Acá, en este preciso momento, termina la historia que yo quería contar.
El día que me mudé al departamento nuevo, abrí el blog y durante ocho meses les conté diariamente sobre mi vida. Y ustedes, mis lectores, conocieron muchas facetas de mí y me vieron evolucionar desde ese día hasta hoy. Se habrán reído conmigo cada vez que pasé por un papelón, habrán compartido mis momentos de incertidumbre y se habrán emocionado con algunos hechos particulares. Y yo, en estos meses, me sentí acompañada por todos ustedes en cada cosa que hice.
Hubo muchos momentos en los que me pareció que había cosas que sólo les podía contar a ustedes, de quienes me sentí más cerca que mucha gente de mi "mundo real". Diariamente leí sus comentarios, sus consejos y muchas veces fueron ustedes los que me hicieron animarme a hacer distintas cosas. Supieron consolarme en momentos tristes y brindarme ayuda en distintas situaciones. Por todo esto, les agradezco infinitamente.
De cualquier manera, siento que el blog tiene que terminar acá, con una especie de final feliz. Con Martín y yo juntos, con un bebé en camino y con una vida nueva y llena de hojas en blanco para llenar. Mi vida, a partir de ahora, ya no es la de una soltera que se mudó de la casa de papá y mamá y tiene que aprender a hacer todo sola. Lo que me espera a partir de este momento son retos mucho mayores y totalmente distintos, por eso siento que la vida nueva en la que pensé cuando abrí el blog, cambió de rumbo.
Tal vez me haga falta escribir cada tanto, y decida actualizarlos periódicamente sobre mi vida. Pero por ahora me voy a dedicar a cuidar de mi nueva familia, en mi nuevo departamento. El de noventa metros cuadrados.
Los quiero,
Agus.
Mostrando entradas con la etiqueta Martín (mi "algo"). Mostrar todas las entradas
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jueves, 1 de abril de 2010
viernes, 12 de marzo de 2010
Día 205 : Flashback: El casamiento (VI)
Mi abuela y mi madre saben exactamente cuando aparecer para arruinarme los mejores momentos de mi vida. Ya conté de cuando, aunque dolorida, estaba contenta con mi operación de nariz hasta que mi abuela apareció para preguntarle a mi mejor amiga por qué no me estaba dando en la boca helado light en vez del común. Y ya están al tanto también de las mil peleas que tuve con mi madre mientras duraban los preparativos del casamiento. Me escondió comida, me dijo gorda, y hasta me hizo pasar vergüenza en frente de la modista al hablar de mi cuerpo como si fuera una atrocidad a la que ningún vestido posible le quedaría bien.
Y esta vez no iba a ser la excepción. Le grité a mi abuela que se fuera con la excusa de que se me habían desprendido unos botones del vestido y "una amiga" me estaba ayudando. Pero me dijo que esperaba a que saliera. Con Martín nos miramos sin saber que hacer. Si ella lo veía salir del baño de mujeres, iba a ser completamente obvio lo que acababa de pasar, y yo me iba a tener que bancar una charla incómoda. Y además se iba a dar cuenta de que adentro no había ninguna mujer ayudándome con el vestido.
Todavía no sé por qué, pero Martín tenía en su bolsillo el celular. No se me ocurrió a quien llamar, así que disqué el número de mi hermano que siempre sabe lo que hacer. Le expliqué la situación y me dijo que él se iba a encargar de sacarla de la puerta del baño así podíamos salir. Unos minutos después nos mandó un mensaje de texto que decía "misión cumplida". Abrí la puerta despacio, salí primero, y después le hice señas a Martín para que me siguiera.
La gente empezaba a llegar y yo sólo quería que la fiesta terminara para que se fueran de una vez. La idea de tener que bailar canciones judías y posteriormente música brasilera me daba náuseas. Tener que sonreír toda la noche y charlar con familiares que no soporto, tampoco me agradaba mucho. Yo sólo podía pensar en despertarme al otro día en el departamento nuevo. Podía imaginarme la tranquilidad de desayunar sola, la posibilidad de que Martín se quedara a dormir y la paz mental que me brindarían esos cuarenta y ocho metros cuadrados.
Diez minutos después me encontré con mi hermano y mi abuela. Aparentemente Fabián había tenido la brillante idea de pedirle que le contara como había sido su casamiento con mi abuelo para sacarla del baño. Lo amé.
El resto de la fiesta transcurrió sin mayores problemas. En un momento tratamos de meternos en el cuarto donde estaban los abrigos para continuar lo que habíamos empezado pero justo unos primos lejanos se estaban yendo y nos vieron. Una hora después, estábamos entrando juntos a mi departamento nuevo para tener nuestra noche de bodas.
Y al día siguiente, empecé el blog. Acá.
Y esta vez no iba a ser la excepción. Le grité a mi abuela que se fuera con la excusa de que se me habían desprendido unos botones del vestido y "una amiga" me estaba ayudando. Pero me dijo que esperaba a que saliera. Con Martín nos miramos sin saber que hacer. Si ella lo veía salir del baño de mujeres, iba a ser completamente obvio lo que acababa de pasar, y yo me iba a tener que bancar una charla incómoda. Y además se iba a dar cuenta de que adentro no había ninguna mujer ayudándome con el vestido.
Todavía no sé por qué, pero Martín tenía en su bolsillo el celular. No se me ocurrió a quien llamar, así que disqué el número de mi hermano que siempre sabe lo que hacer. Le expliqué la situación y me dijo que él se iba a encargar de sacarla de la puerta del baño así podíamos salir. Unos minutos después nos mandó un mensaje de texto que decía "misión cumplida". Abrí la puerta despacio, salí primero, y después le hice señas a Martín para que me siguiera.
La gente empezaba a llegar y yo sólo quería que la fiesta terminara para que se fueran de una vez. La idea de tener que bailar canciones judías y posteriormente música brasilera me daba náuseas. Tener que sonreír toda la noche y charlar con familiares que no soporto, tampoco me agradaba mucho. Yo sólo podía pensar en despertarme al otro día en el departamento nuevo. Podía imaginarme la tranquilidad de desayunar sola, la posibilidad de que Martín se quedara a dormir y la paz mental que me brindarían esos cuarenta y ocho metros cuadrados.
Diez minutos después me encontré con mi hermano y mi abuela. Aparentemente Fabián había tenido la brillante idea de pedirle que le contara como había sido su casamiento con mi abuelo para sacarla del baño. Lo amé.
El resto de la fiesta transcurrió sin mayores problemas. En un momento tratamos de meternos en el cuarto donde estaban los abrigos para continuar lo que habíamos empezado pero justo unos primos lejanos se estaban yendo y nos vieron. Una hora después, estábamos entrando juntos a mi departamento nuevo para tener nuestra noche de bodas.
Y al día siguiente, empecé el blog. Acá.
sábado, 6 de marzo de 2010
Día 204 - Flashback: El casamiento (V)
El instante en el que Martín dijo "acepto" constituyó uno de los mayores alivios de mi vida, sólo comparable con el momento en el que comprobé el día antes del casamiento que el vestido de novia me quedaba perfecto, aún habiendo comido como un cerdo durante todos los meses previos.
Una vez que la sensación de alivio pasó, caí en la cuenta de que mi vida había cambiado para siempre. Que todo lo que había deseado, aquello que parecía tan lejano, se había convertido en realidad. Que una vez que terminara la fiesta, me iría a dormir a mi nuevo hogar. Que la casa de mis padres, en la que pasé momentos tan amargos, ya no sería mi destino diario.
No tenía muchas cosas en el departamento nuevo, pero no me importaba. Una heladera y un colchón me bastaban para ser feliz. En esencia, la libertad que iba a tener es lo que me hacía feliz. El simple hecho de pensar que no iba a tener que interactuar con mi madre todos los días me dibujó una sonrisa en la cara.
El rabino nos declaró marido y mujer, nos besamos, y nos fuimos juntos al salón donde hacíamos la fiesta. Durante el trayecto nos reímos de la ridiculez que implicaba estar casados, de como logramos engañar a toda mi familia sin que nadie sospechara y de lo largo que fue el discurso del rabino sobre las partes de la Torah que hablan del matrimonio.
Fuimos los primeros en llegar al salón, lo cual nos dio la oportunidad de divertirnos un rato antes de que llegaran los invitados. Todavía no recuerdo exactamente como hizo Martín para lograr abrir los mil botones del vestido, pero la realidad es que diez minutos después me encontré en ropa interior trancando la puerta del baño de mujeres con una silla. Un minuto después, cumplimos con el objetivo de consumar nuestro amor ahí mismo.
Me acuerdo de ese momento como si hubiera sido ayer. Todavía puedo sentir las manos de Martín pasando por mi pelo, con la suave música de fondo que sonaba a lo lejos. Till there was you, de Los Beatles, más precisamente. Siempre amé esa canción. Y debo decir que fue la banda sonora perfecta para ese momento.
La canción perfecta, el momento perfecto, y la persona perfecta. Lástima que lo bueno dura poco.
Unos minutos después, escuchamos golpes en la puerta. Como no podía ser de otra manera, alguien que nos tenía que arruinar el momento. Era mi abuela, mi adorada abuela, una abuela con el peor sentido de la oportunidad posible.
Una vez que la sensación de alivio pasó, caí en la cuenta de que mi vida había cambiado para siempre. Que todo lo que había deseado, aquello que parecía tan lejano, se había convertido en realidad. Que una vez que terminara la fiesta, me iría a dormir a mi nuevo hogar. Que la casa de mis padres, en la que pasé momentos tan amargos, ya no sería mi destino diario.
No tenía muchas cosas en el departamento nuevo, pero no me importaba. Una heladera y un colchón me bastaban para ser feliz. En esencia, la libertad que iba a tener es lo que me hacía feliz. El simple hecho de pensar que no iba a tener que interactuar con mi madre todos los días me dibujó una sonrisa en la cara.
El rabino nos declaró marido y mujer, nos besamos, y nos fuimos juntos al salón donde hacíamos la fiesta. Durante el trayecto nos reímos de la ridiculez que implicaba estar casados, de como logramos engañar a toda mi familia sin que nadie sospechara y de lo largo que fue el discurso del rabino sobre las partes de la Torah que hablan del matrimonio.
Fuimos los primeros en llegar al salón, lo cual nos dio la oportunidad de divertirnos un rato antes de que llegaran los invitados. Todavía no recuerdo exactamente como hizo Martín para lograr abrir los mil botones del vestido, pero la realidad es que diez minutos después me encontré en ropa interior trancando la puerta del baño de mujeres con una silla. Un minuto después, cumplimos con el objetivo de consumar nuestro amor ahí mismo.
Me acuerdo de ese momento como si hubiera sido ayer. Todavía puedo sentir las manos de Martín pasando por mi pelo, con la suave música de fondo que sonaba a lo lejos. Till there was you, de Los Beatles, más precisamente. Siempre amé esa canción. Y debo decir que fue la banda sonora perfecta para ese momento.
La canción perfecta, el momento perfecto, y la persona perfecta. Lástima que lo bueno dura poco.
Unos minutos después, escuchamos golpes en la puerta. Como no podía ser de otra manera, alguien que nos tenía que arruinar el momento. Era mi abuela, mi adorada abuela, una abuela con el peor sentido de la oportunidad posible.
