Ayer, después de mucho reflexionar, decidí que tenía que tratar de recomponerme como pudiera para hablar con Sebastián. Porque, a fin de cuentas, ¿qué sentido tendría sino haber terminado las cosas con Martín si no era para apostarle a algo con el vecino? Además, pensé que si seguía esperando, él iba a interpretar que mi respuesta era no. Y eso era lo que menos quería.
Me bañé durante un largo rato, me lavé el pelo, me peiné (no lo hago siempre, por eso aclaro, y mucho menos en los últimos días), y traté de que se me notara un poco menos la cara de muerta que tenía. Me puse una toalla mojada en agua fría sobre los párpados para deshincharlos, para disimular que me había pasado los últimos días llorando a más no poder. Después me puse un poco de rimmel, apenas, y un toque de rubor.
Me vestí más o menos bien, pero sin exagerar. Jean, remera azul con voladitos, y mis adoradas y tan versátiles chatitas negras.
Me miré al espejo, y noté que había cubierto mi aspecto de estoy-en-camisón-desde-el-domingo-de-noche-y-sin-tener-contacto-con-la-sociedad bastante bien. Listo, a ver al vecino, entonces.
Tomé el ascensor para subir los tres pisos que nos separan, y toqué timbre. Cuando me abrió, fue un poco frío, y me saludó con un beso en el cachete. Supongo que era porque no sabía si yo estaba ahí para decirle que sí o que no.
- Pasá, Agus. Sentate.
- Gracias - dije. Y me senté en una de las sillas del comedor.
- Bueno, te escucho.
- Ok, en primer lugar, disculpá que demoré en venirte a hablar. Estos días no me estuve sintiendo muy bien.
- No pasa nada, yo te dije que te tomaras tu tiempo. ¿Estabas con gripe?
- No, por suerte nada muy grave. Dolor de cabeza, malestar general, nada más.
- Ah, bueno, me alegro de que no sea nada. ¿Y qué pensaste con respecto a lo nuestro?
- Que sí, que quiero algo con vos.
Sonrió, se acercó hacia mí y me abrazó.
- Qué bueno, linda. Pensé que iba a ser un "no".
Se separó de mí despacio, y me dio un beso. Suave, lento, largo. Y lo disfruté, aunque por un momento pensé en que hace unos días, tres pisos más abajo y con unos metros de diferencia había besado a Martín por última vez. Sentí un poco de tristeza, pero traté de no pensar en eso, y seguí dándole besos a Sebastián.
- Estás muy linda hoy. Bueno, no sólo hoy, pero hoy en particular.
- Gracias. Me parece que el hecho de que te haya dicho que sí te condicionó, jajaja.
- Puede ser. ¿Comiste o querés que te prepare algo?
- No, ya comí, no te preocupes - dije. Era mentira, me había comido unos cuantos alfajores, pero podía haber seguido comiendo perfectamente.
- Ah, yo también en verdad, pero pensé que capaz que no habías comido nada y me dio cosa no ofrecerte. ¿Qué comiste?
- Te digo pero no te rías.
- I promise.
- Cené alfajores.
- Jajaja. No, perdón, no me río. ¿Cuántos?
- Seis.
- ¿Y te llenaste? Mirá que no tengo problema en cocinarte, sabés que me encanta.
- Sí, ya sé, pero no te preocupes.
- Bueno, hacemos así. Te invito mañana a comer. Así tengo tiempo de comprar las cosas y prepararate algo bien rico. ¿Te parece?
- Me re parece, jaja.
- A mí también, jaja. ¿Querés quedarte a dormir ahora?
- Es una idea tentadora, pero paso. Tengo que terminar unas cosas del laburo. Pero mañana sí me quedo.
- Dale. Te espero mañana a eso de las diez, como siempre.
- Dale, querido. Bueno, me tengo que ir yendo.
- Un beso más y te dejo irte.
Me agarró la cara, me atrajo hacia él y me besó de nuevo. Esta vez más apasionadamente. Y ahí fue cuando me acordé de nuevo del último beso con Martín y sentí que todavía me quedaban algunas lágrimas por llorar. Me disculpé de nuevo por tenerme que ir, me dijo que no pasaba nada y que me esperaba a las diez.
Cuando cerró la puerta, mientras esperaba al ascensor, me cayeron algunas lágrimas. Abrí la puerta del departamento y seguí llorando un poco más. Pero ya no tan angustiada ni pensando en que no había vida después de Martín. Aparentemente la hay, y tiene el nombre Sebastián escrito por todos lados.
viernes, 31 de julio de 2009
jueves, 30 de julio de 2009
Día 81 - Day by day
Dejé por primera vez a Martín el veintiséis de diciembre del 2004. Lloré tres días en mi cama sin moverme de ahí, y recién salí al mundo exterior cuando fui obligada a ir a Punta del Este con mi familia. A mí nunca me gustó ir, porque odio la onda del lugar y sobre todo a la gente, pero fuimos verano tras verano porque es donde veranean los amigos de mis padres, y los amigos de mis abuelos.
Romi siempre pasa sus vacaciones en Colonia, y Fabi estaba visitando a sus primos en Brasil, así que con el corazón roto me encontré, como ahora, sola.
Ese mismo verano, mi tío Marcelo, el hermano de mi madre, acababa de terminar una relación con a quien yo le decía "la perra", en donde nunca quedó claro si le llegó a meter los cuernos a mi tío, pero todo apuntaba hacia ese lado. Después de darle vueltas y vueltas al tema, decidió que prefería dejarla. Y así nos vimos los dos, al mismo tiempo, en el período post-ruptura.
