Escribo como me sentía en el casamiento y se me aparece todo tan, tan lejano. Martín lee en nuestro cuarto, toda su ropa descansa en el ropero, y su afeitadora y cepillo de dientes se hacen presentes en el baño. Estos ya no son mis 48 metros cuadrados, ahora son nuestros. Dentro de poco abandonaremos este lugar que tanto hice por conseguir y nos vamos a mudar al departamento nuevo que nos va a regalar mi abuelo, el de noventa metros cuadrados.
Creo que lo último que me podría haber imaginado mientras caminaba por el altar, aquel sábado de abril, era que en enero del año siguiente estaría escribiendo sobre ese momento embarazada y casada de verdad con Martín. En ese entonces, viendo la cara de felicidad de mi padre, no podía sentir otra cosa que culpa.
Antes de salir para la sinagoga, esa tarde, papá vino a mi cuarto y se sentó en mi cama. Me contó que cuando él se estaba por casar con mi madre, mi abuelo (el papá de mi mamá) le dijo que nunca iba a entender lo difícil que era entregarle su hija a otro hombre hasta que su propia hija se casara. Y que, recién en ese momento, las palabras de mi abuelo adquirían significado.
- Sos mi princesa - me dijo. - Y siempre lo vas a ser. Pero a partir de hoy, la persona más importante de tu vida va a ser Martín. Ya no vas a recurrir a mí cuando estés triste o tengas algún problema, porque ya no vas a vivir más acá conmigo. Esa persona, que solía ser yo para vos, ahora la va a ser tu marido. Yo hoy, voy a entregar a mi hijita adorada a otro hombre, y recién ahora entiendo lo que quiso decir tu abuelo.
Sin poder controlarlo, una lágrima me empezó a correr por la mejilla.
- No llores - me dijo. - Hoy es un día de felicidad.
Cuando lo ví en la sinagoga, y me agarré de su brazo para caminar por el altar, todas las palabras de esa tarde volvieron a mí. Y sabía que no tenían nada de cierto. A partir de ese momento, cada vez que me agarrara esa angustia que siento a veces, ya no iba a poder ir hasta el living para abrazar a mi papá. Yo nunca hablé de su enfermedad, él es bipolar con tendencia depresiva, y eso hace que entienda como nadie cuando uno se siente angustiado. Y a mí me pasa bastante seguido, aunque no lo parezca. Por eso es que sabía que por más que yo necesitara irme de casa porque la relación con mi madre era insostenible, mi padre sí me iba a hacer mucha falta.
Y mientras caminaba con él lo abracé fuerte, porque supe que después que el rabino pronunciara ciertas palabras, yo ya no iba a ser más su princesa. Y sabía, que cada vez que me sintiera sola, triste o lo que fuera, ya no iba a tener a mi papá a pocos metros. En mi departamento, a partir de ahora, no habría nadie más que yo.
La persona cariñosa, llena de amor y poseedora de las palabras más sabias estaría en otro living. El de una casa que a partir de ese momento nunca más sería mi hogar.
jueves, 28 de enero de 2010
lunes, 25 de enero de 2010
Día 201 - Flashback: El casamiento (II)
Ustedes ya saben que soy muy mentirosa. Y no es algo de lo que esté particularmente orgullosa, pero hasta ese momento nunca me había pesado.
El casamiento estaba planeado detalle por detalle. Todo: desde la forma en que lo íbamos a contar a nuestras familias, hasta que momento en que lo anuláramos. Todo había sido cuidadosamente calculado, y si no lo escribí tipo listita fue sólo por miedo a que lo encuentre mi madre. Para mi era como una ecuación que tenía que resolver para la facultad: Agustina+Martín+Casamiento-Madre-Abuela+Departamento+Anulación = Felicidad Absoluta.
Lo que no había entrado en mi ecuación era tener que mentirle a mi abuelo. O sí, pero hasta el momento había sido fácil. El casamiento civil pasó sin pena ni gloria, y fue poco más que un trámite. Pero la ceremonia religiosa fue otro asunto.
Unos minutos antes de que empiece yo estaba sola y mi abuelo entró a verme.
-Tu madre me prohibió que venga porque dice que falta muy poco, pero quería verte antes de que camines al altar. Qué linda estás, chiquita...
-Gracias, abuelo --dije, dándole las manos.
