema? Que de entrada si vas a un lugar en el que el capuccino sale tres dólares ya está mal. Pero bueno, si querés podés tomarte el capuccino de ahí, y llevarte un muffin del paquete de seis en la cartera. Pagás el café caro, pero ahorrás en el muffin, entonces no es tan grave.
- Claro, eso no es tan grave, pero no es la situación ideal. ¿Saben cuál es? - pregunté, mirando a todos, en un tono por demás irónico.
Todos volvieron a negar con la cabeza.
- El ideal es ahorrar en el capuccino, y también en el muffin. Entonces, lo que tenía que hacer según mi abuela, era llevarme los sobrecitos esos de café que hay acá, que no valen nada, porque según ella "ponés el sobrecito en el agua caliente y listo, ya tenés un café". Y quedarme en el cuarto de hotel, tomando ese café y comiendo el muffin del paquete de seis. Porque total, es el mismo café, y total, es el mismo muffin pero en Starbucks te roban. Entonces, para qué voy a ir hasta ahí, si total, es lo mismo.
- Claro, ¡es lo mismo! Fijate que no tiene sentido gastar en esas cosas. ¿No era lindo quedarte en el hotel tomando el café? Seguro que sí. Y sino, ¡seguro era más barato!
- Claro, sí, mucho más barato. ¿Y sabés que hubiera sido todavía más barato?
- A ver, decime. Capaz que algo aprendiste de mí a fin de cuentas.
- Lo más barato...¡hubiera sido no comer durante todo el mes! Mirá que bien, no pagaba ni el café, ni el muffin. Y además de todo, también cubrimos otro tema que a vos te preocupa tanto, el de mi supuesta gordura. Fijate que si no comía durante todo el mes, ¡seguro que no engordaba! Genial, ¿no?
lunes, 10 de agosto de 2009
Día 92 - Familia de machos (continuación)
Por suerte, mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando volvió Seba, quien me llevó de vuelta con sus amigos hombres. Respiré aliviada.
El hecho de que me lleve tan bien con los hombres radica en que la mayor parte de mi familia está compuesta por entes del sexo masculino. A mi abuela paterna prácticamente no la conocí, porque tenía algún tema psiquiátrico, del cual nunca me hablaron. Solo sé que estuvo muchísimo tiempo internada, pero mi papá nunca me contó que era lo que tenía y tampoco quise preguntar. Supongo que debe ser doloroso para él hablar de eso.
Mi padre tiene tres hermanos: Julio, Mauricio y Gabriel. Julio es el único de los tres que tuvo un hijo. Hace 18 años, nació mi primo David. Al poco tiempo, se separó de su esposa, Alicia, a quien mi abuelo odia porque dejó de trabajar el día que se casó con mi tío.
Hay una foto, en la casa de mi abuelo de Punta del Este, en la que estamos mi abuelo y yo sentados en la mesa del patio. A nuestra derecha, está mi primo David y a nuestra izquierda, mi hermano. Parados atrás nuestro están mis tres tíos y mi papá. La única mujer en la foto es, por lo tanto, su humilde servidora.
Del otro lado de la familia, están mi tío Marcelo y mi tía Déborah. Con Marce me llevo bien, pero como les conté, mi madre y mi tía no se hablan hace más de diez años, por lo cual es como si no existiera para mí porque nunca la veo. A las cenas familiares que va una, falta la otra. No se pueden ni se quieren ver. Y, como consecuencia, yo tampoco la veo.
Como ven, mis parientes son, en su gran mayoría, hombres. Y las mujeres que hay -mi madre y mi abuela- no son exactamente mis personas preferidas. "Familia de machos" dijo una vez mi hermano, mirando la foto que mencioné antes.
En el taxi de la vuelta, Seba me dijo que le había caído bien a sus amigos. Prueba superada, pensé. Y agradecí, por primera vez en mi vida, ser parte de una familia tan peculiar.
El hecho de que me lleve tan bien con los hombres radica en que la mayor parte de mi familia está compuesta por entes del sexo masculino. A mi abuela paterna prácticamente no la conocí, porque tenía algún tema psiquiátrico, del cual nunca me hablaron. Solo sé que estuvo muchísimo tiempo internada, pero mi papá nunca me contó que era lo que tenía y tampoco quise preguntar. Supongo que debe ser doloroso para él hablar de eso.
Mi padre tiene tres hermanos: Julio, Mauricio y Gabriel. Julio es el único de los tres que tuvo un hijo. Hace 18 años, nació mi primo David. Al poco tiempo, se separó de su esposa, Alicia, a quien mi abuelo odia porque dejó de trabajar el día que se casó con mi tío.
Hay una foto, en la casa de mi abuelo de Punta del Este, en la que estamos mi abuelo y yo sentados en la mesa del patio. A nuestra derecha, está mi primo David y a nuestra izquierda, mi hermano. Parados atrás nuestro están mis tres tíos y mi papá. La única mujer en la foto es, por lo tanto, su humilde servidora.
Del otro lado de la familia, están mi tío Marcelo y mi tía Déborah. Con Marce me llevo bien, pero como les conté, mi madre y mi tía no se hablan hace más de diez años, por lo cual es como si no existiera para mí porque nunca la veo. A las cenas familiares que va una, falta la otra. No se pueden ni se quieren ver. Y, como consecuencia, yo tampoco la veo.
Como ven, mis parientes son, en su gran mayoría, hombres. Y las mujeres que hay -mi madre y mi abuela- no son exactamente mis personas preferidas. "Familia de machos" dijo una vez mi hermano, mirando la foto que mencioné antes.
En el taxi de la vuelta, Seba me dijo que le había caído bien a sus amigos. Prueba superada, pensé. Y agradecí, por primera vez en mi vida, ser parte de una familia tan peculiar.
viernes, 7 de agosto de 2009
Día 89 - Heavy
Siempre tuve problemas de autoestima. Empezando por el hecho de que a partir de los ocho años me empezaron a torturar con mi peso (miro las fotos y no lo puedo creer, era FLACA) y siguiendo porque directamente nunca me sentí linda. En el colegio era la que siempre elegían última en todos los deportes porque era malísima, en la adolescencia sentía que era una narigona fracasada, y ya de adulta me veo un poco mejor, pero siempre van a quedar vestigios de como me sentí durante la mayor parte de mi vida.
Una de las cosas que me hizo modificar la percepción de mí misma fue - aunque parezca extremadamente superficial - la rinoplastia que me hice a los diecisiete años. Harta de mirarme al espejo todos los días y odiar a mi nariz profundamente, un día me acerqué hasta el cuarto de mi madre y le dije, firme: me quiero operar la nariz. La respuesta que me dio fue totalmente inesperada. Me dijo que ella nunca nos había contado a mi hermano y a mí, pero que a los dieciocho se había hecho la cirugía porque toda la vida se habían burlado de ella por su nariz. Me sorprendió, porque a mí me pasaba lo mismo. Cada vez que estornudaba, mis compañeros de colegio gritaban "huracán", "terremoto" o "se viene el apocalipsis".
A los pocos días mi madre sacó hora para una consulta y cuando me quise dar cuenta, estaba enfrente del cirujano, quien me explicaba que le iba a dar una forma recta para que quedara natural. Eso fue un lunes, y ese mismo jueves estaba entrando al quirófano con una gorra, una especie de túnica y algo parecido a unas pantuflas, que parecían zapatos de duende.
A la hora y media ya estaba en mi casa, donde me esperaba Fabi, quien se quedaba a cuidarme esa noche y la siguiente. Conociéndola, y sabiendo que me iba a cuidar bien, le pedí por favor a mi madre que no le contara de la operación a ningún miembro de la familia. Lo que menos quería era que vinieran a verme como si fuera un animal de circo, y que me hablaran de estupideces mientras yo no me podía ni mover.
Cuando llegué, me tiré en mi cama y de lo sedada que estaba me dormí. Cuando me desperté, Fabi estaba acostada al lado mío, limpiándome la sangre que salía en forma de gotitas desde la nariz. Me sonrió y me dijo que me había traído helado. Me alegré porque no había comido nada desde las once de la mañana, una hora antes de entrar al quirófano, y eran como las siete de la tarde. Me sirvió un poco, se sentó al lado mío y me lo empezó a dar en la boca. En ese momento apareció el diablo (mi abuela) y se acercó a donde estaba el envase del helado. Lo examinó, giró la cabeza hacia donde estaba mi amiga y trató de llamar su atención, gesticulando.
