Acá, en este preciso momento, termina la historia que yo quería contar.
El día que me mudé al departamento nuevo, abrí el blog y durante ocho meses les conté diariamente sobre mi vida. Y ustedes, mis lectores, conocieron muchas facetas de mí y me vieron evolucionar desde ese día hasta hoy. Se habrán reído conmigo cada vez que pasé por un papelón, habrán compartido mis momentos de incertidumbre y se habrán emocionado con algunos hechos particulares. Y yo, en estos meses, me sentí acompañada por todos ustedes en cada cosa que hice.
Hubo muchos momentos en los que me pareció que había cosas que sólo les podía contar a ustedes, de quienes me sentí más cerca que mucha gente de mi "mundo real". Diariamente leí sus comentarios, sus consejos y muchas veces fueron ustedes los que me hicieron animarme a hacer distintas cosas. Supieron consolarme en momentos tristes y brindarme ayuda en distintas situaciones. Por todo esto, les agradezco infinitamente.
De cualquier manera, siento que el blog tiene que terminar acá, con una especie de final feliz. Con Martín y yo juntos, con un bebé en camino y con una vida nueva y llena de hojas en blanco para llenar. Mi vida, a partir de ahora, ya no es la de una soltera que se mudó de la casa de papá y mamá y tiene que aprender a hacer todo sola. Lo que me espera a partir de este momento son retos mucho mayores y totalmente distintos, por eso siento que la vida nueva en la que pensé cuando abrí el blog, cambió de rumbo.
Tal vez me haga falta escribir cada tanto, y decida actualizarlos periódicamente sobre mi vida. Pero por ahora me voy a dedicar a cuidar de mi nueva familia, en mi nuevo departamento. El de noventa metros cuadrados.
Los quiero,
Agus.
jueves, 1 de abril de 2010
viernes, 12 de marzo de 2010
Día 205 : Flashback: El casamiento (VI)
Mi abuela y mi madre saben exactamente cuando aparecer para arruinarme los mejores momentos de mi vida. Ya conté de cuando, aunque dolorida, estaba contenta con mi operación de nariz hasta que mi abuela apareció para preguntarle a mi mejor amiga por qué no me estaba dando en la boca helado light en vez del común. Y ya están al tanto también de las mil peleas que tuve con mi madre mientras duraban los preparativos del casamiento. Me escondió comida, me dijo gorda, y hasta me hizo pasar vergüenza en frente de la modista al hablar de mi cuerpo como si fuera una atrocidad a la que ningún vestido posible le quedaría bien.
Y esta vez no iba a ser la excepción. Le grité a mi abuela que se fuera con la excusa de que se me habían desprendido unos botones del vestido y "una amiga" me estaba ayudando. Pero me dijo que esperaba a que saliera. Con Martín nos miramos sin saber que hacer. Si ella lo veía salir del baño de mujeres, iba a ser completamente obvio lo que acababa de pasar, y yo me iba a tener que bancar una charla incómoda. Y además se iba a dar cuenta de que adentro no había ninguna mujer ayudándome con el vestido.
Todavía no sé por qué, pero Martín tenía en su bolsillo el celular. No se me ocurrió a quien llamar, así que disqué el número de mi hermano que siempre sabe lo que hacer. Le expliqué la situación y me dijo que él se iba a encargar de sacarla de la puerta del baño así podíamos salir. Unos minutos después nos mandó un mensaje de texto que decía "misión cumplida". Abrí la puerta despacio, salí primero, y después le hice señas a Martín para que me siguiera.
La gente empezaba a llegar y yo sólo quería que la fiesta terminara para que se fueran de una vez. La idea de tener que bailar canciones judías y posteriormente música brasilera me daba náuseas. Tener que sonreír toda la noche y charlar con familiares que no soporto, tampoco me agradaba mucho. Yo sólo podía pensar en despertarme al otro día en el departamento nuevo. Podía imaginarme la tranquilidad de desayunar sola, la posibilidad de que Martín se quedara a dormir y la paz mental que me brindarían esos cuarenta y ocho metros cuadrados.
Diez minutos después me encontré con mi hermano y mi abuela. Aparentemente Fabián había tenido la brillante idea de pedirle que le contara como había sido su casamiento con mi abuelo para sacarla del baño. Lo amé.
El resto de la fiesta transcurrió sin mayores problemas. En un momento tratamos de meternos en el cuarto donde estaban los abrigos para continuar lo que habíamos empezado pero justo unos primos lejanos se estaban yendo y nos vieron. Una hora después, estábamos entrando juntos a mi departamento nuevo para tener nuestra noche de bodas.
Y al día siguiente, empecé el blog. Acá.
Y esta vez no iba a ser la excepción. Le grité a mi abuela que se fuera con la excusa de que se me habían desprendido unos botones del vestido y "una amiga" me estaba ayudando. Pero me dijo que esperaba a que saliera. Con Martín nos miramos sin saber que hacer. Si ella lo veía salir del baño de mujeres, iba a ser completamente obvio lo que acababa de pasar, y yo me iba a tener que bancar una charla incómoda. Y además se iba a dar cuenta de que adentro no había ninguna mujer ayudándome con el vestido.
Todavía no sé por qué, pero Martín tenía en su bolsillo el celular. No se me ocurrió a quien llamar, así que disqué el número de mi hermano que siempre sabe lo que hacer. Le expliqué la situación y me dijo que él se iba a encargar de sacarla de la puerta del baño así podíamos salir. Unos minutos después nos mandó un mensaje de texto que decía "misión cumplida". Abrí la puerta despacio, salí primero, y después le hice señas a Martín para que me siguiera.
La gente empezaba a llegar y yo sólo quería que la fiesta terminara para que se fueran de una vez. La idea de tener que bailar canciones judías y posteriormente música brasilera me daba náuseas. Tener que sonreír toda la noche y charlar con familiares que no soporto, tampoco me agradaba mucho. Yo sólo podía pensar en despertarme al otro día en el departamento nuevo. Podía imaginarme la tranquilidad de desayunar sola, la posibilidad de que Martín se quedara a dormir y la paz mental que me brindarían esos cuarenta y ocho metros cuadrados.
Diez minutos después me encontré con mi hermano y mi abuela. Aparentemente Fabián había tenido la brillante idea de pedirle que le contara como había sido su casamiento con mi abuelo para sacarla del baño. Lo amé.
El resto de la fiesta transcurrió sin mayores problemas. En un momento tratamos de meternos en el cuarto donde estaban los abrigos para continuar lo que habíamos empezado pero justo unos primos lejanos se estaban yendo y nos vieron. Una hora después, estábamos entrando juntos a mi departamento nuevo para tener nuestra noche de bodas.
Y al día siguiente, empecé el blog. Acá.
sábado, 6 de marzo de 2010
Día 204 - Flashback: El casamiento (V)
El instante en el que Martín dijo "acepto" constituyó uno de los mayores alivios de mi vida, sólo comparable con el momento en el que comprobé el día antes del casamiento que el vestido de novia me quedaba perfecto, aún habiendo comido como un cerdo durante todos los meses previos.
Una vez que la sensación de alivio pasó, caí en la cuenta de que mi vida había cambiado para siempre. Que todo lo que había deseado, aquello que parecía tan lejano, se había convertido en realidad. Que una vez que terminara la fiesta, me iría a dormir a mi nuevo hogar. Que la casa de mis padres, en la que pasé momentos tan amargos, ya no sería mi destino diario.
No tenía muchas cosas en el departamento nuevo, pero no me importaba. Una heladera y un colchón me bastaban para ser feliz. En esencia, la libertad que iba a tener es lo que me hacía feliz. El simple hecho de pensar que no iba a tener que interactuar con mi madre todos los días me dibujó una sonrisa en la cara.
El rabino nos declaró marido y mujer, nos besamos, y nos fuimos juntos al salón donde hacíamos la fiesta. Durante el trayecto nos reímos de la ridiculez que implicaba estar casados, de como logramos engañar a toda mi familia sin que nadie sospechara y de lo largo que fue el discurso del rabino sobre las partes de la Torah que hablan del matrimonio.
Fuimos los primeros en llegar al salón, lo cual nos dio la oportunidad de divertirnos un rato antes de que llegaran los invitados. Todavía no recuerdo exactamente como hizo Martín para lograr abrir los mil botones del vestido, pero la realidad es que diez minutos después me encontré en ropa interior trancando la puerta del baño de mujeres con una silla. Un minuto después, cumplimos con el objetivo de consumar nuestro amor ahí mismo.
Me acuerdo de ese momento como si hubiera sido ayer. Todavía puedo sentir las manos de Martín pasando por mi pelo, con la suave música de fondo que sonaba a lo lejos. Till there was you, de Los Beatles, más precisamente. Siempre amé esa canción. Y debo decir que fue la banda sonora perfecta para ese momento.
La canción perfecta, el momento perfecto, y la persona perfecta. Lástima que lo bueno dura poco.
Unos minutos después, escuchamos golpes en la puerta. Como no podía ser de otra manera, alguien que nos tenía que arruinar el momento. Era mi abuela, mi adorada abuela, una abuela con el peor sentido de la oportunidad posible.
Una vez que la sensación de alivio pasó, caí en la cuenta de que mi vida había cambiado para siempre. Que todo lo que había deseado, aquello que parecía tan lejano, se había convertido en realidad. Que una vez que terminara la fiesta, me iría a dormir a mi nuevo hogar. Que la casa de mis padres, en la que pasé momentos tan amargos, ya no sería mi destino diario.
No tenía muchas cosas en el departamento nuevo, pero no me importaba. Una heladera y un colchón me bastaban para ser feliz. En esencia, la libertad que iba a tener es lo que me hacía feliz. El simple hecho de pensar que no iba a tener que interactuar con mi madre todos los días me dibujó una sonrisa en la cara.
El rabino nos declaró marido y mujer, nos besamos, y nos fuimos juntos al salón donde hacíamos la fiesta. Durante el trayecto nos reímos de la ridiculez que implicaba estar casados, de como logramos engañar a toda mi familia sin que nadie sospechara y de lo largo que fue el discurso del rabino sobre las partes de la Torah que hablan del matrimonio.
Fuimos los primeros en llegar al salón, lo cual nos dio la oportunidad de divertirnos un rato antes de que llegaran los invitados. Todavía no recuerdo exactamente como hizo Martín para lograr abrir los mil botones del vestido, pero la realidad es que diez minutos después me encontré en ropa interior trancando la puerta del baño de mujeres con una silla. Un minuto después, cumplimos con el objetivo de consumar nuestro amor ahí mismo.
