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jueves, 22 de octubre de 2009

Día 156 - Flashback: Buscadores de tesoros

Al otro día de que le dejé el cartel a mi madre implicando que la que tenía que adelgazar era ella, en seguida noté que el clima en mi casa se estaba poniendo cada vez más pesado.

Cuando me levanté vi a María cocinando una tarta de jamón y queso. Normalmente, lo que dejaba los sábados cuando se iba eran empanadas, pero me comentó que mi madre le había dicho que las empanadas tenían mucha masa y que hasta el día de mi casamiento estaban prohibidas. Ya arranqué mal el día.

A eso de las ocho de la noche, volví de tomar un café con una amiga y abrí la heladera para servirme un vaso de coca. Para mi sorpresa, la coca de un litro y medio que había visto de mañana había desaparecido sin dejar rastro. Fui hasta el cuarto de Fabián y le pregunté si se la había tomado él y me dijo que no. Que había ido después de almorzar a servirse un vaso y que no la había encontrado. Entre los dos pensamos que era imposible que mis padres se hubieran tomado la botella entera, por lo cual decidimos preguntarle a María que había pasado con la coca. Le mandamos un mensaje de texto preguntándole por el paradero de la famosa botella y nos contestó que ella no se quería meter.

- Gorda cerda, ¿qué quiere decir con que no se quiere meter?
- Que acá mamá hizo algo. Seguro que escondió la coca para que yo no me hinche o alguna pelotudez del estilo.
- ¿Decís que volvió a esconder las cosas como cuando eramos chicos? - preguntó Fabián.
- Para mí que sí.

Fuimos a la cocina y empezamos a buscarla. Abrimos los roperos, revisamos todos los rincones de la heladera y hasta nos fijamos atrás de ella. Nada. Decidimos ir al escritorio de mi madre, que es un cuarto de casa vieja enteramente dedicado a guardar porquerías suyas. Revolvimos absolutamente todo, nos fijamos adentro de cada cajón, en los roperos y atrás de unas cajas. La coca seguía sin aparecer. El siguiente lugar de búsqueda fue el cuarto nuestros padres, en donde tampoco obtuvimos ningún resultado. Ya vencidos, fuimos al living. Encontrar esta coca era más difícil que encontrar oro.

Nos fijamos abajo de una mesa, en los sillones, adentro de un ropero y de la coca ni rastros. En un momento, mi hermano se sentó en la silla de computadora y vio una bolsa de Levi's en el piso. Sorprendentemente, la coca estaba ahí adentro, tapada con dos remeras. En mi vida me hubiera imaginado que una coca que originalmente pertenecía a la heladera se encontraba en el piso del living al lado de la impresora. Para peor, estaba caliente y tuvimos que esperar a que se enfriara para poder tomarla. Mientras, nos sentamos en las sillas del comedor.

- Tengo hambre, gorda - dijo Fabián.
- Hay tarta de jamón y queso.
- ¿Dónde? - preguntó mientras iba hacia la cocina.
- ¿No está arriba de la mesada?
- No.

Me acerqué a donde estaba él y vi que en el lugar en el cual María siempre nos dejaba lo que había preparado estaba vacío.
- Lo único que falta es que tengamos que hacer otra búsqueda del tesoro para encontrar la tarta - dije, previsiblemente molesta.
- Si escondió la coca, escondió la tarta también.

Ya bastante enojados, empezamos a buscarla. Descartamos, en principio, todos los lugares de la casa en donde habíamos estado buscando la coca. Nuestro territorio de búsqueda se redujo, por lo tanto, a la cocina. En la heladera no estaba, tampoco en el microondas ni adentro del horno. Nos fijamos arriba de la heladera, en el cajón de los cubiertos y en los roperos. Nada. Lo único que nos quedaba era el cuarto de María.
- ¿Decís que entremos? - pregunté. - No da.
- Entramos un segundo y si no vemos nada, nos vamos.

Entramos al cuarto, y a primera vista no encontramos nada. No sé por qué, a Fabián se le dio por abrir el primer cajón de la cómoda. Y ahí estaba. El premio. El tesoro. La tarta de jamón y queso.

jueves, 1 de octubre de 2009

Día 138 - Flashback: El detonante de la guerra

Después de la cena de presentación de Martín a toda la familia en la cual me levanté y me fui con los padres y hermanas de mi marido, empezó en casa vieja un período bastante particular.

Cuando se habla del período antes de la Primera Guerra Mundial, se habla de "paz armada". Este término se usa porque si bien en teoría había paz porque no había enfrentamientos directos, los bloques estaban a la espera del momento de atacar, por lo cual siempre estaban armados.

En mi casa, a pequeña escala, pasaba algo parecido. Los bloques eramos yo, y mi madre, cada uno con sus respectivos aliados. El mío era Fabián y el de ella, mi padre. En el medio, y cumpliendo un rol neutral, se encontraba María. Durante el tiempo que duró la guerra, que fue desde el día de la cena hasta el de mi casamiento con Martín, no hubo ningún altercado. Todo se desarrollaba en silencio. Una guerra silenciosa.

Mi madre y yo no nos hablábamos, salvo por algún detalle en particular del casamiento que realmente requiriera de que nos dirigiéramos la palabra. Sino, nos cruzábamos en los pasillos sin mirarnos, como si fueramos dos inquilinas que no se conocen pero que alquilan cuarto en la misma pensión.

Durante los primeros días no hubo ningún contacto entre nosotras. Yo trataba de estar el menor tiempo posible en mi casa, por lo que me iba a estudiar a Mc.Donald's y volvía justo para la hora de la cena. Después de comer, me encerraba en mi cuarto y ella en el suyo. Hasta ahí, la idea que tenía yo era de seguir así y contar los días para irme a mi departamento como los presos cuentan los días para salir de la cárcel. Sin embargo, mi madre cruzó el límite. Jugó sucio y trató de llevar a María para su bando.

