Mi sentimiento de abandono empezó en la niñez con la ausencia de mis padres. Empeoró, cuando en la adolescencia algunas integrantes de mi grupo de amigas decidieron de un día para el otro que ya no les interesaba mi amistad. Meses después, se intensificó cuando ví a Martín salir de mi vida pensando en que nunca más iba a volver.
Se maximizó cada vez que un tipo me pintó que íbamos a ser la mejor pareja de la historia, para desaparecer sin dejar rastro a los dos días. O cada vez que me hicieron promesas que nunca fueron cumplidas, sin ninguna explicación posterior. O en cada instancia que deseé que las cosas fueran diferentes, pero el final de la historia era siempre el mismo y me encontraba, llorando sola y abrazando a mi almohada.
En los últimos meses, La nueva María me dijo que se iba por poco tiempo y al final demoró en volver. En estos últimos días, el sentimiento de abandonó se reforzó cuando Sebastián me dejó sorpresivamente. En las últimas horas, sentí que ese sentimiento me iba a acompañar por siempre cuando Teresa me dijo que se iba de viaje.
Dice que vuelve en tres semanas. Quiero creer que es verdad.
viernes, 2 de octubre de 2009
jueves, 1 de octubre de 2009
Día 138 - Flashback: El detonante de la guerra
Después de la cena de presentación de Martín a toda la familia en la cual me levanté y me fui con los padres y hermanas de mi marido, empezó en casa vieja un período bastante particular.
Cuando se habla del período antes de la Primera Guerra Mundial, se habla de "paz armada". Este término se usa porque si bien en teoría había paz porque no había enfrentamientos directos, los bloques estaban a la espera del momento de atacar, por lo cual siempre estaban armados.
En mi casa, a pequeña escala, pasaba algo parecido. Los bloques eramos yo, y mi madre, cada uno con sus respectivos aliados. El mío era Fabián y el de ella, mi padre. En el medio, y cumpliendo un rol neutral, se encontraba María. Durante el tiempo que duró la guerra, que fue desde el día de la cena hasta el de mi casamiento con Martín, no hubo ningún altercado. Todo se desarrollaba en silencio. Una guerra silenciosa.
Mi madre y yo no nos hablábamos, salvo por algún detalle en particular del casamiento que realmente requiriera de que nos dirigiéramos la palabra. Sino, nos cruzábamos en los pasillos sin mirarnos, como si fueramos dos inquilinas que no se conocen pero que alquilan cuarto en la misma pensión.
Durante los primeros días no hubo ningún contacto entre nosotras. Yo trataba de estar el menor tiempo posible en mi casa, por lo que me iba a estudiar a Mc.Donald's y volvía justo para la hora de la cena. Después de comer, me encerraba en mi cuarto y ella en el suyo. Hasta ahí, la idea que tenía yo era de seguir así y contar los días para irme a mi departamento como los presos cuentan los días para salir de la cárcel. Sin embargo, mi madre cruzó el límite. Jugó sucio y trató de llevar a María para su bando.
Un día, cuando salí de bañarme, me acerqué despacio hasta la cocina para preguntarle algo a María. Creo que era para saber que había para comer, ni me acuerdo. En fin, el tema fue que a medida que me acercaba a la cocina, escuchaba la voz de mi madre que le hablaba a ella.
- María, escuchame una cosa. ¿Viste que para el casamiento de Agustina falta sólo un mes?
- Sí, señora.
- Bueno. ¿Y viste que ella está gordita?
- No, señora, no le quiero llevar la contra pero está igual que siempre.
- Te digo que está gorda, María. Y tiene que hacer dieta para que el vestido le quede bien.
- Ah.
- Sí. Ella no te dijo nada, ¿no?
- No.
- Bueno, entonces yo te lo digo. Va a haber que empezar a cambiar algunos hábitos por acá. Pero esto lo dejamos entre nosotras, sí?
- Ay, señora Jaqueline, no me meta en el medio.
- Nadie te metió en el medio. Vos sólo tenés que hacer lo que yo te diga. Simplemente vamos a prestarle más atención a lo que come, como para llevar una cuenta y ver que cosas se pueden cambiar para que adelgace.
- Pero señora, yo no quiero tener líos con ella.
- Nadie va a tener líos con nadie. Vos sólo tenés que controlar lo que come. Mañana de noche mi esposo y yo vamos a salir a comer con unos amigos, así que no voy a estar acá para controlarlo yo. Te dejo a cargo.
Mientras escuchaba eso pensaba que, por alguna extraña razón, no estaba sorprendida. Mi madre era totalmente capaz de hacer algo así, y además yo sabía que la situación de paz no iba a durar mucho tiempo. Sin embargo, que usara a María me parecía que era jugar sucio. No sólo porque la estaba metiendo en el medio, sino porque la quería tener a su servicio bajo la excusa de que ella era la patrona.
Al día siguiente, yo estaba en mi cuarto con Fabián, cuando María tocó la puerta. Mi madre no estaba. María nos dijo que no volvía hasta la noche y que había encargado hacer milanesas con ensalada para la noche.
- ¿No pueden ser con puré? - preguntó mi hermano.
- No, tu madre dijo que tenían que ser sí o sí con ensalada.
- Bueno, pero mi madre no va a estar - dijo Fabián.
- Ay, chicos, no me pongan entre la espada y la pared.
Yo no quise decir nada porque no quería seguir metiendo a María en el medio, pero tampoco me parecía justo tener que bancarme todos los mandatos de mi madre.
- María, sólo por hoy comemos milanesas con puré. Nadie dice nada después. Si ella te pregunta, comimos milanesas con ensalada. Punto.