Yo era chiquita, tenía dieciséis y nunca había pasado por una nada similar. Mi tío sí, así que se encargó de levantarme del piso y decirme que todo iba a estar bien. Me explicó que si uno se pone a pensar en todo lo que se viene, el panorama no es bueno, porque uno siente que no va a superar al otro nunca. Y el sólo hecho de pensar en todo el dolor que eso te va a causar a futuro, te termina también amargando el presente.
Me dijo, también, que cuesta despegarse porque con el tiempo se establece una especie de adicción con respecto a la otra persona. Entonces, tu organismo se acostumbra a tener al otro cerca, de la misma manera que se acostumbra al cigarrillo o al alcohol. Y, como todos saben, tratar de erradicar una adicción es dificilísimo, de ahí tantos grupos y tantas fundaciones que luchan contra ellas. Pero, cuando empezás a vivir sin eso, el cuerpo de alguna manera con el tiempo acepta que no le vas a dar más, y la adicción se empieza a sentir cada vez menos.
Entonces, lo único que queda, es esperar a que pase el tiempo. Para que con el paso de él, se vaya haciendo más leve la necesidad de tener al otro cerca. Y, mientras tanto, tratar de pasarla lo mejor posible. Day by day, me dijo.
Cada día tratar de que las horas pasen rápido, de pensar lo menos posible y no darle vueltas al tema de si las cosas podrían haber sido diferentes. Mirar películas, series, y dentro de lo posible, salir. Convencerse de que hoy capaz que no estás bien, pero mañana seguro vas a estar un poco mejor.
Y así pasamos tardes enteras en la playa, tirados uno al lado del otro, tomando licuados. A veces hablando, y a veces pasando horas enteras en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos. Pero siempre, ambos con lentes negros puestos. Lentes, cuya función no era precisamente cubrirnos del sol.
Romi siempre pasa sus vacaciones en Colonia, y Fabi estaba visitando a sus primos en Brasil, así que con el corazón roto me encontré, como ahora, sola.
Ese mismo verano, mi tío Marcelo, el hermano de mi madre, acababa de terminar una relación con a quien yo le decía "la perra", en donde nunca quedó claro si le llegó a meter los cuernos a mi tío, pero todo apuntaba hacia ese lado. Después de darle vueltas y vueltas al tema, decidió que prefería dejarla. Y así nos vimos los dos, al mismo tiempo, en el período post-ruptura.
Yo era chiquita, tenía dieciséis y nunca había pasado por una nada similar. Mi tío sí, así que se encargó de levantarme del piso y decirme que todo iba a estar bien. Me explicó que si uno se pone a pensar en todo lo que se viene, el panorama no es bueno, porque uno siente que no va a superar al otro nunca. Y el sólo hecho de pensar en todo el dolor que eso te va a causar a futuro, te termina también amargando el presente.
Me dijo, también, que cuesta despegarse porque con el tiempo se establece una especie de adicción con respecto a la otra persona. Entonces, tu organismo se acostumbra a tener al otro cerca, de la misma manera que se acostumbra al cigarrillo o al alcohol. Y, como todos saben, tratar de erradicar una adicción es dificilísimo, de ahí tantos grupos y tantas fundaciones que luchan contra ellas. Pero, cuando empezás a vivir sin eso, el cuerpo de alguna manera con el tiempo acepta que no le vas a dar más, y la adicción se empieza a sentir cada vez menos.
Entonces, lo único que queda, es esperar a que pase el tiempo. Para que con el paso de él, se vaya haciendo más leve la necesidad de tener al otro cerca. Y, mientras tanto, tratar de pasarla lo mejor posible. Day by day, me dijo.
Cada día tratar de que las horas pasen rápido, de pensar lo menos posible y no darle vueltas al tema de si las cosas podrían haber sido diferentes. Mirar películas, series, y dentro de lo posible, salir. Convencerse de que hoy capaz que no estás bien, pero mañana seguro vas a estar un poco mejor.
Y así pasamos tardes enteras en la playa, tirados uno al lado del otro, tomando licuados. A veces hablando, y a veces pasando horas enteras en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos. Pero siempre, ambos con lentes negros puestos. Lentes, cuya función no era precisamente cubrirnos del sol.
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Martín (mi "algo"),
Mi tio Marcelo (hermano de mamá)
miércoles, 29 de julio de 2009
Día 80 - Nothing's fine, I'm torn
Desde el domingo de noche que no hago más que arrastrarme de un lugar a otro en camisón, principalmente de la cama a la cocina. Menos mal que fui previsora y compré muchas cosas con chocolate antes de la charla, porque sabía que de alguno de los dos me iba a tener que despedir y eso me angustiaba muchísimo. Así que resolví que mis penas iban a ser ahogadas en chocolate, y por lo tanto debía abastecerme de él. Compré muchas galletitas, alfajores, chocolate en barra. En resumen, todo lo que encontré en el super que tuviera chocolate.
Cancelé mis compromisos alegando que me sentía mal, lo cual no es del todo mentira. Me siento horrible. Me duele todo el cuerpo como si hubiera corrido una maratón o como si alguien me hubiera pegado en todos lados. No tengo ganas de hacer nada más que tirarme en el colchón a llorar, mirar series, y comer como un cerdo. Estuve pidiendo delivery, a costa de mi presupuesto, pero no me importa. En estas cosas uno hace lo que puede.
