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lunes, 14 de diciembre de 2009

Día 195 - Tíos en acción

Hablé con mi tío Mauricio. Parece que al principio se estaban disputando la fortuna de mi abuelo entre él y su hermano Gabriel, pero que en un momento Gabriel se descontroló y quiso sacarle a Mauricio todo lo que tenía para tener más él. Para esto, fue a contarle a mi abuelo que Mauri se había casado por el departamento y ahora mi abuelo se lo va a sacar.

Aparentemente, el hecho de que yo me haya casado tan joven despertó sospechas en el muerto de hambre de Gabriel y ahora está a la espera de la manera de descubrirme ante mi abuelo. Mi tío Mauricio no me quería decir nada porque supuestamente le daba vergüenza la actitud que había tenido al principio de querer sacarle todo a mi padre y a mi otro tío, Julio. Obviamente esto es mentira, ya que de haber podido quedarse con todo lo hubiera hecho sin ningún problema.

La realidad es que es muy probable que haya sido él mismo el que abrió la boca. A ver si al sacarme el departamento, se queda con la cuarta parte. Como en las películas de acción que todos los personajes pasan del papel de buenos al de malos en cuestión de segundos, parece que mi tío Mauricio no es la excepción.

Cuando mirás ese tipo de películas llega un punto en el que ya no confiás en nadie. Y desgraciadamente, en las familias en donde hay mucha plata de por medio, la historia no es muy distinta. Sabés que todos te van a tratar de hundir por donde puedan, y tenés que tener claro que para defenderte estás vos sólo. Los demás están cada uno con su arma cargada, esperando la oportunidad de disparar. Y vos tenés que pensar una estrategia. Ver si es verdad que la mejor defensa es un buen ataque, o por el contrario, si te conviene esconderte hasta que el tiroteo termine y salir cuando sepas que estás a salvo.

lunes, 26 de octubre de 2009

Día 160 - Iom Uledet Sameaj (II)

- Rabino, a ver. En primer lugar, nadie está teniendo problemas. En segundo lugar, me disculpo por la pérdida de tiempo que va a ser para usted haber venido hasta acá. Mi madre está...un poco...como digo esto...mal de la cabeza y piensa que mi marido y yo estamos mal. Así que le agradezco que haya venido, pero su ayuda no va a ser necesaria.
- Mire que para mí no es problema. Podemos sentarnos a hablar tranquilamente y ver que soluciones puede haber. A veces las personas no quieren admitir que tienen problemas con su pareja.
- Es que no tenemos ningún problema - mentí.
- Bueno, pero podríamos tener una charla igual. A fin de cuentas, ustedes asumieron un compromiso para toda la vida y van a estar juntos por muchísimo tiempo. Les puedo dar algunos consejos...
- Gracias - dije, interrumpiéndolo. - Pero no va a ser necesario.

Me di vuelta y miré a Martín, quien se veía que estaba conteniendo la risa hace rato. Lo abracé para reforzar la imagen de parejita feliz y volví donde estaba mi abuelo.
- Vení, chiquita, quiero hablar con vos.
- Bueno, abuelito.

Intentó pararse sólo y no pudo. Le agarré fuerte el brazo derecho y lo ayudé a levantarse. Fuimos caminando hasta una especie de escritorio que hay en su casa.
- Sentate - me dijo. Lo hice.
- Contame, ¿cómo anda todo?
- Bien, abuelito. Estoy muy contenta en el departamento, con mi marido. Todo bien.
- ¿Segura?
- Sí, sí. ¿Por qué?
- Porque tu madre anduvo diciendo que Martín y vos estaban peleados y que él había vuelto a lo de sus padres.
- Ay, abuelito, sabés como es mi mamá.
- Sí, me imaginé que era una de sus cosas. Decime, ¿precisás plata?
- No - mentí. La verdad es que no me hubiera venido nada mal.
- Dejame hacerte un regalito.
- Jajaja, no, abuelito. Es tu cumpleaños.
- No importa. Decime la verdad. ¿Precisás?
- En serio que no.
- Te creo. Bueno, era eso. Ver como estabas y si precisabas algo.
- Gracias por preocuparte. Te quiero mucho.
- Yo también, chiquita.