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Martín (mi "algo"),
Mi abuela (mamá de mi mamá)
martes, 2 de marzo de 2010
Día 203 - Flashback: El casamiento (IV)
El siguiente momento en el que me sentí un fraude total fue cuando nos encontramos los dos enfrente al rabino. Si bien yo nunca fui apegada al judaísmo, tampoco me pareció correcto estar en frente suyo pretendiendo ser algo que en la realidad no era más que una actuación para conseguir un objetivo.
Mientras el rabino hablaba de la importancia del matrimonio como institución sagrada e inviolable, crucé miradas con Martín y ví en sus ojos un espejo de lo que yo sentía. En ellos vi esa misma sensación de estar haciendo algo incorrecto. Pero ya no había vuelta atrás. Sólo quedaba sonreír y pretender estar en el momento más feliz de mi vida.
Cuando llegó a la parte de preguntarle a cada uno si aceptaba, tuve miedo por un instante de que Martín dijera que no. De que se arrepintiera a último momento y decidiera que no quería vivir una mentira. Que si bien quería que yo estuviera bien y pudiera cumplir mi cometido, casarse conmigo era demasiado para él. Y me imaginé como sería.
Martín diría que no. Me pediría que lo perdonara y exclamaría que no podía seguir adelante con el casamiento. Se iría corriendo y yo me quedaría en el altar, sola. Todos sentirían lástima por mí y sería para siempre "la que abandonaron en el altar". Mi madre se reiría por dentro, pensando en que ella siempre lo supo. Tendría la certeza de que ella ganó. De que a mí nadie podría quererme de esa manera. Y debería volver a vivir con ella. Derrotada.
Sería todo como ella siempre me dijo. Que yo soy todo lo contrario a lo que una princesita debería ser. Y que a los hombres "las chicas como yo" no les gustan. Que nadie se quiere casar con una mujer que no sepa cocinar ni hacer las tareas del hogar. Y que todos prefieren, precisamente, lo opuesto. Una chica tímida y recatada, que nunca levante la voz ni diga lo que piensa. Que tenga un "trabajito" como dice mi abuela, para comprar ropa y zapatos, pero no para mantenerse porque para eso está el hombre.
Y si Martín aceptaba casarse conmigo sería todo lo opuesto. Por fin podría demostrarle a mi madre que aún siendo neurótica y desequilibrada encontré alguien que estuviera dispuesto a quererme. Aunque no fuera real. Ella nunca lo sabría. Yo me mudaría al departamento nuevo y ya no estaría obligada a escuchar esas pavadas día tras día. Ya no tendría que estar expuesta a sus críticas constantes. Ya no habría más enumeraciones de lo que soy, no soy o debería ser. En cambio, sería libre.
Y todo se reducía a una palabra. Una sola palabra que Martín tenía que decir para convertirme en su supuesta mujer. Una sola palabra, que para mí, sería definidora del curso de mi vida para siempre.
Mientras el rabino hablaba de la importancia del matrimonio como institución sagrada e inviolable, crucé miradas con Martín y ví en sus ojos un espejo de lo que yo sentía. En ellos vi esa misma sensación de estar haciendo algo incorrecto. Pero ya no había vuelta atrás. Sólo quedaba sonreír y pretender estar en el momento más feliz de mi vida.
Cuando llegó a la parte de preguntarle a cada uno si aceptaba, tuve miedo por un instante de que Martín dijera que no. De que se arrepintiera a último momento y decidiera que no quería vivir una mentira. Que si bien quería que yo estuviera bien y pudiera cumplir mi cometido, casarse conmigo era demasiado para él. Y me imaginé como sería.
Martín diría que no. Me pediría que lo perdonara y exclamaría que no podía seguir adelante con el casamiento. Se iría corriendo y yo me quedaría en el altar, sola. Todos sentirían lástima por mí y sería para siempre "la que abandonaron en el altar". Mi madre se reiría por dentro, pensando en que ella siempre lo supo. Tendría la certeza de que ella ganó. De que a mí nadie podría quererme de esa manera. Y debería volver a vivir con ella. Derrotada.
Sería todo como ella siempre me dijo. Que yo soy todo lo contrario a lo que una princesita debería ser. Y que a los hombres "las chicas como yo" no les gustan. Que nadie se quiere casar con una mujer que no sepa cocinar ni hacer las tareas del hogar. Y que todos prefieren, precisamente, lo opuesto. Una chica tímida y recatada, que nunca levante la voz ni diga lo que piensa. Que tenga un "trabajito" como dice mi abuela, para comprar ropa y zapatos, pero no para mantenerse porque para eso está el hombre.
Y si Martín aceptaba casarse conmigo sería todo lo opuesto. Por fin podría demostrarle a mi madre que aún siendo neurótica y desequilibrada encontré alguien que estuviera dispuesto a quererme. Aunque no fuera real. Ella nunca lo sabría. Yo me mudaría al departamento nuevo y ya no estaría obligada a escuchar esas pavadas día tras día. Ya no tendría que estar expuesta a sus críticas constantes. Ya no habría más enumeraciones de lo que soy, no soy o debería ser. En cambio, sería libre.
Y todo se reducía a una palabra. Una sola palabra que Martín tenía que decir para convertirme en su supuesta mujer. Una sola palabra, que para mí, sería definidora del curso de mi vida para siempre.
sábado, 6 de febrero de 2010
Off the record
Disculpen que esté demorando en escribir, pero decidimos con Martín irnos de luna de miel. Después de casarnos, como no era en serio, dijimos que no nos íbamos a ir porque no podíamos coincidir en una fecha en la que pudiéramos cada uno faltar tanto a la facultad como al trabajo.
Pero hace unos días, mi abuelo me llamó para que lo vaya a ver, me dio plata y me dijo que aprovechara este momento para viajar con Martín, ahora que todavía somos solo dos. Y bueno, estamos en el medio de muchos preparativos, pero parece que nos vamos el lunes quince a San Andrés. Para mí va a ser genial estar en un hotel con todo incluido, para darle rienda a suelta a mis antojos, y comer muchas cosas ricas. También para descansar, que tanto me hace falta después de un año muy agitado.
Igual voy a tratar de terminarles de contar del casamiento antes, pero por las dudas no prometo nada.
Les mando un beso enorme!
Pero hace unos días, mi abuelo me llamó para que lo vaya a ver, me dio plata y me dijo que aprovechara este momento para viajar con Martín, ahora que todavía somos solo dos. Y bueno, estamos en el medio de muchos preparativos, pero parece que nos vamos el lunes quince a San Andrés. Para mí va a ser genial estar en un hotel con todo incluido, para darle rienda a suelta a mis antojos, y comer muchas cosas ricas. También para descansar, que tanto me hace falta después de un año muy agitado.
Igual voy a tratar de terminarles de contar del casamiento antes, pero por las dudas no prometo nada.
Les mando un beso enorme!
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Martín (mi "algo"),
Mi abuelo (papá de mi papá)
lunes, 25 de enero de 2010
Día 201 - Flashback: El casamiento (II)
Ustedes ya saben que soy muy mentirosa. Y no es algo de lo que esté particularmente orgullosa, pero hasta ese momento nunca me había pesado.
El casamiento estaba planeado detalle por detalle. Todo: desde la forma en que lo íbamos a contar a nuestras familias, hasta que momento en que lo anuláramos. Todo había sido cuidadosamente calculado, y si no lo escribí tipo listita fue sólo por miedo a que lo encuentre mi madre. Para mi era como una ecuación que tenía que resolver para la facultad: Agustina+Martín+Casamiento-Madre-Abuela+Departamento+Anulación = Felicidad Absoluta.
Lo que no había entrado en mi ecuación era tener que mentirle a mi abuelo. O sí, pero hasta el momento había sido fácil. El casamiento civil pasó sin pena ni gloria, y fue poco más que un trámite. Pero la ceremonia religiosa fue otro asunto.
Unos minutos antes de que empiece yo estaba sola y mi abuelo entró a verme.
-Tu madre me prohibió que venga porque dice que falta muy poco, pero quería verte antes de que camines al altar. Qué linda estás, chiquita...
-Gracias, abuelo --dije, dándole las manos.
-Me emociona verte así. Me acuerdo el día que naciste, y ahora te estás casando. Estás radiante...el amor te sienta bien.
Primer golpe. No, abuelo. El amor no me sienta bien: lo que me sienta bien es irme de casa. Perdoname. Perdoname.
-Gracias. Es que Martín es divino.
-Es un buen muchacho. Y se nota que te hace feliz. Yo sé que esto puede ser difícil para vos, yo escuché a muchos de la familia diciendo que sos muy joven, que no sabés lo que hacés. Sé que te lo dijeron. Pero vos no les hagas caso, no saben lo que dicen. Lo que importa es que te estás casando con el amor de tu vida.
Segundo golpe. Si supieras, abuelito, si supieras. Ahí me dieron muchas ganas de llorar. Muchas veces había hablado del casamiento con mi abuelo, pero nunca me había hablado de esa forma, nunca habíamos estado hablado de eso tan íntimamente. Me dio muchísima culpa tener que mentirle a la persona a la que más quiero en el mundo, a la última persona del mundo que quisiera lastimar. Pero ya estaba ahí. ¿Qué iba a hacer?
-Gracias abuelo. Sos el mejor. --Y le di un abrazo. --Te quiero muchísimo, no sé qué haría sin vos.
-Yo tampoco, Agus. Entre nosotros, sos mi nieta preferida. Me hacés acordar mucho a mí en muchas cosas. Te felicito por tu coraje y espero que seas la más feliz del mundo en tu vida de casada.
Tercer golpe. No aguanté más y solté unas lágrimas. Mi abuelo pensó que eran de emoción y me las secó.
-No llores, que estás preciosa. No te retraso más, ¡suerte!
Y se fue a sentar a su lugar, al lado de mi papá. Miré por la ventana y vi cómo mi mamá se inclinaba por sobre mi papá y lo retaba, nerviosa y con el dedo levantado, seguramente por “retrasarme”. Y ahí empezó la música y vi entrar a Martín.
viernes, 11 de diciembre de 2009
Día 194 - Sweet child o'mine
Ayer me rompieron el vidrio del auto y me robaron la radio y todos los cds de los Beatles que tenía en la guantera. Cuando lo abrí estaba todo el asiento lleno de pedazos de vidrio y el piso también. Tuve que sacarlos con una franela que tenía en la guantera mientras contenía las lágrimas. También me robaron los papeles del auto y me lo rayaron todo. Cuando lo arranqué y empecé a manejar me empezaron a caer las lágrimas. En un momento pensé en el bebé y decidí que me tenía que calmar, pero eso fue casi cuando estaba llegando a casa. La mayoría del tiempo me olvido de que hay un pequeño ser adentro mío.
No caigo con que estoy embarazada. Hasta ahora lo único que sé es que no me vino el mes pasado. No sé como explicarlo. Estoy contenta, pero a la vez es como si le estuviera pasando a otra persona.
Con Martín estuvimos hablando mucho del tema y haciendo planes a futuro, pero me sentí como cuando teníamos dieciséis y jodíamos con eso. No puedo creer que él y yo finalmente estemos bien y que además vayamos a tener un hijo. Parece un sueño, lo siento como algo completamente irreal.
