Al otro día de que le dejé el cartel a mi madre implicando que la que tenía que adelgazar era ella, en seguida noté que el clima en mi casa se estaba poniendo cada vez más pesado.
Cuando me levanté vi a María cocinando una tarta de jamón y queso. Normalmente, lo que dejaba los sábados cuando se iba eran empanadas, pero me comentó que mi madre le había dicho que las empanadas tenían mucha masa y que hasta el día de mi casamiento estaban prohibidas. Ya arranqué mal el día.
A eso de las ocho de la noche, volví de tomar un café con una amiga y abrí la heladera para servirme un vaso de coca. Para mi sorpresa, la coca de un litro y medio que había visto de mañana había desaparecido sin dejar rastro. Fui hasta el cuarto de Fabián y le pregunté si se la había tomado él y me dijo que no. Que había ido después de almorzar a servirse un vaso y que no la había encontrado. Entre los dos pensamos que era imposible que mis padres se hubieran tomado la botella entera, por lo cual decidimos preguntarle a María que había pasado con la coca. Le mandamos un mensaje de texto preguntándole por el paradero de la famosa botella y nos contestó que ella no se quería meter.
- Gorda cerda, ¿qué quiere decir con que no se quiere meter?
- Que acá mamá hizo algo. Seguro que escondió la coca para que yo no me hinche o alguna pelotudez del estilo.
- ¿Decís que volvió a esconder las cosas como cuando eramos chicos? - preguntó Fabián.
- Para mí que sí.
Fuimos a la cocina y empezamos a buscarla. Abrimos los roperos, revisamos todos los rincones de la heladera y hasta nos fijamos atrás de ella. Nada. Decidimos ir al escritorio de mi madre, que es un cuarto de casa vieja enteramente dedicado a guardar porquerías suyas. Revolvimos absolutamente todo, nos fijamos adentro de cada cajón, en los roperos y atrás de unas cajas. La coca seguía sin aparecer. El siguiente lugar de búsqueda fue el cuarto nuestros padres, en donde tampoco obtuvimos ningún resultado. Ya vencidos, fuimos al living. Encontrar esta coca era más difícil que encontrar oro.
Nos fijamos abajo de una mesa, en los sillones, adentro de un ropero y de la coca ni rastros. En un momento, mi hermano se sentó en la silla de computadora y vio una bolsa de Levi's en el piso. Sorprendentemente, la coca estaba ahí adentro, tapada con dos remeras. En mi vida me hubiera imaginado que una coca que originalmente pertenecía a la heladera se encontraba en el piso del living al lado de la impresora. Para peor, estaba caliente y tuvimos que esperar a que se enfriara para poder tomarla. Mientras, nos sentamos en las sillas del comedor.
- Tengo hambre, gorda - dijo Fabián.
- Hay tarta de jamón y queso.
- ¿Dónde? - preguntó mientras iba hacia la cocina.
- ¿No está arriba de la mesada?
- No.
Me acerqué a donde estaba él y vi que en el lugar en el cual María siempre nos dejaba lo que había preparado estaba vacío.
- Lo único que falta es que tengamos que hacer otra búsqueda del tesoro para encontrar la tarta - dije, previsiblemente molesta.
- Si escondió la coca, escondió la tarta también.
Ya bastante enojados, empezamos a buscarla. Descartamos, en principio, todos los lugares de la casa en donde habíamos estado buscando la coca. Nuestro territorio de búsqueda se redujo, por lo tanto, a la cocina. En la heladera no estaba, tampoco en el microondas ni adentro del horno. Nos fijamos arriba de la heladera, en el cajón de los cubiertos y en los roperos. Nada. Lo único que nos quedaba era el cuarto de María.
- ¿Decís que entremos? - pregunté. - No da.
- Entramos un segundo y si no vemos nada, nos vamos.
Entramos al cuarto, y a primera vista no encontramos nada. No sé por qué, a Fabián se le dio por abrir el primer cajón de la cómoda. Y ahí estaba. El premio. El tesoro. La tarta de jamón y queso.
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jueves, 22 de octubre de 2009
jueves, 1 de octubre de 2009
Día 138 - Flashback: El detonante de la guerra
Después de la cena de presentación de Martín a toda la familia en la cual me levanté y me fui con los padres y hermanas de mi marido, empezó en casa vieja un período bastante particular.
Cuando se habla del período antes de la Primera Guerra Mundial, se habla de "paz armada". Este término se usa porque si bien en teoría había paz porque no había enfrentamientos directos, los bloques estaban a la espera del momento de atacar, por lo cual siempre estaban armados.