- No, pero se va a dar cuenta. Sabe cuantas papas hay.
- ¿Y si hacés del otro puré? - preguntó Fabián.
- Es lo mismo. Estuvo haciendo una lista con las cosas que hay en la alacena. Y sabe que quedan dos paquetes de puré instantáneo.
- Bueno, compramos un paquete nosotros - dije.
- Y algo rico para comer de postre - agregó Fabián.
- ¿Compran algo para el postre o quieren que les haga algo? - preguntó María.
- Ay, ¿nos hacés? - prgunté ilusionada.
- Bueno, pero tienen que traer los ingredientes ustedes. Y comerse todo después. Que no sobre nada. ¿Qué quieren?
- ¡Panqueques con dulce de leche! - chillé.
- Uh, genial - dijo mi hermano.
- Bueno, ahora les anoto lo que tienen que traer. Pero esto nunca sale de acá, chicos. Nunca.
- Te lo prometemos - dije.
- Sí, lo prometemos - agregó Fabián.
- Bueno, voy a hacer la lista de los ingredientes y se las traigo.
Ese día comimos bien, muy bien. No sólo porque la comida estaba riquísima sino porque podíamos estar tranquilos. Sin que nos controlaran las porciones y sin tener que atragantarnos con la comida para irnos lo más rápido posible de la mesa porque comer los cuatro en absoluto silencio se había vuelto insoportable.
Al otro día, vi que mi madre enfilaba desde el living hacia la cocina. Presumí que era para averiguar detalles sobre la cena del día anterior, por lo que me acerqué en puntas de pie, hasta la puerta que da al comedor para escuchar.
- ¿Cómo estuvo la cena de ayer? - preguntó mi madre.
- Bien, bien - contestó María. Y yo me imaginaba su expresión, haciéndose la distraída para evitar que siguieran las preguntas.
- ¿Qué comieron los chicos?
- Milanesas con ensalada como usted me dijo, señora.
- Ah, muy bien. ¿Y cuántas se comió cada uno?
- ...
- María, decime el número nada más.
- Es que no me fijé muy bien.
- María...
- Bueno, se comieron tres cada uno.
- ¡¿Tres?! ¿Dejaste que Agustina se comiera tres milanesas? ¡Sólo puede comer el tamaño de su mano en carne! ¿Cómo se te ocurrió hacer tanto? ¿No escuchaste lo que te dije ayer?
- Sí, pero siempre comen eso. ¡Me iban a matar si hacía menos!
- Eso no te tiene que preocupar a vos. Las instrucciones que tenés que seguir son las mías. Si yo te digo que tienen que comer poco, hacés poca comida. No hay más vueltas.
- Bueno, señora.
- ¿Y de postre? ¿Comieron ensalada de fruta? - preguntó mientras abría la heladera.
- Sí, comieron ensalada los dos - mintió María.
- Ah, porque la fuente está casi igual que ayer. Les tendrías que haber dado más fruta, a ver si con eso compensan un poco todo lo que comen.
- Bueno, señora.
- ¿Algo más que me quieras decir, María?
- No, no. Nada más - dijo. Sonreí desde la puerta y me fui despacio hasta mi cuarto.
Al rato escuché que mi madre se iba dando un portazo y agradecí por tener un rato de tranquilidad. Me comí un paquete de galletitas que tenía escondido en la mochila y me tomé un café con leche. Sin embargo, la tranquilidad en una casa compartida con mi madre no dura. No puede durar. No hay forma de que dure.
Cuando abrí la puerta de mi cuarto para ir a bañarme vi algo que me enfureció. Tuve ganas de agarrar el paquete y tirárselo a mi madre por la cabeza. Lo que había traído, con mucho amor, por supuesto, era una balanza. Mi madre no me hablaba y yo tampoco a ella, pero el mensaje era tan claro que las palabras eran innecesarias.
En un ataque de histeria, entré a mi cuarto y agarré un pedazo de papel. Escribí algo, lo pegué arriba de la balanza con cinta adhesiva y se lo dejé afuera del suyo. Después volví al mío, como si nada. El papelito decía "Creo que te equivocaste de cuarto, porque acá la que necesita controlar su peso sos vos. No me enojo igual, cualquiera se puede equivocar".
A partir de ese momento, todo se puso peor. Yo no pensé que era posible vivir en peores condiciones que las que habían dominado el clima de mi casa esos días, pero a partir de ese momento aprendí que con mi madre, las cosas siempre pueden estar peor.
Cuando se habla del período antes de la Primera Guerra Mundial, se habla de "paz armada". Este término se usa porque si bien en teoría había paz porque no había enfrentamientos directos, los bloques estaban a la espera del momento de atacar, por lo cual siempre estaban armados.
En mi casa, a pequeña escala, pasaba algo parecido. Los bloques eramos yo, y mi madre, cada uno con sus respectivos aliados. El mío era Fabián y el de ella, mi padre. En el medio, y cumpliendo un rol neutral, se encontraba María. Durante el tiempo que duró la guerra, que fue desde el día de la cena hasta el de mi casamiento con Martín, no hubo ningún altercado. Todo se desarrollaba en silencio. Una guerra silenciosa.
Mi madre y yo no nos hablábamos, salvo por algún detalle en particular del casamiento que realmente requiriera de que nos dirigiéramos la palabra. Sino, nos cruzábamos en los pasillos sin mirarnos, como si fueramos dos inquilinas que no se conocen pero que alquilan cuarto en la misma pensión.