Me acuerdo de ese momento como si hubiera sido ayer. Todavía puedo sentir las manos de Martín pasando por mi pelo, con la suave música de fondo que sonaba a lo lejos. Till there was you, de Los Beatles, más precisamente. Siempre amé esa canción. Y debo decir que fue la banda sonora perfecta para ese momento.
La canción perfecta, el momento perfecto, y la persona perfecta. Lástima que lo bueno dura poco.
Unos minutos después, escuchamos golpes en la puerta. Como no podía ser de otra manera, alguien que nos tenía que arruinar el momento. Era mi abuela, mi adorada abuela, una abuela con el peor sentido de la oportunidad posible.
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Martín (mi "algo"),
Mi abuela (mamá de mi mamá)
martes, 2 de marzo de 2010
Día 203 - Flashback: El casamiento (IV)
El siguiente momento en el que me sentí un fraude total fue cuando nos encontramos los dos enfrente al rabino. Si bien yo nunca fui apegada al judaísmo, tampoco me pareció correcto estar en frente suyo pretendiendo ser algo que en la realidad no era más que una actuación para conseguir un objetivo.
Mientras el rabino hablaba de la importancia del matrimonio como institución sagrada e inviolable, crucé miradas con Martín y ví en sus ojos un espejo de lo que yo sentía. En ellos vi esa misma sensación de estar haciendo algo incorrecto. Pero ya no había vuelta atrás. Sólo quedaba sonreír y pretender estar en el momento más feliz de mi vida.
Cuando llegó a la parte de preguntarle a cada uno si aceptaba, tuve miedo por un instante de que Martín dijera que no. De que se arrepintiera a último momento y decidiera que no quería vivir una mentira. Que si bien quería que yo estuviera bien y pudiera cumplir mi cometido, casarse conmigo era demasiado para él. Y me imaginé como sería.
Martín diría que no. Me pediría que lo perdonara y exclamaría que no podía seguir adelante con el casamiento. Se iría corriendo y yo me quedaría en el altar, sola. Todos sentirían lástima por mí y sería para siempre "la que abandonaron en el altar". Mi madre se reiría por dentro, pensando en que ella siempre lo supo. Tendría la certeza de que ella ganó. De que a mí nadie podría quererme de esa manera. Y debería volver a vivir con ella. Derrotada.
Sería todo como ella siempre me dijo. Que yo soy todo lo contrario a lo que una princesita debería ser. Y que a los hombres "las chicas como yo" no les gustan. Que nadie se quiere casar con una mujer que no sepa cocinar ni hacer las tareas del hogar. Y que todos prefieren, precisamente, lo opuesto. Una chica tímida y recatada, que nunca levante la voz ni diga lo que piensa. Que tenga un "trabajito" como dice mi abuela, para comprar ropa y zapatos, pero no para mantenerse porque para eso está el hombre.
Y si Martín aceptaba casarse conmigo sería todo lo opuesto. Por fin podría demostrarle a mi madre que aún siendo neurótica y desequilibrada encontré alguien que estuviera dispuesto a quererme. Aunque no fuera real. Ella nunca lo sabría. Yo me mudaría al departamento nuevo y ya no estaría obligada a escuchar esas pavadas día tras día. Ya no tendría que estar expuesta a sus críticas constantes. Ya no habría más enumeraciones de lo que soy, no soy o debería ser. En cambio, sería libre.
Y todo se reducía a una palabra. Una sola palabra que Martín tenía que decir para convertirme en su supuesta mujer. Una sola palabra, que para mí, sería definidora del curso de mi vida para siempre.
Mientras el rabino hablaba de la importancia del matrimonio como institución sagrada e inviolable, crucé miradas con Martín y ví en sus ojos un espejo de lo que yo sentía. En ellos vi esa misma sensación de estar haciendo algo incorrecto. Pero ya no había vuelta atrás. Sólo quedaba sonreír y pretender estar en el momento más feliz de mi vida.
Cuando llegó a la parte de preguntarle a cada uno si aceptaba, tuve miedo por un instante de que Martín dijera que no. De que se arrepintiera a último momento y decidiera que no quería vivir una mentira. Que si bien quería que yo estuviera bien y pudiera cumplir mi cometido, casarse conmigo era demasiado para él. Y me imaginé como sería.
Martín diría que no. Me pediría que lo perdonara y exclamaría que no podía seguir adelante con el casamiento. Se iría corriendo y yo me quedaría en el altar, sola. Todos sentirían lástima por mí y sería para siempre "la que abandonaron en el altar". Mi madre se reiría por dentro, pensando en que ella siempre lo supo. Tendría la certeza de que ella ganó. De que a mí nadie podría quererme de esa manera. Y debería volver a vivir con ella. Derrotada.
Sería todo como ella siempre me dijo. Que yo soy todo lo contrario a lo que una princesita debería ser. Y que a los hombres "las chicas como yo" no les gustan. Que nadie se quiere casar con una mujer que no sepa cocinar ni hacer las tareas del hogar. Y que todos prefieren, precisamente, lo opuesto. Una chica tímida y recatada, que nunca levante la voz ni diga lo que piensa. Que tenga un "trabajito" como dice mi abuela, para comprar ropa y zapatos, pero no para mantenerse porque para eso está el hombre.
Y si Martín aceptaba casarse conmigo sería todo lo opuesto. Por fin podría demostrarle a mi madre que aún siendo neurótica y desequilibrada encontré alguien que estuviera dispuesto a quererme. Aunque no fuera real. Ella nunca lo sabría. Yo me mudaría al departamento nuevo y ya no estaría obligada a escuchar esas pavadas día tras día. Ya no tendría que estar expuesta a sus críticas constantes. Ya no habría más enumeraciones de lo que soy, no soy o debería ser. En cambio, sería libre.
Y todo se reducía a una palabra. Una sola palabra que Martín tenía que decir para convertirme en su supuesta mujer. Una sola palabra, que para mí, sería definidora del curso de mi vida para siempre.
sábado, 6 de febrero de 2010
Off the record
Disculpen que esté demorando en escribir, pero decidimos con Martín irnos de luna de miel. Después de casarnos, como no era en serio, dijimos que no nos íbamos a ir porque no podíamos coincidir en una fecha en la que pudiéramos cada uno faltar tanto a la facultad como al trabajo.
Pero hace unos días, mi abuelo me llamó para que lo vaya a ver, me dio plata y me dijo que aprovechara este momento para viajar con Martín, ahora que todavía somos solo dos. Y bueno, estamos en el medio de muchos preparativos, pero parece que nos vamos el lunes quince a San Andrés. Para mí va a ser genial estar en un hotel con todo incluido, para darle rienda a suelta a mis antojos, y comer muchas cosas ricas. También para descansar, que tanto me hace falta después de un año muy agitado.
Igual voy a tratar de terminarles de contar del casamiento antes, pero por las dudas no prometo nada.
Les mando un beso enorme!
Pero hace unos días, mi abuelo me llamó para que lo vaya a ver, me dio plata y me dijo que aprovechara este momento para viajar con Martín, ahora que todavía somos solo dos. Y bueno, estamos en el medio de muchos preparativos, pero parece que nos vamos el lunes quince a San Andrés. Para mí va a ser genial estar en un hotel con todo incluido, para darle rienda a suelta a mis antojos, y comer muchas cosas ricas. También para descansar, que tanto me hace falta después de un año muy agitado.
Igual voy a tratar de terminarles de contar del casamiento antes, pero por las dudas no prometo nada.
Les mando un beso enorme!
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Martín (mi "algo"),
Mi abuelo (papá de mi papá)
jueves, 28 de enero de 2010
Día 202 - Flashback: El casamiento (III)
Escribo como me sentía en el casamiento y se me aparece todo tan, tan lejano. Martín lee en nuestro cuarto, toda su ropa descansa en el ropero, y su afeitadora y cepillo de dientes se hacen presentes en el baño. Estos ya no son mis 48 metros cuadrados, ahora son nuestros. Dentro de poco abandonaremos este lugar que tanto hice por conseguir y nos vamos a mudar al departamento nuevo que nos va a regalar mi abuelo, el de noventa metros cuadrados.
Creo que lo último que me podría haber imaginado mientras caminaba por el altar, aquel sábado de abril, era que en enero del año siguiente estaría escribiendo sobre ese momento embarazada y casada de verdad con Martín. En ese entonces, viendo la cara de felicidad de mi padre, no podía sentir otra cosa que culpa.
Antes de salir para la sinagoga, esa tarde, papá vino a mi cuarto y se sentó en mi cama. Me contó que cuando él se estaba por casar con mi madre, mi abuelo (el papá de mi mamá) le dijo que nunca iba a entender lo difícil que era entregarle su hija a otro hombre hasta que su propia hija se casara. Y que, recién en ese momento, las palabras de mi abuelo adquirían significado.
- Sos mi princesa - me dijo. - Y siempre lo vas a ser. Pero a partir de hoy, la persona más importante de tu vida va a ser Martín. Ya no vas a recurrir a mí cuando estés triste o tengas algún problema, porque ya no vas a vivir más acá conmigo. Esa persona, que solía ser yo para vos, ahora la va a ser tu marido. Yo hoy, voy a entregar a mi hijita adorada a otro hombre, y recién ahora entiendo lo que quiso decir tu abuelo.
Sin poder controlarlo, una lágrima me empezó a correr por la mejilla.
- No llores - me dijo. - Hoy es un día de felicidad.
Cuando lo ví en la sinagoga, y me agarré de su brazo para caminar por el altar, todas las palabras de esa tarde volvieron a mí. Y sabía que no tenían nada de cierto. A partir de ese momento, cada vez que me agarrara esa angustia que siento a veces, ya no iba a poder ir hasta el living para abrazar a mi papá. Yo nunca hablé de su enfermedad, él es bipolar con tendencia depresiva, y eso hace que entienda como nadie cuando uno se siente angustiado. Y a mí me pasa bastante seguido, aunque no lo parezca. Por eso es que sabía que por más que yo necesitara irme de casa porque la relación con mi madre era insostenible, mi padre sí me iba a hacer mucha falta.