No tengo idea, por ejemplo, de qué es lo que se supone que tenemos que hacer ahora. Ir a ver algún obstetra, presumo. Y empezar a comprar cosas, aunque no sé donde vamos a tener lugar para el bebé, ya que mi amado departamento es sólo de un dormitorio. No sé qué va a pasar con la facultad el año que viene, si voy a poder seguir cursando o no. Y lo mismo le pasa a mi marido. Es rarísimo, porque si bien estoy contenta, a la vez me cuesta imaginarme que en unos meses voy a tener un bebé.
El embarazo se supone que sea un momento de conexión con tu propia madre, ya que ella pasó por todo y te puede ayudar. Pero en mi caso no sé, no tengo ganas de hacer cosas con ella. No quiero que me acompañe a los doctores ni me diga qué es lo que tengo que hacer. Me gusta la idea de decirle a mi padre que va a tener un nieto, porque se va a alegrar muchísimo. Y también decirle a mi abuelo que a los 86 años va a ser bisabuelo. Pero es como que la idea de que mi madre esté cerca mío en la dulce espera no me atrae para nada. Pienso que se va a meter en todo, que va a opinar sobre todos los temas, y que me va a criticar mis decisiones con la excusa de que ella ya pasó por esto y entiende más que yo.
Este, es otro de los mil momentos en mi vida en los que pienso que me hubiera gustado tener una madre completamente distinta. Y pienso hacer todo lo que esté a mi alcance para que a mi hijo o hija nunca le llegue a pasar eso conmigo. Voy a hacer todo lo posible por ser la madre que a mí me hubiera gustado tener. Una madre que fuera precisamente todo lo opuesto a la que me tocó.
*De lo otro no tuve novedades todavía. Fabián dice que no sabe nada, que a él nadie le habló nada del tema. Y llamé a mi tío Mauricio varias veces entre ayer y hoy pero no me atiende. Asumo que hay una razón.
No caigo con que estoy embarazada. Hasta ahora lo único que sé es que no me vino el mes pasado. No sé como explicarlo. Estoy contenta, pero a la vez es como si le estuviera pasando a otra persona.
Con Martín estuvimos hablando mucho del tema y haciendo planes a futuro, pero me sentí como cuando teníamos dieciséis y jodíamos con eso. No puedo creer que él y yo finalmente estemos bien y que además vayamos a tener un hijo. Parece un sueño, lo siento como algo completamente irreal.
No tengo idea, por ejemplo, de qué es lo que se supone que tenemos que hacer ahora. Ir a ver algún obstetra, presumo. Y empezar a comprar cosas, aunque no sé donde vamos a tener lugar para el bebé, ya que mi amado departamento es sólo de un dormitorio. No sé qué va a pasar con la facultad el año que viene, si voy a poder seguir cursando o no. Y lo mismo le pasa a mi marido. Es rarísimo, porque si bien estoy contenta, a la vez me cuesta imaginarme que en unos meses voy a tener un bebé.
El embarazo se supone que sea un momento de conexión con tu propia madre, ya que ella pasó por todo y te puede ayudar. Pero en mi caso no sé, no tengo ganas de hacer cosas con ella. No quiero que me acompañe a los doctores ni me diga qué es lo que tengo que hacer. Me gusta la idea de decirle a mi padre que va a tener un nieto, porque se va a alegrar muchísimo. Y también decirle a mi abuelo que a los 86 años va a ser bisabuelo. Pero es como que la idea de que mi madre esté cerca mío en la dulce espera no me atrae para nada. Pienso que se va a meter en todo, que va a opinar sobre todos los temas, y que me va a criticar mis decisiones con la excusa de que ella ya pasó por esto y entiende más que yo.
Este, es otro de los mil momentos en mi vida en los que pienso que me hubiera gustado tener una madre completamente distinta. Y pienso hacer todo lo que esté a mi alcance para que a mi hijo o hija nunca le llegue a pasar eso conmigo. Voy a hacer todo lo posible por ser la madre que a mí me hubiera gustado tener. Una madre que fuera precisamente todo lo opuesto a la que me tocó.
*De lo otro no tuve novedades todavía. Fabián dice que no sabe nada, que a él nadie le habló nada del tema. Y llamé a mi tío Mauricio varias veces entre ayer y hoy pero no me atiende. Asumo que hay una razón.
lunes, 7 de diciembre de 2009
Día 192 - Patas cortas
Ayer a eso de las siete de la tarde, yo estaba muy tranquila haciéndome un café con leche mientras Martín leía en el cuarto. En eso, sonó el timbre. Atendí sin hablar para ver quien era, pero nadie contestó. Un minuto después escuché la voz de mi madre diciéndole al portero "debe estar bañándose, gracias."
Respiré hondo cuando sonó el timbre, y con mi peor cara de culo, le abrí.
- ¿Qué querés? - pregunté.
- Ya vas a ver lo que quiero - dijo, mientras entraba al departamento. - ¡Sé todo, Agustina. Todo!
- ¿De qué carajo hablás?
- ¡Sabés muy bien de que hablo!
- No, mamá, no lo sé. Calmate un poco, haceme el favor.
- ¡No me calmo nada! ¿Vos sabés lo que fue para mí enterarme de que mi hija es una mentirosa? ¡¿Eh?!
- Ay, mamá, callate la boca y hablá como una persona normal. ¿Qué problema tenés?
- ¡Que me mentiste! ¡Le mentiste a todos!
- ¿A quién le mentí, a ver? - pregunté haciéndome la tonta, mientras trataba de pensar cómo podía ser que se hubiera enterado.
- Agustinita, el papel de actriz no te sale. Sabés muy bien de que te hablo, así que confesalo de una vez. Dale, decílo. Te casaste con Martín para que te regalaran el departamento. ¡Él ni siquiera vive acá! Yo ya lo sospeché el día que tenías la mitad de la cama hecha, pero no tenía pruebas. ¡Quiero escucharte decirlo!
- No tenés idea de la cantidad de pavadas que estás diciendo. Mi amor - grité hacia mi cuarto. - ¿podés venir?
Un Martín en jogging y con cara de no saber que hacer se acercó hasta el comedor.
- Hola, Jaqueline.
- ¿Y éste qué hace acá? - preguntó mi madre.
- ¿Qué va a hacer, mamá? ¡Vive acá!
- ¡Mentira! Le debés haber dicho que venga sólo porque yo iba a venir.
- ¿Y cómo mierda iba a saber yo que se te iba a ocurrir venir?
- No sé. Pero tu secreto está afuera y yo ya sé que el matrimonio de ustedes no vale. Y es cuestión de tiempo para que toda la familia lo sepa.
- Basta de telenovelas, mamá. ¿Vos ves lo que estás diciendo? ¿Que me casé por el departamento? Te volviste loca. Completamente loca.
Cuando dije eso se paró de la silla y fue hasta mi cuarto. Miró las fotos de nuestro casamiento encima de la mesa de luz y ropa de Martín tirada en el suelo. Después la vi ir hasta el baño, donde debe haber visto las cosas de afeitar de mi marido. Derrotada, volvió a la cocina.
- No sé como hiciste para que todo parezca real, pero ya te voy a agarrar. Esto no terminó acá, ¿me entendiste? ¡No terminó acá!
- ¡Andate de mi casa! Y dejá de mirar telenovelas, haceme el favor. Te están haciendo mal.
- No te hagas la inocente. Ya te voy a agarrar, vas a ver - dijo, mientras abría la puerta. - ¡Ya te voy a agarrar!
Respiré hondo cuando sonó el timbre, y con mi peor cara de culo, le abrí.
- ¿Qué querés? - pregunté.
- Ya vas a ver lo que quiero - dijo, mientras entraba al departamento. - ¡Sé todo, Agustina. Todo!
- ¿De qué carajo hablás?
- ¡Sabés muy bien de que hablo!
- No, mamá, no lo sé. Calmate un poco, haceme el favor.
- ¡No me calmo nada! ¿Vos sabés lo que fue para mí enterarme de que mi hija es una mentirosa? ¡¿Eh?!
- Ay, mamá, callate la boca y hablá como una persona normal. ¿Qué problema tenés?
- ¡Que me mentiste! ¡Le mentiste a todos!
- ¿A quién le mentí, a ver? - pregunté haciéndome la tonta, mientras trataba de pensar cómo podía ser que se hubiera enterado.
- Agustinita, el papel de actriz no te sale. Sabés muy bien de que te hablo, así que confesalo de una vez. Dale, decílo. Te casaste con Martín para que te regalaran el departamento. ¡Él ni siquiera vive acá! Yo ya lo sospeché el día que tenías la mitad de la cama hecha, pero no tenía pruebas. ¡Quiero escucharte decirlo!
- No tenés idea de la cantidad de pavadas que estás diciendo. Mi amor - grité hacia mi cuarto. - ¿podés venir?
Un Martín en jogging y con cara de no saber que hacer se acercó hasta el comedor.
- Hola, Jaqueline.
- ¿Y éste qué hace acá? - preguntó mi madre.
- ¿Qué va a hacer, mamá? ¡Vive acá!
- ¡Mentira! Le debés haber dicho que venga sólo porque yo iba a venir.
- ¿Y cómo mierda iba a saber yo que se te iba a ocurrir venir?
- No sé. Pero tu secreto está afuera y yo ya sé que el matrimonio de ustedes no vale. Y es cuestión de tiempo para que toda la familia lo sepa.
- Basta de telenovelas, mamá. ¿Vos ves lo que estás diciendo? ¿Que me casé por el departamento? Te volviste loca. Completamente loca.
Cuando dije eso se paró de la silla y fue hasta mi cuarto. Miró las fotos de nuestro casamiento encima de la mesa de luz y ropa de Martín tirada en el suelo. Después la vi ir hasta el baño, donde debe haber visto las cosas de afeitar de mi marido. Derrotada, volvió a la cocina.
- No sé como hiciste para que todo parezca real, pero ya te voy a agarrar. Esto no terminó acá, ¿me entendiste? ¡No terminó acá!
- ¡Andate de mi casa! Y dejá de mirar telenovelas, haceme el favor. Te están haciendo mal.
- No te hagas la inocente. Ya te voy a agarrar, vas a ver - dijo, mientras abría la puerta. - ¡Ya te voy a agarrar!
viernes, 4 de diciembre de 2009
Día 191 - Good news travel fast
- Mi amor - le dije hoy a Martín. - Tenemos que hablar.
- ¿Pasó algo?
- Sí.
- ¿Bueno o malo?
- Y...depende de como lo mires.
- Bueno, te escucho - dijo mi marido.
- Bueno, te digo. Ay, me da cosa...
- Dale, me lo podés decir.
- Bueno, lo digo rápido, como sacar una curita.
- Dale.
- Bueno. Tenía un atraso, y me hice un test. Dio positivo.
Martín sonrió.
- ¿En serio me decís?
- Sí, en serio.
- ¿Y cómo pasó esto?
- Y, es culpa de los dos. Mía, por tomar la pastilla cuando quiero y a cualquier hora, y tuya por no querer usar forro por las dudas.
