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martes, 15 de diciembre de 2009

Día 196 - Happy ¿ending?

Hoy fuimos con Martín a darle la noticia a sus padres. Al principio se sorprendieron un poco, pero después les gustó la idea de tener un nieto. Supongo que ya fueron viendo que estamos en algo bastante serio dado que ya prácticamente vive conmigo y entonces de alguna manera nuestro casamiento ya no tiene tanto de ficticio como antes.
- Lo gracioso es que al final terminaron siendo de verdad marido y mujer - dijo Rosanna, la mamá.

Yo no creo que sea tan así, pero es verdad que algo de real hay en lo que dijo. Estamos casados legalmente, estamos viviendo juntos y tenemos un bebé en camino. Si esto fuera una película, probablemente nos estaríamos acercando a un final feliz. Y como todos sabemos que esas cosas en la realidad no existen, a veces pienso que el blog debería terminar por acá. Quiero que ustedes se queden con esta imagen, creo que la historia que tenía para contarles se viene acercando a un final.

Cuando me mudé a este departamento, en mayo, empezó la historia de la nena que se mudaba de la casa de papá y mamá a un departamento de cuarenta y ocho metros cuadrados completamente sola. Y hoy, si bien hay mucho de ella en mí todavía, lo que me espera de ahora en adelante tiene poco que ver con no saber cocinar ni limpiar. Y en esta nueva etapa, ya no voy a estar sola sino que es bastante probable que Martín se termine mudando.

Yo fui cínica durante mucho tiempo y hasta me llegué a burlar del final feliz. Pero creo que en el fondo todos queremos seguir creyendo en él. No sólo en que existe, sino en que nos puede pasar a nosotros. Y creo firmemente en que todos sabemos que si la película continuara después del abrazo de los protagonistas, en algún momento esa imagen cambiaría y todo cobraría un tinte más realista. Él encontraría a otra mujer, o ella se aburriría de la rutina, porque así son las relaciones en el mundo real. Lo que vemos en la película es felicidad absoluta porque termina ahí, porque la simple razón de que no le damos la chance de que se opaque.

Y, aún así, todos nos alegramos cuando el protagonista llega justo a tiempo al aeropuerto a decirle que la ama. No sabemos bien por qué si tenemos claro que eso en la realidad no existe. Lo que creo yo es que, en el fondo, todos queremos que haya alguien o algo que nos haga volver a creer en él.

Y creo que ustedes, después de leerme por tanto tiempo, se merecen que mi historia tenga un final feliz. Que yo deje de escribir antes de que empiecen los problemas entre Martín y yo, antes de que explote mi mentira en mi familia y nos salpique a todos, antes de que yo me dé cuenta de que la dulce espera de dulce no tiene mucho.

Yo, como lector o lectora, querría que la historia terminara acá. Porque en este punto estaríamos precisamente en el final feliz. Y todos sabemos que ese punto es un máximo. Después de él, sólo se puede bajar. Y a mí, si estuviera en el lugar de ustedes, no me gustaría verlo. Preferiría ser yo quien le diera la continuación a este momento, ser yo quien se imaginara lo que pasa después.

Precisamente para tener el poder darle el final que yo quisiera.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Día 120 - La presentación de Martín a toda la familia (IV)

Mientras íbamos hacia la puerta yo sentía una vergüenza tan grande que no me entraba dentro del cuerpo. Quería salir de ahí, de ese lugar, de esa familia con la que no compartía (ni comparto) absolutamente nada. Tenía ganas de salir corriendo, de no volver a mi casa nunca más. De no verle la cara a nadie, ni tener que soportarlos, para nunca en mi vida volver a escuchar cosas como las que se habían dicho esa noche.

Y, además, no sólo me sentía mal porque ellos eran unos imbéciles, sino que había arrastrado a Martín y a su familia ahí. Ellos, que no tenían nada que ver, tuvieron que padecer una cena como la que acabábamos de tener y yo me sentía horrible por eso.

