Mi abuela y mi madre saben exactamente cuando aparecer para arruinarme los mejores momentos de mi vida. Ya conté de cuando, aunque dolorida, estaba contenta con mi operación de nariz hasta que mi abuela apareció para preguntarle a mi mejor amiga por qué no me estaba dando en la boca helado light en vez del común. Y ya están al tanto también de las mil peleas que tuve con mi madre mientras duraban los preparativos del casamiento. Me escondió comida, me dijo gorda, y hasta me hizo pasar vergüenza en frente de la modista al hablar de mi cuerpo como si fuera una atrocidad a la que ningún vestido posible le quedaría bien.
Y esta vez no iba a ser la excepción. Le grité a mi abuela que se fuera con la excusa de que se me habían desprendido unos botones del vestido y "una amiga" me estaba ayudando. Pero me dijo que esperaba a que saliera. Con Martín nos miramos sin saber que hacer. Si ella lo veía salir del baño de mujeres, iba a ser completamente obvio lo que acababa de pasar, y yo me iba a tener que bancar una charla incómoda. Y además se iba a dar cuenta de que adentro no había ninguna mujer ayudándome con el vestido.
Todavía no sé por qué, pero Martín tenía en su bolsillo el celular. No se me ocurrió a quien llamar, así que disqué el número de mi hermano que siempre sabe lo que hacer. Le expliqué la situación y me dijo que él se iba a encargar de sacarla de la puerta del baño así podíamos salir. Unos minutos después nos mandó un mensaje de texto que decía "misión cumplida". Abrí la puerta despacio, salí primero, y después le hice señas a Martín para que me siguiera.
La gente empezaba a llegar y yo sólo quería que la fiesta terminara para que se fueran de una vez. La idea de tener que bailar canciones judías y posteriormente música brasilera me daba náuseas. Tener que sonreír toda la noche y charlar con familiares que no soporto, tampoco me agradaba mucho. Yo sólo podía pensar en despertarme al otro día en el departamento nuevo. Podía imaginarme la tranquilidad de desayunar sola, la posibilidad de que Martín se quedara a dormir y la paz mental que me brindarían esos cuarenta y ocho metros cuadrados.
Diez minutos después me encontré con mi hermano y mi abuela. Aparentemente Fabián había tenido la brillante idea de pedirle que le contara como había sido su casamiento con mi abuelo para sacarla del baño. Lo amé.
El resto de la fiesta transcurrió sin mayores problemas. En un momento tratamos de meternos en el cuarto donde estaban los abrigos para continuar lo que habíamos empezado pero justo unos primos lejanos se estaban yendo y nos vieron. Una hora después, estábamos entrando juntos a mi departamento nuevo para tener nuestra noche de bodas.
Y al día siguiente, empecé el blog. Acá.
Mostrando entradas con la etiqueta Fabián (mi hermano). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fabián (mi hermano). Mostrar todas las entradas
viernes, 12 de marzo de 2010
lunes, 21 de diciembre de 2009
Día 198 - La noticia
Toqué timbre en casa vieja ayer a eso de las ocho de la noche para anunciar el embarazo, sola. Pensé que iba a ser mejor ir sin Martín, en el caso de que a mi madre se le ocurriera empezar a decir pavadas.
Me abrió mi padre.
- ¡Princesa!
- Hola, papi. ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y vos? - preguntó mientras me abrazaba.
- Bien, bien. Tengo algo para contarles. ¿Están mamá y Fabián?
- Sí, ya los llamo.
Se metió por el pasillo, fue a buscar a mi madre que leía el diario en su cuarto, y a Fabián que jugaba al playstation en el suyo. Mi hermano me abrazó al grito de "gorda cerda" y mi madre se limitó a emitir un "si no hubieras aparecido daba para pensar que te había tragado la tierra". Ni siquiera le contesté.
- Siéntense los tres por favor - dije. - Tengo algo que contarles.
- Yo ya sé lo que nos vas a decir. La veo venir.
- A ver, mamá. Iluminame con tu sabiduría. ¿Qué pensás que voy a decir?
- Que te divorciás, es obvio. Si te casaste para que te regalaran el departamento. Ahora que ya lo tenés, chau Martín.
- Te equivocás. ¿Querés intentar de nuevo con alguna otra idea de telenovela o ya está?
- Ya está. Si no es eso no sé que es. Te escucho.
- Bueno, prepárense -dije, y respiré hondo. - Estoy embarazada.
Mi padre sonrió, mi hermano abrió la boca en un gesto de sorpresa total y mi madre se quedó mirándome sin saber lo que decir. Mi padre se levantó y me abrazó. "No sabés lo feliz que me pone saber que voy a ser abuelo". Mi hermano me preguntó al oído si era deseado o no, y le contesté que de alguna extraña manera creía que era lo que los dos queríamos. Mi madre seguía mirándome desde el sillón, sin emitir sonido.
- ¿Qué pasa, mamá? ¿En tu telenovela venezolana no hay lugar para un embarazo?
- Es que yo pensé que...
- Pensaste mal. Pensaste pavadas. Hacete la idea de que Martín y yo estamos juntos de verdad, y eso no tiene nada que ver con el departamento. Y bueno, queríamos ser papás y se nos presentó la oportunidad. ¿No podés alegrarte por mí?
- Sí, puedo - dijo, atónita. - Es que no puedo creer...
- ¿Lo qué no podés creer?
- ¡Que lo de ustedes es de verdad! No cierra por ningún lado. Se casaron tan jóvenes, y a vos el abuelo te había prometido el departamento. Después nos enteramos lo que había hecho tu tío Mauricio y en seguida cerró lo tuyo con Martín. Habían hecho lo mismo que Mauricio y Fernanda, era clarísimo. Y un día voy a tu casa, y tenés la mitad de la cama hecha, y Martín justo no está.
- Bueno, mamá. Te pensás que ataste cabos como una detective y lo único que hiciste fue pensar que yo había hecho lo mismo que Mauricio, sin ningún tipo de prueba. Ahora, date cuenta de que estabas equivocada. Afrontá que lo que dijiste no es verdad, y que si Martín y yo estamos esperando un bebé es porque estamos juntos y porque tenemos planeado seguir juntos.
- Bueno, lo acepto - dijo, derrotada. - Supongo que te tengo que felicitar, entonces.
- Yo creo que corresponde -dije.
Se acercó, y esbozó un intento de abrazo. Me palmeó la espalda dos o tres veces y se separó de mí, despacio.
- Que te quede claro que no me va a decir abuela -dijo, agarrándome del brazo. - Que me diga Jaqueline, así no parezco vieja.
Ni siquiera le contesté, no tenía ganas. Fui hasta la cocina y le conté a María. Se alegró muchísimo. Después me despedí de los cuatro y partí hacia lo de mi abuelo.
Creo que nunca lo ví tan feliz como cuando le conté. No podía creer que iba a ser bisabuelo a los 87 años, sobre todo cuando tuvo cuatro hijos y sólo tres nietos.
- Vas a tener que mudarte a un departamento más grande.
- Más adelante, abuelo. Por ahora estamos bien.
- No, en serio. Dejame regalártelo. En el tuyo no tenés ni siquiera un cuarto extra para el bebé.
- Vemos más adelante, abuelo. En serio, no te preocupes.
- No, Agus. Es lindo que durante el embarazo vayan armando el cuarto del bebé, y que cuando llegue ya tengan todo listo. Tengo un departamento nuevo de tres dormitorios, noventa metros cuadrados, precioso. Sería un placer para mí dártelo.
Sonreí.
- Entonces supongo que corresponde que lo acepte.
No se vayan todavía. Me di cuenta de que nunca les conté del casamiento.
Me abrió mi padre.
- ¡Princesa!
- Hola, papi. ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y vos? - preguntó mientras me abrazaba.
- Bien, bien. Tengo algo para contarles. ¿Están mamá y Fabián?
- Sí, ya los llamo.
Se metió por el pasillo, fue a buscar a mi madre que leía el diario en su cuarto, y a Fabián que jugaba al playstation en el suyo. Mi hermano me abrazó al grito de "gorda cerda" y mi madre se limitó a emitir un "si no hubieras aparecido daba para pensar que te había tragado la tierra". Ni siquiera le contesté.
- Siéntense los tres por favor - dije. - Tengo algo que contarles.
- Yo ya sé lo que nos vas a decir. La veo venir.
- A ver, mamá. Iluminame con tu sabiduría. ¿Qué pensás que voy a decir?
- Que te divorciás, es obvio. Si te casaste para que te regalaran el departamento. Ahora que ya lo tenés, chau Martín.
- Te equivocás. ¿Querés intentar de nuevo con alguna otra idea de telenovela o ya está?
- Ya está. Si no es eso no sé que es. Te escucho.
- Bueno, prepárense -dije, y respiré hondo. - Estoy embarazada.
Mi padre sonrió, mi hermano abrió la boca en un gesto de sorpresa total y mi madre se quedó mirándome sin saber lo que decir. Mi padre se levantó y me abrazó. "No sabés lo feliz que me pone saber que voy a ser abuelo". Mi hermano me preguntó al oído si era deseado o no, y le contesté que de alguna extraña manera creía que era lo que los dos queríamos. Mi madre seguía mirándome desde el sillón, sin emitir sonido.
- ¿Qué pasa, mamá? ¿En tu telenovela venezolana no hay lugar para un embarazo?
- Es que yo pensé que...
- Pensaste mal. Pensaste pavadas. Hacete la idea de que Martín y yo estamos juntos de verdad, y eso no tiene nada que ver con el departamento. Y bueno, queríamos ser papás y se nos presentó la oportunidad. ¿No podés alegrarte por mí?
- Sí, puedo - dijo, atónita. - Es que no puedo creer...
- ¿Lo qué no podés creer?
- ¡Que lo de ustedes es de verdad! No cierra por ningún lado. Se casaron tan jóvenes, y a vos el abuelo te había prometido el departamento. Después nos enteramos lo que había hecho tu tío Mauricio y en seguida cerró lo tuyo con Martín. Habían hecho lo mismo que Mauricio y Fernanda, era clarísimo. Y un día voy a tu casa, y tenés la mitad de la cama hecha, y Martín justo no está.
- Bueno, mamá. Te pensás que ataste cabos como una detective y lo único que hiciste fue pensar que yo había hecho lo mismo que Mauricio, sin ningún tipo de prueba. Ahora, date cuenta de que estabas equivocada. Afrontá que lo que dijiste no es verdad, y que si Martín y yo estamos esperando un bebé es porque estamos juntos y porque tenemos planeado seguir juntos.
- Bueno, lo acepto - dijo, derrotada. - Supongo que te tengo que felicitar, entonces.
- Yo creo que corresponde -dije.
Se acercó, y esbozó un intento de abrazo. Me palmeó la espalda dos o tres veces y se separó de mí, despacio.
- Que te quede claro que no me va a decir abuela -dijo, agarrándome del brazo. - Que me diga Jaqueline, así no parezco vieja.
Ni siquiera le contesté, no tenía ganas. Fui hasta la cocina y le conté a María. Se alegró muchísimo. Después me despedí de los cuatro y partí hacia lo de mi abuelo.
Creo que nunca lo ví tan feliz como cuando le conté. No podía creer que iba a ser bisabuelo a los 87 años, sobre todo cuando tuvo cuatro hijos y sólo tres nietos.
- Vas a tener que mudarte a un departamento más grande.
- Más adelante, abuelo. Por ahora estamos bien.
- No, en serio. Dejame regalártelo. En el tuyo no tenés ni siquiera un cuarto extra para el bebé.
- Vemos más adelante, abuelo. En serio, no te preocupes.
- No, Agus. Es lindo que durante el embarazo vayan armando el cuarto del bebé, y que cuando llegue ya tengan todo listo. Tengo un departamento nuevo de tres dormitorios, noventa metros cuadrados, precioso. Sería un placer para mí dártelo.
Sonreí.
- Entonces supongo que corresponde que lo acepte.
No se vayan todavía. Me di cuenta de que nunca les conté del casamiento.
Etiquetas:
Fabián (mi hermano),
Mi abuelo (papá de mi papá),
Mi madre,
Mi padre
sábado, 28 de noviembre de 2009
Día 187 - Marido con todas las letras
Como todavía no pude averiguar qué fue lo que pasó, le pedí a Martín que se venga a quedar unos días acá en casa por si alguien se le ocurre caer de sorpresa a verificar que mi marido efectivamente vive acá.
Por un lado, creo que fue una buena idea. Por otro, no sé como le va a hacer esta semi-convivencia a nuestra semi-relación. Lo máximo que hemos pasado juntos seguido fue un día o dos, y el hecho de que venga hoy a la noche y se quede hasta el fin de semana que viene puede ser mucha presión. En fin, tampoco es que hubiera otra opción. Es claro que algo pasó y mientras no sepa bien qué fue o quién abrió la boca voy a tener que tener mucho cuidado de que no se descubra todo.
Martín está por venir, con su bolso. De la misma manera que vino Fabián hace un mes o dos. Es parecido, y a la vez tan diferente. Con Fabián ya estaba acostumbrada a convivir, sabía lo que me deparaba cuando le dije que se podía quedar. Pero ahora no tengo ni idea, nos puede ir genial, o todo lo contrario. No sé.
Voy a tratar de escribir cuando él esté en el trabajo o en la facultad. Va a ser difícil porque tengo horarios parecidos a los suyos. En todo caso, algo voy a inventar. Aprovecharé cuando se bañe para mantenerlos al tanto de todo o algo por el estilo.
Los quiero.
Por un lado, creo que fue una buena idea. Por otro, no sé como le va a hacer esta semi-convivencia a nuestra semi-relación. Lo máximo que hemos pasado juntos seguido fue un día o dos, y el hecho de que venga hoy a la noche y se quede hasta el fin de semana que viene puede ser mucha presión. En fin, tampoco es que hubiera otra opción. Es claro que algo pasó y mientras no sepa bien qué fue o quién abrió la boca voy a tener que tener mucho cuidado de que no se descubra todo.
Martín está por venir, con su bolso. De la misma manera que vino Fabián hace un mes o dos. Es parecido, y a la vez tan diferente. Con Fabián ya estaba acostumbrada a convivir, sabía lo que me deparaba cuando le dije que se podía quedar. Pero ahora no tengo ni idea, nos puede ir genial, o todo lo contrario. No sé.
Voy a tratar de escribir cuando él esté en el trabajo o en la facultad. Va a ser difícil porque tengo horarios parecidos a los suyos. En todo caso, algo voy a inventar. Aprovecharé cuando se bañe para mantenerlos al tanto de todo o algo por el estilo.
Los quiero.
lunes, 23 de noviembre de 2009
Día 183 - So long, farewell
Ayer decidí volver a mi casa para hablar con mi hermano como dos personas adultas.
- Escuchame, gordo cerdo. Nunca en la vida vamos a hablar de lo que pasó. ¿Me entendés?
- Sí.
- Pero nunca, eh. Never ever. Vamos a pretender que nunca sucedió lo del otro día.
- Bueno.
- Porque si empiezo a hablar, morís. ¡En mi sillón tenía que ser!
- Dijiste que no ibamos a hablar de eso.
- Sí, ya sé. Bueno, en fin. Igual tenemos que hablar de otra cosa.
- ¿No me puedo seguir quedando acá, no?
- No. Mirá, gordo, yo sé que es difícil vivir en casa vieja. Creeme que lo sé. Pero que vivas acá no es la solución.