- ¿Y qué pensás?
- Que si los dos tomamos esa actitud es porque en el fondo no nos importaba si pasaba. Y bueno, pasó.
- ¿Pero estás contenta?
- Sí, creo que sí. Todavía no caigo igual. Es como si le estuviera pasando a otra persona, no sé. ¿Vos qué pensás?
- Y...no sé. Supongo que no caigo tampoco, pero igual es como te dije el año pasado cuando tuviste el atraso. En algún momento iban a venir los niños igual.
- Sí, pero se nos adelantó el momento, mi amor. Bastante.
- Supongo que sí - dijo, mientras se acercaba a mí. - Pero no me molesta.
- A mí tampoco. No quería alegrarme mucho hasta saber como reaccionabas vos, porque capaz te parecía un error enorme. Pero la verdad es que estoy contenta. O sea, sé que va a ser difícil y todo, pero me gusta la idea de saber que viene una Agustinita o un Martincito en camino.
- A mí también - dijo, y me dio un beso.
Nos quedamos un rato abrazados, y sonriendo. Después me levantó la remera, se acercó hasta mi panza y le dio un beso.
- No puedo creer que haya alguien ahí - dije.
- Yo tampoco. ¿Y qué querés que sea?
- Nena. ¿Vos?
- Varón.
- Capaz que son mellizos, y nos toca uno y uno.
- Jaja, puede ser. Te quiero, linda. Y estoy contento.
- Yo también, mi amor. Yo también.
- ¿Pasó algo?
- Sí.
- ¿Bueno o malo?
- Y...depende de como lo mires.
- Bueno, te escucho - dijo mi marido.
- Bueno, te digo. Ay, me da cosa...
- Dale, me lo podés decir.
- Bueno, lo digo rápido, como sacar una curita.
- Dale.
- Bueno. Tenía un atraso, y me hice un test. Dio positivo.
Martín sonrió.
- ¿En serio me decís?
- Sí, en serio.
- ¿Y cómo pasó esto?
- Y, es culpa de los dos. Mía, por tomar la pastilla cuando quiero y a cualquier hora, y tuya por no querer usar forro por las dudas.
- ¿Y qué pensás?
- Que si los dos tomamos esa actitud es porque en el fondo no nos importaba si pasaba. Y bueno, pasó.
- ¿Pero estás contenta?
- Sí, creo que sí. Todavía no caigo igual. Es como si le estuviera pasando a otra persona, no sé. ¿Vos qué pensás?
- Y...no sé. Supongo que no caigo tampoco, pero igual es como te dije el año pasado cuando tuviste el atraso. En algún momento iban a venir los niños igual.
- Sí, pero se nos adelantó el momento, mi amor. Bastante.
- Supongo que sí - dijo, mientras se acercaba a mí. - Pero no me molesta.
- A mí tampoco. No quería alegrarme mucho hasta saber como reaccionabas vos, porque capaz te parecía un error enorme. Pero la verdad es que estoy contenta. O sea, sé que va a ser difícil y todo, pero me gusta la idea de saber que viene una Agustinita o un Martincito en camino.
- A mí también - dijo, y me dio un beso.
Nos quedamos un rato abrazados, y sonriendo. Después me levantó la remera, se acercó hasta mi panza y le dio un beso.
- No puedo creer que haya alguien ahí - dije.
- Yo tampoco. ¿Y qué querés que sea?
- Nena. ¿Vos?
- Varón.
- Capaz que son mellizos, y nos toca uno y uno.
- Jaja, puede ser. Te quiero, linda. Y estoy contento.
- Yo también, mi amor. Yo también.
jueves, 3 de diciembre de 2009
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Día 189 - Oh, baby, baby
Cuando teníamos dieciséis, le propuse a Martín que si a los cuarenta los dos seguíamos solos nos juntáramos. "A los treinta, mejor" me contestó. Le dije que me parecía bien, y ahí me dijo "mejor nos juntamos a los veintincinco, y ya vamos encargando los hijos". Me reí y le pregunté si de verdad quería tener hijos conmigo y me dijo que sí, que le gustaría.
El año pasado, a los dos meses o tres de haber tenido nuestra primera vez, tuve un atraso. Estaba en la misma disyuntiva de ahora de si decirle o hacerme el test antes y decidí decírselo.
- No pasa nada - dijo. - Igual a los veinticinco íbamos a encargar.
- ¿Seguro? - pregunté.
- Seguro - dijo, tocándome la panza. - No me molestaría para nada tener una Agustinita o un Martincito.
Esa misma noche fuimos hasta la farmacia y me compre un test de embarazo. Me lo hice en la casa de él, ya que estabamos solos, y dio negativo.
- ¿Qué pensás? - pregunté.
- No sé, una mezcla de cosas. Por un lado, me hubiera gustado. Pero, por otro, todavía somos chicos y vivimos con nuestros padres, estamos los dos en la mitad de la carrera, qué sé yo. ¿Vos qué pensás?
- Algo parecido a lo tuyo. Por un lado, pienso que si alguna vez quisiera tener hijos sería con vos, pero también pienso que es complicado. Además viste como son en mi familia, por esto me pueden llegar a prender fuego.
- Sí, yo sé - dijo. - Y bueno, algún día será.
- Algún día.
Desde ese momento han pasado unas cuantas cosas. Nos casamos, yo me fui de la casa de mis padres y me mudé a este departamento en el que él sabe que se puede mudar cuando quiera. Seguimos en la mitad de la carrera, es verdad, pero ya bastante más adelantados cada uno en la suya que hace un año y medio. Y, más importante, estamos bien como pareja.
Yo no sé realmente cuanto de verdad hubo en su reacción cuando tuve aquel atraso, pero si todo lo que dijo es cierto, no debería tener miedo de decirle lo que me está pasando ahora. Las cosas que cambiaron desde ese momento hasta ahora, fueron todas para mejor. ¿Entonces? ¿Por qué tengo tanto miedo de decirlo en voz alta?
Supongo que porque ni yo sé lo que quiero. Siempre pensé que si me pasaba de tener un atraso, iba a salir corriendo a hacerme un evatest. Creía que iba a querer salir de la duda lo antes posible. Pero ahora me pasa algo distinto.
Quiero saber qué es lo que me está pasando a mí. Antes de hacerme el test, quiero saber si yo quiero que dé positivo o negativo. Quiero saber en donde estoy yo en esta situación, más allá de Martín.
Y de a ratos nos imagino a mi marido y a mí en alguna plaza, con un nene o una nena jugando con nosotros y me río. Y de a momentos pienso en mí embarazada, yendo a la facultad y trabajando y ya no me resulta tan divertido. Y si pienso en el parto, me agarra un ataque de pánico.
Y no sé que pesa más. Si la imagen mía vomitando en el baño de facultad por las náuseas matutinas o la de un Martín en miniatura que me agarra la mano y me dice "mamá".
El año pasado, a los dos meses o tres de haber tenido nuestra primera vez, tuve un atraso. Estaba en la misma disyuntiva de ahora de si decirle o hacerme el test antes y decidí decírselo.
- No pasa nada - dijo. - Igual a los veinticinco íbamos a encargar.
- ¿Seguro? - pregunté.
- Seguro - dijo, tocándome la panza. - No me molestaría para nada tener una Agustinita o un Martincito.
Esa misma noche fuimos hasta la farmacia y me compre un test de embarazo. Me lo hice en la casa de él, ya que estabamos solos, y dio negativo.
- ¿Qué pensás? - pregunté.
- No sé, una mezcla de cosas. Por un lado, me hubiera gustado. Pero, por otro, todavía somos chicos y vivimos con nuestros padres, estamos los dos en la mitad de la carrera, qué sé yo. ¿Vos qué pensás?
- Algo parecido a lo tuyo. Por un lado, pienso que si alguna vez quisiera tener hijos sería con vos, pero también pienso que es complicado. Además viste como son en mi familia, por esto me pueden llegar a prender fuego.
- Sí, yo sé - dijo. - Y bueno, algún día será.
- Algún día.
Desde ese momento han pasado unas cuantas cosas. Nos casamos, yo me fui de la casa de mis padres y me mudé a este departamento en el que él sabe que se puede mudar cuando quiera. Seguimos en la mitad de la carrera, es verdad, pero ya bastante más adelantados cada uno en la suya que hace un año y medio. Y, más importante, estamos bien como pareja.
Yo no sé realmente cuanto de verdad hubo en su reacción cuando tuve aquel atraso, pero si todo lo que dijo es cierto, no debería tener miedo de decirle lo que me está pasando ahora. Las cosas que cambiaron desde ese momento hasta ahora, fueron todas para mejor. ¿Entonces? ¿Por qué tengo tanto miedo de decirlo en voz alta?
Supongo que porque ni yo sé lo que quiero. Siempre pensé que si me pasaba de tener un atraso, iba a salir corriendo a hacerme un evatest. Creía que iba a querer salir de la duda lo antes posible. Pero ahora me pasa algo distinto.
Quiero saber qué es lo que me está pasando a mí. Antes de hacerme el test, quiero saber si yo quiero que dé positivo o negativo. Quiero saber en donde estoy yo en esta situación, más allá de Martín.
Y de a ratos nos imagino a mi marido y a mí en alguna plaza, con un nene o una nena jugando con nosotros y me río. Y de a momentos pienso en mí embarazada, yendo a la facultad y trabajando y ya no me resulta tan divertido. Y si pienso en el parto, me agarra un ataque de pánico.
Y no sé que pesa más. Si la imagen mía vomitando en el baño de facultad por las náuseas matutinas o la de un Martín en miniatura que me agarra la mano y me dice "mamá".
martes, 1 de diciembre de 2009
Día 188 - Concubinato y algo más
Yo siempre fui una persona bastante especial. Si bien me gusta estar con gente, salir a tomar un café, o encontrarme con alguien para comer, llega un punto en el que me aburro y quiero volver a mi casa. Lo que quiero es estar sola. Es como si lo necesitara.
Me pasa con muy poca gente poder estar horas sin aburrirme. Con Romi y Fabi, por ejemplo. Pero nunca me había pasado con un tipo. Ni siquiera con Martín. Y es por esto que nunca me ví conviviendo con alguien.
La idea de estar todo el tiempo con una persona me hace sentir ahogada. Pienso en que me acostaría con el otro, me levantaría y él seguiría ahí, volvería de trabajar para volvérmelo a encontrar y los fines de semana sería todo aún peor porque estaríamos prácticamente todo el tiempo juntos. Pienso que me aburriría del otro, que llegaría un punto en el que no lo querría ver más.
Sin embargo, los últimos días con Martín han sido todo menos aburrimiento. Estar tanto tiempo con él, de alguna manera extraña, me hace querer estar todavía más tiempo con él. Estoy en el trabajo y pienso en cuando llegue a casa para verlo de nuevo y un montón de cursilerías similares. Me gusta que miremos una película juntos y que después no se tenga que ir. Y me encanta que desayune conmigo todas las mañanas, y que al final del día esté acá para charlar de como nos fue.
Y creo que a él le pasa lo mismo. Ayer, estábamos tirados en la cama, hablando de pavadas, cuando me preguntó si pensaba que alguna vez íbamos a convivir en serio. Le pregunté qué pensaba él y me dijo que le gustaba la idea.