En mi casa, a pequeña escala, pasaba algo parecido. Los bloques eramos yo, y mi madre, cada uno con sus respectivos aliados. El mío era Fabián y el de ella, mi padre. En el medio, y cumpliendo un rol neutral, se encontraba María. Durante el tiempo que duró la guerra, que fue desde el día de la cena hasta el de mi casamiento con Martín, no hubo ningún altercado. Todo se desarrollaba en silencio. Una guerra silenciosa.
Mi madre y yo no nos hablábamos, salvo por algún detalle en particular del casamiento que realmente requiriera de que nos dirigiéramos la palabra. Sino, nos cruzábamos en los pasillos sin mirarnos, como si fueramos dos inquilinas que no se conocen pero que alquilan cuarto en la misma pensión.
Durante los primeros días no hubo ningún contacto entre nosotras. Yo trataba de estar el menor tiempo posible en mi casa, por lo que me iba a estudiar a Mc.Donald's y volvía justo para la hora de la cena. Después de comer, me encerraba en mi cuarto y ella en el suyo. Hasta ahí, la idea que tenía yo era de seguir así y contar los días para irme a mi departamento como los presos cuentan los días para salir de la cárcel. Sin embargo, mi madre cruzó el límite. Jugó sucio y trató de llevar a María para su bando.
Un día, cuando salí de bañarme, me acerqué despacio hasta la cocina para preguntarle algo a María. Creo que era para saber que había para comer, ni me acuerdo. En fin, el tema fue que a medida que me acercaba a la cocina, escuchaba la voz de mi madre que le hablaba a ella.
- María, escuchame una cosa. ¿Viste que para el casamiento de Agustina falta sólo un mes?
- Sí, señora.
- Bueno. ¿Y viste que ella está gordita?
- No, señora, no le quiero llevar la contra pero está igual que siempre.
- Te digo que está gorda, María. Y tiene que hacer dieta para que el vestido le quede bien.
- Ah.
- Sí. Ella no te dijo nada, ¿no?
- No.
- Bueno, entonces yo te lo digo. Va a haber que empezar a cambiar algunos hábitos por acá. Pero esto lo dejamos entre nosotras, sí?
- Ay, señora Jaqueline, no me meta en el medio.
- Nadie te metió en el medio. Vos sólo tenés que hacer lo que yo te diga. Simplemente vamos a prestarle más atención a lo que come, como para llevar una cuenta y ver que cosas se pueden cambiar para que adelgace.
- Pero señora, yo no quiero tener líos con ella.
- Nadie va a tener líos con nadie. Vos sólo tenés que controlar lo que come. Mañana de noche mi esposo y yo vamos a salir a comer con unos amigos, así que no voy a estar acá para controlarlo yo. Te dejo a cargo.
Mientras escuchaba eso pensaba que, por alguna extraña razón, no estaba sorprendida. Mi madre era totalmente capaz de hacer algo así, y además yo sabía que la situación de paz no iba a durar mucho tiempo. Sin embargo, que usara a María me parecía que era jugar sucio. No sólo porque la estaba metiendo en el medio, sino porque la quería tener a su servicio bajo la excusa de que ella era la patrona.
Al día siguiente, yo estaba en mi cuarto con Fabián, cuando María tocó la puerta. Mi madre no estaba. María nos dijo que no volvía hasta la noche y que había encargado hacer milanesas con ensalada para la noche.
- ¿No pueden ser con puré? - preguntó mi hermano.
- No, tu madre dijo que tenían que ser sí o sí con ensalada.
- Bueno, pero mi madre no va a estar - dijo Fabián.
- Ay, chicos, no me pongan entre la espada y la pared.
Yo no quise decir nada porque no quería seguir metiendo a María en el medio, pero tampoco me parecía justo tener que bancarme todos los mandatos de mi madre.
- María, sólo por hoy comemos milanesas con puré. Nadie dice nada después. Si ella te pregunta, comimos milanesas con ensalada. Punto.
- No, pero se va a dar cuenta. Sabe cuantas papas hay.
- ¿Y si hacés del otro puré? - preguntó Fabián.
- Es lo mismo. Estuvo haciendo una lista con las cosas que hay en la alacena. Y sabe que quedan dos paquetes de puré instantáneo.
- Bueno, compramos un paquete nosotros - dije.
- Y algo rico para comer de postre - agregó Fabián.
- ¿Compran algo para el postre o quieren que les haga algo? - preguntó María.
- Ay, ¿nos hacés? - prgunté ilusionada.
- Bueno, pero tienen que traer los ingredientes ustedes. Y comerse todo después. Que no sobre nada. ¿Qué quieren?
- ¡Panqueques con dulce de leche! - chillé.
- Uh, genial - dijo mi hermano.
- Bueno, ahora les anoto lo que tienen que traer. Pero esto nunca sale de acá, chicos. Nunca.