Me deshice en disculpas. Les pedí perdón de todas las maneras posibles y, para mí sorpresa, fueron extremadamente comprensivos.
- No te preocupes, en serio - dijo Rosanna. - No es tu culpa.
- Ya sé que no, pero me siento mal por haberlos hecho venir. No tenían porque soportar todo eso.
- Bueno, pero lo tenías que hacer para poder irte. Y, de verdad, después de hoy entiendo perfectamente porque no los soportás más. Con todo respeto - dijo Jorge, y se rió.
- Por favor, Jorge. Son unos imbéciles. De verdad que me da vergüenza mi familia. No puedo creer que soy parte de eso.
- No sos parte - dijo Ronit, la hermana mayor de Martín. - No sos como ellos.
- En cierto sentido soy, porque a fin de cuentas son mi familia. Aunque no tengamos nada en común.
- Pero no, no lo sos. Porque te enfrentaste a ellos, demostrándoles que no sos así. Y mirá que no es fácil ponerse en contra de la familia - agregó Martín.
- No, no fue fácil. Y sé que ahora de alguna manera me la van a querer cobrar.
- ¿Decís? - preguntó Martín.
- Sí, esta no me sale gratis. Estoy segura.
- No me sorprendería que te hicieran algo - dijo Yael, la hermana menor de Martín. - De verdad, te compadezco. Si esta noche fue terrible, y duró sólo dos horas, no me puedo llegar a imaginar lo que fue convivir con ellos durante veinte años.
- Sí, yo tampoco. Menos mal que con lo del casamiento te vas a ir, aunque requiera que pases por el altar con mi hermanito querido - dijo Ronit, mientras abrazaba a Martín.
- ¡Y qué hermanito que tenés! Le voy a estar eternamente agradecida por esto - contesté.
- Ya fue, Agus. Con el pasaje ya arreglaste todo. No sabés lo que fue ver a Nacho - agregó mi (actual) marido.
- Me imagino, querido. Además, era lo mínimo que podía hacer por vos después de todo lo que estás haciendo por mí.
- Don't worry, en serio - dijo Martín, y sonrió.
- Bueno, no me preocupa. Lo que sí me preocupa es no indemnizar a tus padres y a tus hermanas por los daños y perjuicios asociados a la noche de hoy.
- Jajaja, no te preocupes, en serio - dijo Rosanna.
- No, quiero hacer algo. ¿Puedo, aunque sea, invitarlos a todos a tomar un helado o a comer un postre rico? A fin de cuentas nos levantamos en el medio de la comida.
- Bueno - dijo Jorge. - Con algo rico todo se arregla.

Y así terminamos Martín, toda su familia y yo, tomando helado y tratando de tomarnos con humor todo lo que había pasado en esa noche tan peculiar. Para ellos, por suerte, el tema terminó ahí. Por desgracia, para mí, recién estaba empezando.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Día 119 - La presentación de Martín a toda la familia (III)

- Rosanna, Jorge, ¿ustedes son algo de Sara e Isaac? Por el apellido, digo.
- No, Rebecca. La verdad es que no sé quienes son - contestó Rosanna, la mamá de Martín.
- Ah, porque son de los principales donantes de la sinagoga XXX. A él siempre lo hacen pasar al frente a sostener la Torah - replicó mi abuela. (La Torah es el libro sagrado, y supuestamente es un honor poderla tocar).
- No, no sé quienes son - dijo Jorge.
- Qué raro, porque son muy conocidos dentro de la colectividad - dijo el diablo.
- Ah, capaz que no lo conocemos porque nosotros no somos precisamente muy "cercanos" a la comunidad - acotó Rosanna.
- ¿Cómo que no? ¿Cada cuanto van al templo?
- Y...en Rosh Hashaná y Iom Kipur - dijo Jorge. (Rosh Hashaná es año nuevo, y Iom Kipur el día del perdón. Son las fechas más sagradas del año).
- ¡¿Qué?! ¿Y los viernes?
- No, no vamos todos los viernes - contestó Yael, la hermana mayor de Martín.
- Y yo tampoco, abuela, así que no sigas -dije. El "abuela" fue por gusto, porque ella no me deja decirle así. Tengo que decirle Rebecca, porque supuestamente ella no parece mi abuela, entonces para qué voy a hacer que todo el mundo se entere. Si ella es tan juvenil, que en una época le decía a todos que era mi hermana. Qué loser, por dios.

- Bueno, yo sé que vos no sos como a mí me gustaría que fueras, pero pensé que si te casabas con un chico judío tenías esperanza.
- ¿"Tenías esperanza"? - pregunté incrédula.
- ¡Claro! Yo pensé que ibas a empezar a hacer actividades con otros chicos judíos, ir a lugares para jóvenes, estar en la comunidad. Todas esas cosas que están bien vistas.
- Nunca fui de hacer esas cosas y menos voy a empezar ahora. Y, para que te quede claro, ¡me chupa un huevo qué está bien visto y que no!
- Bueno, pero a mí no. ¡¿Qué van a decir mis amigas si saben que te casaste con un goy?! - chilló. (Goy = palabra muy despectiva para designar a la gente no judía. Típica de mi abuela, mi tío Daniel y mi madre).