Y, contrario a lo que siempre hubiera pensado que me iba a pasar en un momento así, le dije que a mí también me gustaba la idea. Que podíamos hablar a ver que pasa después de terminar esta semana de convivencia a ver si nos seguíamos queriendo o si el estar tanto tiempo juntos nos terminaba haciendo odiarnos.
- Eso nunca, chiquita - dijo. - Sólo puede haber amor entre nosotros.
No llegué a entender si lo había dicho en el sentido de que no podía haber odio, o si quiso decir que lo nuestro era amor. No quise preguntar. Le dí un beso, y lo abracé.
Y sí, nosotros dos estamos bien. Y la convivencia nos está gustando a los dos, contra todo pronóstico. Pero, como siempre en esta vida, lo bueno dura poco. Y no sé cuanto de esta luna de miel va a quedar cuando finalmente le diga a Martín que hoy descubrí que tengo un atraso de seis días.
Me pasa con muy poca gente poder estar horas sin aburrirme. Con Romi y Fabi, por ejemplo. Pero nunca me había pasado con un tipo. Ni siquiera con Martín. Y es por esto que nunca me ví conviviendo con alguien.
La idea de estar todo el tiempo con una persona me hace sentir ahogada. Pienso en que me acostaría con el otro, me levantaría y él seguiría ahí, volvería de trabajar para volvérmelo a encontrar y los fines de semana sería todo aún peor porque estaríamos prácticamente todo el tiempo juntos. Pienso que me aburriría del otro, que llegaría un punto en el que no lo querría ver más.
Sin embargo, los últimos días con Martín han sido todo menos aburrimiento. Estar tanto tiempo con él, de alguna manera extraña, me hace querer estar todavía más tiempo con él. Estoy en el trabajo y pienso en cuando llegue a casa para verlo de nuevo y un montón de cursilerías similares. Me gusta que miremos una película juntos y que después no se tenga que ir. Y me encanta que desayune conmigo todas las mañanas, y que al final del día esté acá para charlar de como nos fue.
Y creo que a él le pasa lo mismo. Ayer, estábamos tirados en la cama, hablando de pavadas, cuando me preguntó si pensaba que alguna vez íbamos a convivir en serio. Le pregunté qué pensaba él y me dijo que le gustaba la idea.
Y, contrario a lo que siempre hubiera pensado que me iba a pasar en un momento así, le dije que a mí también me gustaba la idea. Que podíamos hablar a ver que pasa después de terminar esta semana de convivencia a ver si nos seguíamos queriendo o si el estar tanto tiempo juntos nos terminaba haciendo odiarnos.
- Eso nunca, chiquita - dijo. - Sólo puede haber amor entre nosotros.
No llegué a entender si lo había dicho en el sentido de que no podía haber odio, o si quiso decir que lo nuestro era amor. No quise preguntar. Le dí un beso, y lo abracé.
Y sí, nosotros dos estamos bien. Y la convivencia nos está gustando a los dos, contra todo pronóstico. Pero, como siempre en esta vida, lo bueno dura poco. Y no sé cuanto de esta luna de miel va a quedar cuando finalmente le diga a Martín que hoy descubrí que tengo un atraso de seis días.
sábado, 28 de noviembre de 2009
Día 187 - Marido con todas las letras
Como todavía no pude averiguar qué fue lo que pasó, le pedí a Martín que se venga a quedar unos días acá en casa por si alguien se le ocurre caer de sorpresa a verificar que mi marido efectivamente vive acá.
Por un lado, creo que fue una buena idea. Por otro, no sé como le va a hacer esta semi-convivencia a nuestra semi-relación. Lo máximo que hemos pasado juntos seguido fue un día o dos, y el hecho de que venga hoy a la noche y se quede hasta el fin de semana que viene puede ser mucha presión. En fin, tampoco es que hubiera otra opción. Es claro que algo pasó y mientras no sepa bien qué fue o quién abrió la boca voy a tener que tener mucho cuidado de que no se descubra todo.
Martín está por venir, con su bolso. De la misma manera que vino Fabián hace un mes o dos. Es parecido, y a la vez tan diferente. Con Fabián ya estaba acostumbrada a convivir, sabía lo que me deparaba cuando le dije que se podía quedar. Pero ahora no tengo ni idea, nos puede ir genial, o todo lo contrario. No sé.
Voy a tratar de escribir cuando él esté en el trabajo o en la facultad. Va a ser difícil porque tengo horarios parecidos a los suyos. En todo caso, algo voy a inventar. Aprovecharé cuando se bañe para mantenerlos al tanto de todo o algo por el estilo.
Los quiero.
Por un lado, creo que fue una buena idea. Por otro, no sé como le va a hacer esta semi-convivencia a nuestra semi-relación. Lo máximo que hemos pasado juntos seguido fue un día o dos, y el hecho de que venga hoy a la noche y se quede hasta el fin de semana que viene puede ser mucha presión. En fin, tampoco es que hubiera otra opción. Es claro que algo pasó y mientras no sepa bien qué fue o quién abrió la boca voy a tener que tener mucho cuidado de que no se descubra todo.
Martín está por venir, con su bolso. De la misma manera que vino Fabián hace un mes o dos. Es parecido, y a la vez tan diferente. Con Fabián ya estaba acostumbrada a convivir, sabía lo que me deparaba cuando le dije que se podía quedar. Pero ahora no tengo ni idea, nos puede ir genial, o todo lo contrario. No sé.
Voy a tratar de escribir cuando él esté en el trabajo o en la facultad. Va a ser difícil porque tengo horarios parecidos a los suyos. En todo caso, algo voy a inventar. Aprovecharé cuando se bañe para mantenerlos al tanto de todo o algo por el estilo.
Los quiero.
jueves, 26 de noviembre de 2009
Día 185 - WTF???
Hace un rato sonó el portero eléctrico. Levanté el tubo y pregunté quien era, y escuché del otro lado la voz de mi tío Gabriel. Me pareció rarísimo, ya que no tenemos confianza como para que venga a mi casa sin avisar. Como percibí que había algo extraño, mientras subía aproveché para sacar las fotos con Martín de la caja y ponerlas sobre mi mesa de luz y en el comedor.
En seguida tocó timbre. Le abrí.
- ¿Qué hacés acá, tío? - pregunté, en un tono que no fue precisamente amigable.
- Eh...nada. Venía a visitarte nada más.
- ¿A visitarme?
- Sí - dijo, mientras miraba alrededor. - ¿Martín?
- En el trabajo.
- Pero ya son casi las nueve de la noche.
- ¿Y? Siempre demora, y aparte trabaja lejos de acá.
- Ah - dijo, no muy convencido. - ¿Así que ya viene, entonces? Bueno, me quedo a esperar a que venga así lo saludo.
Me pareció obvio que estaba sospechando algo, así que le dije que iba al baño para pensar que hacía. Agarré el celular y le escribí un mensaje a Martín preguntándole si podía venir, que después le explicaba bien por qué pero que necesitaba que viniera. Me contestó que estaba en la casa del abuela, en medio de una cena familiar, pero que si era muy importante venía igual. Me dio pena y le dije que no se preocupara.
Salí del baño y volví al comedor, en donde Gabriel se encontraba revisándome la heladera.
- ¿Qué estás haciendo, tío?
- Buscando algo para tomar, tengo un poco de sed. Pero no tenés nada.
- Hay agua nada más.
- Pensé que ibas a tener coca light. Bueno, en fin. ¿Cómo van tus cosas?
- Bien, bien. Escuchá, tío. No te lo tomes a mal, pero estoy atrasadísima con el estudio y tengo que seguir en lo que estaba.
- Ah, no te molesto. Me prendo la tele acá.
- No, no prendas nada. Necesito silencio para estudiar - dije, metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué el celular. - Y además Martín me acaba de mandar un mensaje diciendo que tiene partido con los amigos así que no tiene sentido que lo esperes.
- ¿Partido?
- Sí, tío. Partido. De fútbol. Juega al fútbol mi marido.
- Ah, mirá vos. No sabía.
- ¿No? Debes ser el único de la familia que no lo sabía.
- Bueno, capaz que soy el único. Pero igual que raro, ¿no? Que te avise tan sobre la hora que no viene.
- Es que los partidos son lunes y miércoles, y ayer no jugaron - mentí. - Era probable que lo cambiaran para hoy.
- Ah, sí, claro. Bueno, pero igual, vos pensabas que él venía del trabajo para acá.
- ¿Y? ¿No me puede avisar que cambió de planes?
- Sí, puede...
- ¿Y entonces?
- Nada. Que es raro, digo.
- Raro sos vos que venís así de la nada y empezás a hacer preguntas y a decir boludeces.
- Bueno, bueno.
- Bueno nada. Tengo que estudiar así que te pido que te retires.
- Bueno - dijo incorporándose. - Me voy, entonces.
- Bárbaro - dije, mientras lo acompañaba hacia la puerta. - Chau.
- Chau, Agus. Saludos a Martín.
- Quedate tranquilo que se los mando - dije, con una sonrisa muy falsa.
Cerré la puerta, todavía con una sensación rarísima. Y me sigo preguntando, ¿acá qué carajo pasa?
En seguida tocó timbre. Le abrí.
- ¿Qué hacés acá, tío? - pregunté, en un tono que no fue precisamente amigable.
- Eh...nada. Venía a visitarte nada más.
- ¿A visitarme?
- Sí - dijo, mientras miraba alrededor. - ¿Martín?
- En el trabajo.
- Pero ya son casi las nueve de la noche.
- ¿Y? Siempre demora, y aparte trabaja lejos de acá.
- Ah - dijo, no muy convencido. - ¿Así que ya viene, entonces? Bueno, me quedo a esperar a que venga así lo saludo.
Me pareció obvio que estaba sospechando algo, así que le dije que iba al baño para pensar que hacía. Agarré el celular y le escribí un mensaje a Martín preguntándole si podía venir, que después le explicaba bien por qué pero que necesitaba que viniera. Me contestó que estaba en la casa del abuela, en medio de una cena familiar, pero que si era muy importante venía igual. Me dio pena y le dije que no se preocupara.
Salí del baño y volví al comedor, en donde Gabriel se encontraba revisándome la heladera.
- ¿Qué estás haciendo, tío?
- Buscando algo para tomar, tengo un poco de sed. Pero no tenés nada.
- Hay agua nada más.
- Pensé que ibas a tener coca light. Bueno, en fin. ¿Cómo van tus cosas?
- Bien, bien. Escuchá, tío. No te lo tomes a mal, pero estoy atrasadísima con el estudio y tengo que seguir en lo que estaba.
- Ah, no te molesto. Me prendo la tele acá.
- No, no prendas nada. Necesito silencio para estudiar - dije, metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué el celular. - Y además Martín me acaba de mandar un mensaje diciendo que tiene partido con los amigos así que no tiene sentido que lo esperes.
- ¿Partido?
- Sí, tío. Partido. De fútbol. Juega al fútbol mi marido.
- Ah, mirá vos. No sabía.
- ¿No? Debes ser el único de la familia que no lo sabía.
- Bueno, capaz que soy el único. Pero igual que raro, ¿no? Que te avise tan sobre la hora que no viene.