- Te lo prometemos - dije.
- Sí, lo prometemos - agregó Fabián.
- Bueno, voy a hacer la lista de los ingredientes y se las traigo.
Ese día comimos bien, muy bien. No sólo porque la comida estaba riquísima sino porque podíamos estar tranquilos. Sin que nos controlaran las porciones y sin tener que atragantarnos con la comida para irnos lo más rápido posible de la mesa porque comer los cuatro en absoluto silencio se había vuelto insoportable.
Al otro día, vi que mi madre enfilaba desde el living hacia la cocina. Presumí que era para averiguar detalles sobre la cena del día anterior, por lo que me acerqué en puntas de pie, hasta la puerta que da al comedor para escuchar.
- ¿Cómo estuvo la cena de ayer? - preguntó mi madre.
- Bien, bien - contestó María. Y yo me imaginaba su expresión, haciéndose la distraída para evitar que siguieran las preguntas.
- ¿Qué comieron los chicos?
- Milanesas con ensalada como usted me dijo, señora.
- Ah, muy bien. ¿Y cuántas se comió cada uno?
- ...
- María, decime el número nada más.
- Es que no me fijé muy bien.
- María...
- Bueno, se comieron tres cada uno.
- ¡¿Tres?! ¿Dejaste que Agustina se comiera tres milanesas? ¡Sólo puede comer el tamaño de su mano en carne! ¿Cómo se te ocurrió hacer tanto? ¿No escuchaste lo que te dije ayer?
- Sí, pero siempre comen eso. ¡Me iban a matar si hacía menos!
- Eso no te tiene que preocupar a vos. Las instrucciones que tenés que seguir son las mías. Si yo te digo que tienen que comer poco, hacés poca comida. No hay más vueltas.
- Bueno, señora.
- ¿Y de postre? ¿Comieron ensalada de fruta? - preguntó mientras abría la heladera.
- Sí, comieron ensalada los dos - mintió María.
- Ah, porque la fuente está casi igual que ayer. Les tendrías que haber dado más fruta, a ver si con eso compensan un poco todo lo que comen.
- Bueno, señora.
- ¿Algo más que me quieras decir, María?
- No, no. Nada más - dijo. Sonreí desde la puerta y me fui despacio hasta mi cuarto.
Al rato escuché que mi madre se iba dando un portazo y agradecí por tener un rato de tranquilidad. Me comí un paquete de galletitas que tenía escondido en la mochila y me tomé un café con leche. Sin embargo, la tranquilidad en una casa compartida con mi madre no dura. No puede durar. No hay forma de que dure.
Cuando abrí la puerta de mi cuarto para ir a bañarme vi algo que me enfureció. Tuve ganas de agarrar el paquete y tirárselo a mi madre por la cabeza. Lo que había traído, con mucho amor, por supuesto, era una balanza. Mi madre no me hablaba y yo tampoco a ella, pero el mensaje era tan claro que las palabras eran innecesarias.
En un ataque de histeria, entré a mi cuarto y agarré un pedazo de papel. Escribí algo, lo pegué arriba de la balanza con cinta adhesiva y se lo dejé afuera del suyo. Después volví al mío, como si nada. El papelito decía "Creo que te equivocaste de cuarto, porque acá la que necesita controlar su peso sos vos. No me enojo igual, cualquiera se puede equivocar".
A partir de ese momento, todo se puso peor. Yo no pensé que era posible vivir en peores condiciones que las que habían dominado el clima de mi casa esos días, pero a partir de ese momento aprendí que con mi madre, las cosas siempre pueden estar peor.
Cuando se habla del período antes de la Primera Guerra Mundial, se habla de "paz armada". Este término se usa porque si bien en teoría había paz porque no había enfrentamientos directos, los bloques estaban a la espera del momento de atacar, por lo cual siempre estaban armados.
En mi casa, a pequeña escala, pasaba algo parecido. Los bloques eramos yo, y mi madre, cada uno con sus respectivos aliados. El mío era Fabián y el de ella, mi padre. En el medio, y cumpliendo un rol neutral, se encontraba María. Durante el tiempo que duró la guerra, que fue desde el día de la cena hasta el de mi casamiento con Martín, no hubo ningún altercado. Todo se desarrollaba en silencio. Una guerra silenciosa.
Mi madre y yo no nos hablábamos, salvo por algún detalle en particular del casamiento que realmente requiriera de que nos dirigiéramos la palabra. Sino, nos cruzábamos en los pasillos sin mirarnos, como si fueramos dos inquilinas que no se conocen pero que alquilan cuarto en la misma pensión.