-Me emociona verte así. Me acuerdo el día que naciste, y ahora te estás casando. Estás radiante...el amor te sienta bien.
Primer golpe. No, abuelo. El amor no me sienta bien: lo que me sienta bien es irme de casa. Perdoname. Perdoname.
-Gracias. Es que Martín es divino.
-Es un buen muchacho. Y se nota que te hace feliz. Yo sé que esto puede ser difícil para vos, yo escuché a muchos de la familia diciendo que sos muy joven, que no sabés lo que hacés. Sé que te lo dijeron. Pero vos no les hagas caso, no saben lo que dicen. Lo que importa es que te estás casando con el amor de tu vida.
Segundo golpe. Si supieras, abuelito, si supieras. Ahí me dieron muchas ganas de llorar. Muchas veces había hablado del casamiento con mi abuelo, pero nunca me había hablado de esa forma, nunca habíamos estado hablado de eso tan íntimamente. Me dio muchísima culpa tener que mentirle a la persona a la que más quiero en el mundo, a la última persona del mundo que quisiera lastimar. Pero ya estaba ahí. ¿Qué iba a hacer?
-Gracias abuelo. Sos el mejor. --Y le di un abrazo. --Te quiero muchísimo, no sé qué haría sin vos.
-Yo tampoco, Agus. Entre nosotros, sos mi nieta preferida. Me hacés acordar mucho a mí en muchas cosas. Te felicito por tu coraje y espero que seas la más feliz del mundo en tu vida de casada.
Tercer golpe. No aguanté más y solté unas lágrimas. Mi abuelo pensó que eran de emoción y me las secó.
-No llores, que estás preciosa. No te retraso más, ¡suerte!
Y se fue a sentar a su lugar, al lado de mi papá. Miré por la ventana y vi cómo mi mamá se inclinaba por sobre mi papá y lo retaba, nerviosa y con el dedo levantado, seguramente por “retrasarme”. Y ahí empezó la música y vi entrar a Martín.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Día 200 - I'll be back
Volvieron Fabi y Romi de Israel y me invitaron a pasar unos días con ellas a Punta del Este. Salimos hoy para allá. A la vuelta les sigo contando del casamiento.
¡Feliz año para todos!
¡Feliz año para todos!
Etiquetas:
Fabi (mi mejor amiga),
Romi (mi otra mejor amiga)
lunes, 28 de diciembre de 2009
Día 199- Flashback: El casamiento (I)
Al contrario de muchas compañeras de escuela, yo nunca soñé con el vestido blanco. En los recreos, muchas veces ellas hacían juegos para ver a qué edad te ibas a casar. Cuando ibas a la casa de alguna a jugar, de a ratos con un tul construían un vestido imaginario y caminaban por un altar inexistente. Otra variante era mirarte el nacimiento de la mano, en donde supuestamente al presionar aparecen una especie de globitos que indican la cantidad de hijos que vas a tener. Por supuesto, con tu marido.
A mí esos jueguitos no me interesaban para nada. De la misma manera que nunca le encontré la gracia a jugar con el hornito y el microondas. Eso se lo pueden imaginar. Sin embargo, la primera vez que me probé el vestido terminado, me invadió una sensación rara.
Me miré al espejo y me vi linda. Tenía puesto un vestido que me quedaba precioso. Era un vestido hermoso, mandado a hacer para que fuera precisamente todo lo que yo quería. Y ahí estaba el resultado final: perfecto. Y sin embargo, con ese vestido yo iba a caminar por el altar, para aceptar casarme con alguien con quien en realidad nunca vi un futuro. Iba a decir que aceptaba a Martín hasta que la muerte nos separara, en frente de un rabino y cientos de personas, cuando en realidad creía que mi relación con él no iba a durar ni siquiera un mes.
Iba a aceptar, también, estar con él en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad. ¿Y a quién engañaba? A mí misma, por supuesto que no. Lo mío con Martín nunca había tenido cimientos fuertes, nunca habíamos hablado de qué era lo que iba a pasar con nosotros a largo plazo, ni tampoco creíamos en nuestra pareja. Al menos yo no. Y al menos ese momento.
Había cariño entre nosotros, sí. Mucho, muchísimo. Y probablemente amor también. Pero yo nunca creí en pasar toda la vida con la misma persona. Las relaciones se desgastan, el amor se va yendo y me costaba pensar que Martín iba a estar siempre al lado mío. Y además, no sé si quería que me pasara.