- Disculpame, chiquita, pero no tiene sentido que se haya operado la nariz, si va a seguir así de gorda. ¿No se te ocurrió que tenías que traer light?
Una de las cosas que me hizo modificar la percepción de mí misma fue - aunque parezca extremadamente superficial - la rinoplastia que me hice a los diecisiete años. Harta de mirarme al espejo todos los días y odiar a mi nariz profundamente, un día me acerqué hasta el cuarto de mi madre y le dije, firme: me quiero operar la nariz. La respuesta que me dio fue totalmente inesperada. Me dijo que ella nunca nos había contado a mi hermano y a mí, pero que a los dieciocho se había hecho la cirugía porque toda la vida se habían burlado de ella por su nariz. Me sorprendió, porque a mí me pasaba lo mismo. Cada vez que estornudaba, mis compañeros de colegio gritaban "huracán", "terremoto" o "se viene el apocalipsis".
A los pocos días mi madre sacó hora para una consulta y cuando me quise dar cuenta, estaba enfrente del cirujano, quien me explicaba que le iba a dar una forma recta para que quedara natural. Eso fue un lunes, y ese mismo jueves estaba entrando al quirófano con una gorra, una especie de túnica y algo parecido a unas pantuflas, que parecían zapatos de duende.
A la hora y media ya estaba en mi casa, donde me esperaba Fabi, quien se quedaba a cuidarme esa noche y la siguiente. Conociéndola, y sabiendo que me iba a cuidar bien, le pedí por favor a mi madre que no le contara de la operación a ningún miembro de la familia. Lo que menos quería era que vinieran a verme como si fuera un animal de circo, y que me hablaran de estupideces mientras yo no me podía ni mover.
Cuando llegué, me tiré en mi cama y de lo sedada que estaba me dormí. Cuando me desperté, Fabi estaba acostada al lado mío, limpiándome la sangre que salía en forma de gotitas desde la nariz. Me sonrió y me dijo que me había traído helado. Me alegré porque no había comido nada desde las once de la mañana, una hora antes de entrar al quirófano, y eran como las siete de la tarde. Me sirvió un poco, se sentó al lado mío y me lo empezó a dar en la boca. En ese momento apareció el diablo (mi abuela) y se acercó a donde estaba el envase del helado. Lo examinó, giró la cabeza hacia donde estaba mi amiga y trató de llamar su atención, gesticulando.
- Disculpame, chiquita, pero no tiene sentido que se haya operado la nariz, si va a seguir así de gorda. ¿No se te ocurrió que tenías que traer light?
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Mi madre
martes, 30 de junio de 2009
Día 51 - Un trío infame. Parte tres.
De los tres temas con los que mi familia (principalmente mi abuela) no me dejó en paz por 21 años, ya hablé sobre la comida y los modales y me queda el tercero: la elección de carrera.
Cuando tenía doce años mi abuela me preguntó qué pensaba hacer en el futuro. Sólo para molestarla le dije que me iba a dedicar a la peluquería, que siempre había sido mi gran pasión. Me contestó que era una mala idea porque iba a tener que estar todo el día parada.
Más adelante, como a los catorce, me volvió a insistir con el tema. Le dije que quería ser abogada o escribana.
- Agustinita, querida. Para hacer eso tendrías que tener muchos contactos, pero ser sociable no es lo tuyo.
- ¿Y eso qué quiere decir? ¿Qué tendría que ser como el tío Daniel, y rodearme sólo de gente que tiene plata?
- ¡Exacto! Por fin nos entendemos.
- Claro, sí. Tengo que conocer gente que me sirva, y los demás se pueden ir a la mierda.
- ¡No hables así!
- Si es la verdad. Ser abogado según vos y él es dedicarte a hacer contactos jugando al tenis y cosas por el estilo. Si en el medio ves que alguien que conocés no te va a traer negocios, deja de servirte, y se convierte en alguien descartable. Para el tío Daniel la gente se divide en los que le pueden dar algún beneficio y los que no. A unos los trata bien, y los otros para él dejan de existir.
- Y bueno, Agustina. ¿Qué tiene de malo eso?
Con el tiempo fui cambiando de idea, como siempre pasa y decidí que lo mío iba a ser la psicología.
- No, no. Psicología no - dijo muy abuela muy seriamente.
- A ver, decime. ¿Qué problema hay?
- Que si vos sos psicóloga y te tomás una semana de vacaciones, nadie te las paga. Tenés que trabajar de algo que te permita cobrar si te vas de viaje.
- ¿Me estás diciendo que por no ganar plata una semana al año cuando trabaje tengo que descartar esa carrera?
- Sí. Tiene muy poco sentido.
- A ver, como ninguna de las cosas que se me ocurren te parece bien, decime qué tendría que estudiar según tu opinión.
- Algo corto. Mirá, tu prima Laura en Israel trabaja en un hospital haciendo ultrasonidos. Y estudió poco, dos años.
- ¿Ultrasonidos? ¿En qué consiste su trabajo?
- Esta ahí en el hospital y hace ultrasonidos.
- ¿Todo el día? ¿Un ultrasonido atrás de otro? ¡Qué trabajo genial!
- Por lo menos no requiere de pensar mucho. Podría ser perfecto para vos.
Después, con el correr de los años, me fui interesando en la economía. Vengo de una familia donde se habla de negocios todo el tiempo, mi abuelo (el que ya conocen) es constructor, mi otro abuelo era contador, y mis tíos y mi padre son todos comerciantes.
- ¿Economía? - chilló. - ¡Es una carrera larguísima!
- Por favor, dura lo mismo que cualquier otra.
- No, no es así. ¿Estuviste pensando en alguna otra opción? Secretariado, o algo por el estilo.
- Claro, como la tía. Estudió eso, trabajó un sólo día en su vida y decidió que era demasiado para ella.
- Y bueno, ¿qué tiene de malo no trabajar? Lo ideal es hacerlo unas horitas para comprar ropa y zapatos, pero si no hay que hacerlo mejor.
- Qué pensamiento mediocre. Claro que la solución más fácil es lo que hizo tu hija, conseguirse un tipo con plata que la mantuviera y fin del asunto.
- Yo a eso no lo veo mal...
- ¡¿No lo ves mal?! Estamos hablando de una persona que cada vez que iba a salir con alguien se asomaba al balcón a ver su auto y si no le parecía lo suficientemente bueno no bajaba. Contame, ¿a cuántos tipos dejó plantados?
- A muchos, pero qué importa. Mirala ahora. Se dedica a ir al gimnasio, a la peluquería y a cuidar a los nenes.
- ¿Cuidarlos? ¡Tienen 18 y 22 años!
- Bueno, pero por lo menos no se mató estudiando, y perdió cuatro años de su vida como vos querés hacer. Podrías considerarlo. Te conseguís a alguien con plata y asunto terminado.
- ¿Y después si las cosas no funcionen no lo puedo dejar porque todo es de él? Ni loca.
- Ay, Agustina, ¿por qué te empeñás en ir en contra de todo? Seguí los ejemplos que ves en tu familia.
- El único ejemplo que me podría interesar seguir es el de mi abuelo, que se vino de Polonia sin un peso y se las arreglaba para mantener una familia de nueve personas él sólo cuando tenía doce años. Y con el tiempo, a través de la construcción se hizo rico. Eso es admirable, no tirarte a mirar la tele todo el día y leer la revista Vanidades.
- Bueno, hacé lo que quieras. El día que no puedas comprarte un vestido nuevo porque tenés que usar la plata para pagar las cuentas, ni se te ocurra venir a pedirme.
- Creeme que lo último que haría en mi vida sería pedirte algo a vos. Bajo ninguna circunstancia te daría esa satisfacción.
Cuando tenía doce años mi abuela me preguntó qué pensaba hacer en el futuro. Sólo para molestarla le dije que me iba a dedicar a la peluquería, que siempre había sido mi gran pasión. Me contestó que era una mala idea porque iba a tener que estar todo el día parada.
Más adelante, como a los catorce, me volvió a insistir con el tema. Le dije que quería ser abogada o escribana.
- Agustinita, querida. Para hacer eso tendrías que tener muchos contactos, pero ser sociable no es lo tuyo.
- ¿Y eso qué quiere decir? ¿Qué tendría que ser como el tío Daniel, y rodearme sólo de gente que tiene plata?