Durante los primeros días no hubo ningún contacto entre nosotras. Yo trataba de estar el menor tiempo posible en mi casa, por lo que me iba a estudiar a Mc.Donald's y volvía justo para la hora de la cena. Después de comer, me encerraba en mi cuarto y ella en el suyo. Hasta ahí, la idea que tenía yo era de seguir así y contar los días para irme a mi departamento como los presos cuentan los días para salir de la cárcel. Sin embargo, mi madre cruzó el límite. Jugó sucio y trató de llevar a María para su bando.
Un día, cuando salí de bañarme, me acerqué despacio hasta la cocina para preguntarle algo a María. Creo que era para saber que había para comer, ni me acuerdo. En fin, el tema fue que a medida que me acercaba a la cocina, escuchaba la voz de mi madre que le hablaba a ella.
- María, escuchame una cosa. ¿Viste que para el casamiento de Agustina falta sólo un mes?
- Sí, señora.
- Bueno. ¿Y viste que ella está gordita?
- No, señora, no le quiero llevar la contra pero está igual que siempre.
- Te digo que está gorda, María. Y tiene que hacer dieta para que el vestido le quede bien.
- Ah.
- Sí. Ella no te dijo nada, ¿no?
- No.
- Bueno, entonces yo te lo digo. Va a haber que empezar a cambiar algunos hábitos por acá. Pero esto lo dejamos entre nosotras, sí?
- Ay, señora Jaqueline, no me meta en el medio.
- Nadie te metió en el medio. Vos sólo tenés que hacer lo que yo te diga. Simplemente vamos a prestarle más atención a lo que come, como para llevar una cuenta y ver que cosas se pueden cambiar para que adelgace.
- Pero señora, yo no quiero tener líos con ella.
- Nadie va a tener líos con nadie. Vos sólo tenés que controlar lo que come. Mañana de noche mi esposo y yo vamos a salir a comer con unos amigos, así que no voy a estar acá para controlarlo yo. Te dejo a cargo.
Mientras escuchaba eso pensaba que, por alguna extraña razón, no estaba sorprendida. Mi madre era totalmente capaz de hacer algo así, y además yo sabía que la situación de paz no iba a durar mucho tiempo. Sin embargo, que usara a María me parecía que era jugar sucio. No sólo porque la estaba metiendo en el medio, sino porque la quería tener a su servicio bajo la excusa de que ella era la patrona.
Al día siguiente, yo estaba en mi cuarto con Fabián, cuando María tocó la puerta. Mi madre no estaba. María nos dijo que no volvía hasta la noche y que había encargado hacer milanesas con ensalada para la noche.
- ¿No pueden ser con puré? - preguntó mi hermano.
- No, tu madre dijo que tenían que ser sí o sí con ensalada.
- Bueno, pero mi madre no va a estar - dijo Fabián.
- Ay, chicos, no me pongan entre la espada y la pared.
Yo no quise decir nada porque no quería seguir metiendo a María en el medio, pero tampoco me parecía justo tener que bancarme todos los mandatos de mi madre.
- María, sólo por hoy comemos milanesas con puré. Nadie dice nada después. Si ella te pregunta, comimos milanesas con ensalada. Punto.
- No, pero se va a dar cuenta. Sabe cuantas papas hay.
- ¿Y si hacés del otro puré? - preguntó Fabián.
- Es lo mismo. Estuvo haciendo una lista con las cosas que hay en la alacena. Y sabe que quedan dos paquetes de puré instantáneo.
- Bueno, compramos un paquete nosotros - dije.
- Y algo rico para comer de postre - agregó Fabián.
- ¿Compran algo para el postre o quieren que les haga algo? - preguntó María.
- Ay, ¿nos hacés? - prgunté ilusionada.
- Bueno, pero tienen que traer los ingredientes ustedes. Y comerse todo después. Que no sobre nada. ¿Qué quieren?
- ¡Panqueques con dulce de leche! - chillé.
- Uh, genial - dijo mi hermano.
- Bueno, ahora les anoto lo que tienen que traer. Pero esto nunca sale de acá, chicos. Nunca.
- Te lo prometemos - dije.
- Sí, lo prometemos - agregó Fabián.
- Bueno, voy a hacer la lista de los ingredientes y se las traigo.
Ese día comimos bien, muy bien. No sólo porque la comida estaba riquísima sino porque podíamos estar tranquilos. Sin que nos controlaran las porciones y sin tener que atragantarnos con la comida para irnos lo más rápido posible de la mesa porque comer los cuatro en absoluto silencio se había vuelto insoportable.
Al otro día, vi que mi madre enfilaba desde el living hacia la cocina. Presumí que era para averiguar detalles sobre la cena del día anterior, por lo que me acerqué en puntas de pie, hasta la puerta que da al comedor para escuchar.
- ¿Cómo estuvo la cena de ayer? - preguntó mi madre.