Un día, cuando salí de bañarme, me acerqué despacio hasta la cocina para preguntarle algo a María. Creo que era para saber que había para comer, ni me acuerdo. En fin, el tema fue que a medida que me acercaba a la cocina, escuchaba la voz de mi madre que le hablaba a ella.
- María, escuchame una cosa. ¿Viste que para el casamiento de Agustina falta sólo un mes?
- Sí, señora.
- Bueno. ¿Y viste que ella está gordita?
- No, señora, no le quiero llevar la contra pero está igual que siempre.
- Te digo que está gorda, María. Y tiene que hacer dieta para que el vestido le quede bien.
- Ah.
- Sí. Ella no te dijo nada, ¿no?
- No.
- Bueno, entonces yo te lo digo. Va a haber que empezar a cambiar algunos hábitos por acá. Pero esto lo dejamos entre nosotras, sí?
- Ay, señora Jaqueline, no me meta en el medio.
- Nadie te metió en el medio. Vos sólo tenés que hacer lo que yo te diga. Simplemente vamos a prestarle más atención a lo que come, como para llevar una cuenta y ver que cosas se pueden cambiar para que adelgace.
- Pero señora, yo no quiero tener líos con ella.
- Nadie va a tener líos con nadie. Vos sólo tenés que controlar lo que come. Mañana de noche mi esposo y yo vamos a salir a comer con unos amigos, así que no voy a estar acá para controlarlo yo. Te dejo a cargo.

Mientras escuchaba eso pensaba que, por alguna extraña razón, no estaba sorprendida. Mi madre era totalmente capaz de hacer algo así, y además yo sabía que la situación de paz no iba a durar mucho tiempo. Sin embargo, que usara a María me parecía que era jugar sucio. No sólo porque la estaba metiendo en el medio, sino porque la quería tener a su servicio bajo la excusa de que ella era la patrona.

Al día siguiente, yo estaba en mi cuarto con Fabián, cuando María tocó la puerta. Mi madre no estaba. María nos dijo que no volvía hasta la noche y que había encargado hacer milanesas con ensalada para la noche.
- ¿No pueden ser con puré? - preguntó mi hermano.
- No, tu madre dijo que tenían que ser sí o sí con ensalada.
- Bueno, pero mi madre no va a estar - dijo Fabián.
- Ay, chicos, no me pongan entre la espada y la pared.

Yo no quise decir nada porque no quería seguir metiendo a María en el medio, pero tampoco me parecía justo tener que bancarme todos los mandatos de mi madre.
- María, sólo por hoy comemos milanesas con puré. Nadie dice nada después. Si ella te pregunta, comimos milanesas con ensalada. Punto.
- No, pero se va a dar cuenta. Sabe cuantas papas hay.
- ¿Y si hacés del otro puré? - preguntó Fabián.
- Es lo mismo. Estuvo haciendo una lista con las cosas que hay en la alacena. Y sabe que quedan dos paquetes de puré instantáneo.
- Bueno, compramos un paquete nosotros - dije.
- Y algo rico para comer de postre - agregó Fabián.
- ¿Compran algo para el postre o quieren que les haga algo? - preguntó María.
- Ay, ¿nos hacés? - prgunté ilusionada.
- Bueno, pero tienen que traer los ingredientes ustedes. Y comerse todo después. Que no sobre nada. ¿Qué quieren?
- ¡Panqueques con dulce de leche! - chillé.
- Uh, genial - dijo mi hermano.
- Bueno, ahora les anoto lo que tienen que traer. Pero esto nunca sale de acá, chicos. Nunca.
- Te lo prometemos - dije.
- Sí, lo prometemos - agregó Fabián.
- Bueno, voy a hacer la lista de los ingredientes y se las traigo.

Ese día comimos bien, muy bien. No sólo porque la comida estaba riquísima sino porque podíamos estar tranquilos. Sin que nos controlaran las porciones y sin tener que atragantarnos con la comida para irnos lo más rápido posible de la mesa porque comer los cuatro en absoluto silencio se había vuelto insoportable.

Al otro día, vi que mi madre enfilaba desde el living hacia la cocina. Presumí que era para averiguar detalles sobre la cena del día anterior, por lo que me acerqué en puntas de pie, hasta la puerta que da al comedor para escuchar.
- ¿Cómo estuvo la cena de ayer? - preguntó mi madre.
- Bien, bien - contestó María. Y yo me imaginaba su expresión, haciéndose la distraída para evitar que siguieran las preguntas.
- ¿Qué comieron los chicos?
- Milanesas con ensalada como usted me dijo, señora.
- Ah, muy bien. ¿Y cuántas se comió cada uno?
- ...
- María, decime el número nada más.
- Es que no me fijé muy bien.
- María...
- Bueno, se comieron tres cada uno.
- ¡¿Tres?! ¿Dejaste que Agustina se comiera tres milanesas? ¡Sólo puede comer el tamaño de su mano en carne! ¿Cómo se te ocurrió hacer tanto? ¿No escuchaste lo que te dije ayer?
- Sí, pero siempre comen eso. ¡Me iban a matar si hacía menos!
- Eso no te tiene que preocupar a vos. Las instrucciones que tenés que seguir son las mías. Si yo te digo que tienen que comer poco, hacés poca comida. No hay más vueltas.
- Bueno, señora.
- ¿Y de postre? ¿Comieron ensalada de fruta? - preguntó mientras abría la heladera.
- Sí, comieron ensalada los dos - mintió María.
- Ah, porque la fuente está casi igual que ayer. Les tendrías que haber dado más fruta, a ver si con eso compensan un poco todo lo que comen.
- Bueno, señora.
- ¿Algo más que me quieras decir, María?
- No, no. Nada más - dijo. Sonreí desde la puerta y me fui despacio hasta mi cuarto.

Al rato escuché que mi madre se iba dando un portazo y agradecí por tener un rato de tranquilidad. Me comí un paquete de galletitas que tenía escondido en la mochila y me tomé un café con leche. Sin embargo, la tranquilidad en una casa compartida con mi madre no dura. No puede durar. No hay forma de que dure.

Cuando abrí la puerta de mi cuarto para ir a bañarme vi algo que me enfureció. Tuve ganas de agarrar el paquete y tirárselo a mi madre por la cabeza. Lo que había traído, con mucho amor, por supuesto, era una balanza. Mi madre no me hablaba y yo tampoco a ella, pero el mensaje era tan claro que las palabras eran innecesarias.

En un ataque de histeria, entré a mi cuarto y agarré un pedazo de papel. Escribí algo, lo pegué arriba de la balanza con cinta adhesiva y se lo dejé afuera del suyo. Después volví al mío, como si nada. El papelito decía "Creo que te equivocaste de cuarto, porque acá la que necesita controlar su peso sos vos. No me enojo igual, cualquiera se puede equivocar".