- ¡Exacto! Por fin nos entendemos.
- Claro, sí. Tengo que conocer gente que me sirva, y los demás se pueden ir a la mierda.
- ¡No hables así!
- Si es la verdad. Ser abogado según vos y él es dedicarte a hacer contactos jugando al tenis y cosas por el estilo. Si en el medio ves que alguien que conocés no te va a traer negocios, deja de servirte, y se convierte en alguien descartable. Para el tío Daniel la gente se divide en los que le pueden dar algún beneficio y los que no. A unos los trata bien, y los otros para él dejan de existir.
- Y bueno, Agustina. ¿Qué tiene de malo eso?
Con el tiempo fui cambiando de idea, como siempre pasa y decidí que lo mío iba a ser la psicología.
- No, no. Psicología no - dijo muy abuela muy seriamente.
- A ver, decime. ¿Qué problema hay?
- Que si vos sos psicóloga y te tomás una semana de vacaciones, nadie te las paga. Tenés que trabajar de algo que te permita cobrar si te vas de viaje.
- ¿Me estás diciendo que por no ganar plata una semana al año cuando trabaje tengo que descartar esa carrera?
- Sí. Tiene muy poco sentido.
- A ver, como ninguna de las cosas que se me ocurren te parece bien, decime qué tendría que estudiar según tu opinión.
- Algo corto. Mirá, tu prima Laura en Israel trabaja en un hospital haciendo ultrasonidos. Y estudió poco, dos años.
- ¿Ultrasonidos? ¿En qué consiste su trabajo?
- Esta ahí en el hospital y hace ultrasonidos.
- ¿Todo el día? ¿Un ultrasonido atrás de otro? ¡Qué trabajo genial!
- Por lo menos no requiere de pensar mucho. Podría ser perfecto para vos.
Después, con el correr de los años, me fui interesando en la economía. Vengo de una familia donde se habla de negocios todo el tiempo, mi abuelo (el que ya conocen) es constructor, mi otro abuelo era contador, y mis tíos y mi padre son todos comerciantes.
- ¿Economía? - chilló. - ¡Es una carrera larguísima!
- Por favor, dura lo mismo que cualquier otra.
- No, no es así. ¿Estuviste pensando en alguna otra opción? Secretariado, o algo por el estilo.
- Claro, como la tía. Estudió eso, trabajó un sólo día en su vida y decidió que era demasiado para ella.
- Y bueno, ¿qué tiene de malo no trabajar? Lo ideal es hacerlo unas horitas para comprar ropa y zapatos, pero si no hay que hacerlo mejor.
- Qué pensamiento mediocre. Claro que la solución más fácil es lo que hizo tu hija, conseguirse un tipo con plata que la mantuviera y fin del asunto.
- Yo a eso no lo veo mal...
- ¡¿No lo ves mal?! Estamos hablando de una persona que cada vez que iba a salir con alguien se asomaba al balcón a ver su auto y si no le parecía lo suficientemente bueno no bajaba. Contame, ¿a cuántos tipos dejó plantados?
- A muchos, pero qué importa. Mirala ahora. Se dedica a ir al gimnasio, a la peluquería y a cuidar a los nenes.
- ¿Cuidarlos? ¡Tienen 18 y 22 años!
- Bueno, pero por lo menos no se mató estudiando, y perdió cuatro años de su vida como vos querés hacer. Podrías considerarlo. Te conseguís a alguien con plata y asunto terminado.
- ¿Y después si las cosas no funcionen no lo puedo dejar porque todo es de él? Ni loca.
- Ay, Agustina, ¿por qué te empeñás en ir en contra de todo? Seguí los ejemplos que ves en tu familia.
- El único ejemplo que me podría interesar seguir es el de mi abuelo, que se vino de Polonia sin un peso y se las arreglaba para mantener una familia de nueve personas él sólo cuando tenía doce años. Y con el tiempo, a través de la construcción se hizo rico. Eso es admirable, no tirarte a mirar la tele todo el día y leer la revista Vanidades.
- Bueno, hacé lo que quieras. El día que no puedas comprarte un vestido nuevo porque tenés que usar la plata para pagar las cuentas, ni se te ocurra venir a pedirme.
- Creeme que lo último que haría en mi vida sería pedirte algo a vos. Bajo ninguna circunstancia te daría esa satisfacción.
miércoles, 17 de junio de 2009
Día 38 - Un trío infame. Parte dos.
Como por ahora no puedo hacer nada ni con Martín ni con el vecino, voy a dejar a estos dos chicos de lado, para continuar con la saga Un trío infame. En el primer post, les contaba que hay tres temas con los cuales mi familia me aturdió durante toda mi vida: el peso, los modales y la elección de carrera. Ese día expandí sobre el primero, y hoy toca profundizar sobre el segundo: los modales.
Cuando tenía más o menos siete años, estaba comiendo con mi hermano y mis primos cuando apareció mi abuela. Vino corriendo emocionada y dijo muy efusiva "Chicos, vamos a jugar a un juego. Yo ahora le voy a dar una milanesa a cada uno, y todos la tienen que cortar en la mayor cantidad de trozos posibles. Le doy un premio al que la logre cortar en más pedacitos!"
La justificación de este juego imbécil era que "la gente educada" come en pequeñas porciones, y teníamos que irnos acostumbrando desde chicos a tener este tipo de comportamiento. El premio, después nos enteramos, era no engordar, porque según ella de esta manera se comía más despacio y por lo tanto se engordaba menos.
A los nueve, los modales se siguieron relacionando con la gordura. "Agustina, querida, date cuenta de algo. Ese chocolate que te estás comiendo te va a engordar mucho, así que tratá de mantenerlo en la boca el mayor tiempo posible. Masticalo muchas veces. Además, masticar mucho es fino, tragar las cosas rápido es de maleducada."
Una vez, cuando yo tenía diez u once años, en un almuerzo en la casa de ella había fideos con tuco. Me sirvió los tallarines, y les puso un poco de salsa arriba. Yo atiné a intentar mezclar las dos cosas, cuando gritó enfrente de todos "Agustina, eso es de mala educación!". Me costó entender de qué hablaba, porque no podía creer que hiciera tanto problema por esa pavada. Pero después siguió.
-Escuchame, hay dos cosas que no podés hacer - dijo muy seriamente.
- A ver...
- La primera es la que recién hiciste. Que te quede claro que los fideos y el tuco no se mezclan nunca. Hacerlo es muy feo.
- ...
- Y la segunda es "el patinaje".
- ¿Lo qué?
- El patinaje. No puedo creer que ni siquiera sepas lo que es, voy a tener que hablar con tu madre. Escuchame bien. Si vos estás comiendo, por ejemplo, ñoquis y hay un poco de salsa en tu plato no podés "patinar" el ñoqui y mojarlo. ¿Entendés?
Ya a los doce o trece, agregó otra cuestión. "Agustina, escuchame una cosa. Tenés que cuidar tu vocabulario, y hablar más correctamente. Tenés que entender de una buena vez que las princesitas no dicen malas palabras y deberías empezar a comportarte como una. Una princesita tenés que ser. Una princess."
Ahora, por suerte, ya no la veo más. Pero la última vez que tuve contacto con ella, en la cena en la que presentó al macho, no me porté para nada como una princesita.
Y me encantó.
Cuando tenía más o menos siete años, estaba comiendo con mi hermano y mis primos cuando apareció mi abuela. Vino corriendo emocionada y dijo muy efusiva "Chicos, vamos a jugar a un juego. Yo ahora le voy a dar una milanesa a cada uno, y todos la tienen que cortar en la mayor cantidad de trozos posibles. Le doy un premio al que la logre cortar en más pedacitos!"
La justificación de este juego imbécil era que "la gente educada" come en pequeñas porciones, y teníamos que irnos acostumbrando desde chicos a tener este tipo de comportamiento. El premio, después nos enteramos, era no engordar, porque según ella de esta manera se comía más despacio y por lo tanto se engordaba menos.
A los nueve, los modales se siguieron relacionando con la gordura. "Agustina, querida, date cuenta de algo. Ese chocolate que te estás comiendo te va a engordar mucho, así que tratá de mantenerlo en la boca el mayor tiempo posible. Masticalo muchas veces. Además, masticar mucho es fino, tragar las cosas rápido es de maleducada."