Tengo una llamada perdida de Valentina en el celular, que asumo es porque se enteró, pero no le pienso devolver el llamado. En mi casilla de mails, tengo uno de Fabi y otro de Romi, preguntando si hay novedades. Pero todavía no me animo a escribirles, y mucho menos a llamarlas. Contarlo, hace que pase a ser más creíble. Poder contarlo, implica aceptarlo. Y no sé si todavía lo hice.
Desde el domingo de noche que sueño que va a sonar el timbre, y va a ser Martín con un ramo de rosas. Sueño que me dice que me ama y que sí, todo puede estar bien entre nosotros. Sueño que ese beso en la puerta no fue el último, sino el primero de algo mucho mejor. Pero después me despierto, y me doy cuenta de que estoy sola, y de que Martín no va a volver a aparecer por la puerta de donde salió. Que va a pasar a ser un conjunto de recuerdos en mi cabeza. Desde nuestro primer beso, el cuatro de julio del 2004, hasta el último, el veintiséis de julio del 2009. Una sucesión de imágenes de cinco años de idas y vueltas que, para bien o para mal, terminaron.
Me cuesta creer que nunca más voy a sentir su perfume, y que ya no habrá más cenas de Burger King en el colchón. Que nunca más vamos a estar tirados en la cama, abrazados, hablando de pavadas. Y definitivamente, no puedo aceptar que nunca más vamos a "hacer el amor", como le llama él.
Yo sé que tengo al vecino, y que en algún momento le voy a tener que decir que sí, que quiero arriesgarme y ver que pasa. Pero, por ahora, no puedo concebir la idea de salir de mi departamento, ni siquiera para ir a tocarle timbre y decirle que quiero que estemos juntos. Hoy, en lo único que puedo pensar, es en el que se fue para no volver más.
Cancelé mis compromisos alegando que me sentía mal, lo cual no es del todo mentira. Me siento horrible. Me duele todo el cuerpo como si hubiera corrido una maratón o como si alguien me hubiera pegado en todos lados. No tengo ganas de hacer nada más que tirarme en el colchón a llorar, mirar series, y comer como un cerdo. Estuve pidiendo delivery, a costa de mi presupuesto, pero no me importa. En estas cosas uno hace lo que puede.
Tengo una llamada perdida de Valentina en el celular, que asumo es porque se enteró, pero no le pienso devolver el llamado. En mi casilla de mails, tengo uno de Fabi y otro de Romi, preguntando si hay novedades. Pero todavía no me animo a escribirles, y mucho menos a llamarlas. Contarlo, hace que pase a ser más creíble. Poder contarlo, implica aceptarlo. Y no sé si todavía lo hice.
Desde el domingo de noche que sueño que va a sonar el timbre, y va a ser Martín con un ramo de rosas. Sueño que me dice que me ama y que sí, todo puede estar bien entre nosotros. Sueño que ese beso en la puerta no fue el último, sino el primero de algo mucho mejor. Pero después me despierto, y me doy cuenta de que estoy sola, y de que Martín no va a volver a aparecer por la puerta de donde salió. Que va a pasar a ser un conjunto de recuerdos en mi cabeza. Desde nuestro primer beso, el cuatro de julio del 2004, hasta el último, el veintiséis de julio del 2009. Una sucesión de imágenes de cinco años de idas y vueltas que, para bien o para mal, terminaron.
Me cuesta creer que nunca más voy a sentir su perfume, y que ya no habrá más cenas de Burger King en el colchón. Que nunca más vamos a estar tirados en la cama, abrazados, hablando de pavadas. Y definitivamente, no puedo aceptar que nunca más vamos a "hacer el amor", como le llama él.
Yo sé que tengo al vecino, y que en algún momento le voy a tener que decir que sí, que quiero arriesgarme y ver que pasa. Pero, por ahora, no puedo concebir la idea de salir de mi departamento, ni siquiera para ir a tocarle timbre y decirle que quiero que estemos juntos. Hoy, en lo único que puedo pensar, es en el que se fue para no volver más.
martes, 28 de julio de 2009
Día 79 - Finalmente, la charla (II)
- ¿Sabés lo que pasa, Agus?
- ¿Qué, Martín?
- Que yo en un momento quise...
- ¿Pero?
- Pero vos me fuiste alejando.
- ¿Cuándo?
- Y cuando yo volví de Israel te dije para empezar algo y vos me dijiste que no sabías. En principio me dijiste que sí, pero...
- Pero después vos no apareciste por una semana.
- Sí, yo sé que estuve mal. Pero tampoco para que me dijeras que no me querías ver nunca más.
- Bueno, Martín, ¿qué querés? No puedo estar esperandote toda la vida. Supuestamente estando allá te diste cuenta de que querías estar conmigo. Lo mínimo que posías hacer era hacer todo lo posible para estar conmigo cuando volvieras. Y desparecer por una semana no fue lo indicado.
- Ok, te acepto que esa vez el error fue mío. Pero después te busqué de nuevo, te pedí para hablar y me dijiste que no. Estuve meses tratando de que volviéramos a hablar, aunque sea para que quedara todo bien entre nosotros y a vos ni te importó.
- ¿Ni me importó? ¿No te das cuenta de que no pude verte durante todo ese tiempo porque me seguías importando? ¿Te pensás que no quise volver a verte y volver a estar con vos?
- ¿Entonces por qué no quisiste verme para arreglar las cosas?
- ¡Porque ibamos a arreglas las cosas y después me ibas a volver a dejar!
- ¡Yo nunca te dejé! Recorré nuestra historia y te vas a dar cuenta de que siempre fuiste vos la que cortó todo.