A partir de ese momento, todo se puso peor. Yo no pensé que era posible vivir en peores condiciones que las que habían dominado el clima de mi casa esos días, pero a partir de ese momento aprendí que con mi madre, las cosas siempre pueden estar peor.

martes, 18 de agosto de 2009

Día 100 - Cien días de soledad

En esta centena de días que transcurrieron desde el día que me mudé a este departamento, debo decir que mi vida estuvo caracterizada principalmente por un elemento: la soledad. Más allá de que estuve con Martín, con el vecino, e incluso con los dos en un momento, la realidad es que estuve siempre sola. A mi marido lo veía sólo los viernes o sábados de noche, y a mi vecino también. Lo de vernos entre semana es bastante reciente, y además, es por dos o tres horas. El resto del tiempo, I'm all by myself.

Cuando vivía en casa vieja, era todo lo contrario. Nunca, pero nunca, estaba sola. María trabajaba de lunes a sábado, y los fines de semana siempre estaban mis padres y mi hermano. Obvio que salían, pero nunca tenía oportunidad de quedarme completamente sola y eso me amargaba. Me veía a mí misma feliz de la vida, cuando estuviera en mi departamento una vez que todo hubiera terminado. Me imaginaba caminando en bombacha y cantando a todo volumen. Pensaba en como sería que Martín pudiera tocarme timbre, en vez de mandarme un mensaje de texto para que yo le abriera en total silencio y así meternos en mi cuarto mientras todos dormían. Sonreía sólo de pensar en como iba a ser poder estar tranquila con él, sin preocuparme de que de repente mis padres abrieran la puerta y nos encontraran haciendo algo que desaprobaban completamente.

Además, en el último tiempo, la relación con mis padres había ido empeorando hasta el punto de que el clima en mi casa era de tensión total. Estábamos todos en el mismo departamento y, sin embargo, era como si cada uno viviera en su mundo. Después de la cena mis padres se encerraban en su cuarto, mi hermano en el suyo, y yo en el mío. Cuando nos cruzábamos en los pasillos, ni siquiera nos hablábamos. Mis padres entre ellos sí se hablaban, y yo con mi hermano, pero no había más interacción que esa.

Y de todo eso, debo decir que no extraño nada salvo las charlas con mi hermano. Las charlas, y también el hecho de tenerlo cerca. El mandarle un mensaje de texto para ver si quería bajar a la estación de servicio a comprar comida aunque fuera la una de la mañana. El contarnos sobre nuestras salidas de la noche anterior los domingos a la mañana. El hecho de saber que siempre podía contar con él, para todo.

Ahora me pasa que me levanto, y no tengo con quien desayunar. Llega el mediodía, y la mesa tiene un plato solo. A la tarde, salvo contadas excepciones, mi única compañía son dos tostadas y un café. Y a la noche, muchas veces directamente como tirada en el colchón, mirando alguna serie. Supongo que para sentir un poco menos la soledad.

Hay veces que llego del trabajo y me gustaría tener a quien contarle que la mayoría de mis jefas son imbéciles. Alguien que me escuchara sin aconsejarme, y que se limitara a decirme "hoy cocino yo". Alguien que estuviera cerca, simplemente eso.

Viéndolo desde otro ángulo, nada se compara con levantarme y no tener que ver la cara de orto magistral de mi madre. El hecho de poder estar tranquila, y que no haya nadie que me acribille a preguntas estúpidas cuando ni siquiera sé ni cómo me llamo porque mi cerebro todavía no se dio cuenta de que me desperté. De la misma manera, amo con todo mi ser la libertad que me da estar sola. Hago lo que quiero, cuando quiero y como quiero, porque esta es mi casa y las reglas las pongo yo.

Y cada vez que puedo poner música fuerte porque no molesto a nadie, o puedo pedirme pizza para comer sin que mi madre me diga que es una locura porque las mujeres de la familia "tenemos tendencia a engordar" sé que hice lo correcto. Tuvo un costo importante, pero logré lo que quería. Ahora vivo sola. Y, más importante, vivo bien.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Día 87 - Magia

En mi casa anterior había una fuerza sobrenatural que ponía todo en su lugar. Yo me levantaba, revolvía todo para buscar qué ponerme, y dejaba la ropa tirada en la cama. Cuando volvía, la cama estaba hecha y la ropa doblada, adentro del ropero. La ropa sucia que quedaba en el baño después de una ducha, unos días después estaba limpia, plachada y con olor rico en su cajón correspondiente.

La heladera estaba siempre llena. La mayoría del tiempo con cosas feas, pero lo que nunca faltó es lo único vital para mí, que es la leche para mi cafecito. En la alacena, siempre había latas de atún, arvejas, choclo y paquetes de puré instantáneo por si un día faltaba María. En el freezer, hamburguesas congeladas y panchos.

Los platos que dejaba con restos en el escritorio, y la taza de I love NY, aparecían veinte minutos después limpios y secos en la alacena. El tacho de basura se vaciaba por arte de magia, y en el baño había siempre tres o cuatro paquetes de papel higiénico para que nunca faltara.

A las ocho de la noche en punto, me encontraba con comida pronta en la mesa del comedor. En la niñez, siempre eran cosas feas. Verdes, como acelga y espinaca. O simplemente, cosas que Claudia (una María anterior) cocinaba una vez por semana y después iban recalentando a medida que pasaban los días. Después que María empezó a trabajar, todo cambió, y los platos eran una delicia atrás de la otra.

En casa nueva, estas cosas no pasan. La heladera está vacía (salvo por la leche), en la alacena me queda un paquete de fideos y otro de arroz, y la ropa sucia se acumula. Ayer me compré un juego de sábanas nuevo porque los tres que tengo están sucios y no sé como lavarlos. No sé si se meten en el lavarropas o si necesitan alguna especie de cuidado especial.

El papel higiénico ya no se regenera (menos mal igual que tengo uno de esos cositos donde ponés dos rollos de repuesto), y tampoco lo hacen la crema de enjuague y el shampoo. Esto lo descubrí ayer.