Una vez, cuando yo tenía diez u once años, en un almuerzo en la casa de ella había fideos con tuco. Me sirvió los tallarines, y les puso un poco de salsa arriba. Yo atiné a intentar mezclar las dos cosas, cuando gritó enfrente de todos "Agustina, eso es de mala educación!". Me costó entender de qué hablaba, porque no podía creer que hiciera tanto problema por esa pavada. Pero después siguió.
-Escuchame, hay dos cosas que no podés hacer - dijo muy seriamente.
- A ver...
- La primera es la que recién hiciste. Que te quede claro que los fideos y el tuco no se mezclan nunca. Hacerlo es muy feo.
- ...
- Y la segunda es "el patinaje".
- ¿Lo qué?
- El patinaje. No puedo creer que ni siquiera sepas lo que es, voy a tener que hablar con tu madre. Escuchame bien. Si vos estás comiendo, por ejemplo, ñoquis y hay un poco de salsa en tu plato no podés "patinar" el ñoqui y mojarlo. ¿Entendés?
Ya a los doce o trece, agregó otra cuestión. "Agustina, escuchame una cosa. Tenés que cuidar tu vocabulario, y hablar más correctamente. Tenés que entender de una buena vez que las princesitas no dicen malas palabras y deberías empezar a comportarte como una. Una princesita tenés que ser. Una princess."
Ahora, por suerte, ya no la veo más. Pero la última vez que tuve contacto con ella, en la cena en la que presentó al macho, no me porté para nada como una princesita.
Y me encantó.
viernes, 5 de junio de 2009
Día 26 - La cena está servida (II)
-Rebecca, disculpá que me meta porque es un tema entre ustedes, pero hay algo que no entiendo. ¿No te debería alegrar que tu nieta quiera ser independiente? - dijo Simón, ante la mirada atónita de todos los presentes que no podían creer que alguien estuviera cuestionando a mi abuela.
-Ay, Simón, por favor. El hombre tiene que ser el proveedor, lo que pasa es que hay ciertas cosas que las mujeres queremos...
-Sí, sí, entendí la idea. A lo que voy es, ¿por qué?
- Por la simple razón de que siempre fue así. Las mujeres crían a los hijos y se encargan de las tareas del hogar, y los hombres son los que trabajan para mantener a la familia. El tema es que Agustinita, pobre, no sabe ni cocinar una tarta de jamón y queso. Entonces piensa que compensa su ineptitud trabajando.
Dejé el tenedor y el cuchillo en el plato, me limpié con la servilleta y la dejé sobre la mesa. Moví la silla para atrás con el objetivo de pararme e irme, pero Simón me frenó.
- Agustina, quedate - dijo, muy serio. - La que está mal acá no sos vos.
- Claro, claro, la que está mal acá soy yo - contestó mi abuela sarcásticamente. - Tengo una nieta que trabaja y encima estudia una carrera "de hombres", y la que está mal soy yo. Así está el mundo!
- A ver, Rebecca - dijo el macho muy tranquilamente. -¿Qué tendría que hacer ella entonces? ¿Dejar la carrera y el trabajo?
- Bueno, en principio la carrera. A mí cuando me preguntan qué estudia mi nieta y tengo que decir "economía" me da no sé qué. Yo le dije que tenía que estudiar secretariado, pero no me hizo caso. Igual, el trabajo no me molesta tanto, porque es de profesora de inglés. Y eso sí es "de mujer".
- Claro, además algo tiene que hacer para comprarse los zapatos - dijo Simón en un tono irónico. -Lo que vos decís entonces es que está mal que ella no espere que la mantengan.
- Exacto! Al fin nos entendemos.
-O sea que entonces lo que vos esperás de un hombre es, precisamente, que te mantenga.
- Y sí! ¿Tan difícil es de entender?
- Y...un poco. Sobre todo porque el otro no tiene la obligación de hacerlo.
- ¿Cómo que no? - preguntó mi abuela escandalizada.
- No - dijo Simón. - Yo, por ejemplo, no tengo ninguna obligación de mantenerte a vos. Y, ciertamente, no lo pienso hacer.
Durante toda la conversación, todos los presentes habíamos estado alternando la vista entre mi abuela y el macho. Como en los partidos de tennis, que vas girando la cabeza hacia un lado y hacia el otro, siempre mirando al que tiene la pelota. Sin embargo, cuando Simón hizo el último comentario, todas las miradas se dirgieron hacia mi abuela, quien estaba completamente roja.
Se quedó unos minutos ahí sentada, sin saber que hacer, hasta que se sacó la servilleta de la falda y la tiró sobre la mesa. Se paró, me miró y me gritó que yo siempre encontraba la manera de arruinar todo.
Y en ese momento tuve una revelación. Más allá de que Simón me había defendido por intereses propios, igual fue el único que se animó a decirle a mi abuela que estaba fuera de lugar. Mis padres nunca abrieron la boca, en todos estos años. Y ahí tuve otra revelación. Ya no tenía ningún compromiso con ninguno de ellos, a fin de cuentas había ido por mi hermano, pero ya no tenía obligaciones para con todos los demás. Y me dí cuenta de que podía, por primera vez, decirles todo lo que pensaba. Y me saqué las ganas de decir todo lo que tenía guardado hace años.
Empecé por mi abuela:
- ¿Yo arruino las cosas? ¿No te das cuenta de que sos vos? Lo único que sabés hacer es criticar a todo el mundo! Pero, ¿sabés qué? Ya no me interesa lo que tengas para decir. Metete tus opiniones sobre mi carrera y mi trabajo en donde quieras, pero a mí no me interesan. ¿Que estudio una carrera de hombres? ¿No te das cuenta de que tenemos una presidenta mujer? Ya no existe esa división! ¿Y trabajar para comprar un par de zapatos? Por favor. Voy a tener cientos de pares cuando sea millonaria.
Después, giré hacia la otra punta de la mesa y seguí con mi tío Daniel, que en realidad no me importaba mucho, pero tenía ganas de seguir gritando y así causar una escena aún mayor:
- Escuchame una cosa, tacaño. Si alguien te dice que traigas dos postres a una cena no podés traer ensalada de frutas y gelatina, ¿entendés? Ninguno de los dos es un postre decente. ¿Dónde está el chocolate? Tiene que haber mínimo un postre que contenga chocolate!
Me quedaban los últimos dos: mamá y papá.
- A ver, ustedes dos, escuchenme una cosa. ¿En todos estos años no pudieron abrir la boca una vez para callar a esta vieja loca? No van a cambiar nunca. Menos mal que ya no vivo con ustedes. Mudarme fue lo mejor que me pasó!
Y hubiera seguido, pero me pareció que era el momento perfecto para dar la conversación por terminada para lograr el mayor dramatismo posible. A esta altura ya estaba parada, así que simplemente moví la silla para poder salir, agarré mi cartera y mi saco del sillón y me fui.
Lo bueno de todo esto es que al menos por un tiempo, me voy a poder dejar de preocupar de que mi familia descubra lo del casamiento. Por la simple razón de que dudo que en el futuro cercano alguno me vuelva a hablar.
-Ay, Simón, por favor. El hombre tiene que ser el proveedor, lo que pasa es que hay ciertas cosas que las mujeres queremos...
-Sí, sí, entendí la idea. A lo que voy es, ¿por qué?
- Por la simple razón de que siempre fue así. Las mujeres crían a los hijos y se encargan de las tareas del hogar, y los hombres son los que trabajan para mantener a la familia. El tema es que Agustinita, pobre, no sabe ni cocinar una tarta de jamón y queso. Entonces piensa que compensa su ineptitud trabajando.
Dejé el tenedor y el cuchillo en el plato, me limpié con la servilleta y la dejé sobre la mesa. Moví la silla para atrás con el objetivo de pararme e irme, pero Simón me frenó.
- Agustina, quedate - dijo, muy serio. - La que está mal acá no sos vos.
- Claro, claro, la que está mal acá soy yo - contestó mi abuela sarcásticamente. - Tengo una nieta que trabaja y encima estudia una carrera "de hombres", y la que está mal soy yo. Así está el mundo!
- A ver, Rebecca - dijo el macho muy tranquilamente. -¿Qué tendría que hacer ella entonces? ¿Dejar la carrera y el trabajo?