Y mientras caminaba con él lo abracé fuerte, porque supe que después que el rabino pronunciara ciertas palabras, yo ya no iba a ser más su princesa. Y sabía, que cada vez que me sintiera sola, triste o lo que fuera, ya no iba a tener a mi papá a pocos metros. En mi departamento, a partir de ahora, no habría nadie más que yo.
La persona cariñosa, llena de amor y poseedora de las palabras más sabias estaría en otro living. El de una casa que a partir de ese momento nunca más sería mi hogar.
Creo que lo último que me podría haber imaginado mientras caminaba por el altar, aquel sábado de abril, era que en enero del año siguiente estaría escribiendo sobre ese momento embarazada y casada de verdad con Martín. En ese entonces, viendo la cara de felicidad de mi padre, no podía sentir otra cosa que culpa.
Antes de salir para la sinagoga, esa tarde, papá vino a mi cuarto y se sentó en mi cama. Me contó que cuando él se estaba por casar con mi madre, mi abuelo (el papá de mi mamá) le dijo que nunca iba a entender lo difícil que era entregarle su hija a otro hombre hasta que su propia hija se casara. Y que, recién en ese momento, las palabras de mi abuelo adquirían significado.
- Sos mi princesa - me dijo. - Y siempre lo vas a ser. Pero a partir de hoy, la persona más importante de tu vida va a ser Martín. Ya no vas a recurrir a mí cuando estés triste o tengas algún problema, porque ya no vas a vivir más acá conmigo. Esa persona, que solía ser yo para vos, ahora la va a ser tu marido. Yo hoy, voy a entregar a mi hijita adorada a otro hombre, y recién ahora entiendo lo que quiso decir tu abuelo.
Sin poder controlarlo, una lágrima me empezó a correr por la mejilla.
- No llores - me dijo. - Hoy es un día de felicidad.
Cuando lo ví en la sinagoga, y me agarré de su brazo para caminar por el altar, todas las palabras de esa tarde volvieron a mí. Y sabía que no tenían nada de cierto. A partir de ese momento, cada vez que me agarrara esa angustia que siento a veces, ya no iba a poder ir hasta el living para abrazar a mi papá. Yo nunca hablé de su enfermedad, él es bipolar con tendencia depresiva, y eso hace que entienda como nadie cuando uno se siente angustiado. Y a mí me pasa bastante seguido, aunque no lo parezca. Por eso es que sabía que por más que yo necesitara irme de casa porque la relación con mi madre era insostenible, mi padre sí me iba a hacer mucha falta.
Y mientras caminaba con él lo abracé fuerte, porque supe que después que el rabino pronunciara ciertas palabras, yo ya no iba a ser más su princesa. Y sabía, que cada vez que me sintiera sola, triste o lo que fuera, ya no iba a tener a mi papá a pocos metros. En mi departamento, a partir de ahora, no habría nadie más que yo.
La persona cariñosa, llena de amor y poseedora de las palabras más sabias estaría en otro living. El de una casa que a partir de ese momento nunca más sería mi hogar.
lunes, 25 de enero de 2010
Día 201 - Flashback: El casamiento (II)
Ustedes ya saben que soy muy mentirosa. Y no es algo de lo que esté particularmente orgullosa, pero hasta ese momento nunca me había pesado.
El casamiento estaba planeado detalle por detalle. Todo: desde la forma en que lo íbamos a contar a nuestras familias, hasta que momento en que lo anuláramos. Todo había sido cuidadosamente calculado, y si no lo escribí tipo listita fue sólo por miedo a que lo encuentre mi madre. Para mi era como una ecuación que tenía que resolver para la facultad: Agustina+Martín+Casamiento-Madre-Abuela+Departamento+Anulación = Felicidad Absoluta.
Lo que no había entrado en mi ecuación era tener que mentirle a mi abuelo. O sí, pero hasta el momento había sido fácil. El casamiento civil pasó sin pena ni gloria, y fue poco más que un trámite. Pero la ceremonia religiosa fue otro asunto.
Unos minutos antes de que empiece yo estaba sola y mi abuelo entró a verme.
-Tu madre me prohibió que venga porque dice que falta muy poco, pero quería verte antes de que camines al altar. Qué linda estás, chiquita...
-Gracias, abuelo --dije, dándole las manos.
-Me emociona verte así. Me acuerdo el día que naciste, y ahora te estás casando. Estás radiante...el amor te sienta bien.
Primer golpe. No, abuelo. El amor no me sienta bien: lo que me sienta bien es irme de casa. Perdoname. Perdoname.
-Gracias. Es que Martín es divino.
-Es un buen muchacho. Y se nota que te hace feliz. Yo sé que esto puede ser difícil para vos, yo escuché a muchos de la familia diciendo que sos muy joven, que no sabés lo que hacés. Sé que te lo dijeron. Pero vos no les hagas caso, no saben lo que dicen. Lo que importa es que te estás casando con el amor de tu vida.
Segundo golpe. Si supieras, abuelito, si supieras. Ahí me dieron muchas ganas de llorar. Muchas veces había hablado del casamiento con mi abuelo, pero nunca me había hablado de esa forma, nunca habíamos estado hablado de eso tan íntimamente. Me dio muchísima culpa tener que mentirle a la persona a la que más quiero en el mundo, a la última persona del mundo que quisiera lastimar. Pero ya estaba ahí. ¿Qué iba a hacer?
-Gracias abuelo. Sos el mejor. --Y le di un abrazo. --Te quiero muchísimo, no sé qué haría sin vos.
-Yo tampoco, Agus. Entre nosotros, sos mi nieta preferida. Me hacés acordar mucho a mí en muchas cosas. Te felicito por tu coraje y espero que seas la más feliz del mundo en tu vida de casada.
Tercer golpe. No aguanté más y solté unas lágrimas. Mi abuelo pensó que eran de emoción y me las secó.
-No llores, que estás preciosa. No te retraso más, ¡suerte!
Y se fue a sentar a su lugar, al lado de mi papá. Miré por la ventana y vi cómo mi mamá se inclinaba por sobre mi papá y lo retaba, nerviosa y con el dedo levantado, seguramente por “retrasarme”. Y ahí empezó la música y vi entrar a Martín.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Día 200 - I'll be back
Volvieron Fabi y Romi de Israel y me invitaron a pasar unos días con ellas a Punta del Este. Salimos hoy para allá. A la vuelta les sigo contando del casamiento.
¡Feliz año para todos!
¡Feliz año para todos!
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Fabi (mi mejor amiga),
Romi (mi otra mejor amiga)
lunes, 28 de diciembre de 2009
Día 199- Flashback: El casamiento (I)
Al contrario de muchas compañeras de escuela, yo nunca soñé con el vestido blanco. En los recreos, muchas veces ellas hacían juegos para ver a qué edad te ibas a casar. Cuando ibas a la casa de alguna a jugar, de a ratos con un tul construían un vestido imaginario y caminaban por un altar inexistente. Otra variante era mirarte el nacimiento de la mano, en donde supuestamente al presionar aparecen una especie de globitos que indican la cantidad de hijos que vas a tener. Por supuesto, con tu marido.
A mí esos jueguitos no me interesaban para nada. De la misma manera que nunca le encontré la gracia a jugar con el hornito y el microondas. Eso se lo pueden imaginar. Sin embargo, la primera vez que me probé el vestido terminado, me invadió una sensación rara.
Me miré al espejo y me vi linda. Tenía puesto un vestido que me quedaba precioso. Era un vestido hermoso, mandado a hacer para que fuera precisamente todo lo que yo quería. Y ahí estaba el resultado final: perfecto. Y sin embargo, con ese vestido yo iba a caminar por el altar, para aceptar casarme con alguien con quien en realidad nunca vi un futuro. Iba a decir que aceptaba a Martín hasta que la muerte nos separara, en frente de un rabino y cientos de personas, cuando en realidad creía que mi relación con él no iba a durar ni siquiera un mes.
Iba a aceptar, también, estar con él en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad. ¿Y a quién engañaba? A mí misma, por supuesto que no. Lo mío con Martín nunca había tenido cimientos fuertes, nunca habíamos hablado de qué era lo que iba a pasar con nosotros a largo plazo, ni tampoco creíamos en nuestra pareja. Al menos yo no. Y al menos ese momento.
Había cariño entre nosotros, sí. Mucho, muchísimo. Y probablemente amor también. Pero yo nunca creí en pasar toda la vida con la misma persona. Las relaciones se desgastan, el amor se va yendo y me costaba pensar que Martín iba a estar siempre al lado mío. Y además, no sé si quería que me pasara.
Siempre me había visto a mí misma conociendo a alguien uno o dos años antes de cumplir treinta, con quien tendría una relación, pero sin convivencia. Nunca me gustó la idea de vivir con otra persona. Como ya lo conté en un post, me parecía asfixiante. Me creía capaz de encontrar a alguien, pero no necesariamente que fuera para toda la vida.
Ese alguien podría llegar a ser Martín. Tal vez la vida nos iba a volver a unir, como lo hizo tantas otras veces, y ahí finalmente podríamos estar bien juntos. Pero no en ese momento, no a los veintiuno, no con lo que era nuestra relación.
Y fue que sabiendo todo esto, en el instante en el que me miré al espejo con el vestido puesto y me imagine a mí misma diciendo "acepto", me sentí un fraude total. Aunque nunca hubiera soñado con el momento, aunque nunca fui una Susanita, en ese segundo supe que estaba mancillando lo que a otros le parecía tan sagrado. Y deseé que todo fuera real. Deseé creer tan ciegamente en el amor como para pensar que iba a estar siempre con Martín. Deseé decir "acepto" pensando de verdad en querer a mi futuro marido en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.
A mí esos jueguitos no me interesaban para nada. De la misma manera que nunca le encontré la gracia a jugar con el hornito y el microondas. Eso se lo pueden imaginar. Sin embargo, la primera vez que me probé el vestido terminado, me invadió una sensación rara.
Me miré al espejo y me vi linda. Tenía puesto un vestido que me quedaba precioso. Era un vestido hermoso, mandado a hacer para que fuera precisamente todo lo que yo quería. Y ahí estaba el resultado final: perfecto. Y sin embargo, con ese vestido yo iba a caminar por el altar, para aceptar casarme con alguien con quien en realidad nunca vi un futuro. Iba a decir que aceptaba a Martín hasta que la muerte nos separara, en frente de un rabino y cientos de personas, cuando en realidad creía que mi relación con él no iba a durar ni siquiera un mes.