- Ya sé que no.
- Fijate que además desde que estás acá, ya pasaron bastantes cosas. Vos y tu amigo me vieron en bombacha, yo te vi a vos...
- Entendí - dijo, tajante.
- Bueno, eso. Además, es una situación de mierda para vos también. Estás durmiendo en una bolsa de dormir en el living, no tenés un mango, estás en una casa que no es tuya.
- Sí, yo sé todo eso y también sé que voy a tener que volver a lo de papá y mamá. Siempre lo supe. Lo que pasa es que quería estirar el momento de irme.
- Sí, ya lo sé. Pero me parece que ya llegó. ¿Estás de acuerdo?
- Sí. ¿Armo el bolso? - preguntó.
- Como vos quieras. No tiene por qué ser ya. Podés irte en el correr de la semana si querés.
- No, prefiero irme ahora y enfrentar a mamá y papá de una vez.
- ¿Seguro? - pregunté.
- Sí, ya me quedé bastante tiempo acá. Es hora de que vuelva.
- Si, puede ser. Capaz es lo mejor.
- Sí. Después veo como hago para irme - dijo mi hermano.
- Algo se te va a ocurrir.
- Sí. Lástima que no tengo una versión femenina de tu Martín.
- ¿No? ¿Y esa chica?
- Es linda, pero nada más. No da para otra cosa.
- No tiene por qué dar. Le podés explicar la situación.
- No, Agus. No es tan fácil que alguien haga lo que Martín hizo por vos.
- No, tenés razón. Sólo él.
- Tal cual. Sólo él.
- Y además justo ahora estamos re bien con él entonces te tengo que estar echando de acá todo el tiempo y eso también es una mierda para vos.
- Sí, por eso. Ya es hora de que me vaya. ¿Me ayudás a juntar mis cosas?
- Sí, hermanito. Te ayudo.
Como no llegó a traer muchas cosas, juntarlas demoró muy poco. Alrededor de media hora, nada más. Eran algunas cosas del baño, algo de ropa, y su bolsa de dormir. Bajamos juntos, guardamos el bolso en el baúl, y lo llevé hasta casa vieja.
Me dio mucha pena. No sólo tenía que volver derrotado, sino también le quedaba bancarse los gritos de mis padres por haber desaparecido por tanto tiempo. Y todavía peor, volver a un lugar que más que una casa es un manicomio.
En este preciso momento mi madre debe estar llegando a casa. Pobre Fabián. Que dios lo ayude.
- Escuchame, gordo cerdo. Nunca en la vida vamos a hablar de lo que pasó. ¿Me entendés?
- Sí.
- Pero nunca, eh. Never ever. Vamos a pretender que nunca sucedió lo del otro día.
- Bueno.
- Porque si empiezo a hablar, morís. ¡En mi sillón tenía que ser!
- Dijiste que no ibamos a hablar de eso.
- Sí, ya sé. Bueno, en fin. Igual tenemos que hablar de otra cosa.
- ¿No me puedo seguir quedando acá, no?
- No. Mirá, gordo, yo sé que es difícil vivir en casa vieja. Creeme que lo sé. Pero que vivas acá no es la solución.
- Ya sé que no.
- Fijate que además desde que estás acá, ya pasaron bastantes cosas. Vos y tu amigo me vieron en bombacha, yo te vi a vos...
- Entendí - dijo, tajante.
- Bueno, eso. Además, es una situación de mierda para vos también. Estás durmiendo en una bolsa de dormir en el living, no tenés un mango, estás en una casa que no es tuya.
- Sí, yo sé todo eso y también sé que voy a tener que volver a lo de papá y mamá. Siempre lo supe. Lo que pasa es que quería estirar el momento de irme.
- Sí, ya lo sé. Pero me parece que ya llegó. ¿Estás de acuerdo?
- Sí. ¿Armo el bolso? - preguntó.
- Como vos quieras. No tiene por qué ser ya. Podés irte en el correr de la semana si querés.
- No, prefiero irme ahora y enfrentar a mamá y papá de una vez.
- ¿Seguro? - pregunté.
- Sí, ya me quedé bastante tiempo acá. Es hora de que vuelva.
- Si, puede ser. Capaz es lo mejor.
- Sí. Después veo como hago para irme - dijo mi hermano.
- Algo se te va a ocurrir.
- Sí. Lástima que no tengo una versión femenina de tu Martín.
- ¿No? ¿Y esa chica?
- Es linda, pero nada más. No da para otra cosa.
- No tiene por qué dar. Le podés explicar la situación.
- No, Agus. No es tan fácil que alguien haga lo que Martín hizo por vos.
- No, tenés razón. Sólo él.
- Tal cual. Sólo él.
- Y además justo ahora estamos re bien con él entonces te tengo que estar echando de acá todo el tiempo y eso también es una mierda para vos.
- Sí, por eso. Ya es hora de que me vaya. ¿Me ayudás a juntar mis cosas?
- Sí, hermanito. Te ayudo.
Como no llegó a traer muchas cosas, juntarlas demoró muy poco. Alrededor de media hora, nada más. Eran algunas cosas del baño, algo de ropa, y su bolsa de dormir. Bajamos juntos, guardamos el bolso en el baúl, y lo llevé hasta casa vieja.
Me dio mucha pena. No sólo tenía que volver derrotado, sino también le quedaba bancarse los gritos de mis padres por haber desaparecido por tanto tiempo. Y todavía peor, volver a un lugar que más que una casa es un manicomio.
En este preciso momento mi madre debe estar llegando a casa. Pobre Fabián. Que dios lo ayude.
sábado, 21 de noviembre de 2009
Día 182 - Mis 120 metros cuadrados
Ronit, la hermana mayor de Martín, vive con el novio hace como dos años. Yael, su hermana menor (aunque mayor que él) se mudó con su novio hace como un mes. Sus padres, se fueron el jueves a Brasil a visitar a unos primos, por lo que su casa quedaba completamente sola.
Como tener privacidad ahora que Fabián vive en casa es muy difícil, mi marido me dijo de aprovechar que su casa estaba sola. La idea era que yo fuera ayer de noche con un bolsito y que me quedara hasta el domingo con él.
Ayer al mediodía, le conté a mi hermano mis planes. Le dije que me iba a ir a lo de Martín directo de trabajar, por lo que me fui de mi departamento con un bolso y la idea de no volver hasta el domingo. El tema fue que cuando me estaba yendo del trabajo me llegó un mensaje de mi marido diciendo que tenía partido y que demoraba un poco en llegar a su casa. Me dijo que lo esperara ahí, que venía como a las diez.
Para aprovechar el tiempo mientras lo esperaba en su casa, decidí que estudiar sería una buena idea. Iba a tener que pasar por casa a buscar los libros, pero como vivimos relativamente cerca y estaba con el auto no me importó demasiado. Iban a ser dos minutos.
Estacioné, subí, y abrí la puerta. La imagen con la que me encontré todavía me trae pesadillas. Fabián, no sólo se encontraba completamente desnudo, sino que se encontraba acompañado por otra chica, desnuda también. Estaban los dos en el living, la chica abajo y él arriba, en plena acción.
Él me vio en tetas y bombacha, y fue una situación horrible para ambos. Pero verlo a él no sólo desnudo sino teniendo sexo en mi sillón fue mil veces peor. En el momento me di vuelta lo más rápido que pude y me fui, pero él sabe que lo ví.
Ahora tengo miedo de volver a mi casa. Me parece que me quedo a vivir acá en lo de Martín. En estos cientoveinte metros cuadrados que no son como mis cuarenta y ocho pero que, al menos hasta que me pueda sacar esas imágenes de la cabeza, van a ser mi hogar dulce hogar.
Como tener privacidad ahora que Fabián vive en casa es muy difícil, mi marido me dijo de aprovechar que su casa estaba sola. La idea era que yo fuera ayer de noche con un bolsito y que me quedara hasta el domingo con él.
Ayer al mediodía, le conté a mi hermano mis planes. Le dije que me iba a ir a lo de Martín directo de trabajar, por lo que me fui de mi departamento con un bolso y la idea de no volver hasta el domingo. El tema fue que cuando me estaba yendo del trabajo me llegó un mensaje de mi marido diciendo que tenía partido y que demoraba un poco en llegar a su casa. Me dijo que lo esperara ahí, que venía como a las diez.
Para aprovechar el tiempo mientras lo esperaba en su casa, decidí que estudiar sería una buena idea. Iba a tener que pasar por casa a buscar los libros, pero como vivimos relativamente cerca y estaba con el auto no me importó demasiado. Iban a ser dos minutos.
Estacioné, subí, y abrí la puerta. La imagen con la que me encontré todavía me trae pesadillas. Fabián, no sólo se encontraba completamente desnudo, sino que se encontraba acompañado por otra chica, desnuda también. Estaban los dos en el living, la chica abajo y él arriba, en plena acción.
Él me vio en tetas y bombacha, y fue una situación horrible para ambos. Pero verlo a él no sólo desnudo sino teniendo sexo en mi sillón fue mil veces peor. En el momento me di vuelta lo más rápido que pude y me fui, pero él sabe que lo ví.
Ahora tengo miedo de volver a mi casa. Me parece que me quedo a vivir acá en lo de Martín. En estos cientoveinte metros cuadrados que no son como mis cuarenta y ocho pero que, al menos hasta que me pueda sacar esas imágenes de la cabeza, van a ser mi hogar dulce hogar.
martes, 17 de noviembre de 2009
Día 179 - Flashback: Lo único que faltaba
- Bueno - dijo la modista. - 88 - 62 - 93.
- Mirá que bien - dije. - No estoy tan lejos del 90 - 60 -90.
- Bueno, pero es todo gracias a mí - acotó mi madre. - Si no fuera porque te estoy ayudando a cuidarte con las comidas tu cola mediría mucho más que 93. Muchísimo más.
- Siempre tenés algo que decir vos.
- ¡Y a vos nada te viene bien! ¡Reconocé que es por mi ayuda, tampoco te pido tanto!
- Basta, mamá.
- ¿Basta me decís? Hubieras venido hace unos meses a hacerte el vestido y te ibas a llevar una sorpresa muy fea cuando te tomaran las medidas.
- Peso lo mismo hace dos años y tengo más o menos el mismo cuerpo. No digas pavadas, por favor.
La modista nos miraba sin emitir sonido.
- A ver, Elena. Vos que podés ser objetiva acá. ¿Estoy gorda?
- No, para nada.
- ¿Tengo la cola enorme?
- No.
- ¿Ves? - pregunté dirigiéndome a mi madre. - Está todo en tu cabeza.
- Y bueno, Agustinita. ¿Qué te va a decir ella? Si te dice que estás gorda se queda sin trabajo.
- ¡Me tenés harta! No sé ni para que viniste. Todo es un problema con vos.
- Tengo que venir porque vos tenés un gusto horrible - contestó mi madre. - Si te dejo sola no sé que clase de vestido podés llegar a inventar.
- Me hartaste. Andate y yo hablo con Elena. Vos no tenés voz ni voto acá. Es mi vestido de novia. Mío, ¿entendés?
- Elena, yo después la llamo. Usted me tiene que responder a mí, ¿entiende? Yo soy la que paga acá.
- Andate de una vez. No necesito tu plata para el vestido.
- ¿Ah, no?
- No. El abuelo me va a dar para cubrir todos los gastos. Así que te podés ir yendo.
Caminó hasta la puerta pisando fuerte, y salió dando un sonoro portazo.
- Es todo un caso mi madre. Me tiene harta, te juro.
- Todas las madres tienen una relación complicada con las hijas.
- ¿Pero tan así? ¿Vos ves otras chicas a las que la madre les diga tantas cosas?
- No, tantas cosas no. Pero bueno, entendela, vos sos chica también. ¿Qué tenés, veinte años?
- Veintiuno.
- Y bueno, piensa que tiene que ayudarte a decidir. Qué sé yo.
- Es más que eso, pero bueno. Vayamos a lo nuestro.
- Contame. ¿Qué idea tenés?
- Quiero un vestido strapless. Pero que sea dura la parte de arriba, no sé como explicarte.
- Sí - dijo mientras hacía un bosquejo. - Entendí.
- Y la pollera quiero que sea grande, pero no tanto.
- Ajá.
- Y bueno, no sé bien como explicarte la idea que tengo.
- A ver si esto se le parece - dijo, mientras me mostraba su boceto. - A grandes rasgos, al menos.
- A ver - dije, mirando el dibujo. Eran solo unas líneas, pero había entendido lo que yo quería. - Perfecto.
- Genial. ¿Te gusta que sea bordada la parte de arriba?
- Mmm, puede ser. ¿Tenés alguna revista?
- Sí - dijo, y me mostró una. - ¿Así te gusta?
- Sí, me encanta.
- Bueno. Es una primera idea.
- ¿Decís que sea adecuada para mi tipo de cuerpo?
- Sí, va a quedar lindo. Tenés cintura chiquita y parte de arriba chiquita en general. El contraste con la parte de abajo amplia va a quedar bueno. Y tu madre no se va a poder quejar de tu cola porque no va a quedar para nada grande.
- Ah, genial. Bueno, yo ahora me tengo que ir a la facultad, pero después te llamo y me decís qué cosas tengo que comprar. Acordate que me caso en un mes, no tenemos mucho tiempo.
- No hay problema. Estamos bien encaminadas.
- Barbaro, Elena, gracias por todo. - dije, mientras la saludaba. -Te llamo más tarde entonces.
Al otro día de este episodio, fui a lo de Teresa.
- ¿Cómo estás, Agus?
- Más o menos, qué sé yo. Con los preparativos del casamiento.
- Sí, tenés muchas cosas que hacer. Escuchame, te tengo que hablar de algo.
- ¿De qué? - pregunté extrañada.
- Bueno. Me llamó la terapeuta de tu madre.
- ¡¿Qué?!
- Sí, dice que tu madre está muy deprimida por como está la situación entre ustedes. Dice que cuando fueron a lo de la modista la trataste muy mal. Y parece que con tu hermano también se está llevando mal.
- ¡Pero si es insoportable! Aparte siempre se llevó mal con Fabián.
- Sí, ya sé, pero parece que además está estresada por tu casamiento y la mar en coche.
- Estamos todos igual. Pero no entiendo para que te llamó la terapeuta.
- Ella dice que es obvio que ustedes tienen grandes diferencias...
- Chocolate por la noticia.
- Y bueno, planteó que vayan a terapia familiar.
- ¡¿Me estás jodiendo?! Ay, dios. Lo único que me faltaba.
- Yo te diría que lo pensaras. Por lo menos para irte de tu casa en buenos términos.
- Es cualquiera, Teresa. Por favor.
- Sólo te pido que lo pienses.
- Ok, lo voy a pensar. Pero no te prometo nada.
- Vos pensalo.
- Sólo porque me lo pedís vos, que te quede claro.
- Por mí, entonces. Pero pensalo.
- Mirá que bien - dije. - No estoy tan lejos del 90 - 60 -90.
- Bueno, pero es todo gracias a mí - acotó mi madre. - Si no fuera porque te estoy ayudando a cuidarte con las comidas tu cola mediría mucho más que 93. Muchísimo más.
- Siempre tenés algo que decir vos.
- ¡Y a vos nada te viene bien! ¡Reconocé que es por mi ayuda, tampoco te pido tanto!
- Basta, mamá.