Durante los primeros días no hubo ningún contacto entre nosotras. Yo trataba de estar el menor tiempo posible en mi casa, por lo que me iba a estudiar a Mc.Donald's y volvía justo para la hora de la cena. Después de comer, me encerraba en mi cuarto y ella en el suyo. Hasta ahí, la idea que tenía yo era de seguir así y contar los días para irme a mi departamento como los presos cuentan los días para salir de la cárcel. Sin embargo, mi madre cruzó el límite. Jugó sucio y trató de llevar a María para su bando.
Un día, cuando salí de bañarme, me acerqué despacio hasta la cocina para preguntarle algo a María. Creo que era para saber que había para comer, ni me acuerdo. En fin, el tema fue que a medida que me acercaba a la cocina, escuchaba la voz de mi madre que le hablaba a ella.
- María, escuchame una cosa. ¿Viste que para el casamiento de Agustina falta sólo un mes?
- Sí, señora.
- Bueno. ¿Y viste que ella está gordita?
- No, señora, no le quiero llevar la contra pero está igual que siempre.
- Te digo que está gorda, María. Y tiene que hacer dieta para que el vestido le quede bien.
- Ah.
- Sí. Ella no te dijo nada, ¿no?
- No.
- Bueno, entonces yo te lo digo. Va a haber que empezar a cambiar algunos hábitos por acá. Pero esto lo dejamos entre nosotras, sí?
- Ay, señora Jaqueline, no me meta en el medio.
- Nadie te metió en el medio. Vos sólo tenés que hacer lo que yo te diga. Simplemente vamos a prestarle más atención a lo que come, como para llevar una cuenta y ver que cosas se pueden cambiar para que adelgace.
- Pero señora, yo no quiero tener líos con ella.
- Nadie va a tener líos con nadie. Vos sólo tenés que controlar lo que come. Mañana de noche mi esposo y yo vamos a salir a comer con unos amigos, así que no voy a estar acá para controlarlo yo. Te dejo a cargo.
Mientras escuchaba eso pensaba que, por alguna extraña razón, no estaba sorprendida. Mi madre era totalmente capaz de hacer algo así, y además yo sabía que la situación de paz no iba a durar mucho tiempo. Sin embargo, que usara a María me parecía que era jugar sucio. No sólo porque la estaba metiendo en el medio, sino porque la quería tener a su servicio bajo la excusa de que ella era la patrona.
Al día siguiente, yo estaba en mi cuarto con Fabián, cuando María tocó la puerta. Mi madre no estaba. María nos dijo que no volvía hasta la noche y que había encargado hacer milanesas con ensalada para la noche.
- ¿No pueden ser con puré? - preguntó mi hermano.
- No, tu madre dijo que tenían que ser sí o sí con ensalada.
- Bueno, pero mi madre no va a estar - dijo Fabián.
- Ay, chicos, no me pongan entre la espada y la pared.
Yo no quise decir nada porque no quería seguir metiendo a María en el medio, pero tampoco me parecía justo tener que bancarme todos los mandatos de mi madre.
- María, sólo por hoy comemos milanesas con puré. Nadie dice nada después. Si ella te pregunta, comimos milanesas con ensalada. Punto.
- No, pero se va a dar cuenta. Sabe cuantas papas hay.
- ¿Y si hacés del otro puré? - preguntó Fabián.
- Es lo mismo. Estuvo haciendo una lista con las cosas que hay en la alacena. Y sabe que quedan dos paquetes de puré instantáneo.
- Bueno, compramos un paquete nosotros - dije.
- Y algo rico para comer de postre - agregó Fabián.
- ¿Compran algo para el postre o quieren que les haga algo? - preguntó María.
- Ay, ¿nos hacés? - prgunté ilusionada.
- Bueno, pero tienen que traer los ingredientes ustedes. Y comerse todo después. Que no sobre nada. ¿Qué quieren?
- ¡Panqueques con dulce de leche! - chillé.
- Uh, genial - dijo mi hermano.
- Bueno, ahora les anoto lo que tienen que traer. Pero esto nunca sale de acá, chicos. Nunca.
- Te lo prometemos - dije.
- Sí, lo prometemos - agregó Fabián.
- Bueno, voy a hacer la lista de los ingredientes y se las traigo.
Ese día comimos bien, muy bien. No sólo porque la comida estaba riquísima sino porque podíamos estar tranquilos. Sin que nos controlaran las porciones y sin tener que atragantarnos con la comida para irnos lo más rápido posible de la mesa porque comer los cuatro en absoluto silencio se había vuelto insoportable.
Al otro día, vi que mi madre enfilaba desde el living hacia la cocina. Presumí que era para averiguar detalles sobre la cena del día anterior, por lo que me acerqué en puntas de pie, hasta la puerta que da al comedor para escuchar.
- ¿Cómo estuvo la cena de ayer? - preguntó mi madre.
- Bien, bien - contestó María. Y yo me imaginaba su expresión, haciéndose la distraída para evitar que siguieran las preguntas.
- ¿Qué comieron los chicos?
- Milanesas con ensalada como usted me dijo, señora.
- Ah, muy bien. ¿Y cuántas se comió cada uno?
- ...
- María, decime el número nada más.
- Es que no me fijé muy bien.
- María...
- Bueno, se comieron tres cada uno.
- ¡¿Tres?! ¿Dejaste que Agustina se comiera tres milanesas? ¡Sólo puede comer el tamaño de su mano en carne! ¿Cómo se te ocurrió hacer tanto? ¿No escuchaste lo que te dije ayer?
- Sí, pero siempre comen eso. ¡Me iban a matar si hacía menos!
- Eso no te tiene que preocupar a vos. Las instrucciones que tenés que seguir son las mías. Si yo te digo que tienen que comer poco, hacés poca comida. No hay más vueltas.