- Bueno, en principio la carrera. A mí cuando me preguntan qué estudia mi nieta y tengo que decir "economía" me da no sé qué. Yo le dije que tenía que estudiar secretariado, pero no me hizo caso. Igual, el trabajo no me molesta tanto, porque es de profesora de inglés. Y eso sí es "de mujer".
- Claro, además algo tiene que hacer para comprarse los zapatos - dijo Simón en un tono irónico. -Lo que vos decís entonces es que está mal que ella no espere que la mantengan.
- Exacto! Al fin nos entendemos.
-O sea que entonces lo que vos esperás de un hombre es, precisamente, que te mantenga.
- Y sí! ¿Tan difícil es de entender?
- Y...un poco. Sobre todo porque el otro no tiene la obligación de hacerlo.
- ¿Cómo que no? - preguntó mi abuela escandalizada.
- No - dijo Simón. - Yo, por ejemplo, no tengo ninguna obligación de mantenerte a vos. Y, ciertamente, no lo pienso hacer.
Durante toda la conversación, todos los presentes habíamos estado alternando la vista entre mi abuela y el macho. Como en los partidos de tennis, que vas girando la cabeza hacia un lado y hacia el otro, siempre mirando al que tiene la pelota. Sin embargo, cuando Simón hizo el último comentario, todas las miradas se dirgieron hacia mi abuela, quien estaba completamente roja.
Se quedó unos minutos ahí sentada, sin saber que hacer, hasta que se sacó la servilleta de la falda y la tiró sobre la mesa. Se paró, me miró y me gritó que yo siempre encontraba la manera de arruinar todo.
Y en ese momento tuve una revelación. Más allá de que Simón me había defendido por intereses propios, igual fue el único que se animó a decirle a mi abuela que estaba fuera de lugar. Mis padres nunca abrieron la boca, en todos estos años. Y ahí tuve otra revelación. Ya no tenía ningún compromiso con ninguno de ellos, a fin de cuentas había ido por mi hermano, pero ya no tenía obligaciones para con todos los demás. Y me dí cuenta de que podía, por primera vez, decirles todo lo que pensaba. Y me saqué las ganas de decir todo lo que tenía guardado hace años.
Empecé por mi abuela:
- ¿Yo arruino las cosas? ¿No te das cuenta de que sos vos? Lo único que sabés hacer es criticar a todo el mundo! Pero, ¿sabés qué? Ya no me interesa lo que tengas para decir. Metete tus opiniones sobre mi carrera y mi trabajo en donde quieras, pero a mí no me interesan. ¿Que estudio una carrera de hombres? ¿No te das cuenta de que tenemos una presidenta mujer? Ya no existe esa división! ¿Y trabajar para comprar un par de zapatos? Por favor. Voy a tener cientos de pares cuando sea millonaria.
Después, giré hacia la otra punta de la mesa y seguí con mi tío Daniel, que en realidad no me importaba mucho, pero tenía ganas de seguir gritando y así causar una escena aún mayor:
- Escuchame una cosa, tacaño. Si alguien te dice que traigas dos postres a una cena no podés traer ensalada de frutas y gelatina, ¿entendés? Ninguno de los dos es un postre decente. ¿Dónde está el chocolate? Tiene que haber mínimo un postre que contenga chocolate!
Me quedaban los últimos dos: mamá y papá.
- A ver, ustedes dos, escuchenme una cosa. ¿En todos estos años no pudieron abrir la boca una vez para callar a esta vieja loca? No van a cambiar nunca. Menos mal que ya no vivo con ustedes. Mudarme fue lo mejor que me pasó!
Y hubiera seguido, pero me pareció que era el momento perfecto para dar la conversación por terminada para lograr el mayor dramatismo posible. A esta altura ya estaba parada, así que simplemente moví la silla para poder salir, agarré mi cartera y mi saco del sillón y me fui.
Lo bueno de todo esto es que al menos por un tiempo, me voy a poder dejar de preocupar de que mi familia descubra lo del casamiento. Por la simple razón de que dudo que en el futuro cercano alguno me vuelva a hablar.
jueves, 4 de junio de 2009
Día 25 - La cena está servida (I)
Llegué a lo de mi abuela a las 8.45 y esperé en el auto hasta que mi hermano y mis padres llegaran para subir con ellos. Nos abrió la puerta Rebecca, con un traje rojo horrible, el pelo con un volumen considerable (posiblemente recién salido de la peluquería) y una cantidad inconmensurable de maquillaje. Después de verla así, pensé que si me llegaba a decir algo la iba a poner en ridículo delante de todos, por el simple hecho de que nadie que parezca un payaso tiene derecho a opinar sobre los demás.
Cuando entramos, estaban sentados alrededor de una mesa mi tío abuelo Daniel y sus tres hijos charlando con quien asumí que sería el macho. Calculo que tendría un poco más de ochenta años, aunque caminaba sin bastón y tenía bastante pelo. En fin, nunca fui buena calculando edades, podría tener sesenta y para mí hubiera sido lo mismo.
Mi abuela le hizo señas para que se parara y viniera. Lo presentó como Simón y los cuatro lo saludamos. La primera impresión que me causó no fue ni buena ni mala, apenas lo escuché decir "mucho gusto", así que no tenía ninguna razón para odiarlo.
Diez minutos después llegó mi tío Marcelo, que era el único que faltaba, así que pasamos a la mesa.
Quiero que sepan que sentí que estaba tocando el cielo con las manos cuando ví que había carne al horno con papas rosti para comer. Desde que me mudé que no comía carne sin ser en hamburguesas congeladas, ni papas que no estuvieran convertidas en puré instantáneo. Así que por un momento tuve la esperanza de que la cena no estuviera tan mal como yo había pensado. Por supuesto, a los diez minutos ya era obvio lo errada que estaba.
Los temas de conversación en las cenas familiares son siempre los mismos. Mi tío Daniel trata de ser el centro de atención, hablando de alguna artimaña que hizo para ahorrar plata. Él se piensa que es gracioso, pero a mí sus historias me da vergüenza ajena. Es un tipo con una cuenta bancaria abultadísima y aun así hace cualquier cosa con tal de pagar siempre lo mínimo posible. Una vez contó que de viaje en París esperaba a que la gente pusiera el pase del subte, y se metía rapidísimo atrás de ellos para no pagar el ticket de un euro. Otra vez contó que en Israel, para viajar en colectivo había que marcar en una máquina si eras estudiante, jubilado, menor de edad o si pagabas el precio establecido. Como el más barato era el de menor, esperó a que nadie lo mirara y sacó ese. De más está decir que es un tipo de cerca de sesenta años. Además, es un tacaño sin remedio. Una vez se ofreció para encargarse de la cena de fin de año (que en general hace mi abuela) y después dijo que no compraba carne ni pollo, porque el primero de enero ibamos todos a almorzar a lo de una tía que hace asado. Sirvió empanadas, y de postre una torta chiquita para treinta personas.
Después está mi abuela, que le hace competencia pero no para ser el centro, sino para dirigir la conversación hacia otras personas. Y esta vez, como no podía ser de otra manera, me tocó a mí.
- Decime, Agustinita, ¿y Martín?
Menos mal que me preparé de antemano.
- Bien, por suerte. No vino porque los lunes y miércoles juega al fútbol con los amigos.
- Ah, mirá vos. ¿Juega al fútbol en vez de trabajar? Yo te dije que no te casaras con alguien que no te pudiera mantener...
Empezó la guerra.
- Sale de trabajar a las cinco. Puede perfectamente distraerse un rato de ocho a diez.
-Bueno, pero igual. Tampoco está bien que esté con los amigos a la hora de la cena.
¿Cómo fue que me dejé convencer de venir?
- Está perfecto. No tenemos que estar todo el tiempo juntos.
-¿Cómo que no? Es el primer año de casados!
Fabián, te voy a matar.
- Sí, ¿y? Los dos estudiamos y trabajamos. Vamos a facultades diferentes, y trabajamos en lugares diferentes.
- Sí, es verdad que vos trabajás. Ya sabés lo que yo pienso sobre eso. Estaría bien si fueran unas horitas, para tener un poco de plata tuya. ¿Sabés por qué? Porque si vos tenés diez pares de zapatos y querés uno más, los hombres no lo entienden. Te dicen que ya tenés muchos, que para qué querés uno más. Para eso tenés que trabajar, para el par de zapatos. Pero no para mantenerte, eso le corresponde al hombre.