- ¿Basta me decís? Hubieras venido hace unos meses a hacerte el vestido y te ibas a llevar una sorpresa muy fea cuando te tomaran las medidas.
- Peso lo mismo hace dos años y tengo más o menos el mismo cuerpo. No digas pavadas, por favor.
La modista nos miraba sin emitir sonido.
- A ver, Elena. Vos que podés ser objetiva acá. ¿Estoy gorda?
- No, para nada.
- ¿Tengo la cola enorme?
- No.
- ¿Ves? - pregunté dirigiéndome a mi madre. - Está todo en tu cabeza.
- Y bueno, Agustinita. ¿Qué te va a decir ella? Si te dice que estás gorda se queda sin trabajo.
- ¡Me tenés harta! No sé ni para que viniste. Todo es un problema con vos.
- Tengo que venir porque vos tenés un gusto horrible - contestó mi madre. - Si te dejo sola no sé que clase de vestido podés llegar a inventar.
- Me hartaste. Andate y yo hablo con Elena. Vos no tenés voz ni voto acá. Es mi vestido de novia. Mío, ¿entendés?
- Elena, yo después la llamo. Usted me tiene que responder a mí, ¿entiende? Yo soy la que paga acá.
- Andate de una vez. No necesito tu plata para el vestido.
- ¿Ah, no?
- No. El abuelo me va a dar para cubrir todos los gastos. Así que te podés ir yendo.
Caminó hasta la puerta pisando fuerte, y salió dando un sonoro portazo.
- Es todo un caso mi madre. Me tiene harta, te juro.
- Todas las madres tienen una relación complicada con las hijas.
- ¿Pero tan así? ¿Vos ves otras chicas a las que la madre les diga tantas cosas?
- No, tantas cosas no. Pero bueno, entendela, vos sos chica también. ¿Qué tenés, veinte años?
- Veintiuno.
- Y bueno, piensa que tiene que ayudarte a decidir. Qué sé yo.
- Es más que eso, pero bueno. Vayamos a lo nuestro.
- Contame. ¿Qué idea tenés?
- Quiero un vestido strapless. Pero que sea dura la parte de arriba, no sé como explicarte.
- Sí - dijo mientras hacía un bosquejo. - Entendí.
- Y la pollera quiero que sea grande, pero no tanto.
- Ajá.
- Y bueno, no sé bien como explicarte la idea que tengo.
- A ver si esto se le parece - dijo, mientras me mostraba su boceto. - A grandes rasgos, al menos.
- A ver - dije, mirando el dibujo. Eran solo unas líneas, pero había entendido lo que yo quería. - Perfecto.
- Genial. ¿Te gusta que sea bordada la parte de arriba?
- Mmm, puede ser. ¿Tenés alguna revista?
- Sí - dijo, y me mostró una. - ¿Así te gusta?
- Sí, me encanta.
- Bueno. Es una primera idea.
- ¿Decís que sea adecuada para mi tipo de cuerpo?
- Sí, va a quedar lindo. Tenés cintura chiquita y parte de arriba chiquita en general. El contraste con la parte de abajo amplia va a quedar bueno. Y tu madre no se va a poder quejar de tu cola porque no va a quedar para nada grande.
- Ah, genial. Bueno, yo ahora me tengo que ir a la facultad, pero después te llamo y me decís qué cosas tengo que comprar. Acordate que me caso en un mes, no tenemos mucho tiempo.
- No hay problema. Estamos bien encaminadas.
- Barbaro, Elena, gracias por todo. - dije, mientras la saludaba. -Te llamo más tarde entonces.
Al otro día de este episodio, fui a lo de Teresa.
- ¿Cómo estás, Agus?
- Más o menos, qué sé yo. Con los preparativos del casamiento.
- Sí, tenés muchas cosas que hacer. Escuchame, te tengo que hablar de algo.
- ¿De qué? - pregunté extrañada.
- Bueno. Me llamó la terapeuta de tu madre.
- ¡¿Qué?!
- Sí, dice que tu madre está muy deprimida por como está la situación entre ustedes. Dice que cuando fueron a lo de la modista la trataste muy mal. Y parece que con tu hermano también se está llevando mal.
- ¡Pero si es insoportable! Aparte siempre se llevó mal con Fabián.
- Sí, ya sé, pero parece que además está estresada por tu casamiento y la mar en coche.
- Estamos todos igual. Pero no entiendo para que te llamó la terapeuta.
- Ella dice que es obvio que ustedes tienen grandes diferencias...
- Chocolate por la noticia.
- Y bueno, planteó que vayan a terapia familiar.
- ¡¿Me estás jodiendo?! Ay, dios. Lo único que me faltaba.
- Yo te diría que lo pensaras. Por lo menos para irte de tu casa en buenos términos.
- Es cualquiera, Teresa. Por favor.
- Sólo te pido que lo pienses.
- Ok, lo voy a pensar. Pero no te prometo nada.
- Vos pensalo.
- Sólo porque me lo pedís vos, que te quede claro.
- Por mí, entonces. Pero pensalo.
Etiquetas:
Fabián (mi hermano),
Flashback,
Mi madre,
Teresa (mi terapeuta)
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Día 169 - Text me that you love me
De: Agustina
Para: Martín
"Necesito con suma urgencia que vengas a terminar lo que empezamos el otro día. Cuando te agarre, chiquito, te mato."
De: Martín
Para: Agustina
"Jajaja. No era que íbamos a tener algo que no fuera sólo sexo? Mirá que yo encantado de cumplir mi rol de semental, pero pregunto."
De: Agustina
Para: Martín
"Otro día. Hoy nos dedicamos a recuperar el tiempo perdido. Hace mucho que no tenemos una buena noche juntos. Echo a Fabián."
De: Martín
Para: Agustina
"Pobre. Pero sí, echalo. No te va a durar mucho la ropa puesta y dudo que tu hermanito quiera ver eso."
De: Agustina
Para: Martín
"Le voy a decir que se vaya a lo de un amigo. Compro burger king?"
De: Martín
Para: Agustina
"Dejá, yo compro cuando vaya para ahí. No soy divino?"
De: Agustina
Para: Martín
"Tampoco te la creas, eh. Jajaja, mentira. Obvio que sos divino, mi amor. Por algo te elegí como marido."
De: Martín
Para: Agustina
"Jaja, obvio. Yo también elegí bien. Nos vamos a divertir hoy. Mucho."
De: Agustina
Para: Martín
"No me cabe ninguna duda. Me querés?"
De: Martín
Para: Agustina
"Un poquito nada más. No te la creas. Jaja, mentira. Mucho. Vos?"
De: Agustina
Para: Martín
"Mucho. Mucho. Mucho."
Para: Martín
"Necesito con suma urgencia que vengas a terminar lo que empezamos el otro día. Cuando te agarre, chiquito, te mato."
De: Martín
Para: Agustina
"Jajaja. No era que íbamos a tener algo que no fuera sólo sexo? Mirá que yo encantado de cumplir mi rol de semental, pero pregunto."
De: Agustina
Para: Martín
"Otro día. Hoy nos dedicamos a recuperar el tiempo perdido. Hace mucho que no tenemos una buena noche juntos. Echo a Fabián."
De: Martín
Para: Agustina
"Pobre. Pero sí, echalo. No te va a durar mucho la ropa puesta y dudo que tu hermanito quiera ver eso."
De: Agustina
Para: Martín
"Le voy a decir que se vaya a lo de un amigo. Compro burger king?"
De: Martín
Para: Agustina
"Dejá, yo compro cuando vaya para ahí. No soy divino?"
De: Agustina
Para: Martín
"Tampoco te la creas, eh. Jajaja, mentira. Obvio que sos divino, mi amor. Por algo te elegí como marido."
De: Martín
Para: Agustina
"Jaja, obvio. Yo también elegí bien. Nos vamos a divertir hoy. Mucho."
De: Agustina
Para: Martín
"No me cabe ninguna duda. Me querés?"
De: Martín
Para: Agustina
"Un poquito nada más. No te la creas. Jaja, mentira. Mucho. Vos?"
De: Agustina
Para: Martín
"Mucho. Mucho. Mucho."
lunes, 2 de noviembre de 2009
Día 167 - Te mato
El reencuentro con Martín decidimos festejarlo como se debe, lo cual significa entre las sábanas. La ropa empezó a volar y al rato ya estábamos tirados en la cama, recuperando el tiempo perdido. En un momento, yo estaba arriba de mi marido, cuando escuché el ruido de las llaves en la puerta. Por un segundo, me sentí igual que cuando estaba en casa vieja teniendo sexo con Martín y de repente escuchaba ruidos desde la cocina y se me paraba el corazón. Para evitar que Fabián se llevara una no muy agradable sorpresa, tuve que salirme de encima de Martín, acostarme a su lado y taparnos a los dos con la frazada.
Como el baño está adentro de mi cuarto, sabía que Fabián iba a tener que pasar por ahí y lo que menos quería era que nos viera desnudos a los dos. Sobre todo cuando él pensaba que su adorable hermanita se había quedado mirando películas sola como buena solterona. Por más que me hice la dormida cuando mi hermano pasó al baño, la situación me resultó incomodísima.
Después de que volvió al living, nos quedamos esperando a que se durmiera para continuar con nuestra tarea. Desgraciadamente, irse a dormir no estaba en los planes de mi hermano, quien se quedó mirando tele en el sofá hasta altas horas de la noche.
Después, alrededor de las diez de la mañana me desperté y me asomé al living para ver en que andaba Fabián. Se había quedado dormido en el sofá. Pensé en despertar a Martín, pero lo ví durmiendo tan plácidamente que me dio pena. Me desperté de nuevo a eso de las once y media y vi que mi marido seguía durmiendo. Se me ocurrió entonces que ya que estaba despierta podía aprovechar para ir a comprarle a Martín algo rico para desayunar.
Mi idea era llegar a casa, abrir el jugo de naranja y servírselo a Martín en un vasito. Agarrar un plato y poner las facturas, elegir otro para las galletitas y hacerle un café con leche en la taza que tengo para él. Tenía planeado poner todo esto amorosamente en una bandeja y llevársela a mi marido para que desayunara en la cama. Quería despertarlo con besos y decirle que estaba contenta con nuestra decisión de intentar tener algo más.
Sin embargo, cuando llegué me tomó un segundo ver que todos mis planes estaban arruinados. En la mesa del comedor estaban mi marido y mi hermano, los dos en boxers, desayunando juntos y charlando como si fueran grandes amigos.
Demás está decir que no hubo posibilidades de un mañanero. Cuando por fin agarre a Martín, lo mato. Y a Fabián también lo voy a matar, pero en un sentido completamente distinto.
Como el baño está adentro de mi cuarto, sabía que Fabián iba a tener que pasar por ahí y lo que menos quería era que nos viera desnudos a los dos. Sobre todo cuando él pensaba que su adorable hermanita se había quedado mirando películas sola como buena solterona. Por más que me hice la dormida cuando mi hermano pasó al baño, la situación me resultó incomodísima.
Después de que volvió al living, nos quedamos esperando a que se durmiera para continuar con nuestra tarea. Desgraciadamente, irse a dormir no estaba en los planes de mi hermano, quien se quedó mirando tele en el sofá hasta altas horas de la noche.
Después, alrededor de las diez de la mañana me desperté y me asomé al living para ver en que andaba Fabián. Se había quedado dormido en el sofá. Pensé en despertar a Martín, pero lo ví durmiendo tan plácidamente que me dio pena. Me desperté de nuevo a eso de las once y media y vi que mi marido seguía durmiendo. Se me ocurrió entonces que ya que estaba despierta podía aprovechar para ir a comprarle a Martín algo rico para desayunar.
Mi idea era llegar a casa, abrir el jugo de naranja y servírselo a Martín en un vasito. Agarrar un plato y poner las facturas, elegir otro para las galletitas y hacerle un café con leche en la taza que tengo para él. Tenía planeado poner todo esto amorosamente en una bandeja y llevársela a mi marido para que desayunara en la cama. Quería despertarlo con besos y decirle que estaba contenta con nuestra decisión de intentar tener algo más.
Sin embargo, cuando llegué me tomó un segundo ver que todos mis planes estaban arruinados. En la mesa del comedor estaban mi marido y mi hermano, los dos en boxers, desayunando juntos y charlando como si fueran grandes amigos.
Demás está decir que no hubo posibilidades de un mañanero. Cuando por fin agarre a Martín, lo mato. Y a Fabián también lo voy a matar, pero en un sentido completamente distinto.
jueves, 29 de octubre de 2009
Dia 163 - Hermanos, en lo bueno...
Mi primer impulso fue tirar el frasco de café al piso y taparme las tetas con las manos. El tarro se rompió en mil pedacitos a la vez que yo le gritaba a mi hermano "pendejo de mierda" mientras su amigo se reía.
- ¡La concha de tu madre Fabián! ¿Qué carajo hacés acá? ¡Pendejo de mierda!
- ¡Me olvidé de la notebook, histérica!
- ¡Encima que me dejás todo el baño cagado ahora entrás así!
- Jajajaja, te arruiné el baño.
- Sí, no voy a poder entrar por un mes.
- Sorry.
- Ya fue. ¿Y vos qué mirás, Guillermo? ¡Date vuelta de una vez!
- Bueno, bueno. Perdón - dijo avergonzado el mejor amigo de mi hermano.
- Agarrá al computadora y andate, por favor.
Fabián entró corriendo a agarrar la notebook y se fue. Guillermo, desde la puerta se dio vuelta para mirarme por última vez.
- ¡Date vuelta! - chillé.
- Es que me gusta tu bombacha de Kitty - dijo, riéndose.
- No la mires más que te cago a palos - le dijo Fabián.
- Perdón - contestó.
Cuando se fueron tuve que barrer. Lo hice maldiciendo a Fabián. De repente, ya no me pareció tan divertido que estuviera viviendo en mi casa.
Sin embargo, dos horas después, cuando volvió a casa con bolsas de Burger King se me pasó el enojo. A fin de cuentas, la pelotuda que no cerró la puerta fui yo. Intentamos reírnos de lo que pasó y dejar todo atrás. Fabián propuso contarle la historia a nuestros nietos alguna vez y me reí.
Más allá de que lo del otro día fue algo puntual, tener a Fabián en casa ya no me resulta tan divertido. Es muy desordenado. Más que yo, y eso ya es mucho. Deja absolutamente todo tirado. He llegado a encontrar boxers en cualquier lado de la casa. Y además, arrasa con absolutamente todo lo que hay en la heladera. Yo sé que no es mucho, pero lo que hay se lo come. Y después, en vez de tirar el papel en la basura, lo deja adentro. Por ejemplo, se comió todo el pan y dejó el envoltorio adentro de la heladera como si todavía quedara. Ya se lo dije más de una vez, pero no hace caso.
Además de que cada vez que quiero hablar con Martín le tengo que pedir a mi hermano que se vaya a dormir a lo de un amigo. Ya no tengo la libertad que tenía cuando él no estaba. No puedo dormir desnuda porque para ir al baño tiene que pasar por mi cuarto, no puedo poner música fuerte hasta cualquier hora porque ahora hay otra persona que vive conmigo y también tengo que ser yo la que compra todo porque Fabián no tiene un peso.
Y sé que para el la situación tampoco es la ideal. Está durmiendo en una bolsa de dormir en el piso de un living que no es suyo, tampoco tiene libertad y me tiene que pedir plata todo el tiempo.