Hace días que cuando me bañaba me daba cuenta de que ya quedaba poquita crema de enjuague, porque siempre está desproporcionada con respecto al shampoo, ya que gasto mucho más de acondicionador. Pero, se ve que en mi cabeza seguía con la idea de que iba a aparecer mágicamente en el baño, así que nunca me ocupé de comprar.

Después de ponerme shampoo, quise ponerme acondicionador y vi que no quedaban más que tres gotitas de mierda. Pensé en diluirlas, pero ni siquiera alcanzaba para un cuarto de mi cabeza. Salí de la ducha, mojando todo el baño, y busqué en el roperito a ver si había algo que me pudiera socorrer. No sé qué me imaginé. ¿Que mi casa era un hotel e iban a aparecer muestras de shampoo y crema? ¿Que alguien había comprado otra crema para mí? ¿Que si pensaba mucho mucho en que iba a haber crema un genio me iba a conceder el deseo?

Por supuesto que no había nada, y tuve que salir de la ducha de mal humor y con el pelo hecho un asco. Me lo até, y me puse un gorro de lana encima, pero se notaba a una legua que algo andaba mal. Me vestí y fui hasta el super a comprar un repuesto. Terminé llevando dos más por las dudas.

Encima, mientras hacía la cola, vi a mi tía Déborah, la hermana de mi madre, quien siempre está impecable. Por supuesto que lo está, como no trabaja sólo se dedica a ir al gimnasio, ir a la peluquería y almorzar con amigas. Y ahí estaba yo, con campera negra, botas grises, gorro chocolate y el pelo horrible.

Menos mal que no se habla con mi madre hace diez años, porque una cosa es vivir esta pequeña derrota en silencio, y otra muy distinta es que mi madre se entere de que en algún sentido había cosas que eran más fáciles y cómodas para mí cuando vivía con ella.

Porque si se diera cuenta de que la mayoría del tiempo en casa nueva no hay magia, esa sería para mí, la peor de las derrotas.

martes, 14 de julio de 2009

Día 65 - Flashback: La presentación de Martín (la sorpresa)

Martín tocó timbre a las ocho en punto. Tenía puesto un jean azul oscuro, y una remera celeste Polo que le traje de Nueva York. Estaba muy prolijo. Recién afeitado, bañado, y con un olor rico tan fuerte que se sentía desde un metro a la redonda. Traía en sus manos helado para el postre, lo cual fue una buena elección dado que era verano. Todo parecía indicar que la cena iba a ser un éxito.

Saludó primero a mi madre, quien fue la que le abrió la puerta y le dijo que no había necesidad de traer helado. Igual menos mal que lo hizo, porque sino seguro que después de que se fuera mamá hacía algún comentario refiriéndose a que no trajo nada porque "no viene de familia de plata". Lo cual seguiría con un "así que obviamente no es para vos".
En segundo lugar, saludó a mi padre (le dio la mano), y después a Fabián. Yo no sabía muy bien lo que hacer, todos estaban mirando a ver como nos saludábamos, así que optamos por un beso en el cachete. Me daba mucha vergüenza darle un beso de verdad en frente a mis padres. Aparte, seguro que si lo hacía mi madre me prohibía volver a hacerlo hasta el casamiento, porque sino estaría siendo una puta.

Mi madre fue hasta la cocina a ver en qué andaba la comida y dijo que pasáramos a la mesa, porque estaba lista. En ese momento, aproveché mientras pasábamos del living al comedor para acercarme a Martín.
- Nene, me estoy muriendo. Decime qué es lo que vas a hacer - le dije bajito.
- Lo mejor es que no sepas, porque no creo que puedas actuar tan bien como la situación lo requiere.
- Querido, me subestimás. Soy una excelente actriz.
- Sí, pero esto es un momento clave en la historia del casamiento. Haceme caso.
- Bueno. Si vos decís...

Mi papá se sentó en la cabecera, mi hermano en frente de Martín y mi madre enfrente mío. Vino María desde la cocina con una fuente enorme de strogonoff de carne. Le dijo "hola" a Martín, quien le sonrió y le devolvió el saludo. Cuando se fue para la cocina, la vi espiando todo por la cortina de la ventana que da de la cocina al comedor.
- ¿Te gusta el strogonoff, Martín? - preguntó mi papá.
- Sí, claro - respondió.
- A ver, pasame tu plato que te sirvo - dijo mi madre.
Martín le entregó su plato. Yo me paré y empecé a servir coca light a todos, mientras trataba de pensar como iniciar la conversación. No se me ocurrió nada. Mamá siguió con mi plato, el de Fabián, el de papá y por último, el de ella.
- Bueno - dijo mi padre. - Vamos a comer que se enfría.

Yo empecé a masticar, mientras miraba a mi hermano y le hacía señas para que dijera algo. Primero me empezó a hacer caras, pero terminó apiadándose de mí y rompió el hielo, por suerte.
- ¿Martín, viste el partido? - le preguntó.
Ya no me acuerdo ni quién había jugado ese día o el anterior. Ni siquiera lo supe en el momento, pero agradecí la idea de mi hermano porque a Martín le gusta el fútbol. Hablaron algunas pavadas del partido, pero después, nuevamente, hubo un silencio.

- Así que volvieron - dijo mi madre, en un tono irónico, mientras tomaba coca.
- Sí, por suerte - dijo Martín y sonrió. - Creo que nos hizo bien estar un tiempo separados después de tantas idas y vueltas para darnos cuenta de que lo que ambos queríamos era estar juntos.

Yo le agarré la mano, y así nos quedamos. Mi madre nos miró fijamente como diciendo "demostraciones de afecto no, por favor" así que se la solté.
- ¿Idas y vueltas? - preguntó sarcásticamente. - Fuiste vos el que terminó las cosas entre ustedes. Agustina, pobrecita, estuvo tres días sin salir de la cama. Yo no sabía lo que hacer, tuve que mandar a María a que hablara con ella y la consolara.
- Mamá, callate la boca. No sabés de lo que estás hablando. Nosotros dejamos de mutuo acuerdo - acoté.