Iba a aceptar, también, estar con él en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad. ¿Y a quién engañaba? A mí misma, por supuesto que no. Lo mío con Martín nunca había tenido cimientos fuertes, nunca habíamos hablado de qué era lo que iba a pasar con nosotros a largo plazo, ni tampoco creíamos en nuestra pareja. Al menos yo no. Y al menos ese momento.
Había cariño entre nosotros, sí. Mucho, muchísimo. Y probablemente amor también. Pero yo nunca creí en pasar toda la vida con la misma persona. Las relaciones se desgastan, el amor se va yendo y me costaba pensar que Martín iba a estar siempre al lado mío. Y además, no sé si quería que me pasara.
Siempre me había visto a mí misma conociendo a alguien uno o dos años antes de cumplir treinta, con quien tendría una relación, pero sin convivencia. Nunca me gustó la idea de vivir con otra persona. Como ya lo conté en un post, me parecía asfixiante. Me creía capaz de encontrar a alguien, pero no necesariamente que fuera para toda la vida.
Ese alguien podría llegar a ser Martín. Tal vez la vida nos iba a volver a unir, como lo hizo tantas otras veces, y ahí finalmente podríamos estar bien juntos. Pero no en ese momento, no a los veintiuno, no con lo que era nuestra relación.
Y fue que sabiendo todo esto, en el instante en el que me miré al espejo con el vestido puesto y me imagine a mí misma diciendo "acepto", me sentí un fraude total. Aunque nunca hubiera soñado con el momento, aunque nunca fui una Susanita, en ese segundo supe que estaba mancillando lo que a otros le parecía tan sagrado. Y deseé que todo fuera real. Deseé creer tan ciegamente en el amor como para pensar que iba a estar siempre con Martín. Deseé decir "acepto" pensando de verdad en querer a mi futuro marido en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Día 198 - La noticia
Toqué timbre en casa vieja ayer a eso de las ocho de la noche para anunciar el embarazo, sola. Pensé que iba a ser mejor ir sin Martín, en el caso de que a mi madre se le ocurriera empezar a decir pavadas.
Me abrió mi padre.
- ¡Princesa!
- Hola, papi. ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y vos? - preguntó mientras me abrazaba.
- Bien, bien. Tengo algo para contarles. ¿Están mamá y Fabián?
- Sí, ya los llamo.
Se metió por el pasillo, fue a buscar a mi madre que leía el diario en su cuarto, y a Fabián que jugaba al playstation en el suyo. Mi hermano me abrazó al grito de "gorda cerda" y mi madre se limitó a emitir un "si no hubieras aparecido daba para pensar que te había tragado la tierra". Ni siquiera le contesté.
- Siéntense los tres por favor - dije. - Tengo algo que contarles.
- Yo ya sé lo que nos vas a decir. La veo venir.
- A ver, mamá. Iluminame con tu sabiduría. ¿Qué pensás que voy a decir?
- Que te divorciás, es obvio. Si te casaste para que te regalaran el departamento. Ahora que ya lo tenés, chau Martín.
- Te equivocás. ¿Querés intentar de nuevo con alguna otra idea de telenovela o ya está?
- Ya está. Si no es eso no sé que es. Te escucho.
- Bueno, prepárense -dije, y respiré hondo. - Estoy embarazada.
Mi padre sonrió, mi hermano abrió la boca en un gesto de sorpresa total y mi madre se quedó mirándome sin saber lo que decir. Mi padre se levantó y me abrazó. "No sabés lo feliz que me pone saber que voy a ser abuelo". Mi hermano me preguntó al oído si era deseado o no, y le contesté que de alguna extraña manera creía que era lo que los dos queríamos. Mi madre seguía mirándome desde el sillón, sin emitir sonido.
- ¿Qué pasa, mamá? ¿En tu telenovela venezolana no hay lugar para un embarazo?
- Es que yo pensé que...
- Pensaste mal. Pensaste pavadas. Hacete la idea de que Martín y yo estamos juntos de verdad, y eso no tiene nada que ver con el departamento. Y bueno, queríamos ser papás y se nos presentó la oportunidad. ¿No podés alegrarte por mí?
- Sí, puedo - dijo, atónita. - Es que no puedo creer...
- ¿Lo qué no podés creer?
- ¡Que lo de ustedes es de verdad! No cierra por ningún lado. Se casaron tan jóvenes, y a vos el abuelo te había prometido el departamento. Después nos enteramos lo que había hecho tu tío Mauricio y en seguida cerró lo tuyo con Martín. Habían hecho lo mismo que Mauricio y Fernanda, era clarísimo. Y un día voy a tu casa, y tenés la mitad de la cama hecha, y Martín justo no está.
- Bueno, mamá. Te pensás que ataste cabos como una detective y lo único que hiciste fue pensar que yo había hecho lo mismo que Mauricio, sin ningún tipo de prueba. Ahora, date cuenta de que estabas equivocada. Afrontá que lo que dijiste no es verdad, y que si Martín y yo estamos esperando un bebé es porque estamos juntos y porque tenemos planeado seguir juntos.
- Bueno, lo acepto - dijo, derrotada. - Supongo que te tengo que felicitar, entonces.
- Yo creo que corresponde -dije.
Se acercó, y esbozó un intento de abrazo. Me palmeó la espalda dos o tres veces y se separó de mí, despacio.
- Que te quede claro que no me va a decir abuela -dijo, agarrándome del brazo. - Que me diga Jaqueline, así no parezco vieja.
Ni siquiera le contesté, no tenía ganas. Fui hasta la cocina y le conté a María. Se alegró muchísimo. Después me despedí de los cuatro y partí hacia lo de mi abuelo.
Creo que nunca lo ví tan feliz como cuando le conté. No podía creer que iba a ser bisabuelo a los 87 años, sobre todo cuando tuvo cuatro hijos y sólo tres nietos.
- Vas a tener que mudarte a un departamento más grande.
- Más adelante, abuelo. Por ahora estamos bien.
- No, en serio. Dejame regalártelo. En el tuyo no tenés ni siquiera un cuarto extra para el bebé.
- Vemos más adelante, abuelo. En serio, no te preocupes.
- No, Agus. Es lindo que durante el embarazo vayan armando el cuarto del bebé, y que cuando llegue ya tengan todo listo. Tengo un departamento nuevo de tres dormitorios, noventa metros cuadrados, precioso. Sería un placer para mí dártelo.
Sonreí.
- Entonces supongo que corresponde que lo acepte.
No se vayan todavía. Me di cuenta de que nunca les conté del casamiento.
Me abrió mi padre.
- ¡Princesa!
- Hola, papi. ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y vos? - preguntó mientras me abrazaba.
- Bien, bien. Tengo algo para contarles. ¿Están mamá y Fabián?
- Sí, ya los llamo.
Se metió por el pasillo, fue a buscar a mi madre que leía el diario en su cuarto, y a Fabián que jugaba al playstation en el suyo. Mi hermano me abrazó al grito de "gorda cerda" y mi madre se limitó a emitir un "si no hubieras aparecido daba para pensar que te había tragado la tierra". Ni siquiera le contesté.
- Siéntense los tres por favor - dije. - Tengo algo que contarles.
- Yo ya sé lo que nos vas a decir. La veo venir.
- A ver, mamá. Iluminame con tu sabiduría. ¿Qué pensás que voy a decir?
- Que te divorciás, es obvio. Si te casaste para que te regalaran el departamento. Ahora que ya lo tenés, chau Martín.
- Te equivocás. ¿Querés intentar de nuevo con alguna otra idea de telenovela o ya está?
- Ya está. Si no es eso no sé que es. Te escucho.
- Bueno, prepárense -dije, y respiré hondo. - Estoy embarazada.
Mi padre sonrió, mi hermano abrió la boca en un gesto de sorpresa total y mi madre se quedó mirándome sin saber lo que decir. Mi padre se levantó y me abrazó. "No sabés lo feliz que me pone saber que voy a ser abuelo". Mi hermano me preguntó al oído si era deseado o no, y le contesté que de alguna extraña manera creía que era lo que los dos queríamos. Mi madre seguía mirándome desde el sillón, sin emitir sonido.
- ¿Qué pasa, mamá? ¿En tu telenovela venezolana no hay lugar para un embarazo?
- Es que yo pensé que...
- Pensaste mal. Pensaste pavadas. Hacete la idea de que Martín y yo estamos juntos de verdad, y eso no tiene nada que ver con el departamento. Y bueno, queríamos ser papás y se nos presentó la oportunidad. ¿No podés alegrarte por mí?
- Sí, puedo - dijo, atónita. - Es que no puedo creer...
- ¿Lo qué no podés creer?
- ¡Que lo de ustedes es de verdad! No cierra por ningún lado. Se casaron tan jóvenes, y a vos el abuelo te había prometido el departamento. Después nos enteramos lo que había hecho tu tío Mauricio y en seguida cerró lo tuyo con Martín. Habían hecho lo mismo que Mauricio y Fernanda, era clarísimo. Y un día voy a tu casa, y tenés la mitad de la cama hecha, y Martín justo no está.
- Bueno, mamá. Te pensás que ataste cabos como una detective y lo único que hiciste fue pensar que yo había hecho lo mismo que Mauricio, sin ningún tipo de prueba. Ahora, date cuenta de que estabas equivocada. Afrontá que lo que dijiste no es verdad, y que si Martín y yo estamos esperando un bebé es porque estamos juntos y porque tenemos planeado seguir juntos.
- Bueno, lo acepto - dijo, derrotada. - Supongo que te tengo que felicitar, entonces.
- Yo creo que corresponde -dije.
Se acercó, y esbozó un intento de abrazo. Me palmeó la espalda dos o tres veces y se separó de mí, despacio.
- Que te quede claro que no me va a decir abuela -dijo, agarrándome del brazo. - Que me diga Jaqueline, así no parezco vieja.
Ni siquiera le contesté, no tenía ganas. Fui hasta la cocina y le conté a María. Se alegró muchísimo. Después me despedí de los cuatro y partí hacia lo de mi abuelo.
Creo que nunca lo ví tan feliz como cuando le conté. No podía creer que iba a ser bisabuelo a los 87 años, sobre todo cuando tuvo cuatro hijos y sólo tres nietos.
- Vas a tener que mudarte a un departamento más grande.
- Más adelante, abuelo. Por ahora estamos bien.