- Técnicamente, sí. ¿Pero por qué te parece que lo hice? ¿Qué clase de seguridad me dabas vos, Martín?
- Yo cambié, Agus. Mucho. Y es eso lo que vos nunca viste.
- ¿Desde cuándo?
- Desde que volviste de Nueva York seguro. ¿Ves? Esa fue otra vez en la que fuiste vos la que no quiso. Yo te dije de volver y fuiste vos la que planteó la relación sin compromisos.
Respiré hondo, y sin poder parar de llorar seguí hablando.
- ¿Cómo podías esperar que reaccionara yo ante tu planteo? ¿Qué querías que te dijera? ¿"Te amo, Martín. Vamos a volver así somos felices para siempre"?
- No, ¡pero por lo menos me podrías haber dado una oportunidad!
- ¿Pero no te das cuenta de que no pude? ¿Cómo se suponía que volviera a confiar en vos después de tantas veces que no supiste qué era lo que querías conmigo?
- Yo entiendo eso. Por eso acepté la relación sin compromisos. Pero siempre tuve la esperanza de que en algún momento te dieras cuenta de que yo cambié. Y nunca lo hiciste.
- A ver, ¿en qué sentido cambiaste?
- En todo sentido, Agus. En todo este tiempo si nos vimos fue por mí. Te llamé absolutamente todos los fines de semana para verte. Te mandé mensajes, millones de veces, sólo para saber como estabas. Vos pensaste que yo sólo quería tener sexo con vos, pero para mí siempre fue mucho más.
- ¿Y entonces?
- Y entonces me cansé. De que nunca me dijeras "te quiero", de que nunca hicieras nada para verme, de que si no era por mí, ni hablábamos.
- Pero yo puedo cambiar eso, dame tiempo.
- No, Agus. Ahora ya está. Incluso en el último tiempo me demostraste que no querías nada conmigo. Yo ya me saqué de la cabeza la idea de que nosotros podíamos llegar a algo más - dijo, y le cayó una lágrima.
- ¿En el último tiempo? ¿Qué fue lo que hice?
- A la mínima cosa, saliste corriendo. Después que dejé el cepillo de dientes acá, se notaba que me querías decir algo pero no te animaste. Y cuando te pedí el cajón, en seguida me preguntaste si me quería mudar.
- ¿Y querías? - dije, llorando a más no poder.
- No sé, supongo que quería que las cosas fueran tendiendo hacia ese lado. Pero en seguida te asustaste, y ahí supe que lo nuestro iba a ser siempre esto. Vernos el viernes, o el sábado, y el resto de la semana ni hablar. Me hubiera gustado, qué sé yo, sentir que podía venir más seguido. Que estaba bien que viniera un día, simplemente a verte un rato. Pero en seguida capté que no me querías acá más que una vez por semana.
- Es que no es así. Si me lo hubieras dicho en el momento lo hubiéramos hablado. Sólo me tenías que decir que querías algo más. Yo te hubiera dicho que sí. Todavía podemos arreglarlo, mi amor. Dame vos una oportunidad ahora.
- No, Agus. Ya no puedo. Porque yo tampoco me quiero enganchar con vos. Porque vos tampoco sabés qué es lo que querés conmigo. Hace un año y medio me dijiste que querías tener una relación sin compromisos y ahora me decís que ya no lo querés más. Que no querés el gris, que querés que sea blanco o negro. Y yo no puedo decirte que sí, que quiero todo con vos, porque el día de mañana te arrepentís y me volvés a dejar.
- No me voy a arrepentir. Por favor, la última oportunidad. Tantas idas y vueltas entre nosotros tienen que contar.
- Cuentan, sí. Pero me parece que es hora de que vos y yo nos despidamos. Hay demasiada historia entre nosotros. Yo te lastimé, y por mi culpa después nunca quisiste nada. Y yo eso no lo puedo arreglar. Pero cuando cambié, tampoco lo viste. Y ya pasó un año y medio, así que dudo que en algún momento te des cuenta de que yo no soy el mismo que no supo lo que quería con vos a los dieciséis, y que de nuevo no lo supo a los dieciocho.
- Yo sé que cambiaste. Lo del casamiento no fue ninguna pavada y lo hiciste para que yo fuera feliz. Y hacés cosas que antes no hacías. A veces me preparás el desayuno, o me ofrecés venir a cuidarme cuando me siento mal. Yo sé que sos otro Martín. Pero pensé que ese tampoco quería nada conmigo.
- Bueno, pero no era así. Yo sí quise, y pensé que vos eras la que no. Pero ahora que lo pienso, y después de esta conversación me doy cuenta de que es mejor dejar las cosas acá. No podemos volver el tiempo atrás. Si lo hubieramos hablado en el momento indicado, ahora estaríamos juntos. Pero no lo hicimos, y me parece que el tren ya se fue.
- Me parece que no se fue del todo.
- Sí, mi amor. Se fue. Por lo menos para mí, se fue. Hace un tiempo que ya me hice la idea de que nunca ibamos a pasar a otro nivel. Perdoname, Agus, pero eso es algo que ya no va a cambiar.
- Bueno, ¿entonces no nos vemos más? - pregunté en el medio de uno de los peores llantos de mi vida. En este momento apenas podía hablar, las palabras me salían entrecortadas y sentía los ojos hinchados. Me dolía todo el cuerpo, cada centímetro de él. Me imaginaba a Martín saliendo por la puerta y nunca más volviendo y sentía que me faltaba el aire.
- Me parece lo mejor.