Martín estaba pálido y no sabía lo qué decir.
- ¿Entonces por qué tanto "pamento"? No parabas de llorar, me lo acuerdo clarito.
- Mamá, ¡basta! Eso fue cuando teníamos dieciséis, y ahora tenemos veinte. No estabamos en la misma sintonía, pero ahora la historia es otra. Yo cambié, él cambió y ahora las cosas entre nosotros están bárbaras. Incluso mejor que antes.
- Es verdad - dijo Martín. - Y yo sé que en ese momento las cosas no terminaron bien, pero yo también sufrí muchísimo. Es más, estando en Israel me di cuenta que Agustina era la mujer para mí y no podía hacer nada.
- ¿Y por qué no hiciste nada cuándo volviste? - inquirió.
- Jaqui - intervino mi papá, y le agarró el brazo. - Cortala.
- Con todo respeto, Jaqueline. Pero en ese momento yo sí quise volver con Agustina.
- Es verdad, mamá. Fui yo la que le dije que no. Sentí que no era el momento - dije. - Pero fue hace dos años eso ya. Ahora yo quiero estar con él, y él conmigo.

Mi padre y Fabián prácticamente no hablaban. Era mi madre la que dirigía la conversación.
- Bueno, está bien. Tuvieron sus idas y vueltas, y ahora quieren volver. Igual, te digo, Martín. La hiciste sufrir mucho, y espero que no lo vuelvas a hacer.
- No lo voy a hacer, en serio. Como dije antes, me di cuenta de Agustina es la mujer para mí - dijo.
- Y vos sos la persona para mí, Martín - dije, empezando con la actuación. - Cada día lo siento más.
- Ay, Agustina, no seas tonta - dijo mi madre. - Sos muy joven para decir esas cosas. Tenés que conocer a otros antes de decir que es "la persona para vos".
- No me parece -agregué. - Cuando lo sabés, lo sabés.

Mi hermano me miraba, y prestaba atención a toda la situación, pero no lograba entender. Todavía no había tenido oportunidad de contarle mi plan. Lo único que le había dicho era que Martín me iba a ayudar a conseguir el departamento, pero los detalles los desconocía.

- Contame, Martín. ¿Qué estudiás? - preguntó papá, en un intento de darle un giro a la conversación.
- Administración de empresas. Y trabajo con mi padre en su empresa- contestó.
- Mirá que bien - dijo papá. - Arrancaste a trabajar muy joven.
- Sí, es que me quiero independizar - dijo. Y yo aproveché la situación.
- Claro, sí. A mí también me gustaría vivir sola en algún momento. Pero acá es carísimo. Todos los gastos comunes, la comida. Para una persona sola es mucho - dije, y recé porque Martín entendiera la idea.
- Pero entre dos es más fácil. Podríamos vivir juntos - dijo. Yo sonreí.
- Me encantaría - acoté. - Nos re imagino conviviendo.
- Ay, chicos, no sean ingenuos. Tienen veinte años. Además - me miró -bajo ninguna circunstancia te pienses que vas a vivir con alguien antes de casarte.

La miré sin contestarle.
- Sobre eso les quería hablar - dijo Martín. Mi cara se transformó.
- ¿Sobre qué? - preguntó mi madre extrañada.
- Yo tampoco entendí - agregó papá.
- Ni yo - dije.
- Bueno, en este último tiempo me di cuenta de muchas cosas - empezó. - Además de que me di cuenta de que quiero estar con Agustina, y con nadie más que con ella, me di cuenta de que quiero verla mucho más. Me dan ganas de estar con ella todo el tiempo - dijo, y me miró. - Te extraño cuando no estoy con vos.
- Yo también, mi amor - dije, y sonreí. - Quiero todo con vos. Cada vez que te veo pienso en nosotros, y puedo ver un futuro.
- Yo quiero un futuro con vos. Lo sé con absoluta certeza.
- Yo también. Quiero que lo nuestro dure por muchísimo tiempo más. Y que sigamos tan bien como hasta ahora.
- Chicos, ¡cuanta cursilería! - chilló mi madre.
- No es cursilería, Jaqueline. Estoy enamorado de su hija.

Aunque sabía que era mentira, se me llenaron los ojos de lágrimas por escucharlo. Deseé con todo mi ser que fuera verdad. Se me vinieron a la cabeza mil momentos con él y me hubiera encantado que fuera cierto que me amara. Para sentir que todo había sido por algo. Que de verdad, tantas idas y vueltas (que eran muchísimas más de las que mis padres sabían) nos hubieran llevado a darnos cuenta de que nos queríamos de verdad. Para siempre.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por la imagen de Martín parándose y metiendo la mano en el bolsillo del pantalón. Yo levanté la vista. Él sonrió.
- Agustina, quiero pasar el resto de mi vida con vos. ¿Me harías el honor de ser mi esposa?

Mi papá dejó caer el tenedor. Mi hermano escupió toda la coca que acababa de tomar. A María, que desde la cocina estaba escuchando todo mientras pretendía lavar platos, se le cayó uno. Mi madre se atragantó. Empezó a toser, se puso toda roja y se le llenaron los ojos de lágrimas (que no llegué a entender si eran de supuesta alegría o por estar atorada).

Yo no sabía que hacer. Tal como Martín lo había dicho, mi reacción había sido de sorpresa absoluta, por lo que fue creíble. Pero no le pude contestar, porque miraba a mi madre que agitaba los brazos, tratando de hacer señas que nadie entendía. Mi padre le golpeaba la espalda, mi hermano también, a la vez que me miraban. Yo estaba estupefacta.

Cuando mi madre finalmente dejó de toser, chilló "contestale al chico de una vez, pobrecito".
Me reí, me paré y lo miré a los ojos.
- Por supuesto que sí - dije. Y lo abracé.

Mi papá le hizo prometerle que me iba a "cuidar bien". Mi mamá empezó con idioteces.
- ¡Y yo que pensé que no ibas a conseguir marido nunca! - chilló.
Yo seguía abrazada a Martín y ni le presté atención a su comentario estúpido. Desgraciadamente, lo siguiente que dijo hizo que fuera imposible ignorarla.

- Martincito, ¡bienvenido a nuestra familia! Ahora falta que conozcamos a tus padres. ¡A fin de cuentas todos vamos a ser parientes!

lunes, 13 de julio de 2009

Día 64 - Flashback: Presentación de Martín (la previa)

Hacía tres meses que le había dicho a mis padres que había vuelto con Martín y mi madre ya había empezado a insistir fuertemente con que lo presentara. En verdad "insistir" se queda muy corto, porque lo que me dijo fue "o traés a Martín a comer o no te dejo salir más con él". Ustedes pensarán que a los veinte años una persona puede ser capaz de decirle a su madre que se vaya a la mierda, pero en este caso era un poco más complicado.