- Bien, bien - contestó María. Y yo me imaginaba su expresión, haciéndose la distraída para evitar que siguieran las preguntas.
- ¿Qué comieron los chicos?
- Milanesas con ensalada como usted me dijo, señora.
- Ah, muy bien. ¿Y cuántas se comió cada uno?
- ...
- María, decime el número nada más.
- Es que no me fijé muy bien.
- María...
- Bueno, se comieron tres cada uno.
- ¡¿Tres?! ¿Dejaste que Agustina se comiera tres milanesas? ¡Sólo puede comer el tamaño de su mano en carne! ¿Cómo se te ocurrió hacer tanto? ¿No escuchaste lo que te dije ayer?
- Sí, pero siempre comen eso. ¡Me iban a matar si hacía menos!
- Eso no te tiene que preocupar a vos. Las instrucciones que tenés que seguir son las mías. Si yo te digo que tienen que comer poco, hacés poca comida. No hay más vueltas.
- Bueno, señora.
- ¿Y de postre? ¿Comieron ensalada de fruta? - preguntó mientras abría la heladera.
- Sí, comieron ensalada los dos - mintió María.
- Ah, porque la fuente está casi igual que ayer. Les tendrías que haber dado más fruta, a ver si con eso compensan un poco todo lo que comen.
- Bueno, señora.
- ¿Algo más que me quieras decir, María?
- No, no. Nada más - dijo. Sonreí desde la puerta y me fui despacio hasta mi cuarto.
Al rato escuché que mi madre se iba dando un portazo y agradecí por tener un rato de tranquilidad. Me comí un paquete de galletitas que tenía escondido en la mochila y me tomé un café con leche. Sin embargo, la tranquilidad en una casa compartida con mi madre no dura. No puede durar. No hay forma de que dure.
Cuando abrí la puerta de mi cuarto para ir a bañarme vi algo que me enfureció. Tuve ganas de agarrar el paquete y tirárselo a mi madre por la cabeza. Lo que había traído, con mucho amor, por supuesto, era una balanza. Mi madre no me hablaba y yo tampoco a ella, pero el mensaje era tan claro que las palabras eran innecesarias.
En un ataque de histeria, entré a mi cuarto y agarré un pedazo de papel. Escribí algo, lo pegué arriba de la balanza con cinta adhesiva y se lo dejé afuera del suyo. Después volví al mío, como si nada. El papelito decía "Creo que te equivocaste de cuarto, porque acá la que necesita controlar su peso sos vos. No me enojo igual, cualquiera se puede equivocar".
A partir de ese momento, todo se puso peor. Yo no pensé que era posible vivir en peores condiciones que las que habían dominado el clima de mi casa esos días, pero a partir de ese momento aprendí que con mi madre, las cosas siempre pueden estar peor.
sábado, 15 de agosto de 2009
Día 97 - A series of unfortunate events
Enero del 2008. Cierta señorita que ustedes conocen espera con sus dos valijas al shuttle que la viene a buscar para ir al aeropuerto JFK en Nueva York para volver a casa. Se suponía que esta combi llegaría a las 13.30, son las 14 y todavía no hay señal de la misma. La chica se preocupa.
Sus padres le mandan un mensaje de texto al celular preguntando como anda todo, y ella contesta que la camioneta todavía no llegó. Sus padres le dicen que llame a quejarse o que tome un taxi con tal de no perder el avión. Llama a quejarse y nadie le contesta. Siendo las 14.15, decide llamar un taxi. Justo cuando va a entrar al hotel a pedir que le llamen uno para no cargar con las dos valijas dos cuadras hasta la calle Broadway, ve que llega el airport shuttle y respira aliviada. Le manda un mensaje de texto a sus padres diciéndoles que la combi llegó justito.
El shuttle es barato porque lleva a mucha gente y la chica lo sabe, pero nunca pensó que iba a dar tantas vueltas. Pasa por un hotel, recoge a una pareja, pasa por otros dos y se suben unos cuantos pasajeros más. La combi sigue su recorrido y para en otro hotel. Una mujer que está adentro dice que tiene que bajar a usar el baño del hotel. "I'm a nervous flyer", dice. La chica se imagina que esto significa que la mujer va a estar mucho rato en el baño y se preocupa. No se equivoca. La nervous flyer demora veinte minutos adentro del baño, luego pide disculpas y sube a la combi de nuevo, la cual ahora se dirige al aeropuerto. Los padres de la chica le preguntan si ya arribó a JFK, y contesta que todavía no, pero que cree que está cerca. En verdad no tiene idea, pero no quiere preocuparlos más.