- Es que los partidos son lunes y miércoles, y ayer no jugaron - mentí. - Era probable que lo cambiaran para hoy.
- Ah, sí, claro. Bueno, pero igual, vos pensabas que él venía del trabajo para acá.
- ¿Y? ¿No me puede avisar que cambió de planes?
- Sí, puede...
- ¿Y entonces?
- Nada. Que es raro, digo.
- Raro sos vos que venís así de la nada y empezás a hacer preguntas y a decir boludeces.
- Bueno, bueno.
- Bueno nada. Tengo que estudiar así que te pido que te retires.
- Bueno - dijo incorporándose. - Me voy, entonces.
- Bárbaro - dije, mientras lo acompañaba hacia la puerta. - Chau.
- Chau, Agus. Saludos a Martín.
- Quedate tranquilo que se los mando - dije, con una sonrisa muy falsa.
Cerré la puerta, todavía con una sensación rarísima. Y me sigo preguntando, ¿acá qué carajo pasa?
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Día 184 - Oh, L' amour!
Por mucho tiempo creí que amar y estar enamorado era lo mismo. Veía a Martín, cuando teníamos dieciséis años y pensaba que me pasaban las dos cosas con él. Sentía que lo amaba con cada fibra de mi ser y a la vez, lo veía como una persona con la que quería estar siempre y eso para mí constituía el enamoramiento.
Sin embargo, con el tiempo, me di cuenta de que eran dos cosas separables. Entendí, que uno puede amar a una persona sólo por que lo siente, sin mayor explicación. En cambio, estar enamorado de alguien, requiere mucho más.
Entender el concepto de amar es mucho fácil que el de estar enamorado. Todos amamos a alguien. Ya sea a un familiar, a un amigo o a una pareja. Estar enamorado de alguien, sin embargo, es otra cosa. Para mí, es ver algo más en el otro, algo más allá de lo que ve cualquier otra persona.
Es verlo y admirarlo. Saber que tiene algo especial, algo que lo hace diferente de los demás, algo que lo hace único. El enamoramiento no tiene nada que ver con maximizar las virtudes y minimizar los defectos, al menos para mí. Creo que es, precisamente, todo lo contrario. Conocer al otro en su totalidad y sí, admirar las cosas buenas que tenga pero saber que aún con todas las fallas que pueda tener, lo seguís eligiendo.
Siempre creí amar a Martín. Pero nunca supe por qué. Supongo que siempre lo amé por ser una persona tan importante en mi vida, a quien quiero muchísimo y por la que siento algo muy fuerte. Pero nunca supe qué era lo que él tenía que me hacía amarlo, y creo que es precisamente por eso que nunca estuve enamorada de él.
Sin embargo, ayer pasó algo que me hizo pensar. Durante las semanas que estuvo Fabián viviendo conmigo, mi departamento se volvió un lugar increíblemente desordenado. En mi ropero había ropa de los dos mezclada, zapatos suyos tirados encima de los míos, y boxers entreverados con mi ropa interior. Cuando juntó su ropa para irse, dejó todo incluso más desordenado de lo que estaba antes y tiró todo para cualquier lado. En la pileta, quedaron una infinidad de platos sin lavar. En el baño, algunas cremas mías en el suelo que tiró Fabián en el apuro mientras sacaba sus cosas de afeitar.
Mi idea era arreglarlo todo ayer cuando llegara del trabajo, pero no pude. Cuando abrí la puerta me encontré con que todo estaba impecable. En la pileta no había nada, mi ropero estaba ordenado y mi cuarto y mi baño estaban relucientes. En la cocina, se encontraba un Martín sonriente con delantal.
- ¿Vos hiciste todo esto? - pregunté mientras recorría la casa.
- Sí.
- ¿Y por qué?
- Porque sé que no te gusta tener la casa desordenada, pero también sabía que hoy ibas a volver cansada del trabajo y probablemente no ibas a tener ganas de ordenar, entonces lo hice yo. Y sabía, también, que cuando llegaras cansada no ibas a querer ponerte a preparar nada para comer. Pero también sabía que estás preocupada por la plata que estás gastando en delivery y que probablemente terminaras comiendo galletitas. Entonces decidí cocinar yo. O intentar hacerlo, porque no sé como me va a quedar.
Me quedé muda. Sin decir nada, me acerqué hasta él, lo abracé y le di un beso. Le agradecí por todo y me dijo que no me preocupara. Fui hasta mi cuarto a dejar mis cosas, y abrí el ropero para sacar un vestido para ponerme. En seguida divisé, en el fondo del mismo, la caja con nuestras fotos juntos. Y cuando ví una de las fotos del casamiento tuve una especie de revelación.
Casarse conmigo fue un acto de amor. Al igual que ordenar la casa y preparar la cena porque yo estaba cansada. Y esas cosas, fueron precisamente lo que yo necesitaba. Y entendí, que para mí, es eso lo que hace a Martín una persona especial. El hecho de saber qué es lo que yo necesito y estar dispuesto a hacer algo al respecto.
Y hoy, mientras nos despedíamos, me puse a pensar en todas estas cuestiones. Y cuando escuché que se cerraba la puerta del ascensor, apoyé mi espalda en la puerta y dije "te amo". Después, me deslicé hasta quedar sentada en el suelo y agregué "y estoy enamorada de vos".
Sin embargo, con el tiempo, me di cuenta de que eran dos cosas separables. Entendí, que uno puede amar a una persona sólo por que lo siente, sin mayor explicación. En cambio, estar enamorado de alguien, requiere mucho más.
Entender el concepto de amar es mucho fácil que el de estar enamorado. Todos amamos a alguien. Ya sea a un familiar, a un amigo o a una pareja. Estar enamorado de alguien, sin embargo, es otra cosa. Para mí, es ver algo más en el otro, algo más allá de lo que ve cualquier otra persona.
Es verlo y admirarlo. Saber que tiene algo especial, algo que lo hace diferente de los demás, algo que lo hace único. El enamoramiento no tiene nada que ver con maximizar las virtudes y minimizar los defectos, al menos para mí. Creo que es, precisamente, todo lo contrario. Conocer al otro en su totalidad y sí, admirar las cosas buenas que tenga pero saber que aún con todas las fallas que pueda tener, lo seguís eligiendo.
Siempre creí amar a Martín. Pero nunca supe por qué. Supongo que siempre lo amé por ser una persona tan importante en mi vida, a quien quiero muchísimo y por la que siento algo muy fuerte. Pero nunca supe qué era lo que él tenía que me hacía amarlo, y creo que es precisamente por eso que nunca estuve enamorada de él.
Sin embargo, ayer pasó algo que me hizo pensar. Durante las semanas que estuvo Fabián viviendo conmigo, mi departamento se volvió un lugar increíblemente desordenado. En mi ropero había ropa de los dos mezclada, zapatos suyos tirados encima de los míos, y boxers entreverados con mi ropa interior. Cuando juntó su ropa para irse, dejó todo incluso más desordenado de lo que estaba antes y tiró todo para cualquier lado. En la pileta, quedaron una infinidad de platos sin lavar. En el baño, algunas cremas mías en el suelo que tiró Fabián en el apuro mientras sacaba sus cosas de afeitar.
Mi idea era arreglarlo todo ayer cuando llegara del trabajo, pero no pude. Cuando abrí la puerta me encontré con que todo estaba impecable. En la pileta no había nada, mi ropero estaba ordenado y mi cuarto y mi baño estaban relucientes. En la cocina, se encontraba un Martín sonriente con delantal.
- ¿Vos hiciste todo esto? - pregunté mientras recorría la casa.
- Sí.
- ¿Y por qué?
- Porque sé que no te gusta tener la casa desordenada, pero también sabía que hoy ibas a volver cansada del trabajo y probablemente no ibas a tener ganas de ordenar, entonces lo hice yo. Y sabía, también, que cuando llegaras cansada no ibas a querer ponerte a preparar nada para comer. Pero también sabía que estás preocupada por la plata que estás gastando en delivery y que probablemente terminaras comiendo galletitas. Entonces decidí cocinar yo. O intentar hacerlo, porque no sé como me va a quedar.
Me quedé muda. Sin decir nada, me acerqué hasta él, lo abracé y le di un beso. Le agradecí por todo y me dijo que no me preocupara. Fui hasta mi cuarto a dejar mis cosas, y abrí el ropero para sacar un vestido para ponerme. En seguida divisé, en el fondo del mismo, la caja con nuestras fotos juntos. Y cuando ví una de las fotos del casamiento tuve una especie de revelación.
Casarse conmigo fue un acto de amor. Al igual que ordenar la casa y preparar la cena porque yo estaba cansada. Y esas cosas, fueron precisamente lo que yo necesitaba. Y entendí, que para mí, es eso lo que hace a Martín una persona especial. El hecho de saber qué es lo que yo necesito y estar dispuesto a hacer algo al respecto.
Y hoy, mientras nos despedíamos, me puse a pensar en todas estas cuestiones. Y cuando escuché que se cerraba la puerta del ascensor, apoyé mi espalda en la puerta y dije "te amo". Después, me deslicé hasta quedar sentada en el suelo y agregué "y estoy enamorada de vos".
sábado, 21 de noviembre de 2009
Día 182 - Mis 120 metros cuadrados
Ronit, la hermana mayor de Martín, vive con el novio hace como dos años. Yael, su hermana menor (aunque mayor que él) se mudó con su novio hace como un mes. Sus padres, se fueron el jueves a Brasil a visitar a unos primos, por lo que su casa quedaba completamente sola.
Como tener privacidad ahora que Fabián vive en casa es muy difícil, mi marido me dijo de aprovechar que su casa estaba sola. La idea era que yo fuera ayer de noche con un bolsito y que me quedara hasta el domingo con él.
Ayer al mediodía, le conté a mi hermano mis planes. Le dije que me iba a ir a lo de Martín directo de trabajar, por lo que me fui de mi departamento con un bolso y la idea de no volver hasta el domingo. El tema fue que cuando me estaba yendo del trabajo me llegó un mensaje de mi marido diciendo que tenía partido y que demoraba un poco en llegar a su casa. Me dijo que lo esperara ahí, que venía como a las diez.
Para aprovechar el tiempo mientras lo esperaba en su casa, decidí que estudiar sería una buena idea. Iba a tener que pasar por casa a buscar los libros, pero como vivimos relativamente cerca y estaba con el auto no me importó demasiado. Iban a ser dos minutos.
Estacioné, subí, y abrí la puerta. La imagen con la que me encontré todavía me trae pesadillas. Fabián, no sólo se encontraba completamente desnudo, sino que se encontraba acompañado por otra chica, desnuda también. Estaban los dos en el living, la chica abajo y él arriba, en plena acción.
Él me vio en tetas y bombacha, y fue una situación horrible para ambos. Pero verlo a él no sólo desnudo sino teniendo sexo en mi sillón fue mil veces peor. En el momento me di vuelta lo más rápido que pude y me fui, pero él sabe que lo ví.
Ahora tengo miedo de volver a mi casa. Me parece que me quedo a vivir acá en lo de Martín. En estos cientoveinte metros cuadrados que no son como mis cuarenta y ocho pero que, al menos hasta que me pueda sacar esas imágenes de la cabeza, van a ser mi hogar dulce hogar.