En mi casa siempre se vivió en base a reglas fuertes que controlaban absolutamente todo lo que mi hermano y yo hacíamos. Algún día voy a ahondar sobre este tema, pero para darles un ejemplo les puedo contar que María siempre se fijaba exactamente todo lo que comíamos (y lo anotaba en un papelito) para comunicárselo a mi madre, porque ella nunca estaba.
Cuando venía, miraba la notita y después decidía si estaba bien o si era mucho, porque había que cuidar que no engordáramos. En mi casa comer era sinónimo de pecar.
Cuando le parecía que nos estábamos pasando, o que las cosas que preparaban no eran lo suficientemente light, hablaba con María para que cambiara las milanesas por pollo, y el puré por ensalada. De postre sólo fruta, por supuesto.

Las horas de llegada a mi casa estaban controladísimas, y por supuesto que había límites. Yo no podía salir hasta tarde dos días seguidos, por ejemplo. Y muchas veces, si no le gustaba mi programa, directamente me empezaba a poner condiciones para que no pudiera ir. Si era una salida en la que iba a gastar mucha plata me daban poca, si quería ir a dormir a la casa de una amiga para poder volver tarde sin que ella supiera, no me dejaba. Y así mil ejemplos más.

Por todo esto es que supe que tenía que traer a Martín a mi casa sí o sí. Porque sino, mi madre alguna manera iba a encontrar para arruinarme la pseudo relación que tenía con él. Y ya estábamos "comprometidos" (lo habíamos hablado nosotros, pero nadie más sabía), con el plan de casarnos. Pero había que ir preparando el terreno, decir que teníamos planes a futuro y en algún momento, anunciar nuestro compromiso.Así que lo llamé para que viniera a cenar esa noche.
- ¿Hola?
- ¡Prometido! Jaja. ¿Qué hacés?
- Estaba chateando con Nacho, y organizando el viaje. ¿Segura que me regalás el pasaje, no?
- Obvio, querido. Ya te lo dije. Tengo la plata separada para vos.
- Ay, qué felicidad. Capaz que me voy dentro de dos o tres semanas, ¿qué te parece?
- Genial. Pero ya que te vas hay algo que tendríamos que arreglar antes. Mi madre quiere que vengas a comer.
- Dame un segundo que le digo a Nacho que vuelvo en diez. Listo. Y bueno, voy. ¿Cuándo?
- ¿Hoy podés? - pregunté.
- Ah, pero no pensé que era ya. Nos falta ver bastantes cosas de la historia del casamiento.
- No, no es tanto. Ya estuve pensando. Venís a comer, nos mostramos re enamorados y etcétera. Decimos que en un futuro nos gustaría formalizar nuestra relación. Y vemos que más surge.
- ¿Y el casamiento no lo nombramos todavía?
- No sé, ¿qué te parece a vos?
- No sé tampoco.
- Mirá, trato de resumir lo que pienso.
- Dale.
- Por un lado, pienso que no decir nada no nos lleva a ningún lado. Porque después vas a tener que venir otro día a decir que nos comprometimos. Y después en otro momento van a querer hacer una cena con toda mi familia. Y ahí vamos a terminar casándonos en un año, y yo a mi madre ya no la soporto más. Me quiero mudar ya.
- Bueno, entonces decimos que éstuvimos pensando en casarnos y listo.
- No, pero va a decir que ni le consulté sobre el tema. Y además va a quedar bastante repentino, no va a entender nada.
- ¿Entonces, mi amor?
- Creo que lo mejor va a ser mandar indirectas sobre el futuro, y si se llega a dar la situación decir algo del casamiento. Lo evaluamos en el momento.
- Bueno, me parece bien. Pero igual, es como vos decís, se va a ir estirando todo.
- Sí, ya sé. Dejame pensar un poco más...
- Uh, se me ocurrió algo.
- ¡Decime!
- No, no te lo puedo decir porque quiero que tu reacción en el momento sea real así es más creíble. Pero me parece que es algo intermedio entre las opciones que me planteaste.
- ¿Pero estás seguro de que puede funcionar? ¿No es muy arriesgado? Porque mirá que damos un paso en falso y se nos va todo a la mierda.
- Para mí es una muy buena idea. ¿Confiás en mí?
- Obvio, mi amor. Por algo te elegí como mi marido, jajaja.
- Bueno, entonces hay una cosa que tengo que hacer.
- Dale, tranquilo. Hacé lo que tengas que hacer, y venite a las ocho.
- Dale. ¡Qué nervios, chiquita!
- Sí, yo estoy que no puedo más. ¡Ni siquiera sé qué es lo que vas a hacer!
- Peor es saberlo, creeme.

martes, 23 de junio de 2009

Día 44 - Feliz día para papá, día de mierda para mí.

El domingo llamé a mi padre para saludarlo y me pidió si podíamos ir a comer todos juntos. Terminé cediendo, porque yo a mi papá lo adoro, y a fin de cuentas era el día del padre. Inventé que Martín había quedado para almorzar con su familia y que por eso no venía conmigo.

Acá quiero hacer un paréntesis para aclarar algo sobre mi familia, y es que las cosas no se hablan. Lo que pasó en la casa de mi abuela va a quedar enterrado y nunca se lo va a volver a mencionar. En vez que afrontar los problemas, siempre es más fácil meterlos abajo de la alfombra y pretender que nunca existieron.

Fuimos a comer mi abuelo, mi padre, mi madre, mi hermano y yo.
- ¿Dónde está el muchacho? - preguntó mi abuelo.
- Come con su familia - respondí.
- No importa, chiquita. Yo te quería ver a vos. Estás cada día más linda.
- Gracias, abuelito.
- Es la verdad - dijo.