- No, en serio. Dejame regalártelo. En el tuyo no tenés ni siquiera un cuarto extra para el bebé.
- Vemos más adelante, abuelo. En serio, no te preocupes.
- No, Agus. Es lindo que durante el embarazo vayan armando el cuarto del bebé, y que cuando llegue ya tengan todo listo. Tengo un departamento nuevo de tres dormitorios, noventa metros cuadrados, precioso. Sería un placer para mí dártelo.
Sonreí.
- Entonces supongo que corresponde que lo acepte.
No se vayan todavía. Me di cuenta de que nunca les conté del casamiento.
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Mi madre,
Mi padre
sábado, 19 de diciembre de 2009
Día 197 - Las buenas nuevas
Entre hoy y mañana le voy a contar del embarazo a mi abuelo y a mis padres.
Todavía no me despido de ustedes, adorados.
Todavía no me despido de ustedes, adorados.
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Mi padre
martes, 15 de diciembre de 2009
Día 196 - Happy ¿ending?
Hoy fuimos con Martín a darle la noticia a sus padres. Al principio se sorprendieron un poco, pero después les gustó la idea de tener un nieto. Supongo que ya fueron viendo que estamos en algo bastante serio dado que ya prácticamente vive conmigo y entonces de alguna manera nuestro casamiento ya no tiene tanto de ficticio como antes.
- Lo gracioso es que al final terminaron siendo de verdad marido y mujer - dijo Rosanna, la mamá.
Yo no creo que sea tan así, pero es verdad que algo de real hay en lo que dijo. Estamos casados legalmente, estamos viviendo juntos y tenemos un bebé en camino. Si esto fuera una película, probablemente nos estaríamos acercando a un final feliz. Y como todos sabemos que esas cosas en la realidad no existen, a veces pienso que el blog debería terminar por acá. Quiero que ustedes se queden con esta imagen, creo que la historia que tenía para contarles se viene acercando a un final.
Cuando me mudé a este departamento, en mayo, empezó la historia de la nena que se mudaba de la casa de papá y mamá a un departamento de cuarenta y ocho metros cuadrados completamente sola. Y hoy, si bien hay mucho de ella en mí todavía, lo que me espera de ahora en adelante tiene poco que ver con no saber cocinar ni limpiar. Y en esta nueva etapa, ya no voy a estar sola sino que es bastante probable que Martín se termine mudando.
Yo fui cínica durante mucho tiempo y hasta me llegué a burlar del final feliz. Pero creo que en el fondo todos queremos seguir creyendo en él. No sólo en que existe, sino en que nos puede pasar a nosotros. Y creo firmemente en que todos sabemos que si la película continuara después del abrazo de los protagonistas, en algún momento esa imagen cambiaría y todo cobraría un tinte más realista. Él encontraría a otra mujer, o ella se aburriría de la rutina, porque así son las relaciones en el mundo real. Lo que vemos en la película es felicidad absoluta porque termina ahí, porque la simple razón de que no le damos la chance de que se opaque.
Y, aún así, todos nos alegramos cuando el protagonista llega justo a tiempo al aeropuerto a decirle que la ama. No sabemos bien por qué si tenemos claro que eso en la realidad no existe. Lo que creo yo es que, en el fondo, todos queremos que haya alguien o algo que nos haga volver a creer en él.
Y creo que ustedes, después de leerme por tanto tiempo, se merecen que mi historia tenga un final feliz. Que yo deje de escribir antes de que empiecen los problemas entre Martín y yo, antes de que explote mi mentira en mi familia y nos salpique a todos, antes de que yo me dé cuenta de que la dulce espera de dulce no tiene mucho.
Yo, como lector o lectora, querría que la historia terminara acá. Porque en este punto estaríamos precisamente en el final feliz. Y todos sabemos que ese punto es un máximo. Después de él, sólo se puede bajar. Y a mí, si estuviera en el lugar de ustedes, no me gustaría verlo. Preferiría ser yo quien le diera la continuación a este momento, ser yo quien se imaginara lo que pasa después.
Precisamente para tener el poder darle el final que yo quisiera.
- Lo gracioso es que al final terminaron siendo de verdad marido y mujer - dijo Rosanna, la mamá.
Yo no creo que sea tan así, pero es verdad que algo de real hay en lo que dijo. Estamos casados legalmente, estamos viviendo juntos y tenemos un bebé en camino. Si esto fuera una película, probablemente nos estaríamos acercando a un final feliz. Y como todos sabemos que esas cosas en la realidad no existen, a veces pienso que el blog debería terminar por acá. Quiero que ustedes se queden con esta imagen, creo que la historia que tenía para contarles se viene acercando a un final.
Cuando me mudé a este departamento, en mayo, empezó la historia de la nena que se mudaba de la casa de papá y mamá a un departamento de cuarenta y ocho metros cuadrados completamente sola. Y hoy, si bien hay mucho de ella en mí todavía, lo que me espera de ahora en adelante tiene poco que ver con no saber cocinar ni limpiar. Y en esta nueva etapa, ya no voy a estar sola sino que es bastante probable que Martín se termine mudando.
Yo fui cínica durante mucho tiempo y hasta me llegué a burlar del final feliz. Pero creo que en el fondo todos queremos seguir creyendo en él. No sólo en que existe, sino en que nos puede pasar a nosotros. Y creo firmemente en que todos sabemos que si la película continuara después del abrazo de los protagonistas, en algún momento esa imagen cambiaría y todo cobraría un tinte más realista. Él encontraría a otra mujer, o ella se aburriría de la rutina, porque así son las relaciones en el mundo real. Lo que vemos en la película es felicidad absoluta porque termina ahí, porque la simple razón de que no le damos la chance de que se opaque.
Y, aún así, todos nos alegramos cuando el protagonista llega justo a tiempo al aeropuerto a decirle que la ama. No sabemos bien por qué si tenemos claro que eso en la realidad no existe. Lo que creo yo es que, en el fondo, todos queremos que haya alguien o algo que nos haga volver a creer en él.
Y creo que ustedes, después de leerme por tanto tiempo, se merecen que mi historia tenga un final feliz. Que yo deje de escribir antes de que empiecen los problemas entre Martín y yo, antes de que explote mi mentira en mi familia y nos salpique a todos, antes de que yo me dé cuenta de que la dulce espera de dulce no tiene mucho.
Yo, como lector o lectora, querría que la historia terminara acá. Porque en este punto estaríamos precisamente en el final feliz. Y todos sabemos que ese punto es un máximo. Después de él, sólo se puede bajar. Y a mí, si estuviera en el lugar de ustedes, no me gustaría verlo. Preferiría ser yo quien le diera la continuación a este momento, ser yo quien se imaginara lo que pasa después.
Precisamente para tener el poder darle el final que yo quisiera.
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Jorge (papá de Martín),
Rosanna (mamá de Martín)
lunes, 14 de diciembre de 2009
Día 195 - Tíos en acción
Hablé con mi tío Mauricio. Parece que al principio se estaban disputando la fortuna de mi abuelo entre él y su hermano Gabriel, pero que en un momento Gabriel se descontroló y quiso sacarle a Mauricio todo lo que tenía para tener más él. Para esto, fue a contarle a mi abuelo que Mauri se había casado por el departamento y ahora mi abuelo se lo va a sacar.
Aparentemente, el hecho de que yo me haya casado tan joven despertó sospechas en el muerto de hambre de Gabriel y ahora está a la espera de la manera de descubrirme ante mi abuelo. Mi tío Mauricio no me quería decir nada porque supuestamente le daba vergüenza la actitud que había tenido al principio de querer sacarle todo a mi padre y a mi otro tío, Julio. Obviamente esto es mentira, ya que de haber podido quedarse con todo lo hubiera hecho sin ningún problema.
La realidad es que es muy probable que haya sido él mismo el que abrió la boca. A ver si al sacarme el departamento, se queda con la cuarta parte. Como en las películas de acción que todos los personajes pasan del papel de buenos al de malos en cuestión de segundos, parece que mi tío Mauricio no es la excepción.
Cuando mirás ese tipo de películas llega un punto en el que ya no confiás en nadie. Y desgraciadamente, en las familias en donde hay mucha plata de por medio, la historia no es muy distinta. Sabés que todos te van a tratar de hundir por donde puedan, y tenés que tener claro que para defenderte estás vos sólo. Los demás están cada uno con su arma cargada, esperando la oportunidad de disparar. Y vos tenés que pensar una estrategia. Ver si es verdad que la mejor defensa es un buen ataque, o por el contrario, si te conviene esconderte hasta que el tiroteo termine y salir cuando sepas que estás a salvo.
Aparentemente, el hecho de que yo me haya casado tan joven despertó sospechas en el muerto de hambre de Gabriel y ahora está a la espera de la manera de descubrirme ante mi abuelo. Mi tío Mauricio no me quería decir nada porque supuestamente le daba vergüenza la actitud que había tenido al principio de querer sacarle todo a mi padre y a mi otro tío, Julio. Obviamente esto es mentira, ya que de haber podido quedarse con todo lo hubiera hecho sin ningún problema.
La realidad es que es muy probable que haya sido él mismo el que abrió la boca. A ver si al sacarme el departamento, se queda con la cuarta parte. Como en las películas de acción que todos los personajes pasan del papel de buenos al de malos en cuestión de segundos, parece que mi tío Mauricio no es la excepción.
Cuando mirás ese tipo de películas llega un punto en el que ya no confiás en nadie. Y desgraciadamente, en las familias en donde hay mucha plata de por medio, la historia no es muy distinta. Sabés que todos te van a tratar de hundir por donde puedan, y tenés que tener claro que para defenderte estás vos sólo. Los demás están cada uno con su arma cargada, esperando la oportunidad de disparar. Y vos tenés que pensar una estrategia. Ver si es verdad que la mejor defensa es un buen ataque, o por el contrario, si te conviene esconderte hasta que el tiroteo termine y salir cuando sepas que estás a salvo.
viernes, 11 de diciembre de 2009
Día 194 - Sweet child o'mine
Ayer me rompieron el vidrio del auto y me robaron la radio y todos los cds de los Beatles que tenía en la guantera. Cuando lo abrí estaba todo el asiento lleno de pedazos de vidrio y el piso también. Tuve que sacarlos con una franela que tenía en la guantera mientras contenía las lágrimas. También me robaron los papeles del auto y me lo rayaron todo. Cuando lo arranqué y empecé a manejar me empezaron a caer las lágrimas. En un momento pensé en el bebé y decidí que me tenía que calmar, pero eso fue casi cuando estaba llegando a casa. La mayoría del tiempo me olvido de que hay un pequeño ser adentro mío.