Y cuando estaba a punto de decirle que era una imbécil y que se callara la boca de una vez, Simón habló por primera vez en toda la cena. Y, para mi sorpresa, no era ningún idiota.
Cuando entramos, estaban sentados alrededor de una mesa mi tío abuelo Daniel y sus tres hijos charlando con quien asumí que sería el macho. Calculo que tendría un poco más de ochenta años, aunque caminaba sin bastón y tenía bastante pelo. En fin, nunca fui buena calculando edades, podría tener sesenta y para mí hubiera sido lo mismo.
Mi abuela le hizo señas para que se parara y viniera. Lo presentó como Simón y los cuatro lo saludamos. La primera impresión que me causó no fue ni buena ni mala, apenas lo escuché decir "mucho gusto", así que no tenía ninguna razón para odiarlo.
Diez minutos después llegó mi tío Marcelo, que era el único que faltaba, así que pasamos a la mesa.
Quiero que sepan que sentí que estaba tocando el cielo con las manos cuando ví que había carne al horno con papas rosti para comer. Desde que me mudé que no comía carne sin ser en hamburguesas congeladas, ni papas que no estuvieran convertidas en puré instantáneo. Así que por un momento tuve la esperanza de que la cena no estuviera tan mal como yo había pensado. Por supuesto, a los diez minutos ya era obvio lo errada que estaba.
Los temas de conversación en las cenas familiares son siempre los mismos. Mi tío Daniel trata de ser el centro de atención, hablando de alguna artimaña que hizo para ahorrar plata. Él se piensa que es gracioso, pero a mí sus historias me da vergüenza ajena. Es un tipo con una cuenta bancaria abultadísima y aun así hace cualquier cosa con tal de pagar siempre lo mínimo posible. Una vez contó que de viaje en París esperaba a que la gente pusiera el pase del subte, y se metía rapidísimo atrás de ellos para no pagar el ticket de un euro. Otra vez contó que en Israel, para viajar en colectivo había que marcar en una máquina si eras estudiante, jubilado, menor de edad o si pagabas el precio establecido. Como el más barato era el de menor, esperó a que nadie lo mirara y sacó ese. De más está decir que es un tipo de cerca de sesenta años. Además, es un tacaño sin remedio. Una vez se ofreció para encargarse de la cena de fin de año (que en general hace mi abuela) y después dijo que no compraba carne ni pollo, porque el primero de enero ibamos todos a almorzar a lo de una tía que hace asado. Sirvió empanadas, y de postre una torta chiquita para treinta personas.
Después está mi abuela, que le hace competencia pero no para ser el centro, sino para dirigir la conversación hacia otras personas. Y esta vez, como no podía ser de otra manera, me tocó a mí.
- Decime, Agustinita, ¿y Martín?
Menos mal que me preparé de antemano.
- Bien, por suerte. No vino porque los lunes y miércoles juega al fútbol con los amigos.
- Ah, mirá vos. ¿Juega al fútbol en vez de trabajar? Yo te dije que no te casaras con alguien que no te pudiera mantener...
Empezó la guerra.
- Sale de trabajar a las cinco. Puede perfectamente distraerse un rato de ocho a diez.
-Bueno, pero igual. Tampoco está bien que esté con los amigos a la hora de la cena.
¿Cómo fue que me dejé convencer de venir?
- Está perfecto. No tenemos que estar todo el tiempo juntos.
-¿Cómo que no? Es el primer año de casados!
Fabián, te voy a matar.
- Sí, ¿y? Los dos estudiamos y trabajamos. Vamos a facultades diferentes, y trabajamos en lugares diferentes.
- Sí, es verdad que vos trabajás. Ya sabés lo que yo pienso sobre eso. Estaría bien si fueran unas horitas, para tener un poco de plata tuya. ¿Sabés por qué? Porque si vos tenés diez pares de zapatos y querés uno más, los hombres no lo entienden. Te dicen que ya tenés muchos, que para qué querés uno más. Para eso tenés que trabajar, para el par de zapatos. Pero no para mantenerte, eso le corresponde al hombre.
Y cuando estaba a punto de decirle que era una imbécil y que se callara la boca de una vez, Simón habló por primera vez en toda la cena. Y, para mi sorpresa, no era ningún idiota.
miércoles, 3 de junio de 2009
Día 24 - La previa
El día de hoy va a consistir en prepararme para lo que va a ser la cena. Por un lado, tengo que estar impecable para que parezca que sé lavar la ropa, planchar y demás, y por otro, debo prever las preguntas que me pueden hacer sobre los primeros días de matrimonio.
Empecemos por mi apariencia física:
Busqué, entre todos mis pantalones, el que me hace la cola más chica para evitar que mi abuela diga alguna indirecta relacionada con el tamaño de la misma. También, me encargué de buscar una remera linda, no muy escotada porque "las mujeres tienen que ser recatadas y no pueden andar mostrándose". Con mucho cuidado, logré planchar las dos cosas sin quemarlas. Puedo cantar victoria, hoy gané una pequeña pero importante batalla. Me aplaudo a mí misma.
Continuemos con lo que es, sin duda, lo más difícil. Estuve pensando en las preguntas que me pueden hacer.
1. ¿Dónde está Martín?
Respuesta: Los lunes y miércoles juega al fútbol con los amigos. (Esto creo que es verdad).
2. ¿No le molesta que hayas venido sin él?
Respuesta: Por supuesto que no. Él no quería faltar al partido y yo tampoco a la cena. (Yeah, right).
3. ¿Qué tal la convivencia?
Respuesta: Bárbaro, todo divino, por suerte. (Si hablamos de la convivencia desde el viernes de noche hasta el sábado de mañana no estaría mintiendo).
4. Pero el primer año es el más difícil, ¿de verdad todavía no hubo problemas entre ustedes?
Respuesta: No, Martín y yo no discutimos nunca. (Por la simple razón de que no nos vemos nunca)
5. ¿Y cómo te manejás con las tareas del hogar?
Respuesta: Muy bien. Ya lavo, plancho y cocino. ( Bueno, hoy planché. Y de la limpieza se encarga la nueva María, pero yo le pago, así que es como si lo hiciera yo).
Hasta ahí llegué. Supongo que si preguntan alguna otra cosa, recurriré a mi ingenio y a mis dotes de actriz para salir airosa. Igual, como dijo mi hermano, el centro de atención no voy a ser yo sino el macho. Me muero de curiosidad por saber como es.
Mañana les cuento.
Empecemos por mi apariencia física:
Busqué, entre todos mis pantalones, el que me hace la cola más chica para evitar que mi abuela diga alguna indirecta relacionada con el tamaño de la misma. También, me encargué de buscar una remera linda, no muy escotada porque "las mujeres tienen que ser recatadas y no pueden andar mostrándose". Con mucho cuidado, logré planchar las dos cosas sin quemarlas. Puedo cantar victoria, hoy gané una pequeña pero importante batalla. Me aplaudo a mí misma.
Continuemos con lo que es, sin duda, lo más difícil. Estuve pensando en las preguntas que me pueden hacer.
1. ¿Dónde está Martín?
Respuesta: Los lunes y miércoles juega al fútbol con los amigos. (Esto creo que es verdad).
2. ¿No le molesta que hayas venido sin él?
Respuesta: Por supuesto que no. Él no quería faltar al partido y yo tampoco a la cena. (Yeah, right).
3. ¿Qué tal la convivencia?
Respuesta: Bárbaro, todo divino, por suerte. (Si hablamos de la convivencia desde el viernes de noche hasta el sábado de mañana no estaría mintiendo).
4. Pero el primer año es el más difícil, ¿de verdad todavía no hubo problemas entre ustedes?
Respuesta: No, Martín y yo no discutimos nunca. (Por la simple razón de que no nos vemos nunca)
5. ¿Y cómo te manejás con las tareas del hogar?
Respuesta: Muy bien. Ya lavo, plancho y cocino. ( Bueno, hoy planché. Y de la limpieza se encarga la nueva María, pero yo le pago, así que es como si lo hiciera yo).
Hasta ahí llegué. Supongo que si preguntan alguna otra cosa, recurriré a mi ingenio y a mis dotes de actriz para salir airosa. Igual, como dijo mi hermano, el centro de atención no voy a ser yo sino el macho. Me muero de curiosidad por saber como es.
Mañana les cuento.
martes, 2 de junio de 2009
Día 23 - El macho de Rebecca
Ayer sonó el teléfono. Miré el identificador de llamadas y decía "casa vieja".