- ¡Callate la boca! - grité.
- Agustina, ¡no le hables así a tu abuela! - intervino mi madre.
- Le hablo como quiero, especialmente cuando dice idioteces. ¡Y te tendría que hablar peor a vos que escuchás toda esta sarta de pavadas y te quedás callada!
- ¡Qué barbaridad! - chilló mi madre.
- ¿Qué barbaridad? ¡Qué barbaridad ustedes dos! Ustedes dos y toda la familia. Tengo los huevos al plato de escucharlos hablar así, con ese tonito despectivo de mierda para los no judíos. Odio la palabra goy. La odio. ¡Y encima Martín es judío, así que no entiendo que problema hay!
- El problema es que la familia de tu futuro marido no supo explicarle a él lo importante que era seguir la religión. Miralos, apenas van a la sinagoga dos veces por año, pobrecitos. Se ve que no entienden nada - dijo mi abuela, y tomó un sorbo de coca, como si nada.
- Decís una sola palabra más y no te vuelvo a hablar - dije.
- Tengo mucho más que una palabra para decir. ¡Mucho! ¿Qué diría tu abuelo si supiera que te vas a casar con alguien así?

- Te lo advertí, abuela. Rosanna, Jorge, Martíncito, Yael y Ronit, nos vamos.
- ¡Ay, pero qué melodramática!
- ¡Callate de una vez! - dije mientras agarraba mis cosas.
- Agustina, ni se te ocurra irte así- intervino mi madre. - Dejá de hacerte la actriz, y volvé. Haceme el favor.
- ¡Callate vos también! - contesté.

Mi madre se tapó la boca, como diciendo ¡Qué horror!, y yo me sentí genial porque, por primera vez en mi vida, me había enfrentado a ella. Con audiencia y todo. Mientras caminaba con mi supuesta familia política hacia la puerta se escuchaban los gritos de mi abuela.
- ¡Seguro que encima van a uno de esos templos en los que dejan que hagan la Bar Mitzvah chicos que no nacieron de madre judía! Y ahora nuestra familia se va a mezclar con la de ellos. ¡Que desgracia! Por favor, que alguien me traiga un vaso de agua que estoy a punto de desmayarme.

miércoles, 15 de julio de 2009

Día 66 - Flashback: La presentación de Martín (el after)

Martín y yo nos miramos. No sé como, pero en ningún momento se nos pasó por la cabeza la idea de que iba a haber que hacer una cena con las dos familias. Qué horror. No sólo le tenía que decir a sus padres todo lo del casamiento, sino que les tenía que pedir que fueran a comer.

Después de comer el postre, como quería hablar bien con Martín, le dije a mis padres que nos íbamos a dar una vuelta. Mi madre dijo que en otro momento arreglábamos bien el tema de la cena. Antes de que siguiera hablando, nos despedimos y nos fuimos.

- Mi amor, perdoname por todo. El principio fue horrible. No pensé que mi madre iba a actuar tan así.
- No te preocupes. Yo sí me lo esperaba. Igual, no sabía que habías pasado tan mal por todo.
- Sí, la pasé muy mal. Pero todo eso ya pasó. Hoy en día estamos bien en esta especie de relación. Y eso es lo que importa.
- Sí, es verdad.
- Pero igual, perdón por lo de hoy, fue un desastre. Además, no puedo creer lo que hiciste. ¡No sé como te animaste! Sos lo más, Martincito. Lo más.
- Jaja. ¿Viste que tenías que confiar en mí?
- Sí, tenías razón. Ahora hay que ver el tema de tus padres. Quiero hablar con ellos.
- ¿Qué? No, dejá, yo ya les conté todo. Ahora les pido que vayan a la cena y listo.
- No, pero no es suficiente. Si mirás la situación de afuera no la lográs entender del todo. Deben pensar muy mal de mí. ¿Me odian?
- No, para nada. Les expliqué todo.
- Bueno, pero igual. Quiero hablar yo con ellos. Vamos a tu casa.
- Bueno, está bien. Pero si no están te arranco el vestido y todo lo que tenés abajo.
- Trato hecho, querido.

Llegamos y, efectivamente, los padres estaban. Por un momento deseé que no estuvieran porque el olor rico que tenía Martín me daba ganas a mí de arrancarle todo, pero bueno, el tema del casamiento era prioridad.
- Mamá, papá, Agustina quiere hablar con ustedes. Vengan que nos sentamos.