- Bueno, señora.
- ¿Y de postre? ¿Comieron ensalada de fruta? - preguntó mientras abría la heladera.
- Sí, comieron ensalada los dos - mintió María.
- Ah, porque la fuente está casi igual que ayer. Les tendrías que haber dado más fruta, a ver si con eso compensan un poco todo lo que comen.
- Bueno, señora.
- ¿Algo más que me quieras decir, María?
- No, no. Nada más - dijo. Sonreí desde la puerta y me fui despacio hasta mi cuarto.
Al rato escuché que mi madre se iba dando un portazo y agradecí por tener un rato de tranquilidad. Me comí un paquete de galletitas que tenía escondido en la mochila y me tomé un café con leche. Sin embargo, la tranquilidad en una casa compartida con mi madre no dura. No puede durar. No hay forma de que dure.
Cuando abrí la puerta de mi cuarto para ir a bañarme vi algo que me enfureció. Tuve ganas de agarrar el paquete y tirárselo a mi madre por la cabeza. Lo que había traído, con mucho amor, por supuesto, era una balanza. Mi madre no me hablaba y yo tampoco a ella, pero el mensaje era tan claro que las palabras eran innecesarias.
En un ataque de histeria, entré a mi cuarto y agarré un pedazo de papel. Escribí algo, lo pegué arriba de la balanza con cinta adhesiva y se lo dejé afuera del suyo. Después volví al mío, como si nada. El papelito decía "Creo que te equivocaste de cuarto, porque acá la que necesita controlar su peso sos vos. No me enojo igual, cualquiera se puede equivocar".
A partir de ese momento, todo se puso peor. Yo no pensé que era posible vivir en peores condiciones que las que habían dominado el clima de mi casa esos días, pero a partir de ese momento aprendí que con mi madre, las cosas siempre pueden estar peor.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Día 137 - Los tres mosqueteros
Sebastián.
Ayer, cuando salí de dar clase, ví que tenía una llamada perdida suya. Me puse a pensar en si yo tengo algo que devolverle, o él a mí, pero creo que no. Entonces no sé para que me llama, pero la verdad es que no tengo muchas ganas de hablar con él. Debería devolverle el llamado por cortesía, pero no sé. Me parece que ya no hay nada que hablar.
Martín.
Desde el día que nos acostamos que no sé absolutamente nada de él. Niente. Niet. Nothing.
No sé si me está dejando tranquila para que resuelva el tema de Fabián, porque capaz que piensa que no es momento de hablar todavía o si no me llama porque no sabe que decirme. Es obvio que cuando nos veamos vamos a tener que charlar largo y tendido sobre nuestra relación. Y, eventualmente, decidir si vamos a ser sólo marido y mujer por conveniencia o algo más. La verdad es que no sé que quiere, pero debo decir que estuvo muy cariñoso la última vez que nos vimos.
Francisco.
Es lindo. Muy. Ayer me llamó para desearme suerte porque iba a entrar el director de uno de los colegios a observarme la clase y, a decir verdad, yo estaba bastante nerviosa. Me gustó que me tranquilizara, pero más que nada, el hecho de que se haya acordado de que era ayer. Y, por supuesto, siempre es lindo que se preocupen de una y la llamen. Y me llama casi todos los días, sólo para charlar. Capaz que salimos el sábado. Me lo dijo y le dije que no estaba segura de si tenía el cumpleaños de una compañera de facultad o no, porque quería ponerme a pensar en si de verdad estoy para salir con alguien. A fin de cuentas, con Sebastián terminé recién y con Martín no sé que va a pasar.
Ando un poquito entreverada, como verán. Hay demasiados hombres en la vuelta. A estos tres hay que agregarle otro, que vive conmigo, me desordena más la casa de lo que ya está y me deja el baño empapado cada vez que se ducha. Por lo menos, siempre que llega trae algo de chocolate. Y eso, no está nada mal.
Pero, por supuesto, que no voy a elegir a mi hermano. Como presumo que Sebastián ya no está en combate, la lucha por el amor de la doncella Agustina se llevará a cabo entre Francisco y Martín. Que gane el mejor.
Ayer, cuando salí de dar clase, ví que tenía una llamada perdida suya. Me puse a pensar en si yo tengo algo que devolverle, o él a mí, pero creo que no. Entonces no sé para que me llama, pero la verdad es que no tengo muchas ganas de hablar con él. Debería devolverle el llamado por cortesía, pero no sé. Me parece que ya no hay nada que hablar.
Martín.
Desde el día que nos acostamos que no sé absolutamente nada de él. Niente. Niet. Nothing.
No sé si me está dejando tranquila para que resuelva el tema de Fabián, porque capaz que piensa que no es momento de hablar todavía o si no me llama porque no sabe que decirme. Es obvio que cuando nos veamos vamos a tener que charlar largo y tendido sobre nuestra relación. Y, eventualmente, decidir si vamos a ser sólo marido y mujer por conveniencia o algo más. La verdad es que no sé que quiere, pero debo decir que estuvo muy cariñoso la última vez que nos vimos.
Francisco.
Es lindo. Muy. Ayer me llamó para desearme suerte porque iba a entrar el director de uno de los colegios a observarme la clase y, a decir verdad, yo estaba bastante nerviosa. Me gustó que me tranquilizara, pero más que nada, el hecho de que se haya acordado de que era ayer. Y, por supuesto, siempre es lindo que se preocupen de una y la llamen. Y me llama casi todos los días, sólo para charlar. Capaz que salimos el sábado. Me lo dijo y le dije que no estaba segura de si tenía el cumpleaños de una compañera de facultad o no, porque quería ponerme a pensar en si de verdad estoy para salir con alguien. A fin de cuentas, con Sebastián terminé recién y con Martín no sé que va a pasar.
