miércoles, 3 de junio de 2009

Día 24 - La previa

El día de hoy va a consistir en prepararme para lo que va a ser la cena. Por un lado, tengo que estar impecable para que parezca que sé lavar la ropa, planchar y demás, y por otro, debo prever las preguntas que me pueden hacer sobre los primeros días de matrimonio.

Empecemos por mi apariencia física:
Busqué, entre todos mis pantalones, el que me hace la cola más chica para evitar que mi abuela diga alguna indirecta relacionada con el tamaño de la misma. También, me encargué de buscar una remera linda, no muy escotada porque "las mujeres tienen que ser recatadas y no pueden andar mostrándose". Con mucho cuidado, logré planchar las dos cosas sin quemarlas. Puedo cantar victoria, hoy gané una pequeña pero importante batalla. Me aplaudo a mí misma.

Continuemos con lo que es, sin duda, lo más difícil. Estuve pensando en las preguntas que me pueden hacer.
1. ¿Dónde está Martín?
Respuesta: Los lunes y miércoles juega al fútbol con los amigos. (Esto creo que es verdad).
2. ¿No le molesta que hayas venido sin él?
Respuesta: Por supuesto que no. Él no quería faltar al partido y yo tampoco a la cena. (Yeah, right).
3. ¿Qué tal la convivencia?
Respuesta: Bárbaro, todo divino, por suerte. (Si hablamos de la convivencia desde el viernes de noche hasta el sábado de mañana no estaría mintiendo).
4. Pero el primer año es el más difícil, ¿de verdad todavía no hubo problemas entre ustedes?
Respuesta: No, Martín y yo no discutimos nunca. (Por la simple razón de que no nos vemos nunca)
5. ¿Y cómo te manejás con las tareas del hogar?
Respuesta: Muy bien. Ya lavo, plancho y cocino. ( Bueno, hoy planché. Y de la limpieza se encarga la nueva María, pero yo le pago, así que es como si lo hiciera yo).

Hasta ahí llegué. Supongo que si preguntan alguna otra cosa, recurriré a mi ingenio y a mis dotes de actriz para salir airosa. Igual, como dijo mi hermano, el centro de atención no voy a ser yo sino el macho. Me muero de curiosidad por saber como es.

Mañana les cuento.