Salimos del escritorio, y en el camino me crucé con mi tío Gabriel, el hermano menor de mi papá. Me preguntó si mi abuelo me había regalado plata y le dije que no.
- Porque, no sé si sabías, nadie está autorizado a recibir plata de papá.
- ¿Qué quiere decir eso? - pregunté extrañada.
- Que últimamente anda regalando mucha plata a las enfermeras, le regaló a tu primo también. Y bueno, con tu tío Mauricio decidimos que es mejor que toda la plata que él da sea devuelta.
- ¿Ahora no puede decidir a quién le da plata y a quién no? La ganó él. Si considera que una enfermera se merece algo extra, se lo puede dar.
- Ya no puede decidir él. La responsabilidad sobre su plata la tenemos los cuatro hijos ahora.
- ¿Y eso?
- Es así, Agustina. Decime, ¿te dio plata o no?
- ¡No!
- Bueno. Si te da algo durante el almuerzo me lo devolvés.

Sin entender mucho me acerqué hasta donde estaba Cristina, la enfermera de la mañana.
- Cris, una pregunta. ¿Qué es eso de que mi abuelo ya no maneja su plata?
- Vino su psiquiatra el otro día y dijo que debe ser declarado incapaz. Ya no está habilitado para firmar nada, y mucho menos manejar plata. Así que tus tíos están a cargo ahora.
- ¿Incapaz? ¿Cómo llegó a eso?
- Está muy desequilibrado, Agus. Sobre todo con la plata. La esconde a veces abajo de la almohada o entre la ropa. O a veces directamente la pierde. Y bueno, tu tío Gabriel no sabés como está.
- Me imagino. Siempre fue un muerto con la plata.
- Exacto. Y, te digo algo, entre nosotras. El otro día escuché a tu tío Mauricio hablando con él, y estaban diciendo que ellos dos se iban a encargar de todas las cuentas.
- ¿Y mi padre y mi tío Julio?
- Están enfermos, según ellos dos, y tampoco son capaces de manejar plata.
- Y bueno, no es del todo mentira. Papá es bipolar y Julio es esquizofrénico.
- Sí, es verdad, pero en este caso es una excusa. Te digo lo que me parece. Están buscando la manera de repartirse todo entre ellos dos.
- Siempre lo quisieron hacer. Se ve que ahora tienen su oportunidad.
- Claro. Les vino como anillo al dedo lo de tu abuelo. Decime, ¿vos tenés alguna cuenta a tu nombre o algo? ¿Alguna propiedad?
- Sí. Mi departamento, y una cuenta que nos abrió a cada uno de los nietos.
- Bueno, te aconsejo que tengas cuidado con esas cosas porque si no tienen problema en sacarle todo a sus hermanos, mucho menos van a tener con respecto a sus sobrinos.
- Pero si está todo a mi nombre no hay nada que puedan hacer. ¿O sí?
- Supongo que no, pero yo que vos me cuidaría.
- Es que no sé que podría hacer. Igual debería averiguar. Gracias, Cris.
- De nada. Me pareció que debía advertirte.

Con todo eso en la cabeza volví a donde estaban todos. El resto del almuerzo transcurrió sin mayores problemas, pero no me pude concentrar en ninguna conversación. Miraba a mis tíos Gabriel y Mauricio por un lado, y a mi papá y mi tío Julio por otro. En la cabecera, mi abuelo. Festejando su cumpleaños y sin saber, que dos de sus hijos se estaban disputando su patrimonio a costa de otros dos. A fin de cuentas, repartiéndose la herencia con mi abuelo en vida, y no precisamente de una manera justa.

Encima todavía me quedaba la charla con Martín.