Llega al aeropuerto nerviosísima y con sólo dos horas para hacer todos los trámites, cuando el tiempo exigido mínimo son tres horas. Despacha su equipaje, pasa por el pre-embarque y espera tranquila disfrutando sus últimos minutos en la ciudad. Compra un sandwich, y mientras lo come recibe un mensaje de texto de sus padres, preocupadísimos y preguntando si todo está bien. Contesta que sí, que embarca en veinte minutos. Pasa por una tienda, compra Chips Ahoy (las Pepitos de allá) y una revista Cosmopolitan. Minutos después sube al avión que la llevará hasta Miami.
Ya cuando piensa que falta poco para aterrizar, nota que el trayecto está demorando más de lo que debería y se preocupa porque tiene el tiempo mínimo requerido entre los dos vuelos. Tiene miedo de perder el vuelo que la llevará a casa y de tener que quedarse en el aeropuerto de Miami hasta que salga el próximo.
Cuando el avión aterriza piden por los parlantes que dejen pasar primero a los que tienen conexiones dentro de poco tiempo. La chica se para, baja su equipaje de mano y trata de que la dejen pasar al grito desesperado de "Excuse me, my flight leaves in an hour. Excuse me. Thank you. Excuse me, my flight leaves really soon. Thank you. I have a tight connection, excuse me please". A pesar de sus esfuerzos la gente no colabora mucho (supuestamente todos tienen conexiones dentro de poco tiempo entonces empiezan a empujar). La chica no se da por vencida y sigue repitiendo las frases anteriores hasta que la dejan bajar.
Cuando sale le preguntan "Destination?", contesta "Buenos Aires", y la azafata le dice "Gate E 25". La chica empieza a correr con todas sus fuerzas cuando la azafata le dice que es bastante lejos de donde están. En los hombros lleva colgado su bolso de Los Beatles, en una mano tiene la bolsa con la revista y las galletitas, y con la otra llega el carrito. Corre lo más rápido que puede, y le parece que no va a llegar nunca. En una de las pantallas ve que su vuelo está embarcando. Corre todavía más rápido, como puede con todo lo que lleva encima.
Recibe un mensaje de sus padres preguntándoles como anda todo. Les contesta que el vuelo demoró pero que está corriendo hasta la puerta de embarque, que les avisa cuando llegue. Los padres le contestan que se apure y que haga todo lo posible por no perder la conexión. La chica se pone todavía más nerviosa y sigue corriendo.
Es la última en llegar, y embarca a último minuto. La que le pide el Boarding pass le dice "You almost missed it", es decir, "casi que no llegás". Desde el avión le manda un mensaje a sus padres contándoles que llegó. A último minuto, pero llegó.
Se despierta, desayuna, y ve que falta sólo una hora para llegar. No quiere volver, pero a la vez extraña un poco a sus amigas y a su papá. A su madre no la quiere ni ver, porque desde Buenos Aires le hizo la vida imposible durante el viaje llamándola a cualquier hora y obligándola a llamar para allá todos los días. También en el medio se enojó cuando la señorita le dijo que no era necesario hablar todos los días, y la madre no le habló por una semana. Cada vez que la chica llamaba, su papá le decía que su madre se estaba bañando.
Llegó a su ciudad, hizo los trámites correspondientes y vio a sus padres esperándola. Su padre le dijo "Te extrañé mi amor". Su madre, en cambio, la recorrió con la mirada y pronunció "Tanto Burger King y Subway te hizo mal. ¿Cuándo llamamos a la nutricionista?".
La chica, en ese momento, pensó que tantos nervios y tantos inconvenientes habían sido completamente innecesarios. Y supo, con absoluta certeza, que haber vuelto a casa había sido un gravísimo error.
Sus padres le mandan un mensaje de texto al celular preguntando como anda todo, y ella contesta que la camioneta todavía no llegó. Sus padres le dicen que llame a quejarse o que tome un taxi con tal de no perder el avión. Llama a quejarse y nadie le contesta. Siendo las 14.15, decide llamar un taxi. Justo cuando va a entrar al hotel a pedir que le llamen uno para no cargar con las dos valijas dos cuadras hasta la calle Broadway, ve que llega el airport shuttle y respira aliviada. Le manda un mensaje de texto a sus padres diciéndoles que la combi llegó justito.
El shuttle es barato porque lleva a mucha gente y la chica lo sabe, pero nunca pensó que iba a dar tantas vueltas. Pasa por un hotel, recoge a una pareja, pasa por otros dos y se suben unos cuantos pasajeros más. La combi sigue su recorrido y para en otro hotel. Una mujer que está adentro dice que tiene que bajar a usar el baño del hotel. "I'm a nervous flyer", dice. La chica se imagina que esto significa que la mujer va a estar mucho rato en el baño y se preocupa. No se equivoca. La nervous flyer demora veinte minutos adentro del baño, luego pide disculpas y sube a la combi de nuevo, la cual ahora se dirige al aeropuerto. Los padres de la chica le preguntan si ya arribó a JFK, y contesta que todavía no, pero que cree que está cerca. En verdad no tiene idea, pero no quiere preocuparlos más.