martes, 2 de junio de 2009

Día 23 - El macho de Rebecca

Ayer sonó el teléfono. Miré el identificador de llamadas y decía "casa vieja".
- ¿Hola? - dije, con miedo.
- Gorda! – reconocí la voz de mi hermano y al fin pude respirar.
- Cerdo, ¿Qué hacés?
- Estoy estudiando un poco antes de ir al gimnasio. ¿Vos?
- En la misma, salvo por la parte del gimnasio, jajaja.
- Típico. Y como te conozco puedo asegurar que desde que te mudaste no prendiste el horno.
- Por supuesto que no. ¿Cómo anda todo por allá?
- Bien, pero te llamé por algo en particular.
- Ay, no. Mónica habló con mamá, ¿no? - pregunté con miedo.
- ¿Mónica?- se extrañó.
- Sí, me la encontré una vez en el super sin la alianza puesta y pensé que le había dicho a mamá. ¿No era eso?
- No, pero sos una imbécil. No te podés arriesgar así!
- Fabián, por favor. ¿Cuáles eran las probabilidades de encontrármela?
- Vos y tus probabilidades...
- Jajaja. Ahora estoy armando un modelo para calcular las chances de encontrarme de nuevo con un vecino que me gusta. Otro día te cuento la historia. ¿Qué me ibas a decir?
- Bueno, sentate. ¿Preparada?
- Dale, Fabián. Decime de una vez!
- Escuchá bien. La abuela tiene novio.
- ¿¿¿Qué???
- Si, y quiere hacer una cena el miércoles en la casa para presentarlo.
- ¿¿¿Qué??? ¿Vas a ir?
- Sí, no tengo más remedio. Pero...
- No, chiquito. Ni lo pienses - dije, leyéndole el pensamiento.
- Dale, vení conmigo. No puedo sobrevivir una comida así sin vos. ¿Con quién me voy a burlar de las idioteces que dice el tío Daniel?
- Me llamás después y nos burlamos juntos.
- No, dale, vení. Además me debés un favor.
- ¿Eh?
- Sí. ¿Te acordás de una vez que María no estaba y había un plato todo sucio como con aceite y huevo y lo lavé yo? En el momento establecimos que me debías una.
- Bueno, pero igual. Ese plato de mierda no es equivalente a una cena familiar. Además, me estarían preguntando toda la noche sobre el departamento y la vida de casada.
- No, justo ese día no. El centro de atención va a ser el macho de Rebecca.
- El macho! Jajajaja.
- En serio, Agus. Podrías aprovechar para comer algo decente. ¿Hace cuánto que no comes algo que no sea fideos?
- Hace mucho, pero no importa. ¿Aparte con Martín que haría? No lo puedo hacer pasar por otra cena. Todavía me sigue recriminando lo que fue su presentación a la familia.
-Nada, decís que los miércoles juega al fútbol con los amigos. Pero gorda, decime si no te da un poquito de curiosidad saber cómo es el tipo. O sea, ¿qué clase de persona quiere pasar tiempo con la abuela voluntariamente?
- Jajaja. No sé si lo tenés claro, pero nos vamos directo al infierno.
-Me importa muy poco. Bueno, ¿venís?
- Con una condición. Se cancela el favor del plato, y además me pasás a deber uno vos.
- Me sirve. Un placer hacer negocios con usted.

lunes, 1 de junio de 2009

Día 22 - Hello stranger (II)

Pensá rápido. Si Martín se entera se te arma, porque supuestamente no son exclusivos pero si te ve con otro tipo se muere, ya sabés como es. Y, si el vecino ve que estás mirando una película con alguien, va a interpretar que es tu novio y nunca más. Vamos, Agustina, usá tu ingenio.

Primero pensé en cambiarme de ropa para no abrirle la puerta con la remera de tres dólares de I love NY puesta, pero no había tiempo. Tenía que actuar rápido. Me acerqué a la puerta y grité "ya va". Fui hasta donde estaba Martín y le dije bajito "es Valentina, hablo con ella dos minutos acá afuera y ya vuelvo". Volví hasta la puerta, la abrí un poco y salí al pasillo.
- Hola, disculpá que no te abra pero una amiga se está vistiendo - mentí.
Venís bien, chiquita! Si salís de esta bien parada te merecés un monumento.
- No pasa nada - dijo el chico X. - Venía a presentarme nada más.
- Ah, bueno. Supongo que te corresponde como buen vecino - sonreí.
Qué comentario idiota, por dios.
- Sí, es parte de mis obligaciones- se rió. -Yo soy Sebastián, mucho gusto - y estiró la mano.
- Y yo Agustina. El gusto es mío - y se la di.
Es ahora o nunca. Aprovechá cualquier cosa que te diga para preguntarle en qué piso vive.
- Pero bueno, no te quiero retener porque tu amiga te espera, así que la seguimos otro día. Nos vemos - dijo, y me dio un beso en el cachete.
- Esperá, Sebastián - lo atajé antes de que se fuera a llamar al ascensor. - ¿Cuál me dijiste que era tu departamento?
Tengo clarísimo que nunca me lo dijo, pero era mi única oportunidad.
- Nunca te lo llegué a decir - se rió. -El octavo A. Cualquier cosa que precises, a las órdenes.
- Gracias - sonreí. - Nos vemos.