De cualquier manera, él no quiere volver a lo de mis padres y yo tampoco quiero hacerlo pasar por eso. Así que, por ahora, así estamos. Para bien o para mal.
- ¡La concha de tu madre Fabián! ¿Qué carajo hacés acá? ¡Pendejo de mierda!
- ¡Me olvidé de la notebook, histérica!
- ¡Encima que me dejás todo el baño cagado ahora entrás así!
- Jajajaja, te arruiné el baño.
- Sí, no voy a poder entrar por un mes.
- Sorry.
- Ya fue. ¿Y vos qué mirás, Guillermo? ¡Date vuelta de una vez!
- Bueno, bueno. Perdón - dijo avergonzado el mejor amigo de mi hermano.
- Agarrá al computadora y andate, por favor.
Fabián entró corriendo a agarrar la notebook y se fue. Guillermo, desde la puerta se dio vuelta para mirarme por última vez.
- ¡Date vuelta! - chillé.
- Es que me gusta tu bombacha de Kitty - dijo, riéndose.
- No la mires más que te cago a palos - le dijo Fabián.
- Perdón - contestó.
Cuando se fueron tuve que barrer. Lo hice maldiciendo a Fabián. De repente, ya no me pareció tan divertido que estuviera viviendo en mi casa.
Sin embargo, dos horas después, cuando volvió a casa con bolsas de Burger King se me pasó el enojo. A fin de cuentas, la pelotuda que no cerró la puerta fui yo. Intentamos reírnos de lo que pasó y dejar todo atrás. Fabián propuso contarle la historia a nuestros nietos alguna vez y me reí.
Más allá de que lo del otro día fue algo puntual, tener a Fabián en casa ya no me resulta tan divertido. Es muy desordenado. Más que yo, y eso ya es mucho. Deja absolutamente todo tirado. He llegado a encontrar boxers en cualquier lado de la casa. Y además, arrasa con absolutamente todo lo que hay en la heladera. Yo sé que no es mucho, pero lo que hay se lo come. Y después, en vez de tirar el papel en la basura, lo deja adentro. Por ejemplo, se comió todo el pan y dejó el envoltorio adentro de la heladera como si todavía quedara. Ya se lo dije más de una vez, pero no hace caso.
Además de que cada vez que quiero hablar con Martín le tengo que pedir a mi hermano que se vaya a dormir a lo de un amigo. Ya no tengo la libertad que tenía cuando él no estaba. No puedo dormir desnuda porque para ir al baño tiene que pasar por mi cuarto, no puedo poner música fuerte hasta cualquier hora porque ahora hay otra persona que vive conmigo y también tengo que ser yo la que compra todo porque Fabián no tiene un peso.
Y sé que para el la situación tampoco es la ideal. Está durmiendo en una bolsa de dormir en el piso de un living que no es suyo, tampoco tiene libertad y me tiene que pedir plata todo el tiempo.
De cualquier manera, él no quiere volver a lo de mis padres y yo tampoco quiero hacerlo pasar por eso. Así que, por ahora, así estamos. Para bien o para mal.
miércoles, 28 de octubre de 2009
Día 162 - Cause we all just wanna be big rockstars...
Mi hermano ayer de tarde se fue a estudiar a lo de un amigo y yo aproveché para hacer lo que siempre hago cuando tengo muchas cosas en la cabeza y necesito liberar tensiones. Bailar.
No quería pensar más en los problemas familiares, ni en la situación de mi abuelo ni en lo que podía llegar a pasar con Martín, así que decidí poner la música bien fuerte y empezar a correr por toda la casa al ritmo de Aerosmith, Nickelback y los Beatles.
Aprovechando que estaba sola por primera vez en mucho tiempo decidí hacer otra cosa que también me ayuda a liberar tensiones y es tirar la ropa para cualquier lado. Me saqué los zapatos, el pantalón, la camisa y el corpiño. La ropa para mí representa las obligaciones, vestirme para el trabajo, para ir a la facultad, para salir al mundo exterior. En mi casa, precisamente, quiero todo lo opuesto. Quiero libertad.
Así como estaba, y cantando fui a la cocina y me preparé un café. Bailé mientras la leche se calentaba en el microondas y canté Rockstar a todo volumen, precisamente queriendo ser una estrella de rock.
Sin embargo, parece que mi hermano se había olvidado la notebook y yo de trancar la puerta. La conjugación de ambas cosas derivó en que Fabián y un amigo suyo se encontraran con un lindo espectáculo. Me vieron a mí, con nada puesto más que mi bombacha de Hello Kitty, cantando con el tarro de café a modo de micrófono.
No quería pensar más en los problemas familiares, ni en la situación de mi abuelo ni en lo que podía llegar a pasar con Martín, así que decidí poner la música bien fuerte y empezar a correr por toda la casa al ritmo de Aerosmith, Nickelback y los Beatles.
Aprovechando que estaba sola por primera vez en mucho tiempo decidí hacer otra cosa que también me ayuda a liberar tensiones y es tirar la ropa para cualquier lado. Me saqué los zapatos, el pantalón, la camisa y el corpiño. La ropa para mí representa las obligaciones, vestirme para el trabajo, para ir a la facultad, para salir al mundo exterior. En mi casa, precisamente, quiero todo lo opuesto. Quiero libertad.
Así como estaba, y cantando fui a la cocina y me preparé un café. Bailé mientras la leche se calentaba en el microondas y canté Rockstar a todo volumen, precisamente queriendo ser una estrella de rock.
Sin embargo, parece que mi hermano se había olvidado la notebook y yo de trancar la puerta. La conjugación de ambas cosas derivó en que Fabián y un amigo suyo se encontraran con un lindo espectáculo. Me vieron a mí, con nada puesto más que mi bombacha de Hello Kitty, cantando con el tarro de café a modo de micrófono.
martes, 27 de octubre de 2009
Día 161 - Iom Uledet Sameaj (III)
Volvimos a mi casa Martín y yo solos porque dejamos a mi hermano en la casa de un amigo. Durante el trayecto y hasta que entramos al departamento yo estuve muy callada. Tenía muchas cosas en la cabeza. Por supuesto que Martín se percató de esto y en seguida me preguntó que había pasado. Yo fui hasta mi cama y me tiré. Él me siguió.
- Yo siempre fui una princesa - dije, mirando el techo.
- ¿Qué? - preguntó sin entender.
- Que yo siempre fui una princesa. A los cinco años conocí Santiago de Chile, a los seis Orlando, a los siete Cancún, a los ocho Las Vegas, a los nueve Miami, a los diez Santo Domingo y así hasta que recorrí Europa a los diecinueve y Nueva York a los veinte. Fui la única de mis amigas que recibió un auto a los dieciocho y un departamento a los veintiuno. Soy una princesa.
- Es verdad.
- Cuando eramos chicos, mi abuelo nos llevaba a Fabián y a mí a la juguetería y nos decía que eligiéramos lo que quisiéramos. Sin ningún tipo de límite. Me podía llevar todas las Barbies que había en el local si quería.
- Sí...
- Y cuando era el cumpleaños de Fabián, mi tío Marcelo me regalaba a mí la mitad de la plata que le regalaba a él. Lo llamaba "premio consuelo", y nos lo daba para que ningún hermano se sintiera mal en el cumpleaños del otro porque no recíbía regalos.
- Me contaste.
- Es como te digo, siempre tuve todo. Pero por supuesto que todo tiene su parte buena y su parte mala. Tener plata, obviamente, no es la excepción.
- Yo sé.
- Durante toda mi vida vi tantas peleas por plata que no terminaría nunca de contártelas. Tuve que ver a mis cuatro tíos peleándose entre sí por una cuenta que les abrió mi abuelo, de la cual se apropiaron injustamente mis tíos Gabriel y Mauricio. Vi como le decían a mi padre que él estaba enfermo y que era mejor que ellos dos se encargaran de los temas económicos. Ví, también, a mi abuelo decir que a sus hijos sólo le interesaba su plata y que le iba a dejar todo a sus nietos. Para qué lo dijo. A los dos días mi tío Gabriel se apareció en mi casa diciendo que mi abuelo estaba senil y que él iba a empezar a manejar unas cuentas de Estados Unidos.
- ¿Y qué pasó?
- Mi abuelo se enteró y dijo que nadie podía tocar sus cosas. Que la plata era suya y que él decidía que hacer. Al final terminó poniendo unos departamentos a nombre mío y de Fabián para que tuviéramos algo cuando él ya no estuviera. Pero ahora que mi abuelo está mal seguro que los venden para quedarse con la plata ellos. Igual eso no es lo que más me preocupa, pero no sé que pueda pasar con mis cuarenta y ocho metros cuadrados.
- Nada, este departamento está a tu nombre. Nadie puede hacer nada.
- No creo que sea tan así. Ellos dos son capaces de hacer cualquier cosa. En fin, vamos a ver que pasa. De última vuelvo a lo de mis padres, qué sé yo.
- No vas a tener que volver. ¿Pero qué fue lo que pasó hoy de noche? Estuviste callada todo el elmuerzo.
Le conté la historia, y se acostó al lado mío.
- ¿Sabés lo que fue para mí escuchar que mi abuelo fue declarado incapaz? Hasta hace dos meses estaba al frente de la empresa. Con trescientos empleados a su cargo, manejando, haciendo todo solo.
- ¿Y ahora?
- Ahora vive con enfermeras que hacen cada una turnos de ocho horas, para no dejarlo solo nunca. Ya no trabaja, ni siquiera sale a la calle. Apenas se puede levantar de un sillón sin ayuda.
- Y bueno, mi amor, tiene ochenta y siete años. Tenés que alegrarte por como estaba hasta hace un tiempo, lo normal es que la gente de su edad esté como está el ahora. ¿Entendés?
- Sí - dije, a la vez que me caía una lágrima.
- Vos pensá que lo disfrutaste muchísimo tiempo - dijo, mientras me abrazaba.
- Ya sé, pero eso no quita que se esté muriendo.
- No hay nada que puedas hacer más que estar con él.
- Yo sé. ¿Sería mucho pedir dejar nuestra charla para otro día? Te prometo que pronto, pero hoy no. Por favor.
- No te preocupes. ¿Querés que me quede un rato?
- Sí. Quedate.
- Bueno, chiquita, me quedo con vos.
- Yo siempre fui una princesa - dije, mirando el techo.
- ¿Qué? - preguntó sin entender.
- Que yo siempre fui una princesa. A los cinco años conocí Santiago de Chile, a los seis Orlando, a los siete Cancún, a los ocho Las Vegas, a los nueve Miami, a los diez Santo Domingo y así hasta que recorrí Europa a los diecinueve y Nueva York a los veinte. Fui la única de mis amigas que recibió un auto a los dieciocho y un departamento a los veintiuno. Soy una princesa.
- Es verdad.
- Cuando eramos chicos, mi abuelo nos llevaba a Fabián y a mí a la juguetería y nos decía que eligiéramos lo que quisiéramos. Sin ningún tipo de límite. Me podía llevar todas las Barbies que había en el local si quería.
- Sí...
- Y cuando era el cumpleaños de Fabián, mi tío Marcelo me regalaba a mí la mitad de la plata que le regalaba a él. Lo llamaba "premio consuelo", y nos lo daba para que ningún hermano se sintiera mal en el cumpleaños del otro porque no recíbía regalos.
- Me contaste.
- Es como te digo, siempre tuve todo. Pero por supuesto que todo tiene su parte buena y su parte mala. Tener plata, obviamente, no es la excepción.
- Yo sé.
- Durante toda mi vida vi tantas peleas por plata que no terminaría nunca de contártelas. Tuve que ver a mis cuatro tíos peleándose entre sí por una cuenta que les abrió mi abuelo, de la cual se apropiaron injustamente mis tíos Gabriel y Mauricio. Vi como le decían a mi padre que él estaba enfermo y que era mejor que ellos dos se encargaran de los temas económicos. Ví, también, a mi abuelo decir que a sus hijos sólo le interesaba su plata y que le iba a dejar todo a sus nietos. Para qué lo dijo. A los dos días mi tío Gabriel se apareció en mi casa diciendo que mi abuelo estaba senil y que él iba a empezar a manejar unas cuentas de Estados Unidos.
- ¿Y qué pasó?
- Mi abuelo se enteró y dijo que nadie podía tocar sus cosas. Que la plata era suya y que él decidía que hacer. Al final terminó poniendo unos departamentos a nombre mío y de Fabián para que tuviéramos algo cuando él ya no estuviera. Pero ahora que mi abuelo está mal seguro que los venden para quedarse con la plata ellos. Igual eso no es lo que más me preocupa, pero no sé que pueda pasar con mis cuarenta y ocho metros cuadrados.
- Nada, este departamento está a tu nombre. Nadie puede hacer nada.
- No creo que sea tan así. Ellos dos son capaces de hacer cualquier cosa. En fin, vamos a ver que pasa. De última vuelvo a lo de mis padres, qué sé yo.
- No vas a tener que volver. ¿Pero qué fue lo que pasó hoy de noche? Estuviste callada todo el elmuerzo.
Le conté la historia, y se acostó al lado mío.
- ¿Sabés lo que fue para mí escuchar que mi abuelo fue declarado incapaz? Hasta hace dos meses estaba al frente de la empresa. Con trescientos empleados a su cargo, manejando, haciendo todo solo.
- ¿Y ahora?
- Ahora vive con enfermeras que hacen cada una turnos de ocho horas, para no dejarlo solo nunca. Ya no trabaja, ni siquiera sale a la calle. Apenas se puede levantar de un sillón sin ayuda.
- Y bueno, mi amor, tiene ochenta y siete años. Tenés que alegrarte por como estaba hasta hace un tiempo, lo normal es que la gente de su edad esté como está el ahora. ¿Entendés?
- Sí - dije, a la vez que me caía una lágrima.
- Vos pensá que lo disfrutaste muchísimo tiempo - dijo, mientras me abrazaba.
- Ya sé, pero eso no quita que se esté muriendo.
- No hay nada que puedas hacer más que estar con él.
- Yo sé. ¿Sería mucho pedir dejar nuestra charla para otro día? Te prometo que pronto, pero hoy no. Por favor.
- No te preocupes. ¿Querés que me quede un rato?
- Sí. Quedate.
- Bueno, chiquita, me quedo con vos.
domingo, 25 de octubre de 2009
Día 159 - Iom Uledet Sameaj * (I)
Teníamos que estar a la una en lo de mi abuelo, y para llegar desde mi casa hasta la suya es más o menos media hora. Como Martín llegó muy cerca de las doce y media, tuvimos que dejar la charla sobre nosotros para después.
En el trayecto hasta la casa de mi abuelito, mi marido se me trató de acercar y yo estuve distante. En varios momentos me tocó el pelo, en otros la pierna y en algunos hasta se acercó para darme un beso. En más de una ocasión, sucumbí.
Cuando estábamos a punto de llegar, me mandó un mensaje mi hermano diciéndome que lo esperáramos que ya venía. En principio había decidido no ir para no ver a mis padres, pero se ve que a último momento se arrepintió. Supongo que lo que lo hizo cambiar de opinión fue el hecho de priorizar el cumpleaños de mi abuelo ya que su condición no es la mejor.