Ando un poquito entreverada, como verán. Hay demasiados hombres en la vuelta. A estos tres hay que agregarle otro, que vive conmigo, me desordena más la casa de lo que ya está y me deja el baño empapado cada vez que se ducha. Por lo menos, siempre que llega trae algo de chocolate. Y eso, no está nada mal.
Pero, por supuesto, que no voy a elegir a mi hermano. Como presumo que Sebastián ya no está en combate, la lucha por el amor de la doncella Agustina se llevará a cabo entre Francisco y Martín. Que gane el mejor.
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Mi vecinito
martes, 29 de septiembre de 2009
Día 136 - A (not so) happy childhood
Estos últimos días han sido una locura total. Mi madre me estuvo llamando cinco veces por día para ver si sé algo de Fabián. Siempre le contesto que no, que me avisó que está bien, pero que no sé exactamente donde está ahora. A él también lo llama todo el tiempo, y le dice que se deje de pavadas y vuelva a casa vieja. Pero por ahora, mi adorado hermanito, no tiene planes de volver.
La verdad es que juntos la estamos pasando bárbaro. Yo extrañaba mucho tenerlo cerca, y además extrañaba tener con quien hablar. Por supuesto que me encanta vivir sola, pero cada tanto me pasa de querer contarle cosas a alguien y no tener a quien, o querer compartir algo y darme cuenta de que además de mi enorme y hermoso cuadro de los Beatles, no hay otras figuras humanas en mi hogar. Y contarles a ellos cosas no tendría mucho sentido porque, obviamente, no me pueden contestar. Y, si lo hicieran, me daría cuenta de que finalmente enloquecí, lo cual tampoco sería bueno.
Sin embargo, sé que para él la situación no es la mejor. Si bien está cómodo, yo siento que piensa que estorba, que molesta, que está en un lugar que no es suyo. Y por más que a mí me encante tenerlo cerca, sé que pasar las noches en un sobre de dormir tiene un límite. Y sé, además, que él también sabe que esto es algo pasajero.
El tema es que cada vez que me quiero sentar a hablar con él, terminamos recordando anécdotas de nuestra niñez. Y no son precisamente divertidas. Son, en su mayoría, recuerdos de una infancia muy poco común. Con una madre autoritaria y lejana, un padre ausente y bipolar, y una María llamada Claudia que nos crío en ese contexto, se podría decir que nuestra infancia de feliz no tuvo mucho. Y cuando pienso en nuestra niñez, sé que la principal causa de que fuera tan mala fue mi madre.
A nosotros nos mandaban a una escuela bilingüe, desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde.
A mis padres los veíamos un rato antes de ir, pero ni siquiera nos prestaban mucha atención. Mi madre, nos decía que no le podíamos hablar porque se acababa de levantar y mi padre algo nos hablaba cuando nos veía, pero esto no era la regla, sino la excepción. Él estuvo sin trabajar muchísimo tiempo a costa de su enfermedad, sobre la que hablaré en otro momento, entonces se levantaba alrededor de las once de la mañana, cuando ya nos habíamos ido.
Cuando volvíamos del colegio la situación no era muy distinta. Nos bañaba y nos vestía Claudia. No podíamos invitar amigos a casa porque, según mi madre, "desordenábamos mucho". Ella llegaba de trabajar a eso de las siete y media, a las ocho comíamos, y ya a las nueve otra vez no se le podía hablar porque "ya era tarde". Mi padre llegaba a eso de las ocho, también. A las nueve y media, obligados, teníamos que ir a dormir. Para que tengan una idea de la ausencia de ambos padres, les cuento que la que nos leía cuentos antes de dormir era Claudia.
Los sábados, que en teoría podían ser un momento de distensión, nos obligaban a ir a una especie de club judío. Desde las dos de la tarde hasta las seis y media. Y el sábado de noche, salían con amigos y nos dejaban a cargo de , obviamente, Claudia.
Es por todo esto y mil cosas más que pienso que mi madre de madre no tuvo mucho. Y yo, con el tiempo, logré dejar todas estos recuerdos atrás. En parte porque son cosas que no quiero tener presentes, y en parte porque a mi madre ya no la veo, entonces ya no pienso en estas cosas. Sin embargo, cuando vivía en casa vieja, era algo que estaba en el aire todo el tiempo. Cada vez que nos sentábamos a almorzar, y estábamos veinte minutos o media hora sentadas una en frente de la otra, sin hablar porque ya directamente no teníamos de qué, no podía evitar pensar en cuánto me hubiera gustado que las cosas fueran diferentes. Que tal vez, si alguna vez se hubiera interesado por algún aspecto de mi vida, capaz que podríamos entablar una conversación.
Entonces, pensar en que Fabián vuelva para casa vieja me rompe el corazón. Porque sé que estar ahí es revivir todo. Ver que no hay pan para que no engordemos, ni un paquete de galletitas porque el chocolate está prohibido, indefectiblemente te hace recordar las veces que deseaste que las cosas fueran diferentes. Que la heladera estuviera repleta de cosas ricas y que, al cerrarla, hubiera una madre cerca que te dijera "te quiero" en vez de "no me hables que me duele la cabeza".
La verdad es que juntos la estamos pasando bárbaro. Yo extrañaba mucho tenerlo cerca, y además extrañaba tener con quien hablar. Por supuesto que me encanta vivir sola, pero cada tanto me pasa de querer contarle cosas a alguien y no tener a quien, o querer compartir algo y darme cuenta de que además de mi enorme y hermoso cuadro de los Beatles, no hay otras figuras humanas en mi hogar. Y contarles a ellos cosas no tendría mucho sentido porque, obviamente, no me pueden contestar. Y, si lo hicieran, me daría cuenta de que finalmente enloquecí, lo cual tampoco sería bueno.