Abrí la puerta de mi casa y entré. Volví para el cuarto y me tiré al lado de Martín.
- ¿Y? - preguntó.
- Quedamos que hablábamos bien en otro momento- contesté. - Ya veremos como siguen las cosas, pero por ahora todo parecería indicar que vamos por buen camino.

domingo, 31 de mayo de 2009

Día 21- Hello stranger (I)

Ayer estuve todo el día con el tema de Valentina en la cabeza. Por un lado, es mi amiga y la quiero. Por otro, lo hecho, hecho está y yo no me arrepiento de nada. Yo no voy a abandonar mi departamento, que a esta altura amo tanto como a mi auto.

Traté de distraerme un rato porque el tema me tenía medio mal, así que me puse a estudiar. Pero tampoco pude concentrarme. Sentía una mezcla de molestia por la situación, un poco de culpa porque seguro que algo hice mal yo (no me refiero a la mudanza, sino a como manejé la situación con ella) y una cierta incertidumbre de no saber que hacer ni qué va a pasar. Pero, por el momento, decidí que lo mejor era no hablar hasta aclarar mi cabeza.

A eso de las nueve Martín me mandó un mensaje a ver en qué andaba y le dije que se viniera. Pensé que por lo menos me iba a sacar el tema de la cabeza por un rato.
Llegó como a las nueve y media, con una película. Agarré la coca light de la heladera, algo para comer y nos tiramos en mi colchón a verla. Diez minutos después, sonó el timbre.

- ¿Esperás a alguien? – preguntó Martín mientras ponía pausa.
- No – dije, extrañada. – Debe ser la imbécil de Valentina.
- Tranquila, chiquita - se rió. -¿Qué pasó ahora?
- Ayer me mandó un mensaje preguntándome si podíamos hablar y no se lo contesté. Así que como no tiene nada mejor que hacer, se debe haber venido hasta acá – y me paré para ir a abrir.

Para mi enorme sorpresa, Valentina no había sido la que tocó timbre. Del otro lado de la puerta se encontraba, ni más ni menos que mi vecinito.

sábado, 30 de mayo de 2009

Día 20 - De como tomé la decisión

Hace un rato me llegó un mensaje de Valentina. Decía simplemente "Podemos hablar?". No supe que contestarle, porque la verdad es que puedo, pero no sé si quiero. Así que como estaba concentrada elaborando un modelo de comportamiento del vecino, dejé el mensaje sin contestar y supuse que más tarde pensaría que hacer.

Debo decir que las cosas con ella están mal hace tiempo. Todo empezó con el tema del casamiento. Cuando le conté mi idea me dijo que era una mentirosa, que no me importaba nadie más que yo, y que lo único que quería era tener un lugar para tener sexo. Yo sé que lo que yo hice no es correcto, por decirlo de alguna manera, y que a más de una persona le iba a parecer mal. Pero me prometí a mí misma que no iba a ser un factor relevante en cuánto a decidir que hacer.

Tomar la decisión no fue nada fácil. Recién después de que Martín me dijo que sí, realmente empecé a pensar en todo lo que implicaría. En primer lugar, tendría que mentirle a mi abuelo, con todo lo que lo quiero. Mentirle para aprovecharme de una oferta que me hizo. Mentirle para irme de mi casa. Mentirle para que me regalara el departamento. En segundo lugar, tendría que montar un operativo digno de Los Simuladores para mi familia. Pretender que Martín y yo estábamos juntos. Pretender que eramos la pareja perfecta. Pretender que nos amábamos hasta el punto de casarnos a los 21 años para poder vivir juntos. En tercer lugar, involucrar a Martín. Involucrar a una amiga que trabaja en el registro civil. Involucrar a un conocido de mi tío Mauricio para obtener un par de favores.