Diez minutos después del llamado, llegó. Se había quedado a dormir en lo de un amigo que vivía cerca y por suerte no hubo que esperarlo mucho. Nos subimos los tres al ascensor, y yo apreté el cuatro. Cuando tocamos timbre, nos abrió mi padre, quien abrazó fuerte a Fabián y le dijo que se alegraba de verlo bien. Mi hermano le palmeó la espalda y se separó despacio de él. Atrás suyo se encontraba mi madre quien muy falsamente gritó "Fabiancito, mi amor" a la vez que estiró los brazos como si quisiera abrazarlo, lo cual mi hermano ignoró olimpícamente. Sin si quiera mirarla, se dirigió hacia donde estaba mi abuelo. Atrás suyo, Martín y yo fuimos en la misma dirección, abrazados como si fuéramos una pareja de verdad.
- ¡Chiquita! - gritó mi abuelo cuando me vio.
Me acerqué a él y lo abracé muy fuerte.
- ¡Feliz cumple, abuelito!
- Gracias, viejita. ¡Cada día más linda!
- Eso lo decís porque sos mi abuelo.
- No, no es verdad. Siempre sos la chica más linda de todo el lugar. ¿Verdad que es la más linda? - preguntó dirigiéndose a Martín.
- Por supuesto - contestó mi marido. - Muy feliz cumpleaños.
- Gracias, gracias - dijo mi abuelo.
Fui caminando hacia el fondo del living, en donde estaba mi tío Mauricio con su esposa ficticia, Fernanda. Los saludé a ambos y después Martín hizo lo mismo. Para mi sorpresa, al lado de ambos, se encontraba un rabino.
- Buenas tardes, señor - dije, sin saber mucho que hacer.
- Shalom - dijo, y nos miró a Martín y a mí. - Asumo que ustedes dos son la parejita que anda teniendo problemas.
* Feliz cumpleaños en hebreo.
En el trayecto hasta la casa de mi abuelito, mi marido se me trató de acercar y yo estuve distante. En varios momentos me tocó el pelo, en otros la pierna y en algunos hasta se acercó para darme un beso. En más de una ocasión, sucumbí.
Cuando estábamos a punto de llegar, me mandó un mensaje mi hermano diciéndome que lo esperáramos que ya venía. En principio había decidido no ir para no ver a mis padres, pero se ve que a último momento se arrepintió. Supongo que lo que lo hizo cambiar de opinión fue el hecho de priorizar el cumpleaños de mi abuelo ya que su condición no es la mejor.
Diez minutos después del llamado, llegó. Se había quedado a dormir en lo de un amigo que vivía cerca y por suerte no hubo que esperarlo mucho. Nos subimos los tres al ascensor, y yo apreté el cuatro. Cuando tocamos timbre, nos abrió mi padre, quien abrazó fuerte a Fabián y le dijo que se alegraba de verlo bien. Mi hermano le palmeó la espalda y se separó despacio de él. Atrás suyo se encontraba mi madre quien muy falsamente gritó "Fabiancito, mi amor" a la vez que estiró los brazos como si quisiera abrazarlo, lo cual mi hermano ignoró olimpícamente. Sin si quiera mirarla, se dirigió hacia donde estaba mi abuelo. Atrás suyo, Martín y yo fuimos en la misma dirección, abrazados como si fuéramos una pareja de verdad.
- ¡Chiquita! - gritó mi abuelo cuando me vio.
Me acerqué a él y lo abracé muy fuerte.
- ¡Feliz cumple, abuelito!
- Gracias, viejita. ¡Cada día más linda!
- Eso lo decís porque sos mi abuelo.
- No, no es verdad. Siempre sos la chica más linda de todo el lugar. ¿Verdad que es la más linda? - preguntó dirigiéndose a Martín.
- Por supuesto - contestó mi marido. - Muy feliz cumpleaños.
- Gracias, gracias - dijo mi abuelo.
Fui caminando hacia el fondo del living, en donde estaba mi tío Mauricio con su esposa ficticia, Fernanda. Los saludé a ambos y después Martín hizo lo mismo. Para mi sorpresa, al lado de ambos, se encontraba un rabino.
- Buenas tardes, señor - dije, sin saber mucho que hacer.
- Shalom - dijo, y nos miró a Martín y a mí. - Asumo que ustedes dos son la parejita que anda teniendo problemas.
* Feliz cumpleaños en hebreo.
jueves, 22 de octubre de 2009
Día 156 - Flashback: Buscadores de tesoros
Al otro día de que le dejé el cartel a mi madre implicando que la que tenía que adelgazar era ella, en seguida noté que el clima en mi casa se estaba poniendo cada vez más pesado.
Cuando me levanté vi a María cocinando una tarta de jamón y queso. Normalmente, lo que dejaba los sábados cuando se iba eran empanadas, pero me comentó que mi madre le había dicho que las empanadas tenían mucha masa y que hasta el día de mi casamiento estaban prohibidas. Ya arranqué mal el día.
A eso de las ocho de la noche, volví de tomar un café con una amiga y abrí la heladera para servirme un vaso de coca. Para mi sorpresa, la coca de un litro y medio que había visto de mañana había desaparecido sin dejar rastro. Fui hasta el cuarto de Fabián y le pregunté si se la había tomado él y me dijo que no. Que había ido después de almorzar a servirse un vaso y que no la había encontrado. Entre los dos pensamos que era imposible que mis padres se hubieran tomado la botella entera, por lo cual decidimos preguntarle a María que había pasado con la coca. Le mandamos un mensaje de texto preguntándole por el paradero de la famosa botella y nos contestó que ella no se quería meter.
- Gorda cerda, ¿qué quiere decir con que no se quiere meter?
- Que acá mamá hizo algo. Seguro que escondió la coca para que yo no me hinche o alguna pelotudez del estilo.
- ¿Decís que volvió a esconder las cosas como cuando eramos chicos? - preguntó Fabián.
- Para mí que sí.
Fuimos a la cocina y empezamos a buscarla. Abrimos los roperos, revisamos todos los rincones de la heladera y hasta nos fijamos atrás de ella. Nada. Decidimos ir al escritorio de mi madre, que es un cuarto de casa vieja enteramente dedicado a guardar porquerías suyas. Revolvimos absolutamente todo, nos fijamos adentro de cada cajón, en los roperos y atrás de unas cajas. La coca seguía sin aparecer. El siguiente lugar de búsqueda fue el cuarto nuestros padres, en donde tampoco obtuvimos ningún resultado. Ya vencidos, fuimos al living. Encontrar esta coca era más difícil que encontrar oro.
Nos fijamos abajo de una mesa, en los sillones, adentro de un ropero y de la coca ni rastros. En un momento, mi hermano se sentó en la silla de computadora y vio una bolsa de Levi's en el piso. Sorprendentemente, la coca estaba ahí adentro, tapada con dos remeras. En mi vida me hubiera imaginado que una coca que originalmente pertenecía a la heladera se encontraba en el piso del living al lado de la impresora. Para peor, estaba caliente y tuvimos que esperar a que se enfriara para poder tomarla. Mientras, nos sentamos en las sillas del comedor.
- Tengo hambre, gorda - dijo Fabián.
- Hay tarta de jamón y queso.
- ¿Dónde? - preguntó mientras iba hacia la cocina.
- ¿No está arriba de la mesada?
- No.
Me acerqué a donde estaba él y vi que en el lugar en el cual María siempre nos dejaba lo que había preparado estaba vacío.
- Lo único que falta es que tengamos que hacer otra búsqueda del tesoro para encontrar la tarta - dije, previsiblemente molesta.
- Si escondió la coca, escondió la tarta también.
Ya bastante enojados, empezamos a buscarla. Descartamos, en principio, todos los lugares de la casa en donde habíamos estado buscando la coca. Nuestro territorio de búsqueda se redujo, por lo tanto, a la cocina. En la heladera no estaba, tampoco en el microondas ni adentro del horno. Nos fijamos arriba de la heladera, en el cajón de los cubiertos y en los roperos. Nada. Lo único que nos quedaba era el cuarto de María.
- ¿Decís que entremos? - pregunté. - No da.
- Entramos un segundo y si no vemos nada, nos vamos.
Entramos al cuarto, y a primera vista no encontramos nada. No sé por qué, a Fabián se le dio por abrir el primer cajón de la cómoda. Y ahí estaba. El premio. El tesoro. La tarta de jamón y queso.
Cuando me levanté vi a María cocinando una tarta de jamón y queso. Normalmente, lo que dejaba los sábados cuando se iba eran empanadas, pero me comentó que mi madre le había dicho que las empanadas tenían mucha masa y que hasta el día de mi casamiento estaban prohibidas. Ya arranqué mal el día.
A eso de las ocho de la noche, volví de tomar un café con una amiga y abrí la heladera para servirme un vaso de coca. Para mi sorpresa, la coca de un litro y medio que había visto de mañana había desaparecido sin dejar rastro. Fui hasta el cuarto de Fabián y le pregunté si se la había tomado él y me dijo que no. Que había ido después de almorzar a servirse un vaso y que no la había encontrado. Entre los dos pensamos que era imposible que mis padres se hubieran tomado la botella entera, por lo cual decidimos preguntarle a María que había pasado con la coca. Le mandamos un mensaje de texto preguntándole por el paradero de la famosa botella y nos contestó que ella no se quería meter.
- Gorda cerda, ¿qué quiere decir con que no se quiere meter?
- Que acá mamá hizo algo. Seguro que escondió la coca para que yo no me hinche o alguna pelotudez del estilo.
- ¿Decís que volvió a esconder las cosas como cuando eramos chicos? - preguntó Fabián.
- Para mí que sí.
Fuimos a la cocina y empezamos a buscarla. Abrimos los roperos, revisamos todos los rincones de la heladera y hasta nos fijamos atrás de ella. Nada. Decidimos ir al escritorio de mi madre, que es un cuarto de casa vieja enteramente dedicado a guardar porquerías suyas. Revolvimos absolutamente todo, nos fijamos adentro de cada cajón, en los roperos y atrás de unas cajas. La coca seguía sin aparecer. El siguiente lugar de búsqueda fue el cuarto nuestros padres, en donde tampoco obtuvimos ningún resultado. Ya vencidos, fuimos al living. Encontrar esta coca era más difícil que encontrar oro.
Nos fijamos abajo de una mesa, en los sillones, adentro de un ropero y de la coca ni rastros. En un momento, mi hermano se sentó en la silla de computadora y vio una bolsa de Levi's en el piso. Sorprendentemente, la coca estaba ahí adentro, tapada con dos remeras. En mi vida me hubiera imaginado que una coca que originalmente pertenecía a la heladera se encontraba en el piso del living al lado de la impresora. Para peor, estaba caliente y tuvimos que esperar a que se enfriara para poder tomarla. Mientras, nos sentamos en las sillas del comedor.
- Tengo hambre, gorda - dijo Fabián.
- Hay tarta de jamón y queso.
- ¿Dónde? - preguntó mientras iba hacia la cocina.
- ¿No está arriba de la mesada?
- No.
Me acerqué a donde estaba él y vi que en el lugar en el cual María siempre nos dejaba lo que había preparado estaba vacío.
- Lo único que falta es que tengamos que hacer otra búsqueda del tesoro para encontrar la tarta - dije, previsiblemente molesta.
- Si escondió la coca, escondió la tarta también.
Ya bastante enojados, empezamos a buscarla. Descartamos, en principio, todos los lugares de la casa en donde habíamos estado buscando la coca. Nuestro territorio de búsqueda se redujo, por lo tanto, a la cocina. En la heladera no estaba, tampoco en el microondas ni adentro del horno. Nos fijamos arriba de la heladera, en el cajón de los cubiertos y en los roperos. Nada. Lo único que nos quedaba era el cuarto de María.
- ¿Decís que entremos? - pregunté. - No da.
- Entramos un segundo y si no vemos nada, nos vamos.
Entramos al cuarto, y a primera vista no encontramos nada. No sé por qué, a Fabián se le dio por abrir el primer cajón de la cómoda. Y ahí estaba. El premio. El tesoro. La tarta de jamón y queso.
jueves, 15 de octubre de 2009
Día 150 - Desequilibrio
Teresa me explicó una vez que cuando uno está deprimido, hay dos elementos que se desequilibran en seguida. Estos son el apetito y el sueño, y se pueden ir para cualquiera de los dos lados. El exceso o la falta.
Cuando dejé por primera vez con Martín, a los dieciséis, en seguida noté que las ganas de comer que había tenido siempre se habían incrementado. Si antes comía tres milanesas, pasé a comerme cuatro o cinco, y aún así seguía sin llenarme. Terminaba de almorzar y ya estaba abriendo un paquete de galletitas. Cuando quedaban sólo las migas, ya me daban ganas de otra cosa. Me tomaba un café, por ejemplo, y además compraba facturas. Me distraía un rato, mirando la tele o alguna película, y cuando ésta terminaba, las ganas de comer ya habían vuelto a aparecer.
Con el sueño, sin embargo, era al revés. Las ganas de dormir parecían haberse ido sin dejar rastro. Me acostaba a dormir y me quedaba horas con la cabeza pegada a la almohada, sin poder conciliar el sueño. Acostada, me ponía a pensar en que nunca iba a volver a ver a Martín y las lágrimas empezaban a caer una atrás de la otra. Durante meses, lloré hasta quedarme dormida.
Esta vez, no sé por qué, todo se dio vuelta. Desde el sábado de noche que tengo el estómago cerrado. Como sólo porque está Fabián viviendo acá y no quiero que me vea mal. Pero lo hago sólo cuando está él. Al mediodía, que estoy siempre sola, ya no como. Y no es por cuidarme ni nada por el estilo, es simplemente porque no tengo ganas de comer. Tomó café con leche, que es lo único que me pasa. La comida, por primera vez en mi vida, no me resulta atractiva. Al contrario. Es como si mi cerebro hubiera decidido que ya no necesita que me alimente.
Y nuevamente, con el sueño pasa lo opuesto. Estoy cansada todo el día, y eso que la mitad de los días ni siquiera me levanto para ir a la facultad. Me quedo en la cama y me despierto a las once de la mañana. Estoy durmiendo diez u once horas por día y aún así, siento que me falta descanso. Supongo que será porque me despierto unas cuantas veces por noche.
Me duele el cuerpo y siento que lo que me pide es estar en la cama. Y eso es lo que hago, me paso la mayor parte del tiempo tirada en el colchón, mirando la televisión, pero sin mirarla. Me quedo ahí, con la tele prendida, pero con la cabeza en cualquier otro lado. Y al rato de estar tirada ya me viene el sueño, y me meto adentro de las frazadas porque es lo único que tengo ganas de hacer. Y Fabián me pregunta si estoy bien, y le digo que sí, que tengo "sueño atrasado". Que no se preocupe. Y no me cree del todo, pero me deja tranquila. Y yo cierro los ojos y me dejo llevar.
Y en algunos momentos, como ahora, salgo de la cama e intento pensar un poco en lo que me pasa. Después de mucho razonamiento, concluyo que para solucionar esto lo único que me queda es tratar de pensar como una economista. Y emprender la difícil tarea de encontrar el punto en el que no hay excesos ni faltas, el famoso punto de equilibrio.
Cuando dejé por primera vez con Martín, a los dieciséis, en seguida noté que las ganas de comer que había tenido siempre se habían incrementado. Si antes comía tres milanesas, pasé a comerme cuatro o cinco, y aún así seguía sin llenarme. Terminaba de almorzar y ya estaba abriendo un paquete de galletitas. Cuando quedaban sólo las migas, ya me daban ganas de otra cosa. Me tomaba un café, por ejemplo, y además compraba facturas. Me distraía un rato, mirando la tele o alguna película, y cuando ésta terminaba, las ganas de comer ya habían vuelto a aparecer.