Llega al aeropuerto nerviosísima y con sólo dos horas para hacer todos los trámites, cuando el tiempo exigido mínimo son tres horas. Despacha su equipaje, pasa por el pre-embarque y espera tranquila disfrutando sus últimos minutos en la ciudad. Compra un sandwich, y mientras lo come recibe un mensaje de texto de sus padres, preocupadísimos y preguntando si todo está bien. Contesta que sí, que embarca en veinte minutos. Pasa por una tienda, compra Chips Ahoy (las Pepitos de allá) y una revista Cosmopolitan. Minutos después sube al avión que la llevará hasta Miami.
Ya cuando piensa que falta poco para aterrizar, nota que el trayecto está demorando más de lo que debería y se preocupa porque tiene el tiempo mínimo requerido entre los dos vuelos. Tiene miedo de perder el vuelo que la llevará a casa y de tener que quedarse en el aeropuerto de Miami hasta que salga el próximo.
Cuando el avión aterriza piden por los parlantes que dejen pasar primero a los que tienen conexiones dentro de poco tiempo. La chica se para, baja su equipaje de mano y trata de que la dejen pasar al grito desesperado de "Excuse me, my flight leaves in an hour. Excuse me. Thank you. Excuse me, my flight leaves really soon. Thank you. I have a tight connection, excuse me please". A pesar de sus esfuerzos la gente no colabora mucho (supuestamente todos tienen conexiones dentro de poco tiempo entonces empiezan a empujar). La chica no se da por vencida y sigue repitiendo las frases anteriores hasta que la dejan bajar.
Cuando sale le preguntan "Destination?", contesta "Buenos Aires", y la azafata le dice "Gate E 25". La chica empieza a correr con todas sus fuerzas cuando la azafata le dice que es bastante lejos de donde están. En los hombros lleva colgado su bolso de Los Beatles, en una mano tiene la bolsa con la revista y las galletitas, y con la otra llega el carrito. Corre lo más rápido que puede, y le parece que no va a llegar nunca. En una de las pantallas ve que su vuelo está embarcando. Corre todavía más rápido, como puede con todo lo que lleva encima.
Recibe un mensaje de sus padres preguntándoles como anda todo. Les contesta que el vuelo demoró pero que está corriendo hasta la puerta de embarque, que les avisa cuando llegue. Los padres le contestan que se apure y que haga todo lo posible por no perder la conexión. La chica se pone todavía más nerviosa y sigue corriendo.
Es la última en llegar, y embarca a último minuto. La que le pide el Boarding pass le dice "You almost missed it", es decir, "casi que no llegás". Desde el avión le manda un mensaje a sus padres contándoles que llegó. A último minuto, pero llegó.
Se despierta, desayuna, y ve que falta sólo una hora para llegar. No quiere volver, pero a la vez extraña un poco a sus amigas y a su papá. A su madre no la quiere ni ver, porque desde Buenos Aires le hizo la vida imposible durante el viaje llamándola a cualquier hora y obligándola a llamar para allá todos los días. También en el medio se enojó cuando la señorita le dijo que no era necesario hablar todos los días, y la madre no le habló por una semana. Cada vez que la chica llamaba, su papá le decía que su madre se estaba bañando.
Llegó a su ciudad, hizo los trámites correspondientes y vio a sus padres esperándola. Su padre le dijo "Te extrañé mi amor". Su madre, en cambio, la recorrió con la mirada y pronunció "Tanto Burger King y Subway te hizo mal. ¿Cuándo llamamos a la nutricionista?".
La chica, en ese momento, pensó que tantos nervios y tantos inconvenientes habían sido completamente innecesarios. Y supo, con absoluta certeza, que haber vuelto a casa había sido un gravísimo error.
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domingo, 2 de agosto de 2009
Día 84 - Hay una sola, por suerte.
Hoy de mañana me levanté, me preparé el desayuno (serví leche en la taza, metí la taza en el microondas, y después agregué café y edulcorante), y me fui a bañar. Cuando salí vi que había un mensaje en el contestador. Inmediatamente pensé que era de Martín y se me hizo un nudo enorme en el estómago. Pero, no sé si por suerte o desgracia, no era de él, sino de cierto personaje de este blog odiado por la mayoría de los lectores.