Y, por otro lado, estaban todos los factores que me llevaron a inclinarme por el sí. Madie, una lectora, me preguntó sobre esto el otro día y ahí me di cuenta de que nunca lo había realmente explicado. Le respondí: Supongo que la necesidad se hizo mucho más fuerte después de que viví sola en Nueva York por un mes a los 19, y volver a mi casa fue un choque enorme. Allá me acostumbré a hacer lo que me diera la gana, todo el tiempo. Desayunaba en la cama en bombacha mirando Seinfeld, entraba y salía cuando quería, y comía a cualquier hora. Fue el mejor mes de mi vida, y vivir sola fue gran parte de eso. Más allá de que el lugar es espectacular y todo, fue una experiencia personal que me ayudó a darme cuenta de que vivir sola era exactamente lo que necesitaba. Y además me despejé. Fue un mes en el que no tenía que escuchar como todos los miembros de mi familia se peleaban por plata, o como nadie se soporta pero pretenden que sí porque "la familia es lo más importante". Y la conviviencia con mis padres a la vuelta se volvió muy difícil.

La relación con mi madre nunca fue buena. Con mi padre sí, pero la que mandaba en mi casa cual monarca absoluto era mi mamá.
A ella nunca le interesó escuchar, ni saber que nos pasaba a mi y a mi hermano. Tenía una regla de que no se le podía hablar en seguida que llegara, ni se le podían hacer pedidos después de las nueve. Nos mandaba a un colegio bilingüe, de ocho a cinco, después nos obligaba a ir a hacer deporte. Los viernes nos mandaba a una escuelita a aprender tradiciones judías, y los sábados a unos clubes horribles para chicos judíos, que con mi hermano odiábamos. Todos los sábados (lo juro) llorábamos antes de ir, porque de verdad la pasábamos mal. Yo siempre me sentía afuera de todo, las chicas que estaban en "mi grupo" siempre me trataban mal y los chicos ni siquiera me hablaban porque no me consideraban lo suficientemente linda o algo para mercer su atención. Y, sin embargo, hasta los quince años me obligaron a ir. Todo para tener libre la tarde del sábado y no tener que encargarse de nosotros.

Cuando, por ejemplo, yo invitaba amigas a dormir, al otro día insistía en que nos levantáramos temprano porque siempre le molestaba que la gente durmiera hasta tarde. Para asegurarse de que entendiéramos el mensaje, nos abría la puerta a las nueve de la mañana y después llamaba a mi cuarto desde el otro teléfono para que el ruido nos despertara.

Cuando a los dieciséis años le conté que había empezado a salir con Martín, me dijo que no podía estar con él en mi cuarto y que tenía prohibido tener sexo, que me tenía que mantener virgen hasta el matrimonio. Que si venía teníamos que ir al living, y dejar la puerta abierta. Y después me preguntó cuándo se los iba a presentar. En seguida me di cuenta de la magnitud del error que había cometido, pero ya no había vuelta atrás, así que no tuve más opción que inventarle que habíamos terminado y empezar a verlo a escondidas. Todos los viernes después que mis padres se dormían, le mandaba un mensaje a Martín para que viniera, le abría la puerta en silencio y nos metíamos en mi cuarto. Por suerte nunca nos descubrieron, de lo contrario no podría estar escribiendo esto ya que mi cuerpo estaría tirado en alguna zanja.

Y hay tantos otros hechos, que no sé si alguna vez terminaría de escribirlos. Episodios relacionados con la comida, con mi supuesta gordura, con mi personalidad, con que no me comportaba como una princesita y con mis notas, que eran excelentes para todo el mundo menos para ella.

Es bastante triste que para terminar con todo esto me haya ido de mi casa, pero no tenía otra opción. Cada vez que trataba de hablar con mi madre me contestaba "Mi casa, mis reglas". Y contra ese argumento no hay nada que puedas decir, es una frase totalmente autoritaria e inflexible, algo así como decir "no me importa lo que tengas para decir porque a fin de cuentas es mi casa y mando yo".

Y yo me pregunto, ¿Cómo puede ser que para Valentina, todo esto se reduzca a que me casé porque quería un lugar para tener sexo? ¿Es posible que entienda tan poco mis razones? Y, finalmente, ¿Debería contestarle el mensaje y, efectivamente, hablar con ella?