- ¿Ya no hay nada que pueda hacer?
- No, mi amor. Perdoname - dijo, se acercó, y me abrazó. Yo lloraba sin parar, y no podía creer que esa fuera la última vez que lo iba a ver.
- Bueno, no hagamos esto más difícil de lo que ya es. Nos despedimos de una vez y no nos vemos más - dije, pero no lo podía soltar. Él tampoco podía hacerlo, nos quedamos diez minutos abrazados, en silencio, y llorando los dos.
Lentamente me fui separando de él, como pude. Le pedí por favor que se fuera de una vez, así podía tirarme en mi cama a llorar comiendo galletitas.
- Bueno, me voy. ¿Qué querés hacer con nuestro matrimonio?
- No sé - dije. No podía ni pensar en eso.
- Bueno, a mí no me cambia en lo más mínimo. No lo anules todavía para que en tu familia no sospechen.
- Ok, pero no te voy a llamar más para que vengas a actuar como mi esposo. Voy a ver que invento, pero nuestro supuesto matrimonio terminó acá.
- Bueno, pero si podés frente a tu familia estiralo un poco. Decí que me fui de viaje o algo la próxima vez que me quieran ver.
- Bueno. Ahora sí, te acompaño a la puerta.
Y ahí, antes de despedirnos, fue como si hubiera habido un imán poderosísimo que atrajo nuestras bocas. Y ahí, con la puerta entreabierta, nos dimos el último beso.
- ¿Qué, Martín?
- Que yo en un momento quise...
- ¿Pero?
- Pero vos me fuiste alejando.
- ¿Cuándo?
- Y cuando yo volví de Israel te dije para empezar algo y vos me dijiste que no sabías. En principio me dijiste que sí, pero...
- Pero después vos no apareciste por una semana.
- Sí, yo sé que estuve mal. Pero tampoco para que me dijeras que no me querías ver nunca más.
- Bueno, Martín, ¿qué querés? No puedo estar esperandote toda la vida. Supuestamente estando allá te diste cuenta de que querías estar conmigo. Lo mínimo que posías hacer era hacer todo lo posible para estar conmigo cuando volvieras. Y desparecer por una semana no fue lo indicado.
- Ok, te acepto que esa vez el error fue mío. Pero después te busqué de nuevo, te pedí para hablar y me dijiste que no. Estuve meses tratando de que volviéramos a hablar, aunque sea para que quedara todo bien entre nosotros y a vos ni te importó.
- ¿Ni me importó? ¿No te das cuenta de que no pude verte durante todo ese tiempo porque me seguías importando? ¿Te pensás que no quise volver a verte y volver a estar con vos?
- ¿Entonces por qué no quisiste verme para arreglar las cosas?
- ¡Porque ibamos a arreglas las cosas y después me ibas a volver a dejar!
- ¡Yo nunca te dejé! Recorré nuestra historia y te vas a dar cuenta de que siempre fuiste vos la que cortó todo.
- Técnicamente, sí. ¿Pero por qué te parece que lo hice? ¿Qué clase de seguridad me dabas vos, Martín?
- Yo cambié, Agus. Mucho. Y es eso lo que vos nunca viste.
- ¿Desde cuándo?
- Desde que volviste de Nueva York seguro. ¿Ves? Esa fue otra vez en la que fuiste vos la que no quiso. Yo te dije de volver y fuiste vos la que planteó la relación sin compromisos.
Respiré hondo, y sin poder parar de llorar seguí hablando.
- ¿Cómo podías esperar que reaccionara yo ante tu planteo? ¿Qué querías que te dijera? ¿"Te amo, Martín. Vamos a volver así somos felices para siempre"?
- No, ¡pero por lo menos me podrías haber dado una oportunidad!
- ¿Pero no te das cuenta de que no pude? ¿Cómo se suponía que volviera a confiar en vos después de tantas veces que no supiste qué era lo que querías conmigo?
- Yo entiendo eso. Por eso acepté la relación sin compromisos. Pero siempre tuve la esperanza de que en algún momento te dieras cuenta de que yo cambié. Y nunca lo hiciste.
- A ver, ¿en qué sentido cambiaste?
- En todo sentido, Agus. En todo este tiempo si nos vimos fue por mí. Te llamé absolutamente todos los fines de semana para verte. Te mandé mensajes, millones de veces, sólo para saber como estabas. Vos pensaste que yo sólo quería tener sexo con vos, pero para mí siempre fue mucho más.
- ¿Y entonces?
- Y entonces me cansé. De que nunca me dijeras "te quiero", de que nunca hicieras nada para verme, de que si no era por mí, ni hablábamos.
- Pero yo puedo cambiar eso, dame tiempo.
- No, Agus. Ahora ya está. Incluso en el último tiempo me demostraste que no querías nada conmigo. Yo ya me saqué de la cabeza la idea de que nosotros podíamos llegar a algo más - dijo, y le cayó una lágrima.
- ¿En el último tiempo? ¿Qué fue lo que hice?
- A la mínima cosa, saliste corriendo. Después que dejé el cepillo de dientes acá, se notaba que me querías decir algo pero no te animaste. Y cuando te pedí el cajón, en seguida me preguntaste si me quería mudar.
- ¿Y querías? - dije, llorando a más no poder.
- No sé, supongo que quería que las cosas fueran tendiendo hacia ese lado. Pero en seguida te asustaste, y ahí supe que lo nuestro iba a ser siempre esto. Vernos el viernes, o el sábado, y el resto de la semana ni hablar. Me hubiera gustado, qué sé yo, sentir que podía venir más seguido. Que estaba bien que viniera un día, simplemente a verte un rato. Pero en seguida capté que no me querías acá más que una vez por semana.