Sin embargo, sé que para él la situación no es la mejor. Si bien está cómodo, yo siento que piensa que estorba, que molesta, que está en un lugar que no es suyo. Y por más que a mí me encante tenerlo cerca, sé que pasar las noches en un sobre de dormir tiene un límite. Y sé, además, que él también sabe que esto es algo pasajero.
El tema es que cada vez que me quiero sentar a hablar con él, terminamos recordando anécdotas de nuestra niñez. Y no son precisamente divertidas. Son, en su mayoría, recuerdos de una infancia muy poco común. Con una madre autoritaria y lejana, un padre ausente y bipolar, y una María llamada Claudia que nos crío en ese contexto, se podría decir que nuestra infancia de feliz no tuvo mucho. Y cuando pienso en nuestra niñez, sé que la principal causa de que fuera tan mala fue mi madre.
A nosotros nos mandaban a una escuela bilingüe, desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde.
A mis padres los veíamos un rato antes de ir, pero ni siquiera nos prestaban mucha atención. Mi madre, nos decía que no le podíamos hablar porque se acababa de levantar y mi padre algo nos hablaba cuando nos veía, pero esto no era la regla, sino la excepción. Él estuvo sin trabajar muchísimo tiempo a costa de su enfermedad, sobre la que hablaré en otro momento, entonces se levantaba alrededor de las once de la mañana, cuando ya nos habíamos ido.
Cuando volvíamos del colegio la situación no era muy distinta. Nos bañaba y nos vestía Claudia. No podíamos invitar amigos a casa porque, según mi madre, "desordenábamos mucho". Ella llegaba de trabajar a eso de las siete y media, a las ocho comíamos, y ya a las nueve otra vez no se le podía hablar porque "ya era tarde". Mi padre llegaba a eso de las ocho, también. A las nueve y media, obligados, teníamos que ir a dormir. Para que tengan una idea de la ausencia de ambos padres, les cuento que la que nos leía cuentos antes de dormir era Claudia.
Los sábados, que en teoría podían ser un momento de distensión, nos obligaban a ir a una especie de club judío. Desde las dos de la tarde hasta las seis y media. Y el sábado de noche, salían con amigos y nos dejaban a cargo de , obviamente, Claudia.
Es por todo esto y mil cosas más que pienso que mi madre de madre no tuvo mucho. Y yo, con el tiempo, logré dejar todas estos recuerdos atrás. En parte porque son cosas que no quiero tener presentes, y en parte porque a mi madre ya no la veo, entonces ya no pienso en estas cosas. Sin embargo, cuando vivía en casa vieja, era algo que estaba en el aire todo el tiempo. Cada vez que nos sentábamos a almorzar, y estábamos veinte minutos o media hora sentadas una en frente de la otra, sin hablar porque ya directamente no teníamos de qué, no podía evitar pensar en cuánto me hubiera gustado que las cosas fueran diferentes. Que tal vez, si alguna vez se hubiera interesado por algún aspecto de mi vida, capaz que podríamos entablar una conversación.
Entonces, pensar en que Fabián vuelva para casa vieja me rompe el corazón. Porque sé que estar ahí es revivir todo. Ver que no hay pan para que no engordemos, ni un paquete de galletitas porque el chocolate está prohibido, indefectiblemente te hace recordar las veces que deseaste que las cosas fueran diferentes. Que la heladera estuviera repleta de cosas ricas y que, al cerrarla, hubiera una madre cerca que te dijera "te quiero" en vez de "no me hables que me duele la cabeza".
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Fabián (mi hermano),
Mi madre,
Mi padre
lunes, 28 de septiembre de 2009
Día 135 - Tenemos que hablar
Ayer de tarde, estaba mirando una película con mi hermano, cuando vi que había una cartita abajo de la puerta. La abrí y decía simplemente "Tenemos que hablar, subí cuando puedas. Besos, Seba".
Para no hacerme la cabeza pensando en cuál iba a ser el tema de conversación, decidí ir lo más rápido posible. Le pedí a Fabián que pausara la película, y le dije que ya volvía.
Cuando toqué timbre, y me abrió mi vecinito, en seguida noté que su expresión no era la de costumbre. Estaba muy serio, y con cara de preocupación. Cuando me saludó con un beso en el cachete, supe que, inevitablemente, algo andaba mal.
- Sentate, Agus. Quiero hablar con vos.
- Bueno - dije, sin entender mucho. Y me senté en una silla del comedor.
- Mirá, en estos días yo estuve pensando mucho. Sobre todo.
- ¿Sobre qué?
- Sobre nosotros.
- Bueno, contame.
- Mirá, para mí fue re fuerte ver las fotos con tu marido el otro día.
- Yo te dije que iba a pasar eso.
- Pero no en ese sentido. Fue fuerte porque caí en que de verdad lo hiciste.
- ¿Y antes no lo aceptabas?
- Sí, lo aceptaba pero para mí no era real. No sé como explicarte.
- Sí, algo entiendo. Como que sabías que estaba casada pero ver las fotos fue otra cosa.
- No, no me entendés. Fue fuerte en el sentido de que recién ahora veo lo que fuiste capaz de hacer.
- Oops. Esto no va a terminar bien.
- No. No va a terminar bien.
- Bueno, te escucho.
Tomó aire y siguió.