No caigo con que estoy embarazada. Hasta ahora lo único que sé es que no me vino el mes pasado. No sé como explicarlo. Estoy contenta, pero a la vez es como si le estuviera pasando a otra persona.
Con Martín estuvimos hablando mucho del tema y haciendo planes a futuro, pero me sentí como cuando teníamos dieciséis y jodíamos con eso. No puedo creer que él y yo finalmente estemos bien y que además vayamos a tener un hijo. Parece un sueño, lo siento como algo completamente irreal.
No tengo idea, por ejemplo, de qué es lo que se supone que tenemos que hacer ahora. Ir a ver algún obstetra, presumo. Y empezar a comprar cosas, aunque no sé donde vamos a tener lugar para el bebé, ya que mi amado departamento es sólo de un dormitorio. No sé qué va a pasar con la facultad el año que viene, si voy a poder seguir cursando o no. Y lo mismo le pasa a mi marido. Es rarísimo, porque si bien estoy contenta, a la vez me cuesta imaginarme que en unos meses voy a tener un bebé.
El embarazo se supone que sea un momento de conexión con tu propia madre, ya que ella pasó por todo y te puede ayudar. Pero en mi caso no sé, no tengo ganas de hacer cosas con ella. No quiero que me acompañe a los doctores ni me diga qué es lo que tengo que hacer. Me gusta la idea de decirle a mi padre que va a tener un nieto, porque se va a alegrar muchísimo. Y también decirle a mi abuelo que a los 86 años va a ser bisabuelo. Pero es como que la idea de que mi madre esté cerca mío en la dulce espera no me atrae para nada. Pienso que se va a meter en todo, que va a opinar sobre todos los temas, y que me va a criticar mis decisiones con la excusa de que ella ya pasó por esto y entiende más que yo.
Este, es otro de los mil momentos en mi vida en los que pienso que me hubiera gustado tener una madre completamente distinta. Y pienso hacer todo lo que esté a mi alcance para que a mi hijo o hija nunca le llegue a pasar eso conmigo. Voy a hacer todo lo posible por ser la madre que a mí me hubiera gustado tener. Una madre que fuera precisamente todo lo opuesto a la que me tocó.
*De lo otro no tuve novedades todavía. Fabián dice que no sabe nada, que a él nadie le habló nada del tema. Y llamé a mi tío Mauricio varias veces entre ayer y hoy pero no me atiende. Asumo que hay una razón.
No caigo con que estoy embarazada. Hasta ahora lo único que sé es que no me vino el mes pasado. No sé como explicarlo. Estoy contenta, pero a la vez es como si le estuviera pasando a otra persona.
Con Martín estuvimos hablando mucho del tema y haciendo planes a futuro, pero me sentí como cuando teníamos dieciséis y jodíamos con eso. No puedo creer que él y yo finalmente estemos bien y que además vayamos a tener un hijo. Parece un sueño, lo siento como algo completamente irreal.
No tengo idea, por ejemplo, de qué es lo que se supone que tenemos que hacer ahora. Ir a ver algún obstetra, presumo. Y empezar a comprar cosas, aunque no sé donde vamos a tener lugar para el bebé, ya que mi amado departamento es sólo de un dormitorio. No sé qué va a pasar con la facultad el año que viene, si voy a poder seguir cursando o no. Y lo mismo le pasa a mi marido. Es rarísimo, porque si bien estoy contenta, a la vez me cuesta imaginarme que en unos meses voy a tener un bebé.
El embarazo se supone que sea un momento de conexión con tu propia madre, ya que ella pasó por todo y te puede ayudar. Pero en mi caso no sé, no tengo ganas de hacer cosas con ella. No quiero que me acompañe a los doctores ni me diga qué es lo que tengo que hacer. Me gusta la idea de decirle a mi padre que va a tener un nieto, porque se va a alegrar muchísimo. Y también decirle a mi abuelo que a los 86 años va a ser bisabuelo. Pero es como que la idea de que mi madre esté cerca mío en la dulce espera no me atrae para nada. Pienso que se va a meter en todo, que va a opinar sobre todos los temas, y que me va a criticar mis decisiones con la excusa de que ella ya pasó por esto y entiende más que yo.
Este, es otro de los mil momentos en mi vida en los que pienso que me hubiera gustado tener una madre completamente distinta. Y pienso hacer todo lo que esté a mi alcance para que a mi hijo o hija nunca le llegue a pasar eso conmigo. Voy a hacer todo lo posible por ser la madre que a mí me hubiera gustado tener. Una madre que fuera precisamente todo lo opuesto a la que me tocó.
*De lo otro no tuve novedades todavía. Fabián dice que no sabe nada, que a él nadie le habló nada del tema. Y llamé a mi tío Mauricio varias veces entre ayer y hoy pero no me atiende. Asumo que hay una razón.
martes, 8 de diciembre de 2009
Día 193 - Primer intento
- ¿Qué hacés llamándome? - preguntó Valentina.
- Quería saber por qué después de tanto tiempo se te ocurrió abrir la boca.
- ¿De qué hablás?
- Sabés bien de que te hablo.
- ¡Yo no dije nada! ¿Por qué? ¿Se enteraron?
- Sí, vino mi madre ayer.
- ¡Pero yo no dije nada!
- Dale, Valentina. Decímelo. Ya pasó igual.
- En serio que yo no fui.
- Está bien.
- ¡En serio te hablo! ¿Quién más sabía?
- Mi tío Mauricio, pero porque hizo lo mismo que yo.
- Y bueno, averiguá por ese lado. Te prometo que yo no fui. Yo sé que vos y yo estamos mal, pero nunca lo contaría. Sería hacerte mal innecesariamente.
- Bueno, gracias, supongo - dije confundida.
- No pasa nada. ¿Y qué vas a hacer ahora?
- Y llamar a mi tío a ver qué pasó. Mi madre vino a mi departamento diciendo que se había enterado de todo y pensando que iba a encontrar una casa de soltera, y justo Martín estaba entonces no supo que hacer, pero me dijo que esto no terminó todavía. Y ahora no sé que va a pasar.
- Nada. El departamento no te lo pueden sacar. Tratá de hablar con tu abuelo antes de que le hable otro, pero por los demás ni te preocupes.
- No, no me voy a preocupar. Qué sé yo, me jode no entender qué fue lo que pasó. Ni siquiera sé quien sabe y quien no.
- Y bueno, averiguá. Llamá a tu hermano a ver que sabe.
- Sí, lo voy a hacer. Gracias.
- Bueno. ¿Vos todo bien? - preguntó.
- Sí, todo bien.
- ¿Estás con Martín, entonces?
- Sí. Y estoy embarazada.
- ¡¿Qué?!
- Sí. No lo planeamos, pero pasó.
- ¿Y qué pensás?
- Yo estoy contenta, la verdad. Y Martín también.
- Bueno, felicitaciones entonces. ¿Le dijiste a tu madre?
- No. Estaba histérica y gritando pavadas. Se lo voy a decir cuando todo esté más tranquilo.
- Sí, está bien. Bueno, me alegro por vos. Por ustedes.
- Bueno, gracias.
- Cualquier cosa si querés hablar, de lo que sea, llamame. Estoy acá.
- Bueno, gracias. Yo también, si algún día querés hablar.
- Beso, Agus.
- Otro.
- Quería saber por qué después de tanto tiempo se te ocurrió abrir la boca.
- ¿De qué hablás?
- Sabés bien de que te hablo.
- ¡Yo no dije nada! ¿Por qué? ¿Se enteraron?
- Sí, vino mi madre ayer.
- ¡Pero yo no dije nada!
- Dale, Valentina. Decímelo. Ya pasó igual.
- En serio que yo no fui.
- Está bien.
- ¡En serio te hablo! ¿Quién más sabía?
- Mi tío Mauricio, pero porque hizo lo mismo que yo.
- Y bueno, averiguá por ese lado. Te prometo que yo no fui. Yo sé que vos y yo estamos mal, pero nunca lo contaría. Sería hacerte mal innecesariamente.
- Bueno, gracias, supongo - dije confundida.
- No pasa nada. ¿Y qué vas a hacer ahora?
- Y llamar a mi tío a ver qué pasó. Mi madre vino a mi departamento diciendo que se había enterado de todo y pensando que iba a encontrar una casa de soltera, y justo Martín estaba entonces no supo que hacer, pero me dijo que esto no terminó todavía. Y ahora no sé que va a pasar.
- Nada. El departamento no te lo pueden sacar. Tratá de hablar con tu abuelo antes de que le hable otro, pero por los demás ni te preocupes.
- No, no me voy a preocupar. Qué sé yo, me jode no entender qué fue lo que pasó. Ni siquiera sé quien sabe y quien no.
- Y bueno, averiguá. Llamá a tu hermano a ver que sabe.
- Sí, lo voy a hacer. Gracias.
- Bueno. ¿Vos todo bien? - preguntó.
- Sí, todo bien.
- ¿Estás con Martín, entonces?
- Sí. Y estoy embarazada.
- ¡¿Qué?!
- Sí. No lo planeamos, pero pasó.
- ¿Y qué pensás?
- Yo estoy contenta, la verdad. Y Martín también.
- Bueno, felicitaciones entonces. ¿Le dijiste a tu madre?
- No. Estaba histérica y gritando pavadas. Se lo voy a decir cuando todo esté más tranquilo.
- Sí, está bien. Bueno, me alegro por vos. Por ustedes.
- Bueno, gracias.
- Cualquier cosa si querés hablar, de lo que sea, llamame. Estoy acá.
- Bueno, gracias. Yo también, si algún día querés hablar.
- Beso, Agus.
- Otro.
lunes, 7 de diciembre de 2009
Día 192 - Patas cortas
Ayer a eso de las siete de la tarde, yo estaba muy tranquila haciéndome un café con leche mientras Martín leía en el cuarto. En eso, sonó el timbre. Atendí sin hablar para ver quien era, pero nadie contestó. Un minuto después escuché la voz de mi madre diciéndole al portero "debe estar bañándose, gracias."
Respiré hondo cuando sonó el timbre, y con mi peor cara de culo, le abrí.