Siempre me había visto a mí misma conociendo a alguien uno o dos años antes de cumplir treinta, con quien tendría una relación, pero sin convivencia. Nunca me gustó la idea de vivir con otra persona. Como ya lo conté en un post, me parecía asfixiante. Me creía capaz de encontrar a alguien, pero no necesariamente que fuera para toda la vida.
Ese alguien podría llegar a ser Martín. Tal vez la vida nos iba a volver a unir, como lo hizo tantas otras veces, y ahí finalmente podríamos estar bien juntos. Pero no en ese momento, no a los veintiuno, no con lo que era nuestra relación.
Y fue que sabiendo todo esto, en el instante en el que me miré al espejo con el vestido puesto y me imagine a mí misma diciendo "acepto", me sentí un fraude total. Aunque nunca hubiera soñado con el momento, aunque nunca fui una Susanita, en ese segundo supe que estaba mancillando lo que a otros le parecía tan sagrado. Y deseé que todo fuera real. Deseé creer tan ciegamente en el amor como para pensar que iba a estar siempre con Martín. Deseé decir "acepto" pensando de verdad en querer a mi futuro marido en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.
A mí esos jueguitos no me interesaban para nada. De la misma manera que nunca le encontré la gracia a jugar con el hornito y el microondas. Eso se lo pueden imaginar. Sin embargo, la primera vez que me probé el vestido terminado, me invadió una sensación rara.
Me miré al espejo y me vi linda. Tenía puesto un vestido que me quedaba precioso. Era un vestido hermoso, mandado a hacer para que fuera precisamente todo lo que yo quería. Y ahí estaba el resultado final: perfecto. Y sin embargo, con ese vestido yo iba a caminar por el altar, para aceptar casarme con alguien con quien en realidad nunca vi un futuro. Iba a decir que aceptaba a Martín hasta que la muerte nos separara, en frente de un rabino y cientos de personas, cuando en realidad creía que mi relación con él no iba a durar ni siquiera un mes.
Iba a aceptar, también, estar con él en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad. ¿Y a quién engañaba? A mí misma, por supuesto que no. Lo mío con Martín nunca había tenido cimientos fuertes, nunca habíamos hablado de qué era lo que iba a pasar con nosotros a largo plazo, ni tampoco creíamos en nuestra pareja. Al menos yo no. Y al menos ese momento.
Había cariño entre nosotros, sí. Mucho, muchísimo. Y probablemente amor también. Pero yo nunca creí en pasar toda la vida con la misma persona. Las relaciones se desgastan, el amor se va yendo y me costaba pensar que Martín iba a estar siempre al lado mío. Y además, no sé si quería que me pasara.
Siempre me había visto a mí misma conociendo a alguien uno o dos años antes de cumplir treinta, con quien tendría una relación, pero sin convivencia. Nunca me gustó la idea de vivir con otra persona. Como ya lo conté en un post, me parecía asfixiante. Me creía capaz de encontrar a alguien, pero no necesariamente que fuera para toda la vida.
Ese alguien podría llegar a ser Martín. Tal vez la vida nos iba a volver a unir, como lo hizo tantas otras veces, y ahí finalmente podríamos estar bien juntos. Pero no en ese momento, no a los veintiuno, no con lo que era nuestra relación.
Y fue que sabiendo todo esto, en el instante en el que me miré al espejo con el vestido puesto y me imagine a mí misma diciendo "acepto", me sentí un fraude total. Aunque nunca hubiera soñado con el momento, aunque nunca fui una Susanita, en ese segundo supe que estaba mancillando lo que a otros le parecía tan sagrado. Y deseé que todo fuera real. Deseé creer tan ciegamente en el amor como para pensar que iba a estar siempre con Martín. Deseé decir "acepto" pensando de verdad en querer a mi futuro marido en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Día 198 - La noticia
Toqué timbre en casa vieja ayer a eso de las ocho de la noche para anunciar el embarazo, sola. Pensé que iba a ser mejor ir sin Martín, en el caso de que a mi madre se le ocurriera empezar a decir pavadas.
Me abrió mi padre.
- ¡Princesa!
- Hola, papi. ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y vos? - preguntó mientras me abrazaba.
- Bien, bien. Tengo algo para contarles. ¿Están mamá y Fabián?
- Sí, ya los llamo.