Con el sueño, sin embargo, era al revés. Las ganas de dormir parecían haberse ido sin dejar rastro. Me acostaba a dormir y me quedaba horas con la cabeza pegada a la almohada, sin poder conciliar el sueño. Acostada, me ponía a pensar en que nunca iba a volver a ver a Martín y las lágrimas empezaban a caer una atrás de la otra. Durante meses, lloré hasta quedarme dormida.
Esta vez, no sé por qué, todo se dio vuelta. Desde el sábado de noche que tengo el estómago cerrado. Como sólo porque está Fabián viviendo acá y no quiero que me vea mal. Pero lo hago sólo cuando está él. Al mediodía, que estoy siempre sola, ya no como. Y no es por cuidarme ni nada por el estilo, es simplemente porque no tengo ganas de comer. Tomó café con leche, que es lo único que me pasa. La comida, por primera vez en mi vida, no me resulta atractiva. Al contrario. Es como si mi cerebro hubiera decidido que ya no necesita que me alimente.
Y nuevamente, con el sueño pasa lo opuesto. Estoy cansada todo el día, y eso que la mitad de los días ni siquiera me levanto para ir a la facultad. Me quedo en la cama y me despierto a las once de la mañana. Estoy durmiendo diez u once horas por día y aún así, siento que me falta descanso. Supongo que será porque me despierto unas cuantas veces por noche.
Me duele el cuerpo y siento que lo que me pide es estar en la cama. Y eso es lo que hago, me paso la mayor parte del tiempo tirada en el colchón, mirando la televisión, pero sin mirarla. Me quedo ahí, con la tele prendida, pero con la cabeza en cualquier otro lado. Y al rato de estar tirada ya me viene el sueño, y me meto adentro de las frazadas porque es lo único que tengo ganas de hacer. Y Fabián me pregunta si estoy bien, y le digo que sí, que tengo "sueño atrasado". Que no se preocupe. Y no me cree del todo, pero me deja tranquila. Y yo cierro los ojos y me dejo llevar.
Y en algunos momentos, como ahora, salgo de la cama e intento pensar un poco en lo que me pasa. Después de mucho razonamiento, concluyo que para solucionar esto lo único que me queda es tratar de pensar como una economista. Y emprender la difícil tarea de encontrar el punto en el que no hay excesos ni faltas, el famoso punto de equilibrio.
Etiquetas:
Fabián (mi hermano),
Martín (mi "algo"),
Teresa (mi terapeuta)
miércoles, 14 de octubre de 2009
Día 149 - El regreso de los muertos vivos (II)
Me miró desafiante.
- Mirá que la llamo, eh.
- Dale, llamá - dije. Ella empezó a buscar el número de mi madre.
- ¡Borraste el número!
- ¡Obvio que lo borré! ¡Hija de puta! No puedo creer que ibas a llamar.
- Obvio que iba a llamar. Pero bueno, no importa, voy hasta tu casa y le digo todo.
- Dale, andá y decile todo. Sacate las ganas de delatarme. Hacelo de yegua que sos, porque sabés que no ganas nada. De cínica de mierda, sólo por verme mal a mí.
- Mirá que voy.
- No me cabe ninguna duda que sos capaz de ir. ¡Si sos una hija de puta! Sabés que mi hermano está durmiendo en el piso de mi living hace como dos semanas sólo para no volver a mi otra casa y aún así querés ir a decirle a mi madre. ¿Qué ganás con eso? ¡Nada! Sólo joderlo a él y joderme a mí.
-...
- No te quiero ver más. Andate. Y esta vez no vuelvas.
- Sabés qué, me voy. Y ya vas a oír de mi. Bah, de tu mamá.
Y se fue dando un portazo. ¿Quién le abrió abajo? Ni idea. Me quedé muy nerviosa por la situación y vine a la computadora. Traté de distraerme pero no pude. ¿Y si le decía? A las dos horas llamó mi mamá, pero no la atendí, estaba muerta de miedo. Siguió llamando insistentemente pero apagué el celular. Pero como siempre, se salió con la suya y me agarró desprevenida: llamó a casa y, distraida, atendí.
-¿Hola?
-¡Agustina! ¡Al fin!
-¿Qué pasa?
-¿Por qué no me atendías?
-Estaba ocupada.
-Hablé con Valentina.
Me quedé callada. Me morí de miedo. La voz de mi mamá temblaba de furia y yo me sentí otra vez como cuando a los dieciséis encontró un chocolate de medio kilo escondido bajo mi almohada, todo comido y medio derretido.
-¡Agustina, hablá!
-¿Qué querés que te diga?
-Nada. Me contó todo.
-¿Todo qué?
-¡Que fue a visitarte y la echaste de tu casa! Se siente muy mal. Esto es porque estás mal con Martín. Tienen que hacer terapia de pareja.
-Dejame en paz, mamá.
-No, los espero a comer éste domingo al mediodía. Voy a invitar a comer al rabino xxxxx para que los aconseje. Sin excusas - dijo, y cortó.
Lo único que me faltaba. Que esta pelotuda fuera a decirle a mi madre que la había echado de mi casa. Me la imaginaba diciendo con voz de estúpida "Jaqueline, tu hija me echó de su casa. A mí, que soy su amiga del alma". En cualquier caso es mejor que le haya dicho esa pavada a que se le hubiera ocurrido decir toda la verdad. No sé ni por qué no lo dijo, se ve que a último momento le vino un toque de compasión o lo que fuera.
Y después, mi madre. También, una pavada atrás de la otra. Que eché a Valentina de mi casa porque estoy mal con Martín. Bien. Y que ella considera que tenemos que hacer terapia de pareja. Bárbaro. Igual, sin duda lo peor fue lo último. El hecho de que piense que si Martín y yo estamos mal, lo podemos solucionar con los consejos de un rabino. Eso es simplemente genial.
- Mirá que la llamo, eh.
- Dale, llamá - dije. Ella empezó a buscar el número de mi madre.
- ¡Borraste el número!
- ¡Obvio que lo borré! ¡Hija de puta! No puedo creer que ibas a llamar.
- Obvio que iba a llamar. Pero bueno, no importa, voy hasta tu casa y le digo todo.
- Dale, andá y decile todo. Sacate las ganas de delatarme. Hacelo de yegua que sos, porque sabés que no ganas nada. De cínica de mierda, sólo por verme mal a mí.
- Mirá que voy.
- No me cabe ninguna duda que sos capaz de ir. ¡Si sos una hija de puta! Sabés que mi hermano está durmiendo en el piso de mi living hace como dos semanas sólo para no volver a mi otra casa y aún así querés ir a decirle a mi madre. ¿Qué ganás con eso? ¡Nada! Sólo joderlo a él y joderme a mí.
-...
- No te quiero ver más. Andate. Y esta vez no vuelvas.
- Sabés qué, me voy. Y ya vas a oír de mi. Bah, de tu mamá.
Y se fue dando un portazo. ¿Quién le abrió abajo? Ni idea. Me quedé muy nerviosa por la situación y vine a la computadora. Traté de distraerme pero no pude. ¿Y si le decía? A las dos horas llamó mi mamá, pero no la atendí, estaba muerta de miedo. Siguió llamando insistentemente pero apagué el celular. Pero como siempre, se salió con la suya y me agarró desprevenida: llamó a casa y, distraida, atendí.
-¿Hola?
-¡Agustina! ¡Al fin!
-¿Qué pasa?
-¿Por qué no me atendías?
-Estaba ocupada.
-Hablé con Valentina.
Me quedé callada. Me morí de miedo. La voz de mi mamá temblaba de furia y yo me sentí otra vez como cuando a los dieciséis encontró un chocolate de medio kilo escondido bajo mi almohada, todo comido y medio derretido.
-¡Agustina, hablá!
-¿Qué querés que te diga?
-Nada. Me contó todo.
-¿Todo qué?
-¡Que fue a visitarte y la echaste de tu casa! Se siente muy mal. Esto es porque estás mal con Martín. Tienen que hacer terapia de pareja.
-Dejame en paz, mamá.
-No, los espero a comer éste domingo al mediodía. Voy a invitar a comer al rabino xxxxx para que los aconseje. Sin excusas - dijo, y cortó.
Lo único que me faltaba. Que esta pelotuda fuera a decirle a mi madre que la había echado de mi casa. Me la imaginaba diciendo con voz de estúpida "Jaqueline, tu hija me echó de su casa. A mí, que soy su amiga del alma". En cualquier caso es mejor que le haya dicho esa pavada a que se le hubiera ocurrido decir toda la verdad. No sé ni por qué no lo dijo, se ve que a último momento le vino un toque de compasión o lo que fuera.
Y después, mi madre. También, una pavada atrás de la otra. Que eché a Valentina de mi casa porque estoy mal con Martín. Bien. Y que ella considera que tenemos que hacer terapia de pareja. Bárbaro. Igual, sin duda lo peor fue lo último. El hecho de que piense que si Martín y yo estamos mal, lo podemos solucionar con los consejos de un rabino. Eso es simplemente genial.
Etiquetas:
Fabián (mi hermano),
Martín (mi "algo"),
Mi madre,
Valentina (la ocupante)
martes, 13 de octubre de 2009
Día 148 - El regreso de los muertos vivos (I)
Ayer les contaba que a veces me dan ganas de matar a mi hermano porque me aturde con su música horrible. Y hoy, les cuento que tengo ganas de asesinar a otra persona, ya no por lo que entra a sus oídos, sino por lo que sale de su boca.
Mi día ya empezó mal porque no me sonó el despertador, y llegué tarde a la facultad. Al mediodía vine a casa a almorzar y, para mi sorpresa, la Nueva María no vino a limpiar como habíamos acordado. Si cuando estaba yo sola mi departamento era un desastre, ahora ni siquiera tiene punto de comparación. Es exponencialmente peor por la presencia de Fabián. Y yo esperaba que viniera la Nueva María a solucionarme la vida, lo cual no pasó. Y encima, de tarde, cuando volví de trabajar me encontré con algo que, ciertamente, no esperaba. En la puerta de mi edificio, con una mano adentro de un paquete enorme de papas Lay's y limpiándose la boca con el dorso de la otra se encontraba Valentina, con sus noventa y cinco kilos de esplendor.
Mi día ya empezó mal porque no me sonó el despertador, y llegué tarde a la facultad. Al mediodía vine a casa a almorzar y, para mi sorpresa, la Nueva María no vino a limpiar como habíamos acordado. Si cuando estaba yo sola mi departamento era un desastre, ahora ni siquiera tiene punto de comparación. Es exponencialmente peor por la presencia de Fabián. Y yo esperaba que viniera la Nueva María a solucionarme la vida, lo cual no pasó. Y encima, de tarde, cuando volví de trabajar me encontré con algo que, ciertamente, no esperaba. En la puerta de mi edificio, con una mano adentro de un paquete enorme de papas Lay's y limpiándose la boca con el dorso de la otra se encontraba Valentina, con sus noventa y cinco kilos de esplendor.
Tuve ganas de tratarla mal pero me contuve: después de todo soy casi su única "amiga" y si estaba ahí no era para pelear.
-Hola, Valen. ¿Qué hacés acá?
-Vengo a hablar con vos, ¿puedo?
-Dale, subamos.
En el ascensor hablamos de pavadas, medio cortadas las dos. Era raro. La última vez que nos habíamos visto no había tenido un lindo final.
Cuando entró Fabián salía de bañarse. La saludó con la mano y se metió en el baño de nuevo.
-De esto quería hablarte, Agustina.
-¿De qué?
-De tu hermano. Tu mamá esta desesperada. Sos muy egoísta.
-¿Qué?
-Tu mamá me llamó para preguntarme si yo sabía si vos sabías donde estaba. Le dije que no se preocupara, que iba a averiguar. ¡Sos una desubicada nena! ¿Vos entendés lo que siente una madre que no sabe si su hijo está vivo o muerto?
-¡Valentina, sos una exagerada! ¡Mamá sabe que Fabián está bien porque se lo dije yo! ¿A esto viniste?
-A hacerte entrar en razón. ¡No lo podés alojar acá! ¡No es su casa!
-¡Es mi casa y yo decido quién vive acá y quién no!
-Tu mamá te chupa un huevo entonces.
-No es que me chupa un huevo. Es difícil de explicar.
-No es difícil, es facilísimo. Tu mamá está preocupada porque no sabe dónde está Fabián. Vos sabés dónde está y no le decís.
-¡Valentina, sabés como es mi mamá! ¡¡Sos una desubicada!!
-Tu mamá puede haber cometido varios errores pero no es para que le pagues así. La voy a llamar.
Sacó el celular y decidí cambiar de técnica.
-Valentina, por favor. Somos amigas, ¿o no?
-A esta altura no sé.
-¡Pero yo te quiero! Nos conocemos hace mucho, te lo pido por favor. Por nuestra amistad.
Revoleó los ojos y suspiró.
-Bueno, está bien. No la llamo nada.
-Gracias, en serio.
Le sonreí.
-¿Y cómo andás con Martín?
-Cortamos
-Ah, mejor.
-¿Por?
-Porque sólo te quería para...la chanchada.
-Ay, no, no es tan así.
-¡Es obvio que sí! ¡Y si vas a hacer eso por lo menos que sea con amor! ¡Mínimo!
-Para que sepas me cogí uno que conocí en un boliche el sábado.
No sé por qué le dije eso, si el sábado tuve la charla con Martín. Supongo que para hacerla enojar. Bueno, funcionó.
-¡¡Agustina!!
-¿Qué?
-Sos un asco. No me interesa ser amiga tuya. La llamo a tu mamá.
-¡¡NO!!
Le saqué el celular y empezamos a forcejear. Con su peso casi me vence pero yo tengo bastante fuerza y corrí a encerrarme al cuarto. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Quedarme encerrada con el celular? Valentina gritaba desde el otro lado de la puerta, y daba golpes.
-¡¡AGUSTINA DAME EL CELULAR YA MISMO!! ¡¡DAME EL CELULAR O TE DENUNCIO!!
-¡No te lo doy nada! ¡Jurame que no vas a llamar a mamá!
-¡¡DEJAME DE JODER Y DAME EL CELULAR!! ¡DAMELOOOOOOO!
Borré el número de mi mamá, salí del cuarto y empecé a correr.
- ¡Damelo de una vez! - chilló.
- No te lo voy a dar - dije, mientras me subía arriba del sillón.
- ¡Agustina! - gritó mientras saltaba para tratar de sacarme el celular de las manos.
- Decime que te vas a calmar y te lo devuelvo. Entendé que acá vos no tenés nada que ver. Es un tema mío y de mi familia.
- Pero igual, siento que alguien tiene que hacer algo.
- Valentina, por favor. Ocupate de tus asuntos y dejá que yo me arregle.
- ¡Pero qué egoísta que sos! Yo no sé cuando te convertiste en "esto". ¡Hasta te cogiste a un tipo que ni conocías! Cada día me das más asco.
Cuando dijo eso me bajé del sillón.
- No te aguanto más. Hacé lo que quieras. Llama a mi madre, dale. Decile todo. Que Fabián está viviendo acá porque en verdad Martín vive en la casa de sus padres. Que nuestro matrimonio es ficticio y que me casé por el departamento. Yo sé que te morís de ganas. Acá tenés tu oportunidad - dije, y le extendí el celular.
Me miró, enojada y extrañada a la vez, y lo agarró.