- Bueno, yo entiendo que vos en tu casa no estabas bien. En serio que sí. Pero igual me parece que lo que hiciste fue horrible. Yo trato de entenderlo, pero en el fondo sigo pensando que estuviste mal.
- ¿Entonces?
- Entonces creo que seguir juntos no tiene mucho sentido.
- Bueno.
- ¿Bueno? - preguntó extrañado.
- Sí, Sebastián. No sé que querés que te diga.
- No sé, algo. ¡Pensé que te iba a importar un poco más!
- Pero es que no tengo nada que decir. No es que me estás dejando porque soy una inútil total. Eso es algo que podría remediar. Ahí sí que te preguntaría qué puedo hacer para que no me dejes. ¡Pero me dejás porque me casé por el departamento! ¿Qué puedo hacer?
- Nada, qué sé yo. Pero parece que ni te importa.
- No es que no me importa, Seba. Obvio que me importa. Pero lo que hice no tiene nada que ver con vos, y me dejás por eso.
- No tiene nada que ver conmigo, es verdad. Pero dice mucho de vos, de como sos como persona.
- Bien. ¿A eso llegamos?
- Es que es verdad. Yo pensé que eras diferente.
Me paré de la silla, y empecé a hablar.
- ¿Qué pensabas? ¿Que yo era Agus, la divertida, la que siempre tiene historias graciosas para contar?
-...
- Claro, que yo sólo soy la mina que se cae mientras limpia y te cuenta que tiene un machucón en el culo. Eso pensabas.
- No, no sé. No pensaba eso. O sí.
- Obvio que sí. Y soy esa Agustina. Pero también soy la otra. La que hizo lo que tenía que hacer.
- Bueno, y a mí me parece bárbaro que hayas conseguido lo que querías. Pero esa no es la clase de persona con la que yo quiero estar. Creo que fuiste sumamente egoísta, que pensaste sólo en vos, y que te chupó un huevo toda tu familia.
- ¡Y es verdad! Qué querés, ¿que te lo niegue?
- No, yo no quiero nada. Sé que vos pensás que fue lo correcto. Pero yo no.
- Bueno, genial. Entonces no tenemos nada más que hablar, porque es obvio que yo no puedo ir para atrás y cambiar lo que hice.
- Pero...¿estás enojada?
- Enojada, no. Qué sé yo. Me parece estupidísimo que me dejes por eso. Pero bueno, si te parece tan mal, no hay nada que yo pueda hacer.
- Disculpame, pero es lo que pienso.
- Y bueno, es como te digo. No hay nada que hacer, entonces.
- Mirá que te quise mucho, Agus. De verdad. Pero las cosas no están bien entre nosotros hace tiempo, y lo sabés.
- Obvio que lo sé. Desde que te dije lo que hice.
- No, peor, desde que me enteré. Porque vos no me ibas a decir nada.
- ¿Y fue mala idea no decirte? ¡Estás terminando conmigo por eso! Eso era justo lo que quería evitar.
- Y bueno, tarde o temprano me iba a enterar. Las mentiras tienen patas cortas.
- No todas - dije.
- Vas a ver que sí. Tarde o temprano se va a descubrir la verdad. No te quiero asustar, pero lo tuyo se va a saber en algún momento. Se van a dar cuenta de que es todo mentira.
- Bueno, bárbaro. ¿Algo más?
- No, nada. Me da mucha pena todo. Pero veníamos mal hace tiempo. ¿No te esperabas esta charla?
- Supongo que en el fondo sí...
- No me veas como el malo, entonces. Sólo fui el que lo dijo en voz alta.
- No es así, y lo sabés. Me estás dejando por lo que hice. El hecho de que estábamos mal era una consecuencia de eso, pero no estábamos mal vos y yo. O sea, no había ningún problema entre nosotros como pareja.
- Tenés razón.
- Sí, la tengo. Sólo quería dejar eso en claro. Pero, en fin. Terminamos.
- Sí, terminamos.
Me acerqué a él, como para despedirme, pero no supe lo que hacer. Él tampoco. Lo único que se me ocurrió fue darle un beso en el cachete. Y él se limitó a quedarse ahí, mirándome mientras me iba.
Bajé, y le conté a mi hermano. No lo podía creer. Me dijo que Sebastián era un estúpido. Le dije que capaz que para nosotros no era tan grave lo que hice, pero visto desde afuera era una aberración. Que, por lo menos, había sido lo suficiente malo para que me dejara por eso. Me dijo que no me preocupara, y que comiera chocolate. Me alegré mucho de tenerlo en casa.
Igual, no sabría explicarlo, pero no estoy muy mal. Supongo que es porque, como le dije, no me dejó por una pavada. Me dejó por algo que es parte de mí. Parte importante de mí. Y yo no soy sólo Agustina, la graciosa, la divertida. Soy Agustina, la que se casó con "su algo" para que le regalaran un departamento.
Y si no te gusta eso, querido, entonces no te gusto yo.
Para no hacerme la cabeza pensando en cuál iba a ser el tema de conversación, decidí ir lo más rápido posible. Le pedí a Fabián que pausara la película, y le dije que ya volvía.
Cuando toqué timbre, y me abrió mi vecinito, en seguida noté que su expresión no era la de costumbre. Estaba muy serio, y con cara de preocupación. Cuando me saludó con un beso en el cachete, supe que, inevitablemente, algo andaba mal.
- Sentate, Agus. Quiero hablar con vos.
- Bueno - dije, sin entender mucho. Y me senté en una silla del comedor.
- Mirá, en estos días yo estuve pensando mucho. Sobre todo.
- ¿Sobre qué?
- Sobre nosotros.
- Bueno, contame.