"Agustinita, me enteré que te rechazaron la tarjeta en la estación de servicio, así que ahora que sabés que te estás quedando sin plata me parece que deberías reconsiderar la oferta que te hice. Pensalo. Nosotros ganamos un nietito y vos una linda suma de dinero en tu cuenta bancaria, con la que podrías mejorar un poco tu nivel de vida. Cambiar el auto o, todavía mejor, hacer un viaje. Si te interesa hablar de números, llamame y lo arreglamos. Besos. Mamá."
"Agustinita, me enteré que te rechazaron la tarjeta en la estación de servicio, así que ahora que sabés que te estás quedando sin plata me parece que deberías reconsiderar la oferta que te hice. Pensalo. Nosotros ganamos un nietito y vos una linda suma de dinero en tu cuenta bancaria, con la que podrías mejorar un poco tu nivel de vida. Cambiar el auto o, todavía mejor, hacer un viaje. Si te interesa hablar de números, llamame y lo arreglamos. Besos. Mamá."
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martes, 21 de julio de 2009
Día 72 - Cenial del uniberso
Ayer decidí que tenía que limpiar el baño de una vez. O, por lo menos, intentarlo. Fui hasta el super y compré Cif Baño. El nombre es bastante claro, así que no hubo margen de error. Hasta ahí todo en orden.
Llegué y decidí arrancar por el inodoro. Limpié los bordes con una franelita (donde te sentás), y después la tapa. Primero limpié la parte de afuera de la misma, después la levanté y me encargué de la parte de adentro. El error fue dejarla levantada.
Si arrancamos desde la derecha, en mi baño está la pared, al lado de ella el inodoro, y al lado del inodoro el bidet. Como con mi metro sesenta no llegaba hasta la cisterna, me tuve que subir al bidet para limpiarla. Apoyé ambos pies en uno de los bordes, lo cual no fue una buena decisión. Tendría que haber apoyado uno en el inodoro para tener una mayor estabilidad, pero en el momento me pareció que no era necesario.
Como algo siempre me tiene que pasar, perdí el equilibrio y lo único que atiné a hacer fue apoyar la mano izquierda sobre la pared. Con la mano derecha no se me ocurrió nada mejor que tratar de agarrarme del botón de la cisterna (como si pudiera servir para algo), por lo que dejé caer la franela que tenía agarrada. Como no podía ser de otra manera, fue a parar adentro del inodoro.
El agua estaba limpia, pero igual me daba mucho asco meter la mano para sacarla. Así que bajé nuevamente al supermercado, compré uno de esos cepillos que se usan para limpiar la parte de adentro del inodoro, y con eso saqué la franela para afuera. Por supuesto que fue directo a la basura.
Ya no sé que más me puede pasar si trato de limpiar. Es obvio que el universo me está tratando de dar alguna señal de que no debo hacerlo, así que me parece que le voy a hacer caso. Debe querer decirme que espere a que vuelva María. A contar los días hasta que llegue, entonces.
Todabia no tube novedades de esha. Zupongo q estara okupada alludando a su ermana a cuidar a la creatura. Pero llo kiero i nesesito q vuelva. Sha.
Llegué y decidí arrancar por el inodoro. Limpié los bordes con una franelita (donde te sentás), y después la tapa. Primero limpié la parte de afuera de la misma, después la levanté y me encargué de la parte de adentro. El error fue dejarla levantada.
Si arrancamos desde la derecha, en mi baño está la pared, al lado de ella el inodoro, y al lado del inodoro el bidet. Como con mi metro sesenta no llegaba hasta la cisterna, me tuve que subir al bidet para limpiarla. Apoyé ambos pies en uno de los bordes, lo cual no fue una buena decisión. Tendría que haber apoyado uno en el inodoro para tener una mayor estabilidad, pero en el momento me pareció que no era necesario.
Como algo siempre me tiene que pasar, perdí el equilibrio y lo único que atiné a hacer fue apoyar la mano izquierda sobre la pared. Con la mano derecha no se me ocurrió nada mejor que tratar de agarrarme del botón de la cisterna (como si pudiera servir para algo), por lo que dejé caer la franela que tenía agarrada. Como no podía ser de otra manera, fue a parar adentro del inodoro.
El agua estaba limpia, pero igual me daba mucho asco meter la mano para sacarla. Así que bajé nuevamente al supermercado, compré uno de esos cepillos que se usan para limpiar la parte de adentro del inodoro, y con eso saqué la franela para afuera. Por supuesto que fue directo a la basura.
Ya no sé que más me puede pasar si trato de limpiar. Es obvio que el universo me está tratando de dar alguna señal de que no debo hacerlo, así que me parece que le voy a hacer caso. Debe querer decirme que espere a que vuelva María. A contar los días hasta que llegue, entonces.
Todabia no tube novedades de esha. Zupongo q estara okupada alludando a su ermana a cuidar a la creatura. Pero llo kiero i nesesito q vuelva. Sha.
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