- ¿Qué querés? - pregunté.
- Ya vas a ver lo que quiero - dijo, mientras entraba al departamento. - ¡Sé todo, Agustina. Todo!
- ¿De qué carajo hablás?
- ¡Sabés muy bien de que hablo!
- No, mamá, no lo sé. Calmate un poco, haceme el favor.
- ¡No me calmo nada! ¿Vos sabés lo que fue para mí enterarme de que mi hija es una mentirosa? ¡¿Eh?!
- Ay, mamá, callate la boca y hablá como una persona normal. ¿Qué problema tenés?
- ¡Que me mentiste! ¡Le mentiste a todos!
- ¿A quién le mentí, a ver? - pregunté haciéndome la tonta, mientras trataba de pensar cómo podía ser que se hubiera enterado.
- Agustinita, el papel de actriz no te sale. Sabés muy bien de que te hablo, así que confesalo de una vez. Dale, decílo. Te casaste con Martín para que te regalaran el departamento. ¡Él ni siquiera vive acá! Yo ya lo sospeché el día que tenías la mitad de la cama hecha, pero no tenía pruebas. ¡Quiero escucharte decirlo!
- No tenés idea de la cantidad de pavadas que estás diciendo. Mi amor - grité hacia mi cuarto. - ¿podés venir?
Un Martín en jogging y con cara de no saber que hacer se acercó hasta el comedor.
- Hola, Jaqueline.
- ¿Y éste qué hace acá? - preguntó mi madre.
- ¿Qué va a hacer, mamá? ¡Vive acá!
- ¡Mentira! Le debés haber dicho que venga sólo porque yo iba a venir.
- ¿Y cómo mierda iba a saber yo que se te iba a ocurrir venir?
- No sé. Pero tu secreto está afuera y yo ya sé que el matrimonio de ustedes no vale. Y es cuestión de tiempo para que toda la familia lo sepa.
- Basta de telenovelas, mamá. ¿Vos ves lo que estás diciendo? ¿Que me casé por el departamento? Te volviste loca. Completamente loca.
Cuando dije eso se paró de la silla y fue hasta mi cuarto. Miró las fotos de nuestro casamiento encima de la mesa de luz y ropa de Martín tirada en el suelo. Después la vi ir hasta el baño, donde debe haber visto las cosas de afeitar de mi marido. Derrotada, volvió a la cocina.
- No sé como hiciste para que todo parezca real, pero ya te voy a agarrar. Esto no terminó acá, ¿me entendiste? ¡No terminó acá!
- ¡Andate de mi casa! Y dejá de mirar telenovelas, haceme el favor. Te están haciendo mal.
- No te hagas la inocente. Ya te voy a agarrar, vas a ver - dijo, mientras abría la puerta. - ¡Ya te voy a agarrar!
Respiré hondo cuando sonó el timbre, y con mi peor cara de culo, le abrí.
- ¿Qué querés? - pregunté.
- Ya vas a ver lo que quiero - dijo, mientras entraba al departamento. - ¡Sé todo, Agustina. Todo!
- ¿De qué carajo hablás?
- ¡Sabés muy bien de que hablo!
- No, mamá, no lo sé. Calmate un poco, haceme el favor.
- ¡No me calmo nada! ¿Vos sabés lo que fue para mí enterarme de que mi hija es una mentirosa? ¡¿Eh?!
- Ay, mamá, callate la boca y hablá como una persona normal. ¿Qué problema tenés?
- ¡Que me mentiste! ¡Le mentiste a todos!
- ¿A quién le mentí, a ver? - pregunté haciéndome la tonta, mientras trataba de pensar cómo podía ser que se hubiera enterado.
- Agustinita, el papel de actriz no te sale. Sabés muy bien de que te hablo, así que confesalo de una vez. Dale, decílo. Te casaste con Martín para que te regalaran el departamento. ¡Él ni siquiera vive acá! Yo ya lo sospeché el día que tenías la mitad de la cama hecha, pero no tenía pruebas. ¡Quiero escucharte decirlo!
- No tenés idea de la cantidad de pavadas que estás diciendo. Mi amor - grité hacia mi cuarto. - ¿podés venir?
Un Martín en jogging y con cara de no saber que hacer se acercó hasta el comedor.
- Hola, Jaqueline.
- ¿Y éste qué hace acá? - preguntó mi madre.
- ¿Qué va a hacer, mamá? ¡Vive acá!
- ¡Mentira! Le debés haber dicho que venga sólo porque yo iba a venir.
- ¿Y cómo mierda iba a saber yo que se te iba a ocurrir venir?
- No sé. Pero tu secreto está afuera y yo ya sé que el matrimonio de ustedes no vale. Y es cuestión de tiempo para que toda la familia lo sepa.
- Basta de telenovelas, mamá. ¿Vos ves lo que estás diciendo? ¿Que me casé por el departamento? Te volviste loca. Completamente loca.
Cuando dije eso se paró de la silla y fue hasta mi cuarto. Miró las fotos de nuestro casamiento encima de la mesa de luz y ropa de Martín tirada en el suelo. Después la vi ir hasta el baño, donde debe haber visto las cosas de afeitar de mi marido. Derrotada, volvió a la cocina.
- No sé como hiciste para que todo parezca real, pero ya te voy a agarrar. Esto no terminó acá, ¿me entendiste? ¡No terminó acá!
- ¡Andate de mi casa! Y dejá de mirar telenovelas, haceme el favor. Te están haciendo mal.
- No te hagas la inocente. Ya te voy a agarrar, vas a ver - dijo, mientras abría la puerta. - ¡Ya te voy a agarrar!
viernes, 4 de diciembre de 2009
Día 191 - Good news travel fast
- Mi amor - le dije hoy a Martín. - Tenemos que hablar.
- ¿Pasó algo?
- Sí.
- ¿Bueno o malo?
- Y...depende de como lo mires.
- Bueno, te escucho - dijo mi marido.
- Bueno, te digo. Ay, me da cosa...
- Dale, me lo podés decir.
- Bueno, lo digo rápido, como sacar una curita.
- Dale.
- Bueno. Tenía un atraso, y me hice un test. Dio positivo.
Martín sonrió.
- ¿En serio me decís?
- Sí, en serio.
- ¿Y cómo pasó esto?
- Y, es culpa de los dos. Mía, por tomar la pastilla cuando quiero y a cualquier hora, y tuya por no querer usar forro por las dudas.
- ¿Y qué pensás?
- Que si los dos tomamos esa actitud es porque en el fondo no nos importaba si pasaba. Y bueno, pasó.
- ¿Pero estás contenta?
- Sí, creo que sí. Todavía no caigo igual. Es como si le estuviera pasando a otra persona, no sé. ¿Vos qué pensás?
- Y...no sé. Supongo que no caigo tampoco, pero igual es como te dije el año pasado cuando tuviste el atraso. En algún momento iban a venir los niños igual.
- Sí, pero se nos adelantó el momento, mi amor. Bastante.
- Supongo que sí - dijo, mientras se acercaba a mí. - Pero no me molesta.
- A mí tampoco. No quería alegrarme mucho hasta saber como reaccionabas vos, porque capaz te parecía un error enorme. Pero la verdad es que estoy contenta. O sea, sé que va a ser difícil y todo, pero me gusta la idea de saber que viene una Agustinita o un Martincito en camino.
- A mí también - dijo, y me dio un beso.
Nos quedamos un rato abrazados, y sonriendo. Después me levantó la remera, se acercó hasta mi panza y le dio un beso.
- No puedo creer que haya alguien ahí - dije.
- Yo tampoco. ¿Y qué querés que sea?
- Nena. ¿Vos?
- Varón.
- Capaz que son mellizos, y nos toca uno y uno.
- Jaja, puede ser. Te quiero, linda. Y estoy contento.
- Yo también, mi amor. Yo también.
- ¿Pasó algo?
- Sí.
- ¿Bueno o malo?
- Y...depende de como lo mires.
- Bueno, te escucho - dijo mi marido.
- Bueno, te digo. Ay, me da cosa...
- Dale, me lo podés decir.
- Bueno, lo digo rápido, como sacar una curita.
- Dale.
- Bueno. Tenía un atraso, y me hice un test. Dio positivo.
Martín sonrió.
- ¿En serio me decís?
- Sí, en serio.
- ¿Y cómo pasó esto?
- Y, es culpa de los dos. Mía, por tomar la pastilla cuando quiero y a cualquier hora, y tuya por no querer usar forro por las dudas.
- ¿Y qué pensás?
- Que si los dos tomamos esa actitud es porque en el fondo no nos importaba si pasaba. Y bueno, pasó.
- ¿Pero estás contenta?
- Sí, creo que sí. Todavía no caigo igual. Es como si le estuviera pasando a otra persona, no sé. ¿Vos qué pensás?
- Y...no sé. Supongo que no caigo tampoco, pero igual es como te dije el año pasado cuando tuviste el atraso. En algún momento iban a venir los niños igual.
- Sí, pero se nos adelantó el momento, mi amor. Bastante.
- Supongo que sí - dijo, mientras se acercaba a mí. - Pero no me molesta.
- A mí tampoco. No quería alegrarme mucho hasta saber como reaccionabas vos, porque capaz te parecía un error enorme. Pero la verdad es que estoy contenta. O sea, sé que va a ser difícil y todo, pero me gusta la idea de saber que viene una Agustinita o un Martincito en camino.
- A mí también - dijo, y me dio un beso.
Nos quedamos un rato abrazados, y sonriendo. Después me levantó la remera, se acercó hasta mi panza y le dio un beso.
- No puedo creer que haya alguien ahí - dije.
- Yo tampoco. ¿Y qué querés que sea?
- Nena. ¿Vos?
- Varón.
- Capaz que son mellizos, y nos toca uno y uno.
- Jaja, puede ser. Te quiero, linda. Y estoy contento.
- Yo también, mi amor. Yo también.
jueves, 3 de diciembre de 2009
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Día 189 - Oh, baby, baby
Cuando teníamos dieciséis, le propuse a Martín que si a los cuarenta los dos seguíamos solos nos juntáramos. "A los treinta, mejor" me contestó. Le dije que me parecía bien, y ahí me dijo "mejor nos juntamos a los veintincinco, y ya vamos encargando los hijos". Me reí y le pregunté si de verdad quería tener hijos conmigo y me dijo que sí, que le gustaría.