- ¿Hola? - dije, con miedo.
- Gorda! – reconocí la voz de mi hermano y al fin pude respirar.
- Cerdo, ¿Qué hacés?
- Estoy estudiando un poco antes de ir al gimnasio. ¿Vos?
- En la misma, salvo por la parte del gimnasio, jajaja.
- Típico. Y como te conozco puedo asegurar que desde que te mudaste no prendiste el horno.
- Por supuesto que no. ¿Cómo anda todo por allá?
- Bien, pero te llamé por algo en particular.
- Ay, no. Mónica habló con mamá, ¿no? - pregunté con miedo.
- ¿Mónica?- se extrañó.
- Sí, me la encontré una vez en el super sin la alianza puesta y pensé que le había dicho a mamá. ¿No era eso?
- No, pero sos una imbécil. No te podés arriesgar así!
- Fabián, por favor. ¿Cuáles eran las probabilidades de encontrármela?
- Vos y tus probabilidades...
- Jajaja. Ahora estoy armando un modelo para calcular las chances de encontrarme de nuevo con un vecino que me gusta. Otro día te cuento la historia. ¿Qué me ibas a decir?
- Bueno, sentate. ¿Preparada?
- Dale, Fabián. Decime de una vez!
- Escuchá bien. La abuela tiene novio.
- ¿¿¿Qué???
- Si, y quiere hacer una cena el miércoles en la casa para presentarlo.
- ¿¿¿Qué??? ¿Vas a ir?
- Sí, no tengo más remedio. Pero...
- No, chiquito. Ni lo pienses - dije, leyéndole el pensamiento.
- Dale, vení conmigo. No puedo sobrevivir una comida así sin vos. ¿Con quién me voy a burlar de las idioteces que dice el tío Daniel?
- Me llamás después y nos burlamos juntos.
- No, dale, vení. Además me debés un favor.
- ¿Eh?
- Sí. ¿Te acordás de una vez que María no estaba y había un plato todo sucio como con aceite y huevo y lo lavé yo? En el momento establecimos que me debías una.
- Bueno, pero igual. Ese plato de mierda no es equivalente a una cena familiar. Además, me estarían preguntando toda la noche sobre el departamento y la vida de casada.
- No, justo ese día no. El centro de atención va a ser el macho de Rebecca.
- El macho! Jajajaja.
- En serio, Agus. Podrías aprovechar para comer algo decente. ¿Hace cuánto que no comes algo que no sea fideos?
- Hace mucho, pero no importa. ¿Aparte con Martín que haría? No lo puedo hacer pasar por otra cena. Todavía me sigue recriminando lo que fue su presentación a la familia.
-Nada, decís que los miércoles juega al fútbol con los amigos. Pero gorda, decime si no te da un poquito de curiosidad saber cómo es el tipo. O sea, ¿qué clase de persona quiere pasar tiempo con la abuela voluntariamente?
- Jajaja. No sé si lo tenés claro, pero nos vamos directo al infierno.
-Me importa muy poco. Bueno, ¿venís?
- Con una condición. Se cancela el favor del plato, y además me pasás a deber uno vos.
- Me sirve. Un placer hacer negocios con usted.
- ¿Hola? - dije, con miedo.
- Gorda! – reconocí la voz de mi hermano y al fin pude respirar.
- Cerdo, ¿Qué hacés?
- Estoy estudiando un poco antes de ir al gimnasio. ¿Vos?
- En la misma, salvo por la parte del gimnasio, jajaja.
- Típico. Y como te conozco puedo asegurar que desde que te mudaste no prendiste el horno.
- Por supuesto que no. ¿Cómo anda todo por allá?
- Bien, pero te llamé por algo en particular.
- Ay, no. Mónica habló con mamá, ¿no? - pregunté con miedo.
- ¿Mónica?- se extrañó.
- Sí, me la encontré una vez en el super sin la alianza puesta y pensé que le había dicho a mamá. ¿No era eso?
- No, pero sos una imbécil. No te podés arriesgar así!
- Fabián, por favor. ¿Cuáles eran las probabilidades de encontrármela?
- Vos y tus probabilidades...
- Jajaja. Ahora estoy armando un modelo para calcular las chances de encontrarme de nuevo con un vecino que me gusta. Otro día te cuento la historia. ¿Qué me ibas a decir?
- Bueno, sentate. ¿Preparada?
- Dale, Fabián. Decime de una vez!
- Escuchá bien. La abuela tiene novio.
- ¿¿¿Qué???
- Si, y quiere hacer una cena el miércoles en la casa para presentarlo.
- ¿¿¿Qué??? ¿Vas a ir?
- Sí, no tengo más remedio. Pero...
- No, chiquito. Ni lo pienses - dije, leyéndole el pensamiento.
- Dale, vení conmigo. No puedo sobrevivir una comida así sin vos. ¿Con quién me voy a burlar de las idioteces que dice el tío Daniel?
- Me llamás después y nos burlamos juntos.
- No, dale, vení. Además me debés un favor.
- ¿Eh?
- Sí. ¿Te acordás de una vez que María no estaba y había un plato todo sucio como con aceite y huevo y lo lavé yo? En el momento establecimos que me debías una.
- Bueno, pero igual. Ese plato de mierda no es equivalente a una cena familiar. Además, me estarían preguntando toda la noche sobre el departamento y la vida de casada.
- No, justo ese día no. El centro de atención va a ser el macho de Rebecca.
- El macho! Jajajaja.
- En serio, Agus. Podrías aprovechar para comer algo decente. ¿Hace cuánto que no comes algo que no sea fideos?
- Hace mucho, pero no importa. ¿Aparte con Martín que haría? No lo puedo hacer pasar por otra cena. Todavía me sigue recriminando lo que fue su presentación a la familia.
-Nada, decís que los miércoles juega al fútbol con los amigos. Pero gorda, decime si no te da un poquito de curiosidad saber cómo es el tipo. O sea, ¿qué clase de persona quiere pasar tiempo con la abuela voluntariamente?
- Jajaja. No sé si lo tenés claro, pero nos vamos directo al infierno.
-Me importa muy poco. Bueno, ¿venís?
- Con una condición. Se cancela el favor del plato, y además me pasás a deber uno vos.
- Me sirve. Un placer hacer negocios con usted.
lunes, 25 de mayo de 2009
Día 15- Un trío infame
A primera vista, mi actitud de ayer puede parecer un poco extrema. Pero creanme, no lo es. Mi familia tiene tres temas principales con los cuales me aturdió durante toda mi vida: el peso, los modales y la elección de carrera. Hoy expandiré sobre el primero.
Cuando tenía ocho años, en el medio de un almuerzo familiar, estiré la mano para agarrar un pan.
- No, no. Pan no - dijo mi abuela, muy seria.
- ¿Por qué no? - pregunté.
- Porque las mujeres de la familia tenemos tendencia a engordar y te va a crecer la cola.
- No me importa, quiero pan - dije, firme.
- Bueno, pero no podés. Ni pan, ni grisines, ni manteca.
Me acuerdo de mirar a mi madre, buscando apoyo, pero lo único que recibí fue un "la abuela tiene razón, no podés".
Al principio de la adolescencia, es la época en la que las chicas judías festejan sus doce años y los chicos sus trece. Lo cual significa, que durante un año y medio hay que asistir una o dos fiestas por fin de semana. Un completo martirio. Especialmente porque yo iba a un colegio de nenes ricos en el cual todos valían en función de la cuenta bancaria de sus padres. Una de las maneras de ostentar era, precisamente, la ropa con la que iban a las fiestas. Además de que muchas ya tenían curvas y yo no, así que siempre me sentí el patito feo, nunca tenía nada lindo para ponerme. Hasta que un día mi abuela vino a comer a mi casa y me dijo que tenía algo para mí. Vino a mi cuarto y me mostró un vestido azul hermoso.
- Me encanta, muchas gracias. ¿Me lo pruebo?
- No, porque para que te lo dé tenemos que hacer un trato. Tenés que bajar cinco kilos.
Lo triste es que hay mil episodios más como estos, incluso este año. Era verano y estábamos todos en la pileta de la casa de mi abuela. Después de charlar un rato con mi padre, decidí salir para buscar algo para comer. Pero mi abuela me interceptó en el camino.
- A ver, vení. Dejame verte la cola - dijo como si fuera algo racional.
- ¿Qué?