Se metió por el pasillo, fue a buscar a mi madre que leía el diario en su cuarto, y a Fabián que jugaba al playstation en el suyo. Mi hermano me abrazó al grito de "gorda cerda" y mi madre se limitó a emitir un "si no hubieras aparecido daba para pensar que te había tragado la tierra". Ni siquiera le contesté.
- Siéntense los tres por favor - dije. - Tengo algo que contarles.
- Yo ya sé lo que nos vas a decir. La veo venir.
- A ver, mamá. Iluminame con tu sabiduría. ¿Qué pensás que voy a decir?
- Que te divorciás, es obvio. Si te casaste para que te regalaran el departamento. Ahora que ya lo tenés, chau Martín.
- Te equivocás. ¿Querés intentar de nuevo con alguna otra idea de telenovela o ya está?
- Ya está. Si no es eso no sé que es. Te escucho.
- Bueno, prepárense -dije, y respiré hondo. - Estoy embarazada.
Mi padre sonrió, mi hermano abrió la boca en un gesto de sorpresa total y mi madre se quedó mirándome sin saber lo que decir. Mi padre se levantó y me abrazó. "No sabés lo feliz que me pone saber que voy a ser abuelo". Mi hermano me preguntó al oído si era deseado o no, y le contesté que de alguna extraña manera creía que era lo que los dos queríamos. Mi madre seguía mirándome desde el sillón, sin emitir sonido.
- ¿Qué pasa, mamá? ¿En tu telenovela venezolana no hay lugar para un embarazo?
- Es que yo pensé que...
- Pensaste mal. Pensaste pavadas. Hacete la idea de que Martín y yo estamos juntos de verdad, y eso no tiene nada que ver con el departamento. Y bueno, queríamos ser papás y se nos presentó la oportunidad. ¿No podés alegrarte por mí?
- Sí, puedo - dijo, atónita. - Es que no puedo creer...
- ¿Lo qué no podés creer?
- ¡Que lo de ustedes es de verdad! No cierra por ningún lado. Se casaron tan jóvenes, y a vos el abuelo te había prometido el departamento. Después nos enteramos lo que había hecho tu tío Mauricio y en seguida cerró lo tuyo con Martín. Habían hecho lo mismo que Mauricio y Fernanda, era clarísimo. Y un día voy a tu casa, y tenés la mitad de la cama hecha, y Martín justo no está.
- Bueno, mamá. Te pensás que ataste cabos como una detective y lo único que hiciste fue pensar que yo había hecho lo mismo que Mauricio, sin ningún tipo de prueba. Ahora, date cuenta de que estabas equivocada. Afrontá que lo que dijiste no es verdad, y que si Martín y yo estamos esperando un bebé es porque estamos juntos y porque tenemos planeado seguir juntos.
- Bueno, lo acepto - dijo, derrotada. - Supongo que te tengo que felicitar, entonces.
- Yo creo que corresponde -dije.
Se acercó, y esbozó un intento de abrazo. Me palmeó la espalda dos o tres veces y se separó de mí, despacio.
- Que te quede claro que no me va a decir abuela -dijo, agarrándome del brazo. - Que me diga Jaqueline, así no parezco vieja.
Ni siquiera le contesté, no tenía ganas. Fui hasta la cocina y le conté a María. Se alegró muchísimo. Después me despedí de los cuatro y partí hacia lo de mi abuelo.
Creo que nunca lo ví tan feliz como cuando le conté. No podía creer que iba a ser bisabuelo a los 87 años, sobre todo cuando tuvo cuatro hijos y sólo tres nietos.
- Vas a tener que mudarte a un departamento más grande.
- Más adelante, abuelo. Por ahora estamos bien.
- No, en serio. Dejame regalártelo. En el tuyo no tenés ni siquiera un cuarto extra para el bebé.
- Vemos más adelante, abuelo. En serio, no te preocupes.
- No, Agus. Es lindo que durante el embarazo vayan armando el cuarto del bebé, y que cuando llegue ya tengan todo listo. Tengo un departamento nuevo de tres dormitorios, noventa metros cuadrados, precioso. Sería un placer para mí dártelo.
Sonreí.
- Entonces supongo que corresponde que lo acepte.
No se vayan todavía. Me di cuenta de que nunca les conté del casamiento.
Me abrió mi padre.
- ¡Princesa!
- Hola, papi. ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y vos? - preguntó mientras me abrazaba.