El año pasado, a los dos meses o tres de haber tenido nuestra primera vez, tuve un atraso. Estaba en la misma disyuntiva de ahora de si decirle o hacerme el test antes y decidí decírselo.
- No pasa nada - dijo. - Igual a los veinticinco íbamos a encargar.
- ¿Seguro? - pregunté.
- Seguro - dijo, tocándome la panza. - No me molestaría para nada tener una Agustinita o un Martincito.
Esa misma noche fuimos hasta la farmacia y me compre un test de embarazo. Me lo hice en la casa de él, ya que estabamos solos, y dio negativo.
- ¿Qué pensás? - pregunté.
- No sé, una mezcla de cosas. Por un lado, me hubiera gustado. Pero, por otro, todavía somos chicos y vivimos con nuestros padres, estamos los dos en la mitad de la carrera, qué sé yo. ¿Vos qué pensás?
- Algo parecido a lo tuyo. Por un lado, pienso que si alguna vez quisiera tener hijos sería con vos, pero también pienso que es complicado. Además viste como son en mi familia, por esto me pueden llegar a prender fuego.
- Sí, yo sé - dijo. - Y bueno, algún día será.
- Algún día.
Desde ese momento han pasado unas cuantas cosas. Nos casamos, yo me fui de la casa de mis padres y me mudé a este departamento en el que él sabe que se puede mudar cuando quiera. Seguimos en la mitad de la carrera, es verdad, pero ya bastante más adelantados cada uno en la suya que hace un año y medio. Y, más importante, estamos bien como pareja.
Yo no sé realmente cuanto de verdad hubo en su reacción cuando tuve aquel atraso, pero si todo lo que dijo es cierto, no debería tener miedo de decirle lo que me está pasando ahora. Las cosas que cambiaron desde ese momento hasta ahora, fueron todas para mejor. ¿Entonces? ¿Por qué tengo tanto miedo de decirlo en voz alta?
Supongo que porque ni yo sé lo que quiero. Siempre pensé que si me pasaba de tener un atraso, iba a salir corriendo a hacerme un evatest. Creía que iba a querer salir de la duda lo antes posible. Pero ahora me pasa algo distinto.
Quiero saber qué es lo que me está pasando a mí. Antes de hacerme el test, quiero saber si yo quiero que dé positivo o negativo. Quiero saber en donde estoy yo en esta situación, más allá de Martín.
Y de a ratos nos imagino a mi marido y a mí en alguna plaza, con un nene o una nena jugando con nosotros y me río. Y de a momentos pienso en mí embarazada, yendo a la facultad y trabajando y ya no me resulta tan divertido. Y si pienso en el parto, me agarra un ataque de pánico.
Y no sé que pesa más. Si la imagen mía vomitando en el baño de facultad por las náuseas matutinas o la de un Martín en miniatura que me agarra la mano y me dice "mamá".
El año pasado, a los dos meses o tres de haber tenido nuestra primera vez, tuve un atraso. Estaba en la misma disyuntiva de ahora de si decirle o hacerme el test antes y decidí decírselo.
- No pasa nada - dijo. - Igual a los veinticinco íbamos a encargar.
- ¿Seguro? - pregunté.
- Seguro - dijo, tocándome la panza. - No me molestaría para nada tener una Agustinita o un Martincito.
Esa misma noche fuimos hasta la farmacia y me compre un test de embarazo. Me lo hice en la casa de él, ya que estabamos solos, y dio negativo.
- ¿Qué pensás? - pregunté.
- No sé, una mezcla de cosas. Por un lado, me hubiera gustado. Pero, por otro, todavía somos chicos y vivimos con nuestros padres, estamos los dos en la mitad de la carrera, qué sé yo. ¿Vos qué pensás?
- Algo parecido a lo tuyo. Por un lado, pienso que si alguna vez quisiera tener hijos sería con vos, pero también pienso que es complicado. Además viste como son en mi familia, por esto me pueden llegar a prender fuego.
- Sí, yo sé - dijo. - Y bueno, algún día será.
- Algún día.
Desde ese momento han pasado unas cuantas cosas. Nos casamos, yo me fui de la casa de mis padres y me mudé a este departamento en el que él sabe que se puede mudar cuando quiera. Seguimos en la mitad de la carrera, es verdad, pero ya bastante más adelantados cada uno en la suya que hace un año y medio. Y, más importante, estamos bien como pareja.
Yo no sé realmente cuanto de verdad hubo en su reacción cuando tuve aquel atraso, pero si todo lo que dijo es cierto, no debería tener miedo de decirle lo que me está pasando ahora. Las cosas que cambiaron desde ese momento hasta ahora, fueron todas para mejor. ¿Entonces? ¿Por qué tengo tanto miedo de decirlo en voz alta?
Supongo que porque ni yo sé lo que quiero. Siempre pensé que si me pasaba de tener un atraso, iba a salir corriendo a hacerme un evatest. Creía que iba a querer salir de la duda lo antes posible. Pero ahora me pasa algo distinto.
Quiero saber qué es lo que me está pasando a mí. Antes de hacerme el test, quiero saber si yo quiero que dé positivo o negativo. Quiero saber en donde estoy yo en esta situación, más allá de Martín.
Y de a ratos nos imagino a mi marido y a mí en alguna plaza, con un nene o una nena jugando con nosotros y me río. Y de a momentos pienso en mí embarazada, yendo a la facultad y trabajando y ya no me resulta tan divertido. Y si pienso en el parto, me agarra un ataque de pánico.
Y no sé que pesa más. Si la imagen mía vomitando en el baño de facultad por las náuseas matutinas o la de un Martín en miniatura que me agarra la mano y me dice "mamá".
martes, 1 de diciembre de 2009
Día 188 - Concubinato y algo más
Yo siempre fui una persona bastante especial. Si bien me gusta estar con gente, salir a tomar un café, o encontrarme con alguien para comer, llega un punto en el que me aburro y quiero volver a mi casa. Lo que quiero es estar sola. Es como si lo necesitara.
Me pasa con muy poca gente poder estar horas sin aburrirme. Con Romi y Fabi, por ejemplo. Pero nunca me había pasado con un tipo. Ni siquiera con Martín. Y es por esto que nunca me ví conviviendo con alguien.
La idea de estar todo el tiempo con una persona me hace sentir ahogada. Pienso en que me acostaría con el otro, me levantaría y él seguiría ahí, volvería de trabajar para volvérmelo a encontrar y los fines de semana sería todo aún peor porque estaríamos prácticamente todo el tiempo juntos. Pienso que me aburriría del otro, que llegaría un punto en el que no lo querría ver más.
Sin embargo, los últimos días con Martín han sido todo menos aburrimiento. Estar tanto tiempo con él, de alguna manera extraña, me hace querer estar todavía más tiempo con él. Estoy en el trabajo y pienso en cuando llegue a casa para verlo de nuevo y un montón de cursilerías similares. Me gusta que miremos una película juntos y que después no se tenga que ir. Y me encanta que desayune conmigo todas las mañanas, y que al final del día esté acá para charlar de como nos fue.
Y creo que a él le pasa lo mismo. Ayer, estábamos tirados en la cama, hablando de pavadas, cuando me preguntó si pensaba que alguna vez íbamos a convivir en serio. Le pregunté qué pensaba él y me dijo que le gustaba la idea.
Y, contrario a lo que siempre hubiera pensado que me iba a pasar en un momento así, le dije que a mí también me gustaba la idea. Que podíamos hablar a ver que pasa después de terminar esta semana de convivencia a ver si nos seguíamos queriendo o si el estar tanto tiempo juntos nos terminaba haciendo odiarnos.
- Eso nunca, chiquita - dijo. - Sólo puede haber amor entre nosotros.
No llegué a entender si lo había dicho en el sentido de que no podía haber odio, o si quiso decir que lo nuestro era amor. No quise preguntar. Le dí un beso, y lo abracé.
Y sí, nosotros dos estamos bien. Y la convivencia nos está gustando a los dos, contra todo pronóstico. Pero, como siempre en esta vida, lo bueno dura poco. Y no sé cuanto de esta luna de miel va a quedar cuando finalmente le diga a Martín que hoy descubrí que tengo un atraso de seis días.
Me pasa con muy poca gente poder estar horas sin aburrirme. Con Romi y Fabi, por ejemplo. Pero nunca me había pasado con un tipo. Ni siquiera con Martín. Y es por esto que nunca me ví conviviendo con alguien.
La idea de estar todo el tiempo con una persona me hace sentir ahogada. Pienso en que me acostaría con el otro, me levantaría y él seguiría ahí, volvería de trabajar para volvérmelo a encontrar y los fines de semana sería todo aún peor porque estaríamos prácticamente todo el tiempo juntos. Pienso que me aburriría del otro, que llegaría un punto en el que no lo querría ver más.
Sin embargo, los últimos días con Martín han sido todo menos aburrimiento. Estar tanto tiempo con él, de alguna manera extraña, me hace querer estar todavía más tiempo con él. Estoy en el trabajo y pienso en cuando llegue a casa para verlo de nuevo y un montón de cursilerías similares. Me gusta que miremos una película juntos y que después no se tenga que ir. Y me encanta que desayune conmigo todas las mañanas, y que al final del día esté acá para charlar de como nos fue.
Y creo que a él le pasa lo mismo. Ayer, estábamos tirados en la cama, hablando de pavadas, cuando me preguntó si pensaba que alguna vez íbamos a convivir en serio. Le pregunté qué pensaba él y me dijo que le gustaba la idea.
Y, contrario a lo que siempre hubiera pensado que me iba a pasar en un momento así, le dije que a mí también me gustaba la idea. Que podíamos hablar a ver que pasa después de terminar esta semana de convivencia a ver si nos seguíamos queriendo o si el estar tanto tiempo juntos nos terminaba haciendo odiarnos.
- Eso nunca, chiquita - dijo. - Sólo puede haber amor entre nosotros.
No llegué a entender si lo había dicho en el sentido de que no podía haber odio, o si quiso decir que lo nuestro era amor. No quise preguntar. Le dí un beso, y lo abracé.
Y sí, nosotros dos estamos bien. Y la convivencia nos está gustando a los dos, contra todo pronóstico. Pero, como siempre en esta vida, lo bueno dura poco. Y no sé cuanto de esta luna de miel va a quedar cuando finalmente le diga a Martín que hoy descubrí que tengo un atraso de seis días.
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