Mi madre me saludó medianamente bien, y mi padre me agradeció que haya ido. Con mi hermano todo espectacular, como siempre. Nos sentamos y empezamos a mirar la carta.
- Agustina, ¿qué vas a pedir? - preguntó mi madre.
- No sé, todavía no decidí - dije, sabiendo a donde iba con la pregunta.
- Ah, porque deberías pedirte una ensalada. Estás más rellenita que la última vez que te vi.
- No quiero ensalada. Milanesa con papas fritas me gusta más - dije para molestarla.
- Sí, hay que comer bien - acotó mi abuelo. - Estás flaca.
- Gracias, abuelito. Al contrario de otras personas, siempre sabés lo que decir.
Mi madre puso cara de odio, y siguió mirando la carta.

- ¿Y, mi amor? ¿Cómo anda todo? - preguntó papá.
- Bien, por suerte. Me gusta mucho vivir con Martín- mentí.
- Me alegro, aunque en casa se te extraña mucho. Ya no tengo con quien desayunar.
- Yo también extraño verte de mañana, pero ahora soy una mujer casada.
- ¿Ya aprendiste a cocinar? - intervino mi madre.
- Algunas cosas - contesté.
- Tenés que aprender urgente, para cocinarle a Martín.
- Mamá, por favor. Vos no sabés ni hacer puré de papa que no sea instantáneo. Sin María no podrías subsistir.
- Bueno, pero para algo está. Y además no es que no sepa cocinar, es que no me da el tiempo - dijo.
- ¿Qué? Una vez hiciste fideos y se te quemaron.
- Bueno, como vos dijiste, una vez.
- Sí, pero a nadie se le queman los fideos. Ni siquiera a mí. Y aparte yo tampoco tengo mucho tiempo para ponerme a preparar cosas muy elaboradas.
- Tendrías que buscar el tiempo. Es el primer año de casados y a los hombres se les gusta una mujer que sepa manejarse en la cocina.
- Ya te dije que algunas cosas sé preparar.
- ¿Cómo qué? - insistió.
- Estuve aprendiendo a hacer empanadas, tarta de jamón y queso, hamburguesas, milanesas, papas y boniatos al horno - mentí. Los inventos me salían uno atrás del otro. Siempre fui buena mintiendo, es una de mis mayores virtudes.
- Nos tendrías que invitar un día a tu casa y nos preparás algo, para demostrarnos tus nuevas habilidades - dijo mi madre en un tono irónico.
Tragué saliva.
- Justo esta semana ando complicada, pero capaz que la otra...
- Dale, Agustina. Es preparar alguna pavada, tampoco te va a llevar tanto tiempo. Además, todavía no conocimos tu casa - insistió.
- Es que estaba esperando a que estuviera todo en su lugar para invitarlos. Todavía ni me trajeron la cama.
- Agus, yo te extraño mucho - dijo papá. - Si querés llevamos nosotros la comida, pero no me gusta verte tan poco.
- Bueno, vengan el jueves, pero yo cocino - dije, para no admitir mi derrota. Ya se me ocurriría algo. - Si quieren traigan algo para el postre.
- El jueves, entonces. No puedo esperar - dijo mi madre, sarcásticamente.
- Yo tampoco, creanme.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Día 17- La nueva y la vieja

Hoy tuve mi primer encuentro con la nueva María. Debo decir que, por suerte, es de las que respetan el espacio del otro. Ella hace su trabajo y me deja tranquila, al contrario de la vieja María.

María nunca entendió el concepto de que podés querer estar un rato sola sin que nadie te moleste. Me pasaba de estar buscando información para algún trabajo y que se me parara atrás y me preguntara que estaba haciendo. Cuando le contestaba, seguía parada mirándome como si nada, y se quedaba ahí hasta que sonara el teléfono o algo por el estilo. Una vez se quedó una hora entera apoyada en una silla atrás mío, hasta que agarré mi celular como si estuviera mandando un mensaje y llamé al teléfono del living.

Otra actitud extremadamente molesta era su costumbre de sentarse siempre en la mesa cuando yo estaba comiendo. Una vez, le dije que me gustaba comer sola, y por alguna extraña razón pensó que "sola" se refería a "sin mamá". Asumió, que a ella no la incluía y decidió seguirse sentando absolutamente todos los días. Probé de todo. Si prendía la tele para que entendiera el mensaje, no sólo se quedaba sino que interrumpía mis series para hablarme idioteces. Si me llevaba algún libro de facultad, me hablaba como si yo no tuviera nada que hacer. Si me ponía a hablar por teléfono, se quedaba al lado mío escuchando toda la conversación.

Llegó un punto en el que dejé de ir a la cocina mientras ella estuviera por ahí. El costo era demasiado alto, así que empecé a comprarme comida que pudiera tener en mi cuarto para no tener que moverme de ahí. Me recluía hasta que María saliera o se pusiera a dormir la siesta. Pero tampoco era suficiente. Más de una vez me abrió la puerta sin tocar y un día casi me agarra en bombacha poniéndome crema en las piernas. Dio la casualidad de que tenía abierta la puerta del ropero y me escondí.

Además, María tenía complejo de actriz. Cuando escuchaba que alguno llegaba, se ponía a hacer ruidos y a resoplar para que le preguntáramos si le pasaba algo. Pero, si alguno efectivamente le preguntaba, decía que no era nada. También, todas las semanas le pasaba algo diferente. Hubo una época en la que gritaba a los cuatro vientos que no estaba comiendo. Los cuatro le preguntamos por qué y su respuesta fue que "era un tema religioso". Nunca explicó que era, pero cada vez que te acercabas a ella decía que tenía hambre, y cuando le decías que no se podía estar sin comer, te contestaba que no entendías nada.
Después de eso, hubo una serie de síntomas de alguna patología inexistente. Un día le dolía el brazo, después faltó porque le habían sacado una muela, otro día tenía tos. La mejor de todas fue, sin dudas, cuando apareció con una gasa pegada con cinta adhesiva en la pera porque "le habían sacado un lunar".

Todo eso, por suerte, es cosa del pasado. Ahora tengo María nueva, que me dejó la cocina y el baño relucientes, el cuarto ordenado y un montón de ropa para secar. Tendré que planchar, sí. Pero no puede ser tan grave. Cuando estuve en Nueva York, no tuve más remedio que lavar la ropa y plancharla, así que por lo menos hay un precedente.
De mi habitación, por supuesto, se encargaba housekeeping.

jueves, 21 de mayo de 2009

Día 11- Las consecuencias de ir en contra de la propia naturaleza (I)

Estuve pensando y decidí seguir el consejo de Mariana. Así que llamé al número que me pasó y le pregunté a la nueva María cuándo podía venir. Me dijo que esta semana anda bastante ocupada y que recién puede venir el martes.
Lo que me pregunté cuando corté es si debía tratar de poner la casa más o menos en orden para cuando viniera, o si dejarla como está y que ella se encargue. Obviamente, soy una completa inútil, así que opté por la segunda. Lo que me di cuenta después, es que tengo que comprar productos de limpieza sí o sí, porque no tengo absolutamente nada.