Este post va dedicado a Mariana D., a quien voy a extrañar mucho.
- ¡Damelo de una vez! - chilló.
- No te lo voy a dar - dije, mientras me subía arriba del sillón.
- ¡Agustina! - gritó mientras saltaba para tratar de sacarme el celular de las manos.
- Decime que te vas a calmar y te lo devuelvo. Entendé que acá vos no tenés nada que ver. Es un tema mío y de mi familia.
- Pero igual, siento que alguien tiene que hacer algo.
- Valentina, por favor. Ocupate de tus asuntos y dejá que yo me arregle.
- ¡Pero qué egoísta que sos! Yo no sé cuando te convertiste en "esto". ¡Hasta te cogiste a un tipo que ni conocías! Cada día me das más asco.
Cuando dijo eso me bajé del sillón.
- No te aguanto más. Hacé lo que quieras. Llama a mi madre, dale. Decile todo. Que Fabián está viviendo acá porque en verdad Martín vive en la casa de sus padres. Que nuestro matrimonio es ficticio y que me casé por el departamento. Yo sé que te morís de ganas. Acá tenés tu oportunidad - dije, y le extendí el celular.
Me miró, enojada y extrañada a la vez, y lo agarró.
Este post va dedicado a Mariana D., a quien voy a extrañar mucho.
Etiquetas:
Fabián (mi hermano),
Martín (mi "algo"),
Valentina (la ocupante)
lunes, 12 de octubre de 2009
Día 147 - Va a ser tu culpa, Christian
Tener a mi hermano viviendo conmigo, como todas las cosas, tiene su parte buena y su parte mala. Por un lado, me gusta tenerlo cerca porque vivir con él es lo mejor de ambos mundos: el de vivir sola, y el de convivir con alguien. Al estar en mis cuarenta y ocho metros cuadrados y ya no en casa vieja, tengo la libertad para hacer lo que quiera. No tengo que darle explicaciones a nadie, puedo llegar a cualquier hora sin que mi madre me acribille a preguntas y puedo comer en mi cama sin que me diga que estoy llenando todo de migas.
Además, tener a Fabián quedándose acá, hace que siempre tenga alguien con quien hablar. Implica llegar a casa y que no haya un silencio total. Es encontrarme con alguien que me pregunte como me fue en la facultad y en el trabajo. Y el hecho de tener a alguien cerca es lo que evita que una persona que vive sola se sienta, precisamente, sola.
El tema es que, como les decía, tiene su parte buena y su parte mala. Y la mala, en este caso, está dada por una cuestión musical. Los gustos de Fabián se pueden dividir en:
1. "Lo mejorcito"
Dentro de esta sección, encontramos tanto bandas como solistas. Dentro de los grupos, tenemos a Oasis, Coldplay, Aerosmith y alguna canción de los Beatles (influencia mía, por supuesto). En cuanto a los solistas nos podemos encontrar con James Blunt, Robbie Williams, Andrés Calamaro y Fito Páez . Este grupo es el que a mí más me gusta y por lo tanto, no sufro cuando elige darle play a cualquiera de sus integrantes.
2. Reggaeton
No sé ni los nombres que van acá, pero cuando veo que se lleva la notebook al baño para poner esta música fuerte y bailar mientras se ducha, me dan ganas de mandarlo derechito a casa vieja.
3. Hip Hop
Esta categoría dentro de todo no me molesta, porque en su mayoría son canciones de 50 cent, que a mí me gusta. Además, es su elección generalmente para el momento en el cual hace cosas para la facultad. O sea, nunca. Entonces con este grupo puedo vivir.
4. Cumbia
Cada vez que se viste para salir, se le da por poner cumbia a todo volumen. Dentro de su gusto musical, está mano a mano con el reggaeton, si es que efectivamente a estas dos categorías se las puede denominar "música". Desde el momento en el que me dice que va a salir, tiemblo pensando en el instante en el que decida darle la orden a su computadora de que deje salir toda esa sarta de estupideces que supuestamente forma "canciones".
5. El horror
En esta categoría nos podemos encontrar con personajes de la talla de Ricardo Arjona, Luis Miguel, Enrique Iglesias, Ricardo Montaner, Christian Castro, Ricky Martin y Chayanne. Este grupo es el preferido de Fabian indiscutidamente y es el que elige para sus momentos de relax, los cuales componen el 99% de su tiempo. Demás está decir que ninguno de los cantantes aquí mencionados me provoca otra cosa que no sea náuseas y es por eso que cada vez que mi hermano decide distenderse escuchando a alguno de estos tipos, me dan ganas de matarlo. Y creo, firmemente, que si en los próximos diez minutos vuelve a poner "Lloran las rosas" de Christian Castro, lo asesino. Y ahí es cuando ustedes, si ven que mañana no escribo, van a saber por que fue. Y los quinientos y pico de personas que leen este blog por día van a ir a mi juicio por hermanicidio a defenderme porque saben que sin leerme no pueden seguir viviendo. Y ahí, van a mirar al juez a la cara y le van a decir "Su señoría, tiene que dejar ir a la acusada. Su hermano estaba escuchando Christian Castro, ¿entiende? Y nadie, que esté bajo los efectos de la música de ese hombre puede actuar de forma racional. La culpa no es de ella por matar a su hermano, sino de Christian Castro por escribir a esa canción. Él es el verdadero culpable."
Además, tener a Fabián quedándose acá, hace que siempre tenga alguien con quien hablar. Implica llegar a casa y que no haya un silencio total. Es encontrarme con alguien que me pregunte como me fue en la facultad y en el trabajo. Y el hecho de tener a alguien cerca es lo que evita que una persona que vive sola se sienta, precisamente, sola.
El tema es que, como les decía, tiene su parte buena y su parte mala. Y la mala, en este caso, está dada por una cuestión musical. Los gustos de Fabián se pueden dividir en:
1. "Lo mejorcito"
Dentro de esta sección, encontramos tanto bandas como solistas. Dentro de los grupos, tenemos a Oasis, Coldplay, Aerosmith y alguna canción de los Beatles (influencia mía, por supuesto). En cuanto a los solistas nos podemos encontrar con James Blunt, Robbie Williams, Andrés Calamaro y Fito Páez . Este grupo es el que a mí más me gusta y por lo tanto, no sufro cuando elige darle play a cualquiera de sus integrantes.
2. Reggaeton
No sé ni los nombres que van acá, pero cuando veo que se lleva la notebook al baño para poner esta música fuerte y bailar mientras se ducha, me dan ganas de mandarlo derechito a casa vieja.
3. Hip Hop
Esta categoría dentro de todo no me molesta, porque en su mayoría son canciones de 50 cent, que a mí me gusta. Además, es su elección generalmente para el momento en el cual hace cosas para la facultad. O sea, nunca. Entonces con este grupo puedo vivir.
4. Cumbia
Cada vez que se viste para salir, se le da por poner cumbia a todo volumen. Dentro de su gusto musical, está mano a mano con el reggaeton, si es que efectivamente a estas dos categorías se las puede denominar "música". Desde el momento en el que me dice que va a salir, tiemblo pensando en el instante en el que decida darle la orden a su computadora de que deje salir toda esa sarta de estupideces que supuestamente forma "canciones".
5. El horror
En esta categoría nos podemos encontrar con personajes de la talla de Ricardo Arjona, Luis Miguel, Enrique Iglesias, Ricardo Montaner, Christian Castro, Ricky Martin y Chayanne. Este grupo es el preferido de Fabian indiscutidamente y es el que elige para sus momentos de relax, los cuales componen el 99% de su tiempo. Demás está decir que ninguno de los cantantes aquí mencionados me provoca otra cosa que no sea náuseas y es por eso que cada vez que mi hermano decide distenderse escuchando a alguno de estos tipos, me dan ganas de matarlo. Y creo, firmemente, que si en los próximos diez minutos vuelve a poner "Lloran las rosas" de Christian Castro, lo asesino. Y ahí es cuando ustedes, si ven que mañana no escribo, van a saber por que fue. Y los quinientos y pico de personas que leen este blog por día van a ir a mi juicio por hermanicidio a defenderme porque saben que sin leerme no pueden seguir viviendo. Y ahí, van a mirar al juez a la cara y le van a decir "Su señoría, tiene que dejar ir a la acusada. Su hermano estaba escuchando Christian Castro, ¿entiende? Y nadie, que esté bajo los efectos de la música de ese hombre puede actuar de forma racional. La culpa no es de ella por matar a su hermano, sino de Christian Castro por escribir a esa canción. Él es el verdadero culpable."
sábado, 10 de octubre de 2009
Día 145 - Niveles
A nivel exterior:
La casa sola, cortesía de Fabián, que se fue a dormir a lo de un amigo. Puesto, un vestido que me acaba de traer mi tío Mauricio de viaje. Abajo de él, un conjunto de ropa interior dispuesto a ser estrenado. Las piernas depiladas, humectadas y exfoliadas. Las uñas de los pies y las manos recién hechas. En el cuello, el perfume que a mi marido más le gusta.
A nivel interior:
Nervios, ansiedad y angustia ante la incertidumbre de lo que va a pasar. Ganas, muchas, de que salga todo bien, con su posterior festejo adentro de las sábanas. Miedo por pensar en que puede ser el final. Y sin embargo, una voz interior que me dice que pase lo pase, eventualmente voy a estar bien.
La casa sola, cortesía de Fabián, que se fue a dormir a lo de un amigo. Puesto, un vestido que me acaba de traer mi tío Mauricio de viaje. Abajo de él, un conjunto de ropa interior dispuesto a ser estrenado. Las piernas depiladas, humectadas y exfoliadas. Las uñas de los pies y las manos recién hechas. En el cuello, el perfume que a mi marido más le gusta.
A nivel interior:
Nervios, ansiedad y angustia ante la incertidumbre de lo que va a pasar. Ganas, muchas, de que salga todo bien, con su posterior festejo adentro de las sábanas. Miedo por pensar en que puede ser el final. Y sin embargo, una voz interior que me dice que pase lo pase, eventualmente voy a estar bien.
jueves, 8 de octubre de 2009
Día 144 - Monarca a domicilio (II)
- No tengo nada que explicarte - dije, mientras pensaba en una excusa.
- ¿Cómo que no?
- No. Martín prefiere tener su parte de la cama hecha y a mí no me cambia. Nunca la hago.
- Mentira. Si hace una parte ya hace la otra también. Este chico no está durmiendo acá.
- No digas pavadas.
- Siempre arruinando todo, vos. ¿Qué le hiciste, pobrecito?
- Nada, mamá. Está todo bien.
- ¿A dónde lo mandaste? ¿A la casa de sus padres?
- Mamá, no empieces con disparates. Sigue viviendo acá. Él es ordenado y yo no. A él le gusta llegar y ver la cama hecha y a mí no me interesa. Prefiero no hacerla.
- Ay, Agustina, ¿te pensás que soy boba? Este chico no duerme contigo. Cinco meses y ya se pelearon. ¿Qué va a decir la gente?
- ¿Te podés ir? Estoy llegando tarde a lo de Lucía.
- Van a decir que lo espantaste con tu mal carácter. Mis amigas me van a preguntar qué pasó y les voy a tener que decir que vos sos una chica difícil y que tu marido no te aguantó. Me muero de la vergüenza. Se casaron en abril y a principios de octubre ya están separados.
- Dejá de decir disparates. Y además viniste a hablar de Fabián y ya hablamos.
- Todavía no me dijiste donde está.
- Y no te lo voy a decir. ¿Te vas de una vez?
- Ahora entiendo porque se fue Martín. ¿Quién te podría soportar? Yo no entendí cuando dijo que se quería casar con vos tan jovencito. Se ve que recapacitó y se dio cuenta de que con vos no se puede convivir.
- ¡Andate!
- Ay, bueno, bueno. Nunca te gustó escuchar tus defectos. Ese fue tu error. Si me hubieras escuchado y hubieras cambiado algunas cosas ahora tu marido seguiría acá.
- ¡Te vas!
Revoleó los ojos como diciendo "no tenés remedio" y enfiló hacia la puerta. En ese instante, sonó el portero.
- ¿Quién es? - me preguntó.
- No sé. Se habrán equivocado.
Levanté el tubo y era el chico de delivery. No sabía que hacer. ¿Me estaba yendo a lo de Lucía y había pedido comida? No tenía mucho sentido.
- ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? - pregunté. Del otro lado el chico me hablaba y yo pretendía no escucharlo.
- Esta mierda anda mal - dije. - Ahora cuando baje me fijo quien es.
Tuve que bajar con ella en el ascensor, para tratar de que se fuera de una vez y yo pudiera agarrar mi comida y volver a subir. Cuando nos acercamos a la puerta, se dirigió al chico y le preguntó a qué piso iba. Él contestó "quinto A".
- Andate, mamá, que yo le explico al chico que se equivocó.
- ¿Me equivoqué? - preguntó él.
- Eh...mamá, andate de una vez - dije. Mi madre me miró con cara de culo, y se fue.
- En verdad no te equivocaste, era para mí. Es...complicado. Tengo que esperar a que se vaya para agarrar el paquete y subir a mi casa. ¿Te jode bancarme un minuto?
- No, para nada. ¿No le gusta que pidas comida?
- No, es una estúpida. Lo único que me faltaba era una lección sobre como me va a crecer el culo.
- Jajajaja. Ahí se fue.
- Ay, gracias por esperar. Tomá, quedate con el cambio.
- Gracias - me dijo. - Y decile de mi parte que tener la cola grande no es malo.
- Jajaja, le digo. Chau.
- Chau.
Cuando abrí la puerta del departamento, Fabián estaba buscando algo.
- ¿Mi bolsa de dormir? - preguntó.
- No te rías, pero está en la heladera. No sabía donde meterla.
- Jajajaja. ¿Y cómo se supone que duerma en eso?
- Lo sacamos ahora, comemos, y después le pasamos un poco de secador por arriba. Hasta te va a quedar calentita.
- Sos buena resolviendo cosas, gorda. Yo escuchaba todo desde el placard y no podía creer. Cuando te dijo lo de Martín no sé como hiciste para zafar, yo me hubiera quedado callado.
- Igual para mí que sospechaba o algo. Salió del baño y en seguida se percató de eso.
- Bueno, siempre fue detallista. Sobre todo cuando se trata de hacerte sentir mal a vos. Seguro que estaba buscando la oportunidad de decirte algo, y ahí la encontró - dijo Fabián.
- Sí, puede ser. En fin, que se vaya a la mierda.
- Sí, tal cual. Me muero de hambre.
- Yo también. Pero primero sacamos la bolsa para que se vaya "calentando".
- Dale.
Fue hasta la heladera, y la abrió.
- Esta es la imagen más ridícula que ví en mi vida - dijo, y se empezó a reír.
- La iba a meter adentro del horno, pero no entró.
- Jajajaja, no sé que era peor. ¡No sé ni como se te ocurren estas cosas!
- Yo tampoco, chiquito. ¡Pero bien que a la bolsa no la vio!
- ¿Cómo que no?
- No. Martín prefiere tener su parte de la cama hecha y a mí no me cambia. Nunca la hago.
- Mentira. Si hace una parte ya hace la otra también. Este chico no está durmiendo acá.
- No digas pavadas.
- Siempre arruinando todo, vos. ¿Qué le hiciste, pobrecito?
- Nada, mamá. Está todo bien.
- ¿A dónde lo mandaste? ¿A la casa de sus padres?