Como tener privacidad ahora que Fabián vive en casa es muy difícil, mi marido me dijo de aprovechar que su casa estaba sola. La idea era que yo fuera ayer de noche con un bolsito y que me quedara hasta el domingo con él.
Ayer al mediodía, le conté a mi hermano mis planes. Le dije que me iba a ir a lo de Martín directo de trabajar, por lo que me fui de mi departamento con un bolso y la idea de no volver hasta el domingo. El tema fue que cuando me estaba yendo del trabajo me llegó un mensaje de mi marido diciendo que tenía partido y que demoraba un poco en llegar a su casa. Me dijo que lo esperara ahí, que venía como a las diez.
Para aprovechar el tiempo mientras lo esperaba en su casa, decidí que estudiar sería una buena idea. Iba a tener que pasar por casa a buscar los libros, pero como vivimos relativamente cerca y estaba con el auto no me importó demasiado. Iban a ser dos minutos.
Estacioné, subí, y abrí la puerta. La imagen con la que me encontré todavía me trae pesadillas. Fabián, no sólo se encontraba completamente desnudo, sino que se encontraba acompañado por otra chica, desnuda también. Estaban los dos en el living, la chica abajo y él arriba, en plena acción.
Él me vio en tetas y bombacha, y fue una situación horrible para ambos. Pero verlo a él no sólo desnudo sino teniendo sexo en mi sillón fue mil veces peor. En el momento me di vuelta lo más rápido que pude y me fui, pero él sabe que lo ví.
Ahora tengo miedo de volver a mi casa. Me parece que me quedo a vivir acá en lo de Martín. En estos cientoveinte metros cuadrados que no son como mis cuarenta y ocho pero que, al menos hasta que me pueda sacar esas imágenes de la cabeza, van a ser mi hogar dulce hogar.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Día 180 - This time around
De: Martín
Para: Agustina
"Fue un gusto conocerte, Agustina. Me gustaste. Querés salir conmigo de nuevo el sábado?"
De: Agustina
Para: Martín
"Vos también me gustaste, así que sí, salgamos el sábado. Y debo decir que tu actuación entre las sábanas no estuvo nada mal."
De: Martín
Para: Agustina
"La tuya tampoco, creeme. Ya te voy a agarrar el sábado de nuevo."
De: Agustina
Para: Martín
"Y si no esperamos hasta el sábado?"
De: Martín
Para: Agustina
"Cuando voy?"
De: Agustina
Para: Martín
"Hoy de noche."
De: Martín
Para: Agustina
"Mejor voy ya"
De: Agustina
Para: Martín
"Jajaja, bueno. Vení ya."
Eso pasó ayer, y apenas nos separamos para ir a trabajar, como la otra semana. Es la primera vez en toda nuestra historia que realmente tengo la necesidad de estar con él. Y sí, necesidad. Siempre me gustó tenerlo cerca, hablar con él, pero ahora es otra cosa. Lo veo y me pongo boba. Me dice que se va y pienso que lo voy a extrañar, aunque sean unas horas. Me dan ganas de estar simplemente tirada con él en la cama, jugando con su pelo, mientras me cuenta lo que hizo el rato que no estuvo conmigo.
Quiero que se quede a dormir y despertarlo con besos. Llevarle el desayuno a la cama. Aprender a cocinar para hacerle algo rico. Decirle que es lindo. Escuchar su voz.
Y aún así, estoy tratando de mantener la calma. No decir nada que lo pueda ahuyentar. No demostrar demasiado lo enganchada que estoy. No contarle lo feliz que me pone estar así. Y me cuesta mucho, pero puedo soportarlo. Ya habrá oportunidad de decirle que lo quiero hasta que se harte de escucharlo. Seguro que sí.
Para: Agustina
"Fue un gusto conocerte, Agustina. Me gustaste. Querés salir conmigo de nuevo el sábado?"
De: Agustina
Para: Martín
"Vos también me gustaste, así que sí, salgamos el sábado. Y debo decir que tu actuación entre las sábanas no estuvo nada mal."
De: Martín
Para: Agustina
"La tuya tampoco, creeme. Ya te voy a agarrar el sábado de nuevo."
De: Agustina
Para: Martín
"Y si no esperamos hasta el sábado?"
De: Martín
Para: Agustina
"Cuando voy?"
De: Agustina
Para: Martín
"Hoy de noche."
De: Martín
Para: Agustina
"Mejor voy ya"
De: Agustina
Para: Martín
"Jajaja, bueno. Vení ya."
Eso pasó ayer, y apenas nos separamos para ir a trabajar, como la otra semana. Es la primera vez en toda nuestra historia que realmente tengo la necesidad de estar con él. Y sí, necesidad. Siempre me gustó tenerlo cerca, hablar con él, pero ahora es otra cosa. Lo veo y me pongo boba. Me dice que se va y pienso que lo voy a extrañar, aunque sean unas horas. Me dan ganas de estar simplemente tirada con él en la cama, jugando con su pelo, mientras me cuenta lo que hizo el rato que no estuvo conmigo.
Quiero que se quede a dormir y despertarlo con besos. Llevarle el desayuno a la cama. Aprender a cocinar para hacerle algo rico. Decirle que es lindo. Escuchar su voz.
Y aún así, estoy tratando de mantener la calma. No decir nada que lo pueda ahuyentar. No demostrar demasiado lo enganchada que estoy. No contarle lo feliz que me pone estar así. Y me cuesta mucho, pero puedo soportarlo. Ya habrá oportunidad de decirle que lo quiero hasta que se harte de escucharlo. Seguro que sí.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Día 178 - First date
Pasé a buscar a Martín por la casa y nos saludamos con un beso en el cachete, como si nuestras bocas no se hubieran conocido todavía. Mientras íbamos camino al restorán sonaban los Beatles y yo le dije que eran mi banda preferida, como si él no lo supiera. Me contó que a él también le gustaban, y pretendí sorprenderme al escucharlo. Después, hubo un momento de silencio en el que me acordé de nuestra primera vez, con los Beatles sonando de fondo. Él también se quedó callado, por lo que pensé que probablemente estaba pensando lo mismo. Sonreí, y me devolvió la sonrisa.
Nuestra primera vez había sido perfecta. Fue exactamente el día de mi cumpleaños de veinte. Estábamos en su casa, sus padres se habían ido por el fin de semana, así que nos encontrábamos solos. Me acuerdo que estaba nerviosa, casi tanto como mi primera vez, con el italiano en Nueva York dos meses antes. Pero ahí estaba Martín, el amor de mi vida, y para mí la primera vez real iba a ser esa. Con él. Sé que llegué, me abrió la puerta y a partir de ese momento no nos sacamos las manos de encima. Nos dimos besos contra la puerta, en el pasillo, y después en su cama. En un momento, se acercó hasta la computadora e hizo sonar una playlist con toda la discografía de los Beatles. Y después de eso, despacio, volvió hacia donde estaba yo y me abrazó fuerte. Me dijo que no teníamos por qué hacerlo ese día, que me notaba nerviosa y que podíamos esperar. Me dijo que él no tenía ningún apuro. Pero yo ya no quería esperar, quería estar con él en ese momento. Lentamente, le saqué remera. Y, muy despacio, él me sacó mi vestido. El resto fue muy lindo. Sentí que estaba precisamente en donde debía estar, con quien debía estar.Después de terminar, me quedé. En mi casa había inventado que me quedaba en lo de Valentina a dormir. Al otro día nos levantamos y desayunamos juntos.
Vuelvo a la noche del sábado. Llegamos al restorán y nos sentamos en una mesa. Lo miro, y sonrío. Está lindo. Hermoso, te diría. Tiene una remera azul que le queda muy bien. Y además es lindo. Es Martín.
El mozo nos trae la carta y le pregunto qué va a pedir, como si no supiera que va a elegir pasta. Él me pregunta a mí, como si no supiera que mi elección va a ser milanesa con puré. Me río cuando pide la pasta, se ríe cuando pido mi milanesa.
- ¿Para beber? - pregunta el mozo.
- Dos cocas light - digo, sin pensar.
- Bien - dice, y se va.
- ¿Cómo sabías que tomo coca light? - pregunta Martín en tono burlón.
- No lo sabía - contesto, y me río. - Fue sólo un presentimiento.
Hablamos de todo como si recién nos estuviéramos conociendo. Le conté que estudiaba economía, y él me dijo que lo suyo era administración de empresas. Me contó de su familia, y yo le dije que de la mía prefería no hablar. Se rió. Me contó muchas cosas suyas, de las cuales algunas, sorprendemente, no conocía. Me enteré el sábado a la noche, que por más que se lleva bien con sus padres, se quiere ir a vivir solo cuando pueda. Me dijo, también, que le gustaría hacer un viaje si le alcanzara la plata. Y después, en un momento me dijo que él había estado mucho tiempo sin saber lo que quería en el terreno amoroso, pero que ahora se había dado cuenta de que había sólo una persona con la que quería estar.
- ¿Entonces que hacés acá conmigo? - pregunté riéndome.
- Estoy pensando que esa persona podés ser vos - contestó, y se rió.
Después de comer, cuando nos subimos al auto, me dio un beso. A ese le siguieron unos cuantos más. Después, arranqué el auto, pero no me dirigí a su casa sino a la mía.
- ¿A dónde me llevás? - preguntó, como si no supiera donde iba a terminar la noche.
- A que conozcas mi departamento.
- Ah, la chica vive sola. No cualquiera vive solo a los veintiuno.
- No, es verdad. Pero lo mío es un caso especial.
- Ah, ¿sí?
- Sí, pero es una historia larga. Otro día te la cuento.
- Bueno. ¿Y qué vamos a hacer en tu departamento?
- Nada - dije, y me reí. - Es nuestra primera cita, espero que no pienses llevarme a la cama.
- Por supuesto que no. Además, ni siquiera me atraés tanto fisícamente. Nada, te diría.
- Ah, mirá vos. ¿O sea que si ahora subimos al departamento y yo me saco toda la ropa vos no hacés nada?
- Nada de nada.
- Vamos a ver si cumplís tu palabra, entonces.
- No me va a costar mucho. Si fueras como una mina con la que estuve mil años que estaba buenísima, de repente sí. Pero a vos, no sé, no me muero por tocarte.
- Yo tampoco a vos, qué te pensás.
- Pienso que te morís de ganas de probar este pedazo de carne.
- Jajajaja. Soñá, chiquito. Yo no te toco ni con un palo.
- Ah, ¿no?
- No.
Mientras yo seguía manejando, mi cita me empezó a dar besos en el cuello, y después en la oreja.
- Basta. No me puedo concentrar así.
- Que raro. Se ve que algo te provoco, entonces.
- Algo chiquititito.
Cuando dije eso me empezó a tocar la pierna con una mano, y el pelo con la otra. Agradecí estar casi llegando a mi casa porque no sé cuanto tiempo más hubiera podido aguantar sin tocar a Martín. Finalmente, llegamos. Ya en el ascensor, estábamos manoséandonos como adolescentes. Cuando abrimos la puerta de mi departamento, nos empezamos a sacar la ropa y a tirarla, mientras caminábamos hacia mi cuarto.