Así que me propuse armar una listita con las cosas que tengo que comprar. No tenía idea de que poner, así que empecé a buscar inspiración.
Me tiré en mi colchón y empecé a mirar alrededor. Bueno, veamos, el piso. ¿Qué se usa para limpiarlo? En principio, una escoba, supongo. Puse "escoba o similar" en la lista. Todavía no tengo idea de que puede venir a ser el "similar", pero supuse que una vez en el supermercado se me ocurriría.
¿Qué más? Los vidrios, sí. Agregué "limpiavidrios y algo con lo que pasarlo, posiblemente una franela".
Seguí mirando todas las cosas que se encontraban en mi cuarto. Cuando vi la tele, me acordé de María en mi casa vieja limpiándola con una franela, así que en la lista arriba del punto anterior, saqué una flecha de "franela" y agregué un dos.

Con la sensación de estarme olvidando de algo, fui hasta la cocina en busca de más elementos para agregar. Me alegré cuando vi el detergente y la esponjita, y pensé que capaz que todavía tengo esperanza. Algún artículo de limpieza había, por más que use platos descartables para no tener que recurrir a él.
Después miré el horno, todavía sin estrenar. Me estaba enfrentando a lo desconocido. ¿Habrá un producto específico? Supuse que nuevamente, obtendría la respuesta en el supermercado, así que anoté "averiguar con qué se limpia el horno".
Bueno, suficiente. A comprar, entonces.

Bajé al supermercado y fui hasta la góndola que me daría las respuestas que estaba buscando. Recién había sacado de la cartera la listita cuando divisé a lo lejos a Mónica, la mejor amiga de mi madre. Me agaché y me escondí atrás del carrito en un intento desesperado de que no me viera, pero justo vino para el lado donde yo estaba.

- Agustina! ¿Cómo andás? ¿Y qué hacés ahí? – preguntó y se rió al verme prácticamente tirada en el piso.
- Eh…estaba tratando de agarrar algo del estante de más abajo.
Por favor, que se vaya, antes de que me empiece a preguntar por Martín.
- Sí, claro – dijo, en un tono burlón. Y mientras estaba pensando qué decir si me preguntaba por Martincito, me di cuenta de un problema mucho mayor: no tenía la alianza puesta. Se ve que me leyó el pensamiento, porque en seguida me miro la mano y preguntó:
- ¿Tu alianza?

lunes, 18 de mayo de 2009

Día 8 - Eight days a week, are not enough to keep my house clean

Hace ocho días que vivo acá y todavía no logro tener la casa en un estado aceptable. Tengo que buscar, urgentemente, una forma de organizarme para tener la casa en orden. Se me ocurrió asignar tareas para cada día.

El plan podría ser el siguiente:
Lunes. Limpiar y ordenar el cuarto y cambiar las sábanas.
Probablemente esté horriblemente desordenado porque ni el sábado ni el domingo me esforcé por mantenerlo decente, y hay que empezar la semana de buena manera. Y las sábanas hay que cambiarlas una vez por semana, eso lo sé.

Martes. Limpiar el comedor y el baño.
No hay explicación.

Miércoles. Cocinar y limpiar el desastre posterior.
Siempre llego tarde a casa y termino comiendo sandwiches de atún o fideos. Acepto ideas.

Jueves. Pasar la aspiradora y limpiar el baño de nuevo.
Primero tengo que tenerla, pero para que quede el itinerario armado la dejo.

Viernes. Lavar ropa y cocinar algo más.
Se acumuló en la semana, y es necesario tenerla limpia para el lunes. Y sigo viviendo a fideos. Si vuelvo a ver un paquete me pego un tiro.

Sábado. Planchar y volver a limpiar el baño.
Tampoco hay explicación.

Domingo. Cocinar algo rico.
Por "rico" quiero decir "con chocolate". Quiero aprender a hacer brownies, pero tengo miedo de lo que pueda llegar a pasar.

Debo decir que me encantaría decirle a María que se viniera una vez por semana, aunque sea un ratito, y que me ayudara. Y por "ayudara" quiero decir que hiciera lo que puse en la lista para el lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo. Es decir, todo. Y además que me enseñe a cocinar, que es lo que menos me molesta hacer.

¿Será mucho pedir?

martes, 12 de mayo de 2009

Día 2 - Plato del día: fideos

Desde que me mudé, vivo a fideos. Es eso o comida de supermercado. El hecho de que yo sea una completa inútil en la cocina -que recién ahora se presenta como un problema -tiene una explicación absolutamente racional.

Siempre tuvimos una María. Antes era Mariela, y cuando eramos chicos Claudia, pero siempre estuvo la figura de la empleada doméstica que vivía con nosotros y se encargaba absolutamente de todo.
María llegaba a mi casa vieja los lunes de mañana y se iba los sábados al mediodía. Entre semana nos preparaba el desayuno, el almuerzo, la cena y cuando se iba nos dejaba pronta comida para el sábado de noche. Los domingos al mediodía salíamos a comer con el resto de la familia, y de noche pedíamos pizza.

Es por eso que ninguno de los integrantes de la familia necesitó -ni quiso- aprender a cocinar. Mis padres llegaban del trabajo a las 8 de la noche, yo estudiaba y trabajaba y mi hermano bueno, iba a facultad. Llegábamos cansados y queríamos tener siempre la comida pronta. Y la teníamos.

Ahora, mientras decido entre fideos de nuevo o unas milanesas prontas horribles que compré, me pregunto que estarán comiendo en mi casa vieja. Seguramente María haya preparado alguna de sus especialidades, como carne a la cacerola con cebollita y arroz, y deben estar todos sentados en la mesa, comiendo en platos decentes y tomando coca light.

Y yo me pregunto...¿no podrán hacer un poquito más para mí y mandármelo en un taper?