Nos sentamos todos en la mesa del comedor, y empecé a hablar.
- Miren, yo les quiero decir unas cuantas cosas, así que por favor escuchenme. En primer lugar, les pido disculpas por todo lo que le estoy haciendo pasar a Martín. Yo sé que estoy siendo una persona extremadamente egoísta, pero de verdad que no aguanto más mi situación y el casamiento es la única manera que tengo de irme de mi casa. Yo tengo veinte años y, sin embargo, en mi casa es como si tuviera trece. Me controlan las horas de salida y las de llegada, también lo que como, y me revisan las cosas que tengo en el cuarto cuando no estoy. No me permitían seguir viendo a Martín sino lo llevaba a comer a mi casa, simplemente porque a mí madre se le ocurrió.
- Sí, nos contó - dijo Rosanna, la mamá en un tono que me dio tranquilidad para seguir.
- Y la verdad es que ya pensé un montón de cosas más, pero ninguna funcionaría a largo plazo. Si vendo mi auto, podría vivir un tiempo, pero no me alcanzaría para mucho. Con mi sueldo podría pagar los gastos, pero no un alquiler, porque es carísimo. Pero si tengo el departamento, podría mantenerme. Estaría muy justa, sí. Pero no me importaría. Esta situación es inaguantable para mí.
- ¿Y nunca probaste de hablar con ellos? Decirles todo lo que te pasa, lo que sentís - dijo Rosanna.
- Sí. Mil veces. Pero no escuchan, o no les importa. Por lo menos a mi madre. A ella no se le puede hablar cuando se acaba de levantar, ni cuando recién llega del trabajo. Había una época cuando éramos chicos en la que nos decía que después de las nueve no se le podía pedir nada. Y llegaba de trabajar ocho y media así que imagínense.
- Sí, veo que es una situación difícil - acotó Jorge, el padre. - Lo que a mí me preocupa un poco es el tema del casamiento en sí. ¿Estás cien por ciento segura que se puede anular?
- Sí, porque mi tío Mauricio hizo lo mismo que yo. Se casó con su ex novia por el departamento y ahora lo van a anular. Ya me explicó como.
- O sea que después no pasa nada. Es como si nunca se hubieran casado - replicó Jorge.
- Exacto - contesté.
- Y hay otra cosa que me preocupa. Viste que nuestra situación económica no es la mejor. ¿Nos tendríamos que hacer cargo de algún gasto?
- No, Jorge. Eso lo voy a arreglar yo. No sé como, pero ustedes no van a pagar absolutamente nada.
- Mirá, yo te entiendo. Se ve que estás desesperada por irte, y no cualquiera tiene la valentía para hacer lo que vos querés hacer. Y si Martín decidió que te ayuda, es tema de él. Nosotros no nos vamos a meter - dijo Rosanna.
- Sí, pero sin querer los terminé metiendo a ustedes también. Porque van a tener que venir al casamiento.
- Y bueno, es un día, no pasa nada. Aparte Martín nos contó que le regalaste el pasaje para ir a ver a Nacho. Se va en tres semanas, ¿te dijo? ¡Está contentísimo!

Lo miré, son una sonrisa.
- ¿Conseguiste lugar?
- ¡Sí! No sabés lo feliz que estoy. Vale la pena todo lo del casamiento. Me quedo dos semanitas allá con él.
- Te extrañaré, querido. Pero vas a estar bien allá.
- Yo también, chiquita. Pero no sabés la falta que me hace verlo. Tener a tu mejor amigo lejos es lo peor.
- Ya sé. Decimelo a mí que tengo a Romi y Fabi en Israel.
- Bueno, pero vuelven en diciembre. Nacho por ahora no.
- Bueno, pero pensá que ahora lo vas a ver - intervino Rosanna. - Gracias por eso, Agustina. No tenías por qué.
- Sí, se lo merecía. Por todo lo que me va a ayudar. Y bueno, además porque un poquito lo quiero.
Sus padres sonrieron. Rosanna abrazó a Martín, y por un segundo, los envidié como familia. Son divinos. Me hubiera encantado tener padres así. Comprensivos, amorosos. Pero bueno, pronto me iba a desprender de los míos, así que había luz al final del túnel.

- Les tengo que pedir un último favor a ustedes dos. Mis padres quieren hacer una cena para conocerlos. Porque, supuestamente, vamos a ser todos parientes.
- Jajaja. No pasa nada - dijo Jorge.
- En serio, con mucho gusto - agregó Rosanna.
- Bueno, mil gracias. A Martín y a ustedes les estaré eternamente agradecida.
- No es nada - dijo Rosanna, y me sonrió.
- No, en serio, muchísimas gracias. Y les pido disculpas de antemano por lo que va a ser esa cena. O me terminan odiando por haberlos hecho ir, o logran entender perfectamente porque no soporto vivir en mi casa un sólo día más.