- Mirá, para mí fue re fuerte ver las fotos con tu marido el otro día.
- Yo te dije que iba a pasar eso.
- Pero no en ese sentido. Fue fuerte porque caí en que de verdad lo hiciste.
- ¿Y antes no lo aceptabas?
- Sí, lo aceptaba pero para mí no era real. No sé como explicarte.
- Sí, algo entiendo. Como que sabías que estaba casada pero ver las fotos fue otra cosa.
- No, no me entendés. Fue fuerte en el sentido de que recién ahora veo lo que fuiste capaz de hacer.
- Oops. Esto no va a terminar bien.
- No. No va a terminar bien.
- Bueno, te escucho.
Tomó aire y siguió.
- Bueno, yo entiendo que vos en tu casa no estabas bien. En serio que sí. Pero igual me parece que lo que hiciste fue horrible. Yo trato de entenderlo, pero en el fondo sigo pensando que estuviste mal.
- ¿Entonces?
- Entonces creo que seguir juntos no tiene mucho sentido.
- Bueno.
- ¿Bueno? - preguntó extrañado.
- Sí, Sebastián. No sé que querés que te diga.
- No sé, algo. ¡Pensé que te iba a importar un poco más!
- Pero es que no tengo nada que decir. No es que me estás dejando porque soy una inútil total. Eso es algo que podría remediar. Ahí sí que te preguntaría qué puedo hacer para que no me dejes. ¡Pero me dejás porque me casé por el departamento! ¿Qué puedo hacer?
- Nada, qué sé yo. Pero parece que ni te importa.
- No es que no me importa, Seba. Obvio que me importa. Pero lo que hice no tiene nada que ver con vos, y me dejás por eso.
- No tiene nada que ver conmigo, es verdad. Pero dice mucho de vos, de como sos como persona.
- Bien. ¿A eso llegamos?
- Es que es verdad. Yo pensé que eras diferente.
Me paré de la silla, y empecé a hablar.
- ¿Qué pensabas? ¿Que yo era Agus, la divertida, la que siempre tiene historias graciosas para contar?
-...
- Claro, que yo sólo soy la mina que se cae mientras limpia y te cuenta que tiene un machucón en el culo. Eso pensabas.
- No, no sé. No pensaba eso. O sí.
- Obvio que sí. Y soy esa Agustina. Pero también soy la otra. La que hizo lo que tenía que hacer.
- Bueno, y a mí me parece bárbaro que hayas conseguido lo que querías. Pero esa no es la clase de persona con la que yo quiero estar. Creo que fuiste sumamente egoísta, que pensaste sólo en vos, y que te chupó un huevo toda tu familia.
- ¡Y es verdad! Qué querés, ¿que te lo niegue?
- No, yo no quiero nada. Sé que vos pensás que fue lo correcto. Pero yo no.
- Bueno, genial. Entonces no tenemos nada más que hablar, porque es obvio que yo no puedo ir para atrás y cambiar lo que hice.
- Pero...¿estás enojada?
- Enojada, no. Qué sé yo. Me parece estupidísimo que me dejes por eso. Pero bueno, si te parece tan mal, no hay nada que yo pueda hacer.
- Disculpame, pero es lo que pienso.
- Y bueno, es como te digo. No hay nada que hacer, entonces.
- Mirá que te quise mucho, Agus. De verdad. Pero las cosas no están bien entre nosotros hace tiempo, y lo sabés.
- Obvio que lo sé. Desde que te dije lo que hice.
- No, peor, desde que me enteré. Porque vos no me ibas a decir nada.
- ¿Y fue mala idea no decirte? ¡Estás terminando conmigo por eso! Eso era justo lo que quería evitar.
- Y bueno, tarde o temprano me iba a enterar. Las mentiras tienen patas cortas.
- No todas - dije.
- Vas a ver que sí. Tarde o temprano se va a descubrir la verdad. No te quiero asustar, pero lo tuyo se va a saber en algún momento. Se van a dar cuenta de que es todo mentira.
- Bueno, bárbaro. ¿Algo más?
- No, nada. Me da mucha pena todo. Pero veníamos mal hace tiempo. ¿No te esperabas esta charla?
- Supongo que en el fondo sí...
- No me veas como el malo, entonces. Sólo fui el que lo dijo en voz alta.
- No es así, y lo sabés. Me estás dejando por lo que hice. El hecho de que estábamos mal era una consecuencia de eso, pero no estábamos mal vos y yo. O sea, no había ningún problema entre nosotros como pareja.
- Tenés razón.
- Sí, la tengo. Sólo quería dejar eso en claro. Pero, en fin. Terminamos.
- Sí, terminamos.
Me acerqué a él, como para despedirme, pero no supe lo que hacer. Él tampoco. Lo único que se me ocurrió fue darle un beso en el cachete. Y él se limitó a quedarse ahí, mirándome mientras me iba.
Bajé, y le conté a mi hermano. No lo podía creer. Me dijo que Sebastián era un estúpido. Le dije que capaz que para nosotros no era tan grave lo que hice, pero visto desde afuera era una aberración. Que, por lo menos, había sido lo suficiente malo para que me dejara por eso. Me dijo que no me preocupara, y que comiera chocolate. Me alegré mucho de tenerlo en casa.
Igual, no sabría explicarlo, pero no estoy muy mal. Supongo que es porque, como le dije, no me dejó por una pavada. Me dejó por algo que es parte de mí. Parte importante de mí. Y yo no soy sólo Agustina, la graciosa, la divertida. Soy Agustina, la que se casó con "su algo" para que le regalaran un departamento.
Y si no te gusta eso, querido, entonces no te gusto yo.
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