- Sí, sí. Quiero ver si está más grande o más chica que el año pasado.
- Dejame tranquila, por dios! - dije mientras agarraba una toalla y me tapaba.
- Dale, mostrame. Quiero ver si la dieta te hizo efecto.
Ayer, después de cortar el teléfono, me sentí enormemente aliviada. Supe que de ahora en más ya no habrían episodios similares. Que todo eso había terminado para siempre. Que ya nadie tendría derecho a opinar sobre mi vida o, por lo menos, que ya no tenía obligación de escucharlos.
Y eso, creanme, no tiene precio.
Cuando tenía ocho años, en el medio de un almuerzo familiar, estiré la mano para agarrar un pan.
- No, no. Pan no - dijo mi abuela, muy seria.
- ¿Por qué no? - pregunté.
- Porque las mujeres de la familia tenemos tendencia a engordar y te va a crecer la cola.
- No me importa, quiero pan - dije, firme.
- Bueno, pero no podés. Ni pan, ni grisines, ni manteca.
Me acuerdo de mirar a mi madre, buscando apoyo, pero lo único que recibí fue un "la abuela tiene razón, no podés".
Al principio de la adolescencia, es la época en la que las chicas judías festejan sus doce años y los chicos sus trece. Lo cual significa, que durante un año y medio hay que asistir una o dos fiestas por fin de semana. Un completo martirio. Especialmente porque yo iba a un colegio de nenes ricos en el cual todos valían en función de la cuenta bancaria de sus padres. Una de las maneras de ostentar era, precisamente, la ropa con la que iban a las fiestas. Además de que muchas ya tenían curvas y yo no, así que siempre me sentí el patito feo, nunca tenía nada lindo para ponerme. Hasta que un día mi abuela vino a comer a mi casa y me dijo que tenía algo para mí. Vino a mi cuarto y me mostró un vestido azul hermoso.
- Me encanta, muchas gracias. ¿Me lo pruebo?
- No, porque para que te lo dé tenemos que hacer un trato. Tenés que bajar cinco kilos.
Lo triste es que hay mil episodios más como estos, incluso este año. Era verano y estábamos todos en la pileta de la casa de mi abuela. Después de charlar un rato con mi padre, decidí salir para buscar algo para comer. Pero mi abuela me interceptó en el camino.
- A ver, vení. Dejame verte la cola - dijo como si fuera algo racional.
- ¿Qué?
- Sí, sí. Quiero ver si está más grande o más chica que el año pasado.
- Dejame tranquila, por dios! - dije mientras agarraba una toalla y me tapaba.
- Dale, mostrame. Quiero ver si la dieta te hizo efecto.
Ayer, después de cortar el teléfono, me sentí enormemente aliviada. Supe que de ahora en más ya no habrían episodios similares. Que todo eso había terminado para siempre. Que ya nadie tendría derecho a opinar sobre mi vida o, por lo menos, que ya no tenía obligación de escucharlos.
Y eso, creanme, no tiene precio.
domingo, 24 de mayo de 2009
Día 14- Feliz domingo
El llamado de mi madre llegó hoy, pero no precisamente para hablar de la alianza.
- Hola?
- Agus, ¿cómo estás? - le reconocí la voz.
- Bien, ¿cómo anda todo por ahí?
- Bien, todos bien.
- Me alegro.
- Decime, ¿venís a comer hoy?
- ¿Quiénes van?
- Nosotros, Marce y tu abuela.
- No, gracias.
- Vamos, Agustina. No te pongas así...
- ¿Así cómo? Me preguntaste si iba, te digo que no. Punto.
- Es tu abuela y te quiere ver. Quiere saber qué tal tu nuevo departamento - dijo, en un intento patético por convencerme.
- No me interesa. Además tengo empanadas en el horno - mentí.
-Sólo por hoy, la otra semana se va a Europa con las amigas. Te quiere ver antes, te extraña - agregó, poniendo palabras en la boca de mi abuela.
- Basta de intentar por el lado de la culpa. Ya me lo banqué por años.
-Ay, Agustina. No seas exagerada.
- No lo soy. Para que la viera recurrías o a la culpa o a tu amada frase "cuando vivas sola hacés lo que quieras, pero mientras vivas bajo mi techo las reglas las pongo yo". Finalmente, vivo sola.
- Qué difícil que te ponés! No te cuesta nada venir.
- ¿Qué? Por favor. No quiero volver a escuchar una sola vez en mi vida que estoy gorda, que elegí mal la carrera, que tendría que haber sido telefonista porque no sirvo para otra cosa, que casarme con Martín no fue una buena elección porque no tiene plata suficiente para mantenerme y que tengo que ir al templo todos los viernes.
- Bueno, tampoco es que te dice esas cosas siempre.
- Mamá, por favor. Me da lástima por Fabián, seguro que lo seguís obligando a ir. O que la invitás a comer y no le decís nada a él para que no se escape, como hacías cuando estaba yo.
- Lo habré hecho cuatro o cinco veces nada más...
- No importa!
- ¿Y si le digo que no te diga nada?
- ¿Me estás hablando en serio? Me dice que estoy gorda desde que tengo ocho años! Me ve comiendo pan y me hace gestos de que me va a crecer la cola. Me como una milanesa y me dice que lo frito engorda horrible y hace que te salgan granos.
- Bueno, pero la última vez que te vio te dijo que la dieta te había hecho bien. Tu problema es que siempre mirás lo negativo.
- ¿Lo negativo? ¿Se supone que eso sea un cumplido?
- Y sí!
- Basta, mamá. Desde que me mudé estoy en paz. Por primera vez en mi vida me puedo comer una galletita de chocolate sin tener culpa.
- Cométela, pero si después estás gorda no me vengas a pedir plata para la nutricionista.
Y le corté.
- Hola?
- Agus, ¿cómo estás? - le reconocí la voz.
- Bien, ¿cómo anda todo por ahí?
- Bien, todos bien.
- Me alegro.
- Decime, ¿venís a comer hoy?
- ¿Quiénes van?
- Nosotros, Marce y tu abuela.
- No, gracias.
- Vamos, Agustina. No te pongas así...
- ¿Así cómo? Me preguntaste si iba, te digo que no. Punto.
- Es tu abuela y te quiere ver. Quiere saber qué tal tu nuevo departamento - dijo, en un intento patético por convencerme.
- No me interesa. Además tengo empanadas en el horno - mentí.
-Sólo por hoy, la otra semana se va a Europa con las amigas. Te quiere ver antes, te extraña - agregó, poniendo palabras en la boca de mi abuela.
- Basta de intentar por el lado de la culpa. Ya me lo banqué por años.
-Ay, Agustina. No seas exagerada.
- No lo soy. Para que la viera recurrías o a la culpa o a tu amada frase "cuando vivas sola hacés lo que quieras, pero mientras vivas bajo mi techo las reglas las pongo yo". Finalmente, vivo sola.
- Qué difícil que te ponés! No te cuesta nada venir.
- ¿Qué? Por favor. No quiero volver a escuchar una sola vez en mi vida que estoy gorda, que elegí mal la carrera, que tendría que haber sido telefonista porque no sirvo para otra cosa, que casarme con Martín no fue una buena elección porque no tiene plata suficiente para mantenerme y que tengo que ir al templo todos los viernes.
- Bueno, tampoco es que te dice esas cosas siempre.
- Mamá, por favor. Me da lástima por Fabián, seguro que lo seguís obligando a ir. O que la invitás a comer y no le decís nada a él para que no se escape, como hacías cuando estaba yo.
- Lo habré hecho cuatro o cinco veces nada más...
- No importa!
- ¿Y si le digo que no te diga nada?
- ¿Me estás hablando en serio? Me dice que estoy gorda desde que tengo ocho años! Me ve comiendo pan y me hace gestos de que me va a crecer la cola. Me como una milanesa y me dice que lo frito engorda horrible y hace que te salgan granos.
- Bueno, pero la última vez que te vio te dijo que la dieta te había hecho bien. Tu problema es que siempre mirás lo negativo.
- ¿Lo negativo? ¿Se supone que eso sea un cumplido?
- Y sí!
- Basta, mamá. Desde que me mudé estoy en paz. Por primera vez en mi vida me puedo comer una galletita de chocolate sin tener culpa.
- Cométela, pero si después estás gorda no me vengas a pedir plata para la nutricionista.
Y le corté.
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