- Es que no es así. Si me lo hubieras dicho en el momento lo hubiéramos hablado. Sólo me tenías que decir que querías algo más. Yo te hubiera dicho que sí. Todavía podemos arreglarlo, mi amor. Dame vos una oportunidad ahora.
- No, Agus. Ya no puedo. Porque yo tampoco me quiero enganchar con vos. Porque vos tampoco sabés qué es lo que querés conmigo. Hace un año y medio me dijiste que querías tener una relación sin compromisos y ahora me decís que ya no lo querés más. Que no querés el gris, que querés que sea blanco o negro. Y yo no puedo decirte que sí, que quiero todo con vos, porque el día de mañana te arrepentís y me volvés a dejar.
- No me voy a arrepentir. Por favor, la última oportunidad. Tantas idas y vueltas entre nosotros tienen que contar.
- Cuentan, sí. Pero me parece que es hora de que vos y yo nos despidamos. Hay demasiada historia entre nosotros. Yo te lastimé, y por mi culpa después nunca quisiste nada. Y yo eso no lo puedo arreglar. Pero cuando cambié, tampoco lo viste. Y ya pasó un año y medio, así que dudo que en algún momento te des cuenta de que yo no soy el mismo que no supo lo que quería con vos a los dieciséis, y que de nuevo no lo supo a los dieciocho.
- Yo sé que cambiaste. Lo del casamiento no fue ninguna pavada y lo hiciste para que yo fuera feliz. Y hacés cosas que antes no hacías. A veces me preparás el desayuno, o me ofrecés venir a cuidarme cuando me siento mal. Yo sé que sos otro Martín. Pero pensé que ese tampoco quería nada conmigo.
- Bueno, pero no era así. Yo sí quise, y pensé que vos eras la que no. Pero ahora que lo pienso, y después de esta conversación me doy cuenta de que es mejor dejar las cosas acá. No podemos volver el tiempo atrás. Si lo hubieramos hablado en el momento indicado, ahora estaríamos juntos. Pero no lo hicimos, y me parece que el tren ya se fue.
- Me parece que no se fue del todo.
- Sí, mi amor. Se fue. Por lo menos para mí, se fue. Hace un tiempo que ya me hice la idea de que nunca ibamos a pasar a otro nivel. Perdoname, Agus, pero eso es algo que ya no va a cambiar.
- Bueno, ¿entonces no nos vemos más? - pregunté en el medio de uno de los peores llantos de mi vida. En este momento apenas podía hablar, las palabras me salían entrecortadas y sentía los ojos hinchados. Me dolía todo el cuerpo, cada centímetro de él. Me imaginaba a Martín saliendo por la puerta y nunca más volviendo y sentía que me faltaba el aire.
- Me parece lo mejor.
- ¿Ya no hay nada que pueda hacer?
- No, mi amor. Perdoname - dijo, se acercó, y me abrazó. Yo lloraba sin parar, y no podía creer que esa fuera la última vez que lo iba a ver.
- Bueno, no hagamos esto más difícil de lo que ya es. Nos despedimos de una vez y no nos vemos más - dije, pero no lo podía soltar. Él tampoco podía hacerlo, nos quedamos diez minutos abrazados, en silencio, y llorando los dos.
Lentamente me fui separando de él, como pude. Le pedí por favor que se fuera de una vez, así podía tirarme en mi cama a llorar comiendo galletitas.
- Bueno, me voy. ¿Qué querés hacer con nuestro matrimonio?
- No sé - dije. No podía ni pensar en eso.
- Bueno, a mí no me cambia en lo más mínimo. No lo anules todavía para que en tu familia no sospechen.
- Ok, pero no te voy a llamar más para que vengas a actuar como mi esposo. Voy a ver que invento, pero nuestro supuesto matrimonio terminó acá.
- Bueno, pero si podés frente a tu familia estiralo un poco. Decí que me fui de viaje o algo la próxima vez que me quieran ver.
- Bueno. Ahora sí, te acompaño a la puerta.
Y ahí, antes de despedirnos, fue como si hubiera habido un imán poderosísimo que atrajo nuestras bocas. Y ahí, con la puerta entreabierta, nos dimos el último beso.
lunes, 27 de julio de 2009
Día 78 - Finalmente, la charla (I)
Ayer estuve todo el día dándole vueltas al tema, decidiendo la mejor manera de encarar a Martín, buscando la forma de lograr el menor daño posible. Tome la decisión de hacer lo que ya tenía pensado de antes (en lo que Fabi estuvo de acuerdo), en cuanto a decirle a Martín que acababa de conocer al vecino.
Demás está decir que todo el día estuve con un nudo en el estómago, llorando a más no poder e imaginando todos los escenarios posibles. Y ni siquiera supe cual es el que quería. No sabía si quería que Martín finalmente se decidiera a tener algo en serio conmigo o, por el contrario, si era mejor para mí no verlo nunca más.
Mi marido tocó timbre a las nueve, puntual, como siempre. Me saludó con un beso-beso, lo cual yo antes había pensado en evitar, pero bueno. No pudo ser. Lo hice pasar y le pedí que se sentara. Me miró a los ojos, y me preguntó si había estado llorando. Le dije que sí. Empecé a dar vueltas, porque no encontraba las palabras exactas. Se ve que dio cuenta de que yo no sabía como empezar, entonces habló él.
-¿Qué pasó mi amor? Contame.