- Mamá, no empieces con disparates. Sigue viviendo acá. Él es ordenado y yo no. A él le gusta llegar y ver la cama hecha y a mí no me interesa. Prefiero no hacerla.
- Ay, Agustina, ¿te pensás que soy boba? Este chico no duerme contigo. Cinco meses y ya se pelearon. ¿Qué va a decir la gente?
- ¿Te podés ir? Estoy llegando tarde a lo de Lucía.
- Van a decir que lo espantaste con tu mal carácter. Mis amigas me van a preguntar qué pasó y les voy a tener que decir que vos sos una chica difícil y que tu marido no te aguantó. Me muero de la vergüenza. Se casaron en abril y a principios de octubre ya están separados.
- Dejá de decir disparates. Y además viniste a hablar de Fabián y ya hablamos.
- Todavía no me dijiste donde está.
- Y no te lo voy a decir. ¿Te vas de una vez?
- Ahora entiendo porque se fue Martín. ¿Quién te podría soportar? Yo no entendí cuando dijo que se quería casar con vos tan jovencito. Se ve que recapacitó y se dio cuenta de que con vos no se puede convivir.
- ¡Andate!
- Ay, bueno, bueno. Nunca te gustó escuchar tus defectos. Ese fue tu error. Si me hubieras escuchado y hubieras cambiado algunas cosas ahora tu marido seguiría acá.
- ¡Te vas!
Revoleó los ojos como diciendo "no tenés remedio" y enfiló hacia la puerta. En ese instante, sonó el portero.
- ¿Quién es? - me preguntó.
- No sé. Se habrán equivocado.
Levanté el tubo y era el chico de delivery. No sabía que hacer. ¿Me estaba yendo a lo de Lucía y había pedido comida? No tenía mucho sentido.
- ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? - pregunté. Del otro lado el chico me hablaba y yo pretendía no escucharlo.
- Esta mierda anda mal - dije. - Ahora cuando baje me fijo quien es.
Tuve que bajar con ella en el ascensor, para tratar de que se fuera de una vez y yo pudiera agarrar mi comida y volver a subir. Cuando nos acercamos a la puerta, se dirigió al chico y le preguntó a qué piso iba. Él contestó "quinto A".
- Andate, mamá, que yo le explico al chico que se equivocó.
- ¿Me equivoqué? - preguntó él.
- Eh...mamá, andate de una vez - dije. Mi madre me miró con cara de culo, y se fue.
- En verdad no te equivocaste, era para mí. Es...complicado. Tengo que esperar a que se vaya para agarrar el paquete y subir a mi casa. ¿Te jode bancarme un minuto?
- No, para nada. ¿No le gusta que pidas comida?
- No, es una estúpida. Lo único que me faltaba era una lección sobre como me va a crecer el culo.
- Jajajaja. Ahí se fue.
- Ay, gracias por esperar. Tomá, quedate con el cambio.
- Gracias - me dijo. - Y decile de mi parte que tener la cola grande no es malo.
- Jajaja, le digo. Chau.
- Chau.
Cuando abrí la puerta del departamento, Fabián estaba buscando algo.
- ¿Mi bolsa de dormir? - preguntó.
- No te rías, pero está en la heladera. No sabía donde meterla.
- Jajajaja. ¿Y cómo se supone que duerma en eso?
- Lo sacamos ahora, comemos, y después le pasamos un poco de secador por arriba. Hasta te va a quedar calentita.
- Sos buena resolviendo cosas, gorda. Yo escuchaba todo desde el placard y no podía creer. Cuando te dijo lo de Martín no sé como hiciste para zafar, yo me hubiera quedado callado.
- Igual para mí que sospechaba o algo. Salió del baño y en seguida se percató de eso.
- Bueno, siempre fue detallista. Sobre todo cuando se trata de hacerte sentir mal a vos. Seguro que estaba buscando la oportunidad de decirte algo, y ahí la encontró - dijo Fabián.
- Sí, puede ser. En fin, que se vaya a la mierda.
- Sí, tal cual. Me muero de hambre.
- Yo también. Pero primero sacamos la bolsa para que se vaya "calentando".
- Dale.
Fue hasta la heladera, y la abrió.
- Esta es la imagen más ridícula que ví en mi vida - dijo, y se empezó a reír.
- La iba a meter adentro del horno, pero no entró.
- Jajajaja, no sé que era peor. ¡No sé ni como se te ocurren estas cosas!
- Yo tampoco, chiquito. ¡Pero bien que a la bolsa no la vio!
miércoles, 7 de octubre de 2009
Día 143 - Monarca a domicilio (I)
Ayer de noche, después de revisar la alacena y sólo encontrar un paquete de arroz, decidimos con Fabián pedir delivery. Optamos por milanesas con papas fritas. Las encargamos a eso de las ocho, y cerca de ocho y media sonó el portero.
- ¿Hola?
- Agustina, es mamá.
Mi reacción instinitiva fue cortar. A los dos segundos sonó de nuevo. Levanté el tubo sin emitir palabra, con la esperanza de que pensara que el portero estaba roto y yo no la escuchaba.
- Agustina, ¿me abrís de una vez?
- ...
- Ay, dejá. Justo entra alguien. ¡Subo!
- Fabián, la re puta madre, es mamá. Voy a tratar de que no entre, pero por las dudas escondete.
- ¡¿Qué?!
- Sí, escondete ya adentro del placard y si no entrás, adentro de la ducha. ¡Corré!
Fabián salió corriendo hacia mi cuarto y yo cerré la puerta que separa mi cuarto y mi baño del comedor para que pudiera esconderse tranquilo. Por las dudas de que entrara agarré la bolsa de dormir de Fabián para guardarla en algún lado. Un segundo después, sonó el timbre. En la desesperación, busqué un escondite cercano. Abrí el horno, pero no entraba, y la terminé metiendo en la heladera. Miré por el agujerito de la puerta y ya vi su tan conocida cara de orto. Pensé en hacer como que estaba dormida o en la ducha para no abrirle, pero ya había escuchado cuando la atendí, entonces no era creíble. La mejor opción, entonces, me pareció que era decirle que me estaba yendo y tratar de que no entrara bajo ninguna circunstancia. Grité "ahí voy", busqué mi bolso y me lo colgué. Fui hasta la puerta y abrí.
- Hola - dijo, y se trató de meter.
- No pases porque me estoy yendo.
- ¿A dónde? - preguntó.
- A lo de una compañera de facultad a buscar unas cosas.
- ¿Y Martín?
- Me avisó que viene tarde, así que aprovecho para ir a buscar los apuntes.
- No, esperá cinco minutos que tenemos que hablar.
- No espero nada, le dije que ocho y media estaba ahí y ya son.
- Dos minutos, Agustina.
- Bueno. ¿Qué querés? - pregunté, todavía sin dejarla pasar.
- Quiero hablar sobre Fabián. Dejame entrar, por favor.
- ¡Pero si ya me voy!
- Un minuto.
Para no levantar sospechas de por qué no la hacía pasar, abrí despacio la puerta y le hice señas para que se sentara en la mesa del comedor.
- Tenés un minuto - dije, muy seriamente.
- Bueno. Tu hermano obviamente está en un ataque de rebeldía. Quiso pararse de la mesa haciendo una escena para copiarte a vos, pero se le fue todo de las manos. Debe querer volver a casa y no lo hace por un tema de orgullo.
- No quiere volver.
- ¿Cómo no va a querer volver?
- No quiere. En cualquier lugar va a estar mejor que viviendo contigo.
- Ay, Agustina, no digas pavadas. Tiene todo en casa. Es al revés, en ningún lugar va a estar mejor que conmigo. Yo estoy segura de que está testeando a ver que hacemos tu padre y yo.
- No está testeando nada. Se fue y punto.
- ¿Se fue? ¿O sea que según vos no piensa volver?
- No, qué sé yo. No sé que piensa hacer, pero obviamente no es para ver como reaccionan ustedes. Se quería ir y punto.
- Ay, pero que locura.
- ¿Qué locura? ¡Si es lo que siempre buscaste!
- ¿Qué decís? - preguntó haciéndose la extrañada.
- Ay, mamá, somos grandes. Toda la vida quisiste que Fabián y yo nos fuéramos de ahí.
- ¡Si siempre les dimos todo!
- A nivel económico, capaz. O ni siquiera. Usabas la plata como medio para lograr que hiciéramos cosas.
- Agustinita, no nos pongamos melodramáticas. Tu hermano y vos tuvieron siempre todo. Decime donde está Fabián así terminamos con esta charla.
- En lo de un amigo.
- ¿Cuál? Ya llamé a lo de Nicolás y a lo de Guillermo y no está.
- Bueno, dejalo tranquilo. Y disfrutá de lo que siempre quisiste. Una casa que esté siempre ordenada, donde nadie escuche música ni invite amigos.
- ¿Qué pavadas decís?
- Que para vos esto es el paraíso. Siempre te quejabas de que había que hacer compras para cuatro personas, que todos los días había que pensar que hacer para cenar y que Fabián y yo molestábamos mucho. Ahora nos fuimos los dos.
- Pero...
- Pero nada. Admití algo por primer vez en tu vida. Te vino bárbaro esto.
- Tengo que ir al baño - dijo, para evitar contestar.
Tragué saliva. Si Fabián estaba en la ducha era probable que lo viera.
- No, vas en tu casa. Lucía me está esperando.
- No, dejame entrar. Es un segundo - dijo mientras se paraba.
- Mamá, no - dije, agarrándole el brazo. - ¿No entendés que me tengo que ir?
- ¡Es un segundo! - gritó, y salió corriendo hacia el baño.
Tan rápido como pude corrí atrás de ella. Abrí el placard, vi a Fabián ahí, y respiré. Saqué la caja con las fotos del casamiento, agarré dos y me tiré en la cama. Puse una en cada mesa de luz. Me paré rápido y volví hacia el comedor. Un minuto después, tiró la cadena, se lavó las manos y salió del baño. Yo la miraba desde el comedor, y veía que tenía la vista clavada en algo que parecía no entender.
- Agustina - dijo. - ¿Me podés explicar por qué la cama está hecha del lado de Martín?
- ¿Hola?
- Agustina, es mamá.
Mi reacción instinitiva fue cortar. A los dos segundos sonó de nuevo. Levanté el tubo sin emitir palabra, con la esperanza de que pensara que el portero estaba roto y yo no la escuchaba.
- Agustina, ¿me abrís de una vez?
- ...
- Ay, dejá. Justo entra alguien. ¡Subo!
- Fabián, la re puta madre, es mamá. Voy a tratar de que no entre, pero por las dudas escondete.
- ¡¿Qué?!
- Sí, escondete ya adentro del placard y si no entrás, adentro de la ducha. ¡Corré!
Fabián salió corriendo hacia mi cuarto y yo cerré la puerta que separa mi cuarto y mi baño del comedor para que pudiera esconderse tranquilo. Por las dudas de que entrara agarré la bolsa de dormir de Fabián para guardarla en algún lado. Un segundo después, sonó el timbre. En la desesperación, busqué un escondite cercano. Abrí el horno, pero no entraba, y la terminé metiendo en la heladera. Miré por el agujerito de la puerta y ya vi su tan conocida cara de orto. Pensé en hacer como que estaba dormida o en la ducha para no abrirle, pero ya había escuchado cuando la atendí, entonces no era creíble. La mejor opción, entonces, me pareció que era decirle que me estaba yendo y tratar de que no entrara bajo ninguna circunstancia. Grité "ahí voy", busqué mi bolso y me lo colgué. Fui hasta la puerta y abrí.
- Hola - dijo, y se trató de meter.
- No pases porque me estoy yendo.
- ¿A dónde? - preguntó.
- A lo de una compañera de facultad a buscar unas cosas.
- ¿Y Martín?
- Me avisó que viene tarde, así que aprovecho para ir a buscar los apuntes.
- No, esperá cinco minutos que tenemos que hablar.
- No espero nada, le dije que ocho y media estaba ahí y ya son.
- Dos minutos, Agustina.
- Bueno. ¿Qué querés? - pregunté, todavía sin dejarla pasar.
- Quiero hablar sobre Fabián. Dejame entrar, por favor.
- ¡Pero si ya me voy!
- Un minuto.
Para no levantar sospechas de por qué no la hacía pasar, abrí despacio la puerta y le hice señas para que se sentara en la mesa del comedor.
- Tenés un minuto - dije, muy seriamente.
- Bueno. Tu hermano obviamente está en un ataque de rebeldía. Quiso pararse de la mesa haciendo una escena para copiarte a vos, pero se le fue todo de las manos. Debe querer volver a casa y no lo hace por un tema de orgullo.
- No quiere volver.
- ¿Cómo no va a querer volver?
- No quiere. En cualquier lugar va a estar mejor que viviendo contigo.
- Ay, Agustina, no digas pavadas. Tiene todo en casa. Es al revés, en ningún lugar va a estar mejor que conmigo. Yo estoy segura de que está testeando a ver que hacemos tu padre y yo.
- No está testeando nada. Se fue y punto.
- ¿Se fue? ¿O sea que según vos no piensa volver?
- No, qué sé yo. No sé que piensa hacer, pero obviamente no es para ver como reaccionan ustedes. Se quería ir y punto.
- Ay, pero que locura.
- ¿Qué locura? ¡Si es lo que siempre buscaste!
- ¿Qué decís? - preguntó haciéndose la extrañada.
- Ay, mamá, somos grandes. Toda la vida quisiste que Fabián y yo nos fuéramos de ahí.
- ¡Si siempre les dimos todo!
- A nivel económico, capaz. O ni siquiera. Usabas la plata como medio para lograr que hiciéramos cosas.
- Agustinita, no nos pongamos melodramáticas. Tu hermano y vos tuvieron siempre todo. Decime donde está Fabián así terminamos con esta charla.
- En lo de un amigo.
- ¿Cuál? Ya llamé a lo de Nicolás y a lo de Guillermo y no está.
- Bueno, dejalo tranquilo. Y disfrutá de lo que siempre quisiste. Una casa que esté siempre ordenada, donde nadie escuche música ni invite amigos.
- ¿Qué pavadas decís?
- Que para vos esto es el paraíso. Siempre te quejabas de que había que hacer compras para cuatro personas, que todos los días había que pensar que hacer para cenar y que Fabián y yo molestábamos mucho. Ahora nos fuimos los dos.
- Pero...
- Pero nada. Admití algo por primer vez en tu vida. Te vino bárbaro esto.
- Tengo que ir al baño - dijo, para evitar contestar.
Tragué saliva. Si Fabián estaba en la ducha era probable que lo viera.
- No, vas en tu casa. Lucía me está esperando.
- No, dejame entrar. Es un segundo - dijo mientras se paraba.
- Mamá, no - dije, agarrándole el brazo. - ¿No entendés que me tengo que ir?
- ¡Es un segundo! - gritó, y salió corriendo hacia el baño.
Tan rápido como pude corrí atrás de ella. Abrí el placard, vi a Fabián ahí, y respiré. Saqué la caja con las fotos del casamiento, agarré dos y me tiré en la cama. Puse una en cada mesa de luz. Me paré rápido y volví hacia el comedor. Un minuto después, tiró la cadena, se lavó las manos y salió del baño. Yo la miraba desde el comedor, y veía que tenía la vista clavada en algo que parecía no entender.
- Agustina - dijo. - ¿Me podés explicar por qué la cama está hecha del lado de Martín?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