- Bien, bien. Tengo algo para contarles. ¿Están mamá y Fabián?
- Sí, ya los llamo.
Se metió por el pasillo, fue a buscar a mi madre que leía el diario en su cuarto, y a Fabián que jugaba al playstation en el suyo. Mi hermano me abrazó al grito de "gorda cerda" y mi madre se limitó a emitir un "si no hubieras aparecido daba para pensar que te había tragado la tierra". Ni siquiera le contesté.
- Siéntense los tres por favor - dije. - Tengo algo que contarles.
- Yo ya sé lo que nos vas a decir. La veo venir.
- A ver, mamá. Iluminame con tu sabiduría. ¿Qué pensás que voy a decir?
- Que te divorciás, es obvio. Si te casaste para que te regalaran el departamento. Ahora que ya lo tenés, chau Martín.
- Te equivocás. ¿Querés intentar de nuevo con alguna otra idea de telenovela o ya está?
- Ya está. Si no es eso no sé que es. Te escucho.
- Bueno, prepárense -dije, y respiré hondo. - Estoy embarazada.
Mi padre sonrió, mi hermano abrió la boca en un gesto de sorpresa total y mi madre se quedó mirándome sin saber lo que decir. Mi padre se levantó y me abrazó. "No sabés lo feliz que me pone saber que voy a ser abuelo". Mi hermano me preguntó al oído si era deseado o no, y le contesté que de alguna extraña manera creía que era lo que los dos queríamos. Mi madre seguía mirándome desde el sillón, sin emitir sonido.
- ¿Qué pasa, mamá? ¿En tu telenovela venezolana no hay lugar para un embarazo?
- Es que yo pensé que...
- Pensaste mal. Pensaste pavadas. Hacete la idea de que Martín y yo estamos juntos de verdad, y eso no tiene nada que ver con el departamento. Y bueno, queríamos ser papás y se nos presentó la oportunidad. ¿No podés alegrarte por mí?
- Sí, puedo - dijo, atónita. - Es que no puedo creer...
- ¿Lo qué no podés creer?
- ¡Que lo de ustedes es de verdad! No cierra por ningún lado. Se casaron tan jóvenes, y a vos el abuelo te había prometido el departamento. Después nos enteramos lo que había hecho tu tío Mauricio y en seguida cerró lo tuyo con Martín. Habían hecho lo mismo que Mauricio y Fernanda, era clarísimo. Y un día voy a tu casa, y tenés la mitad de la cama hecha, y Martín justo no está.
- Bueno, mamá. Te pensás que ataste cabos como una detective y lo único que hiciste fue pensar que yo había hecho lo mismo que Mauricio, sin ningún tipo de prueba. Ahora, date cuenta de que estabas equivocada. Afrontá que lo que dijiste no es verdad, y que si Martín y yo estamos esperando un bebé es porque estamos juntos y porque tenemos planeado seguir juntos.
- Bueno, lo acepto - dijo, derrotada. - Supongo que te tengo que felicitar, entonces.
- Yo creo que corresponde -dije.
Se acercó, y esbozó un intento de abrazo. Me palmeó la espalda dos o tres veces y se separó de mí, despacio.
- Que te quede claro que no me va a decir abuela -dijo, agarrándome del brazo. - Que me diga Jaqueline, así no parezco vieja.
Ni siquiera le contesté, no tenía ganas. Fui hasta la cocina y le conté a María. Se alegró muchísimo. Después me despedí de los cuatro y partí hacia lo de mi abuelo.
Creo que nunca lo ví tan feliz como cuando le conté. No podía creer que iba a ser bisabuelo a los 87 años, sobre todo cuando tuvo cuatro hijos y sólo tres nietos.
- Vas a tener que mudarte a un departamento más grande.
- Más adelante, abuelo. Por ahora estamos bien.
- No, en serio. Dejame regalártelo. En el tuyo no tenés ni siquiera un cuarto extra para el bebé.
- Vemos más adelante, abuelo. En serio, no te preocupes.
- No, Agus. Es lindo que durante el embarazo vayan armando el cuarto del bebé, y que cuando llegue ya tengan todo listo. Tengo un departamento nuevo de tres dormitorios, noventa metros cuadrados, precioso. Sería un placer para mí dártelo.
Sonreí.
- Entonces supongo que corresponde que lo acepte.
No se vayan todavía. Me di cuenta de que nunca les conté del casamiento.
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