- No, es que no hay nada que contar, no pasó nada todavía.
- ¿Todavía?
- Sí, ahora te explico. Tenemos que hablar, Martín.
- Uh, esa frase nunca puede ser buena. Te escucho.
- Bueno, a ver, no sé ni como decirte esto...
- Decime de una vez, lo voy a poder tolerar.
- Bueno - dije, y respiré hondo. - Un vecino de acá me invitó a salir.
- Bueno, justo eso no lo tolero. ¿Para qué me lo decís, Agus? En nuestra relación tenemos una sola regla, que es no hablar de otras personas. Regla que, te recuerdo, pusiste vos.
- Sí, ya sé. Pero esto es otra cosa. Es decir, no quiero estar con los dos.
- ¿Y qué es lo que querés?
- No sé, Martín. No sé, ¿entendés?
- ¿Cómo que no sabés? Tenés que saber algo porque si no no estaríamos teniendo esta conversación. Estarías saliendo con el tipo, sin decirme nada a mí, como acordamos. O sea que hay algo que querés que se modifique en lo que tenemos y asumo que va para el lado de no vernos más - dijo, subiendo el tono.
- ¿Sabés lo que pasa? Es que lo que tenemos nosotros es...no sé...extraño.
- ¿Extraño? Explicame porque no entiendo.
- Estamos en una relación sin compromisos hace un año y medio. ¿Qué significa eso, Martín? ¿Qué significa que hace un año y medio nos veamos todos los fines de semana? ¿Qué significa que nos digamos "te quiero" y "mi amor"? Y, sobre todo, ¿qué significa que en todo este tiempo vos no hayas estado con nadie más?
- Significa, que te quiero y vos a mí. Que nos gusta vernos, y estar juntos. Y el hecho de que yo no quiera estar con nadie más, no sé, fue algo que se dio. Yo te dije que pensé que iba a querer estar con otras.
- Sí, ¡pero no estuviste! A eso voy, Martín. ¿Por qué no estuviste con otras?
- Porque no quise, Agus. No sé por qué. El tema es que vos sí querés estar con otro.
- No, no sé si ese es el tema acá. Creo que la invitación de él a salir fue un disparador.
- ¿Un disparador de qué?
- De preguntas, sobre nosotros.
- ¿Cuáles preguntas?
- Estas, las que te hice recién. Se supone que una relación sin compromisos es, precisamente, sin compromisos. Y entre nosotros hay compromisos, hay sentimientos, hay todo.
- Sí, es verdad.
- ¿Entonces dónde nos deja eso, Martín?
- Es que no entiendo a donde vas con todo esto. Es verdad que nuestra relación es un poco rara, sí. Pero eso es porque no empezamos esta historia de cero. Lo nuestro viene de años. Y bueno, las cosas se confunden.
- Sí, y es a eso a lo que voy. ¿Qué somos, a fin de cuentas?
- Somos...no sé que somos. Pero salí con el tipo, hacé lo que quieras.
- ¿"Hacé lo que quieras"? ¿Ves que te enojás? Si de verdad estuviéramos en algo que fuera sólo sexo no habría posibilidad de celos de ninguna de las partes.
- Ok, no me enojo. Salí con él, probá y ves. Si te parece que lo de ustedes puede llegar a ser algo serio, no nos vemos más.
- No, Martín. No quiero eso.
- Y entonces, Agustina, te vuelvo a preguntar. ¿Qué es lo qué querés?
- Supongo que lo quiero es una definición de tu parte - dije, y me cayó una lágrima.
- No llores, Agus. Me mata cuando llorás.
- Es que no lo puedo evitar. Decime, Martín. ¿Vos querés algo más conmigo de lo que tenemos ahora? Porque ya no quiero esto. Ya no quiero el gris, quiero que sea blanco o negro. O estamos juntos o no nos vemos más.
- No hay necesidad de hacer esto. Salí con el tipo y después vemos.
- No, mi amor. No. Quiero que me digas si alguna vez vamos a llegar a algo más o no. En el fondo lo debés saber...
- Es que no es así de fácil. Son muchas idas y vueltas, pasaron muchas cosas entre nosotros. ¡No me podés pedir que decida, así nomás, si quiero que tengamos otra cosa o no!
- Martín, por favor. En alguna parte de vos ya debés saber la respuesta. Y la necesito saber yo también. Porque así no quiero seguir. Yo ya ni sé lo que siento por vos. Al principio estaba todo bien con tener algo sin compromisos, fui yo la que lo estableció, lo sé. Pero pasaron muchas cosas. Es decir, te casaste conmigo por lo del departamento. Me tenés que querer mucho para haber hecho eso.
- ¡Y te quiero mucho! Y estoy de acuerdo en que lo nuestro es complicado, entonces no entiendo por qué me ponés en la posición de decidir en este momento qué es lo que quiero con vos a futuro.
- Martín, te lo ruego. Es simple. Sí o no. ¿Alguna vez vamos a ser más de lo que somos ahora?
Me miró, después miró al piso. Las lágrimas me caían una atrás de la otra, sin parar. Me miró de nuevo, y empezó a hablar.
Demás está decir que todo el día estuve con un nudo en el estómago, llorando a más no poder e imaginando todos los escenarios posibles. Y ni siquiera supe cual es el que quería. No sabía si quería que Martín finalmente se decidiera a tener algo en serio conmigo o, por el contrario, si era mejor para mí no verlo nunca más.