Parece que no era tan cierto que no nos atraíamos.
Nuestra primera vez había sido perfecta. Fue exactamente el día de mi cumpleaños de veinte. Estábamos en su casa, sus padres se habían ido por el fin de semana, así que nos encontrábamos solos. Me acuerdo que estaba nerviosa, casi tanto como mi primera vez, con el italiano en Nueva York dos meses antes. Pero ahí estaba Martín, el amor de mi vida, y para mí la primera vez real iba a ser esa. Con él. Sé que llegué, me abrió la puerta y a partir de ese momento no nos sacamos las manos de encima. Nos dimos besos contra la puerta, en el pasillo, y después en su cama. En un momento, se acercó hasta la computadora e hizo sonar una playlist con toda la discografía de los Beatles. Y después de eso, despacio, volvió hacia donde estaba yo y me abrazó fuerte. Me dijo que no teníamos por qué hacerlo ese día, que me notaba nerviosa y que podíamos esperar. Me dijo que él no tenía ningún apuro. Pero yo ya no quería esperar, quería estar con él en ese momento. Lentamente, le saqué remera. Y, muy despacio, él me sacó mi vestido. El resto fue muy lindo. Sentí que estaba precisamente en donde debía estar, con quien debía estar.Después de terminar, me quedé. En mi casa había inventado que me quedaba en lo de Valentina a dormir. Al otro día nos levantamos y desayunamos juntos.
Vuelvo a la noche del sábado. Llegamos al restorán y nos sentamos en una mesa. Lo miro, y sonrío. Está lindo. Hermoso, te diría. Tiene una remera azul que le queda muy bien. Y además es lindo. Es Martín.
El mozo nos trae la carta y le pregunto qué va a pedir, como si no supiera que va a elegir pasta. Él me pregunta a mí, como si no supiera que mi elección va a ser milanesa con puré. Me río cuando pide la pasta, se ríe cuando pido mi milanesa.
- ¿Para beber? - pregunta el mozo.
- Dos cocas light - digo, sin pensar.
- Bien - dice, y se va.
- ¿Cómo sabías que tomo coca light? - pregunta Martín en tono burlón.
- No lo sabía - contesto, y me río. - Fue sólo un presentimiento.
Hablamos de todo como si recién nos estuviéramos conociendo. Le conté que estudiaba economía, y él me dijo que lo suyo era administración de empresas. Me contó de su familia, y yo le dije que de la mía prefería no hablar. Se rió. Me contó muchas cosas suyas, de las cuales algunas, sorprendemente, no conocía. Me enteré el sábado a la noche, que por más que se lleva bien con sus padres, se quiere ir a vivir solo cuando pueda. Me dijo, también, que le gustaría hacer un viaje si le alcanzara la plata. Y después, en un momento me dijo que él había estado mucho tiempo sin saber lo que quería en el terreno amoroso, pero que ahora se había dado cuenta de que había sólo una persona con la que quería estar.
- ¿Entonces que hacés acá conmigo? - pregunté riéndome.
- Estoy pensando que esa persona podés ser vos - contestó, y se rió.
Después de comer, cuando nos subimos al auto, me dio un beso. A ese le siguieron unos cuantos más. Después, arranqué el auto, pero no me dirigí a su casa sino a la mía.
- ¿A dónde me llevás? - preguntó, como si no supiera donde iba a terminar la noche.
- A que conozcas mi departamento.
- Ah, la chica vive sola. No cualquiera vive solo a los veintiuno.
- No, es verdad. Pero lo mío es un caso especial.
- Ah, ¿sí?
- Sí, pero es una historia larga. Otro día te la cuento.
- Bueno. ¿Y qué vamos a hacer en tu departamento?
- Nada - dije, y me reí. - Es nuestra primera cita, espero que no pienses llevarme a la cama.
- Por supuesto que no. Además, ni siquiera me atraés tanto fisícamente. Nada, te diría.
- Ah, mirá vos. ¿O sea que si ahora subimos al departamento y yo me saco toda la ropa vos no hacés nada?
- Nada de nada.
- Vamos a ver si cumplís tu palabra, entonces.
- No me va a costar mucho. Si fueras como una mina con la que estuve mil años que estaba buenísima, de repente sí. Pero a vos, no sé, no me muero por tocarte.
- Yo tampoco a vos, qué te pensás.
- Pienso que te morís de ganas de probar este pedazo de carne.
- Jajajaja. Soñá, chiquito. Yo no te toco ni con un palo.
- Ah, ¿no?
- No.
Mientras yo seguía manejando, mi cita me empezó a dar besos en el cuello, y después en la oreja.
- Basta. No me puedo concentrar así.
- Que raro. Se ve que algo te provoco, entonces.
- Algo chiquititito.
Cuando dije eso me empezó a tocar la pierna con una mano, y el pelo con la otra. Agradecí estar casi llegando a mi casa porque no sé cuanto tiempo más hubiera podido aguantar sin tocar a Martín. Finalmente, llegamos. Ya en el ascensor, estábamos manoséandonos como adolescentes. Cuando abrimos la puerta de mi departamento, nos empezamos a sacar la ropa y a tirarla, mientras caminábamos hacia mi cuarto.
Parece que no era tan cierto que no nos atraíamos.
jueves, 12 de noviembre de 2009
Día 176 - Hello, stranger
Dos personas se conocen. Se pueden o no gustar. Si se gustan, alguno de los dos puede intentar algo con el otro, o no. Si lo intenta, el otro puede responder o no. Si responde, estas dos personas probablemente empiecen a salir. Si los dos se gustan y se llevan bien, hay chances de que en algún momento terminen en una relación. Dentro de las personas que están en una relación, algunos de ellos deciden convivir. Luego de un tiempo de convivencia existe la posibilidad de que se casen.
Martín y yo hicimos cualquier cosa. Nos conocimos y nos gustamos, pero nunca llegamos a salir. Nos veíamos en su casa o en la mía con la excusa de mirar una película, cosa que creo que no llegamos a hacer nunca. En cinco años de "relación" nunca fuimos al cine, ni al teatro, ni a cenar. Y, por motivos que ustedes ya conocen, pasamos de ser "algo" a marido y mujer. Así nomás. Sin salidas, sin relación, sin convivencia.
Ayer, hablamos de que entre nosotros ya habían pasado muchas cosas. Y que eso, de alguna manera nos condiciona para lo que queremos intentar ahora. Martín piensa que es probable que las cosas no funcionen una vez más y yo, aunque esté dispuesta a probar, sé que las estadísticas dicen que vamos a fracasar como lo hicimos tantas otras veces.
Y en eso fue que pensé que teníamos que vivir todas esas etapas intermedias que nunca cumplimos. Y se me ocurrió plantearle a Martín empezar de cero. Pretender que recién nos conocimos y que, a grandes rasgos, somos dos extraños. Olvidarnos de las peleas, de las separaciones, de las veces que dejamos. Lé gustó la idea. Así que a partir de ahora somos dos personas sin ningún tipo de vínculo legal, que van a cenar el sábado a la noche.
Ya no somos Martín y Agustina. Nos acabamos de conocer. No sé donde. Ni como. Ni por qué. Solo sé que hay algo de él que me gusta. Y que quiero conocerlo más porque siento que puede haber algo bueno entre nosotros.
No sé, es sólo un presentimiento. A fin de cuentas, no lo conozco lo suficiente como para empezar a calcular en mi cabecita de futura economista la probabilidad de que las cosas salgan bien. Así que, sin ningún tipo de cálculo y basándome en la intuición, digo que puede ser que entre este chico y yo haya algo especial.
Martín y yo hicimos cualquier cosa. Nos conocimos y nos gustamos, pero nunca llegamos a salir. Nos veíamos en su casa o en la mía con la excusa de mirar una película, cosa que creo que no llegamos a hacer nunca. En cinco años de "relación" nunca fuimos al cine, ni al teatro, ni a cenar. Y, por motivos que ustedes ya conocen, pasamos de ser "algo" a marido y mujer. Así nomás. Sin salidas, sin relación, sin convivencia.
Ayer, hablamos de que entre nosotros ya habían pasado muchas cosas. Y que eso, de alguna manera nos condiciona para lo que queremos intentar ahora. Martín piensa que es probable que las cosas no funcionen una vez más y yo, aunque esté dispuesta a probar, sé que las estadísticas dicen que vamos a fracasar como lo hicimos tantas otras veces.
Y en eso fue que pensé que teníamos que vivir todas esas etapas intermedias que nunca cumplimos. Y se me ocurrió plantearle a Martín empezar de cero. Pretender que recién nos conocimos y que, a grandes rasgos, somos dos extraños. Olvidarnos de las peleas, de las separaciones, de las veces que dejamos. Lé gustó la idea. Así que a partir de ahora somos dos personas sin ningún tipo de vínculo legal, que van a cenar el sábado a la noche.
Ya no somos Martín y Agustina. Nos acabamos de conocer. No sé donde. Ni como. Ni por qué. Solo sé que hay algo de él que me gusta. Y que quiero conocerlo más porque siento que puede haber algo bueno entre nosotros.
No sé, es sólo un presentimiento. A fin de cuentas, no lo conozco lo suficiente como para empezar a calcular en mi cabecita de futura economista la probabilidad de que las cosas salgan bien. Así que, sin ningún tipo de cálculo y basándome en la intuición, digo que puede ser que entre este chico y yo haya algo especial.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Día 175 - If you never try, then you'll never know
Hace un rato me llamó Martín, para decirme que no se tenía por qué haber ido así. Dice que se asustó. Le dije que lo entendía, y que capaz que yo tendría que haber dejado que pasaran más días antes de decir que esta contenta de que hubiéramos vuelto. Me dijo que ese no era el problema, sino que tenía miedo de que las cosas no funcionaran una vez más, pero que él quiere estar conmigo.
Quedó que viene para acá así hablamos bien. Espero que, finalmente, podamos encontrar la manera de estar juntos. De mi parte, voy a hacer todo lo posible para que nuestra relación funcione. Porque, de alguna manera extraña, creo en la pareja Martín y Agustina.
Probablemente esté siendo ilusa, ingenua, irracional. Pero no me importa. Si me tengo que tropezar mil veces con la misma piedra, lo voy a hacer, porque siempre hay que probar. Esta vez, voy a decidir arriesgarme. Basta de ser fría como mecanismo de defensa por si las cosas no funcionan. Esta vez, si decidimos intentar de nuevo, me voy a meter de lleno en la relación. Y si me termino enamorando, que así sea.
Quedó que viene para acá así hablamos bien. Espero que, finalmente, podamos encontrar la manera de estar juntos. De mi parte, voy a hacer todo lo posible para que nuestra relación funcione. Porque, de alguna manera extraña, creo en la pareja Martín y Agustina.
Probablemente esté siendo ilusa, ingenua, irracional. Pero no me importa. Si me tengo que tropezar mil veces con la misma piedra, lo voy a hacer, porque siempre hay que probar. Esta vez, voy a decidir arriesgarme. Basta de ser fría como mecanismo de defensa por si las cosas no funcionan. Esta vez, si decidimos intentar de nuevo, me voy a meter de lleno en la relación. Y si me termino enamorando, que así sea.
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