Mi marido tocó timbre a las nueve, puntual, como siempre. Me saludó con un beso-beso, lo cual yo antes había pensado en evitar, pero bueno. No pudo ser. Lo hice pasar y le pedí que se sentara. Me miró a los ojos, y me preguntó si había estado llorando. Le dije que sí. Empecé a dar vueltas, porque no encontraba las palabras exactas. Se ve que dio cuenta de que yo no sabía como empezar, entonces habló él.
-¿Qué pasó mi amor? Contame.
- No, es que no hay nada que contar, no pasó nada todavía.
- ¿Todavía?
- Sí, ahora te explico. Tenemos que hablar, Martín.
- Uh, esa frase nunca puede ser buena. Te escucho.
- Bueno, a ver, no sé ni como decirte esto...
- Decime de una vez, lo voy a poder tolerar.
- Bueno - dije, y respiré hondo. - Un vecino de acá me invitó a salir.
- Bueno, justo eso no lo tolero. ¿Para qué me lo decís, Agus? En nuestra relación tenemos una sola regla, que es no hablar de otras personas. Regla que, te recuerdo, pusiste vos.
- Sí, ya sé. Pero esto es otra cosa. Es decir, no quiero estar con los dos.
- ¿Y qué es lo que querés?
- No sé, Martín. No sé, ¿entendés?
- ¿Cómo que no sabés? Tenés que saber algo porque si no no estaríamos teniendo esta conversación. Estarías saliendo con el tipo, sin decirme nada a mí, como acordamos. O sea que hay algo que querés que se modifique en lo que tenemos y asumo que va para el lado de no vernos más - dijo, subiendo el tono.
- ¿Sabés lo que pasa? Es que lo que tenemos nosotros es...no sé...extraño.
- ¿Extraño? Explicame porque no entiendo.
- Estamos en una relación sin compromisos hace un año y medio. ¿Qué significa eso, Martín? ¿Qué significa que hace un año y medio nos veamos todos los fines de semana? ¿Qué significa que nos digamos "te quiero" y "mi amor"? Y, sobre todo, ¿qué significa que en todo este tiempo vos no hayas estado con nadie más?
- Significa, que te quiero y vos a mí. Que nos gusta vernos, y estar juntos. Y el hecho de que yo no quiera estar con nadie más, no sé, fue algo que se dio. Yo te dije que pensé que iba a querer estar con otras.
- Sí, ¡pero no estuviste! A eso voy, Martín. ¿Por qué no estuviste con otras?
- Porque no quise, Agus. No sé por qué. El tema es que vos sí querés estar con otro.
- No, no sé si ese es el tema acá. Creo que la invitación de él a salir fue un disparador.
- ¿Un disparador de qué?
- De preguntas, sobre nosotros.
- ¿Cuáles preguntas?
- Estas, las que te hice recién. Se supone que una relación sin compromisos es, precisamente, sin compromisos. Y entre nosotros hay compromisos, hay sentimientos, hay todo.
- Sí, es verdad.
- ¿Entonces dónde nos deja eso, Martín?
- Es que no entiendo a donde vas con todo esto. Es verdad que nuestra relación es un poco rara, sí. Pero eso es porque no empezamos esta historia de cero. Lo nuestro viene de años. Y bueno, las cosas se confunden.
- Sí, y es a eso a lo que voy. ¿Qué somos, a fin de cuentas?
- Somos...no sé que somos. Pero salí con el tipo, hacé lo que quieras.
- ¿"Hacé lo que quieras"? ¿Ves que te enojás? Si de verdad estuviéramos en algo que fuera sólo sexo no habría posibilidad de celos de ninguna de las partes.
- Ok, no me enojo. Salí con él, probá y ves. Si te parece que lo de ustedes puede llegar a ser algo serio, no nos vemos más.
- No, Martín. No quiero eso.
- Y entonces, Agustina, te vuelvo a preguntar. ¿Qué es lo qué querés?
- Supongo que lo quiero es una definición de tu parte - dije, y me cayó una lágrima.
- No llores, Agus. Me mata cuando llorás.
- Es que no lo puedo evitar. Decime, Martín. ¿Vos querés algo más conmigo de lo que tenemos ahora? Porque ya no quiero esto. Ya no quiero el gris, quiero que sea blanco o negro. O estamos juntos o no nos vemos más.
- No hay necesidad de hacer esto. Salí con el tipo y después vemos.
- No, mi amor. No. Quiero que me digas si alguna vez vamos a llegar a algo más o no. En el fondo lo debés saber...
- Es que no es así de fácil. Son muchas idas y vueltas, pasaron muchas cosas entre nosotros. ¡No me podés pedir que decida, así nomás, si quiero que tengamos otra cosa o no!
- Martín, por favor. En alguna parte de vos ya debés saber la respuesta. Y la necesito saber yo también. Porque así no quiero seguir. Yo ya ni sé lo que siento por vos. Al principio estaba todo bien con tener algo sin compromisos, fui yo la que lo estableció, lo sé. Pero pasaron muchas cosas. Es decir, te casaste conmigo por lo del departamento. Me tenés que querer mucho para haber hecho eso.
- ¡Y te quiero mucho! Y estoy de acuerdo en que lo nuestro es complicado, entonces no entiendo por qué me ponés en la posición de decidir en este momento qué es lo que quiero con vos a futuro.
- Martín, te lo ruego. Es simple. Sí o no. ¿Alguna vez vamos a ser más de lo que somos ahora?
Me miró, después miró al piso. Las lágrimas me caían una atrás de la otra, sin parar. Me miró de nuevo, y empezó a hablar.
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Mi vecinito
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